Ni la historia ni los personajes son míos, solo soy una simple mortal que ha querido adaptar esta historia con los personajes de Stephenie Meyer.
Los ojos de Edward se abrieron de pronto de par en par, había tensión en cada una de sus facciones, y entonces la embistió y entró en ella. Bella perdió el sentido. Debió de haberlo perdido, porque no recordaba haber sentido dolor. Sólo la sensación de Edward llenándola, consumiéndola.
Y cuando abrió los ojos encontró los suyos clavados en ella, oscurecidos por los interrogantes, impactados por una acusación, pero llenos también de asuntos más urgentes. Presintió con una intuición femenina que no sabía que poseía que ya era demasiado tarde para él, que no habría vuelta atrás.
Y eso le convenía a ella. No quería que hubiera vuelta atrás. Lo quería todo. Y entonces todo estaría bien.
La vacilación de Edward no podía durar. Se retiró lentamente para volver a embestir en sus acogedoras profundidades. Y luego llegó otra embestida, y después otra, llenándola de placer.
Se movió en su interior y la presión fue creciendo a medida que la iba llevando más alto, subiéndola hacia un lugar en el que nunca había estado y a partir del cual no se podía llegar más lejos. Entonces sintió el éxtasis, haciéndose añicos alrededor de Edward mientras él alcanzaba su propio orgasmo en piezas que brillaron en el cielo iluminado por la luna antes de regresar despacio para asentarse en la tierra.
Colapsó encima de ella, jadeando, y cuando Bella extendió los brazos para rodearle y mantenerlo allí, sintió que ya lo había perdido. Edward se retiró con un grito sobrenatural, medio atormentado medio angustiado, saliendo de ella como si fuera el último lugar en el que deseaba estar, cuando sólo un instante antes era lo único que quería.
— ¿Por qué no me lo dijiste? —inquirió dándole la espalda, subiéndose los pantalones y la cremallera para cubrirse—. ¿Por qué diablos no me lo has dicho?
Bella se apartó de él, expuesta y desnuda y repentinamente avergonzada.
—Creí... creí que no importaba.
— ¡Te equivocas! —exclamó Edward sin mirarla, como si fuera demasiado despreciable para poner los ojos en ella—. ¡Te equivocas! ¡Has sido virgen todo este tiempo!
Le espetó aquellas palabras como si ella fuera una especie de rareza. Bella se levantó de la cama, sintiéndose ridícula con los tacones que todavía llevaba puestos. Las rodillas apenas la sostenían mientras buscaba su ropa, la recogía y se la colocaba delante a la defensiva.
— ¡No vayas a pensar que lo he hecho por ti!
—Ese no es el tema. ¡Deberías habérmelo dicho!
— ¿Para qué? ¿Para qué pudieras marcarte otra muesca en el cinturón? ¿O para que me echaras como la primera vez?
—Esa no fue la razón de...
— ¡Eso fue lo que me dijiste!
— ¡No quería hacerte daño!
— ¡Tal vez debiste haberlo pensado hace trece años!
—Bella, escucha...
Pero ella no se quedó a escuchar. Lo que hizo fue dirigirse hacia la puerta y salir de la habitación.
—Maldición —murmuró él todavía sin entender pero dándose cuenta de que había montado un buen lío.
¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué le había dejado pensar que...?
—Bella —la llamó siguiéndola mientras sonaba su teléfono móvil. Ignoró los primeros tonos porque tenía cosas más importantes en las que pensar, hasta que se dio cuenta de que era el tono que identificaba a su madre, y se detuvo sobre sus pasos. Miró hacia el pasillo por el que Bella había salido corriendo. Quería seguirla, pero aquel sonido lo retuvo.
Sto thiavolo, ¿por qué lo llamaba su madre en aquel momento, cuando sabía que donde él estaba era más de medianoche? A menos que...
Miró por última vez hacia las escaleras por las que había desaparecido Bella y sintió un nudo en el estómago. Se giró para sacar el teléfono de la chaqueta y lo abrió.
— ¿Hola?
Pero no fue la voz de su madre la que contestó. El que había llamado era el médico de su madre.
Sintió un shock cuando escuchó las noticias. Se dejó caer sobre la cama como si estuviera preocupado por su madre, pero era una sensación de traición lo que le disparó los sentidos cuando se dio cuenta de lo que había estado haciendo mientras estaba teniendo lugar una crisis en un hospital situado al otro lado del mundo.
Le estaba haciendo el amor a Bella. La misma mujer que había provocado que su padre enfermara trece años atrás.
Era una estúpida. Creyó que no importaría, que entre ellos se había establecido un tipo de relación en el que lo más importante era lo que podían llegar a ser y no lo que eran.
Pero se había equivocado. Mucho. Bella cerró de un portazo la puerta de su dormitorio y se envolvió en un grueso albornoz, cubriendo tanto su desnudez como su ingenuidad. Y sin embargo, no podía cubrir su estupidez. Había hecho el ridículo con Edward cuando tenía sólo dieciséis años. Trece años después seguía haciéndolo, cuando se suponía que ya debía saber muchas cosas más
¿Aprendería alguna vez?
Aquella noche había sido para ella mucho más que el exitoso lanzamiento de Paua International. Estaba claro que Edward la deseaba... aquella noche en la cocina y luego en la playa, cuando se había encontrado de forma inesperada con la tortuga, su deseo había quedado claro. Estaba segura de ello. Pero en ambas ocasiones, cuando creyó que aquello llegaría a algo más, él se había contenido y no había hecho nada.
Y sin embargo esa noche, cuando menos lo esperaba, había hecho algo para asegurar el éxito del lanzamiento de Paua International. ¿Por qué lo había hecho? Fueran cuales fueran sus razones, para ella había significado mucho. Y tal vez fuera ésa la razón por la que se imaginó que estaba enamorado de ella.
Había sido una idiota. Se frotó los ojos con el dorso de la mano mientras se dirigía al cuarto de baño. No quería llorar. Estaba enfadada, eso era todo. Enfadada consigo mismo por ser tan ingenua. Abrió la ducha, decidida a borrar el rastro de Edward. ¡Al diablo con él! ¿Cuál era su problema? ¿Que ella era virgen? ¡Y qué! Su virginidad era ahora historia. Y había sido el propio Edward quien se la arrebató.
La llamada a la puerta y la voz de Edward gritando su nombre la pillaron por sorpresa.
—Estoy ocupada —dijo comprobando la temperatura de la ducha con la mano
—Necesito hablar contigo.
— ¡Yo no quiero hablar contigo!
—Bella, déjame pasar. ¡Mi padre se está muriendo!
