Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama.


— Capítulo 21 —

La vida en la balanza

Eren no pudo poner resistencia, tampoco negarse ni mucho menos enfrentar a quienes le apresaban para llevarlo al carruaje militar y trasladarlo al ayuntamiento de la ciudad. Y si bien los funcionarios de la hacienda estaban para protegerlo, nadie pudo ayudarlo. Ni siquiera Hanji, que había acompañado a Irvin a la ciudad por asuntos de trabajo.

Confundido y preocupado, Eren fue sacado de la hacienda y trasladado en calidad de prisionero para ser interrogado y posteriormente enjuiciado por un cargo que él conocía bien: adulterio. Su implicancia en la acusación era incuestionable, y aunque se reconocía culpable, no tenía motivos para confesárselo a la iglesia; ellos no lo conocían y no tenían derecho sobre su persona, mucho menos sobre Rivaille y su bebé. Eren solo sabía que mientras ellos estuvieran a salvo todo estaría bien, y que si alguien osaba dañarlos lo pagarían caro.

Eren no se consideraba demasiado religioso. Asistía a misa todos los domingos pero solo como formalidad y para acompañar a Irvin en calidad de consorte. Su vida en Shiganshina lo había privado de una buena educación religiosa. Su madre le leía e instruía, intentando adoctrinarlo en la leyes divinas que la iglesia impartía, pero Eren poco caso hacía, prefiriendo pasar las tardes jugando en las calles del distrito o descansando en los campos a la entrada del estado, soñando con el mundo exterior.

Fueron cuarenta y cinco minutos de incertidumbre y reflexiones para Eren. El carruaje con los emblemas del estado se detuvo en un imponente edificio en pleno corazón de la ciudad. Ya había anochecido. Eren bajó con la ayuda de dos soldados y sus ojos se estamparon con la fachada del ayuntamiento. Ignoraba las pautas que seguía la iglesia para estos casos, así que solo se dejó guiar en silencio mientras observaba a su alrededor luego que las miradas de extraños recayeran sobre él con aire displicente.

Fue conducido por unas escaleras hacia el subterráneo del edificio, y, a medida que bajaba, la temperatura parecía aumentar entre ladrillos de piedra y antorchas que alumbraban el lugar. Cruzaron un portón de acero y se detuvieron en una celda, la penúltima del corredor. Uno de los soldados se encargó de abrirla con la llave que portaba en uno de los bolsillos de su uniforme y obligaron a Eren a ingresar, aunque este se resistió lo suficiente como para hacer notar su descontento.

Ni siquiera le miraron a los ojos; se marcharon luego de encerrarlo y sin decirle nada, aunque Eren había preguntado en más de una ocasión qué le pensaban hacer y qué le sucedería.

—¡Oigan! —gritó al ver que se alejaban sin siquiera quitarle los grilletes de las muñecas. Estos le pesaban y molestaban.

Estaba completamente solo; no había más reos en las celdas contiguas; ni siquiera en el mismo pasillo. Suspiró y observó la celda. Había solo una litera y dos antorchas adosadas a las paredes. Eren se acercó con recelo a la cama, dudando en sentarse en ella. Apostaba que era una cama con colchón de paja y sábanas ásperas. Ya se había acostumbrado a las comodidades que tenía en la hacienda, aunque había pasado toda su vida durmiendo en una cama idéntica a la de la celda. Fue entonces cuando entendió cuánto había cambiado su estilo de vida y lo que las palabras de Rivaille significaban ahora, luego que le propusiera fugarse juntos.

Bajó el rostro con pesar y terminó sentándose en la cama. Debía admitir que estar tanto tiempo de pie ya le resultaba incómodo. Había notado y, por lo que Hanji le había explicado, que su cuerpo se estaba adaptando cada vez más al bebé. Su columna incluso había experimentado un ligero cambio, lo que le provocaba malestares que le forzaban a buscar nuevas posiciones de descanso. También notaba una diferencia en su respiración; según Hanji, eso se debía al aumentado de la presión intraabdominal; el bebé crecía cada vez más, y eso modificaba la estructura física de Eren.

Por la situación en la que se encontraba había olvidado que debía preocuparse por la seguridad y estabilidad de su bebé. Desde hacía rato no lo escuchaba moverse, seguramente por lo que estaba pasando. Hanji le había explicado que a estas alturas del embarazo, el mecanismo auditivo del bebé ya era estructuralmente comparable con el de un adulto. Las respuestas de Hanji eran incuestionables y tranquilizadoras gracias a los estudios que había llevado a cabo, al igual que sus colegas, quienes con estudios y bases experimentales en embarazos tanto masculinos como femeninos, habían llegado a sorprendentes descubrimientos.

"La similitud entre un embarazo femenino y masculino aún está en proceso de investigación, pero la mayoría de los parámetros identificados son similares y carecen de mayores alteraciones". Las palabras de Hanji siempre eran extrañas, pero cuando hablaba mostraba una pasión indiscutible por la ciencia.

Eren se acarició el vientre.

—Estoy bien —le dijo al bebé, sintiendo tras unos minutos de espera un ligero movimiento. Se relajó por ello; al menos se tenían el uno al otro en esos momentos—. Saldremos de aquí, ya lo verás. No tienes que preocuparte —añadió.

Cerró los ojos y trató de relajarse; lo más importante era mantenerse tranquilo por el bien del bebé.

El silencio del lugar era abrumador y la penumbra sofocaba. Eren quiso alejar de su mente aquellas incómodas sensaciones y comenzó a pensar en cómo se había divulgado su relación con Rivaille. Pensó en los posibles sospechosos. La lista no era muy amplia. Los funcionarios de la hacienda eran posibles candidatos, incluso que Irvin pudo haber dicho algo, pero tan pronto pensó en él lo descartó. Él había accedido a mandar a Rivaille lejos, con el propósito de protegerlo de la iglesia, y era obvio que no deseaba que su propio consorte terminara enjuiciado. No habían muchas personas que pudieran descubrir si relación furtiva, pero quizá había pasado algo por alto, algo que no había visto o notado.

Acaparó una bocanada de aire y luego la soltó mientras se tendía en la litera. Especular y sacar conclusiones equivocadas no le traería más que dudas y temores, aunque eso no le privaba de pensar en Rivaille. Intentaba imaginar lo que estaba haciendo ahora. Quizá se encontraba en pleno campo de batalla, demostrando cuán hábil era en combate. Tal vez estaba descansando, comiendo o limpiando su equipo de maniobras. Eren había notado esa afición de Rivaille por la limpieza. Siempre que podía, Rivaille, en sus ratos libres, ordenaba y limpiaba todo lo que se encontraba a su paso. Su habitación en la hacienda relucía sin una mota de polvo. Eren sonrió al recordar las ocasiones en las que lo había sorprendido ordenando algún cuadro o despolvando algún mueble de la casa, como si esa labor fuera parte de su rutina diaria.

Con el correr de las horas, Eren comenzó a pensar en más cosas. No podía evitarlo. La soledad y el silencio eran enemigos peligrosos si se combinaban en circunstancias como las que Eren atravesaba. Sabía de lo que la iglesia era capaz con los pecadores, había escuchado muchos rumores sobre los métodos del santo oficio para obligar a las personas a admitir sus pecados, así como también la clase de castigos que aplicaban. En ese momento temió por su bebé. Si la iglesia lo encontraba culpable de adulterio y sabían que el bebé no era producto de su matrimonio con Irvin, quizá le harían algo. ¿Se lo quitarían? ¿Le obligarían a perderlo? Eren puso ambas manos en su vientre de manera instintiva. Nadie podría quitarle a su hijo. Nadie iba a hacerlo.

—Nadie —murmuró con seguridad, fijando su mirada en su vientre. Ni siquiera la iglesia lo iba a hacer. Ellos no tenían derecho a apagar una vida o separarlo de su bebé, pero lo que en realidad temía era el destino que tendrían ambos luego que el santo oficio dictaminara una sentencia. ¿Lo absolverían? ¿Lo ejecutarían? Eren temía más por su hijo que por sí mismo, incluso más por Rivaille, porque si la iglesia decidía ejecutarlo, Rivaille podría cuidar al bebé. Eso le tranquilizaba.

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Eren ignoraba cuánto tiempo llevaba encerrado en el subterráneo del ayuntamiento. Suponía que algunas horas, porque tenía sueño y hambre. Su apetito parecía haber aumentado en las últimas semanas. "Debes comer por dos", le había dicho Hanji luego que viera a Eren pasar tiempo considerable en la cocina de la hacienda, aunque su figura esbelta no había variado en lo absoluto. Por lo mismo, Hanji le había ideado una dieta alimenticia especialmente para que aumentara unos kilos. "Sigues bajo de peso", le había dicho al examinarlo ayer por la mañana. Para las semanas de embarazo que llevaba, el cuerpo de Eren seguía viéndose delgado, quizá por el estrés o porque simplemente su estructura física era así.

Se acarició el vientre y trató de dormir, pero hacía calor y la litera le resultaba incómoda. Aun así, intentó descansar por el bebé.

Pasaron unas cuantas horas más hasta que Eren se despertó por el sonido de la puerta al final del pasillo y unas pisadas que parecían hacerse cada vez más próximas. Se incorporó con pesadez de la litera —había dormido bien a pesar de la precariedad del colchón de paja— y aguardó expectante.

Irvin apareció en ese momento. Eren se sobresaltó y no dudó en acercarse a la reja, sujetándose de ella.

—Comandante... —pronunció con ansiedad. Imaginaba que había llegado para sacarlo de allí.

Irvin lo vio fijamente y luego al guardia que lo escoltaba; este entendió el mensaje y no tardó en salir del lugar. Una vez a solas, Irvin habló.

—Apenas me avisaron quise verte, pero solo ahora pude conseguir el permiso. Bajo estas circunstancias no se permiten las visitas.

Eren comprendió que no había aparecido para sacarlo.

—Comandante, ¿cómo supieron? ¿Qué sucederá ahora?

—Eren, quiero que me escuches con atención. No sé cómo, pero luego que intentaste escapar el rumor comenzó a propagarse. Eso llegó a oídos de la iglesia y de manera negligente te han encerrado. Y ya empezaron a investigar el caso.

—¿Por un rumor? ¿Solo por eso me encierran? —Eren no entendía la política del santo oficio—. ¿Significa que ni siquiera están seguros? —Quería decir que era una injusticia, ¿pero cómo hacerlo cuando dichos rumores eran ciertos?

—Hay que estar preparados para cualquier cosa. Lo más importante es que si quieres salir libre, tendrás que ser consecuente con tus palabras. Mentir si es necesario, pero por ningún motivo vayas a decir más de lo necesario.

—Entonces no saben que Rivaille y yo...

—No, por lo visto no saben que él también está involucrado. Eren, es importante que te mantengas tranquilo y no digas nada que pueda perjudicarte. Logré impedir que te interrogaran.

—¿Interrogar...me? —Eren sabía lo que eso significaba. La sola idea de pensarlo le aterraba.

—Sí, ellos querían conseguir la verdad a base de torturas. Logré convencerlos de que no era prudente en tu actual condición, por lo que decidieron llevarte a la corte, en Sina. Allí serás enjuiciado.

—¡¿La corte?!

—Serás evaluado directamente por el santo oficio. Ellos te interrogarán y enjuiciarán. Y sentenciarán de ser necesario.

—¡¿Por qué en Sina?!

—Era eso o torturarte aquí. En Sina se lleva un juicio más burocrático y justo. Sabrán ser consecuentes.

Eren se estremeció e Irvin le tomó de las manos.

—Todo saldrán bien. Haré todo lo que pueda por impedir que te condenen.

—Lo único que quiero es que mi bebé esté a salvo.

—No te preocupes, no le harán nada. El castigo normalmente recae en los implicados del "crimen" que la iglesia persigue.

Eren bajó el rostro con pesar.

—Lo siento —dijo—. Todo esto está pasando por mi culpa. Creí que sería feliz con usted. Me hice la idea de ello luego que supiera de nuestro compromiso, pero las cosas no salieron como lo esperaba.

—Cuando supe la verdad —dijo Irvin, refiriéndose a la traición de Eren y Rivaille— los odié. Pensé en la manera de separarlos, de retenerte a mi lado porque lo creía justo, y llegué a dos opciones: podía pelear por cambiar las cosas o aceptarlas. Pero luego entendí que ninguna servía, porque en ninguna de esas opciones estás tú, y a pesar de todo te amo. Fui sincero cuando quise casarme contigo.

—Comandante, yo...

—Escucha —dijo Irvin, interrumpiendo a Eren—, siempre supe que yo te quería más. Eso nunca me molestó, porque tuve la suerte de que alguien como tú estuviera con alguien como yo. Me sentía afortunado por haberte encontrado y que me aceptaras. Y pensaba que si lo hacía todo bien, procurando ser el mejor esposo, hasta el mejor soldado y administrador de mis tierras, y solo preocupándome de nosotros, no importaría si cada uno amaba al otro de distinta manera. Yo no pedía más. Me dije a mi mismo que no necesitaba más. Pero la verdad es que eso no fue suficiente, porque nunca supiste lo que sentías por mí.

Eren contenía las lágrimas sin saber qué decir. Nunca había escuchado a Irvin hablar de esa manera. Él le estaba abriendo su corazón por primera vez.

—Ahora sé lo que tengo que hacer —añadió Irvin—. Prometí cuidarte, y eso haré. Perdóname por ser egoísta y quererte para mí. No puedo entregarte a Rivaille.

Eren asintió en silencio. Sabía que oponerse, que luchar y odiar a Irvin no le ayudaría. Él ya había hecho suficiente al proteger a Rivaille, enviándolo lejos. No podía reclamarle su egoísmo. Aunque una parte de él quería escapar y reunirse con Rivaille. Debía ser consecuente con sus actos y la situación por la que estaba atravesando. No tenía otra alternativa.

—¿Puedo pedirle un último favor? —dijo Eren. Irvin esperó—. No permita que él se entere de esto. No deje que regrese. Prométame que no se enterará y que estará a salvo.

Irvin sabía de lo que hablaba Eren. No podía obligarle a quererlo, pero al menos podría tenerlo a su lado y esperar que en el futuro las cosas mejoraran. Ese era su mayor deseo en esos momentos, aun cuando actuase egoístamente.

El guardia que había escoltado a Irvin regresó. Irvin soltó las manos de Eren y se alejó unos pasos.

Eren lo vio expectante.

—Todo saldrá bien. Lo prometo.

Eren asintió casual y en silencio, viendo cómo Irvin se perdía por el corredor, para luego escuchar el ruido de la puerta que conectaba con las escaleras que llevaban al primer piso del ayuntamiento.

Volvió a la litera y se sentó a los pies de ella. Una parte de él estaba tranquila porque Irvin tenía influencia directa con la corona. Quizá por ese lado podría conseguir una absolución. Pero quizá en estos casos la iglesia sería aún más poderosa que el rey, anulando su autoridad y participación. Porque la corte inquisidora en Sina era conocida por su tribunal rigorista y los procesos bajo el mando del inquisidor general y el consejo de la suprema inquisición, pero era cierto que aunque eran severos, su sistema de justicia no tenía fallas.

Eren se tendió en la cama y esperó retomar su sueño con la tranquilidad de que en Sina tendría un juicio justo, porque si conseguía manejar la situación a su favor lograría salir libre y mantendría a salvo tanto a Rivaille como al bebé.

Cerró los ojos y espero que el descanso le ayudase a su cuerpo y le permitiese soportar lo que se iba a venir a partir de ahora.

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No supo en qué momento se quedó dormido, pero parecía haber sido cosa de minutos, porque cuando dos soldados ingresaron a la celda, Eren estaba aún muy adormilado.

No esperaron que se espabilara. Sin mayor cuidado lo sacaron del calabozo y guiaron por el mismo pasillo hacia el exterior. Eren tuvo que cerrar los ojos cuando cruzó la puerta principal del ayuntamiento. La luz matutina nunca le había resultado tan refulgente como hasta ahora, sintiendo que parecía haber pasado toda una eternidad en el subterráneo del edificio.

Un carruaje del ejército aguardaba en la entrada del ayuntamiento. Eren se vio obligado a subir, aceptando el hecho de que debía viajar a Sina para su juicio. Eran cuatro agotadores días de viaje. Sin embargo, ya no estaba la preocupación por los síntomas de pérdida; estos habían desaparecido en su totalidad y no requería mayores cuidados ahora que se encontraba en el quinto mes de embarazo. Extrañó verse al espejo como todas las mañanas. Le gustaba ver cómo el bebé crecía poco a poco en su interior, reflejándose en el tamaño de su vientre. Aunque ahora podía jurar que lo notaba un poco más grande que ayer.

El traslado a Sina sería en carruaje y barco. Y para Eren, si bien el viaje no era de placer, eso no le impedía apreciar el paisaje. Ya conocía Trost y parte de Rose —debido a su secuestro—, pero Sina era muy distinto. Era el estado imperial. El territorio de la elite de los tres estados, donde solo la familia real y las de sangre noble tenían el privilegio de habitar. Eren no quería desaprovechar la oportunidad, aun por encima de las circunstancias en las que se encontraba, de disfrutar el panorama que podía ver por la ventanilla del carruaje.

Conforme se adentraba al estado de Rose, Eren sentía que se alejaba de su vida y de Rivaille, aunque él se encontrara al otro lado de las murallas. Pero la distancia se hacía cada vez más grande e insoportable, al grado de sentir que todo lo que habían tenido se estaba diluyendo con cada kilómetro recorrido rumbo a Sina. Pero era fuerte, tenía que serlo. Sabía que tarde o temprano volverían a estar juntos. Confiaba en ello y solo ese pensamiento le permitía aferrarse a su fortaleza y soportar lo que estaba viviendo.

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Los cuatro días de viaje fueron agotadores. Eren no creía que viajar en un carruaje del ejército fuera tan incómodo. Solo el traslado en barco durante tres días había sido más agradable, aunque no menos placentero por ir en calidad de detenido.

Cuando cruzó la entrada principal de Sina, tras haber desembarcado en Hermiha, sus ojos se maravillaron por la belleza de la ciudad. Lo apreciaba en la arquitectura de las edificaciones, en el diseño armónico de las calles y en el color del paisaje que contrastaba con la simplicidad de Rose y María. Había pocas áreas verdes, todo estaba cubierto de piedra y la mayoría de las construcciones proyectaba una sensación sobrecogedora, como si se estuviera en un sitio con más años de evolución arquitectónica de lo que se conocía en los demás estados y distritos, sobre todo en Shiganshina, el territorio más pobre de los tres estados.

El carruaje se detuvo de pronto en la plaza, luego de cruzar uno de los puentes principales del territorio. La puerta del costado derecho fue abierta por uno de los policías que aguardaba el arribo de ellos y Eren bajó. De inmediato, sus ojos se encontraron con un imponente y llamativo edificio con estatuas de piedra sobre pilares a ambos lados de la puerta principal, la cual destacaba por su arco en punta y la exquisita decoración del mismo. El estilo de la construcción distaba mucho con las que se conocía en Rose y María, y es que desde el punto de vista social, la transformación que se propiciaba en la arquitectura de los estados se debía principalmente al auge de la burguesía en el contexto del renacimiento urbano.

Eren fue escoltado por los soldados que le acompañaban. Ingresaron al edificio y, tal como había sucedido en el ayuntamiento de María, le obligaron a bajar por unas escaleras hasta el subterráneo del edificio. No le informaban nada, no lo miraba, él era la imagen de la vergüenza y el pecado, lo que lo volvía invisible ante los ojos de quienes pasaban por su lado, considerándolo indigno y un insulto.

Tras bajar interminables escaleras de piedra, Eren llegó al subterráneo. Era un sitio envuelto en la penumbra y el calor abrasador que se almacenaba en las piedras producto de las antorchas, no muy diferente al ayuntamiento en María, pero podía notarse el contraste en su infraestructura, mucho más estilizada y pulida. Eren y los dos policías que le escoltaban se detuvieron frente a una celda situada al final del último corredor. Un guardia, que ya se encontraba esperando en el lugar, abrió la reja. Nuevamente fue encerrado, pero esta vez sin los grilletes con los que había sido apresado en la hacienda. Le habían molestado todo el tiempo, dejando un leve enrojecimiento alrededor de las muñecas. Ahora agradecía un poco de libertad.

Esta vez no se molestó en preguntar qué sucedería; prefería aguardar, esperando que el juicio se llevara a cabo lo más pronto posible para volver a la hacienda y llevar su embarazo a término sin complicaciones. Había sentido pequeños malestares durante el viaje, la incomodidad del traslado le había pesado en el cuerpo, pero nada por lo cual preocuparse. El bebé se movía con normalidad y Eren se relajaba con ello. Se daban compañía mutua, reflejándose en las ocasiones en las que el bebé manifestaba su presencia cada vez que Eren le hablaba, tranquilizándolo.

Eren observó el interior del calabozo. No había mucha diferencia entre este y el del ayuntamiento en María; solo una mesa junto a la litera y el color de las sábanas, que lucían evidentemente más blancas que las de la otra celda. Se acercó a la litera y se sentó en ella. El colchón estaba relleno con algodón, dando una sensación mucho más cómoda.

Con un suspiro resignado Eren se acarició el vientre, dejando correr los minutos. Sabía que era cuestión de tiempo para su juicio, pero desconocía mayor información de la que Irvin le había facilitado la otra noche en el ayuntamiento. Se había librado de un interrogatorio tortuoso, pero no se libraba de un juicio en la corte del reino. Sin embargo, lo único que le importaba en realidad era que las dos personas más importantes de su vida estuvieran a salvo; lo demás le era irrelevante, incluso su integridad física no encabezaba en su lista de prioridades.

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El tiempo parecía más lento al interior de la cárcel. Eren desconocía cuánto había pasado desde que llegó a Sina, pero apostaba que eran cuatro días, pareciéndole toda una eternidad. Pasaba hambre la mayor parte del tiempo porque las porciones de comida eran pequeñas y bajo un horario muy estricto. Eran solo tres platos al día: uno al desayuno, otro al almuerzo y uno finalmente en la noche. Echaba de menos la comida de Hannes, él se preocupaba de alimentarlo bien, de cumplir sus antojos a la hora que fuera y no pasaba hambre aun cuando Hanji mantuviera una dieta estricta por su condición. Y ahora, si bien la comida de la cárcel no era mala, estaba perdiendo el apetito poco a poco. El encierro lo estaba enfermando, la falta de información de su situación lo inquietaba y la soledad comenzaba a pesarle, haciendo mella en su cabeza.

Intentaba distraerse pero no sabía en qué, prefería dormir la mayor parte del día y solo despertar para comer, aunque ya a esas alturas ni siquiera eso quería. Pero finalmente se armaba de ánimos por el bebé, porque si estuviera solo no probaría bocado alguno y terminaría muriendo de inanición. Y no es que estuviera deprimido, simplemente perdía el interés por la comida; solo un poco de agua sería capaz de satisfacerle, porque la incomodidad del lugar impedía que se le abriese el apetito.

—¿Cuánto tiempo más permaneceré encerrado? —se preguntó cuando despertó. Se levantó un poco la camisa, que hacía días no usaba correctamente dentro del pantalón y se acarició el vientre. Extrañaba verse al espejo cada mañana y ver cómo crecía el bebé en su interior, extrañaba su dormitorio y las comodidades que tenía en la hacienda. Se sintió mal al pensar en ello. No podía creer que sus pensamientos egoístas solo le llevaran a la idea de desear libertad por simples comodidades. Él debía anhelar la libertad para estar con Rivaille y cuidar a su bebé, no por una cama cómoda y buena comida. Se sentía un idiota, pero creía que el encierro era el responsable de sus banales pensamientos. Él jamás había sido así; había crecido en la simplicidad y le gustaba, ahora no era él quien hablaba y deseaba tales cosas.

Se removió en la cama, volviéndose hacia la pared y cerró los ojos, esperando volver a dormir. Pero escuchó el sonido de la puerta que conectaba con el pasillo en donde se encontraba. Escuchó pasos y se giró para ver a dos guardias de pie frente la celda y un hombre que portaba un maletín, muy similar al de Hanji.

—Eren Jaeger, de pie —ordenó uno de los guardias. Eren obedeció—. Por orden del santo oficio se le realizará un examen médico antes de ser llevado ante el tribunal para su juicio por adulterio.

Eren se puso de pie con rapidez, evidentemente confundido. ¿Qué clase de examen médico le debían practicar? ¿Qué tenía que ver eso con su juicio? Irvin le había dicho que no le interrogarían, mucho menos examinarlo.

El otro guardia abrió la reja y el doctor ingresó a la celda. Eren lo vio con recelo.

—Necesito que te desvistas, voy a examinarte.

Eren retrocedió.

—¿Por qué me va a examinar? ¿Qué tiene que examinar?

—Necesito corroborar la condición actual de tu embarazo y salud —explicó el doctor—. Es una práctica habitual antes de llevarse a cabo un juicio.

—No lo permitiré. No lo conozco, no dejaré que me toque.

—No puedes negarte —dijo el hombre. Vio a los otros dos guardias y estos ingresaron.

—¡No se atrevan a tocarme! —gritó Eren cuando los guardias le sujetaron de los brazos y obligaron a tenderse en la cama—. ¡Suéltenme!

La resistencia de Eren no dio resultado: fue encadenado a los grilletes que pendían del techo.

—Será un examen simple. No será invasivo —dijo el doctor—. No pondré en riesgo a tu bebé.

A pesar del servicio que el doctor prestaba a la iglesia, parecía un hombre bueno. Al menos eso vio Eren cuando intentó explicarle la situación y luego cuando le examinó. Había cumplido su promesa y Eren no había sentido malestar alguno al momento de ser examinado, aunque no podía evitar echar de menos a Hanji. Ella era su doctora y quien seguía su embarazo, no podía confiar en nadie más que en ella.

—Todo en orden —dijo el doctor—. ¿No has sentido dolores o malestares importantes en estos últimos días?

Eren negó. No mentía, no tenía dolores y los malestares eran mínimos y normales. Hanji se lo había explicado muy bien.

—Me alegro. Leí el informe de la doctora Hanji Zoe, en el cual explicaba que habías tenido síntomas de pérdida hacía algunas semanas.

—Ella me atendió bien —dijo Eren mientras se abotonaba la camisa.

El hombre sonrió afablemente y se acomodó los anteojos.

—Ella es una excelente doctora y ha aportado mucho con sus descubrimientos —dijo—. No es mi intención cuestionar su labor.

Eren creyó en las palabras del doctor, y este, tras cerrar su maletín y sin dar mayores argumentos tras su evaluación médica, se marchó. Los guardias, que habían esperado fuera de la celda y de espaldas a esta soltaron a Eren y luego se retiraron, escoltando al doctor. Eren quedó a solas con la interrogante de por qué era necesario un chequeo médico antes de un juicio. Pero optando por no pensar más en ello se tendió en la cama, esperando dormir un poco antes de su siguiente ración de comida.

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Cerca de las nueve de la mañana del día siguiente, Eren fue sacado de su celda y finalmente llevado ante el tribunal. Había terminado de desayunar un trozo de pan con un vaso de leche cuando los mismos guardias que habían acompañado al doctor llegaron para escoltarlo. Nuevamente le colocaron los molestos grilletes en sus muñecas, esta vez en la espalda. Salió del subterráneo y caminó por un amplio pasillo muy bien decorado, con vitrales y pilares sólidos. Podía verse reflejado en el suelo gracias al mármol impecable.

Poco después se detuvieron frente a una puerta labrada de doble hoja. Uno de los guardias que yacía apostado en el lugar la abrió y Eren fue obligado a ingresar, encontrándose con el salón de la corte. Era una habitación imponente, con amplias tribunas alrededor para los asistentes del juicio, un escritorio al frente de todos, ventanales sobre el mueble más los cuatro escudos de las divisiones militares y una losa en el centro para el enjuiciado. Eren caminó por el pasillo hasta detenerse en ella.

—Agáchate —indicó uno de los guardias, el mayor de los dos que le escoltaban. Eren obedeció y un pilar muy pesado atrapó las cadenas de sus grilletes, embonando perfecto en el agujero hecho sobre la base donde se encontraba. Le incomodaba la postura, pero tampoco podía quejarse por ello.

Cuando los guardias se retiraron y tomaron ubicación a ambos lados de la tribuna, Eren observó a su alrededor. La corte estaba llena, la mayoría de los presentes pertenecían a grupos políticos y miembros elitistas influyentes en el gobierno, pero también estaban los representantes de la iglesia, de la policía militar y de la legión de reconocimiento. Fue en ese momento cuando Eren reconoció a Irvin y a Hanji; luego advirtió la presencia de Armin en el sector de los civiles, al fondo de la habitación.

La puerta ubicada a un costado de la tribuna principal se abrió y de allí salió un hombre que Eren no tardó en reconocer: era el fiscal Dalliz Zacklay, famoso por sus veredictos y su poder dentro de las fuerzas militares así como también dentro de la iglesia.

Tomó asiento y se acomodó los anteojos mientras leía los documentos que tenía sobre la mesa.

—Eren Jaeger —dijo Dalliz sin apartar la mirada de los papeles que sostenía—. Consorte de Irvin Smith, comandante de la legión de reconocimiento. Fuiste aprehendido por el santo oficio bajo los cargos de adulterio. ¿Estás al tanto de la situación?

—Sí —respondió Eren. Un murmullo se escuchó en la sala. Eren podía apostar que murmuraban en su contra, repudiándolo.

—Este es un juicio cuyas leyes serán aplicadas con el rigor pertinente sin exclusividad ni privilegio alguno. El santo oficio me ha delegado el derecho del veredicto dada la participación involuntaria de un miembro importante de las fuerzas militares. ¿Tienes alguna objeción por eso?

—No, señor. Ninguna.

—Bien, comencemos.

En ese momento, antes de que Dalliz pudiese iniciar el juicio, Irvin levantó la mano.

—Señor, quisiera manifestar mi descontento frente a la forma inadecuada en la que retienen a Eren. Lo considero inapropiado dada su condición.

Dalliz observó la postura de Eren.

—Entiendo su preocupación e interés, comandante Smith, pero en un principio dije que este juicio se iba a llevar a cabo sin excepciones ni privilegios.

Irvin se mostró contrariado y en absoluto desacuerdo con la postura de Dalliz. Si bien no podía haber consideraciones de ningún tipo, también debía entenderse que Eren no estaba en condiciones de adoptar una posición tan incómoda como la que se veía forzado a tener en esos momentos.

Dalliz se acomodó y habló.

—La acusación de adulterio recayó en Eren Jaeger debido a personas que afirmaron tal falta. —Eren pensó en quiénes pudieron haber sido. —La noticia se divulgó como un rumor, llegando a oídos de la iglesia. Finalmente, el procurador fiscal del estado de María se encargó de investigar el caso e interrogar a los testigos —continuó Dalliz—. Dichos testigos afirmaron que intentaste escapar de tu matrimonio con el comandante Irvin Smith —dijo viendo a Eren, quien no podía evitar temblar ante la incertidumbre de lo que sucedería—. Como podrás imaginar, este tipo de cosas es imposible mantenerlas en secreto. ¿Cómo te declaras ante esas acusaciones?

Eren bajó el rostro y recordó las palabras de Irvin, cuando le advirtió que tuviese cuidado de lo que fuese a decir durante el juicio. Todo lo que expresara podía determinar su salvación o su condena, pero mentir no le beneficiaría en esta ocasión. Había aprendido que aquello solo traía dolor y amargura, y si la iglesia ya lo había investigado poco podía negar. Lo que le preocupaba era si los testigos habían delatado a Rivaille.

Empuñó las manos tras su espalda y respondió:

—Culpable.

El murmullo de los presentes se dejó sentir como una ola que llenó de agitación la habitación. Eren vio a Irvin y advirtió pesar en su mirada.

—Debo suponer que eres consciente de lo que eso significa —dijo Dalliz—. Aceptar dichas acusaciones que son penadas por la iglesia es algo que no se puede pasar por alto.

—¡Es un pecador que merece la pena de muerte! ¡Ejecútenlo! —gritó de pronto el pastor que había casado a Eren y a Irvin. Eren lo conocía bien, era quien oficiaba las misas los domingos en la catedral de la ciudad.

—Silencio, pastor Nick —pidió Dalliz—. Yo decidiré si merece un castigo o la absolución. Para eso se me otorgó el poder de decidir en este caso.

Normalmente los casos de adulterio eran enjuiciados por miembros de la iglesia en reuniones pequeñas, pero eran pocos los que derechamente eran manejados por el tribunal legal del estado. Los casos que la iglesia tenía a su cargo, bajo el orden de la inquisición, eran los de herejía, perjurio, incesto y estupro, entre otros. Aunque si bien la iglesia llevaba a cabo la investigación de todas las acusaciones, al momento de procesar se delegaba a quien correspondía dada la gravedad de la situación y la acusación.

—El doctor Nigel Cole nos entregó un informe con tu actual situación. El documento certifica que tienes cinco meses de embarazo. Pero según el reporte de la doctora Hanji Zoe, presentas una incompatibilidad celular con el comandante Irvin Smith, lo que hace imposible una fecundación exitosa. ¿Doctora Hanji Zoe?

Hanji alzó la mano, mostrando su ubicación; se hallaba en la primera fila del grupo militar, no muy lejos de Irvin.

—Doctora Hanji Zoe, usted ha estado a cargo de seguir el estado de Eren Jaeger —enunció Dalliz—. ¿Qué nos puede decir sobre la incompatibilidad celular entre el acusado y el comandante Smith?

Hanji vio a Eren.

—Es cierto que existe una incompatibilidad entre los dos, pero también es cierto que hay porcentajes, según mis estudios y el de otros científicos, que avalan una fecundación exitosa. No es una afirmación que dicha incompatibilidad sea definitiva.

—¿Entonces el hijo que Eren Jaeger espera es del comandante Smith, o es el resultado del adulterio?

Hanji volvió a fijar su mirada en Eren.

—No es posible afirmar que sea el resultado del adulterio.

—Pero tampoco es posible afirmar que la criatura que Eren Jaeger espera es del comandante Smith —rebatió Dalliz.

Hanji tensó los labios, amoldándose a la seriedad y gravedad de la situación. Debía ser cuidadosa con sus palabras, ante los ojos de la iglesia y del propio Dalliz, Eren era un pecador, y no podía perjudicarlo con un comentario inapropiado que pusiera en riesgo su vida y la del bebé.

—No hay manera de confirmar tal hipótesis. Bajo estas circunstancias, la paternidad del comandante es tan posible como imposible.

El murmullo de quienes presenciaban el juicio inundó el salón. Eren se removió inquieto, le molestaba la posición en la que se encontraba. Podría pedir que lo soltaran, pero ni siquiera Irvin había sido escuchado. "Montón de desgraciados", pensó, viendo con rabia a los miembros de la iglesia, que le devolvían el gesto con aire de desprecio y repulsión.

Dalliz golpeó con su martillo para poner orden en la corte. El silencio se hizo y él vio a Eren.

—Eren Jaeger, según la fecha de tu concepción, parece concordar con el periodo en que el comandante Smith se encontraba en una misión fuera del estado. ¿Cómo explicas tu embarazo mientras tu marido se hallaba de viaje?

Hanji levantó la mano en ese momento.

—No hay certeza de que haya ocurrido en ese periodo —dijo—. Según la etapa en la que se encuentra el bebé en gestación, se logró la fecundación antes de que el viaje se concretara.

—¿Puede dar fe de eso, doctora Hanji? —preguntó Dalliz—. El informe del doctor Nigle expone una fecha diferente a la que usted señala.

Ella contuvo el aliento un momento, luego respondió:

—Sí.

—¿Y qué me dice usted, comandante Smith? ¿Qué nos puede decir de la traición de su consorte? ¿Cree que el hijo que espera es suyo?

Irvin vio a Eren. Sabía que mentir no le beneficiaría, ¿pero qué podía hacer sino protegerlo? Las palabras llegaron a él en ese momento.

—Cuando supe la noticia, de inmediato pensé en que el milagro se había logrado antes de mi viaje. No tenía motivos para desconfiar. Eren jamás me dio motivos para ello.

—¿Pero cree que el bebé es suyo?

—Ya le dije, señor, no me dio motivos para desconfiar.

—¡Está evadiendo la pregunta! —soltó el pastor Nick, señalando a Irvin con el dedo—. ¡Está intentando protegerlo! ¡¿Cómo puede proteger tal bajeza?!

Dalliz alzó a mano, haciendo callar al pastor Nick.

—Si no tiene motivos para dudar de la palabra de su consorte, quiere decir que no cree que los rumores del adulterio sean verdad.

—Eren ha demostrado ser una persona confiable —dijo Irvin—. Quién haya hablado a sus espaldas, lo hizo sin bases sólidas.

—¿De verdad? —preguntó Dalliz—. ¿Entonces porqué la noche del 15 de septiembre, Eren Jaeger escapaba de su casa? ¿Qué motivos tenía para ello? Hay testigos de ese acontecimiento y ya fueron interrogados.

Eren supo que Jean había atestiguado. ¿Pero quién más lo había hecho?

—Ese fue un mal entendido.

—¿Está intentando proteger a su consorte, comandante? Si miente usted también será acusado de traición.

—No tengo motivos para mentir.

Dalliz cerró los ojos y suspiró. Vio a Eren y le preguntó:

—Eren Jaeger, ¿esperas un hijo bastardo?

Eren no sabía qué contestar. Hasta el momento tanto Hanji como Irvin buscaban la manera de protegerle, pero si él mentía, ¿lograría librarse del castigo aun cuando estuviera en riesgo de ser descubierto?

—Responde la pregunta, Eren Jaeger —insistió Dalliz—. ¿Llevas un hijo bastardo en tus entrañas? ¿Has cometido adulterio con otro hombre?

Eren temblaba. Sus manos yacían fuertemente cerradas tras su espalda, conteniendo toda la presión del momento. ¿Y qué si decía la verdad? ¿Y qué si admitía su pecado? Lo cierto era que dijera lo que dijera, ante los ojos de Irvin y de la misma iglesia, él era un traidor, un pecador. Pero pensó en lo que habían acarreado sus mentiras, su silencio, sus engaños. Había lastimado a muchas personas, pero principalmente a Irvin al creer que por hacerle un bien lograría mantenerlo tranquilo y feliz. Si no admitía la verdad tarde o temprano la descubrirían, tal como había pasado cuando intentó escapar y cuando la iglesia descubrió su engaño. Ahora tenía la oportunidad de ser por primera vez honesto y, aunque eso significara su muerte, al menos protegería a las personas que le habían apoyado hasta ahora.

—¡Todo lo que necesitas es admitir que fornicaste con otro hombre y que ese bastardo que esperas es producto del pecado que cometiste! —gritó el pastor Nick—. ¡Existen pruebas suficientes para colgarte por traicionar los votos sagrados del matrimonio y a la misma iglesia! ¡Y su esposo lo está protegiendo! ¡Él permitió que se cometiera el adulterio!

—¡Se equivoca! —gritó Eren.

—¡Ambos son pecadores, deberían colgarlos a ambos! ¡Y a la doctora por tratar de engañarnos! —gritó alguien. Uno de los conservadores del estado.

—¡Ellos no tienen nada que ver con esto! —Eren se estaba asustado, no podía creer que su silencio estaba costando la seguridad de Irvin y Hanji, y es que las palabras del pastor Nick eran duras y peligrosas.

—¡El criado también es parte de esto! —gritó el clérigo que acompañaba al pastor Nick. Armin se sobresaltó al verse señalado por el dedo acusador de la iglesia—. Es sabido que la servidumbre guarda y protege los pecados de sus patrones. ¡Él también es un traidor!

—¡Se equivocan! —gritó Eren con la potencia suficiente para aplacar la algarabía de los funcionarios de la iglesia y de los conservadores que apoyaban la idea de una condena inmediata—. Yo soy el acusado; ellos no tienen nada que ver en esto. ¡Son inocentes! —dijo, sintiendo cómo la respiración se le aceleraba y el cuerpo le temblaba lleno de adrenalina—. ¿Qué respuesta quieren? Ante sus ojos soy un pecador y diga lo que diga no ayudará a aplacar su desprecio. Apuntándome con el dedo y buscando culpables que no existen solo demuestra su ignorancia y prejuicios inconsistentes. Su institución obliga a las personas a mentir y ocultar la verdad que otorga libertad y salvación. ¡Son unos cobardes! —Eren se dio cuenta que había hablado de más, echándose encima a toda la iglesia por sus palabras malintencionadas y blasfemas. Irvin observaba con preocupación; sabía que Eren no sería capaz de controlarse. El temperamento impulsivo le pesaba incluso ahora, en esta compleja situación.

—¡¿Cómo te atreves a insultar a la iglesia?! —exclamó el pastor Nick—. ¡Un vil pecador como tú no tiene derecho a manchar la institución sagrada con palabras llenas de veneno! ¡Quémenlo! ¡Ha hecho pacto con el demonio! ¡Es un hereje! ¡El bastardo que espera lo engendró de Satanás!

El barullo armado por los presentes volvió a saturar la corte. Dalliz golpeó el martillo en la mesa, logrando ordenar la sala. Eren hervía por dentro.

—Tus palabras solo afirman tu culpabilidad —dijo Dalliz—. Si admites arrepentimiento se te otorgará la absolución. A quien se ejecutara por fornicador es al padre de la criatura.

—¡No revelaré el nombre! ¡No diré nada!

—¡Yo diré su nombre! —exclamó el pastor Nick lleno de cólera—: Es Lucifer, es lujuria. ¡Él vendió su cuerpo y su alma a Satanás!

—¡Yo no temo a sus castigos! —respondió Eren—. Amo al padre de mi hijo. ¡Digan lo que digan no daré ninguna información que pudiera causarle daño alguno!

Dalliz pareció decepcionado.

—Comandante Smith, ¿tiene alguna idea de quién pueda ser el amante de su consorte?

—¡Él no sabe nada! —gritó Eren, aterrado por lo que pudiera decir Irvin.

—Responda la pregunta, comandante Smith —insistió Dalliz.

Irvin fijó su mirada en Eren. Finalmente se enfrentaba a la encrucijada que le ofrecía a Eren salvación o condena. Había aceptado su petición de proteger a Rivaille a cambio de permanecer en la hacienda, asegurándole que no volvería a intentar escapar. Ahora parecía estar en sus manos romper el trato o callar.

—Comandante Smith —insistió una vez más Dalliz ante el mutismo de Irvin—. Responda la pregunta. ¿Sabe o no quién es el amante de su consorte?

Eren negaba con la cabeza, rogándole a Irvin por mantener su palabra de proteger a Rivaille.

Irvin vio a Dalliz y respondió:

—No. No lo sé.

Dalliz suspiró.

—Muy bien —dijo—. Tomando en consideración la confesión que Eren Jaeger ha hecho, admitiendo su relación con otro hombre, no nos deja otra alternativa más que sentenciarlo a la horca. —Vio a Eren. —Si quieres el indulto deberás revelar el nombre del padre de la criatura. Solo así...

—No lo diré —soltó Eren.

—¿Es tu última palabra?

Eren bajó un momento la mirada; luego la fijó en Dalliz.

—Sí, señor —respondió sin vacilación.

—Entonces se procederá a decretar tu ejecución una vez que nazca la criatura. Cuando eso ocurra, será entregado a una familia y se protegerá su identidad.

Eren dio un respingo. Solo en ese momento pensó en las consecuencias que acarreaba su condena a muerte. Rivaille era quien debía cuidar al bebé, nadie más.

—¡Aguarde, no pueden hacer eso! —dijo—. ¡No pueden decidir qué hacer con mi bebé!

—¿Esperas que te ahorquemos con él en tus entrañas? —preguntó Dalliz.

—¡No, pero...!

—Será dado en adopción y jamás sabrá sus orígenes. Aunque sea producto de una relación deshonesta, no tiene la culpa.

—¡No, no pueden quitármelo! ¡Es mi hijo!

Dalliz ignoró los gritos de Eren y continuó decretando la sentencia.

—Pasarás los siguientes meses en la cárcel del estado a la espera del alumbramiento. Una vez que eso ocurra, se procederá a tu ejecución y la posterior adopción de la criatura.

—No... no...

Irvin en ese momento levantó la mano.

—Si me lo permite, señor, quisiera tomar la custodia legal del bebé.

Eren vio con sorpresa a Irvin. No esperaba tal petición de su parte, y pensó en los motivos que le llevaron a tal propuesta.

—¿Está dispuesto a aceptar el producto de una traición? —preguntó Dalliz con un dejo de incredulidad.

—Como la doctora Hanji Zoe explicó, no hay manera de confirmar tal acusación. La criatura puede ser mía, y no estaré dispuesto a entregarla a nadie. Y aun cuando no fuese mía, una parte pertenece a Eren. Creo pertinente hacerme responsable de su bienestar.

—Es cierto —dijo Dalliz de manera reflexiva. Si Irvin estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del bebé no había manera de prohibírselo, pues él, como víctima de la situación, tenía el poder de tomar decisiones así de trascendentales—. Al parecer ya todo ha sido dicho. Entonces me presto a dar veredicto: la custodia de la criatura será otorgada al comandante Irvin Smith una vez efectuado el alumbramiento. Eren Jaeger —añadió, viéndole tras sus anteojos sin montura—, se te condena a la horca por el cargo de adulterio y la omisión de la identidad de tu amante. Hasta ese entonces, pasarás tus días en prisión. La fecha de la ejecución será programada a partir del momento en que nazca la criatura.

Con un golpe sordo del martillo, Dalliz dio por finalizado el juicio, condenando a Eren a perecer en la horca y a su hijo a pasar a manos de Irvin.

Eren solo pudo pensar en lo que le esperaba en unos cuantos meses. Se sintió miserable y desdichado, pero una parte de él se alegraba al saber que había logrado proteger a Rivaille y al bebé, aun cuando no pudiera estar con ellos.

...Continuará...