Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es chocaholic123, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is chocaholic123, I just translate.


Gracias a mi beta Isa por revisar y corregir este capítulo.


Capítulo 21

Las carreteras estaban prácticamente vacías esa noche. Las polvorientas calles quedaban solas por la emoción de las pantallas de televisión y el espectáculo que estaba ocurriendo en los cielos. Me senté en el asiento trasero del carro de Ben y escuché la radio mientras el presidente describía las fotos que habían sido enviadas del espacio, su profunda voz dándole solemnidad al trascendental evento.

Me sentía culpable al haber alejado a Ben y Angela de sus casas, de estar sentados en un carro en una carretera desierta en lugar de frente a una pantalla de televisión a blanco y negro, mirando las granosas fotos mientras que Neil Armstrong y Buzz Aldrin daban sus primeros pasos en la superficie lunar, pero mi necesidad de ver a Edward superaba todo lo demás; incluyendo caminatas en el espacio que harían historia.

Cuando el audio cambió a los astronautas, y escuchamos las rígidas y ligeramente distorsionadas palabras de Neil Armstrong, sentí un estremecimiento subir por mi columna, picando mis células y explotando en mi cuello. Parecía que todo estaba cambiando y estábamos indefensos para detenerlo. Me sentía fuera de control, incapaz de aferrarme a nada.

¿Estaba Edward viendo el Eagle aterrizar en la luna, viendo cómo los astronautas salían del módulo hacia la superficie? ¿Estaba pensando en mí como yo pensaba en él? Esperaba que supiera que, a pesar de los problemas por los que estábamos pasando, todavía había un vasto universo allá afuera al que no podría importarle ni mierda nuestros problemas; seguía orbitando y girando sólo porque siempre lo había hecho. En la gran escala de las cosas, nosotros éramos poco más que pequeños puntos en la cara de una enorme Tierra.

Pensar de esa manera me dio un poco de consolación. El saber que cuando superáramos esto, el sol seguiría brillando, la luna seguiría orbitando. Nuestros corazones seguirían latiendo. Era tan fácil pensar que mi mundo estaba terminando, pero era mucho mejor pensar que la vida seguía avanzando.

Manejamos toda la noche, deteniéndonos ocasionalmente por comodidad o para comprarle otro café a Ben, el aire nocturno tranquilo y frío mientras entrábamos a las pequeñas cafeterías y lúgubres paradas de descanso. Llegamos a Washington justo después del amanecer. El sol estaba bajo en el horizonte como una enorme bola de fuego, como si supiera que la luna había sido el centro de nuestra atención la noche anterior y quisiera recuperar esa atención. Lo estaba haciendo espectacularmente.

Almorzamos en una cafetería a las afueras de Seattle. Era un lugar viejo del tipo que frecuentaban mamá y papá, servían café quemado y huevos tibios. Ben se comió sus huevos estrellados con voracidad; metiéndoselos a la boca como si alguien fuera a robárselos si los dejaba por demasiado tiempo. Angela sólo veía la comida enfriarse en su plato con un cigarrillo colgando de sus labios rojos como si fuera una Marlene Dietrich en sus últimos días. Casi quería arrancárselo de los labios e inhalar el humo hacia mis pulmones tan sólo para sentir el ardor. Sabía que la nicotina relajaba a Angela; yo también quería sentir los efectos.

En lugar de eso, bebí el amargo café como si fuera la esencia de la vida, como si me fuera a dar la confianza que perdí en algún punto en la carretera californiana. Acordamos que nos dirigiríamos a la residencia de los Cullen después de las nueve, esperando que para entonces ya todos estuvieran despiertos.

Aparte de eso no tenía más planes. No sabía si todavía estaríamos aquí mañana o si nos llevaríamos a Edward de regreso a Berkeley. Incluso consideré llevármelo a Wentworth conmigo, aunque el pensar en explicarle todo lo que había pasado a mi papá sacó esa idea de mi mente.

La casa de los Cullen estaba afuera de la ciudad, metida entre colinas, los exuberantes árboles verdes que la rodeaban daban la impresión de un aura de reclusión. Llegamos al enorme portón negro, sujetado fuertemente a los altos muros de ocho pies, una cresta se entrelazaba con el hierro, oscuro y amenazador.

Un guardia uniformado salió de una caseta junto al portón, levantándose la gorra hasta que quedó cubriendo sólo su frente. Su expresión era solemne, casi siniestra.

—¿Puedo ayudaros?

Ben se inclinó fuera de la ventana, recargando el brazo en la puerta. Una sonrisa fácil tiró de sus labios. Tenía la tranquilidad de un hombre que estaba acostumbrado a hablar con empleados y no estaba dispuesto a aceptar ningún problema de ellos.

—Estoy aquí para ver a Edward Cullen.

—¿La familia lo está esperando? —Por el tono de su voz, era claro que el guardia sabía que no era así.

—No, pero soy un viejo amigo. He estado aquí antes.

Me incliné hacia enfrente, queriendo interceder, pero Ang palmeó mi mano y me empujó hacia atrás. Sus movimientos me dejaron callada.

—Denme sus nombres y llamaré a la casa.

Por primera vez, Ben miró al asiento trasero, sus ojos se deslizaron hasta que se encontraron con los míos. Se veía inquieto, una mueca tiraba de sus labios, fruncía la frente.

—Ben Cheney. Ella es mi novia, Angela, y atrás está su amiga.

—Necesito sus nombres completos. —El guardia sonaba firme. Cruzó los brazos frente a su pecho.

—Angela Weber. —Arrastró las palabras, su voz sonó queda y sarcástica.

—¿Y usted? —El guardia me miró a los ojos.

—Isabella Swan. —No supe por qué usé mi nombre completo. Tal vez era la formalidad de la situación, la enormidad de la casa que asechaba a la distancia. O quizá una pequeña parte de mí esperaba que no me reconocieran. Que pensaran que era simplemente una amiga de Ben y me dejaran entrar.

—Ahora regreso. Quédense aquí.

Esperamos por cinco minutos mientras llamaba a la casa principal desde su caseta junto al portón y enterré los dedos en la piel dura de mis palmas, sabiendo que Edward estaba tan, tan cerca. Me la mantuve mirando al portón, preguntándome si podría escalarlo, si es que habría perros al otro lado listos para cazarme si de alguna manera lograba entrar. Apenas podía respirar; mi pecho se sentía congestionado, mi garganta cerrada y áspera. La desesperación coloreaba mis pensamientos.

El guardia salió, quitándose la gorra de la cabeza y agachándose para hablar con Ben a través de la ventana abierta del carro.

—Sólo tú, hijo. Las señoritas pueden esperar afuera. —Su tono de voz implicaba que no iba a aceptar argumentos—. Si me sigues, puedes dejar tu carro allá. —Señaló una pequeña área de concreto junto a la caseta.

El corazón se me cayó a los pies. Las lágrimas picaban en mis ojos, calientes y saladas. Me moví hasta que quedé inclinada entre el espacio de los dos asientos frontales, atrapando la mirada del guardia al moverme.

—Necesito ver a Edward.

Sus ojos azules se deslizaron hacia los míos.

—Lo siento, señorita. Necesita esperar aquí afuera.

—Pero…

—No me haga correrlos a todos.

Ben se giró hacia mí, poniendo una mano en mi hombro.

—Yo entraré y hablaré con ellos, ¿de acuerdo?

Asentí rápidamente, mis ojos abiertos y enojados. ¿Cómo se atrevían a apartarlo de mí? No podía creer que estuviéramos separados por unos cientos de yardas. El portón y las paredes parecían peores que cualquier otra cosa que nos había separado en el pasado. Incluso cuando estaba en Vietnam, nunca me sentí tan completamente impotente.

—De acuerdo, pero dile que estoy aquí, ¿sí? Sólo díselo. —Estaba casi rogando. Ben apretó mi hombro con más fuerza antes de soltarme.

—Lo haré. Se lo diré.

Luego de que Ben movió el carro, me cambié al asiento de enfrente con Angela mientras lo veíamos avanzar por el camino de entrada, la perspectiva lo hacía verse pequeñito para cuando llegó a la puerta principal. Apenas pude verlo entrar antes de que la puerta se cerrara y me diera cuenta de que estaba apretando la mano de Ang con demasiada fuerza.

—Lo siento. —Aflojé mi agarre.

—Está bien. Aprieta. Haría lo mismo en tu lugar. —Me lanzó una sonrisa tranquilizadora—. Sólo guarda un poco de esa fuerza para los Cullen.

—Si es que me dejan verlo. —Sacudí la cabeza—. Tiene veinticuatro años, por amor a Dios.

Asintió estando de acuerdo, luego se inclinó y encendió la radio. Zager y Evans estaban cantando sobre el futuro, y Ang comenzó a reírse con fuerza.

—Esta canción, oh, Dios mío. Ese pedazo sobre si el hombre sigue vivo, si la mujer puede sobrevivir. Por supuesto que podemos sobrevivir. Somos el sexo fuerte.

Una sonrisa jugó en mis labios.

—Me preguntó si seguiremos vivos. —Intenté imaginar a Ang como una mujer anciana, usando extraña ropa metálica como en Los Supersónicos. Por alguna razón no funcionó.

—Espero que no. —Sonaba horrorizada. Estaba a punto de hacer un comentario mordaz sobre cabello gris cuando se escuchó un golpe en la ventana.

Ang la bajó. Emmett Cullen estaba parado afuera; su cabello peinado hacia atrás, su traje perfectamente planchado. Me estaba viendo con ojos fríos, sus labios estirados en una mueca de desagrado.

—¿Puedo hablar contigo?

Tragué con fuerza. Había algo en él que era amenazante. Recordé ese incómodo viaje desde la Base Andrews de la Fuerza Aérea, sus burlas misóginas, la forma en que pasó su dedo por mi muslo desnudo. Hubiera preferido enfrentar a una hidra de tres cabezas en lugar de tener que hablar con él en mi intento por llegar a Edward.

Pero parecía que no había decisión. Si es que había una oportunidad —sin importar que tan pequeña— de que hablar con él me hiciera llegar a Edward, era algo que tendría que hacer. A pesar de las náuseas que él me hacía sentir.

Me bajé del carro y me acerqué a él. Con mis zapatos de piso y ropa desarreglada, me sentía como un niño que va a hablar con el director.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Alzó una solitaria ceja rubia.

—He venido a ver a Edward.

—No eres bienvenida. Él no te necesita. —Emmett se pasó una mano por el cabello. Su palma brillaba a causa del gel para cabello—. ¿Por qué no simplemente te regresas a California?

Mi corazón comenzó a martillear contra mi pecho.

—Es mi novio. No lo voy a dejar aquí.

Emmett se rio y me congeló hasta los huesos.

—No tienes opción. Él está de regreso en donde pertenece, con su familia. Vamos a hacer que mejore, lo regresaremos a trabajar con nosotros.

—Por favor… —Estaba intentando no llorar. No podía soportar la idea de que no lo vería. Se arrastraba por mi pecho, aferrándose a mis pulmones—. Sólo quiero verlo.

Emmett entrecerró los ojos.

—¿Sabes lo que pasó por tu culpa, porque estaba bebiendo, fumando y haciendo sabe Dios qué en tu apartamento? ¿Sabes que casi mató a un hombre? ¿Y ahora quieres verlo, incluso tal vez llevártelo de regreso a tu vida permisiva y verlo desintegrarse en la nada? Me das asco. —Escupió las últimas palabras como si fueran veneno en su lengua.

Sacudí la cabeza. No era justo; quería gritarle, pegarle, decirle que no era mi culpa. Que Edward hubiera estado igual de mal si hubiera estado aquí desde un principio. Pero, a pesar de mi reacción, había una pequeñísima parte de mí que sabía que él no se habría emborrachado hasta la inconsciencia en Seattle. Su familia no lo hubiera dejado. Ellos hubieran sido lo suficientemente fuertes para él.

¿Era yo tan débil que ni siquiera era capaz de defenderlo? Me calaba hasta los huesos pensar que puede que yo fuera parte de esto y que mis acciones contribuyeron a su caída. Mi falla al pedir ayuda había causado que un hombre fuera golpeado hasta ser pulpa, mientras que otro sufría un ataque de proporciones catastróficas.

—Sólo necesito saber que está bien. —Las lágrimas caían por mi cara. Corrían en gordos riachuelos salados por mis mejillas—. Sólo necesito verlo.

Emmett negó con la cabeza.

—De ninguna manera vas a entrar. —Levantó la mano y un gran carro negro avanzó hasta pararse a su lado—. Ya me voy a trabajar. Si me entero de que has estado en algún lugar cerca de él, iré tras de ti y que Dios me detenga.

—No voy a renunciar a él.

—Pues quizá él ya renunció a ti. ¿Ya pensaste en eso? —Me lanzó una mirada seca. Sus labios formaron una mueca de desdén. Quería arrancársela de la cara.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Sabía que causarías problemas en cuanto te conocí. Él puede encontrar algo muchísimo mejor que tú. Lo hará si de mi depende.

La náusea comenzó a alzarse en mi estómago. Casi podía imaginarlo; Edward emparejado con una chica adecuada de la sociedad de Seattle. Esa idea me estaba rompiendo el corazón.

—No es tu decisión.

—Él ya está de regreso con su familia. No eres necesitada ni querida. Sólo date la vuelta, niña, y ve a casa. —Avanzó un paso hacia mí, estirando la mano para tocar mi mejilla—. Como te dije antes, no eres el tipo de chica con la que se casa un Cullen. —Golpeteó dos veces mi mejilla—. Ahora vete. Ve a encontrar un granjero para ti o algo así. Si te veo cerca de aquí de nuevo, llamaré a la policía.

El chofer se bajó del carro, dándole la vuelta para abrir la puerta de Emmett, luego la cerró tras de él cuando éste se subió. Todavía podía ver su perfil a través de las ventanas tintadas, su mandíbula arrogante y tensa, su nariz tan recta como la de Edward. Todo sobre él me hacía querer gritar, golpear sus presumidas facciones hasta que se diera cuenta de lo cabrón que era. No podía creer que él me estuviera deteniendo de ver al hombre que amaba.

Pateé el polvoriento concreto cuando los vi irse, caminando hacia el carro donde Angie estaba recargada en el capó con un cigarrillo ardiendo entre sus dedos. Se lo quité de la mano y puse el filtro entre mis labios, inhalando profundamente. Cuando el humo golpeó mis pulmones comencé a toser, el aire escapaba de mis labios en cortas y afiladas explosiones de humo. Me doblé cuando los paroxismos sacudieron mi cuerpo, mis ojos estaban acuosos y no era sólo por el cigarro.

—¿Estás bien? —Angela puso una mano en mi hombro. Por el tono de su voz supe que no estaba hablando sobre la tos.

—No lo sé. No… —Me fui callando cuando el guardia comenzó a acercarse a nosotras. Me paré derecha, esperando que nos gritara, que nos dijera que nos fuéramos. Claramente estaba haciendo el ridículo, gritándole al hermano de Edward, intentando fumar un cigarrillo. No lo culparía si nos dijera que debíamos movernos.

—¿Señorita Swan?

Me tragué el hormigueo que seguía rasgando mi garganta, obligándome a no toser.

—¿Sí?

—A la señora Cullen le gustaría que se reuniera con ella en la casa.

Me quedé boquiabierta. Era la última cosa que esperaba que dijera. Había anticipado una despedida, quizá incluso una advertencia. No una invitación a la enorme casa. De repente me sentí ansiosa, temía no estar usando la ropa adecuada, no tener el acento apropiado. Porque iba a ver a la madre de Edward.

Mis piernas comenzaron a temblar.

—¿Quiere que vaya ahora?

—La señora Cullen la recibirá en la casa. Por favor, sígame.

Le lancé una rápida mirada a Ang, que movió la mano con un gesto de despedida. Mi falda ondeó con la suave brisa, el sol besaba mi piel mientras subía por el camino de entrada. El guardia me dejó a mitad del camino, señalando los escalones que guiaban a la casa, dejándome para recorrer la distancia final a solas.

Fiel a su palabra, la mamá de Edward se reunió conmigo en la puerta. Estaba usando un ligero traje azul pálido; su cabello estaba arreglado en un moño francés. A pesar de su maquillaje meticulosamente aplicado, su cara se veía cansada y desgastada, y me pregunté qué tipo de infierno había vivido durante las últimas horas. Tal vez teníamos más en común de lo que yo creía.

—Isabella, por favor, acompáñame a tomar café. —Miré por la entrada, notando el rico piso de madera y los hermosos muebles que se alineaban a las paredes. Siguiendo a la señora Cullen hacia la sala de descanso, me encontré arrastrando los dedos a lo largo de la barandilla de madera, mordiéndome el labio para no gritar su nombre. Porque él estaba aquí, en algún lugar de la casa. Mis pies querían correr lo más rápido posible, encontrarlo y lanzarme a sus brazos.

—Toma asiento. —La señora Cullen señaló un sofá café y me senté, doblando las piernas a un lado—. ¿Puedo ofrecerte una taza? —Comenzó a servir el líquido café oscuro en tazas de porcelana sin esperar mi respuesta, pero de todas formas acepté la bebida que me ofrecía, complacida de tener algo que hacer con mis manos.

—¿Edward está bien? —Solté las palabras antes de pensarlas bien. La señora Cullen le dio un trago a su café, luego dejó su taza en la mesa de madera pulida frente a su silla.

—Me temo que no está bien. El doctor tuvo que sedarlo. —Se mordió el labio, como para contener las lágrimas—. No puedo comenzar a explicarte el estado en el que se encontraba, Isabella.

Me incliné hacia enfrente.

—¿A qué se refiere?

Intentó sonreír, pero salió más a mueca. Miré con fascinación cuando una solitaria lágrima escapó de su ojo derecho y bajó por su mejilla dejando un rastro plateado.

—Sufrió una depresión nerviosa. El doctor dice que tiene tiempo construyéndose, probablemente desde que regresó. Anoche fue lo que él describió como "el punto crítico". —Dejó de hablar y respiró profundamente, como si intentara enfocarse.

Me tomé un momento para mirar por la habitación, notando las muchas fotos de los hermanos Cullen, de Edward sosteniendo trofeos y participando en deportes, de Emmett posando con políticos famosos. Eran una familia tan americana, todos sonrientes y bronceados. No podía compararlo con el Edward que apenas podía levantarse de mi cama.

La señora Cullen siguió mi mirada, su cara se suavizó cuando miró las fotografías.

—Edward siempre fue mío, sabes. Emmett era un niño de papá, siempre detrás de Carlisle, hablando de política y deportes. Pero Edward, él era sensible. Me acompañaba a eventos de caridad e intentaba juntar tanto dinero como le fuera posible. Incluso aunque eso hacía enojar a Carlisle, siempre sentía un golpe de orgullo cuando él defendía a las víctimas.

Sus ojos se iluminaron con los recuerdos.

—Incluso cuando nos dijo que iba a ir a Vietnam, no le rogué que se quedara. No como Carlisle. Sabía que mi hijo estaba intentando hacer lo mejor que podía, intentando ser un hombre. Entendía su necesidad por levantarse y ser tomado en cuenta.

Le dio otro trago a su café.

—Pero esa sombra, ese fantasma de un niño acostado y sedado en una cama arriba. Ese no es mi hijo. —Negó con la cabeza—. El Edward que yo conozco nunca golpearía a alguien lo suficientemente fuerte para romperse cuatro huesos de su propia mano.

Se me revolvió el estómago.

—¿Se rompió la mano?

Asintió.

—Pero su carrera… la escuela de medicina.

Otra lágrima escapó de su ojo.

—Nunca sanará lo suficientemente bien. Está demasiado dañada. Le han curado lo mejor posible.

Jadeé ante el horror de todo esto, tapándome la boca con la mano derecha. Las lágrimas se acumularon en el lugar donde mis dedos se encontraban con mi cara. Todo lo que él quería, todo lo que él había soñado, se había deslizado entre sus dedos mientras los hacía puño.

—Oh Dios. —Mi pecho se sacudía con los sollozos que intentaba tragarme.

—Es mi hijo, Isabella. Lo amo más de lo que amo a nada más. Por favor, déjame curarlo.

Atrapé su mirada.

—¿A qué se refiere?

Su expresión gritaba simpatía, y lo odié.

—Necesita concentrarse en sí mismo, en mejorar. Si gasta su energía en ti, nunca se recuperará.

—Pero yo puedo ayudarlo.

—No justo ahora. —Negó con la cabeza—. Contesta honestamente, ¿de verdad piensas que lo has ayudado en algo desde que regresó de Vietnam?

Mis labios temblaron al pensar en los últimos meses. Lo imaginé sentado afuera en el escape para incendios, fumando y bebiendo hasta el amanecer. Recordé sus pesadillas y la forma en que temblaba cuando un carro aceleraba. Su miedo cuando veía un vehículo militar.

—Quiero ayudarlo. —No era una respuesta. Ambas lo sabíamos. Y eso me estaba matando.

—Entonces déjame cuidar a mi hijo. Por favor. —Sonaba como si estuviera rogando—. Tenemos el dinero y las conexiones para ayudarlo. Ya encontré un lugar que puede servir.

Mi corazón se destrozó en miles de pedacitos, como un vaso de cristal cayendo en concreto. Quería llevármelo a casa, cubrir su cuerpo con el mío y prometerle que todo estaría bien. Pero ya había tratado de hacer eso, casi había reprobado mis cursos y había hecho todo lo que podía para arreglar las cosas. Y aun así no había sido suficiente.

La miré a través de mis acuosos ojos.

—¿Puedo verlo?

Su cara se suavizó.

—Por supuesto. Está en una habitación; te llevaré con él.

Guió el camino de regresó por el pasillo y la seguí por un tramo de escaleras, maravillándome ante la cara decoración y las hermosas pinturas. Giramos a la izquierda en el rellano, dirigiéndonos a una puerta al final del pasillo.

—Lo pusimos en una habitación de invitados. El doctor recomendó que no lo dejáramos dormir en su propia habitación.

Alcé las cejas pero no la cuestioné.

Cuando llegamos al cuarto, ella abrió la puerta y vi a Ben sentado junto a la cama. Se giró para vernos, y sus labios formaron una sonrisa cuando me vio.

—Aquí está ella. —Ben se paró y me hizo señas para que me acercara. Crucé la habitación, mis piernas temblaban, mis ojos buscaban al hombre que amaba.

Jadeé cuando lo vi. Su mano estaba vendada y entablillada, su brazo apoyado en forma recta sobre el edredón. Había un moretón hinchado justo debajo de su ojo, y su boca estaba reventada, una descarapelada herida roja bajaba por su labio inferior. Su piel estaba pálida, color blanco grisáceo, brillando suavemente con una capa de transpiración.

—Hola. —Su voz sonó ronca. Crucé la distancia final entre nosotros y me senté en la silla que Ben había desocupado. Cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que nos habían dejado solos.

—Hola. —Quería tomar su mano, pero tenía mucho miedo de tocarla. No quería lastimarlo más de lo que ya lo había hecho.

—Lo siento mucho. —Bajó la vista a su mano—. No puedo creer que te haya hecho pasar por esto.

Arrastraba las palabras, como si hubiera bebido demasiadas cervezas. Asumí que era el sedante lo que causaba eso. La misma medicina que ensombrecía sus ojos y apagaba todo el fuego que yo creía que él tenía.

—No pasa nada. —Estiré un brazo y pasé mis dedos por su cabello húmedo—. Todo va a estar bien.

Se aclaró la garganta, una pequeña tos sacudió su pecho.

—No está bien. Lo que he hecho, lo que soy. No está bien.

—Podemos superar esto juntos, Edward. —Mi voz sonó queda—. Podemos resolver esto.

—Bella. —Giró la cabeza y quedé atrapada en su mirada. Miré su cara, todavía hermosa a pesar de sus heridas. Todavía amada—. He aceptado someterme a un tratamiento para mi problema de bebida.

Asentí.

—De acuerdo, eso es bueno. Te visitaré lo más que pueda.

—No. —Salió con otro tosido—. Necesitas concentrarte en la escuela.

—Será igual que cuando estabas en Vietnam. Te escribiré y llamaré. Todo estará bien. —No estaba segura de a quién intentaba persuadir; si a él o a mí. Mi voz tenía un toque de desesperación.

—Cariño. —Hubo un toque de algo en lo profundo de sus ojos—. No puedo hacer esto a menos de que me dejes ir.

Comencé a llorar.

—No. Por favor, Edward, no me dejes. —Estiré la mano y toqué su brazo, mis dedos eran tentativos—. No hagas esto. Te amo.

Su respiración era lenta y sabía que los medicamentos estaban comenzando a hacerlo dormir.

—Casi reprobaste en la escuela por mí. ¿Cuánto más va a empeorar si te pasas todo tu tiempo escribiéndome y visitándome?

—Me importa una mierda la escuela. —La vehemencia en mi voz lo hizo tensarse—. Sólo quiero estar contigo.

Sus parpados estaban cayendo y lo vi luchar contra el cansancio.

—No. Necesito hacer esto solo. No puedo recuperarme mientras sigamos juntos.

Me quedé sentada y vi sus ojos cerrarse más, los periodos entre que los volvía a abrir se hacían cada vez más largos. Vi su cara, los moretones y la sangre, la forma en que sus facciones se suavizaban al dormir. Me di cuenta de que se veía más relajado en ese momento de lo que se había visto en todo el tiempo que había estado conmigo en Berkeley. Puede que fueran las medicinas, o el hecho de que había tocado fondo y la única salida era subir, pero fue como una patada en la cara. Yo no había sido nada más que mala para él.

Quería gritar. Quería agarrar a cada político que había votado por la guerra, a cada General que había ordenado a los chicos que pelaran. Quería arrastrarlos a la habitación de Edward y pegar sus caras a la suya, preguntarles si esto era lo que querían, si estaban felices ahora.

Cuando sus ojos se quedaron cerrados, dejé que la presa se abriera. Mis labios temblaron mientras los sollozos se robaban mi respiración, las lágrimas bajaban por mis mejillas y caían a mi pecho. Me incliné y lo besé con gentileza, cerrando los ojos mientras presionaba mis labios a su mejilla sana. Lo miré por un rato, intentando grabarme su cara en la memoria, intentando recordar la forma en que se veía cuando me sonreía. Porque sabía en mi corazón que pasaría mucho tiempo antes de volver a verlo.

Ben me estaba esperando afuera de la puerta cuando finalmente salí, y me atrapó cuando colapsé en el piso. Me ayudó a bajar las escaleras, sin detenerse para despedirse, prácticamente me cargó por el largo camino de entrada hacia el portón.

Cuando me subí al carro, Angela me miró y luego me envolvió en sus brazos, abrazándome fuertemente durante las quince horas que tardamos en llegar a casa. Durante todo el tiempo dormí poco, despertándome con lágrimas en los ojos y recriminaciones en los labios.

Porque, al final, no fue la guerra lo que nos rompió, lo que nos separó miembro a miembro. Fue la paz; fue el hogar, fue el hecho de que los chicos eran abandonados en cuanto se bajaban de avión. Ahora se esperaba que lucharan la guerra que todavía se libraba dentro de ellos por su cuenta propia.

La amarga ironía de todo eso sabía a veneno en mi lengua.

Y me pregunté si Edward podría alguna vez ganar su guerra.


Bueno, vemos que al menos Esme no es tan mala, ella sólo intenta cuidar de su hijo.

Quedan dos capítulos, recuerden lo que les he dicho.

Gracias por sus comentarios, alertas y favoritos.

Nos leemos en el siguiente ;)