Capítulo 21

Después de enviar a un lacayo a por el doctor del pueblo, Emmett decidió ir al campamento gitano y ver cómo se estaba desenvolviendo Cullen. Emmett no podía aguantar la inactividad o el suspenso de la espera. Y estaba profundamente atribulado ante el pensamiento de que le ocurriera cualquier cosa a Cullen, quien parecía haberse convertido en el eje de la familia entera.

Rápidamente dirigió sus pasos hacia abajo por la grandiosa escalera, Emmett acababa de alcanzar el vestíbulo cuando se le acercó la señorita Hale. Iba en compañía de una criada y sujetaba a la desventurada chica por la muñeca. La criada estaba pálida y con los ojos enrojecidos.

—Milord —dijo la señorita Hale tensamente—, le ordeno a que venga con nosotras al salón inmediatamente. Hay algo que debería…

—Con su supuesto conocimiento de la etiqueta, Hale, debería saber que nadie ordena al amo de la casa hacer ninguna cosa.

La severa boca de la institutriz se torció impacientemente.

—Al diablo con la etiqueta. Esto es importante.

—Muy bien. Aparentemente a usted hay que seguirle la corriente. Pero dígamelo aquí y ahora, que no tengo tiempo para chácharas de salón.

—El salón —insistió ella.

Después de una breve mirada al techo, Emmett siguió a la institutriz y la criada a través del vestíbulo.

—Se lo advierto, si se trata de algún asunto trivial sobre la casa, tendré su cabeza. Tengo un asunto apremiante que tratar ahora mismo, y…

—Sí —le cortó Hale mientras caminaban velozmente hacia la sala—. Lo sé.

—¿Lo sabe? Caramba, se suponía que la señora Barnstable no se lo iba a decir a nadie.

—Los secretos raramente se guardan bajo la escalera, milord.

Mientras entraba en el salón, Emmett clavó los ojos en la recta columna vertebral de la institutriz, y experimentó el mismo aguijonazo de irritación que siempre sentía en su presencia. Ella era como una de esas picazones inalcanzables en la espalda. Tenía algo que ver con el moño de color café claro atado tan apretadamente en la nuca. Y el torso estrecho y la diminuta cintura encorsetada, y la palidez seca y prístina de su piel. No podía evitar pensar en cómo sería desenlazar, desabrochar, y soltar. Quitarle las gafas. Hacer cosas que la dejaran toda sonrosada, húmeda y profundamente confundida y acalorada.

Sí, eso era. Quería acalorarla y confundirla.

Repetidamente.

Buen Dios, ¿qué demonios pasaba con él?

Una vez estuvieron en la sala, la señorita Hale cerró la puerta y palmeó el brazo de la criada con una esbelta mano blanca.

—Ésta es Sylvia —le dijo a Emmett—. Vio algo inapropiado esta mañana y le dio miedo contárselo a alguien. Pero tras enterarse de la enfermedad del señor Cullen, vino a mí con esta información.

—¿Por qué esperar hasta ahora? —preguntó Emmett impacientemente—. Seguramente cualquier cosa inapropiada debería ser informada de inmediato.

La señorita Hale contestó con molesta calma.

—No hay protecciones para un criado que sin querer ve algo que no debería. Y siendo una chica sensata, Sylvia no quería convertirse en un chivo expiatorio. ¿Tenemos su palabra de que Sylvia no sufrirá consecuencias negativas por lo que está a punto de divulgar?

—Tiene mi palabra —dijo Emmett—. No importa lo que sea. Dígamelo, Sylvia.

La criada inclinó la cabeza y se apoyó en la señorita Hale en busca de apoyo. Sylvia era mucho más pesada que la frágil institutriz, le maravillaba que ambas no perdieran el equilibrio.

—Milord —vaciló la criada—, pulía los tenedores del pescado esta mañana y los estaba llevando al aparador del desayuno, para los filetes de lenguado. Pero cuando entraba en la sala de mañana, vi al señor Jacob y al señor Cullen en la terraza, hablando. Y el doctor Nahuel estaba en la habitación, observándolos…

—¿Y? —apremió Emmett mientras los labios de la chica temblaban.

—Y creo que vi al doctor Nahuel poner algo en la cafetera del señor Jacob. Buscó algo en su bolsillo, parecía uno de esos extraños tubitos de cristal de la farmacia. Pero fue tan rápido, que no pude estar segura de lo que había hecho. Y luego se dio la vuelta y me vio entrando en la habitación. Fingí no haber visto nada, milord. No quería crear problemas.

—Pensamos que quizás el señor Cullen bebió la bebida adulterada —dijo la institutriz.

Emmett negó con la cabeza.

—El señor Cullen no toma café.

—¿No es posible que quizás haya hecho una excepción esta mañana?

El filo sarcástico de su voz era insoportablemente molesto.

—Es posible. Pero no sería normal. —Emmett dejó escapar un suspiro rudo—. Maldita sea todo. Intentaré averiguar qué, si es que fue algo, hizo Nahuel. Gracias, Sylvia.

—Sí, milord. —La criada parecía aliviada.

Mientras Emmett cruzaba a grandes pasos la habitación, se exasperó al descubrir que la señorita Hale le pisaba los talones.

No venga conmigo, Hale.

—Me necesita.

—Váyase a alguna parte y teja algo. Conjugue un verbo. Lo que sea que las institutrices hagan.

—Lo haría —dijo ella mordazmente—, si tuviese alguna confianza en su habilidad para manejar la situación. Pero por lo que he visto de sus aptitudes, dudo mucho que logre alguna cosa sin mi ayuda.

Emmett se preguntó si otras institutrices se atrevían a hablar al amo de ésta forma. No lo creía. ¿Por qué demonios no pudieron escoger sus hermanas una mujer tranquila y plácida en lugar de a esta pequeña avispa?

—Tengo habilidades que usted nunca será lo suficientemente afortunada de ver o experimentar, Hale.

Ella soltó un desdeñoso humph y continuó siguiéndole.

Alcanzando la habitación de Nahuel, Emmett dio un golpe maquinal y entró. El armario ropero estaba vacío, y había una maleta abierta sobre la cama.

—Perdone la intrusión, Nahuel —dijo Emmett dicho con sólo la sombra de una pretendida cortesía—. Pero ha surgido algo.

—¿Oh? —El doctor parecía notablemente indiferente.

—Alguien ha caído enfermo.

—Eso es una desgracia. Desearía poder asistirlo, pero debo llegar a Londres antes de medianoche, debo partir en poco tiempo. Tendrá que encontrar otro doctor.

—Seguramente tiene la obligación ética de ayudar a cualquiera que lo necesita — dijo la señorita Hale incrédulamente—. ¿Qué hay del juramento de Hipócrates?

—El juramento no es obligatorio. Y a la vista de los recientes acontecimientos, tengo todo el derecho a declinar. Tendrá que encontrar a otro doctor para tratarlo a él.

Él.

Emmett no tuvo que mirar a la señorita Hale para saber que ella, también, había captado el desliz. Decidió hacer que Nahuel siguiera hablando.

—Jacob conquistó a mi hermana limpiamente, compañero. Y lo que los juntó se puso en movimiento mucho antes de que usted entrara en escena. No es deportivo culparles.

—No les culpo —dijo Nahuel de forma concisa—. Le culpo a usted.

¿A mí? —Emmett estaba indignado— ¿De qué? No tuve nada que ver en eso.

—Tiene en tan poca consideración a sus hermanas que ha permitido que no uno si no dos gitanos entraran en su familia.

Por el rabillo del ojo, Emmett vio a Dodger el hurón avanzando a rastras por el suelo alfombrado. La curiosa criatura alcanzó una silla sobre la cual un abrigo oscuro había sido tendido. Alzándose sobre los cuartos traseros, hurgó en los bolsillos del abrigo.

La señorita Hale estaba hablando secamente.

—El señor Jacob y el señor Cullen son hombres de carácter excelente, doctor Nahuel. Uno puede hallar fallos en lord Dwyer por muchas otras cosas, pero no por eso.

—Son gitanos —dijo Nahuel desdeñosamente.

Emmett comenzó a hablar, pero se vio interrumpido mientras la señorita Hale seguía con su conferencia.

—Un hombre debe ser juzgado por lo que hace de sí mismo, doctor Nahuel. Por lo que hace cuando nadie más está mirando. Y habiendo vivido en proximidad con el señor Jacob y del señor Cullen, puedo manifestar con seguridad que ambos son hombres honrados y honorables.

Dodger extrajo un objeto del bolsillo del abrigo y se retorció en señal de triunfo.

Comenzó a trotar lentamente alrededor del borde del cuarto, observando a Nahuel precavidamente.

—Perdóneme si no acepto juicios de carácter de una mujer como usted —dijo Nahuel a la señorita Hale—. Pero según los rumores, ha tenido más bien demasiada proximidad con ciertos caballeros en su pasado.

La institutriz se puso pálida por la afrenta.

—¿Cómo osa usted?

—Encuentro ese comentario totalmente inapropiado —dijo Emmett a Nahuel—. Obviamente ningún hombre cuerdo intentaría alguna vez algo escandaloso con

Hale. —Viendo que Dodger había llegado a la entrada, Emmett extendió la mano hacia el rígido brazo de la institutriz—. Venga, Hale. Dejemos al doctor con su equipaje.

En ese mismo momento, Nahuel divisó al hurón, que llevaba una fina ampolla de cristal en la boca. Los ojos de Nahuel se dilataron, y se quedó pálido.

—¡Dame eso! —gritó, y se lanzó hacia el hurón— ¡Eso es mío!

Emmett se abalanzó sobre el doctor y lo tiró al suelo. Nahuel le asombró con un afilado gancho derecho, pero la mandíbula de Emmett había sido endurecida por un buen número de peleas de taberna. Intercambió golpe por golpe, rodando por el suelo con el doctor mientras luchaban por la supremacía.

—¿Qué demonios —gruñó Emmett— puso usted en ese café?

—Nada. —Las fuertes manos del doctor le apretaban la garganta—. No sé de lo que habla…

Emmett le asestó un golpe en el costado con el puño cerrado hasta que el apretón del doctor se aflojó.

—Y un cuerno que no —jadeó Emmett, y le dio con la rodilla en la ingle. Era un truco sucio que Emmett había aprendido tras una de sus escapadas más coloridas a Londres.

Nahuel se derrumbó sobre el costado, gimiendo.

—Los caballeros… no… hacen eso…

—Los caballeros no envenenan a la gente, tampoco. —Emmett le agarró— ¡Dígame qué era, maldito!

A pesar de su dolor, los labios de Nahuel se curvaron en una mueca diabólica.

—Jacob no obtendrá ayuda de mí.

—¡Jacob no bebió la cosa asquerosa, idiota! Cullen lo hizo. Ahora dígame lo que puso en el café o le arrancaré la garganta.

El doctor pareció aturdido. Mantuvo la boca cerrada y se negó a hablar. Emmett le golpeó con un derechazo y luego con un izquierdazo, pero el bastardo guardó silencio.

La voz de la señorita Hale penetró a través de la hirviente furia.

—Milord, basta. En este instante. Necesito su ayuda para recuperar la ampolla.

Levantando a Nahuel, Emmett le arrastró hasta el vacío armario ropero y le encerró dentro. Cerró la puerta y se giró para enfrentar a la señorita Hale, con la cara sudada y el pecho agitado.

Sus miradas se cruzaron durante una fracción de segundo. Los ojos de ella se volvieron tan redondos como sus las lentes de sus gafas. Pero la peculiar consciencia entre ellos se vio inmediatamente pinchada por el charloteo triunfante de Dodger.

El maldito hurón esperaba en el umbral, ejecutando una feliz danza de guerra que consistía en una serie de saltos laterales. Claramente estaba deleitado con su nueva adquisición, y aun más por el hecho que la señorita Hale parecía quererla.

—¡Déjeme salir! —gritó Nahuel con voz sofocada, y hubo un violento golpeteo en el interior del armario ropero.

—Esta maldita comadreja —masculló la señorita Hale—. Esto es un juego para él. Se pasará horas haciéndonos bromas con esa ampolla y manteniéndola justo fuera de nuestro alcance.

Clavando los ojos en el hurón, Emmett se sentó sobre la alfombra y relajó la voz.

—Ven aquí, bolita de pelo llena de pulgas. Tendrás todos los panecillos de azúcar que quieras, si me das tu juguete nuevo. —Silbó suavemente y chasqueó. Pero los halagos no surtieron efecto. Dodger simplemente lo evaluó con ojos brillantes y permaneció en el umbral, agarrando firmemente la ampolla entre sus diminutas patas.

—Dele uno de sus ligueros —dijo Emmett, todavía mirando al hurón.

—¿Perdone? —preguntó la señorita Hale secamente.

—Ya me ha oído. Quítese un liguero y ofrézcaselo como intercambio. De otra manera perseguiremos a este condenado animal por toda la casa. Y dudo que Cullen aprecie el retraso.

La institutriz dirigió a Emmett una mirada de resignación.

—Sólo por el bien del señor Cullen consentiría esto. Vuélvase de espaldas.

—Por el amor de Dios, Hale, ¿cree que alguien realmente querría echar una mirada a esas cerillas secas que usted llama piernas? —Pero accedió, volviéndose en la dirección opuesta. Oyó gran cantidad de crujidos mientras la señorita Hale se sentaba en una silla del dormitorio y se levantaba las faldas.

Y sucedió que por casualidad Emmett se había situado cerca de un espejo a tamaño natural, el óvalo estilo cheval se inclinaba arriba y abajo para ajustar al reflejo de uno.

Y él tenía una vista excelente de la señorita Hale en la silla. Y ocurrió la cosa más extraña... le llegó un destello de una pierna asombrosamente bonita. Parpadeó con asombro, y entonces las faldas cayeron.

—Aquí tiene —dijo la señorita Hale bruscamente, y lo lanzó en dirección a Emmett. Girándose, éste logró atraparlo en el aire.

Dodger les examinaba a ambos con interesados ojos pequeños y brillantes.

Emmett dio vueltas al liguero tentadoramente en su dedo.

—Echa un vistazo, Dodger. Seda azul adornada con hilo de encaje. ¿Sujetan todas las institutrices sus medias con una moda tan encantadora? Quizá esos rumores acerca de su pasado impropio sean ciertos, Hale.

—Le agradecería que guardara su civilizada lengua en su cabeza, milord.

La cabecita de Dodger oscilaba de arriba abajo como siguiendo cada movimiento del liguero. Colocándose la ampolla en la boca, el hurón la llevó como un perro en miniatura, acercándose a Emmett con enloquecedora lentitud.

—Esto es un intercambio, viejo amigo —le dijo Emmett—. No puedes tener algo por nada.

Cuidadosamente, Dodger colocó sobre suelo la ampolla y buscó el liguero. Emmett le dio simultáneamente la circunferencia llena de plisados y le arrebató la ampolla.

Estaba medio llena con un fino polvo verde pálido. Bajó la mirada intensamente, comenzando a darle vueltas entre los dedos.

La señorita Hale estuvo a su lado en un instante, agachada sobre las manos y rodillas.

—¿Está etiquetado? —preguntó jadeando.

—No. Maldita sea. —Emmett estaba abrumado por una furia volcánica.

—Déjeme cogerlo —dijo la señorita Hale, haciendo palanca para quitarle la ampolla.

Emmett se puso rápidamente en pie, lanzándose sobre el armario ropero. Lo golpeó con ambos sus puños.

—Maldito sea, Nahuel, ¿qué es? ¿Qué es ésta porquería? Dígamelo, o se quedará allí dentro hasta que se pudra.

No salió otra cosa que silencio del armario ropero.

—Por Dios, voy a… —comenzó Emmett, pero la señorita Hale lo interrumpió.

—Es polvo de digitalina.

Emmett le lanzó una mirada distraída. Ella había abierto la ampolla y la olisqueaba cautelosamente.

—¿Cómo lo sabe?

—Mi abuela solía tomarlo para el corazón. El aroma es como el del té, y el color es inconfundible.

—¿Cuál es el antídoto?

—No tengo ni idea —dijo la señorita Hale, pareciendo más y más afligida por momentos—. Pero es una sustancia poderosa. Una dosis grande bien puede parar el corazón de un hombre.

Emmett volvió a girarse hacia el armario.

—Nahuel—ladró—, si quiere vivir me dirá el antídoto ahora.

—Déjeme salir primero —llegó la sofocada réplica.

—¡No hay negociación! ¡Dígame qué contrarresta el veneno, maldito!

Nunca.

—¿Emmett? —Una nueva voz se introdujo la reyerta. Él se giró velozmente para ver a Bella, Nessie, y Alice en el umbral. Clavaban los ojos en él como si hubiera perdido la razón.

Bella habló con compostura admirable.

—Tengo dos preguntas, Emmett: ¿Por qué enviaste por mí, y por qué estás teniendo una disputa con el armario ropero?

—Nahuel está ahí dentro —le dijo.

Su expresión cambió.

—¿Por qué?

—Estoy tratando de hacer que me cuente cómo contrarrestar una sobredosis de polvo de digitalina. —Fulminó con una mirada vengativa al armario—.Y le mataré si no lo hace.

—¿Quién ha tomado una sobredosis? —exigió Bella, su cara perdió drásticamente el color—. ¿Está alguien enfermo? ¿Quién es?

—Era para Jacob —le dijo Emmett en voz baja, extendiendo la mano hacia ella para sujetarla antes de continuar—. Pero Edward lo tomó por equivocación.

Un grito constreñido emanó de ella.

—Oh Dios. ¿Dónde está?

—En el campamento gitano. Jacob está con él.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Bella.

—Debo ir.

—No le servirás de nada sin el antídoto.

Nessie pasó rozándolos, caminando a grandes pasos hacia la mesita de noche. Se movía con deliberada velocidad, recogió una lámpara de aceite y una caja de cerillas de hojalata, y los llevó hacia el armario.

—¿Qué estás haciendo? —exigió Emmett, preguntándose si su hermana había perdido el juicio totalmente—. No necesita una lámpara, Nessie.

Ignorándole, Nessie quitó la tapa de cristal y la lanzó a la cama. Hizo lo mismo con la mecha del quemador de latón, exponiendo el depósito de aceite. Sin titubear, vertió el aceite de la lámpara sobre el frente del armario. El olor acre de la parafina altamente inflamable se propagó a través del cuarto.

—¿Has perdido el juicio? —exigió Emmett, asombrado no sólo por sus acciones, sino también por su calmado proceder.

—Tengo una caja de cerillas, Nahuel —dijo ella—. Dígame qué darle al señor Cullen, o incendiaré el armario.

—No se atrevería —gritó Nahuel.

—Nessie—dijo Emmett—, incendiarás toda la condenada casa, poco después de haber sido reconstruida. Dame la maldita caja de cerillas.

Ella negó con la cabeza resueltamente.

—¿Estamos iniciando un nuevo ritual de primavera? —demandó Emmett—. ¿La quema-anual-de-la-mansión? Recobra la cordura, Nessie.

Nessie se apartó de él y miró intensamente a la puerta del armario.

—Me dijeron, Nahuel, que mató a su primera esposa. Posiblemente con veneno. Y ahora sabiendo lo que ha hecho con mi cuñado, lo creo. Y si no nos ayuda, voy a asarle como un trozo de pan tostado con queso de Gales. —Abrió la caja de cerillas.

Creyendo que era imposible que hablara en serio, Emmett decidió respaldar su fanfarronada.

—Te lo ruego, Nessie—dijo teatralmente—, no lo hagas. No hay necesidad de…

¡Cristo!

Esto último cuando Nessie golpeó un fósforo e incendió el armario.

No era una fanfarronada, pensó Emmett aturdido. Realmente tenía intención de asar a la parrilla al bastardo.

Ante la primera brillante y rizada llamarada, se produjo un grito aterrorizado en el interior del armario.

—¡De acuerdo! ¡Déjeme salir! ¡Déjeme salir! Es ácido tánico. Ácido tánico. Está en mi maletín médico; ¡Déjeme salir!

—Muy bien, Emmett—dijo Nessie, un poco jadeante. —Puedes apagar el fuego.

A pesar del pánico que corría velozmente a través de sus venas, Emmett no pudo suprimir una risa sofocada. Había hablado como si le hubiera pedido que soplara una vela, no apagar un llameante y enorme mueble. Arrancándose el abrigo, lo arrojó y golpeó salvajemente contra la puerta del armario.

—Estás loca —le dijo a Nessie al pasar a su lado.

—No nos lo habría dicho de otra manera —dijo Nessie.

Alertados por la conmoción, algunos sirvientes aparecieron, uno de ellos un lacayo que se quitó su propio abrigo y se apresuró a asistir a Emmett. Entretanto, las mujeres registraban el maletín médico de cuero negro de Nahuel.

—¿El ácido tánico no es lo mismo que el té? —preguntó Bella, intentando torpemente abrir el cierre con manos temblorosas.

—No, señora Cullen —dijo la institutriz—. Creo que el doctor se refería al ácido tánico de las hojas del roble, no al tánico del té. —Extendió la mano rápidamente cuando Bella casi volcó el maletín—. Mucho ojo, no lo tumbe. No etiqueta sus ampollas. —Abriendo el maletín de carcasa dura, encontraron filas de tubos de cristal pulcramente arreglados que contenían polvos y líquidos. Aunque las ampollas no estaban marcadas, las ranuras en las que encajan habían sido identificadas con tarjetas entintadas. Enfrascándose en la lectura de las ampollas, la señorita Hale extrajo uno lleno de pálido polvo amarillento—. Éste.

Nessie se lo arrebató.

—Déjeme llevárselo —dijo ella—. Sé dónde está el campamento. Y Emmett está ocupado destrozando el armario.

—Yo llevaré la ampolla a Edward—dijo Bella vehementemente—. Es mi marido.

—Sí. Y llevas a su hijo. Si te cayeras mientras cabalgas a paso suicida, él nunca te perdonaría por arriesgar al bebé.

Bella le dirigió una mirada angustiada, con la boca temblorosa. Asintió con la cabeza y habló con voz ronca.

Aprisa, Nessie.

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—¿Puedes hacer una hamaca con lona y palos? —preguntó Jacob al rom phuro —. Debo llevarle de vuelta a Dwyer House.

El líder de la tribu asintió con la cabeza de inmediato. Llamó a un grupito que esperaba cerca de la entrada del vardo, dándoles unas pocas instrucciones, y desaparecieron instantáneamente. Volviéndose hacia Jacob, murmuró:

—Tendremos algo preparado en pocos minutos.

Jake asintió, mirando fijamente a la cara cenicienta de Edward. No estaba bien de ninguna de las maneras, pero al menos los temblores convulsivos y los colapsos cardíacos habían sido temporalmente aplazados. Hurtado de su expresividad usual, Edward parecía joven e indefenso.

Era curioso pensar que eran hermanos y aún así habían pasado sus vidas sin saber nunca el uno del otro. Jake había cargado con su auto impuesta soledad durante demasiado tiempo, pero últimamente ésta parecía haberse desgastado, como un raído traje que se caía a pedazos en las costuras. Quería saber más sobre Edward, intercambiar recuerdos con él. Quería un hermano. Siempre supe que no se suponía que debiera estar solo, le había dicho Edward el día que descubrieron sus lazos de sangre. Jake había sentido lo mismo. Simplemente no había sido capaz de decirlo.

Tomando un trapo, le enjuagó la capa de sudor de la cara. Un silencioso quejido salió de los labios de Edward, como si fuera un niño que sufría una pesadilla.

—Todo va bien, phral —murmuró Jake, poniendo una mano sobre el pecho de Edward, comprobando lo lento y errante de su ritmo cardiaco—. Pronto estarás bien. No te abandonaré.

—Estás unido a tu hermano —dijo el rom phuro suavemente—. Eso es bueno. ¿Tenéis más familia?

—Vivimos con gadjos —dijo Jake, mirando osadamente al hombre por si lo desaprobaba. La expresión del jefe de la tribu permaneció amistosa e interesada—. Una de ellas es su esposa.

—Espero que no sea hermosa —comentó el rom phuro.

—Lo es —dijo Kev—. ¿Por qué no debería serlo?

—Porque uno debería escoger a una esposa usando las orejas, no los ojos.

Jake sonrió ligeramente.

—Muy sabio. —Bajó la mirada hacia Edward otra vez, pensando que comenzaba a tener peor aspecto—. Si necesitan ayuda haciendo la hamaca para llevarle…

—No, mis hombres son rápidos. Habrán acabado enseguida. Pero debe estar bien hecha, y ser fuerte, para llevar a un hombre de su tamaño.

Las manos de Edward se movían nerviosamente, sus largos dedos daban tirones bruscos a la manta que habían puesto sobre él. Jake le tomó de la fría mano y la agarró firmemente, intentando calentarle y reconfortarle.

El rom phuro clavó los ojos en el tatuaje visible en el antebrazo de Edward, las llamativas líneas del caballo negro alado.

—¿Cuándo conociste a Edward? —preguntó quedamente.

Jake le dirigió una mirada alarmada, tensando su agarre protector sobre la mano de Edward.

—¿Cómo sabes su nombre?

El líder de la tribu sonrió, con ojos cálidos.

—También sé otras cosas. Tú y tu hermano estuvisteis separados durante mucho tiempo. —Tocó el tatuaje con su dedo índice—. Y esta marca… tú también tienes una.

Jake lo miró sin parpadear.

Los sonidos de una conmoción menor llegaron desde fuera, y alguien llegó abriéndose paso a través de la puerta. Una mujer. Con sorpresa y preocupación, Jake vio el brillante cabello rubio cobrizo.

—¡Nessie! —exclamó, bajando cuidadosamente la mano de Edward y poniéndose de pie. Desafortunadamente, no podía levantarse completamente en el vehículo de techo bajo—. Dime que no viniste aquí sola. No es seguro. ¿Por qué estás…?

—Estoy intentando ayudar. —Las faldas del traje de montar de Nessie susurraron rígidamente cuando se apresuró a entrar en el vardo. Llevaba una de las manos sin guante, y sujetaba algo en ella. No malgastó ni una mirada en el rom phuro, estaba intentando alcanzar a Jake—. Aquí. Aquí. —Respiraba con dificultad por cabalgar hasta el campamento a un trote suicida, con las mejillas sonrojadas.

—¿Qué es eso? —murmuró Jake, tomando amablemente el objeto, su mano libre fue a frotarle la espalda. Bajó la mirada a la pequeña ampolla llena de polvo.

—El antídoto —dijo ella—. Dáselo rápidamente.

—¿Cómo sabes que es la medicina correcta?

—Hice que el doctor Nahuel confesara.

—Podría haberte mentido.

—No. Estoy segura que no lo hizo, porque en ese momento él estaba casi ar… quiero decir, estaba bajo coacción.

Los dedos de Jake se cerraron alrededor de la ampolla. No había mucha elección.

Podían esperar hasta consultar a un doctor de confianza, pero por la pinta que tenía, a Edward no le quedaba mucho tiempo. Y no hacer nada tampoco era una opción.

Jake procedió a disolver diez granos en una pequeña cantidad de agua, razonando que era mejor empezar con una débil solución que dar a Edward una sobredosis de algún otro veneno. Ayudó a Edward a incorporarse, sujetándolo contra su pecho.

Delirante e inconsciente, Edward emitió un ruido de protesta, como si el movimiento enviara nuevos dolores a través de sus temblorosos músculos.

Aunque Jake no podía ver la cara de Edward, vio la expresión compasiva de Nessie mientras extendía la mano para agarrar la mandíbula de Edward. Ella le frotó los músculos helados y le forzó a abrir la boca. Después de volcar el líquido de una cuchara a su boca, le hizo un masaje en las mejillas y la garganta, persuadiéndole con ruegos para que tragase. Edward tragó la medicina, se estremeció, y descansó pesadamente contra Jake

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—Gracias —susurró Nessie, echando hacia atrás el cabello húmedo de Edward, colocando la palma de la mano contra su frío rostro—. Estarás mejor ahora. Descansa tranquilo y deja que haga efecto. —Jake pensó que nunca la había visto tan adorable como en ese momento, su cara suavizada por la tierna preocupación. Tras unos minutos, Nessie dijo quedamente—. Su color mejora.

Y también lo hizo su respiración, el ritmo irregular se alargaba y ralentizaba. Jake sintió el cuerpo de Edward relajarse, los tensos músculos suavizándose a medida que los principios activos de la dedalera eran neutralizados.

Edward se revolvió como si se despertara de un largo sueño.

—Bella —dijo con voz mal articulada por el opio.

Nessie tomó unas de sus manos entre las de ellas.

—Ella está bien, y esperándote en casa, querido.

—Casa —repitió él con un exhausto asentimiento.

Jake bajó a Edward cuidadosamente sobre la litera y le examinó con aguda apreciación. La palidez como de una máscara se desvanecía segundo a segundo, el color saludable regresaba a su cara. La rapidez de la transformación era poco menos que asombrosa.

Los ojos color cobre se abrieron de golpe, y Edward fijó la atención en Jake.

—Jacob—dijo Edward con un tono tan lúcido que Jake se sintió abrumado por el alivio.

—Sí, phral.

—¿Estoy muerto?

—No.

—Debo estarlo.

—¿Por qué? —preguntó Jake, sorprendido.

—Porque… —Edward hizo una pausa para humedecerse los labios secos—. Porque estás sonriendo… y justo estoy viendo a mi primo Noah allí.

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Gracias por leer.