¡Muy buenas! He tardado un poquitín más de lo que esperaba debido a que me fui de viaje y no os lo dije (fallo mío), pero bueno, aquí estoy con otro capítulo. Como a vosotros os gusta. ;)
Desgraciadamente, Kagura no hace su bella aparición hoy y Sougo será nuestro único protagonista. ;_; Ya veréis por qué, jé. ¡En fin, espero que os guste!
Gintama no me pertenece, es obra de Hideaki Sorachi.
Pasaron días, exactamente seis, en los que la mente de Kagura fueron a otro mundo. En cada clase e, incluso, hablando de cualquier tema trivial con sus amigas, quedaba pensativa y nostálgica, como si añorase algo con suma importancia. Sougo sabía y, aunque no lo haya vivido esa situación, también entendía que debía ser realmente difícil para ella todo esto. Por eso dejó que pensara con calma, sin ningún problema más del que preocuparse.
Pero iban ya casi siete malditos días. Casi más de ciento cuarenta y cuatro horas —sí, iba contándolas para, por supuesto, luego cobrar venganza— torturándose a sí mismo sin su adicción diaria: molestar a China.
—Te ves desesperado, Sougo. —se burló Hijikata mientras fumaba con tranquilidad en el sofá del salón.
Y también tenía que aguantar a un adicto a la nicotina en su casa invadiendo su intimidad, lo cual era aún más castigo para él.
—Cállate, maldito adicto a la mayonesa. —insultó para desahogarse, aunque no le parecía suficiente—. Retrasado, bastardo, viejo...
—Wow, vaya humor de perros, ¿ya te has peleado con la chiquilla esa? —preguntó interrumpiéndole, refiriéndose a la joven Yato.
—Mejor cierra el pico antes de que alguien te lo rompa, Hijikata-san. —amenazó sin tapujos.
El hombre parpadeó sorprendido. Es decir, él ya sabía el odio mutuo que había entre ellos, pero sintió que estaba más malhumorado de lo normal. Podría notarlo hasta de lejos.
—Está bien, hoy nada de bromitas. —cabeceó, entendiendo que necesitaba su espacio—. Entiendo, entiendo.
El menor de los Okita suspiró, pidiendo paciencia. Le daba hasta coraje que el cielo esté tan azul, sin ninguna nube de por medio. Y hablando de azul, ese color le recordaba a los ojos de su rival... Sougo se golpeó mentalmente.
—Sou-kun, vamos a visitar a unos amigos. —avisó Mitsuba desde la cocina, tan alegre como siempre. El chico envidiaba que fuera tan optimista—. Ven, seguro que te divertirás. Hace un buen día.
—Hermana, creo que no hace falta. Estoy muy bien aquí, de veras. —fingió su mejor sonrisa.
—¿No... quieres venir? Oh... —sobreactuó con decepción en su voz.
Okita en seguida supo que algo tramaba su hermana, pero le seguiría el juego. Verla triste sería otro castigo, y no le apetecía otro más.
—Vale, sí iré. —accedió sin más remedio.
—¡Perfecto! —celebró ella, con una bella sonrisa adornando su rostro.
El castaño cogió su chaqueta y esperó a su hermana en la puerta junto con Hijikata, a quien miró con recelo.
—¡Bien, vamos! —exclamó, avanzando con ellos.
—Por cierto, ¿a qué amigos vamos a visitar? —preguntó muy curioso, pues no tenían muchos amigos agradables cercanos que no sean Kondo.
—¡P-pues a unos! No les conoces. —negó con la cabeza muy rápidamente, titubeando.
Hijikata observó con sospecha a su pareja mientras caminaban, quien le devolvió la mirada con una sonrisa. Ya sabía lo que tramaba, pues podían comunicarse entre miradas. Mitsuba es más astuta de lo que parece, pensó.
—¿Esta no es la casa del jefe y la China? ¿Qué hacemos aquí? —Sougo frunció el ceño levemente, ya que Kagura no estaba en condiciones de recibir visitas. No le prestarían ni la más mínima atención.
—Quería darte una sorpresa, ¡escuché de Gintoki-san que se llevan de maravilla! —la mujer sonrió.
El hombre rió por lo bajo como si hubiera contando un buen chiste, aguantándose la risa. Mitsuba también es inocente e ingenua, muy ingenua.
—No es para tanto, sólo es una compañera de clase y un profesor. Creo que les molestaremos, hermana. —opinó, perspicaz.
Pero Mitsuba no escuchó o, simplemente, no quiso. Ya estaba llamando a la puerta del hogar Sakata.
—Oh, ya llamé. ¡No pasa nada, no hay de qué preocuparse! —exclamó, positiva.
Gintoki salió, muy sorprendido por la visita. Sougo frunció el ceño de nuevo con sospecha, olía a gato encerrado y lo sabía por la reacción del mayor.
—Hola, ¿pasa algo? ¿Y Kagura? —preguntó, soñoliento.
—¿Kagura-chan? Venimos a visitaros. —Mitsuba estaba muy confundida.
El mayor permaneció en silencio unos segundos, ¿había oído mal?
—Me dijo hace unos minutos que iría a vuestra casa. —informó, aún más confuso.
—En ese caso deberíamos habernos encontrado en el camino, ¿no? —habló Hijikata con seguridad.
Sougo pensó unos segundos el misterio, perdiéndose en la conversación. Entró en la casa pensativo, completamente enajenado a las atentas miradas de los adultos confundidos. Divisó algo que le resultó familiar por el rabillo del ojo, en una mesa apartada del salón. Había una pequeña carta encima, con la foto de la madre de la pelirroja.
—Mierda. —masculló entre dientes, comprendiendo absolutamente todo.
—¿Qué pasa? —preguntó un poco preocupada la mujer, entrando también a la vivienda.
Gintoki también comprendió todo cuando vio la mesa. Su hija se había ido.
—Kagura se fue. —musitó, sintiéndose furioso consigo mismo.
Sougo observó a Gintoki también con ira, sin entender cómo podría haberle permitido hacer algo así.
—¿Cómo pudiste dejarla? ¡Seguramente vaya a buscar a su hermano para a saber qué! —regañó al mayor abatido.
—¡Joder, no lo sabía! Me dijo que iría a vuestra casa para buscarte a ti, y no vi que dejó esa carta. —explicó muy alterado, aunque entendiendo la reacción del castaño.
—¡El padre del año! —elevó la voz, irónico— ¿Ni sabes dónde está?
—Calma, que parecéis niños pequeños. —dijo Hijikata.
Los dos hombres miraron a Toushirou con rabia, para ellos es un maldito ignorante. Él no sabe nada de la situación de Kagura.
—Antes de que hables más sin saber nada, ignorante, que sepas que mi hija está en peligro. Así que, cierra la puta boca. —insultó Gintoki con furia y Hijikata apartó la mirada.
Sin perder más tiempo, Sougo abrió la carta. La leyó en alto, sin saltar ningún detalle:
Gin-chan, voy a por Kamui. Le encontraré, y lo que haga es mi decisión.
Espero que lo entiendas. No intentes buscarme.
—¿No podemos buscarla? —preguntó inocentemente Mitsuba, que había permanecido enajenada a la conversación.
—No sé, no sé qué hacer. —suspiró el hombre.
El silencio invadió la sala. Nadie sabía qué hacer, excepto un castaño.
—Lo siento, pero yo voy a buscarla. —decidió Sougo rápidamente.
—Se va a enfadar mucho contigo y hasta conmigo por no detenerte, quiere hacer esto sola y... yo entiendo su decisión. —dijo Gintoki, un poco más calmado—. Sougo, es su hermano. Ha luchado con él desde siempre.
—Como si es su padre o su madre, con todo respeto, Jefe... No dejaré que le hagan daño a Kagura nunca más. —respondió, muy seguro de sí mismo.
Gintoki le dirigió una mirada de preocupación a Mitsuba, pidiéndole que le detenga. Ella entendió lo que quería decir, aunque respetaría la decisión de su hermano pequeño. Después de todo, parecía dispuesto a todo.
—¿Y me ayudarás? —le preguntó al hombre.
—Está bien... —asintió Gintoki—. Después de todo... somos una familia.
Y las familias se ayudan, completó en su mente.
Un poco largo este capítulo, pero no sabía donde cortar. Estaba todo muy emocionante. xDDD ¡Espero que os haya gustado y hasta la próxima!
Bye-bye!
