I'm sorry. I can't answer the reviews now. I have tomorrow a German class and I have to do a lot of homework. I'm very busy and I hope you like the chapter. Kisses!
Dejé de oír y todo se volvió negro. Un sudor frío me bajaba por la espalda. Yo estaba débil, mareada y sentía que, en cualquier momento, me iba a desmayar. Me apoyé contra la pared que había a mi espalda y pensé que no podría estar mucho más tiempo de pie. Sin embargo, por alguna razón, sabía muy bien que, si yo caía al suelo, pondría mi vida en peligro y, esta vez, no solo mi vida estaba en juego.
Casi como en un sueño, se me apareció la cara de mi hermana. Ella tenía moratones en el rostro y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Pronunció dos palabras suplicantes: "Tengo miedo." Aquello me hizo reaccionar y conseguí erguirme. Hice un esfuerzo sobrehumano para enfocar la vista. Entonces pude ver donde yo estaba.
Era el salón de la villa del Herr Kommandant. Lo reconocí enseguida a pesar del humo. Aquel olor a tabaco y a alcohol era inconfundible. En la mesa vi a varios hombres. Unos llevaban los uniformes negros de las SS y otros trajes de chaqueta. De repente, mi único oído sano volvió a detectar sonidos. Entre aquellas voces de hombres hablando y riendo, oí la del Herr Direktor. Por un momento, quise alzar la vista para buscar su mirada en la mesa pero algo dentro de mí me lo impidió. Tampoco conseguía recordar porque me había mareado. Era como si mi mente hubiese bloqueado aquel recuerdo.
Pensé que nadie en aquella mesa se había dado cuenta de que yo había estado a punto de desmayarme. Aunque para las SS que un judío se cayese al suelo no era un problema preocupante simplemente era un hecho molesto, yo no me podía arriesgar a que pensaran que yo estaba enferma y que no podía trabajar porque si no me enviarían en un tren de ganado a algún lugar peor que aquel en el que estaba y ya no podría ayudar a mi hermana. A decir verdad, no se me ocurría que pudiese existir un lugar peor que Plaszow aunque decían que Auschwitz lo era.
Un niño pasó delante de mí. Él iba corriendo alrededor de la mesa jugando y parecía ser el hijo de alguno de los oficiales. Sentí una corriente eléctrica en el cuello y, aunque no estaba mirando a nadie, presentí que unos ojos me observaban. Era una sensación como si me atravesasen. Entonces, de repente, recordé cual era el motivo por el cual yo había estado a punto de caerme al suelo. Sin poder evitarlo, levanté la mirada y la dirigí hacia al fondo de la mesa.
Allí estaban aquellos ojos. Tenían un color azul claro siniestro y parecían estar hechos de hielo pero cuando me miraban sentía que estaba en el infierno. Me había enfrentado a aquellos ojos amenazantes muchas veces pero, aquella vez, no era como las demás. Esta vez había algo más.
Él no dejó de mirarme. No le importo ni siquiera estar en aquel salón abarrotado de hombres. Se hundió en la silla y tamborileó con sus dedos en la mesa y paseó su mirada desde mis pies hasta mis ojos. Después, cuando nuestras miradas volvieron a chocar, sus labios dejaron entrever una sonrisa lasciva. Los ojos claros de él brillaron de una forma que me hizo estremecer y ya no parecían los de un ser humano. Más bien, parecían los ojos de un depredador o de una fiera.
Yo aparté la mirada violentamente. Yo estaba muy asustada y temblaba de una forma muy violenta. Tragué saliva e intenté tranquilizarme pero no pude. Estaba segura de que me iba a volver a desmayar. Conseguí volver a reponerme después de unos minutos pero la operación volvió a repetirse. No sabía porque pero mis ojos siempre le miraban de nuevo y él siempre me estaba observando. Él lo estuvo haciendo durante casi toda la cena. Cuando nuestras miradas chocaban, sentía un escalofrió como si aquellos ojos estuvieran hechos de hielo de verdad y pudieran transmitirme el frío. Después, el corazón se me aceleraba tanto que empezaba a dolerme el pecho. No entendía porque yo no podía mantener mi vista fija en el suelo aquella noche. Normalmente, yo lo que era incapaz de hacer era mirar a cualquier cosa que no fuese el suelo en su presencia. Sin embargo, durante esa cena, sus ojos me atrajeron todo el rato como si fueran imanes y, a pesar, del terror que me producía mirarlos, no pude dejar de hacerlo. Solo buscaba su mirada porque buscaba respuestas. No quería que mi hermana volviese a sufrir y estaba incluso dispuesta a sacar la suficiente fuerza para hablar con él y para que él no volviese a mal tratarla. Me arrodillaría o le suplicaría si era necesario pero no quería volver a ver a mi hermana llorar.
La tristeza de haber visto a mi hermana sufrir se unió a mi debilidad y, de nuevo, pensé que no podría aguantar más tiempo de pie. La vista se me volvió a nublar pero entonces un grito furioso me hizo reaccionar. El niño que corría alrededor de la mesa jugando había golpeado la espalda de uno de los oficiales de las SS y le había derramado su cerveza en el pantalón. Este protestó y maldijo en alemán fuerte. Después, intentó secarse con la servilleta que había encima de la mesa pero no le fue suficiente y se dirigió a mí con voz brusca para que le trajese otra. Yo recibí aquellas palabras carentes de todo aprecio como si fueran mi salvación. Lo que más deseaba, en aquel momento, era poder salir del salón y aquel oficial me había concedido mi deseo. Salí de aquella habitación entre violentos temblores y llegué a la cocina muy deprisa.
Me tomé mi tiempo antes de coger las servilletas. Antes de hacer nada, apoyé mi frente contra el mármol frío de las baldosas de la cocina. La cabeza me palpitaba mucho y me di cuenta que debía de tener fiebre pero sabía muy bien que la causa no era ninguna enfermedad física sino solo el cansancio psicológico. Cerré los ojos y, de nuevo, la imagen del rostro de Rachel llorando se me apareció.
"Es todo culpa mía," pensé. "Él no te volverá a hacer daño. Si quiere él hacerle daño a alguien que me lo haga a mí. Yo me sacrificare por ti pero no dejare que te vuelvan a hacer daño."
Aquellas palabras me las había repetido desde que había visto a mi hermana sufrir. En ese momento, a parte de la tristeza, sentí otro sentimiento. Era furia y odio y mi mente alocada queriendo defender a mi hermana pensó en como seria tener una pistola.
"Sí, ojala tuviera una pistola y pudiese matarlo. No me importaría robar una y hacerlo aunque luego me matasen a mí. Al menos habría defendido a mi hermana."
Sin embargo, yo sabía muy bien que aquellos pensamientos eran dominados por la rabia y la amargura y que jamás sería capaz de matar a nadie. Además, si lo matase, me convertiría en una asesina y lo último que quería en el mundo era convertirme en alguien igual a él.
Yo dejé reposar mi cabeza unos minutos sobre aquel frío mármol y, después, volví al salón con dos servilletas. El oficial de las SS me las arrebató de las manos y sus "gracias" consistieron en una áspera observación sobre lo mucho que yo había tardado. Yo volví a situarme en el mismo lugar de siempre; lo más apartada de la mesa posible. Observé como el Herr Direktor se levantaba de la mesa y se dirigía fuera del salón. Después se paró en el pasillo e intercambió unas palabras con Itzhak Stern que acababa de llegar y se había mantenido allí apartado. Yo miré fijamente a Stern y me di cuenta que tenía ojeras como si no hubiese dormido en toda la noche. La conversación entre Stern y Schindler debía de ser de naturaleza privada porque hablaban en susurros y muy cerca el uno del otro. También había otro hebreo en el pasillo, Mietek Pemper que era el taquígrafo del Herr Kommandant. Yo aparté la vista de ellos y, de nuevo, como un imán, la centré en la parte frontal de la mesa. Afortunadamente, por aquella vez, él no me miraba a mí sino que se entretenía hablando del niño que había traído uno de los oficiales. Pude oír con mi oído sano su conversación.
-Este niño es un revoltoso,- dijo la voz grave del Herr Kommandant mientras le revolvía el pelo rubio de la cabeza.
-No es ningún niño, Hauptsturmführer Goeth. Es todo un hombre. Ya lleva su uniforme marrón de las Hitlerjunge.- El oficial hizo una pausa para agarrar a su hijo, que casi no podía estarse quieto, de la camisa. –Enséñale al Hauptsturmführer Goeth lo que has aprendido en las Hitlerjunge.-
El oficial le puso al niño la gorra de las SS y el niño empezó a cantar y a actuar como un soldado de las SS en miniatura. Marchó varias veces alrededor cantando una horrible canción antisemita y algunos oficiales se rieron y lo acompañaron con palmas.
Wetzt die langen Messer auf dem Bürgersteig,
laßt die Messer flutschen in den Judenleib.
Blut muss fließen knüppelhageldick
und wir scheißen auf die Freiheit dieser Judenrepublik.
Zerrt die Konkubine aus dem Fürstenbett,
schmiert die Guillotine mit dem Judenfett.
Blut muss fließen knüppelhageldick
und wir scheißen auf die Freiheit dieser Judenrepublik.
In die Synagoge hängt ein schwarzes Schwein,
in die Parlamente schmeißt die Handgranaten rein.
Blut muss fließen knüppelhageldick
und wir scheißen auf die Freiheit dieser Judenrepublik.
Ver a aquel niño de apenas nueve años cantando aquella horrible y siniestra canción me produjo escalofríos. El Herr Kommandant volvió a mirarme y se rió fríamente mientras lo hacía porque debió de darse cuenta de que yo estaba asustaba. Después, el niño terminó de cantar y todos los hombres de la mesa aplaudieron. Él se inclinó sobre los pies e hizo una reverencia como lo hubiese hecho un actor de teatro. Al hacerla, la gorra de las SS se le cayó al suelo.
-Este niño se parece mucho a usted, Unterscharführer John,- comentó el Herr Kommandant al oficial.
-Wir haben einen neuen Kamerad!- exclamó este felicitando a su hijo.
Después de aquel espectáculo, el Herr Kommandant hizo un gesto con la mano casi piadoso que me indicaba que podía recoger los platos y retirarme a la cocina a fregar. Yo obedecí sus órdenes y conseguí no volver a mirarle a los ojos.
En el fregadero rebañaba de jabón una y otra vez el mismo plato y mis lágrimas chocaban contra la cerámica cuando caían. Me había repetido una y otra vez a mi misma que no debía estar tan asustada y que él me había lanzado miradas amenazantes en cientos de ocasiones. Sin embargo, mi instinto me decía que, aquella vez, él buscaba otra cosa de mí. Mi instinto me decía que aquellos ojos estaban llenos de lujuria y que la forma de comportarse que había tenido últimamente conmigo me lo confirmaba. No podía negarlo aunque quisiera. Si era eso lo que él quería de mí, yo se lo entregaría a cambio de que dejase a Rachel tranquila y que no la volviese a molestar. Un solo pensamiento invadía mi mente; salvar a mi hermana. Me daba igual lo que me fuese a doler o lo desagradable o horrible que fuera. Tuve que dejar de enjabonar aquel plato porque sentí todo el cuerpo frío al imaginármelo. Antes de que empezara la guerra, yo tenía tiempo para ser romántica y estar llena de pasión y había pensado que algo así era algo especial que ocurría entre dos personas casadas que se amaban. Sin embargo, cuando estalló la guerra y empecé a oír todos los relatos de violaciones, dejé de pensar que fuese siempre algo especial. El estomago se me revolvió como si tuviese ganas de vomitar y sentí un dolor agudo en el vientre. Yo cerré los ojos con amargura y oí de nuevo mis lágrimas caer. No sé cuánto estuve así pero sí sé que me estremecí cuando oí voces y pasos acercándose a la cocina. Yo cerré el grifo para escuchar mejor y sentí alivio al darme cuenta de que una de las voces era la de Itzhak Stern y la otra me pareció la de Mietek Pemper. Cuando entraron en la cocina, yo, que tenía toda la cara bañada en lágrimas, decidí no darme la vuelta.
Mietek Pemper e Itzhak Stern continuaron hablando en susurros durante un par de minutos en la cocina. Yo no me uní a ellos y continué fregando. Después, Stern se acercó a mí sigilosamente.
-Señorita Hirsch, le traigo un mensaje del Herr Direktor,- dijo en susurros.
Yo me sobresalté al oír el apodo de Schindler y asentí con la cabeza.
-Me ha dicho que debe mantener usted la esperanza. Él esta ideando un plan para sacar a gente de aquí. Quiere sacarnos del campo de trabajo y del sub-campo de la Emalia y quiere llevarnos. Piensa montar una nueva fábrica lejos de aquí cuando cierren el campo de Plaszow.- Stern hizo una pausa.- No le puedo dar detalles concretos y usted debe prometer que no repetirá nada de lo que yo le he dicho. Él quiere incluirla, tan pronto como pueda, en la lista de los prisioneros que quiere sacar de aquí, así que, debe usted mantener la fe.-
Yo volví a asentir con la cabeza y continúe fregando sin comentar nada. Aquel mensaje de Herr Schindler me habría llenado el corazón de esperanza en cualquier otra situación pero yo no creía, en ese momento, que me pudiese salvar. No me hubiese alegrado ni aunque el mensaje hubiese venido del mismísimo Moisés.
Sentí que Stern se acercaba más a mí.
-Señorita Hirsch. ¿Me ha escuchado usted?-
-Sí, le he entendido,- dije escuetamente.
-¿Podría usted mirarme?-
Yo le miré y vi a aquel hombre con aquellas facciones amables marcadas con ojeras y con unas gafas redondas. Sabía que yo aun tenía alguna lágrima en mi rostro.
-¿Qué le pasa?- él me preguntó.
Yo bajé la cabeza.
-No me pasa nada,- dije y cogí otro plato sucio para enjabonarlo.
Stern hizo una pausa.
-Ya sabe que puede confiar en mí y en el Herr Direktor para todo. Él se preocupa mucho por usted y puede ayudarle si tiene usted algún problema.-
Aquellas palabras eran muy amables y estaban llenas de buena intención pero yo no habría sido capaz de contarle nada de lo que sospechaba a Stern o a Schindler ni tampoco lo habría considerado apropiado.
-No tengo ningún problema,- dije manteniéndome firme.
-Sí que lo tiene. He visto los ojos de usted y son los ojos del miedo.-
-Ya sabe que aquí es muy difícil no estar asustada. Eso no es ninguna novedad,- dije todo lo amable que pude.
-Bien, ya sabe que puede confiar en mí para contarme cualquier cosa y que el Herr Direktor siempre estará dispuesto a ayudarla, de hecho quiere poner todo su esfuerzo en sacarla de aquí y salvarla…-
Yo recordé algo, miré a Stern y le interrumpí.
-De hecho, hay algo que me gustaría pedirle… o mejor dicho recordarle. Le dije al Herr Direktor que mi hermana trabajaba en la fábrica de Herr Bosch y me gustaría que hiciese todos los esfuerzos posibles para sacarla a ella de aquí también.-
Stern chasqueó la lengua.
-Herr Bosch es un empresario difícil. Él no tiene buenas intenciones hacia sus empleados como las tiene el Herr Direktor,- dijo Stern con tono sombrío.
-Lo sé… algo de eso había oído,- comenté con tristeza.
-Igualmente, señorita Hirsch. He oído al Herr Direktor que quiere ofrecerle a Herr Bosch algún tipo de trato que a él se le haga difícil de rechazar y que hará todo lo que esté en su mano para ayudarla. Sin embargo, debo añadir que Herr Bosch no acostumbra a hacer tratos con los empleados y que además de ese tipo de cosas se encargan los dirigentes de Plaszow como el Herr Kommandant… pero, aun así, le puedo decir en nombre del Herr Direktor que él hará todo lo que esté en su mano para ayudar a la hermana de usted.-
-Bien… muchas gracias, Stern. No se olvide de recordárselo a él. Quizás yo no pueda sobrevivir pero quiero que ella si lo haga.- Yo dije aquellas palabras sin apenas darme cuenta.
Noté que Stern me ponía la mano en mi brazo y que sus ojos negros brillaban como no lo habían hecho nunca.
-Señorita, Hirsch. Ya le he dicho que el Herr Direktor tiene un plan para sacarla a usted de aquí y que está empeñado en hacerlo. No debe estar usted tan cabizbaja y tan triste porque conozco a Oskar Schindler y sé que cumplirá su palabra.-
Yo asentí e intenté sonreírle pero, como muchas de las otras veces, fracasé.
Stern se despidió, abrió la puerta trasera de la cocina y se marchó. Pude decir que al igual que había visto a Stern más cansado que otras veces, también lo había visto más feliz. Yo intenté volver a mi oscuridad y a mi tristeza pero alguien más me lo impidió.
-Es muy osado Itzhak Stern viniendo aquí a darnos esperanza y hablando de planes de rescate a nosotros que trabajamos con Amon Goeth. Con este hombre no sabes si podrás vivir un día más.-
Yo miré a Mietek Pemper fijamente. Era un hombre joven pero era muy inteligente y había oído hablar al Herr Kommandant del excelente trabajo que hacía como taquígrafo. También se rumoreaba entre los hebreos que tenía una memoria prodigiosa.
Pemper hizo una mueca de amargura y odio.
-Ayer le oí hablando de sí mismo y se apodo a sí mismo como un "caballero vienes" y un hombre muy culto.- Pemper se rió. –Tengo que reconocer que siempre tengo miedo cuando estoy delante de él pero, esa vez, casi me echo a reír.-
Yo miré fijamente a aquel apuesto y joven muchacho y me di cuenta que lo único que quería es que alguien le escuchara. Puesto que yo no podía desahogar mis penas, me callé y escuché.
-Le he visto a él asesinar gente casi en todos los lugares de este maldito campo. Desde luego, él es un gran caballero,- dijo con sarcasmo.- No puedo decir que él no lo intenté. Una vez, me encargó que le escribiera una carta a su padre en la que le expresaba todo su amor filial por una enfermedad que él tenía. Cuando terminó esa caballerosa carta, vio a una prisionera que trabajaba en las oficinas y que estaba fumando, la sacó afuera del pelo y le pegó un tiro. Eso fue muy caballeroso.
Pemper miró al suelo con rabia después de aquel sarcasmo.
-Desde luego que se cree un "caballero vienes" y un hombre muy culto. Utiliza a Nietzsche para justificar la horrible actitud de los alemanes, a Richard Wagner para justificar su antisemitismo y pone los valses de Strauss para ahogar los gritos de los que mueren. Cuando están vivos, les chantajea para que les den oro, diamantes o dinero. Cuando ya están muertos, busca a todos los miembros de su familia para matarlos también porque como para él no es suficiente matar a una persona, él tiene que matar a una familia entera…-
-Cállese, no soporto oír esas cosas,- dije interrumpiéndole bruscamente.
Varias lágrimas habían empezado a rodar por mis mejillas cuando yo había oído aquellas horribles palabras sobre las familias. Quizás si él me matase a mí, él no tendría aun suficiente como Pemper había dicho y mataría también a mi hermana.
-Seguramente usted sabe asesinatos y cosas horribles que ha hecho y que piensa hacer. Usted vive en la misma casa que él y ha visto y escuchado mucho.-
-Sí, claro que yo sé y he escuchado mucho…- dije un poco enfadada.
Mi conciencia me remordía. Sabía que el Herr Kommandant planeaba matar a una familia. Yo aun recordaba el nombre "Chilowicz". Me acordé de que dijo que el padre era el jefe de la policía judía del campo. Sabía que si decía algo, me arriesgaba a una condena a muerte más rápida y que no podía hacer nada por salvarlos. Sin embargo, me costaba dejar morir a esa familia. Me puse en su situación y pensé que iban a sufrir lo mismo que yo cuando pensaba que mi hermana estaba en peligro.
-Lo que tiene que hacer,- dijo Pemper con voz vengativa. –Es recordar muy bien todas las cosas que usted ha visto y que ha oído. Recordar las fechas, los nombres, las crueldades y los asesinatos y quizás algún día podamos utilizar todo lo que sabemos en su contra. Tiene que tener buena memoria como yo. Hay muchas posibilidades de que esta guerra no la ganen los alemanes y muchos de ellos serán juzgados. Necesitaremos toda la información que sabemos en esos juicios. Si los que ganan la guerra son justos, condenaran a todos estos asesinos a la pena de muerte, así que, tiene que tener buena memoria y no olvidar ninguno de los delitos que se han cometido.-
-No necesito una buena memoria para recordarlos, solo necesito ser un ser humano con sentimientos,- dije yo con profunda tristeza.
Se hizo un silencio entre nosotros y solo se podían oír las risas y las voces de los hombres amortiguadas que venían del salón.
-El Herr Kommandant está pensando en matar a los Chilowicz.- No sé realmente porque esas palabras tan peligrosas salieron de mi boca pero mi conciencia tuvo algo que ver.- Quizás usted pueda ayudarlos. Quiere engañarlos y matarlos. El padre es el jefe de la policía en el campo y…-
-Sé quiénes son los Chilowicz,- contestó Pemper.- Yo no voy a ayudarlos. Son nazis con piel de judíos. Han actuado como nazis desde que llegaron. Muchos judíos están muertos porque ellos los delataron delante del Herr Kommandant. Chilowicz le dijo al Herr Kommandant todas las familias del campo que él sospechaba que escondían oro, diamantes y dinero. No me importa si los Chilowicz mueren y si usted fuera inteligente, no hablaría de esas cosas con nadie porque solo conseguirá que la maten a usted.-
Yo me quedé paralizada por la respuesta fría de Pemper.
-Solo quería ayudarles. El Herr Kommandant es un hombre cruel y él los matará a ellos,- dije yo justificándome un poco ofendida.
Pemper soltó una carcajada.
-Amon Goeth no es un hombre cruel. Habría que inventar una palabra peor que cruel para definirlo a él. Si los Chilowicz le molestan, los mandara a Auschwitz en un vagón de ganado reservado para ellos solos con un tiro en la cabeza cada uno…-
-No es eso lo que él planea hacer…
-¡Da igual! ¡Ya sé que seguramente no es eso lo él que planea hacer! ¡Yo no tengo la excelentísima imaginación de Goeth para planear crueldades! ¡Ya le he dicho que no me importa! No va a ayudar a los Chilowicz y si habla de esto con alguien solo conseguirá meterse en problemas, así que le aconsejo que no vuelva a decirle nada a nadie.-
Yo me quede callada y afligida y negué con la cabeza.
-Deje de pensar en los demás y piense en usted. Ese hombre le ha dejado marcas y cicatrices. Ese hombre es sádico y cruel con usted…-
Yo le corté con una mirada pero él continuó.
-No tiene por qué avergonzarse. Ha hecho cosas peores a otras personas que pegarles. Debe de pensar que si los alemanes no ganan la guerra, los aliados juzgaran a todos estos asesinos. En un juicio justo, si sobrevivimos, nosotros podremos declarar contra Goeth y hacer que lo condenen a muerte. Esa podría ser nuestra venganza-
Yo volví a negar con la cabeza. Me parecía justo que hubiese un juicio pero eso no me otorgaba la satisfacción que yo quería.
-Si él mata a mi hermana, yo no encontraré ninguna satisfacción en que lo maten a él,- dije esas palabras sin darme cuenta.
-Es usted muy débil y le daré otro consejo. Usted no debería mostrarse tan débil delante de Amon Goeth. Él siempre mata antes a los hebreos que encuentra débiles e inseguros. Son sus víctimas favoritas. Debería usted mostrarse más fuerte, si no quiere que él le haga a usted tanto daño.-
Aquellas palabras eran ofensivas y yo no quise seguir aquella conversación con él pero me ablandé cuando él me pidió perdón. Cuando nos quedamos en silencio, pude oír de nuevo las voces que provenían del salón.
-No vuelva a alzar la voz al hablar. Podrían oírnos,- le dije con voz queda.
-No nos oirán. Goeth ha dicho que quiere en una hora a todos fuera de su casa y eso fue la última vez que estuve en el salón.-
-¿Qué?- pregunté yo nerviosa. –Usted debería marchase. No querrá usted que nos descubran aquí a los dos solos hablando.-
-¿Y porque no iba a querer? ¿Cuál es el problema?- preguntó Pemper confundido y medio con una sonrisa. –No pueden saber de que estábamos hablando.-
Yo me quedé paralizada. No sé porque algo dentro de mí me dijo que al Herr Kommandant no le iba a gustar descubrirme hablando con otro hombre y que, tal vez, eso iba a tener consecuencias para Mietek Pemper. Sentí un temblor y temí por él
-Hágame caso,- le dije a Pemper muy seria y asustada. –Usted antes me ha dado un consejo. Yo le doy ahora a usted uno. No debería dejar que nadie le descubra conmigo aquí a solas. Usted debería marcharse.-
Pemper y yo nos miramos durante unos segundos y me dio la impresión de que le había transmitido mi miedo porque él también parecía asustado.
-Bien,- dijo él después de aquella pausa. –Me iré. Buenas noches.-
Yo no le contesté y él salió por la puerta de la cocina y oí sus pasos alejarse por el pasillo de la casa.
La cocina se quedó en silencio durante unos segundos, hasta que estalló una carcajada lejana y multitudinaria que llegó hasta allí. Yo me dediqué esmeradamente a fregar y a limpiar la cocina todo lo rápido posible. Sabía que aquella reunión terminaría pronto y había probabilidades de que el Herr Kommandant decidiera pasarse a revisar la cocina. El nerviosismo y el miedo que sentía me decían que mi instinto estaba seguro de que aquella noche se produciría una visita suya. Repasé mentalmente las palabras que quería decirle. Solo quería decirle que no me importaba si él me hacía daño a mí pero que yo estaba dispuesta a rogarle para que él no le hiciese daño a mi hermana. No me debería dar miedo decírselo ni que él se enfadara, que me golpeara o que me insultara. Yo debía de tener valor para decirle aquello y el amor que yo sentía por Rachel me ayudaría.
Después de un rato, empecé a oír como los invitados abandonaban la casa y, afortunadamente, en ese momento, yo había terminado de limpiarlo todo. En la ventana de la cocina, dos oficiales habían decidido fumarse un cigarro antes de irse y les oí hablar. Uno de ellos cantaba una canción.
Die SA marschieren mit ruhigem, festem Schritt. Kameraden, die Rotfront und Reaktion erschossen, marschieren im Geist in unserem Reihen mit...
-¡Que vergüenza! ¿Cómo puedes cantar esa canción? ¡Eres un traidor!- exclamó el otro con tono bromista y ambos estallaron a reír.
Los oficiales siguieron hablando durante un buen rato apoyados en la ventana. A mí jamás me había gustado la compañía de las SS cerca pero, aquella noche, no quería que aquellos dos hombres se fueran y no quería oír desaparecer el ruido de sus voces. Pero finalmente, después del tercer cigarro, abandonaron la ventana en la que estaban apoyados y oí sus pisadas alejarse.
Esta vez sí, toda la casa quedó sumida en un silencio siniestro. Yo me acerqué a la ventana en la que habían estado apoyados los oficiales. Yo no podía ver nada a través de ella porque está todo muy oscuro pero sí que pude ver mi reflejo. Yo estaba pálida como un fantasma y mis ojos brillaban. Parecían más los de un animal asustado que los de una persona. Me quedé allí observando mi reflejo hasta que vi como una figura muy alta se proyectaba en la puerta de la cocina y mi corazón se desbocó. Normalmente, siempre le oía llegar pero aquella vez no le escuché.
Yo me di la vuelta rápidamente. Oí sus botas avanzar hacia mí y me di cuenta de que todo lo que había pensado decirle se me olvidaba a medida que yo notaba que él estaba más cerca. Le escuché pararse bruscamente y percibí que apoyaba su cuerpo en uno de los muebles como en otra ocasión lo había hecho. Recordaba perfectamente que hacía unos días había ocurrido lo mismo. En aquella situación, yo había podido notar también la tensión en el ambiente y mi instinto también me decía que iba a ser atacada en cualquier momento. Mi mente solo pensaba en huir. Pude presentir como sus ojos me atravesaban. Yo oí el inconfundible sonido del mechero de metal que él utilizaba y me estremecí.
-Te he traído un regalo. No es tabaco esta vez,- dijo él con una voz suave que hizo que se me erizaran los pelos de la nuca.
Oí el sonido de algo que arrojó bruscamente sobre uno de los muebles de la cocina. Yo lo miré de reojo. Era un paquete de chocolate. El envoltorio tenía el mismo dibujo que los que había encontrado al levantarme un día en una silla vieja de la bodega. Yo me pregunté porque él querría regalarme algo así. Seguramente todo aquello formaba parte de un juego que a él le divertía y que tenía como objetivo humillarme.
-No me das las gracias…- dijo él pero yo no noté agresividad en su voz.
-Gracias,- murmuré yo demasiado tarde esperando cualquier tipo de respuesta violenta por la parte de él.
-No, no pasa nada, Helen,- y remarcó mi nombre con su tono suave. –Sé que eres judía y que está en tu naturaleza no ser agradecida. También está en tu naturaleza mentir, robar, engañar e intentar todo el rato corromper a los hombres que se acercan a ti.-
La última parte de la frase la dijo muy duramente. Él ya me había acusado otras veces de todo tipo de delitos, así que, me quedé callada.
-Sin embargo,- dijo y noté su voz más clara y más amenazante.- Ya te dije una vez que yo no tengo ningún problema con ninguno de tus… defectos. Yo puedo corregirlos fácilmente.-
Yo temblé ante aquella amenaza pero me invadió una extraña valentía.
-Sí, tengo muchos defectos,- dije dándole la razón y mi voz salió más firme de lo que esperaba. –Puedes golpearme y corregirlos.-
Decidí decir aquello porque era una buena forma de focalizar su rabia hacia mí y que así él no volviese a pensar en hacerle daño a Rachel. Además, no sabía porque pero deseaba que me pegase. Yo odiaba aquel tono suave y siniestro con el que él me estaba hablando y algo me dijo que quizás lo mejor fuese que acabase todo en una paliza. Yo noté que se movía y pensé que él iba a hacerle caso a mis desesperadas palabras.
-No necesito tu permiso para eso.- comentó él cruelmente.- Me sorprende mucho que tu me digas algo así. ¿Por qué lo harás? Antes no te atrevías a hablarme. Quizás todo esto de ver a tu hermana haya hecho que las cosas hayan cambiado. ¿Verdad, Helen? Quizás ahora te muestres más sumisa y más dispuesta a tener una conversación conmigo. Si no, no pasa nada. No voy a golpearte cómo has dicho. Solo le haré una visita a tu hermana. Sé que trabaja en la fábrica de Bosch. ¿Y quién sabe? Quizás al día siguiente, los soldados la ahorquen en la Appellplatz por ser la hermana de una bruja. Ya sabes que aquí todo puede pasar siempre y cuando yo lo ordené.-
Yo me estremecí al imaginarme a mi hermana de esa manera. Sentí mucha tristeza e impotencia al pensar que ahora la vida de Rachel estaba en las manos de ese hombre. Pensé que yo la había condenado a morir. Pensé que si ella moría era mi culpa.
"No debí haber perdido jamás el guardapelo. No debí haberlo perdido jamás."
Yo me torturé y no pude evitar mirar al hombre que amenazaba con matarla. Él tenía un cigarro entre los dedos y llevaba puesta aun su chaqueta negra de las SS. Sentí mucha rabia hacia él y me acordé de las palabras de Mietek Pemper de que en un juicio justo a él lo condenarían a muerte. Su mirada se escondía entre las sombras pero yo vi sus ojos resplandecer como los de un gato y se dio cuenta de mi odio.
-Ten mucho cuidado con ese tipo de miradas, Helen,- dijo peligrosamente.
Yo utilicé toda la rabia que había en mi interior y la convertí en valor, así conseguí hablar.
-Mi hermana es casi una niña,- dije intentando defenderla. –Si yo hago algo mal, lo justo es que usted me castigue a mí y no a ella.-
-Me encanta la justicia de los judíos,- dijo él sarcásticamente. –Me gusta mucho pero mi justicia es mejor.
Yo volví la cabeza al lugar contrario de donde provenía su voz. Pensé que ese hombre no tenía piedad por nadie y que yo era una ilusa tratando de razonar con él. Pasaron varios minutos y yo no abrí la boca ni moví mi mirada.
-No quiero que estemos enfadados,- dijo y me pareció que su voz volvía a sonar suave.- No quiero hacerle daño a tu hermana y no se lo haré si me prometes que a partir de ahora contestaras siempre a mis preguntas y que mantendremos una relación… más cordial. No lo hago para hacerte daño, también quiero ayudarte. Tienes que reconocer que estas en una situación muy mala. Tú debes prometerme que confiaras en mí y que hablaras conmigo y yo mantendré a tu hermana fuera de peligro.-
Yo no me fiaba de la palabra de aquel hombre ni aunque él la jurase por su vida pero sabía que no me quedaba ninguna elección, así que, asentí con la cabeza.
-Eso está muy bien. Me gusta que hablemos y que haya confianza entre nosotros. No me gusta que haya secretos entre nosotros, Helen.- Su voz había adoptado un tono inconfundiblemente seductor e hizo una pausa. –Me he dado cuenta de que esta noche tu me mirabas mucho. ¿Te parezco un hombre guapo?-
Yo asimilé la pregunta con indignación. No quería responder pero sabía que yo estaba obligada a hacerlo y que solo podía responder una cosa porque la otra habría herido su vanidad. Ya no me cabía duda de que todo aquello formaba parte de un macabro juego.
-Sí, Herr Kommandant.-
-Me halagas, Helen,- dijo él despacio y se rió quedamente.- Soy un hombre poderoso. ¿Eso también te parece atractivo?-
-Sí, Herr Kommandant.- Fue de nuevo mi respuesta.
-¿Herr Kommandant?- preguntó él bastante sorprendido y volvió a utilizar su tono seductor. –Es un nombre muy formal para decirme una cosa así. ¿No crees, Helen? Puedes llamarme Amon. Estamos los dos solos en casa y me encantaría poder oír mi nombre en tus labios.-
Yo recibí la invitación con irritación y supe que no sería capaz de llamarlo por su nombre a no ser que él me obligase. Yo pensé que él se estaba tomando muchas confianzas. Sentí un miedo frío que era el mismo que yo sentía cuando yo pensaba en una posible agresión sexual.
Su risa se convirtió en un murmullo. Me sentí humillada al pensar que tendría que participar en su perturbado y lascivo juego.
-¿Qué es lo que más te gusta de mí… físicamente?-
Yo tragué saliva. Me lo imagine tal como era y sentí un escalofrió. Sus ojos azules, fríos y crueles, su pelo cortado al mismo estilo que todos los soldados alemanes, sus labios que se curvaban en una sonrisa sarcástica y sus puños cerrados siempre amenazantes. Cuando se levantaba, me daba la impresión de que él medía el doble que yo.
-Tienes… los ojos azules,- dije yo con voz débil y tartamudeando. –El cabello rubio… castaño claro…. Eres alto y… fuerte…
El estomago se me revolvió al pensar en lo que yo estaba diciendo y después sentí que me ahogaba y tosí. Él había dejado escapar todo el humo de su cigarro en mi rostro y yo pensé que debía de estar cerca para poder haber hecho algo así. Intenté apartarme de él pero una de sus manos de hierro me agarró por el pelo. Sentí un fuerte dolor y después su aliento cerca de mi oído sano.
-¿Estás diciendo todo eso porque es verdad o porque crees que así no le haré daño a tu hermana, Helen? ¿Tengo que recordarte cual es el castigo por mentirme?-
Yo me encogí aterrada pero él me agarró aún más fuerte. Yo sentí el calor de su cuerpo y me embriagó su horrible esencia personal que se mezclaba con el olor a tabaco y cuero. Su respiración se agitó y se volvió muy violenta. Yo luché para separarme de él casi sin darme cuenta. Él me soltó el pelo pero solo fue para agarrarme del cuello y atraerme aun más hacia él. Yo ya no me podía mover ni defender aunque quisiera.
-Muy bien. Sé dócil, Helen. Me gusta cuando eres sumisa. ,- dijo él de nuevo susurrando cerca de mi oído.- No me gusta nada cuando tengo que castigarte. Bueno… he dicho que no quería que hubiese secretos entre nosotros y no los habrá. A veces sí que he disfrutado haciéndote daño. Me gustaba sobre todo cuando yo lo hacía delante de otras mujeres. Después, me encantaba irme a la cama con ellas y todo el rato pensaba en ti.-
Yo sabía que debía estarme quieta pero mi cara hizo un movimiento brusco al oír aquellas obscenas y perturbadas palabras.
-No te enfades.- dijo él y se rió. –Tienes razón. Eso ha sido muy grosero. Ya sabes lo mucho que me gustas. Te gusta provocarme y después rechazarme. Te gusta mucho volverme loco pero yo soy un hombre muy peligroso y tú no tienes escapatoria.- Sentí como su mano se desenroscaba de mi cuello y como sus dedos lo acariciaban.-...Una vez probé tu olor y, durante todo aquel día, me estuvo persiguiendo. Desde entonces, siempre he querido oler tu cuello.
Yo volví a hacer un movimiento brusco con mi cara pero él me agarró de las muñecas y apretó hasta hacerme daño. Yo me quedé paralizada por el dolor. Estaba triste e impotente. Sabía que no había defensa posible. Ya sospechaba por su actitud que él intentaría hacer algo así de nuevo. Mis únicas esperanzas eran que su antisemitismo o su miedo a ser descubierto por alguno de sus camaradas le frenaran. No sabía exactamente que me esperaría ni quería pensar en ello, solo me quedaba sufrirlo.
Él se agachó y hundió su cabeza en mi cuello. Él me agarraba mis muñecas con tanta fuerza que el dolor me hacía estar aún más mareada. Su aliento y su respiración violenta chocaron bruscamente contra mi piel. Yo cerré los ojos intentando dejar la mente en blanco.
-Helen…- susurró él.
El tiempo que duró aquello pasó marcado por los latidos de angustia de mi corazón. Cuando él se separó, nuestras miradas chocaron por un instante y pude ver que tenía sus pupilas tan contraídas que casi parecía que no existían y que el sudor le caía a chorros por el rostro. Aquella imagen era aterradora. Su respiración era tan agitada que casi parecía que luchaba por no ahogarse.
Aquí no tenemos mucha privacidad,- dijo él después de calmarse un poco.- Trae vino y sube a mi habitación.-
Yo recibí aquella orden sabiendo que aquello solo era un descanso y que tendría que volver a sufrir sus acercamientos. En la zona que miraba, veía sus puños abriéndose y cerrándose. Él iba a darse media vuelta pero antes me lanzó una corta amenaza.
-Si no estás en mi habitación dentro de cinco minutos, bajaré a buscarte.-
Él se marcho y yo me quedé paralizada. El lugar de mi cuello donde había estado su aliento, me ardía como si tuviera una herida. Las muñecas que él me había sujetado fuertemente para que me estuviese quieta también me dolían y estaban rojas. Seguramente pronto tendría moratones. Pero lo peor era el dolor psicológico. La cabeza y el corazón me palpitaban y sentía un frío que venía de dentro de mi cuerpo y que me congelaba. Era como si yo estuviera desnuda en medio de un día de invierno. Sabía que ninguna ropa ni ningún calor podrían calmar ese frío.
No puedo decir en qué pensaba realmente cuando busqué el vaso y la botella de vino porque, a decir verdad, ya no pensaba en nada. Cuando subía la escalera hacia el piso de arriba, mis pies tropezaban. Era como una oveja que va voluntariamente al matadero. La botella de vino y el vaso estuvieron a punto de caerse varias veces pero ni siquiera eso me importo. La puerta de su habitación estaba entreabierta y de ella emanaba una luz ligera. Yo llamé con los nudillos y nadie me contestó, así que, la empujé suavemente. Ya había visto aquella habitación en una ocasión pero era de día y no de noche. No parecía haber nadie dentro y las puertas del balcón estaban abiertas de par en par. Las cortinas se mecían suavemente y se podía ver la noche estrellada. Yo entré despacio y sin hacer ruido. La habitación estaba aun más embriagada por el olor de él y eso me trajo de nuevo la angustia. Yo dejé el vino y el vaso encima de una mesa de roble porque empezaba a marearme y pensé que pronto me caería al suelo. Después, oí como se cerraba la puerta de la habitación con un ruido sordo. Me di la vuelta y me encontré con él y su sonrisa.
-¿Te he asustado?- me preguntó divertido. Él se había quitado la chaqueta de las SS y llevaba solo puesta una camisa blanca.
Yo di un paso hacia la puerta que se acababa de cerrar para huir y él me cortó el paso avanzando también hacia donde yo me dirigía. Sabía que debía quedarme allí si yo quería proteger a Rachel pero mis instintos de supervivencia aun funcionaban.
-¿A dónde quieres ir?-
-A… ninguna parte,- tartamudeé yo con voz queda.
Tragué saliva y retrocedí pero él avanzaba hacia mí a medida que yo retrocedía. Finalmente, mi espalda chocó con algo. Era el enorme armario de la habitación. Él me agarró las manos.
Me observó detenidamente durante más de un minuto.
-Tus ojos brillan y son muy bonitos cuando estas asustada,- susurró él. –Se me ocurre otra manera para que estés más guapa.-
Una de sus manos ascendió y yo cerré los ojos como siempre que él hacia un movimiento brusco. Sentí sus enormes dedos tocando mi pelo y como descendían hasta la parte trasera. Él desenganchó las horquillas con las que me sujetaba el cabello. Ambas cayeron al suelo con un sonido metálico. El pelo cayó sobre mi rostro pero él lo retiró hacia atrás lentamente. Después sus dedos rozaron mis mejillas, mis labios, y bajaron lentamente hasta la nuez de mi cuello que se convulsionaba cada vez que tragaba saliva y donde se sentían los rápidos latidos de mi corazón.
No sabía lo violento que iba a ser conmigo o si el dolor iba a ser más fuerte que cualquier otro que yo hubiese sentido antes o si aquello me terminaría matando. Lo cierto es que no me importaba. Por muy doloroso que fuera lo que iba a sufrir, no sería nada comparado con lo que sufría en ese momento en que sabía que ese hombre me estaba tocando. Recordé todas las cosas horribles que yo le había visto hacer y todas las que me habían contado. Yo volví a experimentar rabia y odio justo cuando él me volvía a hablar.
–Mírame a los ojos,- susurró.
Su cara estaba a pocos centímetros de la mía y me di cuenta de que él avanzaba para juntar sus labios con los míos. Yo nunca me había imaginado que una bestia como él tuviese aquellas inclinaciones. Hundí mi mirada en sus despiadados ojos azules que ahora parecían estar desprovistos de toda crueldad. No pude evitar reflejar en los míos toda la rabia que sentía. Él se paró en seco. Sus ojos recuperaron toda la frialdad tan rápido que me estremecí y aparté bruscamente la mirada.
-Te lo dije, Helen. Te dije que no volvieras a mirarme así.- Su voz salió como un desgarro llena de frustración.- ¿Por qué me provocas para que te castigue ahora que estaba intentado ser cariñoso? ¿Sera que es eso lo que te gusta?-
Él levantó la mano y yo cerré los ojos pero el golpe no llegó.
-No, espera…- dijo él como si acabase de recordar algo.- Si yo te golpeó, volveremos a estar enfadados y eso no hará que mejoré tu comportamiento más que otras cosas. Le diré a uno de mis soldados que le haga una visita a tu hermana y, después, la traeré aquí para que la veas y pases un rato con ella. Seguro que después se te quitan las ganas de esas miradas tan impertinentes.
Yo sentí como si un cuchillo me hubiese atravesado el corazón.
-Déjala en paz,- dije yo sin pensarlo dos veces. –Puedes pegarme si quieres, puedes hacerme lo que quieras pero no le hagas daño a ella. Puedes matarme si quieres. Mátame… ¿Por qué no me matas?-
Él me miró sorprendido durante unos segundos. Parecía como si él mismo buscara una respuesta a la pregunta que le acababa de hacer.
-Debería matarte,- dijo él después de la pausa y su rostro se volvió más pálido.
-¡Hazlo!- Yo alcé la voz sin darme cuenta. No me habría atrevido jamás a decir eso pero el dolor me nublaba la razón. –Es lo mejor que sabes que hacer. Puedes coger el rifle y dispararme en la cabeza, igual que le hiciste a Lisiek…-
Él me agarró el brazo y me lo retorció. Yo ahogué un gemido de dolor.
-¿Cómo te atreves a hablarme así? Debes de estar loca para hablarme así,- dijo él sin alzar la voz pero volviéndola de un amenazante feroz.
Yo no dejé que el dolor físico me hiciera callar.
-Puedes matarme igual que mataste a Lisiek,- repetí yo de nuevo.
-Cállate… ¿De qué estás hablando?- preguntó fríamente.
-Lisiek, él era el mozo que ayudaba en la villa. Él era mi amigo…-
Él me soltó mi brazo de repente. La furia resplandeció en sus ojos como si fuera un relámpago. Yo no pude evitar estar asustada. Él alzó uno de sus enormes puños. Esta vez sí que estaba segura de que me pegaría y me encogí. Oí un golpe fuertísimo y todo mi cuerpo se convulsionó. Cuando abrí los ojos, yo vi que su puño se había estrellado contra una de las puertas del armario y que la madera se había hundido debajo de él.
-Estoy cansando de todos tus amigos.- La última palabra la dijo con sarcasmo. Su voz era tan aterradora y furiosa que yo no me atreví a replicar. Él me agarró por los brazos y me zarandeó. – ¿Es eso lo que te gusta? ¿Verdad? Te encanta flirtear con otros hombres. Con Schindler, con Hujar… Estas corrompida como todos los de tu raza pero yo sé muy bien lo que estas buscando.-
El último comentario hizo que un escalofrió me recorriera desde la espalda hasta la punta de los pies.
-Es eso lo que buscas. ¿Verdad?- dijo él con voz cruel y dejó de zarandearme. –Yo te lo daré. Ya no tendrás que buscarlo en ninguna parte.-
Sin soltarme los brazos, él me levantó del suelo. Después, él ando hacia la parte opuesta de la habitación. Él me arrojó violentamente sobre la cama. Cuando caí, yo estaba tan asustada y en shock que no intenté erguirme y aunque lo hubiera hecho, no lo habría conseguido porque él se puso inmediatamente a horcajadas sobre mí. Su peso me produjo un dolor agudo en las caderas y no pude moverme más. La vista se me nubló. Sus manos temblaban violentamente y agarraron la tela de mi vestido. Él la forzó violentamente y yo pude oír cómo se desgarraba. Yo no quería llorar, suplicarle o gritar porque no quería darle esas satisfacciones a su sadismo. Pensé en Rachel y recé porque al final se salvara. Me abandoné al dolor y la muerte.
-Vas a tener lo que quieres, zorra. Yo voy a hacerte sentir como si fueras una mujer aria,- dijo su perturbada y jadeante voz.
Él estiró de una de las mangas de mi vestido hasta arrancarla. Todo lo sentí como si realmente no fuese a suponer una condena para mí. Yo pensé que la verdadera condena ya la había sufrido. Tanto el sonido ligero de su camisa al caer al suelo como el metálico al desabrochar su cinturón no me afectaron. Ya nada podía darme miedo y todo lo que sentía era tristeza por mi hermana.
Sentí que él me miraba y yo no valor para no mirarle. No me sentía con fuerzas ni para hacer eso. Poco a poco, mi vista dejó de estar nublada y me pareció que sus ojos azules parecían asustados. Al principio, pensé que no debía ser más que un delirio. El tiempo pasó marcado por los latidos de mi corazón. Él seguía mirándome. Su rostro estaba blanco y parecía como si estuviese mirando un fantasma. Una de las gotas de sudor que caían por su frente cayó y chocó contra mi mejilla.
-No puedo…- dijo él y oí su voz débil y asustada por primera vez.
Noté que el peso de su cuerpo dejaba de aprisionarme las caderas las cuales estaban dormidas del dolor. Él me agarró de mis muñecas y me obligó a erguirme. Sentí como su nariz chocaba con la mía y cerré los ojos. Hubiese deseado que todo hubiese acabado. Ya no soportaba más la angustia de lo que pensaba hacer ahora conmigo. Después, él simplemente me dejó caer de nuevo en la cama. No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí el ruido de sus botas. Me dio la impresión de que abandonaba la habitación. Los últimos otros sonidos que percibí antes de que volviese a reinar el silencio, fueron el de un cristal que se rompía y el de un portazo que hizo que temblara todo el lugar donde yo me encontraba.
