Finalmente, y después de mucho tiempo, volvían a estar solos. Annie no pronunciaba una sola palabra, y su rostro no reflejaba ninguna emoción. Estaba tratando con todas sus fuerzas de pelear contra el huracán de sensaciones que por ahora la mantenían ocupada. Hipo sólo se limitaba a observarla, buscando su mirada infructuosamente. Tenía tantas ganas de besarla en ese momento que se había olvidado por completo del dolor… hasta que la chica presionó con fuerza el manojo de hierbas medicinales sobre uno de los cortes.
¡Ouch!- Protestó.
Silencio. Te lo mereces.- Dijo al fin, sin sacar la vista de su trabajo.- Debería dolerte más.-
¿Por qué sigues enojada?-
Porque esto no debió haberte pasado. Nada de esto debió pasar jamás.- Annie comprendió que no sólo estaba hablando de Hipo, sino que también resentía el hecho de sentirse confundida por Jack. Todo era culpa de él. Si no hubiese roto con ella, jamás se habría fijado en otro chico. Ahora estaba en medio de un dilema complicado y doloroso.
Hipo guardó silencio. No quería arruinar el momento, y tampoco tenía mucho sentido discutir con ella cuando estaba enfadada. Dejó que Annie siguiera curándolo y se quedó meditando por unos instantes. Sin embargo, y sin darse cuenta de que estaba pensando en voz alta, le lanzó la pregunta que se venía haciendo desde que la vio enfrentarse a Alvin.
¿Dónde demonios aprendiste a pelear así?-
Annie dudó por algunos segundos, pero luego respondió como si también estuviera pensando en voz alta.
Papá pensaba como vikingo; mamá, como romana. Según él, yo debía aprender a defenderme, pero ella no consideraba apropiado para una princesa utilizar armas. Al final logró convencerla y Marco comenzó a entrenarme con las espadas cuando tenía seis años.-
¿Marco? ¿El mismo idiota con el que estuviste a punto de casarte?-
Annie le profirió una mirada amenazante. Hipo comprendió que había pasado el límite y apretó los labios para no volver a decir nada estúpido.
Como podía blandirlas tanto con la mano derecha como con la izquierda, me enseñó a pelear con las dos espadas al mismo tiempo. Cada invierno que pasábamos en Roma lo destiné a perfeccionarme, a exigirme un poco más que el año anterior. Marco estaba encantado, decía que tenía mucho potencial y que no debía desperdiciarlo.-
¿Y cómo es que nunca me contaste de aquello?-
Porque, cuando regresaba a Berk, los chicos se burlaban de mí. Confundía los idiomas, tenía costumbres que para los vikingos eran desconocidas… hasta mi ropa les causaba gracia. Por la misma razón, nunca usé las espadas aquí. Todo lo que no fueran martillos y hachas resultaba extraño para ustedes.-
El rostro de Annie fue mudando el gesto hasta vislumbrar un atisbo de tristeza. Con toda la entereza que le fue posible, se tragó el nudo que tenía en la garganta. Le costó trabajo volver a retomar la historia.
Cuando mamá y papá murieron, nunca más regresé a Roma. Guardé las espadas en el desván y decidí que, si iba a vivir en Berk, debía comportarme como los demás.- Al notar que se le nublaba la vista, bajó la vista avergonzada.- Guardé demasiadas cosas por demasiado tiempo en ese desván. No sé si fue la mejor idea, pero de esa manera, dolía menos.-
Hipo quiso abrazarla para consolarla, pero no se atrevió a hacerlo.
Cuando supimos que Alvin vendría, no me quedó otra opción que hacerme del coraje necesario y volver por ellas. No podía quedarme de brazos cruzados, jugando a la frágil damisela, mientras los demás iban a hacerle frente. Traté de recordar todo lo que Marco me había enseñado en el entrenamiento, y por fortuna, lo que bien se aprende, nunca se olvida.-
Finalmente, Annie miró fijo a Hipo. El chico la observaba absorto, como si estuviera descubriendo a una muchacha completamente distinta, pero familiar a la vez. Resultaba muy raro pensar en eso, que la conocía desde que había nacido y que siempre había creído saber todo acerca de ella, incluso aquellas cosas que quería ocultar, para encontrarse ahora con una Annie que seguía ocultándole sus misterios. Podía adivinar que estaba mintiendo por la forma en la que retorcía sus manos cuando hablaba, o saber que algo le molestaba cuando guardaba silencio, arqueaba las cejas y dejaba escapar un suspiro impaciente. Era alérgica al salmón islandés, pero el del Mar del Norte no le hacía daño alguno. Coleccionaba caracolas de mar y estaba tejiendo un edredón infinito desde los once años. Tenía una dulce voz, pero solía cantar cuando sabía que nadie podía oírla. Odiaba que la sacaran de la cama temprano porque acostumbraba quedarse despierta hasta muy entrada la noche buscando alguna excusa para no irse a la cama. Le aterraba tener que apagar las velas y quedarse a oscuras. Hasta conocía la cicatriz en forma de media luna que le había dejado un accidente de pequeña, y que adornaba su cintura como si se tratase de un perfecto tatuaje. Pero esto era desconcertante. Annie era tan diestra con las espadas como si hubiese dedicado toda su vida a ello, y él no tenía idea. La dulce y tierna Annie no era tan indefensa, al fin y al cabo, y en el fondo, siempre lo supo. Sentía que aun habían secretos por descubrir, y lejos de incomodarle, la verdad es que le resultaba fascinante.
Comprendió que ahora sí era un buen momento para hablar.
Nunca dejarás de sorprenderme, Anne… - Dijo con ternura. - …eres… eres simplemente asombrosa.-
Annie sonrió de soslayo. No quería demostrarle lo mucho que le complacía que reconociera de una vez por todas de lo que era capaz.
No sé si tomar eso como una disculpa o como un cumplido-
Es… un poco de la dos.-
Detuvo lo que estaba haciendo y le dirigió una mirada inquisitiva. Realmente quería escucharlo de su boca, y no aceptaría un halago como excusa.
Perdóname Annie… -Dijo finalmente Hipo, suspirando con pesar. – Nunca quise hacerte daño. Todo esto fue precisamente para eso, para alejarte de cualquier peligro. Si te mentí fue porque pensé que sería la mejor forma de protegerte… -La tomó por las manos y la detuvo antes de pudiera protestar- …Sólo… escucha lo que tengo que decirte, ¿quieres? Siempre has sido tan segura de ti misma, tan… capaz de hacer las cosas sin que nadie más te ayude… eso fue lo que me aterrorizó. Tal vez pensé que no me necesitabas para nada y busqué una excusa para poder tener algún control sobre ti. Creer que tenía que cuidarte era lo que me mantenía a salvo de… no ser necesario.-
Hipo… -Dijo Annie con más ternura de la que quería permitirse.- Hay batallas que no se ganan con espadas. Esas son en las que te necesitaba a mi lado, y siempre estuviste ahí. Esa era la razón por la que te amaba…-
Hipo sintió una puñalada en el corazón. Había alojado una pequeña esperanza de que su Annie aún sintiera algo por él, pero es última frase la había aniquilado por completo.
¿Quieres decir que… ya no lo sientes así?-
No contestó. Cogió una mata de su bolsa de hierbas y la desmenuzó mientras su mente trataba de encontrar las palabras apropiadas para contestarle. ¿Cómo podía responder a esa pregunta si en su cabeza sólo rondaban los recuerdos de las interminables y maravillosas tardes que había pasado con Jack? Abrió la boca para tratar de decir algo que no fuera una mentira, pero ni un solo sonido salió de ella. El rostro de Hipo se ensombreció. Cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre el suelo, deseando no volver a abrirlos jamás.
De pronto, Annie sintió un frío pinchazo en la nuca. Quedó paralizada del miedo.
Arroja tus espadas y levántate lentamente.-
Hipo abrió los ojos y se reincorporó sobresaltado.
Era Alvin, y estaba amenazando a Annie con una daga. La muchacha miró a Hipo con los ojos desorbitados. Con mucho cuidado, desenvainó las espadas de su espalda y las tiró a un lado. Luego pasó la mano hasta la bota del chico y sacó de ella un pequeño cuchillo con el que solía afilar sus lápices de carbón, sin que Alvin lo notara. Lo deslizó por dentro de la manga de su vestido y se puso de pie sin sacar su vista de los ojos de Hipo.
Voltéate- Le ordenó
Annie obedeció. En ese mismo momento, Alvin la abofeteó tan fuerte que la pelirroja fue a parar varios metros más allá.
¡Maldito bastardo! ¡No te atrevas a volver a tocarla!- Bramó Hipo, lanzándose al enorme vikingo con la furia de una bestia herida. Pero el jefe de los Marginados fue más rápido y hundió el puñal en su hombro, haciendo que el entrenador de dragones soltara un ahogado grito de dolor. Antes de que cayera al suelo, lo cogió del cuello y le puso el arma en la garganta.
¡No, Hipo!- Chilló Annie desesperada al ver cómo la sangre teñía el traje del muchacho. Se puso de pie y trató de llegar hasta él, pero Alvin hundió un poco más la daga en él.
¡No intentes nada, bruja! – Advirtió.- ¡Un paso en falso y verás de lo que soy capaz!-
Annie quiso gritarle que de nada le serviría muerto, pero prefirió guardar silencio. Cualquier pretexto habría servido para seguir empeorando las cosas. Debía actuar rápido. Hipo estaba poniéndose muy pálido y la sangre no paraba de manar de la profunda herida de su hombro. Trataba de pensar con toda la rapidez que le era posible. ¿Por qué demonios Jack se tardaba tanto en regresar con Chimuelo? Habría sido mucho más fácil enfrentar a Alvin con él a su lado, pero algo lo había entretenido y ahora debía encontrar la forma de salvar a Hipo sola.
Debí acabar contigo cuando tuve la oportunidad, pero lograste salirte con la tuya. ¡Pues ahora van a convencerse de que cuando Alvin quiere algo, lo toma! Me llevaré a este muchacho y ante Odín lo prometo, va a encargarse de hacer un ejército de dragones para mí, y cuando lo haga, volveré por ustedes y los haré pedazos… aldea por aldea, vikingo por vikingo, hasta que todos se enteren de lo que le sucede a los que se interponen en mi camino!
Déjala en paz, Alvin… -Dijo Hipo con las pocas fuerzas que le quedaban. -… ya tienes los que quieres. Sólo… déjala en paz.-
Te lo advierto, Alvin, si no lo dejas ir, vas a lamentarlo en esta vida y en la otra.-
Me provocas risa, demonio. ¿Crees que te tengo miedo, con tus brujerías y tus bolas de nieve? No sabes con quién estás tratando, y te tengo por donde más te duele. Si intentas algo, cualquier cosa… - Jaló a Hipo con violencia, lo cogió por el brazo y puso la daga sobre su muñeca desnuda.- …tendremos que averiguar si tu noviecito puede entrenar a mis dragones con una sola mano. Pudo hacerlo con una pierna, ¿no es así?- Largó una estridente risotada y la fulminó con la mirada. – Te quedaste sin trucos bajo la manga.-
Sólo uno más… - Y diciendo esto, dejó caer el cuchillo de Hipo hasta su mano para lanzarlo con un rápido y certero movimiento hacia Alvin.
La punta del afilado metal clavándosele entre los ojos fue lo último que alcanzó a ver. El jefe de los Marginados quedó con los ojos en blanco, y un hilo de sangre comenzó a salirle por la comisura de los labios. Soltó a Hipo, cayó de rodillas al suelo y se desplomó sobre la tierra húmeda.
Estaba muerto.
Annie quedó inmóvil por unos segundos, tratando de volver a sentir sus piernas dormidas. Luego reaccionó y corrió hacia Hipo, quien yacía junto al cuerpo sin vida de Alvin. Lo volteó con sumo cuidado y rogó con todas sus fuerzas para que no fuera demasiado tarde. Tenía los ojos llenos de lágrimas y le costaba gran trabajo poder verlo con claridad.
¡Hipo! ¡Hipo, por todos los dioses, no te atrevas a dejarme!- Le amenazó, rasgando su vestido y comprimiendo la herida de su hombro con la tela. El muchacho entreabrió los ojos y respiró con dificultad. Annie dejó escapar una exclamación de alivio y sintió que el alma le volvía al cuerpo.
Nunca… dejas de sorprenderme, Anne.-
Debemos apresurarnos… -Dijo con agitación, al tiempo que buscaba algo en su bolso de hierbas.- …estás perdiendo mucha sangre… Odín Todopoderoso, estás temblando de frío. Nunca te había visto así de pálido.-
Pensé que te gustaban los chicos así…- Apenas sonrió.- …tengo otras heridas, por si quieres seguir rasgando tu vestido para vendarlas…-
Y diciendo esto, perdió el conocimiento.
