Tras otro par de meses y realizando todas las paradas que fueron necesarias para recargar las bodegas, los tres aventureros atracaron su embarcación en el puerto Bremerhaven, en la ciudad de Bremen. Sin embargo, su viaje no acabó ahí. Ludwig le explicó a Arthur que su casa estaba en la capital, Berlín, que se encontraba bastante lejos de su actual ubicación. Al oír esto, Arthur se quedó con la mandíbula desencajada. Estaba tan, sumamente tan cansado de viajar hacia Alemania que casi se desplomó al suelo. Dudó en si debía irse y dejar que Ludwig y Aruma fueran ellos mismos a Berlín, pero la curiosidad del joven pirata por conocer el ambiente refinado en el que su amigo se crió le podía así que para bien o para mal, les acompañó a Berlín, viaje que duró un par de largos y aburridos días. Además, puede que si iba Ludwig le diera algo de dinero…

El viejo carromato en el que viajaban se detuvo frente a las rejas del jardín de una gran casa. Arthur lo miraba todo embobado desde su asiento, mientras Ludwig salía con la pequeña Aruma, que durante todo este tiempo aprendió mejor el idioma inglés y la importancia de ir vestida con ropa, anquen lo que llevaba era una camisa de Arthur a modo de vestido y unos simples zapatos que Ludwig le compró durante el viaje.

-Ahora sí, hemos llegado.- dijo el alemán melancólico admirando su casa después de tanto tiempo. Aruma no se separaba de él, mirando todas las cosas extrañas para ella que había en la civilización.

Arthur salió después y fue con ellos. –Joder, ¿ésta es tu casa?-

-Sí.- le miró.

-¿Y la abandonaste para irte a vivir a una asquerosa habitación de posada en un país desconocido?-

-Te falta añadir las obligaciones y el estrés.-

-Supongo que es el precio a pagar por todo esto.-

-¿Y tú estarías dispuesto a pagarlo?-

-Al menos tú te criaste con criadas y en una casa acomodada, no como yo.-

-Supongo que son dos malestares distintos.- abrió la reja y pasó.

Aruma agarró la mano de Ludwig aún con miedo. La casa era tan grande y extraña que la intimidaba.

Arthur pasó después y cerró la reja. -Hey, ¿tus padres están aquí?-

-Supongo que sí.- dijo cogiendo a la pequeña en brazos.

-¿Y cómo son?-

-Mi madre es más sociable que mi padre y algo dramática. Mi padre pasa de todo directamente.- llamó a la puerta.

-Bueno, mientras no se nieguen a recibirnos…-

-¿Cuánto tiempo te quedarás aquí? Sabes que vas a volver que tener que recorrerte todo el viaje desde aquí hasta Bremen, ¿no?-

-Calla.- hizo una mueca de desagrado. –Ni me lo recuerdes…-

Sonrió levemente.

La puerta se abrió lentamente, empujada por una criada que se quedó boquiabierta al ver de nuevo a su amo. Rápidamente se apartó de la puerta dejándoles pasar. No fue hasta que Ludwig pasó cuando Arthur también lo hizo. Ludwig comenzó a hablar con ella en alemán. Arthur, que no entendía nada, se limitó a mirar la entrada. Era una enorme sala llena de cuadros, posiblemente antepasados de Ludwig, y cada uno tenía unas fechas bajo ellos, posiblemente la muerte y el nacimiento de cada uno. Las paredes también estaban decoradas con escudos y espadas, y sobre el suelo descansaba una gran alfombra. Al techo estaba agarrada una gran telaraña de cristal.

La sirvienta y Ludwig concluyeron su diálogo y poco después aparecieron más sirvientas, que les ayudaron a quitarse los abrigos a ambos. Todas ellas miraban a Aruma extrañadas y cuchicheando entre ellas con risillas. Luego, apareció una mujer mayor y corpulenta bajando las escaleras. Vestía un vestido violeta oscuro, con un tocado del mismo color que tenía sobre su cabeza, y sobre sus hombros descansaba una piel de lo que parecía ser un zorro. Al ver a Ludwig, comenzó a bajar rápidamente las escaleras, estando cerca de tropezarse.

-¡Hijo mío!- le abrazó fuertemente y poniendo la cabeza de su hijo en sus pechos, casi ahogándolo. -¿Por qué te fuiste? Me tenías muy preocupada.- comenzó a hacer pucheros.

-Madre...- dijo con dificultad. –S-suélteme, me ahoga…- apartó finalmente la cara de los grandes pechos de su madre, que quedaban descubiertos por el pronunciado escote.

Arthur seguía sin entender absolutamente nada, todo lo que oía era un idioma extraño y que sonaba algo violento, así que decidió quedarse quieto sin mirarles mucho. Desvió su mirada a la pequeña Aruma, que se apartaba poco a poco del lado de Ludwig y se acercaba cada vez más a Arthur. Él rió al ver que estaba más confundida que él y agarró su manecilla.

-Había... noches que me las pasaba leyendo las cartas que nos mandabas…- sacó un pañuelo y comenzó a limpiarse las lágrimas con cuidado de no quitarse el maquillaje. –Y ya te dije muchas veces que me llamaras mamá y dejaras de tratarme de usted. Yo no soy tu padre.-

Y hablando del Rey de Roma, apareció. Bajaba las escaleras más despacio y ayudado de una criada y su bastón, mirando al suelo. Después se acercó a su mujer y permaneció mirando a su hijo con los ojos entrecerrados. Él era más delgado que la mujer y vestía un traje gris. En un bolsillo de su chaqueta asomaba una cadena de oro, probablemente de un reloj de bolsillo. Después de mirar a su hijo, dirigió la mirada hacia los invitados, observándolos de una forma más hostil, pero siempre sin decir nada.

-¡Hans!- exclamó la gruesa mujer. -¡Nuestro pequeño ha vuelto!- dijo emocionada.

-Ya lo veo.-

-Buenos días, padre.- dijo educadamente Ludwig.

-Buenos días.-

-Cariño, ¿quién es tu amigo y esa criatura?-

-Ah…- se giró hacia Arthur. –Lo siento, Arthur, mi familia no habla inglés…-

-No... si ya lo veo…- rió levemente. –Espero que no hayáis dicho nada raro.-

-Claro que no, pero sé que se siente incómodo el no entender a la gente que tienes delante.-

-Tú no te preocupes. Sólo quiero una cosa… me apetece sentarme en un sitio cómodo. Llevamos mucho viajando en esos incómodos asientos.- dijo arqueando su espalda dolorida hacia atrás.

-Por supuesto, ahora vamos.- miró a Aruma y le sonrió.

La pequeña le devolvió la sonrisa algo forzada.

-Madre, él es Arthur.- dijo mirándolo. –Es mi mejor amigo y desde que llegué a Inglaterra ha estado conmigo. Le aprecio mucho.-

-¿Le aprecias mucho?-

-Sí, le aprecio mucho.-

La madre hizo una mueca temiéndose lo peor y sabiendo que su hijo no había cambiado en ese sentido. -¿Y eso?- dijo mirando a Aruma.

-No es un eso, madre, es un ella. Es una niña que encontramos en una isla. Su madre murió y se quedó sola, así que pensé en cuidarla.-

-Espero que sea como mascota.- interrumpió el padre. –No sabía que te gustaban tanto los monos.-

-Padre, ella es tan persona como tú y yo.-

-¿Tú? Tú eres un humano, pero estás mal.-

-Padre, por favor…- los nervios de Ludwig comenzaron a alterarse.

-¿Es mentira? ¿Y ese qué?- miró a Arthur. -¿Otro enfermo como tú? -

-Padre.- elevó la voz. –Le pido un mínimo de respeto. He venido aquí por las buenas, no para discutir con usted o con madre.-

-En mi no te molestes en visitarme. Hace mucho tiempo que no tengo hijo.- salió de la sala cojeando y apoyado en su bastón siempre con la ayuda de su fiel sirvienta.

Ludwig se tragó todo su enfado y apretó fuertemente los puños deseando golpear fuerte e inmediatamente algo.

-B-Bueno.- dijo la madre aún con su sonrisa, esta vez con algo de miedo. -¿Vamos a la sala de estar? Seguro que estáis cansados después del viaje, ¿de dónde venís?- agarró a Ludwig del brazo y salió con él.

Arthur y Aruma les seguían junto con un séquito de sirvientas que no paraban de hablar entre ellas. La chiquitina miraba a Ludwig algo preocupada. No entendió nada de lo que pasó con aquel anciano, pero sabía que le dijo algo que le enfadó mucho al rubio, que ahora echaba chispas. Arthur también se percató de ello, pero prefirió no despegar el pico.

Llegaron al salón y tomaron asiento. Ludwig se sentó en un sofá de dos plazas, quedando al lado de Arthur. Aruma se sentó en el suelo, pero Ludwig la cogió y sentó en su regazo. La madre no paraba de mirarles y tomó su asiento en un sillón que había enfrente.

-Lud, cariño, me gustaría hablar con tu amigo.- sacó su abanico y comenzó a abanicarse. -¿Puedes traducirnos?-

-Sí, madre.- se giró hacia Arthur. –Mi madre quiere hablar contigo, yo os traduzco.-

-Bueno, como quiera.-

La miró de nuevo. -Acepta, madre.-

-Oh, ¡fantástico!- aplaudió. -¿Cómo se llama y a qué se dedica?-

Ludwig le tradujo la pregunta.

-Mierda… ¿cómo le digo que soy pirata?-

-Invéntate algo, lo que sea. No se dará cuenta.-

Arthur asintió y le respondió a Ludwig, que tradujo de nuevo. –Se llama Arthur Kirkland y trabaja en un barco pesquero.-

-Ya veo…- dijo algo desilusionada. –Dile que yo soy Brunilda Beilschmidt, tu madre y que, junto con tu padre, dirijo una industria minera de piedras preciosas.- rió y se abanicó orgullosamente.

Tradujo todo.

-…Pues vale, ¿Qué quiere que le diga?-

-Lo que quieras, da igual. Ahora está demostrando su orgullo por todo el dinero que tiene.-

-Dile…- se acercó susurrando. -Dile que si tanto dinero tiene, que me dé un poco.

Se apartó. –¿O sea que sí que has venido por el dinero? Ya hablamos de esto una vez…-

-Sólo es una sugerencia.- suspiró.

Le miró de reojo y continuó hablado con su madre. A partir de aquí, la conversación se tornó entre madre e hijo, y concluyó cuando ella se levantó.

-Cariño, puedes ir a tu cuarto. Las sirvientas lo han estado limpiando todos los días como si aún estuvieras en él. No te preocupes por tus amigos, les prepararemos habitaciones.- sonrió.

-No, madre, se lo agradezco, pero dormimos juntos.-

-¿Qué?- dijo aún con su pequeña sonrisa.

-Aruma no se siente cómoda aquí, es un cambio muy grande el pasar de la selva a la civilización, así que creo que estaría mejor conmigo en mi cuarto.-

-¿Aru qué?- miró a la pequeña. -¿Te refieres a esa cri-, quiero decir, niña?-

-Sí, madre. Se llama Aruma.- se levantó.

-Bueno, pero seguro que el señor Kirkland sí desea una habitación propia, ¿no? Pregúntale.-

Ludwig se giró hacia él y volvió a traducirle.

Arthur se quedó mirándole. –Me da igual, pero creía que íbamos a dormir juntos. Si es que podemos.-

Volvió a mirar a su madre. –Que traigan otra cama a mi cuarto para él.-

La madre asintió algo aliviada pero aún con preocupación y llamó a las criadas con un par de palmadas. Acto seguido, les dio a cada una sus ordenes; unas fueron directamente hacia arriba y otras acompañaron a su recién llegado amo y a sus invitados al cuarto.

Los tres pasaron después de que las criadas instalaran una cama de más en la habitación, al lado de la cama de Ludwig. Aruma lo miraba todo curiosa. Lo que más le llamó la atención fue el gran armario que ocupaba casi toda la pared. Ludwig rió y se acercó.

-¿Qué pasa con el armario?- se agachó quedando a su altura.

-¿Qué hay ahí?-

-Ropa.-

-¿Sólo?-

-Sólo ropa. Por cierto, ¿quieres que te traigan ropa para ti?-

-¿Para mí?-

-Para ti. La camisa que llevas es de Arthur y te viene muy grande. Además, eres una dama y tienes que ir guapa, ¿eh?-

-Bueno…- miró a Arthur y se quitó dicha prenda.

-Pero mujer, ahora no, que no tienes ropa.- se la volvió a poner y se incorporó. –Ahora vengo, ¿de acuerdo?- salió.

Aruma asintió y miró a Arthur, que permanecía sentado en su cama y con la mirada perdida.

-Arthur.-

-¿Qué?- la miró saliendo del trance.

-¿Te gusta la casa de Ludwig?-

-Sí, aunque es algo incómodo que te tengan que seguir tantas criadas cuando das solo un paso.-

-¿Qué habló con ese señor? Parecía enfadado…-

-¿Qué señor?-

-El del palo.-

-Ah, ¿el que ha venido con la mujer cuando hemos entrado? Supongo que será el padre de Ludwig. La mujer es su madre.-

-Me miraban raro…-

-A saber lo que estuvieran hablado…- se echó quedando boca arriba y mirando al techo.

Tras unos minutos, Ludwig volvió con tres criadas que cargaban un baúl, el cual lo dejaron a un lado del cuarto y abrieron.

-Aruma, te he traído ropa, pero primero tendrás que lavarte, ¿de acuerdo?-

Asintió. -¿Contigo?-

-No… pero ellas te ayudarán.- sonrió señalándole a las criadas con la mirada. –He ordenado que traigan a una que hable nuestro idioma.-

-Pero yo quiero bañarme contigo, como hacíamos en el mar y en el lago…-

-Lo sé, pero no podemos.-

-¿Por qué?-

-Porque tú eres una dama y no puedes bañarte con un hombre.-

-Yo no soy una dama. Soy una niña. Tú me lo dijiste.-

Suspiró. –Ya lo sé, pero-

-Si no podemos, no me baño.- se apartó de él.

-Está bien.- habló de nuevo con las criadas. –Venga, vamos.-

La pequeña sonrió ampliamente y agarró su mano para después salir con él. Ludwig la mimaba demasiado…

Arthur permanecía echado boca arriba, con los brazos alrededor de su cabeza a modo de almohada y los ojos cerrados, descansando por fin en una cómoda cama después de tanto tiempo y pensando en la cantidad de dinero que podría recibir por parte de la familia Beilschmidt.