EL JARDÍN DE LAS HADAS SIN SUEÑO
El Manuscrito Voynich
Otra vez en la casilla de salida, mis días se convirtieron en una repetición de lo ya vivido nada más aterrizar en aquel sótano. Como en un eterno retomo, el tiempo había recuperado su dolorosa y lenta cadencia, y yo era de nuevo la chica asustada del principio que asumía su fatal destino.
Volvía a tener el grillete en el tobillo, contusiones en el cuerpo y tristeza en el alma.
Le había suplicado a Grimmjow que no me encadenara, que aquel no era trato para una chica y que me hacía sentir como un animal salvaje.
Pero él se había mostrado inflexible.
—Ya no puedo fiarme de ti.
—He cometido un error, pero no volveré a escaparme, por favor … Te prometo que…
—Las cosas están muy mal, Rukia. Ahí fuera se está desatando una guerra. No puedes ni imaginar lo que… —Detuvo sus palabras y se frotó la frente preocupado—. Considera las cadenas como una forma más de protegerte.
—¿Protegerme? ¡No me hagas reír! Querrás decir «protegerte a ti». He visto cómo se las gastan tus amigos: los latigazos y torturas… Te asusta lo que podrían hacerte si fallaras en tu misión y perdieras a tu prisionera… Pero ¿sabes? ¡Hay otras opciones! ¡Estás en el bando equivocado! Ellos nunca ayudarán a tu hermana. Tú mismo lo dijiste: sois solo mercenarios de gente muy poderosa y egoísta que busca lo único que no puede comprar.
—No tienes ni idea de lo que está sucediendo… Deberías…
—¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo conmigo en vez de estar con tu hermana? —escupí la pregunta con desdén—. Es a ella y no a mí a quien tienes que proteger.
Su semblante se ensombreció y se dirigió a la puerta compungido. Pensé que mi discurso le había hecho reaccionar, que por fin se había dado cuenta de que aquella misión no tenía ningún sentido y que su cometido era estar al lado de su hermana enferma. Sin embargo, antes de cerrar la puerta se giró hacia mí y me soltó estas terribles palabras:
—Nell ha muerto. Me acaban de dar la noticia desde Estados Unidos.
Desde aquella conversación, Grimmjow había reducido de nuevo sus apariciones a tres veces al día. Me traía la comida, curaba mis heridas y solo me hablaba cuando era estrictamente necesario. Era amable conmigo, pero se habían acabado las partidas de backgammon, las cenas compartidas, las conversaciones… y, sobre todo, cualquier demostración de amor.
Aun así, el destello seguía en sus ojos. Podía verlo cada vez que me tocaba para curar las heridas que me había hecho al intentar escapar.
Mi piel también se erizaba con el roce delicado de sus manos. Su aroma a anís estrellado me traía el recuerdo de sus besos y caricias…
Habían pasado apenas unos días, pero ¡qué lejos quedaba todo aquello!
El hada de jardín se había convertido en un mirlo enjaulado. Y al igual que los pájaros negros, yo también había perdido mi sueño… de volar lejos de allí.
De nuevo me sentía muy sola y no hallaba consuelo en nada. Ni siquiera las canciones de Nick Drake me hacían sentir mejor. Al contrario, harta de escuchar sus violines tristes una y otra vez, rompí el disco hasta hacerlo añicos. Eché de menos su melancólica voz nada más ver los pedazos esparcidos por el suelo, pero ya no había marcha atrás. Si algo había aprendido desde mi huida era que las cosas que se rompen jamás se recuperan… como la confianza con mi captor.
Me sentía apenada por él. La muerte de su hermana le habría roto el corazón, pero también le liberaba de su causa. O al menos eso creía yo… Todavía no sabía que Nell había tenido un papel fundamental en aquella lucha y que con su muerte la situación se había recrudecido.
Al cuarto día, el tedio empezó a invadir cada célula de mi ser. Fue entonces cuando abrí El Manuscrito Voynich y me enganché a su lectura. También fue entonces cuando descubrí que aquel misterioso libro y yo teníamos en común algo más que el reducido espacio que compartíamos.
Al abrirlo las páginas empezaron a deshojarse en mis manos como una indecisa flor. Leí varios párrafos al azar:
En la Biblioteca Beinecke de libros raros de la Universidad de Yale se encuentra El Manuscrito Voynich. Se trata de un texto escrito en una lengua desconocida, con ilustraciones de plantas que no existen y ninfas que se bañan en aguas verdes. Su principal atractivo es que se trata de un texto indescifrable. No hay la menor pista de su contenido. Ni los más eminentes lingüistas ni los más potentes ordenadores han conseguido descifrar su texto.
Aquel libro era un ensayo sobre una obra del siglo XV que había traído de cabeza a destacados criptógrafos estadounidenses y británicos de la NASA y de la CIA. Su nombre se debía a un anticuario neoyorquino, Wilfrid M. Voynich, que lo había adquirido en 1912 en una escuela jesuita al norte de Italia.
El autor exponía la hipótesis de que el manuscrito podía tratarse de un manual de medicina medieval para elaborar productos alquímicos y sanar dolencias. La primera sección parecía un herbario, pero las plantas no se correspondían con especies terrestres. Había también una parte de astrología con diagramas circulares, soles, lunas, símbolos zodiacales y damas desnudas sosteniendo estrellas.
Eché un vistazo a las láminas del manuscrito que se reproducían al final. Había una especie de mapa con seis islas conectadas por calzadas, castillos y algo que sugería un volcán. También había mujeres que se bañaban en estanques, cuya sangre ascendía por unos tubos y germinaba en unas plantas rarísimas.
Las letras extrañas que lo acompañaban acababan de completar aquel galimatías.
Cuanto más leía, más curioso me parecía aquel códice cuyos secretos se habían mantenido ocultos durante siglos. Una de las hipótesis que exponía el libro era que el autor poseía conocimientos extraordinarios, avanzados y demasiado peligrosos para el mundo moderno, y que por eso había codificado el texto, para que solo unos elegidos pudieran entenderlo.
Otro dato curioso que llamó mi atención era que el manuscrito estaba incompleto. Según la numeración, faltaban casi treinta páginas. El ensayo sostenía que estas podrían contener la solución para descifrarlo.
Me entretuve un rato pasando las páginas del final. Eran reproducciones del pergamino medieval. Aquellas letras cursivas de caracteres incomprensibles parecían burlarse de quien posaba en ellas sus ojos.
Estaba observando las flores de aquel curioso manuscrito cuando una llamó poderosamente mi atención.
Se trataba de una flor tan extraña y sobrenatural como las otras, tan irreal y extraordinaria como las del resto de las ilustraciones de aquel herbario. Pero había algo que la distinguía de las demás: existía. Lo sabía muy bien porque la había
visto unas cuantas veces en mi vida.
Era la flor violeta de Ichigo.
To Be Continued...
