Era otro día cualquiera como todos los que habían pasado en la vida de Arnold Shortman desde que su abuela había fallecido. Habían pasado ya bastantes años de ello, pero el suceso había marcado un antes y un después en su vida. Un margen de ausencia y soledad del que solo Helga había sido capaz de sacarlo.

El chico abrió los ojos en su habitación con el sol pegándole su calor, como lamiendo su piel, haciendo que se sintiera realmente incómodo. Salió de su casa en silencio, no había nadie a quien darle los buenos o malos días, mínimo no alguien despierto. Phill se la pasaba entre licores y tabaco barato todo el día, gastando la pensión que Gertie dejó por sus años trabajando de enfermera en su juventud.

Como todos los días, al subir al autobús, Arnold esperaba ansioso a encontrarse con la única sonrisa que merecía sus buenos días en el mundo entero. A veces la vida le cedía la buena suerte y Helga Pataki tenía que tomar el autobús, en lugar de ser llevada al colegio por sus adorables padres. Hoy, sin embargo, así como la mayoría del tiempo, la vida no se mostró tan sutil.

Tenía que esperar hasta llegar a la escuela, pero en el ansia, los minutos se pasaban demasiado rápido y él, entusiasmado, se frotaba las manos en secreto dentro de los bolsillos de su sudadera.

-Hey, Phebs- soltó al llegar al asiento con su asiática amiga. Ella le correspondió con una sonrisa picarona.

-Ayer estabas demasiado feliz cuando colgamos por teléfono… ¿A qué se debió esa inexplicable alegría, Arnold?

-Oh, nada especial- suspiró, recordando la noche anterior, mirando a Gerald por el borde del parpado, reparando en su labio roto y el cómo realmente le dolía el estómago después del puñetazo que éste le dio en su pequeña confrontación- me he peleado con Gerald ayer.

-¿Qué?- ahogó un grito su amiga- ¿Pero por qué? Te oías muy bien en la tarde y…

-Sí, mira- suspiró- ayer yo… quería hablar con Helga ¿Sí? Recuerdas cómo le arruiné su salida con Brainy y todo su descabellado plan de enamoramiento hace algunos días… Bueno, me sentí realmente mal y siguiendo tus consejos estaba decidido a hablar con ella y dejar algunas cosas en claro y…

-Arnold, le estás dando muchas vueltas al asunto.

-Yo sé… Es que… Bueno- balbuceó avergonzado- la cosa es que cuando acudí a su casa resultó que el cabello de cepillo me interceptó justo cuando comenzaba a hablar con ella y me enfadé. Nos insultamos un poco y yo… Bueno, yo le solté un golpe en el rostro.

-¡Arnold!

-Vamos, Phebs, si hubieras estado allí tú también se lo hubieras dado. Si no fuera por el hecho de que el chico está loco por ti yo creería que está detrás de Helga sin dudarlo un segundo. Él también me golpeó en el estómago y Helga nos detuvo molesta. Después me marché sin decirle nada de lo que tenía planeado.

-¿Y por qué no me llamaste?

-Porque yo… Bueno…- Arnold sintió como empezaba a sudar y la escuela no estaba lo suficientemente cerca como para evadir la conversación. Buscó un escape pero no lo encontró; ante la incesante mirada de Phoebe, el rubio suspiró y se dio por vencido- no me fui directamente a casa… Primero escuché un poco de su conversación fuera de la ventana antes de irme… ¡Y ya sé que dirás "Aaaarnold"! pero, vamos hermana, era inevitable.

-Bueno…- razonó intentando calmar su ansia de gritar- ¿Y qué escuchaste?

-Que Helga deseaba que yo cambiara mi actitud. Que básicamente no le agradaba mi yo-yo, sino que prefería que fuera más "calmado y tranquilo" cosa que, he de obviar, no soy.

-Amigo…

-No lo digas Phoebe, yo sé que me lo gané. Pensé en echarme alguna poción mágica o llamar a un hada madrina para que me arreglara el tornillo que tengo zafado de la cabeza pero me dio pereza, realmente. No fue la mejor noche, como podrás ver.

-Lo siento mucho…- se sinceró su amiga- yo sé que nada de lo que te diga podrá compensar el mal rato que tuviste ayer seguramente pero… ¿Te parece salir en la tarde? Ir y arrojar piedras el rio o a los botes de basura. Podemos ir a mi casa a ver alguna película o algo.

-Eres un fastidio- sonrió el rubio, tomando a su amiga del cuello con el brazo, haciendo cerillito en su cabeza con delicadeza.

-o-

Helga siempre esperaba a su mejor amigo afuera del edificio, en la entrada, con su cabello cayendo a los lados como cascadas de oro, sus labios suaves y sus vestidos blancos bien planchados. Siempre pero no hoy. Arnold buscó con la mirada por todo donde pudo y no había rastros de la niña con cabellos dorados. Phoebe se alzó de hombros y ambos se dirigieron al salón, poco después de ir a sus respectivos casilleros por más costumbre que otra cosa.

Cuando los ojos de la rubia divisaron a Arnold entrar por la puerta se encendieron como no lo habían hecho en mucho tiempo. La sudadera del rubio le cubría hasta más debajo de la cadera y traía pantalones oscuros. Su mirada cortante e indecisa también se encontró con ella. El salón estaba vacío y solo los rubios y Phoebe respiraban lo denso que se sentía el ambiente. Parecía que los tres esperaban algo de lo que no podían estar seguros.

Shortman fue el primero en moverse y dirigirse a la chica, que de hecho estaba en su asiento de todos los días. Se veía rara con ese par de coletas a los lados, ridícula(mente hermosa) se repetía el chico.

-Hey, Pataki, estás en mi lugar- intentó ser directo y suave.

-¿Disculpa?- preguntó, soltando de pronto el mal día que apenas había comenzado.

-Lo que escuchaste- se mordió la lengua para no soltar algún insulto.

Helga miró como detrás del chico una pelinegra los veía como queriendo no estar allí, interrumpiendo algo importante.

-Phoebe ¿Podrías ser tan amable de decirle al cabeza de balón que puede irse a decir tonterías a otro lugar?- respondió poniéndose de pie-. No tuve una buena mañana el día de hoy, melenudo, así que si no te molesta quiero dejar de ver tu horrible cara por el momento así que lárgate.

La habitación de repente había dejado que el calor de la mañana se escapara a través de las paredes y el frío ambiente cayó sobre los hombros de Arnold, como golpeándolo contra el pavimento en una carrera a toda velocidad. El corazón le latió tan fuerte que sintió que desde donde se encontraba Helga, podía oírlo perfectamente.

-¿Pero quién demonios crees que eres?- preguntó Arnold.

La gente comenzaba a entrar, entre distraída y curiosa de la extravagante escena, Gerald era uno de ellos, viendo el pleito como sin dar crédito a sus ojos.

-Helga G. Pataki, muñeco, y no quiero volver a advertirte que des la vuelta a tu tonta cara y regreses por dónde has venido.

-Escúchame bien, orejas de chivo, entiendo que estés molesta por lo que pasó ayer y porque le haya roto la cara a tu adorable novio Gerardo, pero esto es absurdo, de repente crees que puedes decir lo que quieras y verte como una ridícula fanfarrona.

-¿Es en serio? ¿Qué tiene que ver el cabeza de cepillo en todo esto? Phoebe ¿Tú entiendes algo? Porque yo no.

-Helga…-le llamó el moreno, siendo acallado por la muchacha.

-De ti no quiero oír palabra, grandísimo tonto. ¿Qué sucede con todos ustedes? Parecen bobos ahí parados. Date la vuelta, Arnoldo y búscate otro asiento.

-No.

-¿NO?- explotó la joven que no estaba entendiendo ni siquiera la mitad de las cosas que estaban pasando a su alrededor. Todo el mundo la miraba como si hubiera perdido la cabeza de repente. El profesor se abrió paso de entre los estudiantes con rapidez y al cruzar mirada con Helga la chica rodeó los ojos- ¿Sabes qué? No tengo tiempo para esto, quédate con tu cochino asiento y cuando dejes de actuar como un total cretino me hablas ¿Va?

Dicho esto, salió por donde había entrado, dejando consternado a la mayor parte de la gente. Arnold soltó su mochila en el asiento y con esta, un suspiro preocupado. Gerald le tiró una mirada como si de flechas envenenadas se tratasen y estaba por salir corriendo tras de su compañera cuando fue detenido por el maestro. Arnold le sonrió bárbaro y desafiante, haciéndolo enfadar aún más, pero ocultándolo al mundo, se sentía la persona más miserable en el mundo existente y por existir.