En mi cumpleaños once comprendí que tendría que mantenerme paciente ...
Once años, once largos años y las cosas habían cambiado tanto, ya no era el pequeño escandaloso de siempre, la luz brillante que deslumbra, no! Era una luz medio opaca y tranquila, mi cumpleaños once en lugar de ser una escandalosa fiesta, me quede en cama abrazando junto a mí mamá . Esta me regaló muchas cosas costosas pero dentro de tantos regalos tecnológicos y caros había uno especialmente sencillo que me encanto, un cuaderno, de pasta forrada en piel y mis iniciales ... Era para mí este cuaderno mi tesoro más preciado, ahí comencé a escribir cosas y a pintar los ojos de Seimei, las muecas de Ritsuka, pintaba, escribía y hacia todo tipo de cosas ... Me sentía más cerca de ellos de esa forma, me hacían falta y mi melancolía y añoranza por estas personas se me escapaba en suspiros que no pasaron desapercibidos por mi mama, con la cual hasta la fecha no había hablado de todo lo ocurrido entre Ritsu y Seimei, aquel fatídico día o de la acalorada discusión de Ritsuka y Kaidou- sama! No, todo me lo callaba, todo era mío, y jamás mi boca pronunciaría palabra alguna que exhibiera los hechos que habían sucedido.
A los trece años me fui a estudiar a Suiza, di un beso a Seimei que aún dormía en su sueño profundo del que no había salido desde ese día, le dije que no había olvidado lo que le había dicho y que fuera paciente por qué regresaría por el. A Ritsu le odiaba y después de que fue echado de mi casa por Ritsuka jamás volví a dirigirle la palabra, ni aun después de haberme tomado en la universidad ... Muy a pesar de todos su ruegos vía carta, celular y mail . Le odiaba y mas le odiaba en su penosa insistencia. Después de apaciguar mi alma en los Alpes suizos, donde todo era tan tranquilo y fresco como el brillante cielo azul, estudié pintura en Italia y al fin a los 21 regrese a Japón para especializarme en arte japonés. Las cosas habían cambiado demasiado en todos esos años en que yo no había puesto ni un pie por mi país, ya que cada que pensaba en hacerlo pensaba en su sonrisa, y eso me hacía rememorar todos mis recuerdos infantiles, mi dulce amor...
Sabía por cartas de mi madre que Kaidou - sama había fallecido hacia un año y ella tenía un nuevo asistente, una chica de enormes atributos físicos. Llegue a la mansión por la tarde, exhausto del viaje y como no quería causar revuelo, me metí por la puerta del jardín trasero para poder llegar a mi habitación y descansar, así nadie me molestaría.
Dormí demasiado pues cuando me desperté ya era casi media noche, tenía hambre así que baje sigilosamente a la cocina a prepárame algo, me hice un emparedado y me serví algo de té verde. Salí de la cocina cual fantasma sigiloso y me dirigí hacia la sala de televisión, me había vuelto un experto en eso del sigilo, antes siempre había armado un revuelo magistral en donde quiera que entrase pero desde que había salido de mi casa, había conseguido la habilidad de pasar desapercibido por ser demasiado silencioso, incluso tenía un compañero que todo el tiempo me recriminaba mi falta de interés en ser reconocido.
Así que había logrado evadir a los empleados y por lo tanto nadie me había visto, salí de la cocina hacia la sala de televisión ya que al pasar a un lado de esa había escuchado ruido y supuse que era mi mama que estaría esperándome a que yo " llegara ". Entre dejando saber de mi presencia y entonces como el primer golpe de mi pasado, ahí estaba el... Esos ojos del más azul de los cielos, como si fueran a llover, el dolor, odiaba mirar en esos ojos el dolor, un dolor pasado. Su cabello negro, sin orejas como ahora yo estaba, me pareció más bajo de lo que le recordaba.
- Soubi?
- Ritsuka?
