Capítulo 21. Todos tenemos un ángel.
Una etérea y pálida figura alada se posó sobre una rama próxima al oscuro hoyo. La noche seguía oscura, y aquel ser parecía ser la luna misma. Explayó sus alas y tomó vuelo directo a la profundidad de la tierra.
La incauta jovencita, acurrucada sobre aquel banco cual bollo, jamás advirtió aquella presencia que se detuvo frente a ella y comenzó a adquirir la forma de una bella mujer que, sonriendo, extendió su delicada mano y al acariciar su cabeza, las yemas de sus dedos parecieron traspasar la cabellera color miel. Debía retirarse pronto, o la muchachita podría reconocerla.
—Todo estará bien, mi pequeña niña... Tu padre te protege y tu hermano te busca. No temas... —Su voz apenas perceptible, incluso para un oído tan fino como los de un fey-búho. Inclinándose, besó la coronilla de la joven y se desvaneció.
En su recámara, Conrad continuaba en la misma posición. ¿Horas, días? Ya había perdido la cuenta, pero, había sido oído y respaldado. Lo que a él le faltaba, lo tenía ese otro ser.
Al abrir los ojos y verla en ese inmundo entorno, su corazón se hizo añicos. Su pequeña hermana, con lo quisquillosa y delicada que resultaba, estaba llena de mugre y rodeada de hediondez y bichos rastreros. Aquel golpe bajo fue tan fuerte que perdió su concentración, en el instante en que la durmiente joven ya no se hallaba sola. Dicho descuido le valió un descenso brusco de energía y de su propio lecho al suelo.
—¡Señorito Conrad! —Gaspard entró alarmado al oír al muchacho gemir adolorido tras un estruendo—. ¿Señorito, está usted bien? —cuestionó al descubrirlo con la cabeza de lado sobre el suelo y lo mismo sus rodillas, siendo lo único que se mantenían con altura su trasero señalando al techo. Si hubiere sido en otra situación, tanto Conrad como él hubieran reído de aquella ridícula pose; pero, advirtiéndolo tan pálido debido al esfuerzo y apenas pudiendo moverse... Corrió hacia él y lo acomodó con cuidado entre sus brazos, como si aún fuera un niño—. ¡Joven Conrad, por favor, respóndame! —suplicó al ver que no reaccionaba y suspiró aliviado cuando sus grises ojos lo observaron con la misma expresión adormilada de cuando lo hacía renegar al despertarlo por las mañanas y le sonrió.
—Lo... conseguí... Gaspard... Pude verla...
—Claro que sí, mi joven amo. Usted puede hacer cuanto guste y quiera. Ya sabe que nunca fue un niño cualquiera.
—Gaspard... —Semejó acurrucarse más en el viejo—. Tengo sueño...
—Lo sé, señorito... Pero, antes, beba esto... —Buscó en su cinto y soltó una bota que destapó y ayudó al joven a llevarse a los labios. Lo que fuera que aquel recipiente contenía, al muchacho pareció gustarle porque, tras probar, se relamió los labios para así seguir bebiendo. Minutos después, entregó el pellejo vacío al sorprendido viejo—. ¿Ya se lo acabó?
—Sí... Jugo de frutas... y miel... —Sonrió satisfecho y apoyando su rostro en el pecho de su criado, se durmió.
Gaspard lo estudió con cariño. Ese chico loco no era más que el mismo niño inquieto de hace años. Ahora, descansando dulcemente en sus brazos, le parecía verlo cuando crío, persiguiéndolo por doquier a la espera de alguna cosa dulce que él trajera en alguna desatención de la cocinera.
—¿Devis, estás despierto? —Liroye le susurró ahora sentado a un lado del carromato quieto, con la espalda apoyada sobre la gran rueda de madera—. ¿Devis...?
—Ya estoy despierto, Liroye, sí...
—¿Te sientes bien? ¿Te duele algo? —Devis casi ríe a no ser porque sería peor y no debían llamar la atención.
—Me duele todo, Liroye. Pero, ya no sangro si es que esa era tu preocupación.
—¿Qué te hicieron cuando me apartaron de ti?
—Una cura goblin, presumo... Su Majestad nos necesita con vida aún.
—A ti por ser quien eres... pero a mí... ¿Para qué le serviría?
—Bueno... eres muy culto y bien parecido. Nadie que tenga algo de sesos puede desperdiciar eso.
—Explícaselo a tus compatriotas, a ver...
—¡Tsk! No son dignos de ti, eso es. Como tu casi hermano que soy, les prohíbo te mancillen. —Ambos tuvieron que apretar los labios para no carcajear.
—Eres celoso, ¿eh?
—Mucho, mi cielo —cambió su modo al ver que unos guardias feys se acercaban a ellos.
—¿Todavía me amas? —Liroye le siguió el juego, no era la primera vez que hacían este tipo de cosas.
—Tanto como siempre. No importa qué.
—¡Arriba, tortolitos! ¡Su Majestad quiere verles! —uno de ellos les ordenó a ambos, en tanto, el resto los. forzaba a ponerse de pie. Y los llevaron uno tras otro a la improvisada tienda donde el Rey Goblin aguardaba a por ellos.
