—Oh.

Es la única respuesta que Dirk recibe de un indiferente John cuando le dice que unas amigas vendrán a visitarle a la ciudad y que estará algo ausente durante la semana.

No es la primera vez que John le contesta de esa manera o se muestra totalmente desinteresado en lo que el mayor de los Strider le dice. Parece vacío, totalmente vacío.

Dirk le sigue mirando en silencio después de la breve conversación, apoyado en el marco de la cocina, sin camiseta y bebiendo un zumo de naranja, como de costumbre. Ni siquiera lleva ya las gafas de sol cuando está por casa. John parece no notar ese sutil pero importante detalle: Dirk se comporta como si estuviese viviendo solo.

Las noches siguen siendo calientes y llenas de jadeos y gemidos ahogados, pero cuando sale el sol, el Egbert vuelve a ser el chico callado y encerrado en si mismo en el que se convirtió cuando Dave dejó su vida.

Aquello asquea a Dirk. No puede aguantar más esa situación.

—Yo les pagaré el hotel en el que se alojarán. —Añade el rubio pasados unos minutos. Aquello consigue llamar la atención de John, el cual levanta la mirada del móvil.— A mis amigas. Las que vendrán a visitarme.

—Ah. Entiendo. —Y vuelve a mirar el móvil, aunque esta vez, su ceño está algo fruncido. Dirk, observador como siempre, se da cuenta de ello.

"Ya no eres John Egbert" querría decirle Dirk. Le gustaría gritarle e incluso darle una paliza si aquello hacía volver al dulce y risueño John que conoció. Pero, con los días, con las noches, se dio cuenta de que no estaba en su mano conseguir aquello. Ni siquiera podía acercarse a la felicidad que le proporcionaba Dave al ojiazul, Dirk lo sabe y se resigna a ello. No tiene otra opción.

Cuando el mayor arruga el brick de zumo vacío con una mano, causando un gruñido en el cartón que aprieta, el pelinegro vuelve a alzar la cabeza, esperando encontrarse con la intensa mirada anaranjada de Dirk... pero lo único que ve es su espalda, pálida y llena de pecas por los hombros, con unos arañazos a conjunto con las uñas de John. Cuando la figura del Strider desaparece por completo en la cocina, el menor tiene la decencia de sonrojarse y darse cuenta de lo estúpido de su comportamiento con la única persona que le ha dado calor cuando más lo necesitaba. Quiere levantarse, ir corriendo y abrazarle por la espalda, suplicarle que le haga el amor en la encimera, que le susurre que le quiere contra el cuello,... pero no puede.

Sabe que algo ha muerto en Dirk... que él mismo lo ha matado.

También sabe que, aunque sea algo infantil y sin sentido, está celoso. ¿Por qué? Por ese par de amigas que han venido a visitarle sin ningún motivo aparente y a las cuales va a pagarles la -probablemente cara- estancia en Washington. Claro que alguien con el apellido Strider puede permitírselo, pero le sigue mosqueando. Ni siquiera le ha dicho los nombres de esas "amigas".

"Tampoco le has preguntado" piensa John, mordisqueándose el labio, lleno de culpabilidad.

Y, cuando se quiere dar cuenta, el móvil está en el sofá, abandonado, y sus pasos le llevan hasta la puerta de la cocina. La ancha camiseta -propiedad del Strider mayor- que lleva se desliza por uno de sus blancos hombros y lo deja al descubierto justo cuando se apoya en el marco de la cocina y mira con anhelo a la persona que hay allí dentro.

—Dirk... —Musita con voz rota, más por la ausencia de diálogo fluido durante semanas que por el dolor.

Él alza los ojos y le mira.

Está apoyado de espaldas en la encimera y parecía pensativo hasta que su mirada se encuentra con el pequeño cuerpo del Egbert. De repente, vuelve a parecer un Strider, lleno de hambre, controlando apenas sus instintos. Se yergue y John disfruta de la vista que supone su pecho desnudo, el color de la piel, los músculos tensándose bajo la misma.

No puede negar que le encanta, como tampoco puede negar que no le llena tanto como lo hacía su hermano menor.

Aun así, da unos pasos dubitativos que se le hacen eternos bajo la atenta mirada del mayor que, finalmente, también se acerca.

—Por favor. —Logra articular justo antes de que Dirk le pase una mano por la cintura, otra anclada en su nuca, y le bese profundamente, sin dar lugar a más palabras que las que resuenan en sus cabezas.

"Jake" es la que resuena en la de Dirk; "Jake" una y otra vez, mientras sube al moreno en la encimera, dispuesto a poseerlo.

.

—Chanchullos. —Contesta Dave Strider con voz despreocupada cuando Rose Lalonde le pregunta cómo ha conseguido su número de teléfono.— O tal vez tú demasiado bebida.

—Siempre recuerdo lo que hago cuando bebo. —Apunta ella desde la otra línea, quisquillosa.— Y no tengo constancia de haberle dado mi número a un rubio famoso y creído.

—¿Tampoco recuerdas que nos vimos? Fue una velada encantadora.

Dave sonríe al escuchar el bufido de la rubia. Tirado en la cama del hotel en el que se aloja, no hace más que mirar las gafas de sol que tiene en las manos. Son suyas, John se las regaló hacía mil años.

Aunque está demasiado enfadado como para siquiera pensar en él, le reconforta sentir las gafas en las manos. Le reconforta y a la vez le duele, como si se rascara una herida que aún no ha curado.

—Lo recuerdo. —Rose le saca de su ensoñación y Dave clava los ojos rojizos en el estúpido dosel que cubre la gran cama en la que lleva tirado horas.— Fue un encuentro... ¿útil?

La Lalonde hace una breve pausa a mitad de frase y el Strider capta algo al vuelo. Es más bien una corazonada, pero decide soltárselo de todas formas. Por probar...

—Deja de beber cuando hablas conmigo. —Espeta con tono soez aunque tiene dibujada en el rostro una sonrisa de diversión.

—¡No estoy bebiendo! —Por primera vez, palpa la vergüenza en el tono de la rubia y casi puede verla ruborizándose: ha dado de lleno.

—Oh, claro que sí, Lalonde. —Se incorpora en la cama, sin dejar de sonreír.— Dime, ¿qué es esta vez? ¿Ron como aquella noche? ¿O te va más la ginebra?

—Voy a colgar.

—Va, tía, no seas así. Te llama una estrella mundialmente conocida y quieres colgar.

—Oh, sí, genial. —Su tono sarcástico casi hace reír a Dave.— Esto es como la puta Navidad, ¿verdad?

—...¿has visto mis vídeos?

De repente un silencio significativo se cierne sobre ambos jóvenes, separados por unos cuantos kilómetros. Rose parece boquear en la otra línea y Dave está tan sorprendido que no se le ocurre ninguna cosa ingeniosa que soltarle. Nunca imaginó que alguien como Rose Lalonde viese sus vídeos sobre su amor-odio irónico al mundo en general.

—¿Para qué me has llamado? —Pregunta ella con voz tensa, incómoda. Dave ni siquiera tiene ganas de burlarse sobre lo que acaba de pasar. Le parece demasiado increíble y, por alguna razón, hace que se avergüence.

—El otro día fui a casa de John. —Dice sin rodeos. Rose se da cuenta de que están entrando en un tema delicado y se queda en silencio mientras mueve el alcohol que queda en la copa de su mano izquierda.— Entré con la copia de las llaves que tenía...

—¿Hiciste una copia de sus llaves, así, sin más? —No puede evitar decir, incrédula.— Eso es delito, Strider.

—No, joder. Me las dio él mismo. —Aclara tras chascar la lengua el mayor.— En fin, que se estaba liando con mi hermano.

—...perdón, creo que no he escuchado bien.

—Que se estaba liando con mi hermano. —Repite Dave, vocalizando exageradamente. Espera unos segundos a que la chica asimile la información.

—Imposible.

—Lo juro por Hella Jeff y Sweet Bro. —Recordar esa escena le duele más que le cabrea y se remueve en la cama, inquieto.

—Vale. Te creo. —Pero antes de seguir, Dave espera a que la chica dé un nuevo sorbo de la copa que ahora sabe con total seguridad que tiene. Ojalá él también tuviera una copa de la que beber ahora mismo.— ¿Puedes explicármelo un poco más?

—Es que realmente no hay nada más que decir al respecto.

—Claro que sí. ¿No puedes abrirte un poco más, Dave?

—Oh dios, nunca me había dicho eso una chica. Normalmente suelo decírselo yo a ellas.

—Eso ha sido horrible.

—Ha sido genial.

—No cambies de tema.

Dave suspira con un deje de su anterior sonrisa en la comisura de los labios. Hablar con la Lalonde parece más divertido de lo que se esperaba, sin duda. Su educada mordacidad y la ironía pasivo-agresiva con la que le reprocha las cosas se le hace adictiva... así que decide satisfacerla por esa vez.

—Fui a su casa con las llaves que él me dio, como te he dicho antes. —Comienza él, acomodándose mejor en la cama.— Entré sin hacer ruido, yo qué sé, no quería que me pillase si estaba durmiendo o algo así. Pero joder, dormir seguro que es lo único que no hace teniendo a mi hermano allí... Mierda, es que es imaginarlo y me hierve la puta sangre.

—Estás celoso. —Afirma ella, realzando lo evidente.— ¿Por John o por tu hermano?

—¿A qué te refieres? —Pregunta algo confuso, arrugando la nariz y cambiándose el móvil de oreja.

—Que si estás celoso porque John está con tu hermano o porque tu hermano está con John.

—Eh... ¿ambas? No pillo lo que intentas decirme, Lalonde.

—Es muy simple. —Y Dave sabe que ella está sonriendo con suficiencia.— Tengo entendido que te ha criado tu hermano, que vuestros padres murieron cuando apenas eras un niño. Sería normal que hubieses desarrollado un sentimiento afectivo por tu hermano más allá de un lazo familiar, incluso llegando a amarle y desearle como si no tuvieses la misma sang-...

—Para el putísimo carro, Rose. ¿Estás insinuando que me pone mi hermano?

—Bueno, eso son palabras vulgares que agradecería que no pusieras en mi boca, pero básicamente, sí, eso estoy insinuando.

De nuevo, un silencio. Un largo silencio en el que Rose espera paciente y que solo se rompe cuando Dave estalla en carcajadas. La chica rueda los ojos, pero no puede evitar sonreír también. Es un estúpido, pero por lo menos le hace más pasable el dolor de cabeza que se le clava como agujitas diminutas por todas partes.

—Mira, Lalonde... —Dave aún se ríe, pero ya puede hablar con normalidad.— Mi hermano no me... no le quiero de esa forma, ¿vale? O sea, qué jodida enfermedad tienes en la cabeza para creer eso. Por muy bueno que esté o sea un maldito dios en la cama, nunca tendría ese tipo de sentimientos por mi hermano. —Recalca la última palabra de forma obvia y aun así, Rose sigue sonriendo.

—¿Das por hecho que tu hermano es un dios en la cama?

—Está claro.

—¿Por qué? ¿Lo has comprobado?

—Oh joder, no. —El Strider casi se avergüenza de cómo está yendo la conversación y las risitas de la rubia no lo mejoran.— Sólo... sólo lo creo, ¿lo pillas? Es un Strider. Tiene que ser bueno por cojones.

—Ahá. —Rose asiente y suspira; se echa hacia atrás en el sillón de mimbre del balcón en el que está sentada, sintiendo una suave brisa removerle el pelo. Todo un alivio.— ¿Y qué hiciste después de todo?

—Joder, tía, que no me he follado a mi hermano, ¿qué no entiendes? —Con aquel tono lleno de irritación, a Rose se le hace tan infantil que no puede evitar reír, lo que hace bufar a Dave.— ¿Y ahora qué?

—Dave, no estaba hablando de tu hermano. —Dice ella aún riéndose, secándose una pequeña lágrima del ojo.— Serás idiota. Me refería a qué hiciste después de entrar en casa de John y ver lo que viste.

—...ah. Eso.

—Sí, eso.

—Pues volví a mi hotel, pedí que trajeran alcohol a mi habitación y en fin, no recuerdo mucho más de esa noche. —Admite él, sintiéndose algo estúpido al escucharse a si mismo.

—Bien, Strider, tengo tu diagnóstico.

—Venga ya...

—Cállate y déjame hablar. —Rose se aclara la voz y se cruza de piernas. Cierra los ojos un momento y empieza a hablar:— Haces demasiado caso de lo que te dicen los demás, o por lo menos de las cosas que tú también crees que son ciertas aunque te niegas a aceptar. Recuerdo perfectamente la noche que te vi en aquel bar. Te llamé cobarde y, de hecho, lo aceptaste. Cobarde y capullo, eso te dije. Tú también te considerabas un cobarde y un capullo, ¿verdad? Por eso fuiste a ver a John.

—No, a ver...

—He dicho que me dejes hablar. —Abre un poco los ojos y se toma unos segundos para dar otro trago a su copa, meditando.— Sin duda, tenías una razón para hacerlo. Una razón que a ti te pareció de mucho peso para dejar a John, porque es obvio que tienes fuertes sentimientos hacia él. Siendo un tipo tan arrogante y creído, que te rebajaras a volver a su casa, dice mucho de ti. También está claro que ver al que siempre has considerado un ser superior, un punto de apoyo, incluso una figura paterna o, ya sabes, algo más, besando a la persona que tan hondo tenías en tu interior, te ha trastocado.

—Tampoco te pases.

—Niégame algo de lo que he dicho.

—...en fin, continúa.

—Bien. Sólo me queda una última cosa por decir, Dave, y es que te sientes solo, no sabes a quién acudir porque ese lugar siempre lo había ocupado tu hermano, ¿verdad? Cuando estabas triste o te sentías mal, siempre estaba ahí tu hermano para apoyarte o animarte... a vuestra manera, claro. —Suelta una risita y Dave refunfuña al otro lado de la línea.— En fin, bromas aparte. Amas a John, necesitas a tu hermano y ambos te la han clavado por la espalda.

—Rose, ya vale de esas gilipolleces sucias, joder.

—Oh. Iba sin segundas, pero ha estado bastante bien.

—No, no lo ha estado.

—En fin, tal vez también estés afectado porque estás admitiendo abiertamente tu homosexualidad y eso suele ser duro, lo sé mejor que nadie.

—Espera un momento. Yo no soy gay. —Hay una nueva pausa al otro lado del teléfono y Dave siente que tiene que añadir algo más.— Me van las tías, ¿vale?

—Pues John no lo es.

—Pero John es especial. —Como siempre que dice algo por el estilo, se sorprende de sus propias palabras.

—Claro que lo es, estás enamorado.

—Enamorado... —Suelta una carcajada solitaria y amarga y después suspira, dejándose caer más en los cojines de la cama.— Ahora entiendo el comportamiento incoherente de mi hermano cuando estaba pillado por el capullo ese.

—¿Tu hermano es gay? —Recibe como respuesta un gruñido afirmativo y ella vuelve a sonreír.— Vaya, así que te viene de familia. Seguro que relación en realidad es bastante curiosa.

—No lo es, Rose. —Repite el rubio de forma cansina.

—Pero seguro que sí que es importante.

—Es mi hermano. Mi única familia. Claro... que lo es. —Admite, huraño. No le gusta decir esas cosas.

—Si no fuese tan importante no recurrirías a alguien como yo ahora mismo. —Rose deja la copa ya vacía sobre una mesilla, a su lado, y después se mira las uñas pintadas de negro.— De verdad te sientes solo.

—¿Alguien como tú? ¿Rose Lalonde se está menospreciando?

—Claro que no, pero para ti, sólo soy una conocida. Más bien desconocida, en realidad. Sabes mi nombre y poco más. —Sube la mirada, curiosa por lo que el rubio va a responderle.

—¿Qué importa eso? Hay gente que cree que me conoce al dedillo por saber cuánto me mide la pol-...

—Dave.

—Está bien. Por saber mi altura y mi peso. —Rectifica, rodando los ojos.— Pero creo que en esta media hora que hemos estado hablando, has descubierto de mí mucho más que toda esa masa de gente que me adora por lo que hago, ¿no crees?

—Te has abierto.

—Me he abierto.

De forma natural, un calmado silencio vuelve a invadir la llamada que ambos mantienen, pero esta vez es algo sosegado y tranquilo, como si fuese algo que estaba planeado desde hace siglos. Dave sonríe un poco; se siente liberado y el nudo angustioso de la soledad se ha aflojado lo suficiente como para dejarle respirar.

—Deberías hablar con Jade. —Dice de repente la rubia al otro lado del teléfono, sobresaltando al Strider.

—Con... Jade. ¿Para qué? —Nervioso, se pone las gafas de sol que ha estado toqueteando todo el rato. Cada vez que alguien nombra a la Harley, recuerda lo que pasó, que es básicamente el porqué de la ruptura con John.

—Porque ella conoce más que yo a John y te podrá a ayudar a recuperarlo. Porque eso es lo que quieres, ¿verdad? Aunque haya pasado eso entre tu hermano y él, en el fondo quieres que todo vuelva a ser como antes. —No era una pregunta y Dave no tiene nada que decir al respecto.— Lo entiendo. Haz lo que tengas que hacer.

—Lo haré. —Asegura él tras respirar hondo.— En fin, Lalonde, creo que es todo lo que me puedes dar por hoy...

—Dave.

—Dime.

—Puedes llamarme si lo necesitas. —Pero Rose cree si lo dice así, Dave no volverá a llamarle porque no quiere dar ningún signo de debilidad y añade con voz burlona:— Ha sido divertido psicoanalizarte sin que te dieras cuenta.

—También ha sido divertido pillarte en mitad de una borrachera de tarde y sonrojarte sin ni siquiera estar enfrente de ti.

—Serás estúpido.

—Te llamaré. —Se apresura a decir, entre risas bajas para que la otra no le reproche más.

—Está bien. —Acaba por suspirar la joven, relajándose de nuevo en el sillón.— Esperaré impaciente nuestra próxima conversación.

—Y yo. —Y tras aquello, Dave cuelga y deja caer el brazo muerto sobre la cama.

Por primera vez en muchos días, le llena la sensación de que no está solo y aquello le anima a hacer lo que tanto teme: solucionar de una jodida vez las cosas como un adulto.


O tardo meses en subir un nuevo capítulo o subo muchos en un día. Así me va la vida. (?)