Disclaimer: no soy dueña de nada. Salvo de los alucinógenos.

El cadáver de Jeevas… las polillas de la sangre… El cuerpo de Takada en el suelo. Los gritos de su sobrino, el restaurante ardiendo en llamas. Luego los dibujos, la muñeca de Misa, la boa arrastrándose hacia ellos, la cachetada…

Despierta, despierta, ¡Despierta!

No pudo determinar en qué momento se había dormido. El ardor y dolor eran intolerables. Eran un constante flagelo. Se refregó los párpados, mientras su vista enfocaba a medias la sala. Tuvo que agarrar una manta y cubrirse. La fiebre era un castigo divino. Saber que estás ardiendo, pero tener escalofríos al mismo tiempo. No se lo deseaba a nadie.

Al aspirar por la nariz produjo el clásico ruido de "snif". Estaba resfriado. Batalló para ponerse de pie. Su entorno dio vueltas hasta que se acostumbró a estar parado. Ojalá que un té tuviese la habilidad mágica de quitarle su fiebre. Por desgracia, una tacita de esa infusión no era tan potente como para lograrlo. No se sentía tan fuerte como para ir a buscar pastillas, ni mucho menos mandar al pendejo albino a comprar nada.

Oh, esa escena sería tan caóticamente sabrosa. Un pequeño niño cruzando la calle, siendo atropellado por un auto a toda velocidad. Sus rulos blanco teñidos de rojo, su pijama rasgado, fracturas expuestas en sus brazos y piernas. No, mejor aún, su cuello torcido, la médula espinal hecha trizas. Una expresión de terror nunca antes vista. Y fin, ese sería el aclamado fin de ese estorbo.

La fiebre lo hacía pensar cagadas.

Caminaba cabizbajo, casi arrastrándose del delirio. Le costó prender la hornalla y colocar una jarra de agua para que se calentase. Le causaba un asco terrible esa transpiración típica del estado febril. Era como bañarse en una tina de mierda. Se apoyó en la mesada, usándola como soporte. El fugaz flash de imágenes comenzó desde el principio. Gruñó e hizo lo imposible por quitarse esas perturbadoras visiones.

El agua estaba por hervir. En ese momento, observó cómo una mariposa se posaba en el borde del jarro metálico. ¿No era una polilla? Sí, definitivamente sí. Era de la especie que había aparecido aquella lejana noche. Siendo franco, no podía negar que era hermosa. Sus alas eran transparentes, salvo por los ríos bordó que se marcaban en ellas. Eran tan preciosos que se sorprendió a sí mismo quedándose maravillado por la belleza que irradiaba el bicho.

Más tarde, desplegó vuelo hacia él. Light Yagami no realizó ningún movimiento. Sencillamente, esperaba a que se acercase, para poder apreciar de más cerca su colorido. No era más grande que una pulgada. Al posarse en el tabique de su nariz, la polilla se evaporó, transformándose en una gota roja. Ésta rodó por el resto del cartílago, hasta llegar a la punta. Y entonces, el castaño sacó la lengua para lograr probar su sabor.

Sabía muy, pero muy bien. Al instante el dolor de cabeza se esfumó como si no hubiera existido. La fiebre despareció. Estaba lúcido y tenía el control total de su cuerpo. Feliz, comenzó a moverse, a girar para comprobar el dominio de sus músculos. Era una renovación, un despertar nuevo. Se sentía ágil y liviano. Podría decirse que estaba flotando.

La sinfonía dulce y placentera del piano llegó hasta su aguda audición. Qué maravillosas notas se escuchaban. Los Do se mezclaban a un ritmo rápido con los Mi, Fa y Re.*Era ideal para bailar. Bailar, danzar, moverse al compás de una majestuosa canción tocada y compuesta por un genio musical era un privilegio que no debía ser negado a ningún mortal.

Se encaminó al comedor, poseído por la bella música. El piano era tocado por… ¿Ryuzaki? Ah, no interesaba, si era así, tocaba como los dioses. Qué buen momento para bailar. Pero una lástima que no tuviera con quién, en el espacio amplio de la sala.

_ ¿Bailamos?_ preguntó Misa, ofreciéndole dulcemente la mano. ¿Misa? Sí, era ella. Su sublime cabello rubio estaba recogido en dos coletas, atadas con cintas púrpuras. Tenía un vestido negro cual noche de invierno escotado, de bordes y flecos dorados. La tela parecía ser suave y ligera. Sus labios estaban pintados de negro, y una excesiva cantidad de maquillaje cubría sus ojos. ¿Cuándo había llegado allí? Bah, daba igual. Por lo menos había aparecido cuando él quería.

Aceptó la invitación, y comenzaron a bailar un vals que no había conocido en su vida. No importaba, se sentía en las nubes. En el Paraíso. El cuarto estaba lleno de luz proveniente de las gigantes arañas del techo. Momento, ¿cuándo habían comprado eso? Cuando hizo girar a Amane, se percató de que llevaba un elegante smoking rojizo. ¿Cuándo se había cambiado de ropa?

No se encontraban bailando en el comedor, sino en un salón de fiestas enorme, en donde tocaba una orquesta, y el que parecía ser Ryuzaki tocaba las teclas del piano fabuloso con ímpetu imparable. Violines acompañaban al instrumento. Era un Edén.

Misa Amane estaba hermosa. Era la manifestación humana de la hermosura. Ambos danzaban con destreza y sin descanso. Ya ni contaba con el hecho de que no sabía bailar. ¡Pum! Por obra y gracia de un Dios ahora sabía hacerlo. La música aumentaba su volumen paulatinamente, y no había espacio en su mente que no la ocupaba ese sonido majestuoso, celestial, fastuoso, magnífico y cuanta palabra hubiera en el diccionario.

El joven levantó a su bailarina de cristal en el aire, y cuando la bajó, sonrió con sorpresa. ¿No estaba bailando con la rubia? Porque a quien tenía en sus brazos en esos instantes era a Kiyomi. Llevaba la misma ropa que la anterior, sólo que las cintas estaban atadas en sus muñecas, no en su pelo. Daba lo mismo. Para él, no importara con quién fuese, quería continuar bailando. ¿La razón? Era divertido.

Los dos prosiguieron con lo que antes estaban haciendo, a un ritmo cada vez más acelerados. No podía negar que lo estaba disfrutando. Los rodeaban otras parejas sin rostro, que también habían asistido a la cordial invitación auditiva. ¿Cuándo y por dónde habían llegado? Y una mierda, hostia. ¡Que la fiesta continúe!

De repente, el mágico hechizo que lo tenía sumido en un mar de placer y paz interior se desvaneció. La orquesta se calló, la pista desapareció, su acompañante linda también. ¡Incluido su elegante traje! Oh, una lástima, se veía tan atractivo en él. Turbado por el repentino cambio de escenario, respiró hondamente. Un olor fétido se desprendía de su ser. Asqueroso. Tuvo un par de arcadas, y el bramido en su cerebro retornó. Es decir, el jodido dolor tocacojones regresó, pero potenciado por mil. ¡Jesús! ¡Tenía a los mercenarios ahí dentro!

Se jaló con tanta brutalidad las hebras marrones que creyó que miles de agujas se clavaban en su cuero cabelludo. Afortunadamente para su pelo de príncipe, no se arrancó ni un pelo. No pudo precisar en qué minuto comenzó a gritar, padeciendo y agonizando como nunca. Las paredes cambiaron su forma: eran una pantalla que reflejaba todos los sucesos anteriormente mencionados y ocurridos. Chilló, gritó con locura desenfrenada, abrumado y sin poder soportarlo más.

Cuando hubo acabado ese torbellino visual, la oscuridad lo ocupó todo. Era un vacío tan inmenso como el Universo mismo. Era él, un hombre en medio del espacio. Una solitaria alma torturada al fondo del abismo de sus pesadillas.

Refregó sus párpados enrojecidos y unas risillas hicieron eco en esa cueva en la que estaba encerrado. Mierda, mierda, mierda. ¿Y ahora qué? La sensación de estar cayendo a un pozo sin final lo desesperó. No había dónde agarrase, dónde sostenerse, dónde aferrarse para no hundirse.

Mientras más te resistas, peor será. Sólo déjate caer.

¡NO! ¡No quería caer! ¡Debía mantenerse en pie y luchar! Aunque solo fuera dando manotazos l vicio.

Déjate caer, déjate caer. Bailar es divertido. Morir es divertido. La muerte es maravillosa, ¿no es así, humano?

¡No! ¡No! ¡No!

A pesar de toda su voluntad, de todo su esmero, no lo consiguió. Cayó aplastado por la pesada piedra del fracaso y la desolación.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac. ¡Levántate, Kira!

Light se despabiló, corazón en la garganta. Estaba en la cocina, arrodillado. La voz gangosa que le había hablado no se detuvo. No obstante, no era tan terrible como parecía. Al final, dejarse caer no había sido tan terrible como había imaginado. ¿Eso significaba que estaba muerto? No, aún no. Respiraba, su corazón bombeaba sangre. Tragaba saliva.

¡Hey, hey! ¿Podrías escucharme un minuto? Ya lo estoy haciendo, imbécil.

Kujuju, ¡qué simpático! Al grano, por favor, no me siento bien.

¿De quién crees que es la culpa de que estés mal? ¿Quién crees que causó todo este desastre? Near, por supuesto.

¡Correcto! ¿Y qué crees que debería pasar para que se solucionen las cosas? Que se muera ese pendejo de mierda.

¡Exacto! ¡Muy inteligente! Sin embargo, eso no va pasar. Tú y yo sabemos lo mucho que Ryuzaki ama a ese mocoso, ¿no?

Si, lo sé.

Entonces… ¿Quieres que te proponga una mágica solución?

¿Cómo qué?

Mata al niño. Mátalo. Y tus problemas se irán. Él es el origen de todo. Mátalo.

Un machete largo y afilado, de hueso su mango, estaba en la mesada. Aguardando el momento para cortar carne humana. Músculos de niño.

Sin titubear, Yagami se paró y caminó hacia el arma. La tomó con suma calma y sintió una descarga eléctrica de emoción paseando por cada centímetro de su cuerpo. Estaba decidido.

Mata al niño.

Oh, claro que lo haré.

0o0

¡Espero que hayan disfrutado del penúltimo capítulo! El telón está por caer.

*No tengo ni idea de cómo serán las notas musicales del tema, pero escuchen Next toYou, perteneciente al soundtrack de la serie Parasyte. Algo así es lo que yo me imaginaba, sin el agregado del electro, sólo el piano.