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. . .
Exclamaciones y maldiciones se unieron al aire lleno de cenizas. Provenían de los tres Kirkland que poco tenían de haber llegado, y la joven maestra que no hallaba palabras, atónita y asustada.
—Y Alice…
Bryan, Ryan, y Arthur perdieron el color.
—No…
Sin tener que ponerse de acuerdo se movieron al mismo tiempo.
—¡E-esperen!
Arthur maldijo entre dientes, dándose media vuelta al oír el llamado de Lilli.
—Espere aquí, profesora, es peligroso.
Y se fue.
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Se habían apartado a toda la distancia posible, evitando los efectos colaterales de la caída de la mansión. Más acertado sería decir que Andrés se alejó, y llevó a Alice con él.
La chica llevaba minutos sin abrir la boca. Sus oídos, como los de Andrés, habían salido seriamente magullados. El sonido de la explosión les había robado parte de la capacidad auditiva, al menos de forma temporal, lo que no ayudaba al aislamiento en el que se había sumido ella.
Andrés le hablaba, en un intento de traerla de vuelta, pero parecía inútil. Suspiró derrotado, hasta escuchar en la lejanía unas voces.
—Esa voz… ¿No es… Arthur? —Se detuvo antes de mencionar la palabra hermano, y la cambió por el nombre de su gemelo a último momento. Ella alzó la cabeza casi imperceptiblemente, lo que ya era un logro.
—Suena cerca. Él, y otras personas —El hispano se levantó, a pesar de que no le gustaba la idea de dejarla sola— Iré a buscarlos. Tú no te muevas de aquí, ¿entiendes?
Caminó en dirección a la voz. Alice siguió inmóvil.
La realidad la había golpeado con su golpe más bajo; se negaba rotundamente a salir de su burbuja de protección.
Lo cierto es que la parte de ella que ya lo había aceptado como real guardaba bastante resentimiento a lo que ahora era su único amigo. Andrés solo le había dicho la verdad. Él no tenía la culpa, cierto, pero no podía evitar preguntarse…
Si lo sabía… desde hacía tanto…
¿Por qué no se lo dijo antes…? ¿Por qué…? ¿Por qué había tenido que enterarse de una forma tan dolorosa…?
La burbuja empezó a romperse con las primeras lágrimas ocasionadas por el regreso de sus recuerdos.
—Tu madre tiene un retrato… Peter merece tener también uno.
—Oh, papá…
No mucho después ese recuerdo se había desvanecido, y su padre sintió el impulso de pintar el retrato hasta el día en el que ella empezó a asistir a la escuela. Su corazón se fue más atrás, hasta el día del velorio, del funeral. De las veces en las que, como Andrés bien dijo, había ido al cementerio.
Al fin pudo recordar haberle visto.
Se acordó, de hecho, alguna vez haber visto una lágrima, corriendo por aquel ahora familiar rostro.
Y más. Recordó más.
Mucho más.
Vadeó las tumbas, entre la bruma. No tenía que mirar por donde iba, ya lo sabía. Iba a cumplir con su visita diaria a Peter, desde que él había fallecido meses atrás.
En alguna de esas ocasiones se había llegado a topar con alguna persona, visitando a un amigo, o a un ser querido, como ella, pero no era frecuente. Ese día fue uno de esos poco usuales.
Alice disminuyó su ya lento paso, hasta detenerse por completo.
Un joven le daba la espalda, delante de una lápida que no recordaba haber visto antes.
Debía ser nueva.
Hubiera deseado tener a alguien a su lado, a quien fuera, pero estaba sola.
—Alison… ¿está Peter contigo?... —Elevó la mirada al cielo, intentando limpiarse las lágrimas inútilmente, pues seguían brotando— ¿Por qué tenían que irse…? No lo entiendo… es tan injusto.
Su garganta se ahogó en sollozos. Dejó de buscar en el cielo, pasando a los alrededores.
—Alison, ayúdame. Te necesito…
En la oscuridad que se estaba tornando en el cielo, se movió algo. Una figura femenina, más alta que ella.
—¿Alison?
Se irguió, completamente segura de haber distinguido cabello rojizo entre la penumbra. Agotada y herida, creyendo estar en un sueño, se movió dando traspiés en pos de la figura que se alejaba.
Andrés, ajeno a ello, continuó buscando a Arthur. En su lugar, encontró a Ryan, algo violentamente; éste iba demasiado rápido. Chocaron, y se separaron a la defensiva, hasta que se ubicaron mutuamente. Andrés reconoció rasgos parecidos a los de Alice, y Ryan recordó haberle visto en el velorio de Alison.
—Tú… cualquiera sea tu nombre, eres amigo de Alice, ¿Dónde está ella? ¿Está bien?
—Por allá —Indicó Andrés— Se encuentra… bien.
—Llévame con ella.
A pesar del alivio que produjo esa respuesta en Ryan, su ansiedad no desapareció, mientras seguía al hispano hacia donde debía estar su hermana.
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—¿Alison? —Llamó la rubia con debilidad— No te escondas…
Continuó su persecución entre las sombras, sacando fuerzas de algún lugar recóndito producido por mera fuerza de voluntad. Se desmayaría de continuar así, pero aunque lo sabía no le importó. Hasta que la sombra se detuvo.
Hubiera dejado de interesarle, de no ser por qué la tumba a la que visitaba él estaba exactamente junto a la que venía a visitar ella. La inglesa se aproximó en silencio. Los ojos de Andrés, con una lágrima brillando al borde de uno de estos, la miraron de reojo un instante, antes de regresar al mismo punto en el suelo.
Alice se sintió como una intrusa, invadiendo su espacio, su momento de intimidad, al igual que ella sentía lo mismo hacia el en ese entonces extraño. Así que juzgó prudente decir:
—Lo lamento. No era mi intención interrumpir. Ésta, la que está al lado, es la tumba de mi hermano…
—Entiendo —Replicó él al cabo de unos segundos, controlando su voz.
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—¿Y bien?
La fría voz de Ryan no ayudó al turbulento momento por el que pasaba Andrés. Recorrió el lugar alrededor, seguro de que era el sitio correcto. Pero Alice no estaba.
—Aquí estaba. Estoy seguro.
—Pues ya no está.
—La traeré de vuelta.
Antes de irse, Ryan le jaló de la camisa, una sonrisa formándose en sus labios.
—Que así sea.
Andrés, sin decir nada, apartó su mano, sin expresión alguna.
—Busca de ese lado, buscaré del otro.
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El corazón de Alice saltó.
La sombra si era una persona, una joven. Pero se había equivocado en algo.
Su cabello no era rojizo, la luna le permitió verlo.
Era castaño. Estaba suelto, cayéndole desordenadamente alrededor de la cabeza.
Normalmente estaba acostumbrada a verle con el cabello recogido.
—¿Carmen?
La aludida no se movió.
—Lo siento. No quería que me siguieras. Pensé que te perdería en el camino…
Alice comprendió que no se trataba de un sueño.
—¿Qué estás haciendo… aquí?
Era real, de repente lo sintió real. Sus sentidos empezaron a despertar, como si en serio hubiera estado dormida.
Carmen estaba parada al borde de una barranca, tan calma que cualquiera habría pensado que solo estaba jugando.
—Aléjate de ahí… te caerás.
—De eso se trata.
A Alice le tomó varios segundos componer una respuesta.
—No comprendo… ¿por qué quieres morir?
—Oh, Alice… —Intentó reír sin ganas, a punto de llorar— ¿Confías en Andrés?
—Pues…
Trató de deslizarse con sigilo hacia ella, pero no lo logró.
En otra parte, el grito de Carmen congeló a Andrés en su sitio.
—No —Volvió a decir, bajando la voz hasta a un nivel normal de nuevo. Alice también quedó aturdida. Tan solo por intentar acercarse, Carmen había dado un alarido, advirtiéndole que no lo hiciera.
—Dime que te pasa, tal vez pueda ayudarte —Le dijo la inglesa, alarmándose cada segundo más, olvidando por momentos el dolor de recordar haber perdido a su único hermano menor.
—Nadie puede, Alice.
—Tú siempre eres tan optimista… ¿Qué te ocurrió?
—Algo que no recuerdo… e-eso creo… pero él quizá lo haga… sí, debe hacerlo…
—No entiendo de que hablas, pero sea lo que sea que haya sucedido, está… mira, ya no tienes nada que temer, ¡la maldición se-!
Un movimiento en los arbustos les hizo sufrir un sobresalto.
Carmen perdió el balance.
—¡Andrés!
La exclamación de Alice llegó al mismo tiempo. Los dos voltearon, solo para alcanzar a escuchar el sonido de un cuerpo rodando.
Conmoción, espanto, sentimientos tan bien conocidos por ambos. Andrés quiso ir al borde de inmediato, pero algo lo retuvo, haciéndole apretar los puños. Avanzó un par de pasos y volvió a detenerse.
Luego de momentos de inactividad, estalló, como un volcán.
Inundado de rabia y amargura, dejó escapar un grito, pateando las ramas en el suelo con tanto ímpetu que las lanzó a la barranca misma. Pateó una roca, haciéndose daño en el proceso, aventándola lejos; sus manos se aferraron a su cabello, como si quisiera arrancárselo.
Alice solo pudo verlo, con ojos de plato, hasta que su mejor amigo se dejó caer de rodillas, cuando su fuego se hubo extinguido. Ella sintió su corazón encogerse al notar que estaba llorando.
—Hey…
Con toda lentitud, con toda la calma que pudo reunir, fue dando pasos cortos, avisándole con cada uno de ellos de su presencia. Una delicada forma de pedir permiso. Con suavidad fue sentándose, hasta llegar a su lado. Él no la miró, su cabeza gacha.
—Hey…
Le susurró. Tenía el honor de ser la única persona en el mundo capaz de hacer lo que hizo después. Puso delicadamente una mano en su cara, moviéndole hasta obligarle a mirarla. Su corazón acabó de hundirse.
Era como ver la imagen misma de la miseria.
—Ya… no te atormentes. No pienses más en esto. Todo va a estar bien ahora. Te lo prometo… todo va a estar bien.
Cuando los Kirkland lograron encontrarles, hallaron a Alice abrazando al hispano, el rostro de éste oculto en su cabello, aferrándose a ella como si no le quedara nada más en el mundo entero.
Así era.
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Horas más tarde, ambos estaban en el hospital. Durante la noche, cuando al fin parecía haber algo de paz en la madrugada, Andrés escapó de su habitación.
Logró entrar sigilosamente al cuarto de Alice, sin encontrar a nadie ahí. Salió, solo para toparse con la persona a la que buscaba.
—Te estaba buscando.
—Regresa —Le murmuró él igualmente— Si nos descubren, que piensen que me he escapado yo.
Abusando de su habilidad para escabullirse, se colaron de nuevo a la habitación asignada a Alice. Ella se sentó a la orilla de la cama. Él, tras vacilar, se sentó del otro lado.
—Pensé que estarías dormida.
—No podría… estoy cansada, pero mi mente… no me permite descansar.
—Lo sé. Me pasa lo mismo.
Viendo ensombrecer el rostro que tanto quería, Alice intentó cambiar de tema, pero él le quitó la palabra.
—Sé que no es apropiado, pero hay una última cosa importante que debes saber. Si pudiera esperar, quizá hasta lo omitiría, pero... tú… responde esto, por favor, Alice: ¿Llegaste a sentir algún aprecio por Carmen?
La pregunta descolocó a la aludida tremendamente. Le miró sin saber que contestar.
—Es importante.
—Sí. Llegué a apreciarla, mucho más de lo que esperaba.
—Entonces necesitas saber la otra parte de la verdad.
—¿De la maldición? —Inquirió Alice con voz temblorosa, sufriendo tan solo al pensar en Peter— ¿Hay más que no sepa?
—Sí.
A Andrés le tomó un largo intervalo acomodar sus ideas y emociones. A Alice se le escapó sin darse cuenta:
—Luces tan triste…
Se tapó la boca, recriminándose mentalmente.
—Perdóname.
—Perdóname tú a mí. No quería lastimarte, y te lastimé puede que hasta más.
Omití la realidad sobre Peter. Pude haberte preparado…
—No… Más bien yo… me compadezco de ti. Cuando te enteraste de la forma de romper la maldición, debe haber sido una carga demasiado pesada. ¿Qué hubieras podido decirme? ¿Qué tenía que matar a mi hermano…? No, Andrés.
Inhaló hondo, procurando calmarse.
—Tuviste mucho valor. Pudiste romper la maldición. Y escogiste no hacerlo. Fue muy noble, incluso regresar a salvarlo, cuando no había… nada que salvar.
Esperaba haber disminuido su pesar, pero cuando volvió a mirarle lucía incluso peor que antes. Más desolado, más culpable, más sombrío.
—No soy tan bueno como crees —Sentenció él— Tal vez, me hubiera atrevido a acabar al espíritu de Peter, así te hubiera lastimado, esperando que tu entendieras. Aunque hubiera sido muy poco probable que lo hiciera, algo me lo impidió completamente.
La preocupación de Alice se expandió hasta volverse miedo.
—¿Qué ocurrió…?
Y lo miró a los ojos. Pero cada vez que se miraban, sentía una conexión, que le evocaba recuerdos. El de esta vez completó el que estaba recuperando, de la primera vez que le había visto, en el cementerio.
La cabeza le dio vueltas.
Hubo un largo silencio, hasta que Andrés añadió:
—Ésta es la tumba de mi hermana.
Alice miró hacia el mismo sitio que él. Leyó el nombre, entre las flores frescas.
Carmen Fernández Carriedo
—Mis condolencias.
—¡No tenía… no tenía idea! Es decir…
—Así que lo recordaste.
La chica frunció los labios, deteniéndose justo delante de Andrés, y éste la miró, con una mirada que literalmente no había forma de traducir.
—Andrés…
Él no dijo nada, apretando la mandíbula imperceptiblemente. No parecía que pudiera hacerlo. Esta vez, daba la impresión de, en lugar de no querer contestar, más bien había perdido el habla.
—¡Lo lamento tanto! —Se mordió el labio, bajando la mirada— Pero se suponía que había solo un extra…
—Amo a mi hermana —De forma similar a Alice, se dedicó a contemplar algo distante, un punto en el que la inglesa no se fijó— Ella fue la única que estuvo conmigo, prácticamente toda mi vida. La única que nunca se fue de mi lado por voluntad propia.
—Tampoco pude creerlo al principio, hasta que empecé a recordar. Y recordar, y recordar. Además, mis habilidades crecieron, hasta a ser imposible otra posibilidad. Dos familiares, dos extras.
—Debes haber sufrido tanto… todo este tiempo…
—Si te sirve de algo… yo tenía nueve años cuando murió mi madre. Carmen tenía ocho.
Andrés iba dos años atrasado en la escuela.
Carmen había sido solo un año menor.
Alice estaba espantada… porque Andrés no había hecho nada para impedir dicho posible sacrificio de su única hermana.
—Tu hermano, y mi hermana. Ahora comprendes por qué nunca consideré la posibilidad de terminar con la maldición. Solo esperaba poder sobrevivir el mayor tiempo posible. Y protegerte a ti.
—No… no puedo hacer eso. No habría forma de… protegerte, si lo hiciera.
—…¿Y a Carmen?
—Sí. Y a Carmen.
—Pero había una posibilidad de que yo también muriera… ¿no? —Murmuró Alice.
—Estabas casi completamente a salvo.
—Suena a que hay más que no sé aun.
—Te lo contaré cuando hayas mejorado.
—Eso podría tardar —Suspiró, ahogando un bostezo con mucha dificultad— Cuando me duerma…
—¿Qué?
Alice dudó.
—No quiero preguntar si voy a lastimarte.
—Pregunta.
—Si lo que dicen es verdad… cuando despierte en la mañana… ¿habré olvidado lo que pasó con Peter?... ¿Olvidaré a Carmen?
—Sí —Respondió Andrés con voz apagada— Lo harás.
Ambos callaron un momento, escuchando el incómodo tic tac del reloj.
—No sé si quiero olvidar…
—Ningún recuerdo se va del todo, Alice. Siempre se quedan guardados.
—Sí… —Secundó ella, sin estar muy segura de lo que decía. Su cerebro empezaba a dejar de trabajar correctamente, precisamente debido al agotamiento.
Se puso rígida al sentir un sorpresivo beso sobre su frente; Andrés se levantó, dejándola ruborizada y confundida.
—¿Ya te vas?
—Tienes que descansar —Respondió él— Hasta mañana.
—Espera —Masculló Alice— ¡Espera!
Se percató de que había hablado demasiado fuerte, y rogó a los santos no haber sido escuchado por personal del hospital. Se aclaró la garganta, intentando no sonrojarse de nuevo, aunque no sirvió de mucho.
—¿Quieres que me quede?
—No, bueno, sí; es decir, ¡no! Solo quería devolverte esto…
Se sacó del cuello el amuleto, extendiéndoselo hacia Andrés.
—Parecía importante para Carmen. Ella te lo dio, ¿no es así?... Es mejor que tú lo tengas.
Andrés la miró, a ella y al amuleto, y sus labios, después de mucho tiempo, se curvaron imperceptiblemente hacía arriba. Se acercó a ella de nuevo, encerrando el collar en sus manos de manera similar a cuando se lo había regalado.
—Está mejor en tus manos. Al final, ella entendió la razón.
—Pero… entendí que esto pertenecía a tu familia. No creo merecérmelo.
—Lo mereces, más que nadie —Respondió él. Al fin una pequeña chispa de calidez apareció en sus ojos, lo que cohibió a Alice con un absurdo y fugaz sentimiento de felicidad— Descansa.
—Igual tú…
Cerró la puerta tras el al salir, dejando a Alice sumida en sus pensamientos. Al irse su mayor consuelo, se quedó solo con el dolor de la pérdida, y el resto de las emociones que hubiera preferido no sentir.
Sin embargo, tenía en sus manos el collar que había pertenecido a Carmen. A un lado de su cama estaba el camafeo de Alison, y alguien, probablemente su padre, había dejado un viejo dibujo de Peter. Incluso el retrato de su madre reposaba en una silla.
Por un momento tuvo la sensación de que todos estaban ahí, mirándole.
Tuvo la certeza de que nunca podría olvidarlos del todo, a ninguno.
Por un breve instante, sintió que todo estaba en su lugar. Todo se había terminado. No había más maldición.
Y por un breve instante, después de meses, tal vez años de agonía, por fin sintió paz.
FIN
