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Antes que nada… sin comentarios. No existe justificación válida. Lo siento.
VickoTeamEC
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LAS ALAS DEL CISNE
CAPÍTULO 19
THE FORGOTTEN
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―Alice ―repitió Bella, más para sí misma. ―Te vi bailar, y lo haces hermoso. ―La pequeña sonrió aún más ante el comentario, sintiéndose un poco tímida.
Nunca había recibido elogios de otra persona que no fuera su hermano mayor. La pequeña Alice podía recordar fugaces momentos en los que su mamá la miraba con ojos turbios y desenfocados, mientras estaba tirada en el suelo, con un amarre en su brazo que parecía adherido para siempre en su piel, y en entrecortados murmullos casi legibles le decía lo hermosa que era, lo bonita que lucía al bailar y lo mucho que la amaba.
Alice había crecido en un entorno cargado de responsabilidades que no le correspondían, tuvo que madurar casi tan pronto como aprendió a caminar. Su madre adicta, su hermano mayor esclavizado a un trabajo de bajo sueldo que no cubría ni las necesidades más básicas, una hermana prostituta y desobligada y ella. Alice que tenía que arreglárselas sola para conseguir el pan que se llevaba todos los días a la boca, que se vestía a costa de la beneficencia y lo poco que estudiaba era gracias al buen corazón de una mujer que se había hecho su amiga y que se dedicaba a la docencia.
Casi no interactuaba con las personas, mucho menos con extraños. Pero algo en aquella joven pareja la hizo quedarse en su lugar en vez de huir corriendo como un cachorrito asustado. Un día ella soñó que era una princesa, creyó que nunca podría sentirse así; pero en ese momento, frente a los sinceros elogios de Bella se sentía realmente como aquella muchachita del cuento, quería perseguir a su conejillo del reloj, saltar junto a él, y perderse en aquel mundo de fantasías al que solo sus pies, en mal copiados y torpes pasos de ballet, la llevaban.
―Gracias ―susurró, con las mejillas coloreadas de un tinte tan rojo que la hacía ver hermosa.
«Justo como Bella», pensó Edward.
―Me recuerdas a mi cuando era pequeña, me encantaba saltar e imitar los pasos de Ballet que veía en la tele y en los videos que mamá llevaba a casa.
―¿En serio? ¿Tú bailas? ―la niña se mostró bastante curiosa, la verdad es que nunca había conocido en persona a una bailarina.
―Sí, es verdad. Pero… ya no bailo ―explicó Bella con un tono de tristeza que se reflejó en su mirada―. Lo hacía, hace bastante tiempo ―la nostalgia en la voz de Bella, fue más evidente.
Edward, como instinto primario, se acercó y la rodeó protectoramente con los brazos.
―Bueno, señoritas, ¿qué tal si las invito a tomar un helado? ―Edward decidió que era momento de distraer a su cisne, no era el día para que estuviera triste, se había propuesto hacerla feliz el tiempo que le fuera posible. De sólo recordar la tristeza y el vacío en los hermosos ojos chocolate de Bella, cuando la conoció, se le encogía el corazón.
Alice dudó por un momento. ¿Debía ir? ¿O no? Bella la miró con ternura, quería estar un poco más con esa chiquilla que le recordaba los mejores momentos de su infancia.
―Alice, ¿quieres ir? ―preguntó Bella, esperanzada.
―¡Sí! ―gritó la pequeña con entusiasmo.
Bella sonrió con alivio, tomó la mano de Edward y se encaminaron hacia un puesto de helados. Anduvieron entre el gentío que salía de la presentación, Bella y Edward sonriendo como un par de enamorados y Alice revoloteando a su lado, con la confianza que una niña como ella podía actuar frente a un par de extraños que se habían ganado su corazón.
Encontraron a un señor que vendía helados en un carrito ambulante y, entre pláticas y risas, Alice le mostró a Bella los magníficos pasos de ballet que tanto le gustaba hacer, y que, orgullosamente decía, los había aprendido ella misma. Bella se sorprendió por la agilidad de Alice, para ser una niña que no había tenido entrenamiento adecuado lo hacía bastante bien.
―¿Dónde está tu mamá? ―preguntó Bella de repente.
Alice paró de comer su delicioso helado de fresa y bajó la vista, apenada.
―Supongo que en casa ―farfulló.
―Entonces, ¿con quién viniste? ―cuestionó Edward con preocupación. Él y Bella intercambiaron una mirada de curiosidad.
―Es que… ―dudó un poco al contestar, a pesar de que sabía que podía confiar en ellos, se asustó por el hecho de contar que prácticamente permanecía en la calle. Temía que ellos pudieran avisar a las autoridades que su mamá no la cuidaba como debía y se la llevaran a un orfanato.
―Está bien, no te preocupes. Si no quieres contarnos, no hay problema. ―Edward sacó un pañuelo de su bolsillo y haló con delicadeza la mano de Alice―. Mejor ven y déjame limpiarte el bigotito de gato que tienes ahí ―la pequeña se rio, dejó que Edward la mimara y, antes de separarse, tomó un poco de helado y lo untó rápidamente en la nariz de Edward.
―Ahora te pareces a un ratón ―se burló Alice.
Bella no pudo evitar reírse a carcajadas, es más, tomó un poco de su propio helado de vainilla y se lo echó a Edward en una de las mejillas, formándole un par de bigotes.
―Un ratón gigante, con bigotes en un solo lado de la cara ―dijo Bella entre risas. Edward entrecerró los ojos y las vio con diversión mientras ellas reían en complicidad.
―¡Alice! ―se escuchó en medio de todo el alboroto.
Un hombre de unos treinta años, alto, rubio, con la piel roja por el sol, desaliñado y de aspecto cansado, la esperaba al otro lado de la acera.
―Me tengo que ir ―dijo apresurada la pequeña.
―¿Quién es? ―preguntó Edward con interés, mientras se frotaba con su pañuelo los restos de helado de la cara.
―Mi hermano. Adiós ―balbuceó Alice antes de salir corriendo hacia el encuentro de su hermano.
Edward se irguió y observó con atención al hombre que lo miraba fijamente, con desconfianza. En cuanto Alice se acercó al rubio, éste abrió los brazos y la estrechó con afecto, la niña le echó los brazos al cuello y dejó que la elevara del piso para poder besarle la mejilla.
―¿Qué te he dicho de los extraños, Alice? ―reprendió el hombre sin apartar sus ojos de los de Edward.
―Ya lo sé, Roger. Pero ellos son buenas personas ―dijo Alice con su tierna voz.
Roger apartó la vista de Edward y miró fijamente a Alice.
―¿Cómo estás tan segura?
―Lo sé… y ya ―se limitó a contestar alzando los hombros.
―Vamos a casa ―dijo Roger tendiéndole la mano y dando media vuelta.
Alice le sonrió deslumbrante a su hermano, pero al dar el primer paso algo en su pecho se oprimió; dio una mirada hacia atrás y observó con nostalgia cómo cada paso la separaba de Edward y Bella. Bella alzó una mano para decirle adiós, Alice correspondió agitando su mano disimuladamente, luego les lanzó un beso y se giró para no verlos más.
Isabella suspiró, Edward le pasó un brazo por los hombros y caminaron en silencio hacia el coche.
―¿Lista para regresar a tu casa? ―dijo Edward al notar el semblante melancólico de Bella.
―¿Podemos ir a mi parque antes? ―preguntó ella con una leve sonrisa en el rostro.
―Por supuesto. Lo que usted ordene ―dijo Edward en tono profesional, como todo un chofer experto.
Como todos los días, Bella alimentó a las aves generosamente, les recitó su frase y las observó con nostalgia. Conocer a Alice la había llenado de esperanza y vitalidad. Cerró un segundo los ojos y deseó con todas sus fuerzas, tener la oportunidad de verla de nuevo.
Edward y Bella regresaron a la casa Swan un poco más tarde de lo habitual, cuando cruzaron la puerta un silencio inesperado los sobrecogió. En el recibidor los esperaba Renée, y en la sala, Charlie y Emmett aguardaban ansiosos. Los jóvenes intercambiaron una mirada y avanzaron con decisión hacia los hombres Swan. En un acto de valor u oculta cobardía, Bella se aferró a la mano de Edward y se enfrentó a su familia.
―Los estábamos esperando ―dijo Charlie con imparcialidad.
―¿Qué pasa? ―murmuró Bella.
―Siéntense, ellos tienen algo que decirnos a los tres ―indicó Renée sentándose en un sofá frente a Charlie y su hijo. Bella y Edward se acomodaron a su lado.
Charlie dio un gran suspiro antes de comenzar a hablar.
―Todos sabemos el motivo de ésta reunión ―dijo sin rodeos. ―Hace unos días, nos comportamos como un par de imbéciles con Bella por tu culpa ―acusó viendo directamente a Edward.
―Papá, él no…
―Espera, hija. Aún no he terminado ―dijo Charlie ante la interrupción de Bella. ―La verdad es que… actuamos mal. Te juzgué y señalé sin siquiera darme la oportunidad de tratarte un poco más, muchacho. Mi hija es una de las personas más importantes de mi vida y siento que mi deber es protegerla, por eso reaccioné así. He estado pensando al respecto y le doy la razón a mi mujer en algo: Bella ya no es una niñita, ella sabe lo que hace y es libre de tomar sus propias decisiones. Te pido una disculpa por haberte enjuiciado. Y a ti, hija, te ruego que perdones las estupideces de tu padre. En mi afán de querer encerrarte en una bola de cristal, inalcanzable, terminé lastimándote… y me lastimé más a mí. Perdóname, Bella. Los dos ―dio fin a su discurso viéndolos alternadamente.
Edward se sentía como un extraño, observando una escena muy íntima, muy impropia. Pero para Bella era todo lo contrario, se sentía dichosa y exageradamente feliz. Era un sí, su papá le daba un sí y eso era todo lo que pedía. Con ojos llorosos Bella se puso de pie, zanjó apresuradamente la distancia que la separaba de Charlie y lo abrazó con gratitud y un gran amor. Edward agachó la vista al suelo, sintió que no merecía nada de eso.
Emmett también habló, dijo un par de palabras entre murmullos apenados, se disculpó una y otra vez y al final, obtuvo un gran abrazo por parte de su hermana y un apretón de manos por parte de Edward.
A pesar de la invitación de los Swan hacia Edward, para que se quedara a cenar con ellos, él desistió firmemente alegando que debía terminar un proyecto importante para la escuela. De camino a su departamento, con su cabeza llena de sentimientos contradictorios pensó que había tenido uno de los días más inspiradores, pero también tormentosos, ya que se plantó en su corazón la idea de lo poco que merecía esa oportunidad que le estaban dando y lo mucho que deseaba que los buenos momentos no terminaran jamás.
El miedo es un enemigo de los buenos sentimientos. Si el temor vence todo lo demás, lo más importante en algún momento se desmoronará como un castillo de naipes.
Mientras tanto, en alguna parte sombría de Los Ángeles, Alice y su hermano llegaban a su casa. Era una pequeña propiedad ubicada entre dos casas que lucían modestas y normales; en donde ellos vivían había un cerco destartalado entre la acera y el largo patio delantero, las puertas y ventanas estaban desvencijadas y la fachada era de un pálido color blanco, sucio después de tantos años. Si se veía de lejos, podría pensarse que la casita era el garaje de la casa de los vecinos. Así había crecido Alice, así había aprendido a vivir.
Roger destrabó la puerta, que se abrió con un fuerte golpe, dieron un par de pasos y el hedor a alcohol al que estaban acostumbrados les dio la bienvenida.
―¡Mierda! ―espetó Roger con coraje. A Alice no le sorprendía, pero no por eso dejaba de decepcionarla―. ¡Janine! ¡Janine! ¡¿Dónde carajos estás?!
Escucharon una risilla malévola en el rincón de la sala, se giraron al mismo tiempo y encontraron a su madre tirada en el suelo, con un par de botellas de tequila barato vacías a su alrededor, la mirada perdida y un gesto odioso en el rostro. Alice sintió que se le partía el corazón… otra vez.
―¿Qué rayos te metiste? ―preguntó Roger mientras acomodaba la parte superior del cuerpo de Janine entre sus brazos.
―Hola, niñito guapo ―murmuró ella pastosamente mientras intentaba tocar el rostro de Roger. Su mano se estiró casi un metro de distancia de la cabeza de él.
―Eres una estafa como madre, ¿sabías? ―dijo Roger agriamente. Janine cabeceó torpemente un sí.
―Y también como persona, mujer y todo lo demás ―respondió ella en murmullos poco inteligibles.
―Alice, vete de aquí. No tienes por qué ver esto de nuevo ―susurró Roger mirando con compasión a aquella criaturita envuelta en llanto, paralizada y asustada.
―¿Está aquí mi pequeño colibrí? ¿Mi hadita de las primaveras? ―dijo Janine intentando incorporarse.
El movimiento le provocó un fuerte mareo y varias arcadas, luego su cuerpo quedó inerte unos segundos.
―¡Puta madre! ―exclamó Roger al sentir cómo el cuerpo de su madre comenzaba a convulsionarse entre sus brazos.
Un asqueroso río de vómito brotó de la boca de Janine, quien no dejaba de saltar como pez fuera del agua.
―¡Llama a emergencias, Alice! ¡Rápido! ―rugió Roger mientras trataba de impedir que su madre se golpeara contra algo.
La ambulancia llegó rápido, los paramédicos actuaron con destreza, Roger corrió velozmente a cambiarse la camiseta y el corazón de Alice no dejaba de latir igual que todo lo que ocurría: Rápido. Rápido. Rápido.
Alice había entrado tantas veces a esa sala de espera en urgencias, tantas noches pasó en vela al lado de su hermano, tantas penas pasó… que sentía un odio casi palpable por aquel lugar. ¿Cuánto podría soportar su corazón de niña?
El amanecer comenzó a asomarse tímidamente al otro lado de las puertas de vidrio, Alice se desperezó de la incómoda posición que adoptó en la dura silla en la que estaba y comenzó a deambular por el hospital. Encontró una toma de agua purificada, tomó un vasito de plástico, lo llenó hasta la mitad y regresó con paso cansado hasta la sala de espera. Antes de dar vuelta en una esquina escuchó a su hermano hablando con María, la doctora que siempre atendía a Janine.
―Pero… ¿se salvará? ―preguntó Roger con una voz distinta a la que Alice estaba impuesta a escuchar.
―Lo hará, saldrá adelante de ésta ―explicó María―. Pero… me preocupa mucho su salud. Se está destrozando internamente, no creo que su cuerpo aguante otro colapso como el de anoche.
―¡Mierda!
Hubo un silencio que a Alice le pareció eterno.
―Con el estilo de vida que lleva… a tu madre no le queda mucho tiempo de vida. Podríamos intentar desintoxicarla para alargar un poco ese tiempo, también podríamos intentar un estilo de vida un poco más saludable y…
―María, ¿en serio crees que va a cambiar? ―Alice sintió un nudo en la garganta. A pesar de todo… Janine era su madre y la quería―. Se está yendo al infierno y nos está arrastrando con ella al final del pozo.
Alice no resistió más esa plática. Corrió lo más fuerte que pudo, dejó que las lágrimas empaparan su rostro y recorrió una calle tras otra, sin sentido, tratando de ser ajena al dolor, a aquella mujer adicta y casi moribunda que estaba tirada en la cama de un hospital y que le había dado la vida. Quería escapar, quería ser una niña normal, con una familia normal, asistir a la escuela, tener muchos amigos de su edad, salir al cine con sus padres, pelear con sus hermanos. Quería una vida que fuera suya y no una vida que dependiera de lo que pasara con los demás. Quería ser la niña simpática y sonriente que todos conocían, quería ser la Alice del parque que conoció a Edward y Bella, la Alice que amaba bailar y gustaba de saltar de aquí por allá imitando pasos de ballet. Lo quería todo, pero sentía que no tenía nada.
Cuando tomó conciencia de que no sabía en dónde estaba se subió a un autobús, se bajó en un lugar que vagamente recordaba y comenzó a caminar de nuevo.
A los pocos minutos vio un parque que recordaba haber visitado con anterioridad, caminó cerca de los columpios, las resbaladillas y otros juegos. Olvidó por un momento su pena y se dedicó a ser una niña como cualquier otra. Corrió hacia los columpios y, cuando estaba punto de subir, vio a una pareja sentada en una banca bajo la sombra de un gran árbol, alimentando a las palomas. Sin dudarlo un segundo los reconoció, igual que su acelerado corazón. Alice sintió una extraña y renovada felicidad inundándola por completo. Con menos nerviosismo que valentía se acercó para saludarlos. Sólo eso.
Era increíble la manera en la que se sentía atraída por ese par de extraños. ¿Qué embrujo encerraban? ¿Qué significado tendrían para su vida?
Alice plasmó la mejor de sus sonrisas en su rostro y se acercó grácilmente a ellos. Cuando quedó frente a la mirada de Bella, ésta sonrió cálidamente y sus ojos brillaron con alegría; la sonrisa de Edward, no se quedaba atrás.
―Hola ―dijo Alice.
―Hola, Alice. ¿Cómo estás? ―saludó Bella sin imaginar lo que había pasado en casa de la niña.
―Estoy bien ―respondió la pequeña, tratando de convencerse a sí misma de que así era.
―¿Qué te trae por estos lados de la ciudad? ―preguntó Edward con inocencia.
Alice palideció un instante. Estaba lo suficientemente alejada de casa como para preocupar a su hermano.
―Sólo paseaba.
―¿Con quién vienes? ―Bella hizo la pregunta preocupada por la pequeña y misteriosa Alice.
―Sé cuidarme ―contestó la niña con firmeza, sin responder a la pregunta de Bella.
―Bueno, es que… eres menor de edad y me preocupa que te pasees sola…
―Sé cuidarme ―insistió Alice a las palabras de la joven.
―Está bien. No discutiré contigo ―dijo Bella zanjando temporalmente el tema.
―¿Quieres acompañarnos? Estamos muy solos en ésta banca ―dijo Edward tratando de animar la situación.
―Claro ―respondió Alice sentándose al lado de Bella―. ¿Qué tiene de maravilloso alimentar a un montón de aves?
Bella alzó los ojos del piso repleto de aves y miró a Alice con curiosidad.
―Averígualo tú misma ―invitó Bella tendiéndole un puño de semillas a Alice.
La niña ahuecó las manos y dejó caer poco a poco las semillas. Después de un rato lo entendió. Dar de comer a las aves la hacía pensar en muchas cosas que trataba de evitar, podía divagar, imaginar o solo estar ahí. Podía olvidar.
Alice vio a Bella y se concentró un momento en su mirada. Encontró un dolor profundo, palabras que tal vez nunca hubiera dicho y un alma encantadora. Reflejarse en esa mirada color chocolate la hizo sentir como en casa.
―¿Qué? ―preguntó Bella finalmente.
―Nada. Eres bonita ―dijo y siguió alimentando a las aves.
Edward notó la comunicación silenciosa y casi mágica entre las dos chicas. Supo que era testigo de algo importante, algo que quizá el tiempo le ayudaría a averiguar qué era.
―Vamos a jugar a algo ―propuso Edward después de un rato.
―¡Claro! Vamos a jugar a las carreras ―dijo Bella sonriendo sarcástica.
―¡Ey! Eso fue cruel ―puntualizó él.
Bella iba a replicar cuando Alice interrumpió―: ¿Por qué no vamos a los columpios? ―dijo mirándolos alternadamente.
Bella se encogió de hombros, Edward sonrió y también se encogió de hombros.
―Le compro un helado al primero de los dos que llegue ―dijo Bella mientras se ponía de pie.
Los ojos de Alice brillaron. Ese día no había desayunado y ya casi era hora del almuerzo.
―¿Aceptas? ―le preguntó a Edward.
―Por supuesto ―dijo él entrecerrando los ojos.
―En sus marcas… ―dijo Alice poniéndose en posición.
―Listos… ―murmuró Edward agazapándose justo al lado de Alice.
―¡Fuera! ―gritó Bella y los dos arrancaron.
Edward tenía ventaja por sus piernas largas y sus zancadas. Pero Alice era más liviana y ágil. La carrera estaba muy reñida, pero desde lejos Bella vio que Alice le ganó con ventaja a Edward.
―Felicidades, señorita. Se ha ganado un helado ―dijo Bella cuando llegó a los columpios.
Alice sonrió y le sacó la lengua a Edward.
Dedicaron casi una hora a columpiarse mientras hablaban y se conocían un poco más. Edward y Bella le contaron a Alice cómo es que terminaron juntos, por supuesto, pintándolo como un cuento de hadas apto para pequeñas como ella. Bella le habló sobre el glorioso ballet, sobre academias de baile y de sus diferencias y ventajas entre una y otra.
Alice estaba feliz por conocer a aquellos dos nuevos amigos que casi no eran unos extraños. Se sentía tan contenta con ellos que casi olvida lo que le esperaba en casa. Casi.
Recuerdos de la noche anterior llegaron a su mente. Pensó en lo que había pasado, en la situación de su madre y en lo preocupado que debía estar Roger. Debía regresar a su realidad.
―Ya tengo que irme ―dijo Alice de repente.
―¿Quieres que te lleve? ―preguntó Edward.
―No, estoy bien.
―En serio. Podemos llevarte ―insistió Bella.
―En serio. Estoy bien ―dijo Alice, captando el doble sentido que tenían esas palabras sobre sí misma―. ¿Los veré mañana? ―preguntó poniendo una adorable carita.
―¡Claro! Estamos aquí todos los días ―dijo Bella.
―Bien… hasta mañana ―se despidió Alice agitando su mano.
―Hasta mañana ―respondieron Edward y Bella a coro.
―Debí insistir. La pequeña me preocupa ―murmuró Edward.
―Lo sé. A mí también ―dijo Bella viendo cómo Alice se alejaba.
―¿Crees que venga mañana?
―Sí. Pero por cualquier cosa, ¿podemos volver mañana igual de temprano que hoy? No quiero perder contacto con ella, no sé por qué. Sólo no quiero ―explicó Bella mirando con dulzura a Edward.
―Claro que podemos ―respondió él, luego le dio un beso en el tope de la cabeza.
Alice, Bella y Edward, aún tenían mucho por vivir, pero ni siquiera vislumbraban, la forma en que la vida uniría sus destinos.
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GRACIAS A TI POR LLEGAR HASTA AQUÍ
GRACIAS A MI CO MERCE
GRACIAS A MI CO SOL
SIN ELLAS DOS ESTO NO ESTARÍA AQUÍ. LAS AMO.
