¡Que Viva Nicaragua!
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Capítulo 21
Asami estaba en casa de Korra, de pie entre sus amigas, con los ojos cerrados mientras ellas tocaban sus instrumentos. Dejó que las vibrantes notas fluyesen en su interior. La guitarra de Anna dejaba escapar notas tan transparentes como el cristal, notas que traspasaban el aire y se arremolinaban alrededor de Asami, como animándola a seguirlas.
Por fin dejó que su bien entrenada voz contase la historia de su desconcertado corazón. Simultáneamente, los dedos de Elsa se clavaron en las teclas del piano digital, vibrantes como un trueno, para apoyar la voz de Asami. Liberada del corsé de las palabras, esta alcanzó nuevas alturas y nuevas simas. Ella misma se estremeció al oír tan arrebatador sonido, casi más íntimo de lo que podía soportar.
Lentamente se fue volviendo bajo los brillantes focos hacia el pequeño estrado donde Korra tenía su batería electrónica. La cálida luz le permitía distinguir el perfil de su rostro. Korra hacía sonar un ritmo suave y sugerente que permitía la competencia entre Anna y Asami. Se volvió hacia la guitarrista, quien para su nublada visión semejaba un hada salvaje con su pelirrojo cabello flotando sobre los hombros. La luz era lo bastante fuerte como para permitirle ver los rápidos movimientos de las manos de Anna sobre las cuerdas. Asami actuaba por puro instinto; al notar que la música ascendía hacia un crescendo, se acercó con cautela a Anna y posó la mano sobre su hombro.
Anna alzó el mástil de su guitarra, inclinándose hacia Asami. Las graves notas juguetearon, subieron y bajaron de nuevo, hasta que por fin atraparon la voz de la intérprete justo al borde del precipicio. Todos los instrumentos la tomaron en sus brazos cuando se derrumbó por fin, y a Asami le pareció que estaban acunando su voz.
Poco a poco la música fue desvaneciéndose. Casi sin aliento, Asami permaneció apoyada en el hombro de Anna cuando se hizo el silencio, aunque la música seguía resonando en sus oídos.
—¡Joder! —suspiró Anna—. Así que, tal y como sospechaba, no había sido flor de un día. Hoy ha estado todavía mejor, ¿no creen?
—Sí —contestó Elsa al tiempo que se ponía en pie e iba hacia ellas—. Tenía miedo de que hoy lo hiciésemos fatal. Me alegro de que no haya sido así —concluyó, enlazando a Asami por la cintura y achuchándola suavemente.
—¿Bromeas? —preguntó Anna, y soltó una carcajada—. Estamos en el buen camino para crear algo muy especial. Korra, no sé de dónde sacas ese increíble sonido de tu batería, pero ha sido realmente brillante.
—Que me muera si lo sé. Simplemente las escuché y dejé que mis manos hiciesen todo el trabajo. Lo único que he de hacer es prestar atención.
—Pues suena como si llevases años ensayándolo —intervino Asami, orgullosa de que Korra hubiese desarrollado un talento tan notable a la batería gracias a que la utilizaba como válvula de escape para sus turbulentos pensamientos.
—Gracias. Me limito a tocar.
—Lo sé, cara.
Sin importarle si Elsa y Anna podían verla, Asami se inclinó hacia Korra y la besó cautamente en la mejilla. Ahora le era muy difícil calcular las distancias. Incluso teniendo cuidado, pasear a Perry y a Mason se había vuelto prácticamente imposible.
—Hacen una pareja encantadora —les dijo Anna con voz alegre—. Se complementan la una a la otra. ¿A ti qué te parece, Elsa?
Tras un breve silencio, la aludida contestó:
—Estoy de acuerdo. No se puede negar lo que ambas sienten, y se complementan muy bien.
—Me alegro de que así te lo parezca. Seré feliz mientras Korra me soporte.
—Asami… —dijo Korra, cariñosa pero con cierta cautela.
—Korra es una persona fiel y dedicada —dijo Anna—. Nunca se dará por vencida contigo, suceda lo que suceda.
Asami apretó los labios. Le costaba hablar de su relación, pero le pareció que había llegado el momento de aclarárselo a sus amigas.
—Pues tendrá que hacerlo. No estoy metida en esto a largo plazo. Tan sólo he venido a actuar en el concierto benéfico, antes de retirarme. ¿Les ha parecido que mi vista ya no es lo que era? Pues estan en lo cierto. Me estoy quedando ciega, y como mucho puedo esperar llegar a distinguir la diferencia entre la luz y la oscuridad, tal vez el borroso perfil de una figura.
—¡Asami! —exclamó Elsa, anonadada—. Sabía que era algo grave, pero… Lo siento mucho.
Rodeó con el brazo la espalda de Asami y continuó:
—Sin embargo, eso no tiene por qué afectar a tu trabajo. Tu voz está intacta, y mejor que nunca.
—No pienso actuar después del concierto benéfico.
Asami notó que un estremecimiento la recorría. «¿Es que no lo comprenden? No, tal vez no.» La niebla que había a su alrededor se hizo más densa. Se echó hacia atrás para apartarse de sus compañeras.
—Lo que estás padeciendo es horroroso, Asami —intervino Anna—, pero hay otros cantantes de ópera que son ciegos, y también intérpretes de otros campos: Andrea Bocelli, Ray Charles, Stevie Wonder, José Feliciano… ¡Su público los adora!
—¡Esto es diferente, ustedes no lo entienden! —estalló Asami, dejándose llevar por sus emociones.
Volvió la espalda a las tres y se dirigió hacia la cocina de Korra, con las temblorosas manos extendidas ante ella.
—Espera, Sami—rogó Korra, y yendo hacia ella la tomó suavemente del codo—. Explícanoslo, por favor. Somos tus amigas. Cuéntanoslo.
Era casi imposible resistirse a las graves súplicas de Korra. Su mano le rodeaba el codo con amor, sin brusquedad alguna.
—Suéltame —pidió, pero ni siquiera a ella le pareció convincente.
—No quiero. Tú has establecido esas reglas, pero nunca he dicho que no pensase luchar contra ellas. Todavía no me conoces bien, ¿verdad? —le dijo Korra, en tono amable pero firme—. A menos que puedas decirme a la cara que no significo nada para ti, o que la noche que pasamos juntas no fue lo que habías esperado…
—¡No sigas! Ya he dicho que no pueden comprenderlo.
—Ponme a prueba. A mí y a todas.
—Korra tiene razón —intervino Anna—. Anda, vamos a sentarnos.
Asami fue hasta el sofá y se sentó en la esquina más alejada, sintiéndose verdaderamente acorralada. «No estoy preparada para analizar en voz alta lo que siento.»
—El progreso de la enfermedad que padezco, Neuropatía óptica hereditaria de Leber, es bastante pesimista. No existe cura alguna. El dolor irá desapareciendo lentamente, pero… —Asami no supo qué más decir y se limitó a encogerse de hombros.
—¿Por qué no podrías ofrecer conciertos, o actuaciones especiales para la televisión? —preguntó Elsa, mientras las demás tomaban asiento—. Eres la cantante de ópera más popular desde Maria Callas entre los amantes de la música de todo el mundo, y para los entendidos en ópera creo que hay un empate entre Cecilia Bartoli y tú.
—Estoy decidida —insistió Asami, aferrándose a sus argumentos—. Ya es bastante difícil cantar sin tener encima que andar tropezándome con todo, sin poder leer la partitura ni ver al director de orquesta, al público ni a nadie.
—Me doy cuenta de que eso puede ser un problema, pero fíjate en nuestras sesiones de improvisación —terció Anna—. Posees un increíble sentido del tiempo, y sobre todo un tono perfecto. Eso significa que seguramente podrás arreglártelas sin leer la partitura. Y, en cuanto a tu público, cuando estás allí de pie bajo los focos tampoco puedes verlos. Pero puedes sentirlos.
Asami intentó recordar lo que pretendía decirles. Presionada por los argumentos de sus amigas, cruzó con fuerza las manos sobre el regazo.
—Ustedes mismas lo han dicho: yo era la mejor, el público me adoraba y comía en mi mano. No pienso conformarme con ofrecerles una actuación que no sea perfecta tan sólo por poder seguir bajo los focos —dijo, acabando la frase casi entre dientes.
—Nadie te pediría tampoco que lo hicieses —murmuró Elsa apoyando la cabeza en su hombro—, pero hay otras formas…
—Para mí no. Mi intención es despedirme de una forma rápida e impecable.
—¿Y así es como planeas también librarte de mí?
Al oír la pregunta de Korra, Asami notó que le fallaban las fuerzas. Sintió un pinchazo en los ojos y no supo si atribuirlo a la discusión o a su enfermedad.
—Así es como lo razonas, ¿verdad, Sami? —musitó Korra—. ¡Así es como contemplas nuestra relación, como algo parecido a una última oportunidad, un último intento antes de aislarte definitivamente del mundo porque, según tu opinión, eres defectuosa!
Korra la sujetó del brazo y llegó casi a zarandearla.
—¡Pero ¿es que no lo ves?! ¡Todas nosotras somos algo defectuosas! No estamos perdiendo la vista, pero hay otras cosas en nuestras vidas que nos hacen imperfectas… ¡y es que nadie es perfecto!
—Tú sí lo eres —replicó Asami, pues era como ella la veía.
—Elsa, ¿qué tal si vamos a hacer un poco de café? —dijo Anna en voz baja.
—Buena idea. Me vendrá bien una taza.
Asami notó que las dos mujeres se levantaban del sofá y a continuación las oyó abandonar la estancia. Se apretó con fuerza contra el respaldo, como si Elsa y Anna hubiesen significado para ella un refugio ante los desatados sentimientos de Korra.
—¡Ni me acerco siquiera a la perfección! —replicó esta, sollozante, acercándose más a ella hasta besarla detrás de la oreja—. Soy más defectuosa de lo que puedas imaginar. ¡Joder, soy un lastimoso ejemplo de mujer, que no consigue quedarse dormida si no se canta nanas a sí misma! Tal vez esa sea la verdadera razón por la que estás rompiendo la relación antes incluso de que haya comenzado.
El corazón de Korra latía desbocado, y a cada contracción enviaba una extraña mezcla de hielo y sangre caliente por sus venas. El dolor era indescriptible, pero no podía culpar a nadie más que a sí misma. «Lo he hecho por segunda vez. Me había jurado que no volvería a pasar por esto, y sin embargo aquí estoy… a punto de dejar que destrocen y devoren mi corazón.»
Asami se volvió hacia ella con tanta rapidez que sin querer tropezó con su hombro.
—Lo siento, ¿te he hecho daño? Qué pregunta tan estúpida: por supuesto que sí —se contestó a sí misma—. ¿Qué puedo decir para hacer que te sientas mejor?
—Puedes decirme que no vas a abandonarme tan sólo porque te estés enfrentando a una enfermedad invalidante.
—¡Es imposible que desees quedarte junto a una mujer ciega de mediana edad!
—¡Me lo dices como si fuese un hecho consumado! Maldita sea, Asami, creo que soy lo bastante mayorcita para poder decidir con quién quiero estar. ¡No tienes por qué andar protegiéndome!
—¡No puedo evitarlo! Si te animo a quedarte conmigo iremos directas hacia el desastre —replicó esta haciendo un gesto vago con la mano.
Korra meditó lo que Asami acababa de decirle. «¡Parece agotada!» Y sin embargo, unos momentos antes, durante la sesión de improvisación, Asami había estado vibrante y vigorosa. Su voz había pasado consecutivamente de angélica a cruda y terrena. «¡Estuviste maravillosa!»
—La descripción que haces de mí no es muy halagadora —dijo posando la mano sobre la de Asami—. Si yo me estuviese quedando ciega, sorda o paralítica… ¿seguirías queriendo estar conmigo?
—Por supuesto que sí, pero es que eso es diferente…
—¡No lo es, prima donna! —le susurró Korra mordiéndose los labios—. ¡Tu actitud es tremendamente arrogante!
—¡Cómo te atreves…! —exclamó Asami, alzando bruscamente las manos en el aire, aunque enseguida las dejó caer, con gesto cansado y vacío—. ¿Tan horrible soy?
Korra carraspeó para ahuyentar las lágrimas que atenazaban su garganta, lágrimas causadas por el miedo de tener que vivir sola el resto de su vida.
—No, eres maravillosa. Creo que tan sólo se trata de que estás asustada.
—Sin embargo tienes razón. En cierto modo soy muy arrogante —replicó Asami cruzándose de brazos—. Pero es la realidad. Tú no vas a quedarte ciega, yo sí. Tú eres joven y tienes futuro, mientras que mi futuro es…
—… Es diferente al que creías que sería, pero no tiene por qué ser nada malo.
Había algo en la actitud de Asami que hizo pensar a Korra que tan sólo tenía una oportunidad para intentar convencerla, y que si no lo lograba la perdería.
—Necesitas ayuda, eso es cierto, pero seguirás siendo capaz de actuar. Tan sólo tendrás que cantar en escenarios diferentes. Tienes tanto que ofrecer que sería una pena que lo desperdiciases así. Por favor, Sami, ¿es que no lo entiendes? ¡Te necesito! —exclamó, aunque después su voz se convirtió en un murmullo entrecortado—. Eso es algo que nunca le he dicho a nadie. Nunca en mi vida.
Asami quedó en silencio un momento. Sus preciosos ojos verdes estaban clavados un milímetro más abajo de los de Korra.
—¿Por qué?
Aquella era la pregunta que Korra temía. Notó que el estómago se le hacía un nudo, y las palabras no acudían a sus labios. Desesperada, dejó escapar un sollozo y escondió el rostro en el cuello de Asami. La sedosa piel y el fresco aroma a limón y madera de sándalo la consolaron.
—Te necesito. Consigues que me sienta a salvo, al menos algunas veces. Lo que siento por ti me asusta, pero… no puedo dejarte marchar, no puedo.
—Cara…
—¿De verdad lo soy para ti, o es una palabra que utilizas con mucha otra gente?
—No, no, tú eres lo que más quiero. Nunca imaginé que llegaría a sentir lo que siento, porque hasta ahora siempre he mantenido a distancia a los demás. Tú escapaste a mi radar —explicó Asami abrazándola; su voz tenía un matiz diferente a momentos antes—. Si no hubiese estado enferma, o a punto de necesitar ayuda en tantas cosas que he acabado por cargar sobre tus espaldas… cuando tú mereces muchísimo más… Si no fuera así, habría razonado de una forma muy distinta.
—¿Cargar sobre mis espaldas? ¡No has hecho nada de eso, ni nunca lo harás! ¿Acaso no ves que tú me has liberado? —murmuró Korra, frenética—. ¡Me has dado muchas cosas! Desde el primer día me trataste como a una igual, como a una persona productiva que contribuye como todos los demás.
—Por supuesto que lo…
—Para ti no soy una inadaptada con un penoso ejemplo de padre detrás, ni un caso de beneficencia del que la sociedad ha de hacerse cargo. Contigo… yo pensaba, con todos esos sentimientos que surgen como una inundación cuando estamos juntas, que… ¡No puedes negar que existen!
Korra estaba sollozando ya. Odió las lágrimas que corrían por sus mejillas. La «madre» de su primer hogar de acogida, quien aseguraba que las lágrimas eran un signo de debilidad y un lujo para una niña en sus circunstancias, la abofeteaba muy a menudo. «¡Si empiezas a llorar ahora lo harás durante toda tu vida!», decía. ¡Pero no era más que una niña! Y ahora que ya era una adulta, Korra sentía un dolor físico cada vez que las lágrimas le corrían por el rostro. Las enjugó de un manotazo, pero siguieron cayendo, como si hubiese roto accidentalmente el recipiente que contenía todos sus sentimientos heridos.
—No llores, Korra. Por favor, por favor…
Asami la tomó de los hombros y buscó a tientas su rostro. Se inclinó hacia él y besó las húmedas mejillas.
—Vamos… Tienes razón, por supuesto que la tienes. Escúchame, cara.
Los sollozos fueron perdiendo fuerza poco a poco, y Korra quedó por fin inmóvil entre sus brazos.
—Di.
—Por supuesto que tienes razón, y yo sé que la tienes.
—Ah, ¿sí?
Asami la besó tiernamente en los labios.
—Eres la mujer más extraordinaria que he conocido nunca, y te mereces todo lo mejor.
—Asami, yo…
—Chsst, déjame acabar —la interrumpió esta posando un dedo sobre sus labios—. Estaba convencida de que necesitabas a alguien mejor que yo, más adecuado. Pero acabas de dejarme bien claro que no quieres que me vaya, como había planeado.
Las palabras que Asami pronunciaba eran graves, pero no así el tono de su voz. Cálido como la arena en verano, su voz se deslizaba sobre Korra, haciéndole cosquillas en la piel.
—Entonces, ¿no te irás después del concierto benéfico?
Asami enarcó las cejas.
—No, no, ese no era el plan. Voy a retirarme, pero eso me proporciona una gran libertad de movimientos. Mi intención es quedarme en East Quay, ya que Boston no queda muy lejos y allí disponen de unos excelentes oftalmólogos.
Korra se pasó la mano por el pelo con gesto cansado.
—Creía… Demonios, pensé que te irías dentro de una semana y que nunca más volvería a verte.
—No me extraña que lo hayas creído —murmuró Asami tendiéndose hacia atrás; respiró hondo antes de continuar—. No he sido muy comunicativa que digamos, ¿eh? —concluyó, acariciándole la mejilla al tiempo que le rozaba brevemente el labio inferior con el pulgar.
—Entonces, si te quedas, ¿eso significa que no vas a alejarme de ti, como planeabas? —consiguió preguntarle Korra, sin saber siquiera de dónde había sacado el valor para hacerlo.
—Te prometo dos cosas —contestó Asami, buscando a tientas sus manos para apretarlas y dar así más énfasis a sus palabras—: No alejarte de mí deliberadamente y no hacer una escena para obligarte a quedarte conmigo si cambias de opinión.
A Korra no le gustó la forma en que había planteado la segunda promesa: aquello sugería que, en su fuero interno, Asami esperaba que la abandonase más pronto o más tarde.
—No cambiaré de opinión, que lo sepas.
—Muy bien.
Quedaron en silencio hasta que una cautelosa voz tras ellas las hizo dar un respingo.
—Hola, ¿todo bien por ahí? Elsa y yo ya nos hemos bebido tres tazas de café cada una, y la verdad es que necesito pasarme un momento por el baño antes de irme a casa. Ah, y me alegro de no ver ninguna nubecilla con forma de champiñón por aquí —añadió Anna con sonrisa maliciosa.
—Estamos bien, sí —contestó Asami.
Elsa se acercó hasta el sofá.
—¿Te encuentras bien, Korra?
—Sí —dijo esta, y, por primera vez en mucho tiempo, era cierto.
Korra sabía que tanto Asami como ella tenían por delante un largo camino antes de llegar a confiar totalmente la una en la otra. Además, ninguna de las dos había mencionado la palabra «amor». Pero el hecho de que Asami hubiese desistido de su intención de acabar con la relación era un gran paso adelante. «¡Si pudiese decirte cómo me haces sentir, la magia que creamos juntas y la forma en que eso me afecta…! ¿Me atreveré algún día a preguntarte si tú también la sientes?»
Korra sabía lo nuevos y frágiles que eran todavía aquellos sentimientos. Estaba dispuesta a hacer lo que fuese por Asami, y ahora tenía más confianza en que esta nunca le pediría que hiciese algo que le fuese desagradable de cumplir. Kuvira nunca había sido tan considerada, lo cual había estado a punto de destruirla como persona.
—Es hora de partir. Korra tiene que volver al trabajo y yo he de redactar mi dimisión —dijo Anna al regresar del baño.
—¿Tu jefe no te ha concedido la excedencia? —preguntó Elsa, sorprendida.
—Qué va. Intentó asustarme para que me quedase, pero me limité a decirle «Dimito, Jim» y salí de allí. Tengo suficientes días de vacaciones pendientes para cubrir varias semanas. Seguramente no dará muy buenas referencias de mí, pero, dado que el libro me ocupará durante varios años, no me preocupa. Estaré perfectamente.
—Me alegro por ti —sonrió Korra poniéndose en pie.
Tan sólo unos días antes, Anna estaba preocupada y se sentía manipulada, mientras que ahora parecía ansiosa por comenzar. Korra se enjugó las lágrimas, abrazó a ambas amigas antes de que se fuesen y después se volvió hacia Asami:
—¿Qué tal si te quedas aquí mientras me ocupo de los clientes de la tarde? Después puedo acompañarte hasta casa.
—Suena bien. ¿Volverás a la casa de la playa al acabar tu trabajo, por la noche?
—Sí.
El rostro de Asami resplandecía cuando tendió la mano hacia ella.
—¿Me das un beso? —añadió.
Korra sonrió al darse cuenta de que se había quedado sin aliento al oír aquella petición. Se arrodilló sobre el sofá y la besó con toda la ternura de que fue capaz.
—¿Te apetece escuchar la radio mientras estoy trabajando?
—No. Me quedaré aquí sentada, recordando nuestra sesión de improvisación. Ha sido extraordinaria, ¿verdad?
Asami la contempló de arriba abajo, memorizando los hermosos rasgos, y respiró hondo para absorber su característico aroma a almizcle y flores.
—Extraordinaria.
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Anna se incorporó en la cama como movida por un resorte, sin saber a ciencia cierta qué la había despertado. El teléfono de la mesilla de noche sonó, haciéndole dar un respingo. Buscó a tientas el auricular, pues su dormitorio tan sólo estaba iluminado por la luz de la luna. Miró hacia el despertador: apenas podía distinguir la hora sin sus gafas. ¡Las cuatro y veinte de la mañana! «¿Quién demonios…?»
—¿Diga?
—Anna, soy Elsa.
Despejada al instante, Anna aferró ansiosamente el auricular.
—¿Qué sucede?
—Acaban de llamarme del Hospital East Quay Memorial. Es Maléfica.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Anna, mientras su mente trabajaba a mil por hora.
—Sufrió un colapso esta noche, y sus empleados la han llevado a urgencias. Ha pedido que vayamos.
Anna estaba ya fuera de la cama, sobre todo porque pensó que Elsa la necesitaría.
—¿Nosotras dos? ¿Estás segura?
—Sí. ¿Cuánto puedes tardar en prepararte?
Anna notó que por su espalda comenzaban a resbalar pequeñas gotas de sudor helado.
—¿Es grave?
—Grave, sí.
—Dame cinco minutos.
—Muy bien, cinco —confirmó Elsa. Después hizo una pausa y susurró: —Gracias.
Anna entró corriendo en el baño y se recogió el pelo en una cola de caballo. Agradeciendo haber tenido la idea de ducharse antes de dormir, se vistió unos pantalones color caqui y un jersey verde de cuello alto. En lugar de su chaqueta favorita escogió un forro polar, y recogió el bolso de camino a la puerta principal. Ya estaba en el rellano cuando el ascensor se detuvo en su piso.
Elsa le dedicó una sonrisa algo cansada cuando la vio esperándola.
—Cuando dices cinco son cinco. Bueno es saberlo.
—No suelo molestarme en maquillarme en medio de la noche. Prefiero decidirme por un aspecto pálido e interesante.
Elsa se echó a reír, con una carcajada corta y sorprendida.
—Pues lo has hecho muy bien, porque estás tanto pálida como interesante.
El ascensor se detuvo y salieron del edificio.
—Llevaremos el Lotus —dijo Elsa—. No veo por qué he de despertar a Kai.
—Buena decisión.
Circularon en silencio por las vacías calles, encontrándose un único taxi durante el corto trayecto. Elsa estacionó su vehículo en una zona reservada del amplio aparcamiento que había tras el hospital.
Ya en el edificio, una enfermera les indicó la habitación de Maléfica. En aquella enorme cama de hospital, con una multitud de tubos y cables conectados, Maléfica parecía todavía más diminuta que antes. Llevaba puesta una máscara de oxígeno que le cubría medio rostro, y una enfermera vigilaba sus constantes.
Elsa se acercó al lecho y se inclinó para besar su frente.
—Maléfica, ¿puedes oírme?
Anna se acercó por el lado opuesto y pudo ver que el delgado párpado derecho de Maléfica se abría a medias. El izquierdo permaneció cerrado. La parte izquierda de su boca estaba caída, y le corría un hilillo de saliva por la mejilla. Anna se acercó y lo enjugó con el dorso de la mano sin pensarlo siquiera. «¿Un ictus? Probablemente. Pobre Maléfica.»
—Elsa… has venido —susurró Maléfica apartándose la mascarilla de oxígeno.
—Por supuesto que sí. Y me he traído a Anna, ¿lo ves? Maléfica consiguió girar la cabeza, que se agitó levemente por el esfuerzo.
—Sí, sí. Anna, escúchame: escribirás el libro. Todo… está dispuesto… en mi testamento.
Los ojos de Anna se llenaron de lágrimas. Tomó la mano inmovilizada entre las suyas.
—Prometo hacer un buen trabajo.
«Cree que ha llegado su hora. ¡Oh, Dios, y tal vez sea cierto!» Anna intentó relacionar la imagen de Maléfica en el hospital con su recuerdo de la fuerte mujer que pocos días antes era capaz de ofrecer discursos inolvidables.
—Y Elsa, sólo para que lo sepas. La casa. Mi mansión…
—¿Qué ocurre con ella, Maléfica? Sabes que está en buenas manos mientras tú estás aquí.
—¡No! La casa… —dijo Maléfica tosiendo—. La casa es para ti, Elsa —concluyó, y volvió a ponerse la mascarilla, por la que tomó aire trabajosamente durante un rato.
Elsa alzó la vista hacia Anna.
—¿Cómo? —murmuró, volviendo a mirar a Maléfica.
—Una de las condiciones del testamento —farfulló Maléfica tras la mascarilla, jadeante— es que no puedes vivir sola. Sólo con amigos… o alguien a quien ames.
Los hombros de Elsa comenzaron a sufrir sacudidas, y Anna comprendió que estaba llorando, aunque intentaba disimularlo. «¡Interesante condición! La enorme mansión de los Dodd será suya, si no vive sola.»
—Lo he comprendido, Maléfica —consiguió decir por fin—. Pero aún puedes ponerte bien.
—Ya… ya he vivido lo suficiente.
—No te rindas todavía. Seguimos necesitándote —susurró Elsa junto a su oído.
—Después de todo un siglo… necesito descansar.
—No hay problema. Tú descansa; Anna y yo nos ocuparemos de todo lo que haya que atender.
Elsa miró de reojo a Anna. El mensaje que había en sus ojos era bien claro.
—Sí —confirmó Anna—. No tiene que preocuparse absolutamente por nada.
—Me alegro —musitó Maléfica con voz casi inaudible, mientras su palidez aumentaba todavía más; gotas de sudor le perlaban la frente, y su respiración era un puro jadeo.
La puerta se abrió y entraron dos mujeres.
—Soy la doctora Goldberg, médico de cabecera de la señora Dodd Endicott —se presentó una de ellas, tendiéndoles la mano.
—Y yo soy Myles, jefa de enfermeras —dijo la otra—. ¿Salimos al pasillo?
—No —la interrumpió Maléfica desde el lecho, volviendo a apartar la mascarilla—. Sé la verdad. Pueden hablar aquí.
Anna siempre había admirado a Maléfica, pero nunca tanto como ahora. Uno de los monitores emitió un pitido. La doctora Goldberg se acercó al lecho.
—Está bien, si me promete que seguirá con la mascarilla puesta y respirando adecuadamente —dijo; después ajustó el monitor y frunció el ceño—. No podemos dejar que el nivel de oxígeno le baje del noventa y tres por ciento. ¿De acuerdo, señora Dodd? Muy bien.
A continuación la doctora señaló un rincón del cuarto donde había unas cuantas sillas. Todas se sentaron. Anna se aseguró de que nadie diese la espalda a Maléfica.
—La señora Dodd Endicott ha firmado un documento en el que la declara su pariente más cercano, señora Winter. Me ha dicho que la señora Summer está escribiendo un libro sobre su vida, y también quiere que esté aquí.
Dejó de hablar un momento y las estudió detenidamente, como asegurándose de que lo comprendían todo.
—La señora Dodd ha sufrido un ictus en el hemisferio cerebral derecho. No puede mover la parte izquierda del cuerpo, y también sufre una parálisis facial. Estamos medicándola con un anticoagulante llamado TPA, pero, tratándose de una persona de su edad… el pronóstico no es muy alentador.
Conmocionada por la fría y realista exposición de hechos de la doctora, Anna miró de reojo a Maléfica, quien sonreía serenamente.
—¿Qué puede hacerse en estos momentos? —preguntó Elsa, con los puños crispados y dos pequeñas manchas rojas en las mejillas que destacaban su palidez.
—Hemos llevado a cabo una TC para localizar y valorar la extensión del ictus, y también hemos programado una resonancia para mañana por la mañana…
La interrumpió el pitido de alarma de uno de los monitores. La doctora corrió junto a Maléfica, le abrió los párpados y sacó una pequeña linterna. Anna y Elsa se pusieron en pie, y se quitaron de en medio colocándose junto a la pared cuando más personal entró corriendo en el cuarto.
—Maldita sea, tiene otro coágulo. Pupilas fijas y dilatadas —dijo la doctora Goldberg, pasando a auscultarla—. Y también en el pulmón izquierdo. ¿Qué demonios ocurre?
—La presión sanguínea ha caído a 56/38, doctora —informó una de las enfermeras.
La doctora Goldberg volvió a auscultarla. Varios monitores se apagaron al mismo tiempo.
—¡Código Azul! ¡Asístole! Inyéctenle vasopresina y adrenalina —ordenó, y se volvió a continuación hacia Anna y Elsa—. Por favor, aguarden fuera.
Anna rodeó los hombros de Elsa. Tuvieron que dejar entrar a más personal antes de poder salir del cuarto.
Media hora después, la doctora Goldberg salió a su encuentro.
—Lo lamento, pero la señora Dodd Endicott ha muerto a pesar de todo nuestro esfuerzo. Han aparecido varios coágulos en el cerebro y los pulmones. Ahora mismo no puedo decirlo con seguridad, pero parece haber contraído una dolencia sanguínea muy aguda. La autopsia puede decirnos más, si es que se lleva a cabo.
Anna comenzó a llorar en silencio al comprender que la extraordinaria mujer a la que apenas estaba comenzando a conocer había fallecido. De un solo vistazo pudo comprobar lo mucho que había afectado a Elsa la noticia: estaba tan pálida como la misma Anna se notaba, y tenía los labios apretados, formando una delgada línea descolorida.
—No, nada de autopsias —contestó mecánicamente.
—Escribiré una nota en su historia clínica, pues. Por favor,nacepte mis condolencias. La señora Dodd parece haber disfrutado de una vida larga y saludable. Sé que eso no le sirve de consuelo, pero no todo el mundo tiene la misma suerte.
—Lo sé. Muchas gracias.
—Las enfermeras la han dejado algo más presentable. Volverán más tarde para encargarse de la señora Dodd. Ahora disponen ustedes de unos momentos para presentarle sus respetos. Siento meterles prisa, pero tenemos escasez de camas y necesitamos la habitación.
—Lo comprendemos, doctora.
Anna se asombró de lo sosegada que parecía Elsa, hasta que quedaron a solas en aquel cuarto de hospital, junto al cuerpo de Maléfica. Las enfermeras le habían colocado las manos a los costados y alisado las sábanas. Al aproximarse al lecho y alargar la mano para acariciarle la mejilla, Elsa pareció encogerse.
—¡Mi queridísima Mal! —susurró—. Ahora puedes descansar. Sé que Michael estará ahí para recibirte. Espero que, donde quiera que estés, te encuentres bien…
Elsa dio media vuelta y se acercó a la ventana. El vidrio reflejó su imagen cuando se abrazó a sí misma y comenzó a llorar.
Anna cruzó la estancia en tres zancadas y la rodeó con sus brazos desde atrás.
—Chsst… Yo te sostengo.
—Es que… se ha ido tan deprisa…
—Lo sé. Sin embargo para ella ha sido lo mejor.
Elsa se volvió entre sus brazos y la miró con un gesto de vulnerabilidad que Anna nunca había visto en ella.
—¿Crees que habrá sufrido?
—No lo sé, pero quedó inconsciente bastante pronto —dijo Anna, esperando que fuese cierto.
Elsa pareció dispuesta a agarrarse a aquella opinión como si fuese un clavo ardiendo.
—Sí, sí, es verdad. Parecía serena incluso mientras estaban intentando reanimarla —dijo, pero enseguida hundió el rostro en el cuello de Anna y exhaló un hondo suspiro—. ¡No puedo creer que ya no esté!
—Tardarás un tiempo en asimilarlo. Yo no la conocía de hace mucho, pero se portó maravillosamente conmigo.
Elsa pareció extraer nuevas fuerzas de la cercanía de Anna. La abrazó con más fuerza mientras le decía:
—Te admiraba mucho. Maléfica sabía juzgar muy bien los caracteres. Me ayudó en muchas ocasiones, cuando yo estaba completamente perdida.
—¿Te sentiste también perdida conmigo? —preguntó Anna, y notó que Elsa se estremecía ligeramente en sus brazos.
—Desde el primer día.
En ese momento llamaron a la puerta y Elsa se apartó rápidamente, alisándose el peinado, que ya era perfecto. Dio un paso más hacia el lecho y miró de reojo a Maléfica con gesto algo más relajado, antes de elevar la voz para decir:
—¡Pase!
Dos auxiliares de enfermería entraron, disculpándose por tener que desocupar el cuarto con tanta rapidez.
Aunque volvía a existir una distancia entre ellas, ahora Anna conocía mejor la profundidad de los sentimientos de Elsa, de modo que no le importó.
—Nos haremos cargo de todo en cuanto decidamos cuál será el tanatorio —dijo Elsa.
Anna sintió, más que oír, lo mucho que a Elsa le temblaba la voz. Hizo un gesto de despedida a las enfermeras, tomó a Elsa de la muñeca con gesto protector y la guió fuera de la habitación.
—Vayamos a casa, a ver si podemos dormir algo más. Ya tendremos tiempo mañana de ocuparnos de todo.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Elsa volvió a aferrarse al brazo de Anna por un breve instante.
—Sí —murmuró—. Mañana.
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Maria Sato: es el destino. pronto, nos veremos.
Deilys leon: y eso que todavía falta, se van a quedar sorprendidos.
Lachicadelbosque: Y falta por saber cosas, jajaja ya sabemos como es Elsa así que no me sorprende mucho. Vaya! que pensamientos más acertivos, Ya pronto, será uno especial y así todos nos demos un taco de ojo. Por un correo te los puedo enviar. Besos y abrazos de Lobo. Creo que no, por cierto vi un documental de 3 grupos de pingüinos y me acorde de ti, son unos guerreros.
miguel.puentedejesus: Ya era hora, por cierto falta todavía y eso es el mayor secreto. Nos veremos camarada.
Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
