Me he demorado tanto que tuve que leer un montón de capítulos anteriores para volver al hilo de la historia. Lo lamento por eso, pero... en su mayoría es un fic de humor, y no había tenido absolutamente nada que me alegrara el día lo suficiente para escribir algo. Así que me disculpo con todas aquellas chicas que me escribieron un"cuando vas a actualizar?". Ciertamente no quiero dejar de abandonado este fic (o Daddy in progress), solo no quería arruinarlos por no estar del mejor humor del mundo. En fin, quiero agradecer a Lisvette, que siempre está ahí para betear a la velocidad de la luz. Aclarar que la historia es mía y los personajes son de Meyer
Capítulo 21:
"Fuerza de voluntad"
Perfeccionar la técnica de fingir desinterés en cualquier cosa, toma años de práctica. Obviamente, mi iluso interés por Emmett durante toda mi adolescencia y parte de mi vida adulta, había impedido que desarrollara dicha habilidad. No es una excusa, realmente. Es sólo la razón por la cual, los suaves golpes en la puerta casi me dan un infarto. Podía verlo a través del ojo en la madera, y era bastante injusto que él estuviera tan tranquilo.
Edward volvió a golpear mi puerta cuando no abrí… yo podría ser fácilmente comparada con una bomba nuclear a punto de estallar y él no podía esperar unos minutos.
Debería haberle dicho que no.
Debería poder ignorarlo, porque es un patán y se lo merece más que nadie.
Debería poder mirarlo y no querer que un alce le cayera del cielo.
Pero lo cierto, es que aunque sé que debo despreciarlo, él me mira y siento que me derrito.
—Princesa… ¿Estás ahí? —Edward siempre lucía absolutamente seguro de sí mismo. No sé si lo hacía a propósito, pero ciertamente lo conseguía. Aun así… su voz flaqueo al otro lado de la puerta y mis piernas de pronto necesitaban apoyarse en algo.
Había pasado la tarde completa preguntándome por qué saldría con él. Y aunque no encontraba una respuesta, eso no impedía que me cambiase de ropa una y otra vez, buscando el perfecto atuendo para esta C-i-t-a.
Y va deletreado, porque aún no me compró esta basura.
Me miré al espejo por quinta vez dentro de los últimos diez minutos. Solté y volví a amarrar mi cabello en este "súper-normal y desaliñado estilo". Llevaba unos leggins negros y una playera de Saint Louis Cardinals, solo porque me gustaba joderlo. Era la clase de atuendo que eliges cuando estas sobre una fina línea entre "Me interesas, pero no quiero que lo sepas" y "¡Eres un idiota! Aún no sé por qué salgo contigo".
Podía pararme sobre esa línea sin tambalear… pero el resto de mi departamento, parecía demasiado inclinado hacia "Estás desesperada por su atención".
Gran parte de mi armario estaba sobre mi cama, en un intento de elegir la ropa ideal, el otro porcentaje, estaba tirada en el suelo… porque era lo que definitivamente NO me pondría.
Sólo por si lo quieren saber, había metido toda mi escasa lencería en un cajón con llave. Solo por si flaqueaba a la hora de la verdad.
¿Recuerdan el día en que establecí mi enorme idiotez por Edward-Fue un error-Cullen?
Bueno, es algo que intento mejorar a diario. ¡Es casi mi mantra al despertar! Repito cosas como "Debo-Ignorarlo" tres veces antes de dormir, y otra secuencia de unas 300 al despertar…. Es un cabrón. Y peor aún, sé que es un cabrón. Lo que debería ser información necesaria para alejarme de él todo lo que pueda. ¡Incluso para negar que lo conozco! Pero no… porque estoy estúpidamente enamorada del cabrón.
Y como estúpida enamorada, me vuelvo a mirar al espejo. Y vuelvo a rearmar mi pseudo-normal-desaliñado cabello.
¡Nuestra jodida primera cita!
No debería ponerme tan hormonal por esto. No es cómo si nunca hubiese salido con alguien… es sólo que, por primera vez, en muchísimo tiempo, realmente estoy emocionada porque él toque mi puerta.
—Princesa… sé que estás ahí. Y… quiero recordarte que aceptaste salir conmigo ante un montón de personas —ni siquiera giré para verlo de nuevo por la mirilla. No necesitaba volver a verlo con traje y corbata una segunda vez. Debía ser fuerte e indiferente.
—¿Sabes que siempre puedo ir por la ventana, cierto? No me voy a rendir tan fácil.
Giré, porque soy débil y estúpida. Y de pronto, fue como si tuviera 15 años y él fuera el Capitán del equipo de futbol ¡Tan cliqué como se escucha! Edward incluso se molestó en llegar 15 minutos antes. No es que fuese un gran sacrificio… el tipo vive a solo dos pisos de distancia. Pero llevaba traje. Conjunto completo realmente. Traje y corbata de algún indescifrable tono de azul oscuro, podía ver las flores en su mano y los chocolates bajo el otro brazo. Y yo… yo llevaba leggins y una playera de mi equipo favorito.
Y entré en pánico.
Por su maldita ropa formal.
Por las estúpidas flores.
Por el jodido chocolate.
Entré en pánico, porque aunque sé que no debo hacerlo. Él es un cabrón realmente muy tierno y romántico cuando se lo propone.
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Cuando abrí la puerta, él sonrió. Fue cuando vi ese leve atisbo de inseguridad en sus ojos. Duro sólo unos segundos, pero lo hizo. Y mi ser interior, dio una voltereta hacia atrás.
—Tú… te ves hermosa.
Había planeado una conversación en mi cabeza en tiempo record. Él debía empezar con algo así como "No estás bien vestida". Quizás ofrecería tiempo para que lo solucionara, pero eso incluiría que él viera el desastre en mi casa y sabría que realmente estaba preocupada por lo que pensara de mí en esta cita. Idea a la que me negaría rotundamente y cerraría la puerta en su cara. Con mi orgullo intacto y mi corazón destrozado… pero claro… Justo hoy decide aparecer Edward-el-romántico, soltando frases totalmente falsas. ¡No estaba hermosa! Podía estar guapa… digo, me había esforzado horas para que así fuera, pero él llevaba un traje y yo una playera que usaba para dormir algunas veces.
¡Cabrón!
—Gracias —no pude evitar que sonara como un "gracias por arruinar mi discurso". Pero a él no pareció importarle. Aquello o que llevara una vestimenta totalmente fuera de lugar a sus panoramas.
Él podría haberme dicho que sería formal.
Digo… no estaba esperando un itinerario en mi mail, pero podría haberlo soltado la tarde anterior, cuando se negó a dejarme subir sola la estúpida escalera.
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Cuando llegamos al restaurante que Edward había elegido entendí 3 cosas; Debía haber usado vestido y un peinado alto. Edward claramente tiene 9 años más que yo. Y... él no me conoce para nada.
Me obligué a mirar por la ventana del pasajero y no apartar la vista, ni por todo el oro del mundo.
¡Carajo! Debía haberme quedado en casa… pero él tenía que soltar estúpidos halagos y mi fuerza de voluntad, se volvió tan fuerte como una varita de heno.
—Edward, yo… Yo no estoy vestida para, eso —me aseguré de apuntarle el pomposo nombre del restaurante de comida italiana que estaba frente al auto. En primer lugar, porque no entraría con leggins y una playera, a un sitio donde la canasta de pan asimilaba a uno de mis salarios semanales. Y… en segundo lugar, porque no era la clase de chica a la que le gustaban los sitios donde las canastas de pan, costaran lo mismo que una entrada, plato de fondo, postre y ensaladas en cualquier local de comida en el mundo— aunque lo estuviera… yo, no soy así.
Edward sonreía cuando me voltee. Era su estúpida sonrisa aplastadora de humanos con corazón y un alma en su ser. Intenté no sonrojarme, pero terminé volteando hacia la ventana cuando sentí el calor en mis mejillas.
¡Idiota!
¡Maldito cabrón idiota!
—¿Así… cómo?
—No me importa comer de un carrito en medio de una avenida, si la compañía es adecuada. Yo, no necesito caminar sobre una pradera de rosas… sólo me conformaría con un abrazo de vez en cuando, al momento de cometer un error. A lo que voy es…
—Ya lo sé —me interrumpió—. Te amo así, tal cual eres —no era la primera vez que me decía "Te amo". Pero eso no evitaba que mi corazón bobeara más sangre de lo normal, al escucharlo.
—Y ¿cómo soy? —no voy a mentir diciendo que dije eso tan altiva y superficialmente. Porque estaba tan roja como un tomate y tan alterada como uno de esos perros pequeños, esperando su respuesta.
—Eres perfecta —Edward puso una mano en mi mejilla, para que lo mirara—. La primera vez que te vi, sonreí sin siquiera conocerte. Tú… me recordaste a Bonnie. No de un modo escalofriante o algo así. Era tu manera de mirar el mundo. La primera vez que realmente hablamos, estabas enojadísima… pero aun así, te aseguraste de decirme que el cigarro es malo. Eres la clase de mujer que no se derrumba ante la adversidad. Tú, preciosa y dulce Bella, te enfrentas a ella de la mejor manera que puedes.
—Edward…
—Ayer dijiste que no querías ser el reemplazo de Angela. Y, no me diste tiempo para decirte que, eres mil veces mejor que ella.
Ni siquiera sabía que responder a eso. Digo, es prácticamente lo que estado esperando desde que vi su nombre tatuado en su cuerpo, pero no estaba preparando una respuesta.
—Bella, yo no quiero estar contigo porque necesite amar a alguien. Yo quiero estar contigo, porque realmente te amo. Y créeme… estuve bastante tiempo negando aquello, incluso a mí mismo.
Me quede prendada de sus ojos verdes. De su sonrisa ladeada y de su calor contra mi rostro.
—Sin embargo, también mencionaste algo sobre entrenar a un cachorro para que te hiciera ojitos… así que a eso vinimos.
Y así como entré en mi mundo de fantasía. Salí.
El dedo de Edward apuntaba algo frente al auto. Pero no era el caro restaurante que yo jamás elegiría como primera opción. Sino un albergue de adopción de mascotas que estaba a un costado.
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—¿Estamos aquí, por un perrito? —fue lo que salió de mis labios cuando él abrió mi puerta y ofreció su brazo. Edward solo sonrió mientras asentía—. ¡Pero llevas traje!
—Isabella Swan, estamos a punto de adoptar a nuestra primera mascota. De la cual es probable me toquen las tareas ociosas como llevarlo a pasear y limpiar su mierda, mientras que tú le hablaras como a un bebé y le darás más tiempo que a mí. Es algo serio. Por favor, compórtate como la situación lo amerita.
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—Creí que querías un perro —intentaba ponerme el caparazón de mujer resentida e indiferente… pero es difícil cuando Edward está sentado en el piso, rodeado de pequeños gatitos bebes. Casi es trampa.
—No, princesa. Tú mencionaste al perro. Yo soy más una persona de gatos —levantó la vista un segundo, solo para asegurarse que lo viera siendo tierno con los peludos animales.
La mujer que atendía en la tienda, estaba claramente colgada por Edward. No es que la culpe, él es hipnotizantemente atractivo en un día normal. Con traje y con un gatito intentando llegar a su cabeza, es como ofrecerle el mejor dulce a un diabético.
—Así que… ¿Tu amiga aún no se decide? —no quería sacarle los ojos por hablar de mí, como si yo no estuviera aquí. Quería sacarle los ojos, porque si se hubiera sacado el mini top que llevaba, hubiera sido un método de coqueteo más sutil.
—Oh… Bella es mi novia —Edward no levanto la vista. Casi se gana un punto por eso. Si no fuera, claro está, por el hecho de que soy una mujer resentida e indiferente—. Y… aparentemente, prefiere mirarme en vez de ir a buscar a nuestra próxima mascota.
La ofrecida salto a reír como idiota. Yo me giré por el pasillo, viendo inocentes cachorros mover sus colas para distraerme de Edward. De él y todo lo que significa su presencia.
Pero, por más que me alejaba y tiernas bolas de pelos ladraban y jadeaban intentando llamar mi atención, estaba más concentrada en la constante conversación que ella iniciaba.
Nadie, que pudiera contarlo, me veía… así que sonreí cada vez que Edward cortaba su conversación con una respuesta monosílaba o a veces simple interés.
—Realmente… no soy una persona de perros —cruce mis brazos e intenté no mirar los tiernos ojos de cada peludo cachorro a mi espalda. No porque no quisiera uno… sino que no tenía el tiempo o el espacio para tener un perro.
Edward se levantó, llevando consigo a un minino, no tan cachorro, del suelo.
—¿Qué hay de este? —Edward se estiró para que lo viera de cerca. Ciertamente, la última vez que pensé en mí teniendo gatos, no fue un escenario que quisiera recordar. Pero claro, los gatos en mi imaginación, no tenían esos extraños ojos del felino frente a mí. Eran casi idénticos a los de Edward… y yo no pude evitar sonrojarme.
—Es lindo… supongo —el animal clavo sus garras en mi playera mientras lo tomaba y se aseguró de hacer mi hombro, su hogar. Cuando ronroneo y froto su cabeza con mi cuello, supe que firmaría cualquier papel de adopción.
No porque de pronto hubiera pasado la fugaz idea en mi cerebro sobre unos ojos similares, ronroneando en mi oído…. ¡No! Debían ser claramente los tonos anaranjados y pelaje atigrado lo que llamo mi atención.
—Se parece a mí —Edward no podría haber sonado más orgulloso de su frase, aunque lo hubiera intentado—. Incluso aguantaría que lo llamaras Eddy… así estarías pensando en mi todo el día.
No había escuchado al Edward seguro de sí mismo por un tiempo. Y era un alivio. Digo… se sentía bien no ser la única nerviosa constantemente en la presencia del otro. Pero me gustaba el Edward seguro.
—Pues… él ya tiene nombre —ambos salimos de nuestra burbuja—. Se llama Romeo —la ofrecida, casi ganaba puntos cuando dejo de coquetear y nos indicaba que la siguiéramos—. Esta es Julieta… si quieren a Romeo, es casi cruel alejarlo de ella —Julieta era una gata negra de ojos azul grisáceo. Daba vueltas por la jaula en la que estaba encerrada y su mirada me asustaba un poco—. Ella… no es tan sociable como Romeo —alguien debería decirle a esta tipa, que cuando quieres conseguir que alguien adopte a un animal, debes describirlo como una suave brisa de primavera—. Pero, solamente comparte con este chico.
—Hey, cariño… —me aseguré de tocar el brazo de Edward cuando ella nos volvió a mirar—. ¡Es igual de huraño que tú!
Era una broma… él debería reírse. De cualquier manera, no importaba que dijera esta tipa, yo solo me llevaría a Eddy… ¡Digo! A Romeo.
—Bien… también la llevaremos.
—Espera, ¿qué?
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Edward entró a mi casa con dos jaulas de gatos. Un saco de comida para cada uno y un montón de juguetes. Cuando abrió cada caja, Romeo salto por cada mueble, mesa, sillón y encimera que pilló. Julieta, al contrario, esperó que Edward se sentara para llegar a su regazo.
—Ya te lo dije… no me quedaré con ella —la gata estaba tan tranquila sobre el regazo de Edward que daban ganas de acariciarla, pero ya había intentado eso en el auto. Y un enorme rasguño en mi mano, confirmaba que no era una buena idea.
—Lo sé, preciosa. Ella es mía… —Edward dejó caer su mano en la cabeza peluda—. Bonnie siempre quiso una gata...
Yo estaba soltando algún comentario hilarante sobre mi gato y la destrucción del edificio cuando entendí qué había dicho.
Edward nunca hablaba de su hija. Y no me refiero a NUNCA como algo poco frecuente. Es un NUNCA de "Joder, no pasará. ¡Olvídalo!".
Así que me senté a su lado, asegurando un pequeño muro de cojines en caso de que Maléfica intentara atacarme nuevamente.
Cuando toqué el hombro de Edward, esperando que siguiera hablando sin espantarlo, me percate de la poco sutil mirada de odio que la condenada gata puso sobre mí.
—Bonnie no era la clase de niña que le sonríe a todo el mundo. Ella… hablaba poco y en escasas ocasiones. Pero, siempre me saludaba con una sonrisa y un beso en la mejilla… No importaba si me había visto hace solo 5 minutos. Cada vez que me perdía de vista, sabía que iba a recibir mi saludo especial —Edward se llevó la mano al cuello y frotó su nombre— su primera palabra, fue papi. Me aseguré de contárselo a cada persona con la que nos cruzábamos… yo… habría bajado el cielo y las estrellas si ella me lo hubiera pedido.
—¿Le regalaste uno? —esa debe ser la peor pregunta en el registro histórico de malas preguntas, para romper el silencio incomodo en el que nos habíamos quedado.
—No.
—¿Por qué? —lo solté antes de que mi cerebro lo procesara. Realmente podían existir un montón de respuestas o excusas para que no le hubiera dado un jodido gato a su hija. Pero no debía darme a mi ninguna de esas posibles respuestas. Principalmente, porque no quería traer recuerdos tristes. Y… porque no debemos olvidar, que no es mi asunto. Sin embargo, no podía dejar de imaginar a la pequeña de las fotos con un pequeño puchero por no tener a su peludo felino.
—Ahm… Ángela era alérgica… Le compre un montón de gatos de felpa, pero no era lo mismo. Bonnie es un poco como Julieta, creo.
Tuve que sonreír. Porque es lo que haces cuando alguien compara a su dulce hija con una huraña gata. Por eso… y porque estaba segura que Julieta arañaría mi mano otra vez, si no lo hacía.
De pronto el otro felino del hogar decidió trepar por mis leggins, asegurándose de enterrar bien sus garras. Me miró un par de segundos antes de olvidarme e ir por la cosa negra en el regazo de Edward.
—¿Qué tal si se la presentas?
Me miró sin entender. Y yo me golpee mentalmente por decirlo en voz alta.
—¿Por qué no llevas a Julieta al cementerio para que conozca a Bonnie? —a fin de cuentas, ya la había cagado. No podía dar marcha atrás.
Sabía de buena fuente —un pajarito llamado Alice— que Edward iba cada sábado a visitar a su hija al cementerio. También sabía, que esa era una información particularmente personal que Alice había dicho casi sin querer.
Otro silencio incomodo llenó mi sala. El suave ronroneo de nuestros gatos no era suficiente para concentrarme en otra cosa. Y es que lo he dicho un montón de veces. ¡No soy una persona de silencios!
—¿Te… te gustaría venir conmigo?
Debería haber fingido que no entendía a qué se refería y darle largas hasta que él se arrepintiera. Pero mi cabeza fue incentivada por el estúpido impulso de asentir y la suave inseguridad en su pregunta.
—Me encantaría —¿qué se supone que dices cuando tu novio te invita a la tumba de su hija muerta? No estaba preparada para eso.
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Cuando Edward se fue a su departamento esa noche, besó mi cabeza mientras nuestras manos estaban entrelazadas. Su gata me miró feo, pero no por eso, no disfrute del beso. Mi Romeo/Eddy subió a la cama sin que lo llamara y se acurrucó en la almohada.
No fue hasta que el gato se durmió cuando sus ronroneos me golpearon como una bola de demolición…
Debo dejar de pensar en Edward como mi novio y evitar comportarme como un perro cuando orinan en su territorio.
Pero… no fue hasta que estaba quedándome realmente dormida, cuando entendí una simple cosa.
Edward me había invitado a conocer a su hija.
A su hija muerta, que está enterrada al lado de su madre.
Pero… ¡JODER! ¡¿ME HA INVITADO CON SU HIJA?!
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Y así, amigas mías. Es cómo consigues un montón de ojeras y bostezos en tu siguiente turno como mesera.
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Entonces... me propuse esto. Ya hice que lo odiaran. Casi lo conseguí con todas. Ahora quiero que él gane sus corazones. ¿Cómo le fue?
Lis me dijo su propia frase; él no debe dejar de ser sarcá debe dejar de ser idiota. Yo... incluso amo un poco al idiota. ¿Qué hay de ustedes?
Gabi
