CAPITULO 21:
"Un encuentro del todo inesperado"
(Una pequeña notita del robot descerebrado que pulsa las teclas: tuve un poco de tiempo libre estos días y adelanté este capítulo, no sé cómo se vendrá la cosa después así que aproveché ^_^ ¡carpe diem! Y ¡ah! Todos los cap. son de aproximadamente 5 páginas en Word, tamaño carta, Fuente Calibri cuerpo 11, cariños, BBW)
(Kinmoku, en el pasado.)
Cuando Seiya y Serena (Cada uno desde su propio aposento, ubicado en diferente torre) se apersonaron en el espacioso comedor del palacio de Cuprimus, este parecía estar esperando hace bastante tiempo por ellos. Un elegante mensajero, de túnica liviana dorada y capa carmesí le acaba de entregar un alto de pergaminos y el sabio los estaba examinando con el ceño fruncido. Al parecer no había buenas noticias. Su cabeza se mecía con preocupación.
La atención de la chica de coletas doradas se distrajo por unos segundos. ¡Seiya se veía tan guapo con sus ropajes de corte medieval! La túnica bordada de ciudad se ajustaba a su delgada figura y el manto caía en pliegues desde su hombro, sujetado artísticamente por un broche de los cuatro metales sagrados. Las calzas se ceñían a su bien contorneadas piernas con avidez lasciva y unos trabajados botines de cuero con adornos de metal damasquinado calzaban sus pies. (Si ella hubiera sido buena estudiante, seguro habría pensado que tenía un leve aire grecoromano, pero recordemos que el estudio no era precisamente su fuerte) El negro cabello había sido peinado por los servidores, que habían incluso tenido la idea de rizarle las puntas del cabello y la coleta que caía en ondas sobre su espalda. A todo este detallado estudio, Serena sólo coludía que su amante estaba más hermoso que un príncipe de cuentos, y su pecho se alzó con un mal disimulado suspiro. Con todo, el semblante del cantante parecía un poco ausente, como si una profunda preocupación surcara sus pensamientos. No pudo dejar de preguntarse a qué se debería. Un carraspeo de Cuprimus la sacó de su contemplativo ensimismamiento.
-¡Ejem!
No era que al sabio le molestaran especialmente las encendidas miradas de Seiya y Serena, que desde que llegaran en forma tan intespestiva a su vida habían ido subiendo de tono, aún cuando su forzosa soledad le pesara un poco. Ninguna dama de alta alcurnia habría soportado vivir con él en la pequeña y sofocante residencia de campo y él realmente amaba su aislamiento… Pero en este preciso momento, necesitaba que le escucharan porque lo que iba a decir era importante, así que esperó que ambos se sentaran y lo miraran atentamente.
– ¡Ninguno de los otros guardianes y consejeros del Príncipe Lúmino se encontraba en su palacio privado! Todos han acudido a la residencia de nuestro Monarca para prepararse para las festividades. Me temo que deberemos trasladarnos para hablar con ellos allá. Apenas nos desayunemos, pediré que preparen el Carruaje – Manifestó, y dando por terminado el tema, cogió un trozo de doradas tostadas y comenzó a comer.
-Bueno… - El cantante no parecía del todo contrariado – Supongo que sólo serán unas horas más de espera, nada de lo que preocuparse… - Observó a Serena que ya tenía la boca llena. Había sido imposible sustraerse a los delicados bocadillos de jamón, tajadas de coloridas y jugosas frutas y pequeñas pirámides de frutos secos y bolitas de cereal, diferentes tipos de brebajes y pocillos de musse que saturaban la bien dispuesta mesa. El desayuno elegante en Kinmoku se servía en pequeñas pero numerosas raciones que se iban consumiendo hasta alcanzar la saciedad de cada comensal.
Lucero se dio una vueltecita rápida, le echó un vistazo a su señor para ver si necesitaba algo más y volvió a desaparecer. Estaba incumpliendo la etiqueta, ya que el Servidor sólo podía asomarse si era llamado con una campanilla.
Creo que le echa de menos… - Coligió Serena - ¿Hasta dónde la lealtad puede llegar antes de convertirse en algo más?. No era justo que sólo ella fuera dichosa. Siempre había deseado felicidad, paz y prosperidad para todo el mundo. Así era ella, como una postal de buenos deseos viviente. Quizás antes de marcharse a su propia época pudiera hacer una de sus habituales travesuras de Celestina. Disimuló una risilla.
Seiya la observó con adoración. Una de las cosas que más amaba de su bombón era su contagiosa alegría y su Joie de Vivre. Ojalá todo resultara bien. Esperaba que el Príncipe fuera un buen tipo, permitiera a los sabios examinar y activar sus medallones y todo acabaría. Pero una extraña inquietud lo sacudía en su interior. Debía a toda costa impedir que su preocupación fuera percibida por su amada. No deseaba empañar su bienestar ni un ápice. Sus labios mantuvieron la sonrisa durante toda la opípara degustación.
Cuando salieron al exterior, el sol ya acariciaba las colinas circundantes y las torres de metal y cristal, tiñéndolas de oro y naranja. Con razón llamaban a Resplandor la "Ciudad dorada" pensó Seiya, sintiendo pesar de no haber puesto atención al as lecciones de Historia Antigua cuando cursaban los estudios secundarios. Taiki solía reprender a sus hermanas y compañeras por el escaso interés que ponían a las estrellas tutoras. Tal vez tenía algo de razón. Un velo de melancolía cubrió sus finas facciones. Ojalá sus hermanas no estuvieran moviendo cielo y tierra tras su desaparición. Pronto volverían a reunirse, o al menos ese era el plan. Apretó en su bolsillo el transformador, inútil en estas extrañas circunstancias.
Los servidores trajeron el bello carruaje dorado con el escudo de la familia de Cuprimus. Si bien él amaba la sencillez, también estaba orgulloso de la herencia intelectual de su familia. Todos sus antepasados habían sido eruditos y bienamados consejeros, apreciados por su sapiencia. Él era la última ramita del árbol. El interés por el saber había ido debilitando el interés por procrear con cada generación que sucedía a la anterior.
Tal vez la tradición muera conmigo… - se dijo el tímido, y aún joven consejero de barba y cabello azul, contemplando a los bellos ejemplares de caballos kinmokianos piafantes que aguardaban una señal del conductor para empezar a avanzar.
– ¡Al Castillo de Nuestro Señor Lúmino! – exclamó cuando todos estuvieron bien acomodados al interior.
El Palacio real no estaba lejos, al avanzar por las calles, los resplandentes (gentilicio de Resplandor) los miraban con curiosidad. La raza pura de las estrellas era gente hermosa, de bellas y bien esculpidas facciones, gente elegante y educada. Hombres, mujeres y niños (De los que se veía muy pocos) vestían con bellos ropajes y caminaban con paso airoso por las impolutas aceras.
-¿Es idea mía o hay muy pocos niños? – Preguntó Serena.
-El asunto es- contestó Cuprimus un poco azorado – Que la misión de nuestra raza no es poblar el Universo, si no protegerlo y estudiarlo. Kinmoku es una fuente de sabiduría y poder… Y sobre todo en Resplandor, las estrellas dedican poca parte su existencia a la procreación. Se le da prioridad a la educación y al entrenamiento de las estrellas guerreras. Y para ambas carreras se necesitan años de perfeccionamiento. El mayor problema es que debido a ello nuestro número ha ido disminuyendo – suspiró - El pueblo raso, sin poderes especiales, se dedica al trabajo más basto o la a servidumbre. Es como si al nacer cada Kinmokiano tuviera ya trazada su existencia.
-Eso es un poco triste – la chica sacudió la cabeza – todo esto me recuerda a mi compromiso con el futuro… - murmuró.
-En mi época hay menos Kinmokianos todavía – explicó Seiya – Pero cada uno decide libremente a qué dedicará su vida, Y… bueno, debido a que el Planeta sufrió algunos ataques (No quiso mencionar que la mayoría de la población sería diezmada por Galaxia) la verdad se está estimulando bastante que la gente dedique parte de su tiempo a formar una familia – agregó, sintiendo que sus mejillas se sonrojaban al mirar a su bombón - hay hasta una ligera presión para que nuestra raza eh… se multiplique.
La chica también se sonrojó. La idea de tener hijos con Seiya había aparecido estos últimos dos días rondando por su mente. A pesar de que deseaba terminar sus estudios y trabajar, también le hacía ilusión que pequeñas estrellitas y lunitas se aferraran a sus piernas y la llamaran "¡mamá!" Movió la cabeza para disimular su turbación.
-Ahora no podemos ver el cielo estrellado - señaló el sabio – pero cada una de las estrellas del Cielo puede tener su esencia corporizada en un habitante de nuestro Sistema Planetario. Cuando una estrella "muere", su esencia simplemente espera la aparición de un nuevo recipiente corporal.
-¿Es como la reencarnación? – Se maravilló Serena.
-Algo parecido, supongo – explicó Cuprimus – Por eso es normal que a los recién nacidos se les ponga el nombre de su estrella. Así su poder y su influencia beneficiarán su vida, y el espíritu estelar habitará con él. Con cada encarnación, el espíritu de la estrella se purifica y evoluciona, como también su poder. Supongo que por todo esto, la gente que nace sin su propia estrella es mirada en menos – culminó tristemente.
-¿Y cómo lo hacen cuando ya están todos los nombres tomados? –insistió la rubia.
-Bueno… Rara vez sucede, pero cuando acontece, o por fenómenos especiales como una alineación estelar o planetaria de esas que suceden cada mil años, nace una nueva estrella. Anoche precisamente pude observar ese fenómeno desde el observatorio de mi torre. Las estrellas del Cinturón de Orión se alinearon de forma perfecta y brillaron más que nunca. Por lo visto, un bebé de raza estelar pura fue concebido. ¡Una verdadera bendición para el Reino! Espero que ese niño reciba el nombre de Orión. Así tendrá no sólo una estrella, sino varias que lo protegerán y tendrá el poder de una Constelación completa. Solo me pregunto ¿Quiénes serán sus padres?
Serena estaba muy entretenida mirando al joven sabio como para ver lo pálido y desencajado que se había puesto Seiya. Un sudor frío le perlaba la satinada frente. ¡Debía impedir que Cuprimus continuara divagando a toda costa! No quería preocupar innecesariamente a su bombón. Ya tenían suficientes problemas. ¿Y si ambos terminaban sumando dos más dos? Con un gran esfuerzo, habló con voz que intentaba ser casual para llamar su atención.
-¿Es ese el Palacio? ¡Me parece que ya estamos llegando! –exclamó.
Las imponentes torres de Cristal del Palacio Real estaban a la vista. Media docena de guardias estelares flanqueaban la verja de brillante metal forjado. Al reconocer al Ilustre Consejero, se hicieron al lado con una reverencia y dejaron ingresar al Carruaje.
-¡Lord Cuprimus! – Lo reprendió el Servidor Jefe – ¡Sólo faltaba Ud.! El resto de los Consejeros ya se encuentra reunido con nuestro Señor Lúmino, haciendo los preparativos para la Fiesta de Cumpleaños y la Ceremonia de Coronación… ¡Haga el favor de seguirme!
-Lo haré de inmediato, Fulgurio – replicó el sabio, algo molesto por la complicación y por las prisas del sirviente principal - Por favor, has que alguien guíe a mis invitados a los Aposentos que me tienen reservados, mientras vuelvo – Hizo un gesto significativo a sus amigos, esperando hubieran comprendido que debían esperarle un par de horas.
-Así lo haré Señor. Enviaré un par de doncellas a atenderlos, pero ahora, sígame.
El joven erudito despareció tras un Imponente Portal Dorado que daba a un largo pasillo iluminado por innumerables antorchas aromáticas, guiado por el Servo, que casi lo empujaba en su apremiante necesidad de llevarle con los otros Consejeros de Lúmino.
Los jóvenes que venían del futuro se encogieron de hombros al verle alejarse.
-¿Y ahora qué?
Serena se paseaba nerviosa de un lado para otro de una reducida pero primorosa salita, donde habían tenido a bien dejarlos mientras esperaban a su amigo. Era obvio que la mayoría del servicio estaba atareados con los preparativos de la Fiesta de Cumpleaños del Príncipe, pero le parecía grosero que en las prisas la doncella que los había traído no se le hubiera ocurrido ofrecerles algo de comer o de beber…
-¡Tranquila, bombón! Supongo que Cuprimus ya debe estar por volver.
-Es que tengo hambre… - La chica se sobó el estómago con gesto contrito - Tal vez entre tantas cosas buenas para la fiesta puede que les sobre algún pastel o algún bocadillo – exclamó la rubia asomándose al dintel con cortinas de seda que separaba esa estancia del pasillo.
-No creo que sea una buena idea, recuerda que él nos aleccionó que no debíamos llamar la atención – se acercó a la rubia y le pasó la mano por los cabellos, intentando calmarla - No queremos que nadie descubra que venimos del futuro, o si no capaz que nos encierren en una mazmorra o nos interroguen, los kinmokianos del pasado solían ser muy supersticiosos, eso es algo que me quedó clarísimo de los libros que Taiki solía leer y a veces lograba convencerme de que le echara una ojeada – El chico estrella se quedó por un segundo perdido en su memento y no vio que Serena se apartaba de ÉL y arremangándose un poco la falda, partía en pos de lo desconocido.
– Creo que echaré un vistazo… Algo huele muy bien, estoy segura que el aroma viene de las cocinerías – porfió la muchacha, respirando con fuerza y alejándose definitivamente del saloncito.
-¡Bombón! ¡Espérame! – Seiya la vio desaparecer por una esquina y luego le perdió la pista…
¿Qué iba a hacer ahora? ¡El palacio era enorme! Una gota de vergüenza se insinuó sobre su frente. ¿Qué le diría ahora a Cuprimus? No podía importunarlo ahora pidiéndole que buscara a Serena. Tendría que hacer de tripas corazón y buscarla Él mismo.
-¡Bombón, bombón! – El chico maldecía su descuido e iba susurrando discretamente el apodo de su amada. Reconocía que a veces era un poquito cabezadura para sus cosas… Suspiró con resignación. Le daba mucha vergüenza ir por ahí y que alguien fuera a descubrirlo.
En eso iba, sigilosamente recorriendo el laberíntico edificio, cuando un súbito resplandor lo cegó por unos momentos. Se escondió tras una columna y observó. Una silueta se escindió de las sombras y comenzó a caminar cautelosamente por el pasillo, como en puntillas. Seiya comenzó a seguirlo para mirarlo con más detenimiento. Esa joroba, esos andares, esa silueta se le hacían conocidos.
-¡No puede ser! - casi gritó, perdido todo sigilo - ¡Si es el anciano que me vendió los medallones! ¡Ya verá lo que le pasa por meternos en este lío!
Y partió a grandes zancadas tras el viejo, era obvio que lo alcanzaría con facilidad, un joven en la flor de la edad no era rival para un anciano hechicero como aquél – se dijo – y una sonrisa de triunfo anticipada se dibujó en sus atractivas facciones… la que se evaporó conforme iba llegando al punto en que creía haber visto la última vez al desconocido. Seiya miró para todos lados. El hombre había desaparecido. Y le costó muchísimo admitirse a sí mismo, que se encontraba perdido en las entrañas más profundas del Castillo; y para rematar con broche de oro, no tenía idea para donde orientarse para encontrar las cocinerías, donde de seguro ya había llegado su bombón.
-¡Qué día desafortunado! - Se dijo Seiya en voz alta – Sólo espero que Serena se encuentre bien – Se reclinó contra una columna para tomar un respiro y luego continuar sus pesquisas – Tengo que encontrarla pronto…
Apoyado en el otro costado de la columna, el anciano había escuchado todo y sonreía satisfecho en medio de la lóbrega oscuridad que anidaba entre las islas de cálida luz de las antorchas.
Continuará o_o
