Mis disculpas por no poder haberlo tenido a tiempo.

En compensación, capítulo extra-largo :)


ESPERÁNDOTE

Los primeros días estuvo a punto de volverse loca…

Estaba muerta… Muerta para Moko-san, muerta para Tsuruga-san… Muerta para el pequeño mundo que había logrado construirse… No podía ni imaginar el dolor que le estaría causando a aquellos que le importaban… A su adorada Kanae, dura y fuerte como la piedra más hermosa… A la pequeña María, que había vuelto a perder a un ser amado, la pequeña hermana que la vida le regaló… Chiori, Takarada-san, los Ishibashi, Yashiro-san… Él…

Iba a perderlo todo…

Iba a quedarse sola de nuevo…

Había perdido su trabajo, su carrera, sus estudios… Arrancada de raíz de la vida que una vez conoció, dando vueltas por todo Tokyo, cambiando de un sitio a otro… No más de seis horas en el mismo sitio… Siempre a la carrera… Vértigo, vértigo, sueños, pesadillas, gritos sofocados, y de nuevo los cristales negros de un coche… Otra vez en marcha, otra vez a esconderla… Moviéndose, ocultándose… Caras desconocidas, que cambiaban rápido, que la llevaban sin hablar de un apartamento vacío a una habitación de hotel… Y vuelta a empezar…

Un día paró.

Un día todo se detuvo.

Esa tarde llegó Megure. Satoki le seguía, con una caja en sus brazos y un bolso de viaje colgado del pecho. Su sonrisa desentonaba con el semblante serio de su jefe. Delante de una taza de té, preparada por uno de sus guardianes, Megure empezó a hablar.

Le explicaron cómo iba a ser su vida hasta que declarase en el juicio. Cómo se organizarían los turnos de vigilancia, los días en cada piso franco, los nombres de quiénes la custodiarían, qué es lo que podía y lo que no podía hacer con su tiempo entre cuatro paredes… Luego le habló sobre su futuro. Megure lo hizo lo mejor que supo. Fue realista sin resultar frío… Práctico… Eficaz… Le expuso todas sus opciones. Contestó a todas sus dudas y sobre todo, no le ocultó la verdad. Que puede que jamás recuperase su vida. Que tuviera que empezar de nuevo, en otro sitio, con otro nombre. Y que nunca, nunca-nunca, debía volver a actuar. Puede que fuera una novata, pero era conocida. Y además, la prensa no había hecho otra cosa que publicar su cara en todos los medios. Así que no. No valía el riesgo…

En la bolsa que le trajeron estaba su propia ropa, y en la caja, sus libros de texto y sus apuntes, porque el Taisho, le dijeron, había insistido en que debía seguir estudiando, y que debía estar lista y preparada para cuando la ocasión lo requiriera. Ella sabe que era su forma de hacerle saber que iba a volver. Si se presentaba a esos exámenes, sería porque había vuelto, porque estaría de nuevo con ellos. En la bolsa, cuidadosamente envueltos en su pijama, la Okami había guardado sus bienes más preciados, la mágica Corn y Princesa Rosa. Con ellos había dos darumas pequeñitos, de madera, rojo intenso uno y amarillo brillante el otro, con solo el ojo derecho pintado. El izquierdo no se pintaría hasta que el deseo solicitado se cumpliera, como eterno recordatorio de un deseo. Un mensaje de su Okami-san. Suerte y buena fortuna el rojo, y el amarillo para seguridad y protección. Se sintió ligera. Sintió un peso levantarse de su corazón. Ahí fuera sabían que ella vivía y rezaban por su vuelta. El Taisho y Okami-san protegerían su secreto, y lo más importante: la recordarían. Ellos no la olvidarían.

Sus guardianes eran siempre los mismos. Cambiaban los días y los turnos, pero invariablemente eran las mismas caras... Siempre eran amables, pero la trataban con cierta distancia, como si temieran crear lazos con ella, como si fuera una cosita que se fuera a romper en cualquier momento… O como si fuera a dejar de existir si apartaban la vista de ella un momento. También estaba Satoki, con sus tonterías, que de vez en cuando le arrancaban alguna sonrisa, y Megure, con sus visitas sin previo aviso, constantemente supervisando y comprobando que todo se estuviera haciendo bien, y que estuviera cómoda y a salvo. De alguna manera le recordaba a su Taisho... Y luego estaban los 'chicos'…

Sus chicos, dos gorilas inmensos que hacían sombra… Los mismos que conocería Ren la noche en que le permitieron ver a Kyoko.

Morinaga no hablaba mucho, pero escuchaba atentamente… Después de hacer las comprobaciones de seguridad, se sentaba junto a la muchacha, normalmente estudiando o pasando canales en la televisión, y se ponía a dibujar. Como eran los suyos dibujos al carboncillos, llenos de detalles, siempre estaba con las manos manchadas de negro. En una ocasión le regaló a Kyoko una lámina en la que seis etéreas hadas danzaban en círculo en un claro lleno de flores… De más está decir que la imaginación de Kyoko se disparó y en su cabeza acabó ella danzando con las mágicas criaturas.

El segundo de sus chicos se llamaba Tatsukura, entrenador del equipo de softball de su niña (una criatura preciosa, de siete añitos, que había salido a su madre, gracias sean dadas a Kami-sama, decía…) y artífice de los más exquisitos muffins de chocolate y nueces que haya probado en su vida (o en su muerte…, que para el caso es lo mismo…). Oh, se pasaban horas intercambiando recetas o realizando experimentos de alto riesgo en la cocina… Almas gemelas culinariamente hablando. La cocina con el Taisho era relajante, tranquilizadora, con movimientos precisos, exactos, donde cada gesto tenía un propósito y un fin. Pero cocinar con Tatsukura era una fiesta. Una aventura… Ver a ese hombre enorme mezclando harina, huevos y lo que se ofreciera, con una sola mano, mientras con la otra atendía sartenes y calderos, y cómo las verduras volaban de un lado a otro de la cocina… Casi era mágico… Y tenía tal habilidad con la técnica del katsura-muki que creaba flores hermosísimas que dejaban en absoluta vergüenza a aquella que le había valido la entrada en LME.

Les solía tocar los turnos juntos, y Tatsukura, gran conversador, les hacía hablar casi sin querer, sí, también a Morinaga… Y entre uno y otro, acabaron sonsacándole toda su vida (más Tatsukura que Morinaga, hay que decirlo…). Pronto llegaron a una conclusión. Ellos insistían en que lo más probable era que su senpai estuviera enamorado de ella, pero que callaba debido a su corazón roto y su disposición anti-romántica, porque no por nada era el miembro nº 1 de la sección Love Me.

Ella lo negaba por supuesto, pues tal idea no podía ser cierta. De nada valía que ella, en la soledad de su dormitorio, ya lo hubiera pensado mil veces… Aunque oírlo en voz alta, de boca de otros, se sentía como una abominación, por más que negarlo le rompiera el corazón… Se sentía desleal con su senpai por rebajarlo al nivel de 'gustarle' una poca cosa como ella.

Pero la idea quedó ahí… Y todos los 'Y si…' que alguna vez pensó, volvieron a despertar…

Y cierta conversación con un pollo, también…


Solo Megure le traía noticias del Darumaya, muy de tarde en tarde. Debía hacerse con cuidado, pues alguien como él podría estar siendo vigilado. Sus hombres y él adoptaban mil precauciones en sus desplazamientos, pero todo cuidado es siempre poco. Y más con la yakuza involucrada. Del resto de sus seres queridos y conocidos se enteraba por la televisión. Como no le dejaban conectarse a internet, se encontró viendo más programas de corazón y variedades como nunca antes… Ciertamente era una ventaja que estuvieran en el mundo del espectáculo… Pero sobre todo, lo buscaba a él. Bebía de cada cotilleo, de cada anuncio o dorama emitido, de cada rumor que lo involucrara a él… Todos decían lo mismo… La misteriosa desaparición de Tsuruga Ren… LME no daba explicaciones sobre su ausencia. Y eso a Kyoko la mataba… La angustia del no saber hacía que sus sueños se poblaran de pesadillas en las que la oscuridad lo alcanzaba y él se rendía y no luchaba por escapar, hasta hundirse en el abismo y desaparecer… Porque ella no estaba a su lado para rescatarlo, como aquella vez…

Una noche lo vio. La noticia de la semana: Tsuruga Ren vuelve a la escena. El vídeo era muy corto. Yashiro-san y él saliendo del coche y entrando en los estudios, sin contestar a las preguntas impertinentes y maleducadas de los paparazzi que por allí revoloteaban. Pero para Kyoko está claro. Ha perdido peso, y en sus ojos hundidos Kyoko apuesta a que se ha usado el corrector antiojeras. Seguro que no ha estado comiendo bien… Ni durmiendo. Oh, seguía igual de atractivo como siempre. Un hombre como él tendría que estar lleno de cicatrices para dejar de serlo (e incluso así, ella tenía sus dudas…). Pero además, su semblante serio, sin dignarse siquiera a otorgarle a los buitres su aterradora falsa sonrisa, le decía a Kyoko que las cosas no estaban bien con él… Se le encogió el corazón al verlo en tal estado…

Los programas empezaron a comentar la vuelta al trabajo de Tsuruga Ren, y volvieron los rumores malintencionados sobre su ausencia. Una pasión tórrida, una clínica de desintoxicación, un secuestro, e incluso alguno deja caer la idea de un luto privado curando la pena por la muerte de su querida-kohai-y-más-que-probable-amante… A Kyoko le dieron ganas de vomitar… Jamás entenderá esa obsesión por meterse en las vidas ajenas, por saber los detalles íntimos y privados de un desconocido. Porque por muy famosos que sean, pocos los conocen… Y si no los saben, los inventan. Agh, despreciable… La gente se enamora de su personalidad pública pero ignoran a la verdadera persona que hay tras las máscaras… Y pocos conocen a Tsuruga Ren… Oh sí, todos saben que es guapo, extremadamente amable y caballeroso, pero pocos han visto, y menos aún, sufrido en carne propia, su malhumor o su enojo, o su extraño sentido del humor, lleno de burlas y chanzas. Tampoco saben lo generoso en su perdón que es, ni su preocupación genuina por aquellos que le importan, ni su sonrisa verdadera, reservada solo para su círculo más íntimo. Y jamás sabrán de sus pesadillas o del pasado oscuro con el que carga y que le acecha por las noches…

No… No conocen al hombre que hay detrás de Tsuruga Ren.

Y una tarde en que la trasladaban a su siguiente refugio, pocos días después, cuando jamás pensó volver a escuchar su voz, oyó cómo él gritaba su nombre. Su cuerpo se paralizó, el aire se atascó en su garganta, y justo cuando pudo girar la cabeza y susurrar '¿Tsuruga-san?', sus guardianes tiraron de ella y se la llevaron de allí a toda prisa. ¡Dios mío! ¡Era él! Increíble…, como si fuera una película en blanco y negro, como si fuera parte de un guión de cine…, de todos los hoteles de Tokyo tenía que venir al suyo… Ella ya no pensaba, paralizada por la conmoción, y su cuerpo, que no le respondía, era prácticamente transportado en volandas a través de los pasillos de servicio hasta huir por la zona de carga y descarga del hotel. Mucho más tarde, casi de madrugada, Megure la sometió a un interrogatorio al respecto. Por más que se empeñara ella en manifestarles que Tsuruga Ren jamás sería una amenaza para ella, Megure tenía sus dudas. Decidieron trasladarla de nuevo un par de horas después. Por si acaso…

Las semanas pasaron, copias unas de otras, con sus mismas rutinas, salvo en la ubicación. Hasta el día en que Megure entró por la puerta hecho un basilisco. Sí, ese animal de leyenda que te mataba al instante si tus ojos osaban cruzarse con los suyos. Los gestos bruscos y enojados de Megure hicieron que Kyoko se encogiera y cerrara los ojos anticipando un golpe que —ella sabía— jamás iba a llegar. Cuando por fin se atrevió a abrirlos, pudo ver a Megure, de pie frente a ella, conteniendo su ira mal dirigida. Le lanzó al regazo un expediente y le dijo:

—¿Cómo demonios ha llegado hasta mí?

Ella, intentando serenarse igual que Megure, aunque por razones distintas, respiró hondo antes de abrir el expediente que tan 'amablemente' le cedió Megure.

Lo primero que vio fue una foto de Tsuruga Ren, su senpai, sujeta con un clip. Frunció el ceño extrañada. Le seguía una serie de fotocopias: una partida de nacimiento, un pasaporte, un historial con los coches registrados a su nombre, una solicitud para el uso oficial de un nombre artístico, una ficha policial de menores, escrita en inglés, con casi todas las líneas tachadas en negro, y finalmente, y esto fue lo que hizo que su corazón empezara a volverse loco, un recorte de periódico, también en inglés, de un accidente de tráfico ocurrido hace siete años. Con reportaje fotográfico incluido.

Todos tenían en común el mismo nombre: Hizuri Kuon.

Salvo que la foto del principio es Tsuruga Ren.

Salvo que la foto de hace siete años es su Corn adolescente.

Salvo que Tsuruga Ren es Hizuri Kuon.

Su Corn… Su príncipe de las hadas…

Kyoko empezó a ver puntitos centelleantes que danzaban ante sus ojos, brillando como diminutas estrellas. Después vino el zumbido en sus oídos que anunciaba el desmayo inminente. Megure seguía hablando y Kyoko le escuchaba lejano, como si estuviera hablando desde dentro de una caja… Después, todo fue oscuridad…


Cuando despertó se sorprendió al encontrarse con tres rostros ansiosos que la estaban mirando preocupados. Ella no pudo evitar el sobresalto. Se llevó la mano al pecho, y la otra resulta que la tenía Morinaga, que le estaba ayudando a incorporarse lentamente. Ahogó un gemido cuando recordó el motivo de su desmayo y se lanzó a por los papeles que ahora estaban en la mesa. Volvió a leerlos, devorando cada fragmento de la información contenida allí.

Hizuri Kuon. Tsuruga Ren. Hizuri Kuon…

Corn…

El joven Hizuri Kuon es su Corn…

Tsuruga Ren es Corn. El Corn de Guam…

El mundo amenazó con oscurecerse nuevamente.

—Mogami-san… —le dijo Megure.

Kyoko seguía sometida al vértigo de emociones que la estaban volviendo del revés. Es que jamás pasó por su cabeza… No, no puede ni pensarlo… Jamás pasó por su cabeza que aquel Corn que la besó en Guam fuera realmente Tsuruga-san. Bueno, Hizuri Kuon…

Vueltas, vueltas, y más vueltas… Ahí estaba. La pieza final. La razón del abismo de oscuridad. La razón de sus pesadillas. Atropello y fuga con resultado mortal. Rick. Su amigo. Peleas. Combates. Apuestas. Sangre en las manos…

La razón por la que no se permitía ser feliz…

Su castigo…

Y luego, como si Megure por fin se diera cuenta de que una simple civil sin acreditación de seguridad alguna no debería estar viendo estas cosas, le arrebató el expediente de las manos… Pero ya era tarde. Ya el daño estaba hecho…

—Mogami-san… —repitió Megure.

Al oír de nuevo su voz, Kyoko volvió de donde fuera que sus reflexiones la habían llevado. Alzó la cabeza y lo miró a los ojos.

—¿Sí, Megure-san? —le dijo ella con su voz de Okami. Una voz cordial pero que no revela nada. Un muro de educación y urbanidad. Un muro tras el que esconderse…

—No sabías nada de esto, ¿verdad? —preguntó levantando los papeles frente a él.

—A la vista está que no, Megure-san… —cruzó las manos sobre el regazo, y enderezó la espalda—. Dígame... ¿Qué ha ocurrido hoy para tenerle así?

Megure entrecerró los ojos decidiendo si contarle o no lo que había sucedido… Pero ya que había sido él quien había entrado en tromba lanzando las bombas sobre Tsuruga Ren, pues bueno…, más valía contar la historia completa…

—Se ha presentado hoy en mi despacho preguntando por ti, Mogami-san. ¿Cómo demonios lo ha hecho? ¿Cómo ha llegado precisamente a mí? ¿Cómo redemonios sabe que te tengo? —alzó las manos en un gesto de frustración y soltó un rezongo que solo Kyoko oyó—. ¿Sabes que este hombre lleva más de un mes intentando que el Taisho y la Okami le confirmen que estás viva? —las manos de Kyoko se aprietan con más fuerza—. No, claro que no lo sabes… Porque desgraciadamente te vio. Y eso no puede cambiarse… Yo he intentado hacerle ver que se equivocó y todo eso… Que se confundió y punto. Pero eso no explica cómo demonios se me pone delante y me llama mentiroso a la cara…

Kyoko reprime una sonrisa antes de contestarle.

—Hmm, pero después de todo, sí que le estaba mintiendo, ¿verdad?

Ese comentario le vale a Kyoko una mirada cargada de puñales por parte del policía.

—Lo vuelvo a repetir… ¿Cómo demonios lo ha hecho?

—No tengo la menor idea, Megure-san… —el aura de inocencia que la rodea es auténtica. ¿Cómo iba a saberlo ella?

—Este hombre nos traerá problemas, lo sé…

Kyoko suspira, le sonríe suavemente al policía y comenta:

—Él nunca se rendirá, Megure-san…


A pesar de sus chicos y de estas rutinas creadas, la mayor parte del tiempo Kyoko estaba a solas con sus pensamientos. Cosa peligrosa para alguien enamorado que lo ha perdido todo. Y pasó lo inevitable… Empezó a pensar '¿Y si es verdad?', '¿Y si es verdad que él me ama?'.

Especialmente después de esa noche, en todos sus sueños el verde se mezclaba con el castaño, y besos robados y declaraciones de amor del príncipe de las hadas se repetían sin fin. Y ya despierta, se pasaba horas frente a sus descuidados apuntes considerando sus momentos con él… Reinterpretando cada gesto, cada mirada, cada beso que no llegó a ser…

El accidente de tráfico durante el rodaje, la noche de los hermanos Heel…

Es que parecía que era ella quien lo salvaba de la oscuridad… Si fuera sincera consigo misma, diría que era ella misma quien lo rescataba una y otra vez… Demonios, él se lo dijo… Se lo dijo en Guam, 'Gracias. Has sido mi salvación'. Y en más de un sentido, si interpreta bien las cosas…

Pensando… Pensando…

Todo lo que sabe de él, todo lo que ha vivido con él, ahora tiene sentido… Hay cosas que desconoce, desde luego, por ejemplo, cómo fueron su padre y él capaces de tratarse como dos desconocidos, o por qué no mantiene contacto con sus padres. Pero sí que sabe por qué mantiene al mundo tras un muro… La culpa y el remordimiento. Su condena. Apostaría cualquier cosa a que ese reloj roto que siempre lleva consigo tiene algo que ver en esta negra historia suya. Sus grilletes… Resulta que Kyoko entiende bien de muros. Lleva haciéndolo toda su vida… Los muros, o las cajas, que para el caso es lo mismo, se construyen para evitar el daño, para no ser rotos de nuevo. Pero al hacerlo, uno deja cualquier posibilidad de dicha o felicidad por fuera… Y eso es tan solo una vida a medias…

Pero son sus conversaciones con el pollo (o polli-pato) las principales escenas a las que su memoria siempre vuelve. Es ella. Tiene que ser ella… Si usamos la lógica (y la hipótesis de sus chicos sugiere el mismo resultado…), no hay nadie más en su vida que encaje en su descripción…

Es ella…

La ama.

Y otro de esos días iguales, vuelve Megure hecho una fiera farfullando improperios contra Tsuruga Ren… Que si es un grano en el culo, que le está tocando las narices, que esas aventuras nocturnas solo van a conseguir que lo maten… Esa es la noche en que una muchacha, personificando a una furia del infierno de cabellos negros y ojos de oro, rodeada de todo su séquito sobrenatural, realiza con Megure el trato de una vida por otra… No es una amenaza. Es una exigencia. Una vil manipulación.

Un chantaje.

Porque él la está buscando.

Y no parará.

Él no va a rendirse…

Y la noche última en que Megure transige y cede, cual junco doblado al viento más fuerte (más que nada porque no le queda otra, aunque no debe olvidarse ese punto atrayente de ser espectador de primera fila de un dorama romántico real), ella lo sabe.

Primero ve cómo sus chicos reciben mensajes al mismo tiempo. Se miran entre sí y después la miran a ella. Luego revisan por enésima vez el perímetro, las alarmas y los accesos. Miran el reloj constantemente. Vuelven a revisarlo todo. Vuelven a mirarla. Con aparente paso firme, Kyoko se pone en pie, va hasta la cocina y pone agua al fuego para un té. Lo deja reposando y luego regresa a su dormitorio y se sienta en la cama. Esperando. Las manos le tiemblan, el corazón le va a mil. Los nervios se la comen… Sabe que él viene. Algo dentro de ella vibra como nunca antes. Teme, y a la vez desea, que él la haya encontrado. Porque en su cabeza, hace semanas que un pensamiento se le clava en el alma una y otra vez: "Si de veras me ama, me encontrará…".

Pues bien…

La encontró…


Y ahora, verlo marchar solo hace que su pobre corazón sangre una vez más. Porque todos los sueños morirán antes incluso de nacer. Ni siquiera lo intentes… Soñar con una vida a su lado solo es eso. Un sueño… Una historia de amor muerta antes de empezar. La nada… Ni siquiera podrá volver a ser su kohai. Ni siquiera volverá a encontrárselo por los pasillos de LME. Porque todo eso se acabó. Ya no vivirá la vida que se supone le aguardaba. La aceptación y la renuncia van de la mano. Y dejarlo marchar duele como si le rasgaran las entrañas. Eternamente la renuncia. Ponerse a sí misma a un lado por el bien del otro… Es amor…

Esperaba, deseaba, con ese anhelo feroz de los que ya no tienen nada más, poder volver a ser Mogami Kyoko. Pero tampoco se llamaba a engaño. La ciega tonta que tejía fantasías de una vida feliz murió con Shotaro. Lo sabe. Nunca recuperará su vida. Nunca volverá a actuar… Pero no importa. Es por amor. Es un acto de amor y de triste supervivencia. Es por amor que renuncia a ellos. Es por amor que renuncia a ella misma. Una vez más… Porque los quiere saber a salvo. Vivos. Es por amor…

Mientras tanto, aún se le ha concedido un regalo…

Una vez más.

Megure le ha concedido una visita más.

Con Corn apretada fuerte sobre su corazón, lanza un suspiro al aire y un deseo a una estrella. Es lo único que puede hacer mientras aguarda.

Esperándole.