INTERCAMBIO
Capítulo 21
Sobre Grifos y Hombres Lobo
Miranda POV
Me gusta la lluvia. De verdad, me encanta la idea de bailar en la lluvia de la mano de algún chico lindo, o aún mejor, un beso bajo la lluvia. Pero cuando llevas caminando una hora, después de haber sido secuestrada, la lluvia no es buena. La lluvia te da frío y te irrita.
Solté un suspiró fuerte y molesto al momento en que sacaba chaqueta de la mochila. No iba a hacer gran cosa, solo a empaparme y dejarme más peso encima, ya que era de tela y no de piel o un rompe-vientos, pero consideraba que valía la pena intentarlo.
Me puse mi chaqueta y miré hacia adelante. Estábamos justo frente del museo. No fue difícil llegar, ya que estábamos a las afueras de Manhattan cuando salimos del Emporio de Gnomos de la Tía M. Tomamos direcciones de una amable viejecita en la calle (una que parecía bastante cliché, con sus lentes y bolso del tamaño del mundo, para golpear a los ladrones). Estábamos cerca… si no contabas con que tendríamos que caminar hasta llegar al museo. Y ahora, una hora después, estábamos frente al Museo Metropolitano de Arte.
Supuse que éramos suertudos de siquiera haber llegado hoy y antes del anochecer. Incluso antes de la comida. Sip, somos suertudos, pensé.
Aunque claro, llegar secos hubiera sido un bonus. Lástima que este no parezca ser nuestro día.
Solté un suspiro tembloroso.
—Ya llegamos —dije.
—Si —respondió Iain.
—Ahí está el museo —les hice notar.
—Si —repitió Harry.
—¿No creen que esté aquí, cierto? —pregunté.
—No —dijeron al unísono.
—Terminemos con esto —dije, irritada con ellos, quienes me pegaron su cínico mal humor, en mi opinión.
Juntos, los tres subimos las escaleras[1]. Todo el edificio era de un color beige oscuro, y estaba un poco perdida sobre qué es lo que debíamos buscar.
—¿Y ahora qué? —preguntó Iain.
—Vamos a preguntarle —sugerí.
Señalé a la mujer que había detrás del mostrador en la tienda de recuerdos. Iain y Harry asintieron y todos nos dirigimos a ella.
—¿Buenos días, en que puedo ayudarles, niños? —inquirió con una sonrisa dulce.
—Queremos saber dónde está a la exposición griega —barboté.
La empleada —Gina, por el gafete que llevaba en su pecho— alzó las cejas y sacó un folleto, lo abrió y nos lo enseñó.
—La exposición griega está con la romana. Desde el ciento cincuenta hasta el ciento sesenta es lo romano y del ciento sesentaiuno hasta el ciento setentaidós es lo griego. ¿Algo en específico?
—De las musas —intervino Iain.
Gina asintió.
—De las musas es en el segundo piso. Aquí. —Gina rodeó con su pluma negra el número ciento sesentaidós—. Hay un elevador en el primer piso. —Gina levantó una mano y nos señaló el salón que quedaba a nuestra izquierda—. Siguen derecho hasta que lleguen a un espacio más amplio y entonces, antes de llegar a ese espacio, doblan a su izquierda. Ahí va a haber un elevador que los llevará directo al pequeño salón de las musas. Suerte.
—Gracias —dijo Harry.
—De nada —respondió Gina con una sonrisa.
Juntos nos dirigimos a la exposición.
—¿Era la número ciento sesentaidós, cierto? —preguntó Iain.
—Sí, luego subimos el elevador. A la exposición… —Miré el mapa que había cogido del mostrador—. Ciento setentaidós.
—Okey.
Las direcciones de Gina nos llevaron a un cubículo rectangular, donde había escaleras y un elevador.
—Al elevador, entonces —dije.
Encontramos y entramos al elevador sin problemas. El cubículo estaba junto a un bebedero y unas escaleras, y al lado izquierdo estaba el ascensor, al que entramos.
—¿Cuando estemos ahí, qué vamos a hacer? —preguntó Harry.
Iain y yo intercambiamos miradas.
—No lo sé —contestó Iain—. Pero fue una buena idea comenzar con las musas.
—Si todo esto sigue así —dije—, tendremos que buscar por todo el edificio. Por lo menos en el área de las exposiciones griegas.
—Pero en eso nos tardaremos años —se quejó Harry.
—Hay que acabar esto, si quieres tus recuerdos —le recordó Iain a Harry—. Además, también vamos a salvar al mundo. Siempre es bueno cuando el mundo está a salvo, ¿no están de acuerdo?
Le dirigí a Iain una mala mirada.
—Deja los comentarios fuera de lugar, Iain, ¿quieres?
—No, no quiero —respondió con una sonrisa.
Bufé por lo bajo con molestia.
—No puedes responder a quien sea. Eso te va meter en problemas muy pronto. —Fruncí el ceño—. Sobre todo si me sigues contestándome a mí.
Iain rodó los ojos.
—Sí, ya. Claro. —Luego hizo una mueca—. ¿Lo siento?
Iain POV
Miranda murmuró algo entre las palabras «estúpido» e «idiota», antes de que se abrieran las puertas del ascensor.
—Me ofendes, Miranda —exclamé alzando las cejas.
—¡Cállate, Laprarie!
Miranda hizo amago de abalanzarse a mí, pero Harry la puso una mano en el antebrazo y la paró.
—Tranquila —le instó—. Vamos, hay que salir del ascensor.
Harry me lanzó una mirada de reproche, a la que respondí con una sonrisa inocente. «Yo no hice nada», vocalicé. Harry, evidentemente, había descubierto la mejor manera de lidiar conmigo cuando contestaba: ignorarme, algo que, para mi complacencia, Miranda parecía incapaz de hacer cuando se enfadaba.
—Ja já —murmuré por lo bajo, mientras sonreía y entrelazaba mis manos detrás de mi espalda.
Podría jurar que Miranda me escuchó y soltó un gruñido amenazador.
Harry rodó los ojos y la empujó suavemente por el corredor, mientras yo sentí una pizca de celos porque él la tocaba y yo no. Solté un suspiro silencioso y negué con la cabeza. Esto no va a pasar, me dije.
El salón estaba directamente a la salida del elevador. Ni siquiera había que pasar una puerta, así que solo salimos del ascensor.
La habitación era pequeña. Muy pequeña. El cubículo mediría, cuando mucho, dos metros por dos metros, y el único espacio que ocupaba la exposición era un pequeño mostrador, donde había una pintura, con un cubo de vidrio cubriéndolo.
—Ya estamos aquí —dijo Miranda.
—Eso dijiste frente al museo —señalé.
Antes de que Miranda pudiera quejarse, Harry señaló algo dentro de la caja de vidrio.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Me acerqué para poder ver mejor.
—No lo sé —susurré.
Allí había un papel. Tenía unos símbolos griegos, y por lo que me habían contado, yo debería poder leerlo, pero no podía porque no me había entrenado lo suficiente. Lo que entendía era: Aquí no laguna. Deben laguna a laguna. Laguna laguna Louvre, que se veía como algo así: εδώ όχι είναι. πρέπει πηγαίνω να Παρίσι. μουσείο του Λούβρου.
—¿Qué demonios dice ahí? —Harry se veía hastiado. Él no era un semidiós, y si yo tenía problemas comprendiendo eso, Harry no podría entender ni jota.
—No lo sé —contesté con frustración.
A Miranda le bastó darle un vistazo para poder traducir lo que decía.
—Aquí no están. Deben ir a París. Museo del Louvre —leyó—. Huh.
Harry tenía las cejas alzadas y yo hice lo mismo.
—No sabemos quién puso la nota y si ese alguien lo hizo con buena intenciones —observé.
Harry vaciló.
—Pero esa información coincide con la que nos dio Annabeth.
—Y ese es el gancho. Una buena mentira siempre es lo más cercana a la verdad —arguyó Miranda.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? Es la única pista que tenemos —dijo Harry.
Miranda suspiró.
—Supongo que tienes razón.
—Tengo razón —sonreí.
Miranda me fulminó con la mirada.
—No te hablaba a ti.
—Bueno, no especificaste a quien…
—¡Chicos! Tranquilos, no hay que ponerse… —Harry dejó de hablar—. ¡Sam!
¿Sam?
Ah.
El grifo.
Volví la cabeza a diferentes direcciones para averiguar por qué Harry sacó al tema al grifo… y lo encontré cuando abrí la ventana.
En la ventana, volando, estaba el grifo. Pero… tenía problemas para volar… y… su cabeza se estaba encogiendo…
—No tengo mucho tiempo —dijo Sam. Tuve problemas para oírlo bien, por la ventana, que hacía que el sonido sonara amortiguado, y en parte porque era un león con cabeza de águila y lo que dijo sonó como casi como un rugido.
—El grifo habló —se jactó Miranda.
Presioné mis labios para no dar una respuesta sarcástica —aunque pensé: ¿No, de verdad?—, ya que vi que Miranda ya me estaba fulminando con la mirada, así que solo puse los ojos en blanco.
—Hay que irnos —nos apuró Harry.
—Hay que sacar la nota del cubo de vidrio —corrigió Miranda—, ya podemos ir por el grifo después.
—Miranda —gruñó Harry.
—Harry —devolvió Miranda.
Se quedaron mirando, esperando que el otro bajara la mirada, pero ninguno lo hizo, así que intervine.
—¿Qué les parece si yo voy a ayudar a Sam, y ustedes sacan la nota del cubo de vidrio, para no perder tiempo discutiendo? —razoné después de unos segundos.
—Está bien —murmuraron ambos.
—Ya voy, Sam —aseguré a Sam. Tal vez me estaba volviendo loco, ya que escuché a dicho grifo hablar y de que él no podía escucharme desde fuera del edificio y alejado de la ventana…
Negué con la cabeza. Estoy casi seguro de que me estoy volviendo loco, tal vez toda la situación era una alucinación.
Suspiré. Entonces vamos a seguirle la corriente a la alucinación, me animé.
Cuando llegué hasta abajo —usé las escaleras para tardar menos, ya que en mi opinión, el elevador tardaba menos en subir, pero las escaleras tardaban menos en bajar—. Lo que no me esperaba es que cuando llegara, Gina estuviera justo frente a las escaleras.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó dulcemente.
—No, gracias —dije incómodamente mientras intentaba pasar a su lado.
Gina me cerró el paso.
—¿A dónde vas? ¿Te acompaño a la salida? —ofreció.
—No, gracias —insistí con más fuerzas.
Traté de pasar a su lado de nuevo, pero su mano me envolvió el brazo. Llevaba puesta una camiseta del Campamento Mestizo de manga corta, así que pude sentir como sus uñas se encajaban en mi piel. De repente, ella ya no era solo la recepcionista. Ella era un monstruo.
Y no podía combatirla fácilmente.
—Suéltame —ordené mientras que con el otro brazo sacaba mi espada, presionaba el botón y la espada se abría.
—No.
No sabía qué hacer. Se me ocurrió una idea, pero en cierta forma, me parecía algo inhumana. No sabía si los monstruos sentían dolor y…
Sentí como si las uñas de Gina se alargaran y se enterraban en mi brazo. No era muy rápido, pero si doloroso. Sin pensar, mutilé la mano de Gina.
—¡Ah! —chilló Gina—. Maldito…
Ignoré sus palabras y lancé una estocada a su pecho antes de que pudiera hacer nada. Gina se convirtió en polvo dorado. Hice una mueca al darme cuenta de que si ella no se hubiera distraído por el dolor, yo no habría tenido ninguna oportunidad.
Me distraje cuando escuché un rugido afuera del museo.
—Sam —recordé.
Corrí lo mejor que pude con la herida en el brazo por las uñas de Gina. No era muy profunda, pero doblé el brazo, ya que no sabía que hacerle.
—¿Qué pasa…? —Miré al grifo—. Oh.
Sam se estaba retorciendo en el piso y estaba comenzando a tener una forma más humanoide… Mi mente intentó envolverse en la idea. ¡El grifo se convertía en humano! Le creció cabello y se fueron las plumas de su cabeza. El pelaje también se fue y en vez de eso había piel.
Por suerte para él, cuando cobró su forma humana, tenía ropa. Un pantalón de mezclilla y una camisa de color azul oscuro. Su cabello era café oscuro y sus ojos azul profundo.
—¿Hola? —saludé-pregunté alzando una ceja, tratando de que no se notara lo trastornado que estaba.
—Hola —murmuró débilmente el chico tirado en el piso—, Iain.
Le miré sorprendido.
—¿Cómo sabes mi nombre? —le pregunté.
—Porque Harry te llamó así.
—¿Cómo sabes de Harry? —cuestioné conmocionado.
Sam, antes el grifo, me dirigió una mirada molesta.
—Francamente… —creí haberlo oído murmurar.
—Entonces… ¿Sam?
Sam me dirigió otra de sus miradas irritadas.
—No. Rhys.
Le miré extrañado.
—¿Te llamas Rhys? —le pregunté.
—Sí.
—¿Entonces por qué Harry te llamó Sam?
En mi interior, me alegré de ver Rhys/Sam se estaba saliendo de quicio.
—¿Por qué un águila no le puede decir su nombre a una persona, cierto?
—Tengo dos respuestas para esa pregunta —apunté—. Una: ¿qué tal si el nombre es el sonido que hace cuando una persona le pregunta su nombre? Y segundo: ¿No eras tú un grifo?
—Iain…
—¿Qué hiciste, Iain? —se escuchó la exclamación escandalizada de Miranda.
Hice una mueca.
—¿Y Sam? —preguntó Harry.
—Mi nombre es Rhys —se quejó Rhys/Sam y explicó—: Yo antes era un grifo.
—¿Entonces tú eras Sam? —repasó Miranda.
—Mi nombre es Rhys.
Yo sonreí.
—¿Pero eres Sam, no? —recalqué.
Rhys se irritaba cada vez más.
—Sí.
—Ah —profirió Harry.
Supuse que no quería pensar que había acariciado a un chico y no a un grifo, yo tampoco querría pensarlo.
—Hay que irnos de aquí —dijo Miranda—. ¡Vamos! Hay que salir de aquí, necesitamos un lugar donde dormir, porque, a menos que encontremos una manera de llegar a Francia hoy, tendremos que esperar hasta mañana.
Caminamos hasta el parque que estaba frente al museo. No tenía la menor idea de cómo íbamos a llegar hasta París. ¡Eso era otro continente! Tendríamos que pasar por el mar y ¿cómo lo íbamos a hacer?
—¿Consiguieron la nota? —pregunté—. Deberíamos revisar si hay alguna pista. ¿En qué parte del Louvre están las musas? ¿Es esto una broma?
—De hecho, yo iría por lo de «es una broma», Iain —dijo Miranda con sarcasmo.
—¡Hey! —me quejé—. ¡El sarcasmo es lo mío!
Miranda rodó los ojos.
Caminamos hasta que vimos la primera cafetería. Por lo visto, estábamos muy despistados, ya que solo hasta que fueron las cuatro de la tarde, encontramos un Starbucks. ¡Cuatro horas caminando en el centro de Manhattan, con gente chocando contra ti, y ruido a tu alrededor! Cansado y molesto, sí.
—¿Consiguieron la nota? —pregunté.
—No. ¿Cómo vamos a llegar hasta París? —preguntó Harry tan pronto como nos sentamos en la mesa de la cafetería, cada uno con su café, excepto Miranda, que llevaba un té.
—¿Directo al punto, eh? —comenté.
—¿No creen que deberíamos solucionar primero el asunto del pasajero extra? —cuestionó Miranda.
—La palabra pasajero no se aplica en este caso, Miranda —notó Rhys.
Miranda le ignoró.
—¡No podemos ir cuatro personas a una búsqueda! La única vez que se ha logrado eso con triunfo, ha sido en la Batalla del Laberinto, pero en ese grupo iban Percy Jackson y Annabeth Chase. Además de que Grover también iba, quien, por cierto, el Señor de lo Salvaje, una personita muy especial, aparte de Tyson, quien es un cíclope, así que dudo que esa excepción se aplique a nosotros.
—Bueno, ya se logró antes, ¿no? —intenté animarlos—. Podemos hacerlo nosotros.
—De hecho —murmuró Rhys—, si Harry es el equivalente de Percy en su mundo, entonces él también debería poder hacerlo.
—¿Y tú como sabes eso? —le espetó Miranda.
Rhys vaciló.
—Llevo unas semanas fisgoneando en el campamento. Capté pedazos de conversaciones —explicó.
Miranda se veía desconcertada.
—¿Y cómo entraste? —le preguntó preocupada.
Rhys hizo una mueca.
—Las barreras se debilitan. Así es como entró el perro del infierno.
El rostro de Miranda vacilaba entre preocupación y alivio.
—Eso significa que no tenemos un traidor —nos explicó a Harry y a mí, que estábamos algo perdidos—, pero que cualquier monstruo puede entrar mientras sea lo suficientemente fuerte.
Harry hizo una mueca y se sobó el brazo. Sus posibilidades de ganar contra Gina hubieran sido peores estando lastimado. Puede que yo haya tenido suerte. Una idea apareció en mi cabeza, algo obvio y que me hizo sentir algo estúpido por no habérseme ocurrido antes. ¿Y algo de néctar?
—Miranda, ¿me das néctar? —le pedí mostrándole mi brazo.
Miranda alzó las cejas con algo de preocupación.
—¿Cómo no lo vi antes? —murmuró entre dientes y hurgó en la mochila—. Aquí tienes. —Miranda me tendió algo que parecía una barra de limón—. Es néctar. Creo que te lo puedes comer todo sin quemarte, pero come lento, para sentir cuando parar. Si comienzas a sentir fiebre, te recomiendo parar.
Cada uno terminó su café, y comimos uno de los sándwiches de la cafetería como cena. Después salimos del lugar.
—Miranda —llamó Harry, parado en un claro vacío de un parque, mirando a su alrededor.
—¿Mmm?
—¿Trajiste una tienda para acampar? —le preguntó.
¡Yo odiaba ir a acampar! La única vez que fui fue cuando mi papá me llevó —algo así como diez años, desde que él está muerto, pensé con sarcasmo. Realmente, esto era un respiro. Esta… realidad, de la que no estoy completamente seguro que no haya creado mi mente. En el internado pensaba en mis padres, siempre en mis padres. Ahora debo salvar al mundo.
Miranda y Harry montaron la tienda de campaña.
No quería entrar ahí —malos recuerdos.
Ahora el internado no suena tan mal.
