Capítulo XX
Décimoctavo peldaño: La onomatopeya de las caderas.
Genus irritabile vatum (la raza irritable de los poetas)
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Lenny Kravitz - Are You Gonna Go My Way
Foster the People - Don't stop
System Of A Down - Toxicity
The Doors - Love Two Times
Joy Division - She's lost control
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Onomatopeyas. La onomatopeya es, entre las tantas definiciones que se pueden leer para conocerla, la representación de un sonido. Cualquier resonancia auditiva representada mediante unas letras que definen dicho elemento sonoro. Hay muchísimas. Pueden ser percibidas por los ojos o por los oídos pero ambas abundan en el mundo, están en todas partes aunque no estén escritas todavía. Algunas son más comunes o conocidas. Existen onomatopeyas que describen el sonido de un artefacto explosivo al detonar con un BOOM, el sonido de un objeto quebrarse con un CRACK, un ronquido con un ZZZ o una bala disparar en un BANG. También las hay de animales, un gato MIAU, una vaca MUU o el KIKIRIKI de un gallo. Pero la onomatopeya como figura literaria dentro del mundo poético va más allá del conjunto breve de letras. Las onomatopeyas de los poemas tienen como objetivo representar el sonido percibido mediante un conjunto de palabras, más no letras y al mismo tiempo describir el mismo acto del sonido de dónde procede. Los poetas se inspiran en ventanas de madera abrirse, la percepción lejana de agua fluyendo dentro de un río o la punta afilada de una pluma al firmar sobre un papel. Pero sobretodo, lo que más inspira a los poetas es, como no, el amor, ya sea a la naturaleza, al dinero o a los amantes que alimentan ese arrebato artístico. Estos últimos, los amantes, poseen ínfimas onomatopeyas. Son capaces de describir el sonido de los suspiros, los roces o las miradas. Pueden escribir la textura de un corazón a pesar de no verlo, describir el ruido de un sentimiento profundo o redactar el espesor del romanticismo de una boca, pero la onomatopeya más curiosa de un amante reside en sus caderas.
¿Cuál es la onomatopeya de las caderas?
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Calor humano en una ciudad fría.
Intimidad de amantes primerizos en una ciudad de pocos amantes.
Revivir la poesía silenciosa en una ciudad de dramaturgos románticos ya muertos.
Besos matinales en una ciudad de gestos cordiales.
Cosquillas traviesas en una ciudad de barbillas elevadas.
Compañía en la cama en una ciudad de habitaciones solitarias.
Dedos jugando con otros dedos en una ciudad de manos empuñando armas.
Risas escondidas bajo la manta en una ciudad de solemnes labios fruncidos.
Miradas risueñas en una ciudad de desconfianza y pólvora.
Toques sexuales en una ciudad de mentes frígidas.
Pellizcos amorosos en una ciudad de castigos severos.
Empujones juguetones en una ciudad de manos escondidas tras espaldas.
Quejidos graciosos en una ciudad de lamentos reiterados.
Edward Cullen e Isabella Swan en Londres.
-Aparta, gordo.
Le aparta con los pies fríos mientras ríe.
-Deja de empujarme.
-No quiero.
-¡Ah!
-Quejica.
-Deja mis pezones.
Él se los tapa.
-No me da la gana. Me gustan.
Ella da un manotazo a la muralla de sus manos y vuelve a retorcerlos gracilmente.
-Muy bien.
-¡Au! Idiota, deja los míos.
-Yo tampoco quiero.
Con énfasis a su negativa se lleva a la boca uno de ellos.
-¡Ay!
-Sshhh, Clive Owen te va a escuchar, si es que no lo hizo anoche.
-Oh joder, no…-se lleva las manos a la cara para taparse vergonzosamente.
Él ríe observando el gesto y le obsequia con un beso matinal. Ella se olvida sobre el mal aliento y la estrecha relación de besar o no con él. Suspira cuando Edward reparte unos más pequeños y ruidosos por la comisura de sus labios. Después desciende y respira sobre su cuello. Bella lleva las manos a su cabeza y alborota el pelaje de su pequeño fiero.
-Tu peinado de sexo me vuelve loca.
Él sonríe mientras ella lo toca y lo manosea, juega con las puntas, lo estira infantilmente y lo enrula a su antojo. El pelo de Edward, de una gama entre el rubio y el castaño posee una tonalidad extraña como oro bañado en coñac añejo. Algunos pelos de un rubio tan claro que parecen canas albinas. Brilla hasta la última hebra de tan enredoso pero sedoso nido. Cada una de sus cortas greñas apunta a una dirección, las conductoras de tales desviaciones capilares han sido las manos de Isabella. Que Edward bese suavemente la piel sensible bajo su oído izquierdo produce unos accidentes en las circunvalaciones de sus dedos. Cuando ella pierde el control, lo único que puede hacer es agarrarse como si de una barandilla de seguridad se tratara la sujeción de su hermosa y desastrosa cabellera.
A pesar de que Edward esté a gusto con el masaje, después de esbozar la sonrisa tímida y tierna se le escapa una mueca que no le pasa desapercibida a ella.
-¿Qué he dicho?
-Nada. Es solo que estoy harto que todos estén tan pendientes de mi pelo, están obsesionados, quiero decir... solo es pelo. No entiendo el fetiche que tienen con él. No quiero que solo me conozcan por mi pelo. Es estúpido. No quiero que esté en estúpidas listas ni que hable por él mismo. ¿No te parece patético que tu pelo tenga más protagonismo que tu persona en si misma?
Ella frunce el ceño pero sigue en su labor de toquetear su cuero cabelludo.
-Mmm...me parece a medias. El pelo forma parte de nosotros, es lo que mejor controlamos de nuestro cuerpo. Dice mucho de una persona, supongo. La gente que trabaja en revistas de prensa rosa y actualidad lo analizará como si fueran grafólogos de moda y tendencia- cambia de tono como si leyera- El actor de moda, Edward Cullen, ¿cuál es su secreto por el que todas chillen a su paso? Su pelo enredado pero que enloquece a toda mujer en todos los rangos emprendidos de edad, tanto púberes como no púberes, bla bla bla. Que digan lo que quieran, a mi me encanta. No veo lo malo pero si que es bastante lamentable que tu pelo sea más famoso que tú en si- responde dándole la razón.
Edward calla unos segundos largos.
-Córtamelo.
-¿¡Qué?!
-Córtamelo- repite- no hay nada que analizar. Me da pereza ir al barbero a que me lo corten, no hay más secreto que ese. ¿Me lo cortas?
-Edward, no tienes ni un sofá en esta casa, ¿dónde quieres encontrar…?
-Tengo una máquina de pelar en la mochila.
-Está bien- acepta temerosa sin entender ese arranque por su parte.
Edward se levanta y se pone los calzoncillos. Ella lanza un gruñido lujurioso y él se cohibe. Isabella alza su mano para que le ayude a levantarse y él le ignora yendo al cuarto de baño.
-¡Desgraciado! ¿Así me tratas?
Él tararea desde su sitio. Bella abre la mochila que está en un rincón y se pone unos calzoncillos y una sudadera de él.
-No tienes vergüenza, vaya trato me das. Me duele la espalda que lo sepas.
-Vergüenza no tienes tú- mira sus calzoncillos en sus piernas y su pene quiere alzarse cual mástil- y si te duele la espalda es por tu culpa.
-¡Ja! ¿Mi culpa, encima? ¿Me invitas a tu nueva casa y me traes a ese mierda colchón hinchable de playa y encima es mi culpa?
La nueva casa de Edward Cullen está absolutamente vacía salvo por una cama hinchable de las que venden durante los anuncios del Teletienda nocturno. Eso es todo cuanto hay en el dormitorio principal. Eso y una manta estrecha que han compartido mediante tirones durante toda la noche para taparse los dos y no pasar frío. Una excusa baratilla para dormir enredados y entrelazados por todas sus extremidades entre los tantos metros cuadrados que tiene su nueva vivienda. Totalmente impersonal y vacía. Solitaria.
-El colchón hinchable era romántico. Y no es de playa- Bella rueda sus ojos- Si se ha pinchado es por culpa de tu fogosidad.
- ¡Ah! Allora, allora. O sea, que encima le echas la culpa a mi fogosidad -él asiente distraído mirando sus calzoncillos y metiendo las manos por él- Pues si tanto te molesta mi fogosidad- dice la palabra con entusiasmo- búscate a una mosca muerta que apenas se mueva y que... ¡Edward!
Edward la atrae a él con las manos en sus glúteos y aspira de ella con una respiración profunda. Bella se apoya en sus hombros desnudos y se sorprende de su atrevimiento.
-Allora, allora Isabella- se recochinea de su acento- ¿cambiarte por una mosca muerta? A la mierda, me gusta tu fogosidad.
A Edward le más que encanta que Bella le haya despertado en mitad de la noche con su mano sujetando y endureciendo su pene y susurrando que quería más de su jaguar. Él no ha puesto ninguna resistencia. Ni una cuando ella se ha escurrido por su cuerpo de la misma manera que la saliva que ha recubierto toda su erección más tarde. Cuando él no ha podido soportar más esa tortura bucal, Bella se ha subido en sus caderas y entre cabalgadas costosas, jadeos ruidosos y empujones entorpecidos por el inestable colchón que acompañaban las risas por la misma razón, el plástico ha reventado por algún lado específico en algún momento. No se han dado cuenta hasta que ambos han culminado y se han visto, literalmente, en el suelo. Ahora sufren las consecuencias, Bella se queja del dolor lumbar terrible y Edward, aunque silenciosamente se queja del dolor de su cuello, le echa la culpa a ella.
Bella enchufa el cable y enciende el aparato. Hace un ruido mecánico y molesto.
-¿Seguro?
-Lo quiero al cero.
Suspira indecisa y procede. A ella le duele más que a él. A decir verdad a él no le duele. Lo acerca a su cabeza y riendo nerviosamente da una pasada firme. Lo mira y se parte de la risa. Tiene una brecha gruesa justo en el centro y se ve ridículo. Como una carretera en medio del desierto rodeado de matorrales secos.
-Oh Ukko, espera. Tengo que hacerte una foto.
-¡Ni se te ocurra!
Forcejean. Uno dice que si, otro que no. Se chantajean, se sobornan y finalmente Bella vence y saca una foto de esa obra abstracta que es el pelo y la cara cómica de Edward.
Este muerde su cadera y ella salta hacia atrás chillando.
-¿Contenta?- pregunta retóricamente.
Sigue pasando el aparato ruidoso por su cabeza.
-No te muevas…-advierte concentrada- no puedo creer que esté haciendo esto. Estoy firmando mi suicidio en manos de tus fans como se enteren quién te ha rapado. Hasta yo quiero pegarme.
-¿No quieres raparme?
-Claro que no. Tu pelo es un amor platónico que ha dejado de ser platónico. Me siento una peluquera asesina, una Sweeney Todd despiadada.
Él intenta no rodar los ojos por su exageración.
-¿Y entonces por qué lo haces?
-Porque me lo has pedido. Es tu imagen, tu decisión. Tú eres quién decide en ti mismo, tú eres tu dueño, Edward. Ya eres grande para ser consciente en lo que haces. ¿Qué voy a hacer yo? Me gusta verte así de decidido.
Eso es algo contradictorio. Edward piensa que es muchas cosas menos decidido, pero le gusta que ella le haya dicho eso. Le hace sentir como un guerrero valiente por el banal hecho que esté cortando su pelo. Quizá este tipo de decisiones extremas en algo tan normal como es desprenderse del pelo cuando este se ha convertido en un símbolo icónico son decisivas para encontrarse a uno mismo, para identificarse con lo que quiere y no por lo que sueñan las demás. Una casa nueva, un coche nuevo, un corte de pelo radical. Edward pasa página y se adentra en una nueva fase de su vida. Edward, quién tenía miedo de comprar una vivienda en su hogar territorial para no ser acorralado por paparazzis, oficialmente vive ahora en Kensignton. Edward, quién se atemoriza al volante, ha comprado un glorioso Jaguar convertible.
-Tus orejas son tan raras, parecen élficas- murmura cuando las mete hacia dentro para no pillárselas con el cortapelos.
Él bufa y si hay alguien más crítico que Edward, ese es el propio Edward.
-Lo sé- exagera la respuesta- y encima se ponen rojas todo el tiempo. Debería haber hecho el casting para actuar como elfo en El Señor de los Anillos.
Ella ríe deliciosamente.
-Mmm...mi Legolas inglés- muerde la curva de una de ellas.
Él se queja.
-¡Es injusto! No puedo hacer lo mismo contigo por culpa de tus malditos pendientes.
-Te aguantas. A mi me gustan.
Él se venga y acaricia la piel de sus piernas desnudas.
-Deja de distraerme- advierte pasando la máquina por la parte derecha de su cabeza. Le ignora olímpicamente y sube sus manos- ¿Quieres estarte quieto? Te voy a hacer trasquilones y entonces van a querer matarme con doble motivo.
Toca su cintura mientras ríe suavemente. Observa su pelo caer sobre el suelo, la tapa del water en la que está sentado y su espalda. Nota como Bella se tensa en sus manos.
-Detente- las quita de dónde estaban.
-¿Qué pasa?
-No me toques la barriga- vuelve a su tarea algo más seria. Edward la mira extrañado desde su altura.
-Pero a mi me gusta tocarte- confiesa.
-Pero a mi no me gusta.
¿No ves las putas estrías? Hay demasiada luz en este maldito cuarto de baño.
En silencio prosigue. La sola mención de esas atrofias cutáneas le deja un sabor amargo en la boca. Al contrario de las teorías del amarse a una misma, por muy convincentes y poéticas que sean los discursos y las palabras de tales argumentos, Bella está en la fase de resignación. No ha aprendido a amar esos defectos porque simplemente no quiere amarlos. ¿Por qué tiene que hacerlo? Es algo con lo que convive, acepta a regañadientes porque ya no tiene remedio e intenta ignorar lo máximo posible. Ciertamente, no le acomplejan. Su cabeza repite la palabra.
Estrías.
Estrías.
Estrías.
Suena estridente. Suena a malformación. Suena a ¿por qué debería amarlas? ¿Solo porque forman parte de mi? Es como esos padres que abandonan a sus hijos y luego aparecen de la nada ¿Por qué perdonarlos? ¿Porqué simplemente son sus padres biológicos? Hasta ahora no se había preocupado de esconderlas. Las ignora de tal manera que están olvidadas. Los hombres con los que ha compartido solitarias noches de sexo no se fijan en esas cosas. Pero ahora, el tacto que reciben era diferente. Ahora no son dedos toscos e invariables. Ahora son los mismos dedos, de manera reiterada. La mera idea de desagradar a Edward le causa incertidumbre y vergüenza.
De esa manera, un pilar de su andamio construido con el letrero de seguridad en si misma, se cae dejando inestable la construcción que tanto esfuerzo y empeño cuesta edificar en la estructura interna del amor propio.
-En verdad tenía miedo de cortarme el pelo.
La máquina se detiene. Los ojos de Bella se clavan en los de él.
-¿Y por qué me has pedido que lo hiciera?- su voz se eleva por la no comprensión.
-Porque hay que enfrentar los miedos, ¿no?- tuerce el labio a un lado.
Ella sonríe después de unos segundos y sigue rapándole. Siempre hay que enfrentarlos, hasta los más aparentemente tontos.
-Mi padre me lo cortaba de pequeño. Siempre terminaba llorando- acaricia el reverso de sus rodillas desnudas mientras le explica su experiencia- Cuando crecí tenía fobia de cortarlo. Luego me cambié de escuela y conocí la gran dimensión de las chicas…
-¿Ibas a un colegio solo de chicos?- pregunta extrañada.
-Si, en la escuela primaria si. Pero creo que la diferencia no se notó en lo que se refiere a castigos y notas. Siempre he sido algo...desastroso en los estudios. No sé, me daba pereza ponerme frente a un libro a estudiar. Prefería tocar música o escucharla, ver pelis, no sé...Era imposible concentrarme en las lecciones. Así que una de dos, o me saltaba las clases…
-Uy...qué malote.
Él ríe de su expresión.
-O iba a clases pero hacía travesuras con los compañeros y me expulsaban del colegio algunos días. Perfecto para escuchar la música que me diera la gana. Ya ves, un círculo vicioso.
-¿Muy vicioso con las chicas?- pregunta tentativamente.
-Claro que no- bufa rápidamente- No creas que era el típico ligón ni nada de eso.
-¿Ah no? ¿No eras como ahora?
Él niega avergonzado.
-No soy ningún Don Juan ahora. Eso es lo que la gente cree y de lo que quiere etiquetarme. No sé, supongo que nunca me identifiqué con ningún perfil específico típico de escuela. No pertenecía al brillante capitán de fútbol aunque tampoco al completo nerd. Una vez pasé la etapa de querer ser cantante de rap y darme cuenta que sería bastante ridículo en cualquier lado con mi acento, vino la fase de las chicas. La cual fue más desastrosa si puede.
-Ohh, no te creo.
-¡Hazlo! Un completo desastre. Como venganza con mi padre, dejé mi pelo crecer a eso de los diecisiete. Sumado a que lo engominaba hacia atrás y me hacía una coleta bastante grasienta, se podría decir que me daba un aire parecido a Steven Seagal. Intentaba ligar como un desesperado. Ahora lo pienso y me veía patético.
Ella revienta en carcajadas sin evitarlo.
-Si, ríete, ríete. No se puede decir que fuera un hombre por esa época. Con la cantidad de perfume que me rocíaba creo que atraía más a las moscas que las mujeres. Veraneaba en Portugal, mala idea. Tostado como langosta, perfumado y ese horrible peinado. No me extraña que no se acercaran. Y eso que las portuguesas son fogosas. Para de reirte- reprocha bromeando.
Ella se calma y termina en carcajadas suaves.
-Algo tenías en común con ellas. Las gambas tienen bigote.
Edward se ríe por el comentario y niega la cabeza.
-También tengo en común el culo espectacular. ¿Quieres ver que bien me queda un tanguita de leopardo?
-Creo que él que no quiere eres tú.
-Si, yo también creo que me traumaría gravemente.
-Esto ya está- murmura cuando todo el pelo reposa en el suelo y sobre su piel- Aunque...En verdad no he terminado- mira tentativamente hacia su prenda interior.
Con el dedo separa la tela de la cinturilla y da un vistazo travieso.
-¡Oye!
Ella ríe muy fuerte.
-Tiene pelos ahí también, Lord Cullen.
-Deja esos pelos tranquilos. ¿Te molestan?
-No seas tonto, claro que no. ¿Te molestan acaso los míos? Porque no pienso rasurarme para ti. Se me irrita la piel y pica como la mierda.
Él ríe de la misma manera.
-Conozco la sensación. No sabes lo que es tener unas ganas terribles de rascarte las bolas y no poder porque estás haciendo entrevistas.
-¿Y eso?- sacude de su piel pelos sueltos.
-Unas ex meticulosas.
-Idiotas. ¿Te digo algo?- murmura avergonzada y sin esperar la respuesta- Antes de verlos me pregunté de qué color serían.
Él vuelve a reír por sus ocurrencias.
-¿Y acertaste?
-¡No!- contesta sorprendida- pensé que serían más oscuros. Y son claritos- dice mimosa sentándose con cuidado sobre sus piernas y mirándolo de frente.
-Bueno...a mi me gusta tu coño vintage pero modernizado.
La vibración de su cuerpo producido por la risa femenina impacta con el suyo y levanta sensaciones agradables.
-¿Vintage pero modernizado?- repite riendo- Pues tu polla es hippie pero clásica, muy elegante.
Él es ahora quien ríe fuertemente. No puede creer que esté teniendo tan extraña conversación sobre los términos para describir el bello íntimo de esa manera tan absurda. Bella empieza a besarle y él la acerca empujándola por el trasero.
-¿Y sabes que es lo mejor?- susurra en su oído mientras él reparte besos cortos en su cuello.
-Mmm…
-Que me encanta el contraste cuando se unen porque nuestro pelo púbico es un jodido poema.
Al morder el filo de su oreja, él responde al estímulo levantándose.
-¿Dónde vas?
Busca un preservativo de la caja que está tirada en el suelo del cuarto adjunto y vuelve en nano segundos. Ella sonríe misteriosamente por su entusiasmo y deja que él mismo le quite sus calzoncillos. Se sienta en la tapa del wáter de nuevo y palmea sus muslos para que ella se ponga encima.
-Hora de hacer versos con nuestras caderas.
Ella ríe risueñamente y se acopla a Edward.
-Lo que diga mi poeta y su pluma- acata fascinada.
Como se han prometido con los ojos, componen un poema. Escriben en sus pieles gemidos y jadeos pero no los borran a pesar de que suenen altisonantes. Nada se desecha aunque sea inarmónico. Dejan los garabatos de sus uñas y dientes en el tejido de sus pulmones. Mediante besos tridecasílabos dejan fluir un fuego cosquilleante. Con combinaciones estróficas de sus dedos manipulan palabras agudas y esdrújulas en el final de cada quejido amoroso.
La personificación de una caricia cruje al ser arrugada en un apriete sexual.
Una hipérbole de desesperación por fundirse en una anáfora de más, más, más.
El encabalgamiento de sus movimientos pélvicos son constantes. Ella asciende un verso y él está aún en el anterior y cuando ella desciende a otra rima él todavía sigue en otra y así persiguiéndose en el ritmo de sus acometidas y sus frases recitadas en voz baja.
Y si ella muerde un hombro, él besa el cuello.
Si él agarra la cintura, ella arquea la espalda.
Si ella abraza su regazo, él mece sus pechos.
Si él lame un pezón, ella bisbisea en un oído.
Si ella contracciones, él pulsaciones.
El hilo del discurso, lleno de interrupciones por la emoción satisfactoria, asciende entre epanadiplosis que empiezan con un joder, por parte de Bella y terminan en otro joder por parte de Edward. Un discurso salpicado por metaplastos incoherentes.
Y cuando la luz de lo caótico al final del túnel, gloria para él y gloria para ella. Las respiraciones alteradas de una musa y un versificador se aunan y se combinan con unas sonrisas carialegres correspondidas. Su enredo corpóreo no es más que el oxímoron que dormita en la esfera de un taijitu cuyo dualismo está borroso y ralo.
Eso es un poema.
El pelo extendido de Isabella cruzando la espalda de Edward. La mejilla femenina reposando en la clavícula de su hombre y este a su vez recostado sobre su mejilla en la mejilla adversa de ella.
Eso es el poema.
La composición cariñosa del nudo de sus manos y un ombligo asomado al balcón del vientre de enfrente. El exhalar sobre la piel del otro. Unos ojos asomados en la ventana del alma conjunta.
Esa es la actitud irritable de los poetas.
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-¿Y a qué hora dices que es?
-A las 11. ¿Quieres acompañarme?
-Hay demasiada gente- dice después de unos segundos.
-Es sábado, Edward.
-Sábadoooo, sábadoooo- repite Chucky.
-No hay clases. Solo es una charla de resumen para resolver dudas, preguntas y demás antes de los exámenes. Podemos dar un paseo por el Campus. Anda, anímate, pelón, cabeza bolo, bombilla de mi lámpara...- pasa su mano a contrapelo.
-¡Mmmm!
-¿Qué?
-¡Mmmm!
-No le oigo, duque de mis tierras de Kensington.
Él hace fuerzas y se desprende del agarre.
-Decía que de acuerdo.
-¿Y por qué no lo decías con claridad?
-¿Por qué me estabas aplastando contra tus tetas, quizá?
Ella hace una cara sorprendida como si no estuviera asfixiándolo en el valle de su escote para convencerle.
-¡Pero Duque! ¿Qué son esas palabras?- pregunta alarmada. Después cambia en un segundo la expresión y adopta una maliciosa- ¿le gusta mis tetas?
Edward decide no hacerle ganar tan rápido el juego.
-Tampoco son para tanto.
-¿Ah si?
-Si…¿Has ido a Alemania alguna vez? Bueno, ahí hay unas mujeres con una delantera…-acompaña su entonación de hombre verde cachondo de taberna poniendo sus manos delante de su pecho- en cambio tú- le señala con un gesto indiferente- si, bueno. No están mal supongo, ¿no? Quiero decir, cada una hace lo que puede. Pero las alemanas...
-¿Alemanas, eh?
Ohh Ohh. No se puede creer que ella haya picado.
-Ufff...alemanas, Isabella. Qué mujeres. Supongo que cada nacionalidad tiene su particularidad, ¿no?
-¡Oh por supuesto, Edward!- responde rápidamente con énfasis- los ingleses son los hombres más putamente aburridos y sosos en la cama. Pero no te preocupes, puedo acostumbrarme a ello.
-¿Ah si?- alza la voz.
A cada cual más tonto y juguetón.
-¡Claro que si!- chilla mientras camina aceleradamente a la cocina- Puedo pensar en cualquier hombre mientras te tengo sudando encima como un cerdo viendo los minutos pasar en el despertador. Bueno, ni siquiera puedo mencionar el sudor porque tampoco es que sea mucho el esfuerzo.
-¿Qué insinúas?
-Oh querido, no insinúo, ¡afirmo!
-Uuu…¡afirma! Pues bien que me llamabas antes Edward, oh Edward, si…
Ella sonríe sin evitarlo por como la imita gimiendo. Él la observa desde la puerta de la cocina y en silencio se acerca.
-¡Porque pensaba que era Edward Norton! ¡¿Me oyes?!- grita con entusiasmo. Sería tan convincente su tono si él no estuviera viendo como sonríe- ¡Norton! ¡Seguro que folla como los dioses! ¿Sabes qué? ¡Vete a buscarte una puta crucca rubia aria que te acune en sus tetones! ¡Vete y poneros a ver putas pelis porno nazis mientras hace macedonia con esa cabeza de melocotón que tienes y tus testículos de uva entre sus jodidas sandías si es que no te parte el cuello la so bruta! ¡Suksi vittun!(*)
Se hace un silencio extenso. Ella espera respuesta pero no la encuentra. Extrañada, lo llama. Deja encima de la encimera el cartón de café y lo busca.
-¿Edward?- vuelve a llamarlo en un tono normal.
Mira en el comedor, el cuarto de baño, el pequeño cuarto de sus bichillos preciosos y su habitación. Ni rastro.
-No jodas…-murmura incrédula delante de su cama.
¿Se ha ido?
-¡Aaaaah! ¡Para, para! ¡Maldito bastardo, no! ¡Detente!
-¿O qué?- provoca Edward.
Este estaba escondido tras su puerta y ha esperado que llegara. Sigilosamente se ha acercado y ahora la tiene debajo de él, atrapada contra el colchón, intentando escapar de sus muy malvados dedos haciendo cosquillas en su vientre.
-Te voy a hacer….jajaja, ¡para te he dicho! ¡Te voy a hacer cosas malas!
-Uy cosas malas...Estoy temblando de miedo, Isabella.
Ella se retuerce como una salvaje.
-O paras o te depilaré...jajaja...las cejas cuando…¡ay! ¡No! ¡Cuando duermas!
-Ni se te ocurra.
-Y luego pondré cera caliente en tu.. ¡que pares joder! Tu caminito feliz va a desaparecer.
-Permítame no creerle, Duquesa de mi colchón hinchable barato y destruído. Ronroneas cuando juegas con mi caminito feliz- contrapone muy vanidoso.
-Más voy a ronronear…-bufa enfadada con el cosquilleo insistente- cuando le dé un mordisco a...a tu glande.
Él para de repente.
-¿Qué?
Ella sonríe con malicia. Después hace un ruido con sus dientes como si diera un bocado al aire. Edward se aparta de ella.
-No es gracioso, Isabella.
-Oh claro que si.
-Al juego de ese tipo de mordiscos podemos jugar los dos.
Ella entrecierra los ojos y ahora quién sonríe es él. Se acerca a su rostro y la huele. Está recién salida de la ducha, aún cubierta con una toalla grande de color azul marina. Cierra los ojos y aspira de su piel. Huele a algún tipo de gel natural, no es agresivo ni perfumado. Sin embargo, él desea saber si su olor natural tiene algún parentesco con su sabor. Dirige su mano a una rodilla y asciende con parsimonia pero firmeza por la extensión de su pierna. Riega de besos el jardín de su escote. Ni por cien alemanas tetudas cambiaría ahora mismo las colinas llenas de Isabella Swan.
-Edward…
Siente la pulsación de su corazón como si estuviera en su sexo. La cara de Edward como si la estuviera oliendo antes de probarla, como un experto de vinos, simplemente la enloquece. Más aún.
-Shhh…-después acerca su boca a la suya y finge que va a besarla para después dar un mordisco en el aire, al igual que ella- Hueles tan bien, Isabella.
-Tu todavía hueles a sexo. Dúchate, que tenemos cosas que hacer.
-Pero todavía quiero más sexo- intenta deshacer el nudo del material textil que la envuelve.
-¡Que te duches!- exige con demanda. Inmediatamente le mira con cariño- Tengo que hacerte el café más bueno del mundo. ¿No quieres beber mi café?
Oh, Bella, Bella…Claro que voy a beber tu café...Prepárate, bonita.
-Está bien.
Cuando sale de la ducha, ella está vestida y limpiando el espacio que tiene para su loro y su iguana. La primera puerta del pasillo es una habitación con árboles de interior y cuerdas de un lado a otro. Es pequeña pero curiosa. Escucha como Bella ofrece un ratón para comer a Crispy.
Se dirige al dormitorio. Se le hace extraño no secarse el pelo con una toalla pequeña. Al entrar, se sorprende de ver su ropa meticulosamente estirada sobre la cama matrimonial. Es aquella muda que empapó cuando la loca le empujó al río adelantándose a la carrera navideña de la Peter Pan Cup Race. Niega todavía incrédulo por el recuerdo. Un aroma especial lo golpea cuando se lleva su camisa desgastada a la nariz. Huele al suave detergente que utiliza ella con su ropa. Ya es capaz de reconocerlo. Y le encanta.
-Vaya, debajo de toda esa pelambrera hay un hombre al parecer. ¿Por qué te has afeitado?
-Me he afeitado por ti.
Ella frunce las cejas sin comprenderle.
-Me gusta tu barba de Brad Pitt perdido en el Tibet.
¿Ha visto siete años en el Tibet? Tenemos mucho contenido cinematográfico del que hablar. Y litetario. Y musical. Y artístico. Y…¡mierda! Quiero hablar de todo contigo, Isabella.
-Me lo agradecerás- dice con satisfacción.
Ella se gira sin comprender y murmura algo en finés que él no logra comprender. La sigue hasta la cocina. El olor espumante a cafeína recién diluida está revoloteando en el aire.
-¿Qué es esto?- Edward señala una especie de bollos extraños reposando en un plato de color negro. Parecen sacados de un catálogo de cocina. Esos que son capaces de hacer ver un simple bizcocho como si de la más sublime tarta jamás hecha por el hombre estuviera impresa en el papel y al intentar imitarla sale algo parecido a...Bueno, sale algo algo parecido.
-Korvapuusti.
-¿Eh?
-En tu idioma es un rollo de ca…
-¡Oh mierda! ¡Esto está buenísimo!- interrumpe con ojos desorbitados llevándose el bollito entero a la boca.
-Nela. Bollitos de canela. Te vas a atragantar ¡bruto!
Él cierra los ojos suspirando del sabor exageradamente. En vez de coger un par de ellos para desayunar, se lleva directamente el plato al sofá, como si fuera el monarca de todo eso. Bella todavía no recuerda cuando sonrió tantas veces seguidas de esa manera tan desfingida. Negando con la cabeza de tanta dicha, coge las tazas con el café y las lleva hasta la pequeña mesa de delante del sofá.
Edward hace enfadar a Chucky quitándole el trozo de manzana que está comiendo.
-¡Maldito cabrón! ¡Maaaaldito cabrón!
-Deja de enfadarlo, va a picarte.
-Míralo, como cambia de una pata a otra. ¿Quieres manzana, muñeco diabólico?
-¡Hinttariiii!
-¿Qué? ¿Qué me ha dicho, Isabella?
-Maricón.
-Hinttari, hinttari.
-Lo tengo bien enseñado.
Edward le enseña el trozo de manzana y se lo come delante de su pico.
-No digas que no te he avisado- murmura ella como una madre que regaña a sus hijos por la pelea de siempre.
-¡Bella! ¡Bella! ¡Sácamelo! ¡Me está picando! ¡Isabella!
Chucky aletea con sus grandes azules y se lanza a las orejas de Edward intentando picarlas mientras este se protege con las manos como puede.
-Quién avisa no es traidor, Edward.
-¡Hinttariii, voy a matarte! ¡Hinttari!
-¡Bella! ¡Por favor!
Parecía una casa de locos.
-¡Chucky!
A los dos segundos ya está en el regazo de ella. Se acurruca en su cuello como si marcara territorio delante de otro macho que roba a su hembra. Estira sus alas para cubrirla y que no pueda verla Edward.
-Ya está mi niño, ya está. Es un nene malo ¿a que si? Mami está aquí para protegerte del nene malo.
-Voy a cargármelos a todos, Bruce- después imita el sonido de pistolas disparando.
-No lo pongas en mi contra- protesta observando la escena. Chucky parece uno de esos niños que miran maliciosamente cuando se salen con la suya y van corriendo al regazo de mamá. A decir verdad, no es que lo pareciera, es que lo es.
-Pues no le enfades.
-Oh más fuerte. Ohhh más fuerte. Oh oh.
-Marco…-dice Bella.
-¡Poooolo!
-¿Marco…?
-¡Pooolo! ¡Marco Poooolo! ¡Manzanaaa!
-¿Quieres manzana?
-Manzana.
-¿No puedes ser una mujer normal que tenga un gato como animal doméstico de compañía?
-Si quieres una de esas, insisto, la puerta está allí- informa señalándo- Si, podría tener un gato de la misma manera que podría tener un cocodrilo, pero en vez de eso tengo a esta cosita preciosa ¿eh que si, mi pequeñín?- estira sus alas abriéndolas en un ángulo perfecto y dejando un estampado azul extenso- ¿Has escuchado al nene malo? Un gato dice, quiere que seamos normales, creo que está en su sano juicio. Pobrecito. Los gatos no saben hablar, insultar ni cantar como tú. Mami no te va a cambiar nunca. ¿Cómo estamos, Chucky? Looocos- Isabella acaricia las plumas suaves de su cabeza, como si fuera un gato. Chucky hace una especie de sonido extraño como si fuera un ronroneo algo más tropical que un maullido.
-¡Locos!
-Eso es, estamos locos.
Edward no lo duda.
-¿Marco…?- prueba a decir.
-¡Hinttari!
Isabella se ríe de su intento patético de socializar con él.
-Enséñale a Edward como cantas, Chucky. Vamos, cántale. ¿Qué cantamos?
-Cantamos.
-¿Cantamos…Game of Thrones?
-¡Isabella!- exclama velozmente él.
-¿Qué pasa?
-¿Cómo que qué pasa? Es la competencia esa serie. Nos va a destronar y solo han estrenado la primera temporada. Peter Dinklage se llevó el Emmy en la misma categoría que yo.
-¿Peter es el enano, verdad? Mi preferido.
-Pero Bella…
-¿Qué? Un día ganarás un jodido Oscar, deja de lloriquear por un Emmy.
-Deja que lo dude.
Ella suspira cansinamente.
-Me aburre tu falta de ambición, Edward- Bella acaricia su loro como si un mafioso con su gato sentado en un sillón contra la chimenea se tratara mientras Edward todavía tiene en su mente la palabra ambición. La ambición, al igual que el whisky sin hielo, es todavía más dura de tragar y deja ese rastro ardiente en la garganta. Es un camino picante y gustoso. Al principio es algo masoquista sentirlo arder por dónde pasa, pero si se degusta y se controla la necesidad de volver a tomar otro, el sabor es delicioso y placentero. La sensación de ello es embriagante. Igual que la sonrisa mafiosa de Bella en ese instante mientras le mira en silencio. Después ese mismo silencio se ve interrumpido por Chucky cantando la melodía de la serie retransmitida por la HBO.
.
El aula es gigante. No puede ser de otra manera después de observar la enorme estructura del edificio. Los asientos están construidos como un teatro griego. Ellos están en las mesas más alejadas de la pizarra. Ahí Edward pasa más desapercibido. Este se encuentra raramente fascinado de estar ahí. Una extraña sensación universitaria es como si se hubiese apoderado de él y se sintiera un estudiante postizo entre todos esos jóvenes sentados y apuntando como desesperados en sus libretas u ordenadores portátiles. Después mira a Isabella. Sus ojos están fijos pero no parecen muy concentrados en las palabras del profesor, es como si se encontrara en otro lugar. Edward le analiza con la mirada. Desde que está con ella no le ha visto utilizar ni un poco de maquillaje. Tiene la piel completamente limpia de productos cosméticos. Ciertamente, la coquetería natural de Isabella es inexistente y tampoco pone empeño en poseerla. Edward siempre ha querido una mujer elegante y coqueta y la que tiene al lado no lo es. Ese factor es algo que va más allá del propio entendimiento de él.
Sus pestañas son extensas y sus ojos en una perspectiva de perfil es algo de lo más maravilloso que ha visto. Es del mismo color que las chocolatinas con leche del calendario de adviento que tiene en la cocina. Esa mañana casi lo mata cuando él ha querido comerse la chocolatina del día siguiente. Le ha dejado claro que esos chocolatitos eran suyos y solamente suyos cuando ha impedido que se lo comiera con uñas y dientes. Un mechón de pelo se suelta del agarre de su oreja y tapa su rostro. Él lo vuelve a poner a su sitio mientras Bella le observa. Edward le dedica una sonrisa amable. Isabella siente como si estuvieran taladrando su pecho.
-¿No apuntas nada?- susurra en su oído despejado.
-Apuntaría algo que no supiera- bufa- Qué aburrimiento, necesito un cigarrillo ya. Pensaba que vendría Stephen Shennan. Eso si es un profesor- acaba molesta.
Edward está extrañado. La University College de Londres, universidad de élite, la tercera más antigua del país, la cuarta posición a nivel mundial y todo esos títulos que le otorgan el enorme prestigio que acarrea todas las posiciones que presume, implica que no todos pueden ingresar en dicha institución. Se requiere un nivel de conocimiento elevado o, en su defecto, una cuenta bancaria igual de prestigiosa, a pesar de ser pública. Las titulaciones académicas que se otorgan no son regaladas. La preparación íntegra es una característica real. Tanto docentes como alumnos ponen toda la piel en su formación. Como declara su lema: que vengan aquellos que solo merezcan la mayor recompensa por su mérito.
Media hora hablando de términos extraños en frases interminables de tecnicismos y palabras fuera de su entendimiento y todos los compañeros apuntan como si fuera contenido nuevo. En cambio su chica está masticando un chicle aburrida porque ya sabe todo lo que están hablando. Un pequeño torbellino de orgullo llega a su corazón observándola, como si fuera una especialista en matemáticas y estuviera repasando la tabla del 2. Es como si no fuera con ella todas las dudas y preguntas que hace el resto de los estudiantes.
En algún momento, ella saca una pequeña libreta de su mochila. Da un trago a su lata de Nestea y mira pensativa el techo. Después escribe y Edward piensa que algo nuevo tendría que aprender. Observa como desliza la pluma sobre el papel, no utiliza un bolígrafo de punta gorda. Hasta en eso ella destaca, igual que el hecho de que escriba con la mano izquierda. ¡Hasta ese detalle idiota le fascina! ¿Cómo puede fascinarle algo tan insignificante? ¿Cómo puede encantarle el hecho que retuerca de tal manera la libreta y escriba de lado con los dedos sujetando la pluma hacia adentro? Se da cuenta de lo equivocado que está al pensar que ella estaba tomando apuntes cuando mueve la libreta y la pone delante de él.
Para mi poeta de ojos verdes y trasero atlético;
Las rosas son rojas,
las violetas azules,
quiero chupar tu tallo…
hasta que explotes en copos de polen blancos.
Edward se atraganta con su propia saliva. Esa chica es impresionante. Escribe con la pluma y vuelve a pasarle la libreta.
Obscena
Qué letra tan bella tiene. La suya parece jeroglíficos apoteósicos. ¿Será por escribir como desquiciada durante años? Vuelve a pasarle la libreta.
Poetisa
Rectifica ella. Él no piensa quedarse atrás. Escribe de nuevo.
Querida musa de boca astuta y dedos inteligentes;
¿Qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila de coca-cola de cereza.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía…¡es tu coño maravilloso poseyéndome!
A los segundos ella ríe silenciosamente y él la imita. Ese hombre es insuperable. De repente ella lo guarda todo y recoge sus cosas. Lo arrastra fuera de la mano a paso apresurado.
-¿Dónde vas? Todavía no había acabado la clase, Isabella- pregunta divertido y mirando su culo en la prisión de sus tejanos.
-La inspiración está embriagándome, Edward. ¡Rápido! La facultad de letras es la de al lado. Esos estúpidos licenciados estarán haciendo poemas idiotas y nosotros aún con la ropa puesta. Tú y tus obscenidades escribiendo la palabra innombrable coño. Los dramaturgos isabelinos están con la boca abierta en sus tumbas. Mira qué pasa cuando me provocas...
-Isabella, estás loca.
Ella le ignora y empieza a correr por los pasillos del edificio de al lado. Los recorre entre las pocas personas que están dentro. Todas ellas están en sus mundos con sus móviles, tabletas y portátiles. Nadie parece darse cuenta de lo inspirados que se encuentran. Llegan a una puerta metálica.
-Entra.
-¿Qué? Bella, esto si que no.
-Cállate- le empuja dentro y después de mirar a izquierda y derecha, se mete dentro.
-Se te va la cabeza, nos van a pillar y…-ella muerde su labio y quita el cinturón de sus tejanos. Ella se ríe cuando lo escucha suspirar de esa manera tan
-Ya estoy perdido.
Ella sonríe de nuevo. Edward se deja llevar por las sensaciones de lo prohibido. Sin querer enciende el interruptor de ese pequeño trastero de la limpieza lleno de cubos de fregona, paños, limpia cristales, botellas de detergente y plumeros. La bombilla parpadea y ofrece una luz muy pobre y clandestina.
Isabella refriega su cuerpo contra el de él. Sus pezones se erectan al notar la dureza en su bajo vientre. Abre los pantalones de un jalón apresurado. Tararea alguna melodía sin sentido y se pone sobre sus rodillas. Con los dientes baja sus calzoncillos en un movimiento sexy. Su polla ya está erguida y esperando por su boca. Pasa la lengua por ese pequeño agujero a medio lubricar.
-¡Mierda!
Edward observa hacia abajo. Nunca ha tenido claro si es debilidad o poder el tener una mujer de rodillas ante él y entregada a un acto tan placentero. Ella se lo lleva a la boca después de perfilar sus lados con la lengua. Ronronea cuando la tiene dentro. El sonido le vuelve loco y la succión...La absorción en las mejillas contraídas ya ni sabe como le vuelve, si loco, rey del mundo o un ser débil. Bella acaricia sus piernas peludas con las manos, de arriba a abajo, de cadera a rodillas. Después utiliza una para masturbarlo un poco mientras ríe de sus muecas. Ella si sabe que papel tiene entre debilidad o poder. Si lo sabe. Tuerce su cabeza hacia a un lado y sin apartar la mirada, estira la lengua hasta tocar su bolsa.
-¡Bella!- chilla.
Pocas mujeres le han hecho eso. No todas llegan más lejos que unos centímetros. Siempre ha sido un acto intermediario, en cambio Bella parece que lo disfruta. ¿Serán cosas suyas?
La mujer ronronea juguetona aspirando de su piel sensible y colgante mientras sigue tomándolo con una mano. Se ve peligrosa y decadente. Ella se mueve como esas canciones lentas y góticas. Negras como su pelo suelto y ahora enredado en las manos de Edward. Ella sigue con los ojos fijos, haciendo algún símbolo con la punta de la lengua en sus testículos. Dándolo todo y sin miedo, con seguridad en su movimiento.
Edward es otra cosa, no hay seguridad en ningún movimiento involuntario de su cintura. Va por libre, como si estuviera conectadaa a otro cerebro diferente al suyo. Parece que toda su sangre fluya más rápido. Toda va al mismo punto localizado.
-¡Espera! Sube, sube…-la empuja hacia arriba.
-Pero Edward…- él desabrocha su pantalón con prisa.
-Nada, Bella. Estoy a punto de correrme- sisea peleando con el tejano.
Ella no se opone y también parece que se ha desconectado el cerebro de su boca.
-Tú haces que se rompa mi brújula y apunte al norte, Edward.
Él la llena de besos rápidos y pasadas de lengua que erizan su piel y le hacen perder el sentido.
-Isabella, las brújulas apuntan al norte- se siente supremo por poder rectificar un error de ella.
-Mi brújula apunta al sur, Edward. Algo está mal en mi pero cuando suspiras y me besas de esa manera, apunta al norte. Se siente correcto cuando estás dentro de mi.
La mira por unos segundos extensos. Ella muerde el labio arrepentida de haberle dicho eso. Le da vergüenza cuan cursi ha sonado en palabras reales y no versos estúpidos en papel. Antes que pueda pedirle que olvide esa tontería, él ya está sujetando sus caderas y dejándola entre su cuerpo y la pared. De nuevo la adrenalina cuando está con ella sube por sus venas y hace bombear más rápido su corazón. La escucha gemir en su oído cuando mete un par de dedos en su centro y la prepara.
-Edward...ya- le pide.
Su pelo recién rapado le cosquillea su cuello. Él está distraído con sus pezones que aparecen y desaparecen a cada vaivén de la bombilla solitaria que cuelga de un cable. Los manipula con la lengua y los dedos sincronizados. Entra en ella al mismo tiempo que la besa, una incursión doble en su cuerpo. A partir de ese momento en el que se complementan todo es apresurado. Sus caderas brincan y saltan. Llamándose, necesitando de la correspondencia del otro, en busca de ese grito de piel y carne que dice no estás solo. Besos, saliva, susurros apresurados. Jadeos apoteósicos.
Sudor.
-Si, Edward.
-Si…
-Si…
Sis, sis, sis infinitos y repetidos como dementes. Un si de gozo y no de condición.
En la entrega no hay condiciones.
El espacio tan reducido es un hervidero de olores. El aroma fuerte a desinfectante va mezclándose en el de ellos.
-Edward…-no puede controlarse cuando él chupa su cuello de esa manera. Le desespera y al mismo tiempo quiere su saliva allí y en todos lados. Su mano traviesa asciende hasta posarse en la curva de su culo. Lo aprieta con pasión y ella responde de igual manera. Tan redondo y maligno. Tan chulo y prepotente en el caminar y ahora lo tiene en su mano. Lo moldea con poder.
Tu culo Isabella...qué cosa...oh joder. Un día te descuidas y estoy en él.
Unos palos de escobas caen a su lado por el golpeteo insistente. Paran. Silencian sus gemidos y se miran en tensión.
-¡Mierda! Nos van a pillar- ríe flojo ella como si le importara una mierda y se excitara el doble.
Esperan que no se haya oído tan fuerte como adentro. A los segundos Edward inicia la coordinación de sus caderas. Onomatopeyas y onomatopeyas escritas en fumettos. Embiste suave y lentamente. Aprovecha para, como en el poema mencionaba, clavar su pupila en la suya. Sus pieles crean una fricción deliciosa. Después va cogiendo ritmo y ritmo...Rápido y potente como la desesperación de un acelerón apresurado.
-Mira...nuestro poema, Edward...Míralo.
No opone resistencia y dirige su mirada a sus sexos desesperadamente unidos. Edward gruñe estrepitosamente con la imagen. Es descarada y vulgar. Maravillosa y poema de poemas. Su polla entra y sale como un naúfrago en su escondite. Toda su envergadura empapada de la excitación de ella.
¿Shakespeare y sus palabras románticas y corteses? Shakespeare, cretino de cretinos. Un idiota que lo disfrazaba todo.
A cada acometida le recibe un dolor placentero por el apriete. Es jodidamente delicioso. Brilla como resplandecen las gotas solitarias a trasluz, pero aunque lo fascine como un loco, desearía que la circunferencia de látex que lo rodea no estuviera de por medio. No quiere nada de por medio entre ella y él.
-¿Te gusta?
Bufa en medio del placer.
-Me encanta, preciosa.
Ella lloriquea por la palabra. Es una bala clavándose en medio de su centro. Es una lágrima que quiere saludar.
-Edward...Edward…-la sensación vertiginosa se apodera de su motricidad- Yo...joder- aprieta fuerte sus hombros- creo que ya...ya...me…No puedo más...
-Vente, Isabella. Vamos.
Su voz rasgada suena tan...masculina. Se va...Se va a algún lugar del que desconoce las coordenadas porque no tiene coordenadas dónde encontrarlo. Se va y no sabe cómo ha llegado. Se va sabiendo que él se dirige al mismo tiempo. Corre al norte, dónde apunta la aguja.
Él agoniza de la misma manera y la sigue. Con piernas temblorosas y el pulso en las nubes. Cree que se va a caer si sigue de pie.
-Edward te he mentido- confiesa cuando se alejan acelerados pero silbando del cuarto de la limpieza que han dejado infectado de sudor y sexo. Han hecho un desastre tirando las escobas, fregonas y demás productos de limpieza que se han caído del estante de dudosa fijación en los tornillos que lo anclaban a la pared.
Él detiene su andar.
-Esta facultad es la de ingeniería e informática. Todos aquí son unos frikis, no levantan la cabeza de sus aparatos. No quería que nadie te reconociera. Yo...de verdad que no quiero que te acosen ni nada de eso. Es desagradable. ¿Sabes la rubia que preguntaba tanto en la clase de antes?- el asiente mirándola con atención- Es una idiota que tiene su carpeta forrada con un póster tuyo. Siempre está delirando por ti. Si la escucharas como te folla verbalmente cada semana cuando sales en la tele…-él aparta la mirada avergonzado- Ha habido un momento que estaba mirando demasiado hacia atrás. No creo que se haya dado cuenta…- empieza nerviosa.
-Ey Bella, está bien. Si se hubiese dado cuenta hubiera venido corriendo y gritando como todas.
-No quiero llamar la atención para que te reconozcan. ¿Me crees?
Él sonríe y le guiña un ojo.
-Alejémonos antes que venga algún encargado de la limpieza.
Una mirada cómplice y una sonrisa socarrona emprenden la marcha.
Más tarde piden el menú del día en el bar de la facultad y comen juntos en la mesa más alejada.
-¿No acabaste los estudios obligatorios? Inglaterra tiene una cifra jodida de los muchos que dejan de estudiar.
-Si...me saqué el graduado escolar por tenerlo, no como meta ni nada. Me presenté a las pruebas finales y las aprobé todas justas. Recuerdo...el examen de geografía. No había estudiado nada y miré las preguntas. Estaba completamente en blanco y pensé en irme de ahí. Pero cerré los ojos y visioné un holograma tridimensional de Buda. Era real. Como si lo pudiera tocar. Me concentré y pude ver todas las respuestas del examen.
-¿Qué?- dice chillando ella de su estupidez. Él sigue a pesar de la interrupción.
-A partir de ese día, cada vez que quería algo simplemente cerraba los ojos e invocaba a Buda.
-¿Qué hablas Edward?
-Me dí cuenta que todo lo que quería saber y podía conseguir residía en el poder de Buda. Cambié cosas del destino, cosas en mi vida, pero sobretodo me di cuenta que era una herramienta poderosa porque también podía interferir en el futuro del mundo gracias a él. Tenía el destino en mis manos. ¿Sabes qué quiero decir?
-No, no sé. ¿Qué coño hablas de Buda? ¿Se te va la cabeza?
-Maldito Buda. Ya nunca aparece en mi mente. Se ha ido. ¿Como manipulo ahora el destino?- dice para él mismo.
Ella lo mira como diciendo ¿pero qué coño dice este de Buda y su puta madre?
-Una lástima que Buda me negara matar al Señor Parks.
-¿Quién es?
-El maestro de educación física. Lo odiaba. Menudo carapolla- ella ríe como loca por el tono en que lo describe- Edward, ¿eres un hombre o una nenaza? ¡Corre más rápido! ¡Salta más alto! ¡Vamos, niñita! Ohh...vaya un idiota. Quería matarlo. No era el único por eso. También quería matar a todos los que se reían y decían que nunca llegaría a nada en la vida. Que me dejara de pensamientos bohemios absurdos y me centrara. Que me olvidara del teatro que no llegaría a ningún lado. En la escuela no te apoyan mucho a ser un artista. Ni artista, ni músico, ni actor, ni nada. Así que...eso es todo, supongo. Cuando dejé los estudios me puse a trabajar en pequeñas cosas. Eso de los estudios no tenía futuro. Entonces vino la fase obsesiva de ganar dinero. Quería ganarlo para comprar libros y vinilos. Quería comprarme un tocadiscos de los buenos. Con un espectacular gramófono. Me encantan.
-Mmm…-asiente bebiendo de su cocacola- a mi también me gustan mucho.
-Mmm mierda, estas salchichas de Lincolnshire están de muerte- se lleva el tenedor a la boca apresurado y sigue comiendo con ganas. Muchas ganas. Escribir poemas cuando se está inspirado es cansado.
-Lo sé, mi plato preferido del menú. Aunque no tiene nada que ver con una buena mustamakkara.
-¿Traducción, mi señora del norte?
Una sonrisa de escapa por el nombre.
-Es un tipo de salchicha. Tenemos mucha variedad de salchichas y la utilizamos casi como si fuera guarnición. Es como la verdura nacional de Finlandia. Mi preferida es la mustamakkara, es originaria de Tampere. Me encanta esa región- Edward nota la admiración que tiene al explicarle eso.
-Oye dime una cosa…¿es verdad que os coméis…?
-¿Renos? ¡Por supuesto! Está buenísima esa carne.
-¿Pero no son como perros para vosotros?
-¿Pero qué mierda? ¿Piensas que vamos por ahí paseando renos? ¿Qué imagen tienes de nosotros? Son renos, no animales domésticos. Me gustaría decirte lo contrario, pero por experiencia propia no puedo. Hasta los ocho años insistí a mis padres porque quería uno como animal de compañía, pero me dijeron que no podía ser. Me enfadé muchísimo. Yo quería tener un reno como quién tiene un caballo, pero ya ves, no pudo ser. Me conformaba con ir a los establos donde los criaban. Una vez estaba dando de comer hojas de sauce y abedul a uno, aún le estaban saliendo sus astas, no controlaba el peso. Por poco me quedé sin ojo, rozó muy cerca de él- se señala ella misma la cicatriz. Edward siente un escalofrío en su espina dorsal- ahora que me acuerdo…-se levanta de su silla y se pone al lado de la de él. Levanta su rostro y mira la barbilla- ooh mírala. Tu torpeza malabarista infantil- murmura antes de besar la cicatriz- ¿Vamos? Nos esperan.
-¿Quién?
-Dos tazas de café, un trozo de apple crumble y una conversación. Paseemos por el campus y bajemos la comida. No tenemos prisa.
Al salir, Edward sujeta la puerta para ella. No sabe si podrá acostumbrarse a eso. Eso es lo de menos, lo estrambótico viene después, cuando Edward sujeta su mano y entrelaza sus dedos. Ella se tensa en ese mismo instante.
-¿Qué ocurre?
Ocurre que nadie le ha dado la mano. Ocurre que no debe darle la mano a nadie. Ocurre que no sabía cuan bien se sentía estar unida de esa manera a alguien, mediante el lazo de unas manos. Ocurre que los dedos de Bella son gruesos y le acomplejan, más cuando están entrelazados a unos elegantes y que hacen maravillas.
-Nada- sonríe.
Nunca me he sentido tan viva como ahora
-Cuéntame tú.
-¿Sobre qué?
-Tus estudios y todo eso. Supongo que tu experiencia es todo lo contrario a la mía.
-Digamos que me encanta estudiar, si. Me apasiona aprender, es lo que se me ha inculcado y no quiero dejar de hacerlo. Además soy...sapiosexual.
Él hace una mueca graciosa por no saber qué significa.
-¿Voy a tener que googlearlo?
-No, no...La sapiosexualidad es cuando te sientes atraída por la inteligencia de una persona.
-No había escuchado el término nunca.
-Pues...tenía mis iconos sexuales divididos entre mis profesores, cantantes de grupos de música metal y estrellas de cine.
-¿Icono sexual un profesor?
-Lo sé, lo sé. Soy una rara, no me importa.
Él ríe.
-La estrella de cine o los cantantes lo comprendo ¿sabes la de pajas que me habré hecho en honor a Susanna Hoffs?
Bella se detiene y ríe como loca en medio del césped mojado.
-No jodas.
-¿Qué? ¿De qué te ries?
-Es que…-ríe entre medio de sus palabras- escuchar decir a un inglés que se mata a pajas es lo más extraño, vulgar y porno al mismo tiempo que he escuchado desde que estoy aquí. No sé si reír o correrme.
-Yo si lo sé…-le guiña un ojo coqueto.
Ella ríe suavemente como el sonrojo que se asoma en sus mejillas.
-Qué atrevido.
-Soy un poeta- rectifica con una de sus muecas vanidosas.
-Idiota.
-¿Que diferencia hay entre ambos?
-Kalevi Niemi. Profesor de historia. Era capaz de enseñar la historia a través de una simple y puta patata. Miles y miles de apuntes y él explicaba la historia mediante una patata.
-Y tú babeabas por ser una patata en sus manos y tenías orgasmos inteligentes fantaseando con ello.
-No, la verdad que no. En verdad era feo, horrible, de verdad que un hombre cero atractivo. Era gordo, bajito, medio calvo, con gafas antiguas de culo botella y siempre llevaba los mismos pantalones, pero es que era escucharle hablar con tanto conocimiento y saber y a la mierda todo. Todas las épocas de la historia ¡todas! ¡Detalles que no se estudian, sino que se deducen! Maldita sexy mente pródiga. Tenía miles y miles de conocimientos y desafiaba a lo que estaba escrito en los libros. No creía en nada, no se dejaba engañar por los puntos de vista subjetivos. Y en su mirada se notaba la pasión por lo que explicaba. Yo veía a mis compañeros aburridos en las lecciones, pensando que después estudiarían la lección en casa y en cambio yo estaba ahí en medio, sin comprenderlo. Era como, no sé, una fan que tiene a su ídolo en primera fila en un concierto y la gente le ignora por completo. Era como ¿joder, lo estáis escuchando? ¡Freddy Mercury está vivo! Pero no pensaba nunca en follármelo. Mis fantasías eran conversaciones extensas, bebiendo de una copa de vino en algún lugar con vistas impresionantes a algún paisaje natural. Quizás algún toque sexual pero nunca una fantasía completamente porno. Supongo que...Supongo que a la gente le atrae todo lo contrario pero se ve más correcto. Es decir, mujeres que quieren follarse a algún hombre lleno de músculos y bronceado espectacular, todo depilado y una camiseta de tirantes que queda ajustada al tórax pero que no se puede mantener una conversación inteligente porque no hay ni un gramo de eso en la materia gris de sus cerebros. ¿Nunca has sentido esa atracción? ¿La de dejarte seducir por un cerebro tan ejercitado como los músculos de Vin Diesel?
-Mmm...creo que no Isabella. Los hombres somos más primarios, unos putos trogloditas que ni pensamos. Somos de ver un culo y perder el nuestro. Puede que también no haya encontrado a ninguna mujer tan inteligente. Aunque...ahora que lo pienso si que conocí a una mujer inteligente dónde las haya.
-¿Si? ¿Quién era?- pregunta con curiosidad.
-Oh si, además tenía un culo tremendo, hacía conjunto con su cerebro. Se llamaba...Isabella Swan.
-¡Oh cállate!
-Voy a comprarle un tanguita sexy a ese cerebro tuyo. Y cuando apruebes los exámenes…¿cuando son?
-La semana que viene.
-Cuando te den las notas, excelentes, yo lo sé, de tus pruebas finales, voy a romper la estúpida tela con algún dato histórico que no conozcas. Y después voy a darte tal charla interesante que vas a delirar de placer.
Ella ríe como loca por como intenta seducirla con la idea del tanga para cerebros. Al rato del paseo se sientan en un banco y comparten el trozo de esa tarta de manzana que han comprado.
-Ya echo de menos tu pelo- suspira nostálgicamente pasando la mano a ras de su cabeza.
-Crece enseguida. Y cuando lo haga me volverán a preguntar qué es lo que hago para que luzca tan bien. ¡Vaya una gilipollez! Me dicen que no lo lavo y después me dicen eso. Que les den. Si me preguntan diré que un campamento de piojos veraneó meses ahí arriba. Así tienen mierda con la que entretenerse y escribir.
-¿Te lo dejarás larguito para mi?
-¿Larguito?
-Mmm...si- ronronea imaginándoselo- media melenita, no muy larguito, que no toque los hombros. Con ese color rubito en las puntas que se va opacando tenuemente al acercarse a la raíz. Como la de Josh Holloway…
-¿Quién?
-El rubio de Lost…- ella entrecierra los ojos cuando él hace un gesto de no saber quién es- no me digas que no has visto Lost.
-¿Culpable?- pregunta retóricamente con miedo fingido.
-¡Edward! Lost es la serie, no una serie, es LA serie, ¿comprendes? Y el rubio de Lost, aka Sawyer, oh Ukko sagrado, los llama a todos por motes ingeniosos pero el mejor es Pecas. Le escucho decir Pecas e Isabella vuelaaa altooo- exagera cerrando los ojos.
Él rueda los ojos.
-No será para tanto. No fui capaz ni de acabar el primer capítulo. Me perdí nada más el avión se estrella.
-Tienes que verla. Tienes que verla. Sawyer es la combinación perfecta porque está que te cagas y es inteligente. Un episodio está leyendo un libro en la playa, con esas gafas que le hacen ver más sexy, con la brisa agitando su melena...me lo como. También me pongo en repetición un recopilatorio en el que dice todos los Son of a bitch en la serie. Y aparte cuando se deja barbita…Eh ¿dónde vas?- se levanta a seguir a Edward.
-Solo te doy intimidad con tus fantasías y tus hombres deliciosos e inteligentes.
Ella ríe a carcajadas.
-Qué idiota eres, chico de las cejas gruesas- con el meñique se amarra el meñique de él y después besa el lateral de su cuello- tú estás al otro lado de la fantasía. ¿Se supone que debo dejarte espacio para que fantasee contigo la población femenina?
-No quiero ser una fantasía.
-¿Qué de malo tiene?- ella misma se rodea con la mano de Edward por encima de su hombro.
-Pues que no se me toma en serio.
-Otra vez tu nivel por el suelo de ambición. ¿Conoces a Salvador Dalí? Él decía que la inteligencia sin ambición era como un pájaro sin alas.
-Salvador Dalí era un egocéntrico que dijo muchas cosas.
-Era un puto loco surrealista. Es un genio. Pero tú eres ese pájaro, que tiene alas pero se conforma con estar dentro de la jaula.
-Isabella, la ambición no es más que el declive de toda persona. El inicio de una caída en picado porque se quiere tener todo y todo no lo puedes tener. En mi mundo, esa palabra es la que predomina y créeme, no me interesa tenerla. He ido a fiestas, desfiles, reuniones que medio mundo pagaría por presenciar. Al principio pensaba wow, qué gente tan inteligente, qué gente a la que admirar...Luego te das cuenta que no son tan inteligentes como siempre idealizaste. He ido a lo que hay después de las fiestas, los desfases. No quiero nada de eso. La ambición hace perder la cabeza y no en el sentido idílico como tú la pierdes, no en el sentido del Sombrero Loco de Alicia o la fiesta de fin de curso.
Ella queda pensativa.
-Creo que tienes razón, me he confundido en mis palabras, o al menos he olvidado de una que cambia todo. La ambición no es nada comparado al control de la ambición.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir, ¿has visto La lista de Schindler? Pff...no sé para que te lo pregunto si ni lo dudo que la has visto. Amon borracho como una cuba le dice a Schindler que nunca lo ve borracho y que ese control es el verdadero poder.
-Tenemos poder para matar por eso nos temen- cita Edward recordando la escena.
-Nos temen porque tenemos poder para matar arbitrariamente. Un hombre comete un delito y sabe lo que puede pasarle. Hacemos que lo maten y nos sentimos bien. O le matamos nosotros y nos sentimos aún mejor. Pero eso no es poder, es justicia, que es diferente del poder. Poder es cuando tenemos justificación para matar y no lo hacemos.
Edward está embriagado en la presencia de Bella. No se ha dado cuenta que se han detenido en medio del paseo.
-¿Vas a citar también el ejemplo del emperador? Isabella, Liam Neeson se quedaría de piedra por tu imitación.
-Liam Neeson es de piedra, lo asombroso sería todo lo contrario. Ahora aplica el poder a la ambición, una fórmula peligrosa pero atrevida y que el factor inteligencia es el determinante. Si puedes controlar la ambición, la ambición no te manipulará como hace con todos. Contrólala y será un juego divertido si eres lo suficientemente inteligente. Eso te diferenciará de todos esos idiotas qué creías inteligentes y no lo son. Quién es inteligente y aprende a controlar y jugar con la ambición, consigue el verdadero poder. Y tú eres muy listo -lo besa- inteligente -otro beso- interesante -otro- joven -otro más- Tienes que comerte el mundo- el último- pero degusta el sabor de este. No hay prisa. Controla la ambición y consigue poder. ¡Te reto!- dice con entusiasmo contra sus labios.
Él ríe.
Está loca. Ya está con sus discursos extraños- tararea en su mente.
- ¿A qué?
-Te reto a que un día subas a un escenario, con medio mundo pendiente de ti, la industria del cine envidiándote, tus admiradores delirando, tu familia orgullosa de ti, el mundo mediático criticándote, para bien o para mal ¿qué putas nos importa? Y que alces esa estatuilla dorada y te importe una mierda el que digan porque te la has ganado tú haciendo lo que a ti te gusta. Dale una patada a la Academia. Demuestra que tú puedes ganar ese premio, el más conocido, si, pero demuestra que al mes siguiente puedes estrenar una película independiente que no la visionen en todos los cines si así tú lo deseas. Una o todas las que quieras. Que aparezcan en letras rojas en la Wikipedia porque no tienen ficha siquiera. Provócalos. Ambiciona controladamente, no tienes porque perder el control. Sé capaz de mantener esa balanza de fuerzas peligrosas. ¡Te reto! Que se joda quién tenga que joderse si te odian cuando alces el premio. ¡Que te vean los profesores que jamás creyeron en ti! ¡Alardea ante aquellos que solo creen lo que quieren creer de ti y se atreven a moldearte como si te conocieran! ¡Te reto!- repite con lozanía.
-¿Y qué pasa si gano tu reto?
-50 pavos. Y si pierdo...tú decides.
Él ríe de nuevo.
-¿50 pavos es todo lo que vale para ti el Oscar?
-¿Qué vale para ti?
Él coge aire abundantemente.
-¿Y si no quiero un Oscar?
-Si lo quieres.
-No estoy seguro. La primera vez que rodé Time Owners...quería ganar uno antes de los treinta. Pero ahora...Tener eso no significa nada. Es solo un juego y yo no quiero que mi carrera sea un juego.
Bella lo observa risueña, como si ella fuera más allá. El espíritu de Agatha reside en su interior de alguna manera. Prende un cigarro y expulsa el humo de la primera calada.
-Edward, antojo algo grande tras de ti. Te antojo un hombre de futuro inigualable. Intuyo grandes papeles, algunos fracasos y una vitrina llena de premios, te gusten o no. Quiero pisar el paseo de la fama y besar tu estrella antes de poner mi culo en ella. El Oscar lo tendrás. Yo tengo una bolita de cristal aquí- señala a la altura de su pecho- yo no tengo un ángel o un demonio en los hombros. Yo tengo una bruja que me habla. Me dice que tú ganarás. Yo solo reto a la bruja y a ti y te digo que lo ganes cuanto antes. Te reto a ti y al tiempo y al mundo cinéfilo entero. Sube a ese escenario y alza esa puta momia extraña dorada. Y que tu sonrisa ese día derrumbe todo y sea inquebrantable hasta cuando te emborraches en la fiesta de después.
Edward le quita el cigarro e imita la chupada, expulsando el humo por la nariz.
-¿Sabes qué controla el control? La ambición.
-La inteligencia- refuta enseguida.
Rodea su cintura y le acerca a su cuerpo.
-Estoy pensando lo que vale el Oscar para mi…¿qué pasa si su precio es una mamada increíble?
La perversión de su mirada lo dice todo. Bella se lame los labios a propósito y él pone atención al movimiento. Otra calada y arrima los labios a los de ella. Expulsa el humo ambicioso.
-Si ganas tú y solo se queda en una nominación, te la chuparé como una condenada demente durante toda esa noche y te haré sentir el dueño del mundo. Te dejaré pensar que tienes poder sobre todo, menos de mi. Porque no te voy a dejar el control sobre mi. Soy una maldita sapiosexual y me gusta jugar a ser más inteligente que tú. Ten la desfachatez de ganarme, ten la caradura de ganar mi reto y pagarás las consecuencias.
La mano de Edward sujeta el rostro con firmeza. Mira sus labios fijamente y los besa con suavidad dolorosa y tentativa. Respira unos segundos encima y habla con voz serena y tranquila que produce todo el efecto contrario en Bella.
-Pero eso es trampa, Isabella. Si no puedo tener control sobre ti, tanto si gano como si pierdo, no gano nada. Aun si gano yo, mi premio no es nada. Eso no es un reto, es tener un mal perder y unas reglas absolutistas. El control lo tienes tú, gane quién pierda.
Ella se rueda los ojos por dentro. Solo el toque que mantiene en ese momento ya es más poder que el báculo de un papado, pero todo es sobre el control.
-Pues entonces, rétame tú- susurra a un volumen mínimo de voz, perdida.
El pulgar resigue la superficie labial con cierta humedad de su beso.
¿Control? Bella se ha olvidado cerrar el candado que lo encierra.
-Quiero ambicionarte.
-Ambicióname. ¿Qué te lo impide?
-Quiero que pierdas.
Con el cigarro entre los dedos, se lo pone en los labios de ella para que lo consuma. Swan lo hace. Cullen se deja consumir pero no intimidar.
-Yo también quiero que pierdas.
Se retan por largos minutos compartiendo el pitillo y el nacimiento de la ambición. La inteligencia es aterradora y delincuente cuando es equitativa entre dos personas desterradas de la soledad. Coquetear con el control es pernicioso.
Toman un taxi y vuelven a esa casa vacía e impersonalizada.
-Edward, ¿cuando vas a amueblar todo esto?
-No tengo prisa. De momento tengo la casa, ya es un paso. Adele se va a poner contenta cuando se entere.
-¿Adele? ¿La cantante? No me jodas.
-Oh si. Hace poco estuve en una fiesta con ella. Estábamos en Estados Unidos. Me dijo que quería verme más por Londres, que la gente pensaba que era americano y que debía proteger mi identidad inglesa y sentirme orgulloso de ello. Que volviera a casa, que no pertenecíamos a esa potencia americana. Me temo que es muy patriótica. Encima ya iba con unas copas de más. Me susurraba: "Edward, estos malditos pijos bebiendo champagne, ¿qué coño hacemos aquí? Tendríamos que estar en alguna taberna bebiendo cerveza y no esto" después me atraganté cuando ella me golpeó en la espalda en una palmada amigable. Es una bruta debajo de todos esos elegantes collares de perlas. Ya la invitaré a cervezas cuando esté esto más presentable- concluye sonriendo.
-Bueno, pero al menos tendremos que comprar un colchón aunque sea para esta noche. Y uno decente, no pienso dormir en otro hinchable- le deja claro con un movimiento de manos tajante.
Tan tajante, que en una hora ya están de vuelta a casa.
-Isabella...no creo que sea buena idea. No se ve seguro.
-Que si, ya verás como llega bien y sin problema- estira del último amarre y hace un nudo con fuerza.
-Es demasiado grande. Sobresale por los lados. Esperemos a que nos lo traigan en un camión y ya está.
-¿Vas a pagar cien libras por el transporte más la propina? Piensalo Edward...Cien y pico libras- abre los ojos con advertencia.
Él mismo sube al asiento del copiloto y ella frente al volante. Lo acaricia con los ojos cerrados y suspirando. Parece que hay una conexión más allá de conductor y coche. Un acelerón en el arrancar y Edward ya está agarrado a la puerta del coche rezando a Buda para que no mueran. Isabella conduce como los locos. Un plus para llamar la atención entre el tráfico. ¿En qué cabeza cabe llevar un colchón de 2x2 encima del techo sin una maldita baca?
A Isabella. Por supuesto.
Edward mira la lona de su descapotable e implora que no se rompa y le cueste más que lo que costaría el maldito camión a domicilio.
-Isabella…
-Eaaating seeds as a pastiiiime activity…
-¿No crees que tienes la música un poco alta?- grita por encima del sonido de una canción de una de las bandas favoritas de ella. Se lo ha dicho antes de girar el botón del volumen a la derecha.
-¿Qué más da? ¿No escuchas la letra? La ciudad es un hervidero caótico, pasamos desapercibidos.
Si, seguro...piensa mientras se agacha un poco en el asiento para que los otros vehículos no lo vean con la loca que conduce como poseída por la voz de Serj Tankian.
-Sooooomewheeeere between the sacred silence and sleep. Disoooorder, disoorder, disooooooordeeeeeeer.
-¡Bella el volante!- avisa cuando ella lo suelta y mueve los brazos en el aire como si estuviera fumada disfrutando de reggae.
Buda sálvame. Buda sálvame.
¡Buda, bastardo!
-Bueno…¡Ya hemos llegado!- informa aparcando.
Edward sale con las pupilas dilatadas. Cree que se vería ridículo besar el suelo, pero quiere hacerlo. Entre ambos suben el colchón del garaje hasta la tercera planta.
-Me encantan estas escaleras- dice ella al subirlas.
-¿En serio? Yo estoy pensando seriamente hacer vida solamente en la primera planta por no subirlas. O eso o voy a construir un ascensor- bufa por el esfuerzo de sus brazos tensos.
-Pero a mi me gustan. ¿Me follarás algún día en ellas?
Vuelve a bufar.
-Bella, este colchón es muy grande, pesa y no es fácil subirlo. No me distraigas con la idea de tenerte desnuda ahora o resbalaré y me golpearé la cabeza contra un peldaño, ¿está bien?
-Está bien...A la derecha, Edu- indica en medio del atasco- No, el colchón no, tú. Sino no saldremos de aquí.
-Ya estoy girando- protesta ofuscado.
-¿Quieres levantar el maldito colchón?
-¿Qué crees que estoy haciendo?
-Oh Ukko mío, tienes brazos de blandiblú.
-Esto no pasaría si los de la tienda…
-Cien y pico libras.
-Joder.
-Vamos, vikingo musculoso. Tú puedes.
Él está empezando a sonrojarse del esfuerzo. ¿Puede ser más tierno?
-Vikingo mis bolas, Bella.
Claro que puede.
Después de unos minutos lo tiran en el suelo despejado. Se tiran encima sin pensarlo, haciendo crugir el plástico que lo envuelve.
-Voy a echar de menos el colchón hinchable.
-Y una mierda. Mira esto. Es un pergamino de lo más cómodo para nuestras onomatopeyas de caderas- ronronea poniendo su rodilla encima de su cintura.
-Isabella…
-Mmm…-seduce su cuello con unos besos perezosos.
-El lunes viajaré a América. Estaré allí toda la semana.
-¿Me abandonas?
-Ajam.
-¿Vas a ver a tus amantes?
Edward mete sus manos en los bolsillos traseros de Bella.
-Ajam.
-¿Son conejitas de Playboy?
-Ajam. Conejas con conejitos suaves y lisos. Rubias, pelirojas, morenas, castañas, cobrizas. De todos los colores. De tetas firmes como balones.
-Normal, con toda la silicona que llevan dentro.
-¿Sabes qué? Una vez en un vuelo hacia Vancouver venía una mujer en el asiento del lado y en medio del océano le reventó una teta por la presión.
-No…
-Si…-ríe explicándoselo- Empezó a quejarse y amenazar a la tripulación. Que si el piloto había ascendido demasiado rápido, que si estábamos demasiado elevados...El seguro no debe cobrar la reparación de tetas o algo, que sé yo. Me pusé los auriculares porque no soportaba su estridente voz. ¿A quién le importa sus malditas tetas falsas?
Bella para de besar su piel rasurada y pone los ojos a su altura. Pasa la mano por su cabeza. Es tan rara la textura del pelo cortado a ras.
-¿Entonces...te quedarás a pasar la Navidad allí?
-No, volveré antes.
-¿Eso le dices a todas, no?
Edward ríe por veteasacabercuanta vez en el día.
-Edward, te has dejado en modo vibración tu Megapolla.
Saca el móvil de su bolsillo ante la mirada picarona de ella.
-¿Si?...Pero si es temprano...¿Tan tarde? Mierda, se me ha pasado el día rapidísimo...Está bien, está bien. Nos vemos.
-¿Has quedado con una conejita y se te ha olvidado?
-Unas conejitas llamadas Daniel y Alex. ¿Te vienes?
-Si tocas mi conejito un rato, seguro- mete su mano por debajo de su camiseta de The Doors.
-A tu conejito le esperan grandes cosas luego, pero ahora te pregunto si quieres venir a cenar con mis amigos y tomar unas copas después.
-Tampoco es tan grande tu cosa…
-¿Pero qué…? ¡Bella ven aquí!- se levanta y corre a perseguirla- ¡No se juega con el tamaño de la virilidad de un hombre! ¡Ven aquí!- corre tras ella hasta acorralarla contra la puerta de la entrada.
-No se vale, deberías darme ventaja o algo. Mis michelines me hacen perder velocidad- pone sus morritos deliciosos para protestar.
Él rueda los ojos y le besa con toda la estupidez que reside en un hombre enamorado cuando aún no es consciente de ello.
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El 224 de la calle Camden. 11:52 de la noche. Un tablón ofrece un menú nocturno muy directo: ¿Todo está bien? Tanto la opción si como la opción no desemboca en la flecha con una misma solución: Entra y bebe. Ventiladores apagados decoran un techo amarillo sólido, misma tonalidad que las paredes. Los estantes están llenos de diferentes botellas alcohólicas que se ven reducidas en cuanto su contenido se refiere a medida que pasan las horas. El balbuceo de los que pasan un rato agradable se mezcla con el ruido imperceptible de cosas que son difíciles de distinguir. El sonido de pisadas, un vaso al ponerlo en la mesa, una caja registradora al cerrarse o al abrirse, una moneda entregada en mano, una servilleta que cae al suelo o un batido de pestañas.
Una mesa está rodeada por amigos de adolescencia dentro del pub esquinero de Elephant's Head. Parecen pasar desapercibidos. Todos son conocidos a niveles diferentes. El que más teme por no romper la intimidad que pocas veces pueden conseguir está distraído bebiendo una Coronita mientras ríe continuamente. Parece que tiene algún tic, es como si no pudiera parar de sonreír y reír. Daniel y Alex están hablando de componer algunos temas juntos. Ambos se dedican a la música y escriben sus propias letras y canciones. Daniel anuncia que le han contratado para hacer un par de actuaciones en unos festivales de música independiente mientras que Alex todavía no tiene tanta suerte y está centrado en grabar canciones aleatorias que vienen a su cabeza.
-Lo que pasa que te estás volviendo todo un hipster que se preocupa más de subir sus fotitos a Instagram.
-Habló. Habló el que pone vídeos de él mismo conduciendo mientras canta canciones malas por Facebook.
-Que te den, bastardo inglés.
-Que te den, bastardo escocés.
Los dos le dan un trago a su cerveza. Después se dan unos golpes amistosos en la espalda.
-¿Ya habéis acabado?- pregunta Chelsey, la novia de Daniel.
-Shhh nena, no puedo dejar que me pisotee un escocés. Ey, por cierto- mira a Edward- estaba pensando en hacer un videoclip. ¿Querrías salir como protagonista en él?
Edward no está.
Técnicamente si, pero está perdido en la vista de enfrente. Bella bebe de la botella de cerveza. Sus labios quedan húmedos y brillantes.
Sus labios.
Esos que besan de maravilla.
Susurran quejidos delirantes cuando él la toca.
Succionan su hombría y su hombría desaparece. Por eso él quiere hacer lo mismo. Pasa la lengua por su boca. Quiere succionar a Bella.
Ella sonríe enigmáticamente. Observa como él observa sus labios.
-Edward- dice ella- te están hablando.
Edward parece despertarse de un sueño. Mira a sus amigos. Los tres están mirándolo con picardía.
-¿Qué deciáis?
-Nada, nada- contesta rápidamente Chelsey- Es hora de…¡chupitos!
-Chelsey…-protesta su chico.
-Chupitos, cariño. Para variar un poco con la cerveza. No tardo- le guiña un ojo y se va.
-Así que…¿en qué trabajas Isabella?
-Bella. Llámame Bella. Trabajo en el Museo Británico- sonríe amablemente.
-¿En el Museo? Vaya. Eso es cool. Me encanta el Museo- contesta Alex.
Alex no para de coquetear con Bella. Ha estado preguntándole durante la cena muchas cosas. Se ha reído con sus respuestas pero sobretodo, se ha reído interiormente viendo la cara de Edward. Lo conoce bien y ese tipo de tic de sonrisas reiteradas no es otro que el de la contención. Se lo está pasando en grande. Daniel también se ha dado cuenta, por eso no interrumpe y sigue la corriente disfrutando de todo eso. Isabella ha sido presentada como una amiga. Ambos están sacando partida a ese concepto.
-Creo que voy a aprovechar que Chelsey está en la barra para elegir una canción en la Jukebox. ¿Alguna preferencia?
-No, no...elige la que quieras- Alex le guiña un ojo.
-Es lo que iba a hacer. Solo quería aparentar tener cortesía- murmura optimistamente al levantarse.
Daniel se ríe de la cara que se le ha quedado a su amigo. La mitad de las respuestas que ha recibido durante la noche han sido flechazos de cinismos negros. No se ha dejado amedrentar como una chica inocente, eso ha hecho el juego mucho más divertido.
-Alex, deja de observarle el culo o te voy a arrastrar de tus maravillosos rizos afuera- advierte con un tono sombrío Edward mirando el andar de Isabella.
-Qué agresivo, Edward. Tú no eres así.
-No me toques las pelotas, escocés- sonríe de lado cínicamente.
-¿Has visto eso, Daniel?
-¿El qué? ¿Qué Edwin está enamorado y por eso tiene esa cara de gilipollas?
-¡Si, exacto!
-No digáis tonterías.
-Claro...Tonterías…
Ambos se miran con complicidad de nuevo. Edward mira a Isabella. Ha puesto una canción de The Doors. Los acordes seductores suenan en todo el pub y le da un aire más lujurioso mediante las letras del Lizard King.
Love me two times, baby
Love me twice today
Love me two times, baby
I'm goin' away
-Vaya...qué casualidad Edward- sigue antes de la pregunta por hacer- No, lo digo por tu camiseta de la misma banda- Chelsey también mete un poco de leña al fuego.
Isabella vuelve a la mesa moviendo el esqueleto con ligereza. El alcohol le cosquillea el organismo de manera suave. Mueve las caderas al ritmo de la música y se insinúa a Edward lo que le espera cuando se vayan del pub.
-Chelsey decía que es una casualidad que pongas The Doors- le informa Alex.
-¿Si? ¿Por qué?
-Porque Edward tiene una camiseta de ellos.
-¡Oh! Es verdad, no me había fijado- menciona mirándola como si no lo supiese.
I could not speak
One time, baby
Yeah, my knees got weak
Ambos escuchan la letra y sienten que la cumplen de principio a fin. Edward tiene las rodillas de gelatina solo con el recuerdo de las de ella en el suelo.
-Aunque me guste Love Me Two Times la mejor sin duda es Gloria- le dice Edward.
-¿Gloria? Esa no la he escuchado.
-¡Oh! Deberías. Si la buscas escucha la versión sin censurar. Es mucho más...directa- Edward paladea la letra de esa canción mientras se imagina cantándola sustituyendo el Gloria por Isabella.
Los tres amigos no pueden con tanta tensión entre los dos.
-De acuerdo, ¿a qué jugamos?- pregunta emocionada la rubia antes que esos dos se deboren.
-A nada, cariño. A beber y punto.
-No seas aburrido. ¡Ya lo tengo! Al yo nunca- dice coqueta.
-¡Oh noo! Este juego nunca es buena idea- dice su novio.
-Juguemos- dictamina serio Alex.
Se lo está pasando en bomba.
Las rondas de vodka empiezan con preguntas suaves. Preguntas sencillas en las que todos empinan el pequeño vaso y lo vuelven a llenar para la siguiente pregunta. A los pocos minutos ya están algo más que achispados todos y ríen tontamente. Entonces empiezan las preguntas por las que todo el mundo siempre quiere jugar a ese juego.
-Yo nunca...he besado a alguien del mismo sexo.
Todos beben menos Alex.
-¡Pero yo quiero beber! Bésame, Daniel.
-¡Quita, escocés! Ni loco.
-Edwin. Bésame, mi amor. Bésame- insinúa acercando sus labios a su amigo.
-No te acerques, ricitos. Búscate a otro o espera la siguiente ronda.
-¿Cuando has besado a un chico?- pregunta Bella curiosa.
-En una película...varias veces.
-Pero técnicamente no eras tú…¿o si?- murmura con picardía.
-Supongo que no- acepta.
-¿No merece eso un chupito de penalización?
Todos esperan que él pague y acaba bebiendo el chupito. Piensa vengarse de eso.
-Yo nunca...he fantaseado con un profesor- dice Edward.
Solo bebe Bella.
-¿En serio? No es tan raro…
-Somos ingleses, Bella. Aquí no son morbosos los profesores.
-Yo nunca...he besado a una finlandesa o finlandés.
Unos segundos...Edward y Bella empinan sus vasos y beben.
Los amigos se miran victoriosos.
-¡No me gusta el juego!- dice de repente Alex- Llevo tres rondas sin beber.
-Puedes remediarlo- dice Bella mirando el vaso vacío de Edward.
-¿Qué insinúas?
-No insinúo nada. Yo digo las cosas claras, solo informo que puedes remediarlo.
-¿No se va a molestar Edward?
-¿Por qué tendría que molestarse?- pregunta mirándole.
Alex se acerca decidido a Bella. Edward siente como hierve su sangre. Isabella está jugando con él a niveles ardientes. Ella es libre, se lo demuestra cuando no se echa atrás viendo a su amigo a punto de besarla. Ella controla el juego. En el momento en que los labios de ambos van a hacer contacto, mientras una furia incontrolada se apodera de Edward, Bella gira el rostro rápidamente y Alex termina besando su mejilla.
La pareja ríe de esa vacilada tremenda. Edward no siente apaciguar sus ganas de estampar la puta botella contra la pared.
-¿De verdad crees que soy tan fácil?- le pregunta con malicia a Alex.
Chelsey, viendo que hasta ahora su novio y su amigo han estado intentando molestar a Edward provocándolo, utiliza esa malicia femenina y piensa que Bella tampoco debería librarse de esas provocaciones.
-Me da a pensar que en verdad Bella no quiere molestar a Edward.
-No, no...Lo dudo, nena- su novio defiende a su amigo por encima de cualquier chica- No puede molestarlo. Edward está interesado en rubias.
-¿Rubias eh? No entro en esa categoría.
-Si, sobretodo las Heinekken's. Rubias tipo Tanya no queremos más.
Todos se tensan y miran a Alex acusándolo con la mirada. Callan durante largos segundos.
-¿Quién es Tanya?- Bella sonríe y le guiña un ojo a Edward, sin importarle si ellos lo ven.
-Está bien. Última ronda. Ya empiezo a ver las trompas de elefantes rosas- ríe Daniel.
Empieza Edward para vengarse de Alex.
-Yo nunca...me he hecho pis en la cama con más de diez años.
Solo bebe él. Le saca el dedo del medio por devolverle la humillación que le ha hecho sufrir con Bella.
Cuando rellena su chupito alza una pregunta absurda para que todos beban.
-Yo nunca...me han hecho sexo oral.
Todos beben, pero como cualquier juego, siempre hay trampas.
-Yo nunca…-comienza Bella- Me he enrollado con dos personas diferentes una misma noche.
Ella y Chelsey beben de un tirón.
El novio de la rubia pregunta por si las moscas.
-Yo nunca...he sido infiel.
Nadie bebe. Ni él que ha sido quién ha preguntado.
Chelsey es la encargada de cerrar el juego.
-Yo nunca...he practicado sexo en un lugar público.
Bella bebe de un trago. Todos la miran. Es la que más ha bebido con las preguntas entrometidas.
-Vaya, es curioso. Yo pensaba que los parques eran lugares públicos- lanza al aire déspotamente.
Dos segundos y un Edward sonrojado da su último trago y finaliza el juego.
Sus tres amigos ríen y aplauden por la obviedad. Ya están las cartas sobre la mesa. Edward niega todavía sonrojado y Bella sonríe como si no fuese la culpable de ese último truco. Entre carcajadas incontrolables se despiden.
-Ahora vuelvo- dice Bella a Edward antes de irse.
Cuando llega al cuarto de señoritas, moja sus manos y se las lleva a la nuca y por las mejillas. Están rojas del calor. Se siente muy liviana y ágil. Mientras está inclinada para humedecerse la nuca, una presencia tras ella la acorrala contra el mármol. Alza los ojos y mira el espejo.
-Ibas a besarlo.
Su voz suena grave, penetra sus oídos como un rastro de seda. Su piel se eriza ante el sonido y la imagen. Edward está apoyado en su trasero, comiéndosela con los ojos y atrapando sus caderas con sus grandes manos. Algo le recorre de arriba a abajo y de repente no se ha encontrado más sobria que en toda la noche.
-Es solo un juego.
Deja de inclinarse. Lo nota en su columna vertebral.
Se estremece.
-Hay muchos juegos Isabella...Muchos juegos- susurra encima de su cuello.
Tiembla.
-Claro que si, el mundo sería muy aburrido sin jugar.
-Exacto. Por eso voy a jugar contigo, nena- deja un beso en la pulsación acelerada de la vena de su cuello arqueado hacia atrás.
-No me llames nena.
-¿O qué?
-¿Me estás retando?
-¿No me retas tú a que no te diga nena? Tengo hambre- murmura antes de morder su cuello.
El jadeo sorpresivo es irrisorio e incontrolable. Sus ojos se dilatan por el efecto sexual que produce.
-¿Quieres que te haga algo italiano cuando vayamos a casa?
Ella ya decía casa. Edward ya tiene casa.
-Si, quiero comer algo italiano.
-¿Pizza?- pregunta amablemente.
-Oh no...Creo que me he explicado mal. Cuando digo que quiero comer algo italiano, me refiero a que quiero comerte.
Ella traga saliva. Eso le ha desencajado.
-Eh…
-Voy a comerte esta noche, Isabella- disfruta verla con esa cara de desconcierto. Parece…¡Parece inocente!- Tengo muchísima hambre- respira sobre su rostro, como un animal disfrutando de una presa que sabe que va a morir- No tardes.
Se va. Ella se agarra de lavamanos, sino lo hace va a caer. Se mira en el espejo. Sus rodillas tiemblan y no es por el maldito alcohol. Ha desaparecido de su organismo con ese aviso hambruno. Aún puede reproducir su respiración sobre ella. Siente la humedad surcando sus bajos instintos. No está acostumbrada a recibir esos dardos sexuales.
El camino de vuelta transcurre en silencio. Ella evita por primera vez la mirada de él. Edward la nota inquieta pero no se desprende de la mirada depredadora. Se relame los labios con la idea de probarla. ¡Al fin! Solo la idea de tener sus rodillas en sus hombros y sus pies colgando encima de él es suficiente para sentirse tan poderoso como un rey.
El sonido de la puerta derrumba su expectación nerviosa. Ella gira y se apresura a besarlo para enloquecerlo y tenerlo bajo su poder. No tenerlo le desconcierta. Edward le desconcierta. Ella tiene todo bajo control hasta que llega él con su boca, su miembro, sus manos, su énfasis y entonces ella se reduce a nada cuando la empuja en ese viaje en el que siente que cae y cae y cae y la caída no duele porque es la vertiginosidad más sublime que ha vivido en su vida.
-Shhh, shhh. No me vas a distraer- aparta sus manos de su rostro.
Guia su cuerpo de espaldas, haciendo que confíe en él. Bella no aparta su mirada de sus ojos verdes. Estos vigilan con cuidado que ella no tropiece con nada. No es muy difícil dado que todo está vacío. La deja de espaldas al colchón. Sus pupilas brillan en la oscuridad. Se desprende de la ropa y queda en calzoncillos. Después lanza la sudadera y la camisa de Bella.
Está quieta y callada.
De manera extraña y rara está quieta y callada.
Al tanto de los movimientos de él.
Besa su cuello y se agacha a medida que besa un camino de piel hasta quedar completamente arrodillado ante ella. Con un movimiento brusco la acerca a él y aspira profundamente en el hueco de su centro, rozando el pantalón con su nariz. Escucha a Bella jadear desde arriba y apoyarse en sus hombros. Con delicadeza y lentitud desabrocha el botón y baja sus pantalones.
-Recuéstate.
Ella lo hace mientras él se dirige a la puerta y pulsa el interruptor de la luz. Vuelve e incrusta las rodillas en el colchón.
-Es raro verte tan calladita- murmura descendiendo hasta su vientre.
Penetra su ombligo con una incursión de lengua traviesa. Ella exclama algo. Después recorre su vientre con la nariz y acaricia con los labios sus estrías.
-No...No hagas eso.
-Quiero hacerlo.
-No tienes porqué.
-No tengo porqué, pero quiero.
Ella coge aire resignada e inquieta.
-Son horrorosas y desagradables y...
-Forman parte de ti. No tienes que esconder nada. Y la luz no pienso cambiarla ni apagarla, Isabella. ¿Crees que no me he dado cuenta esta mañana cuando no me has dejado tocarte aquí? ¿Crees que me voy a asustar porque tu piel no es lisa? Levanta las caderas, nena.
-No me llam...Me estás retando- afirma.
-Quiero ambicionarte. Ya te lo he dicho- aclara cuando desliza sus bragas negras por las largas piernas, se tumba y la deja abierta, completamente expuesta ante él.
Respira sobre su sexo lúbrico y expectante. Besa su clítoris y sonríe cuando escucha el quejido opacado de ella. Surca los labios con la punta de la lengua, humedeciendo y humedeciéndose la barbilla con los fluidos que se desatan dentro de su coño. Con los muslos sobre sus hombros, avanza con las manos hasta sujetar sus caderas nerviosas. Las piernas de Bella se mueven, se encogen, se estiran. Edward la trata dulcemente y bebe de ella. Adopta una postura con su rostro en el que la punta de la nariz produce una constante presión en su pequeña glándula nerviosa. Bella no es capaz de racionalizar nada. Siente la promiscuidad del acto deslizándose en sus dedos. Le desespera la lentitud, Edward no tiene prisa y disfruta cada vez que incrusta su lengua en su interior. No suficiente con ello se ayuda con un dedo que se sincroniza con los dientes que mordisquean la entrada a su vagina de manera perversa.
Bella pierda la noción del tiempo. No es capaz de controlar sus pequeños gritos ni gemidos. Ni tan solo puede presionar más su rostro contra ella porque el maldito le ha pedido que le rapara el pelo. Ahora entiende también porque se ha afeitado esa mañana. Se acomoda un poco para observarlo. Él no cierra sus ojos, la mira atentamente. Muerde sus dedos para no ser tan ruidosa, no puede controlarlo. No sabe donde poner sus manos. Edward abre la boca queriendo abarcarlo todo.
Resbala. No puede soportar el paisaje.
Escucha como ríe encima de su vulva, la vibración surca sus sentidos. Ríos de lava recorren sus terminaciones cuando siente que explota. Con un movimiento brusco de piernas, intenta encogerse para poder agarrarse a algo. Edward la sujeta como puede. Se encorva como un animal sufriendo mientras chilla. Y cae, cae, cae de nuevo.
¿Control? Imposible.
Edward escala por el cuerpo tembloroso femenino después de haber succionado de esa lava de extraño sabor. Se apoya sobre su mano y observa las mejillas furiosamente sonrojadas de Bella. Está en una posición diagonal al colchón. Parece que haya estado sumergida en agua a la fuerza y esté recuperando el oxígeno.
Aparta los mechones desparramados sobre sus pechos desnudos.
-He visto tu truco con el chupito, Bella. ¿Es verdad?
Ella no contesta. Está avergonzada.
-¿Nadie ha hecho esto por ti?
Niega con la cabeza.
-¿Por qué?- pregunta sin comprender con qué clase de cretinos idiotas ha estado ella para no recibir ese placer.
-Porque es poder- lo mira por primera vez.
-¿Poder sobre qué?
-Sobre mi.
La pérdida de control no es más que el equivalente del aumento del poder.
Pasa un mechón de pelo por el arco agujereado de su oreja. El rojo furioso se mantiene en su rostro y su pecho sigue agitado. Las pupilas dilatadas imitan a los labios abiertos incrustando aire en los pulmones.
-Qué guapa estás así. Me entran ganas de escribir un poema. Uno que me dure toda la semana. Quiéreme una vez, chica. Me voy a ir lejos...-tararea la canción que ella ha puesta en el pub horas antes- ¿Quieres?- propone besando su hombro y dejando su esencia ahí.
-Sí capitán.
-Mi capitana.
Él se acomoda encima de su cuerpo. Sus caderas hablan por si solas. Cuando los amantes interaccionan, el sonido de estas se ven representados en onomatopeyas transcritas dentro de una nube dibujada. Las caderas susurran y producen sonidos de necesidad. Ese ruido no es más que el nombre de las caderas adversas que chocan y se balancean al mismo ritmo que ellas. El nombre está marcado en cada centímetro que colisiona y roza.
La onomatopeya de las caderas de Edward se escribe Isabella y la de Isabella se escribe con un Edward.
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(*) Suksi vittun significa, literalmente, esquía en un coño. Una frase con el equivalente finés de mandar a la mierda a alguien, mandar a freír espárragos, mandar al carajo…
N/A: Ha sido un mes ajetreado, pero aquí está. He intentado compensarlo con un capítulo laaaargo. Da mucho de sí un día con este par. Comprenderé si no quieren mandarme huesitos. Calavera lo entenderá y por eso llamará a cobro revertido a Ukko para que OS LANCE UN MALDITO Y POTENTE RAYO! Muahaha. Suficiente. Ese dios nunca atiende mis llamadas.
De verdad espero que lo hayan disfrutado.
¡Gracias por leer, muchas gracias por comentar!
