¿Es realmente Yuan inocente?... ¿O hay mucho más?... Es decir, puede que tenga buenas intenciones, quiere a Tigresa (((Uff, ¿y quién no?))), pero hay que ver como planea llegar a ella…
Ahora si…
¡HOLA, HERMOSAS CRIATURAS DEL INFRAMUNDO!...MUAJAJAJJAJAJA
Anoche estuve releyendo con un poquitito más de atención los comentarios y hubo algo que me llamó la atención.
No, Po no es un villano.
Ni Yuan…
Ni los alumnos del templo…
¡Ni siquiera Bao lo es!
En esta historia no hay villanos. No hay buenos, ni malos… Solo seres imperfectos que tienen sus propios intereses y que están dispuestos a conseguirlos.
Y dicho esto… ¡A leer!
La dura realidad de tus propios actos… Bienvenido
Tigresa despierta y se encuentra abrazada a un cuerpo más grande que el suyo, masculino.
Se queda quieta en su lugar, con la vista fija en algún punto indefinido de la pared. La mente en blanco, sus labios entre abiertos, su mejilla presionando sobre el pecho de Yuan. Escucha su corazón latir, siente el ritmo lento de su respiración. La relaja. Vuelve a cerrar los ojos y se acurruca en el brazo que la rodea, un agarre firme y posesivo que aunque no permite mucho movimiento, le resulta cómodo y acogedor.
Una de sus piernas está sobre las de él. La mano derecha del chico se entrelaza con la izquierda de ella, descansando despreocupadamente sobre el abdomen del felino. Con cuidado, Tigresa la suelta, asegurándose de no despertarle. Se muerde el labio cuando, muy suavemente, desliza sus dedos por el torso masculino. Recorre cada pequeño rasgo marcado, trabajado por el entrenamiento de años, dibuja líneas invisibles entre su pelaje.
No está muy segura de cómo es que se quedaron dormidos. Recuerda que cuando llegaron, ya no había nadie en el patio, que todos estaban en el interior del templo, en uno de los salones principales. Ellos se colaron por los bordes, escaparon de la vista de todos y se internaron en las barracas. Entraron al cuarto entre besos y se dejaron caer en la cama de igual manera, hasta que decidieron que debían parar. No hablaron mucho, solo se quedaron en silencio, contemplando al otro, jugando con sus manos o mimándose con suaves caricias. El tiempo pasó más rápido del que pensaron y pronto ambos cayeron dormidos.
Tigresa no se ve alterada por la oscuridad del cuarto, delatando que ya ha anochecido hace bastante. No le importa que Shuo pueda preguntarse donde esté, mucho menos le importa que, tal vez, su padre o alguno de los chicos quieran hablar con ella. No le importa.
Todo en lo que puede pensar ahora es en la mano de Yuan acariciándole lentamente la cintura.
—Pensé que estabas dormido —Susurra.
—Lo estaba.
El leopardo lleva su mano libre, la que antes sostenía la de ella, por detrás de su nuca, a modo de almohada.
—Eres una buena almohada —Intenta bromear.
Pero su voz es demasiado apagada para ello. Yuan ríe, una risa nasal y casi sarcástica.
—¿Te cuento un secreto, Tigresa?
—Si tú quieres…
—Anoche fue la primera vez en muchos años que dormí tan bien.
—…
No sabe qué responderle. ¿Cómo se supone que una contesta a esas confesiones?
—Y esta es la segunda —Prosigue él— Me gustaría dormir contigo todas las noches.
Su mano se tensa en la cintura de ella, la estrecha, apoyando sus propias palabras. Tigresa sonríe, escondiendo el rostro en el pecho del chico, respirando aquel suave aroma al cual comienza a volverse adicta.
—A mi igual.
Y puede que ambos quieran quedarse allí, pero saben que es tarde y que deben salir. Tigresa debe volver con Shuo y Yao, por más que quiere y lo intenta, sabe que no puede evitarlo.
IIIIIII
Tigresa se arrepiente de haber vuelto en cuanto abre la puerta de la casa. Tal vez no de haber vuelto, pero sí de no haber entrado por la ventana de su cuarto y ocultarse, mínimo, hasta el día siguiente.
Junto a Yao y Shuo, sentados en la mesita central de la sala y tomando té, está también Shifu. Los tres conversan animadamente y callan al oír la puerta abrirse. Las miradas que se posan en ella van desde la más sincera preocupación, hasta el más fiero reproche. Sabe que le espera una buena, de esas que te dan cuando niño, de las cuales no olvidas nunca y cuando cumples noventa años, aún recuerdas.
La mirada de Shifu representa al más fiero de los enfados paternales que ha podido existir en toda la historia de la vida en la tierra… Pero sorprendentemente, en cuanto Tigresa cierra la puerta tras ella, él corre a abrazarla. Claro, primero, obliga a su hija a hincarse en el suelo, golpeándole tras las rodillas con el atiguo báculo de Oogway, para quedar a la misma altura (tal vez, también como castigo) y rodearle el cuello con sus brazos.
—Hija…
Su voz es una súplica ahogada. Un suspiro de alivio.
Porque hasta el padre más enojado del mundo, siente alivio al ver que su hijo perdido está sano y salvo.
Tigresa devuelve el abrazo, claro que sí, está feliz de verle. Pero igualmente, dirige una mirada de auxilio a sus dos amigos. Estos niegan con la cabeza, ambos severos, antes de levantarse del sillón y dirigirse a la cocina.
—Papá… Ya puedes soltarme —Murmura, al sentir el agarre demasiado apretado.
—Tú calla, que estuve cuatro meses sin saber dónde andabas.
—Te escribí.
—¡Y mucho que me contaste!
Hay sarcasmo en la voz de su padre y a pesar de que detecta el enfado en esta, también puede verlo feliz.
Shifu es quien corta con aquel abrazo. Sus manos sujetan el rostro de su hija, acarician sus mejillas, le observa con cierto alivio… y también con enfado. Enfado, porque nada le costaba decirle donde estaba, nada le costaba escribir más seguido. ¡Por todos los dioses! Si las cartas apenas si tardan uno o dos días en llegar. No era necesario tal distanciamiento, no iba a preguntar nada que ella no quisiera, no iba a pedir explicaciones que ella no se sintiera del todo cómoda de dar. Solo quería saber que estaba bien.
Se sientan ambos en los sillones de la sala. Yao aparece al rato con dos tazas de té, para luego volver a irse. Padre e hija no saben muy bien de qué hablar, pero se las arreglan para tener una charla normal. Tigresa no se siente tan incómoda como pensó, aunque tampoco es que suelte demasiado. Todo lo que cuenta, es sobre el templo aquel, sobre Bao, sobre los entrenamientos… y hasta ahí no más.
No menciona a Yuan, ni la relación o intento de una que lleva con él. No le menciona el por qué decidió no escribir más seguido o por qué se fue así, mucho menos menciona por qué salió corriendo corriendo del templa aquella mañana.
—Todos te extrañan… —Murmura Shifu— Los chicos, Víbora…Po.
—No.
—No, ¿qué?
—No quiero oír nada del panda, ¿Entendido?
Y Shifu hubiera insistido, al menos hasta tener un por qué creíble, de no ser por la seriedad en el semblante de la chica.
—Bien… —Acepta— Y ya que hablamos, ¿Qué pasa con aquel chico?
—¿Qué chico?
—El leopardo que te acompañaba esta mañana — Se interrumpe para tomar un sorbo del té. Está delicioso— Le vi salir por detrás de ti cuando te fuiste.
Tigresa siente sus mejillas arder. Si le dijera donde ha pasado el resto del día… No, no quiere ni imaginárselo.
Shifu se ve tranquilo, sosteniendo entre sus manos la tazada de té, la escudriñadora mirada con ciertamente burlona fija en los nerviosos ojos de su hija. Será viejo, pero no tonto. Algo ha visto ahí… y no está seguro de que le agrade, pero no le queda más remedio que simplemente preguntar.
—Es… es alguien —Murmura Tigresa— Un amigo.
—Ajam… ¿Y es con ese amigo con quien pasaste todo el día?
—No —Miente— Estuve entrenando.
—Los chicos están en el templo.
—Estuve entrenando… en el bosque.
Shifu arquea una ceja y Tigresa toma su taza de té, que hasta el momento no ha tocado, solo por tener algo en qué ocupar las manos.
—No hace falta que me mientas, Tigresa —Dice el panda rojo— Sinceramente, de saber que estabas aquí, hubiera venido hace mucho tiempo.
—Lo sé.
Sí, claro que lo sabía.
Shifu le mira, serio, girando la taza ya vacía en sus manos. ¿Preguntar? ¿No preguntar? No está muy segura de que ella le vaya a contestar, pero tampoco pierde nada por intentarlo.
—¿Me dirás por qué te fuiste?
—No.
¡Bingo!... La respuesta esperada.
Sin quererlo, el panda rojo tuerce el gesto en desaprobación.
—Po te extraña —Dice finalmente. Levanta una mano abierta en el aire al ver que ella está por replicar, acallándola— A mí tampoco me cae bien últimamente, pero él te extraña… Qué ha pasado entre ustedes, no sé, pero deberías hablar con él. Ambos deberían hablar.
—Yo… lo pensaré.
IIIIIII
Po camina de un lado a otro por la estrecha habitación. Los pensamientos le dan miles de vueltas en la cabeza, las manos temblorosas sujetan el pelaje y jalan de él, los dientes presionando su labio inferior comienzan a hacerle daño. Si sigue así, va a hacerse daño. Los chicos solo pueden verle, incapaces de decidir si deberían hablar o seguir tan callados como hasta el momento. Al panda realmente no le importa.
Últimamente pocas cosas le importan.
Hace tiempo que dejó de oír las charlas de Víbora, hace tiempo que ya no le importa jugar broma con Mono o molestar a Mantis. Hace tiempo incluso que ha dejado de hablar con ellos más de lo estrictamente necesario.
No le importó demasiado cuando Shifu le dijo que irían hasta el templo en las montañas. Es más, incluso creyó que haría bien. Cambiar de aires, nuevos maestros a quienes enfrentar, nuevas distracciones. Más en qué entremeter su mente, más en qué concentrarse. Pero no esperaba encontrarse delante de sus narices precisamente con eso que intentaba (inútilmente) evitar desde hace cuatro meses.
Shifu les reprendió por el pequeño espectáculo con Shuo, mientras que el maestro Bao simplemente se quedó callado. Él no parecía del todo disconforme con el comportamiento de su alumno. Po no pasó por alto que, luego de que el león asintiera, aquel leopardo salió del patio en completo silencio, como si estuviera escapando de alguien. Supo de inmediato que fue detrás de Tigresa. ¿Cómo? No estaba del todo seguro, tal vez solo mero presentimiento. La media hora que estuvieron escuchando el sermón de Shifu y a Bao recitar los motivos de aquella invitación, Po se sintió intranquilo, atrapado.
No era el único. Para nadie pasaba desapercibida la tensión entre los maestros del Templo de Jade.
Cuando finalmente pudo salir de allí, Po no lo dudó: se fue a buscarla. No tenía idea de a dónde, pues ni siquiera conocía el lugar, solo comenzó a caminar sin rumbo alguno. La conocía. Ella buscaría un lugar alejado, solitario, donde nadie la molestara… Y aquel bosque, frondoso y extenso, que rodeaba el templo le pareció el lugar perfecto para Tigresa. No pudo estar más en lo cierto. La encontró relativamente pronto, luego de recorrer varios caminos y hacer algunas cortadas entre los árboles.
No sabía qué iba a decirle, ni siquiera sabía si tenía derecho alguno de hablarle, pero lo iba a intentar… lo iba a intentar. Por ella, por todo lo que le había extrañado, por todo lo que ella le extrañó a él. Porque le extrañó, ¿No? Tenía que haberle extrañado.
Tal vez Po se confió demasiado.
Tal vez fue demasiado vanidoso al pensarlo.
Tal vez fue demasiado pretencioso al creer que ella sería siempre suya, sin importar lo que hiciera, sin importar lo que pasara.
Ella está enamorada de mí, hubiera jurado, con la mandíbula en alto y el pecho hinchado de orgullo. Ella me ama, podría haber jurado a cualquiera que preguntara. Ella es mía… No, panda, Tigresa no es tuya. Pensó que la encontraría llorando, lo cual pudo haber sido una ventaja, encontrarla vulnerable y sola, ser él quien la acunara. Iba a ser perfecto, ¿No? Como una hermosa novela. La chica, sola y destruida, es consolada por el mismo hombre que la destruyó en un principio. ¡Precioso!
Pero ese hombre no contó con que habría otros hombres… con que su chica, tan frágil y vulnerable a su opinión, era una hermosa joya que algún otro desearía cuidar tanto como él no lo hizo. Po no supo describir como se sintió. Sí, la encontró en aquel bosque. Sí, estaba llorando. Sí, se veía herida. Pero no estaba sola.
No, aquel leopardo la acompañaba. Ambos sentados en el verde césped. Él tenía sus brazos alrededor de ella, la acunaba, la mecía como si fuera una niña. Po quiso gritar que la soltara, quiso gritar que a Tigresa no le gustaba que la vieran llorar, que debía dejarla sola para que se calma. Quiso gritar tantas cosas… Pero cuando menos lo pensó, ella sonreía. Sus labios, temblorosos aún por el llanto, se curvaron en una pequeña sonrisa. Ella sonríe y acaricia el rostro de aquel gato.
Conocía sus caricias… y esa no era una caricia cualquiera. Un toque suave, tierno, a la mejilla del felino. El mismo tacto que meses atrás era para él, el mismo tacto que tantas veces le habían hecho olvidar todo lo que alguna vez pudo haberse planteado… Y lo odió. Odió ver que ella le tocara de esa manera, que se viera tan cómoda en sus brazos, odió oírlos reír, odió oír las palabras tontas que se decían.
Odió ver que la besaba.
A ella.
A su Tigresa.
Po no puede comprender que ya no es su Tigresa. No, ya no le pertenece. No comprende que él ahora no es más que una herida que poco a poco está sanando, poco a poco deja de doler y comienza a desaparecer.
Continuará…
