Historias de Hogwarts
Por Cris Snape
Disclaimer: Los personajes y lugares pertenecen a JK.Rowling y sus asociados. No tengo ánimo de lucro al escribir estas historias, así que no me demandéis por violar los derechos de autor, por favor.
Resumen: Evan Rosier, Myrtle la Llorona, la profesora Sprout, Ritchie Coote... Los personajes olvidados de Harry Potter se dan cita en una serie de relatos breves. Porque ellos, también existen. Aunque, por supuesto, no podemos olvidarnos de Ron Weasley, Blaise Zabini o Sirius Black. Todos ellos están juntos, pero no revueltos. Espero que os guste.
21
Olympe Maxime
Enemigos íntimos
La luz plateada de la luna llena se colaba entre las ramas de los árboles, iluminando aquel pequeño claro del bosque. Una suave brisa agitaba las pequeñas hojas de las coníferas, creando una musiquilla relajante, en sintonía con los demás ruidos nocturnos del bosque: el ulular de algún búho cercano, el croar de una rana despistada, el paso veloz de los animales de presa.
Una altísima mujer miraba a su alrededor, buscando alguna clase de peligro. A su lado, un hombre tan alto como ella, pero mucho más robusto, permanecía inconsciente, con el cuerpo repleto de toda clase de magulladuras. La mujer colocó una mano en su frente, asegurándose de que la fiebre no le había atacado, y se sentó a su lado, suspirando profundamente. Estaba demasiado cansada para hacer cualquier otra cosa; hubiera querido ponerse a dormir, pero sabía que eso sería una imprudencia. Ellos aún estaban demasiado cerca, y realmente enfadados como para no permanecer alerta. Quizá, cuando descendieran un poco más, cruzando el río que había en la base de aquella montaña, pero no antes.
El hombre se removió, soltando un gruñido que delató sus raíces maternas. Olympe colocó una mano sobre su hombro, buscando tranquilizarle, y volvió a otear todo aquello que le rodeaba, sin descubrir nada realmente amenazante. Hubiera dado cualquier cosa por despertar al hombre, para poder huir de ese lugar a toda velocidad, pero Rubeus estaba demasiado débil para caminar en ese momento. Era un hombre fuerte, muy difícil de doblegar y, posiblemente, por la mañana tuviera más ganas que ella de regresar a casa, pero esa noche, debían quedarse donde estaban, esperando que él se recuperara de los golpes recibidos.
Olympe se recostó sobre los codos, observando la brillante luna que se alzaba sobre sus cabezas. No sabía muy bien en qué momento de su vida, accedió a meterse en aquel problema, pero ya no había marcha atrás. Durante unas horas, tanto Rubeus como ella pensaron que todo saldría bien, pero estaban equivocados. Por algún motivo, el hombre enviado por El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, había resultado ser más convincentes que ellos, y ahora los gigantes lucharían del lado oscuro; suponían un grave peligro para la comunidad mágica, y Olympe no podía evitar sentirse culpable por su fracaso. Quizá, ni Rubeus ni ella habían sabido encauzar las negociaciones. Quizá, ninguno de los dos conociera tan bien la mente de los gigantes como creían. Quizá, si hubieran mentido, si hubieran engañado a esos seres bobalicones, pero terriblemente fuertes y poderosos, podrían regresara a casa con buenas noticias. Pero, habían fracaso y, a esas alturas, ya no había marcha atrás.
Olympe sabía que los gigantes serían unos enemigos terribles. Les bastaba dar un par de pasos, para crear devastación a su alrededor. Era casi imposible vencerles utilizando la magia. Eran los aliados perfectos; Dumbledore lo sabía y, por ello (y para evitar que se unieran al Señor Tenebroso), les había enviado a aquellas escarpadas montañas. El anciano y sabio mago quiso adelantarse a los pasos del enemigo, encomendándoles aquella misión a dos perfectos candidatos, tal vez los mejores: dos magos que tenían sangre de gigante corriendo por sus venas.
Olympe había pasado toda su vida renegando de sus raíces, afirmando que su gran estatura se debía a su estructura ósea. Sabía que, de esa forma, no lograba engañar a demasiada gente, pero, al menos, había logrado que no le tuvieran miedo. Se mostró un tanto estúpida meses atrás, cuando Rubeus mencionó el tema de su mitad gigante. Después de pasar todas aquellas semanas juntos, compartiendo absolutamente todo lo que tenía con Hagrid, sabía que el hombre no quiso herirla con su comentario. Rubeus sólo pretendió compartir con ella algo que los unía íntimamente, y ella respondió retirándole la palabra, totalmente ofendida. Era evidente que Rubeus había aceptado lo que era mucho antes que ella, y Olympe debía estarle agradecida al semi-gigante por todo lo que había hecho durante aquel viaje. Porque, Rubeus Hagrid, a base de paciencia y sabios consejos, la había ayudado a reconciliarse con aquella parte de su ser heredada de su padre, porque Rubeus Hagrid la había aceptado tal y como era, y le había demostrado que era perfecta así, siendo una semi-giganta.
Olympe recordó los años de su infancia, cuando era el centro de las burlas de los niños de su edad. Era tan grande, que todos la llamaban monstruo y, ni su madre había logrado convencerla de que no lo era. Olympe se había sentido desdichada durante mucho tiempo, maldiciendo el día en que su padre se encontró con su madre, maldiciéndose a sí misma y a todas aquellas cosas que la unían a su progenitor. Los niños eran crueles con todos aquellos que eran diferentes, y Olympe fue demasiado distinta de los demás durante toda su vida.
En su adolescencia, tampoco se sintió mucho mejor, apartada de sus compañeros de colegio, considerada un ser peligroso, capaz de arrancarte la cabeza si la mirabas de mal forma.
Sólo logró un poco de respeto cuando se hizo adulta. Era una bruja talentosa y, día a día, fue haciéndose un hueco en la sociedad mágica francesa, procurando olvidar quién fue su padre, intentando desligarse de su doloroso pasado, para poder enfrentar el futuro con esperanzas. Para intentar ser alguien importante.
Con el tiempo, lo había conseguido, convirtiéndose en la directora de la más importante institución académica de su país, pero había perdido sus raíces a cambio. Bien era cierto, que eso no le importó durante años, pero Rubeus la había ayudado a ver las cosas de otra forma. Ahora se sentía especial, pero no por ser una semi-giganta, sino porque alguien como Hagrid, podía mirarla con los ojos llenos de pasión y ternura, demostrándole que ella nunca fue el monstruo que todos decían que era.
Olympe volvió a mirarlo, apartándole un mechón de pelo de la cara. Sus labios dibujaron una sonrisa de dicha, y sus dedos se deslizaron hasta los labios masculinos, añorando algo que nunca había podido tener: un poco de amor sincero. En ese momento, Rubeus se agitó en sueños, abriendo un poco los ojos para mirarla. Quiso decir eso, pero apenas tenía fuerzas para levantar los párpados, que le pesaban una tonelada cada uno.
-Descansa, Ggubeus –Susurró la mujer, procurando tranquilizarlo con un una caricia en los dedos de la mano.
Él afirmó pesadamente con la cabeza, cerrando los ojos de nuevo. Olympe liberó el aire de los pulmones, acomodándose a su lado, decidida a descansar un rato. Después de todo, aquel no parecía ser un mal lugar para pasar la eternidad, si ellos los encontraban.
Y, colorín, colorado, esta viñeta se ha acabado.
Una vez más, como me ocurrió con Grawp, he tenido que utilizar a Hagrid para introducir a un personaje, pero no me ha quedado otro remedio. Las partes importantes de Olympe, transcurren cuando está cerca del semi-gigante, así que tenían que estar juntos. En fin, espero que os haya gustado la historia; creo que estos dos hacen buena pareja, y, quién sabe lo que se traen entre manos XD.
Nada más. La próxima viñeta, será para el profesor Binns; ya veré lo que hago con él, seguramente lo ponga a fantasmear por ahí, jeje.
Un besazo y hasta pronto
Cris Snape
