ROMPIENDO LA DISTANCIA
by Tita Calderón
CAPITULO XXI
Toda una gama de colores estaban frente a mí. Pero sin duda el más hermoso era el dorado de su cabellera que resplandecía con más brillo sobre los demás, opacándolos con sus destellos.
Ahí, en medio de todos los ramos de flores, estaba Candy, mirándome con sus ojos convertidos en dos lagunas. Sonreí un poco sin saber porque estaba así. A lo mejor no le gustó la sorpresa. Fue entonces que ella vino corriendo a mis brazos sin darme tiempo a pestañear, para estrecharme con fuerza.
-Nunca había comprado tantas flores en mi vida, pero no sabía cual te gustaría más, así que las compré todas. Espero no te moleste – dije en tono divertido para que dejara de llorar en mi pecho.
-Todas… me gustan todas – seguía llorando
La abracé con más fuerza, tratando de expresar todo lo que sentía.
-Casémonos ahora – susurró
-¿Qué? – mi corazón estaba a punto de estallar.
Levantó su rostro para buscar mis ojos.
-Casémonos ahora, Terry. – su determinación me dejó sin pensamientos – Ya no quiero esperar más.
-¿En serio? – pregunté incrédulo.
-…- hizo un asentimiento y sus ojos brillaban con resolución.
Si eso era lo que quería, entonces yo cumpliría sus deseos. Además, yo estaba empújenme que me caigo. Si las flores habían producido este cambio, siempre le llenaría de flores. ¿Que estúpido, como no se me ocurrió antes?
-Vámonos entonces – sugerí.
Mis ojos brillaban ante la expectativa de terminar con esta larga espera.
-¿A dónde van? – la voz de Eleonor me tomó desprevenido.
No pensé que ella estaba ahí. Candy se separó un poco de mi, visiblemente incómoda. Ella también se había olvidado que no estábamos solos.
-Nos vamos a casar ahora – dije desbordante de emoción e incredulidad.
-Ah, no, eso sí, que no. - Eleonor bajó corriendo las escaleras con su rostro angustiado
-¿Por qué no?
-Primero, porque no me van a dejar con todos los preparativos…
-Pero mamá – intenté protestar
-Segundo – dijo mientras se paraba frente a nosotros. – Porque no se van a casar al apuro…
-Mamá, estamos casados desde hace mas de un mes por el civil y lo más lógico es que nos casemos el eclesiástico.
Eleonor tenía una resolución en la mirada que no había visto nunca.
-Pero todo fue muy apresurado. – nos miró – Y la boda eclesiástica será algo que recordarán toda su vida.
-Igual la recordaremos.
Negó con la cabeza.
-Y tercero – miró a Candy mientras levantaba una ceja bien definida – Candy, cariño, deberías ir a vestirte.
En ese momento los tres miramos las ropas de Candy. Estaba con una bata blanca, de mangas largas y con encajes en el cuello y mangas. Le llegaba hasta las canillas y sus níveos pies, estaban descalzos. Su pelo estaba alborotado. Pero no tanto como nuestra primera noche. Pero aún así, tenía un aspecto angelical y a la vez seductor.
Candy se ruborizó con fuerza al darse cuenta que estaba con pijama, intentó cubrirse con las manos. Como si no la hubiera visto con menos ropa que lo que llevaba.
-Ay Dios, qué vergüenza. - se alejó de mis brazos.
-Espera… ¿a dónde vas? – dije sintiéndome perdido al ver que Eleonor había ganado.
-A vestirme – apenas alcancé a escuchar mientras corría hacia arriba de las escaleras.
En ese preciso momento, Eleonor tomó mi brazo
-Y tú, cariño – me haló un poco. – Debes ir a ensayar. – me condujo a la puerta.
-Pero mamá, yo no necesito ensayar. – dije aun aturdido al ver que la espera se me hacía interminable.
-Claro que lo necesitas - depositó un suave beso de despedida en la mejilla – Estoy segura que tienes muchas cosas que hacer
-En realidad, no – dije totalmente perplejo ante su insólita despedida
Prácticamente me estaba echando.
-Adiós, cariño – me cerró la puerta
-¡Mamá! –solo Eleonor Baker era capaz de echarme de su casa.
Abrió nuevamente la puerta.
-Sabes que te quiero. – me miró con disculpa – Pero no dejaré que arruines todos los preparativos de una boda hermosa. Por la emoción del momento – sonrió dulcemente – Te espero en la noche para cenar. Adiós cariño – agitó su mano apresurando la despedida, para luego perderse, tras la puerta nuevamente.
En mala hora Candy estaba viviendo con Eleonor, refunfuñé para mis adentros.
Me alejé como si de un niño regañado se tratara, pateando una piedra que se cruzó en mi camino.
Me detuve sopesando la idea de subir hasta la habitación de Candy y raptármela. Claro, como Eleonor nunca había pasado por una espera de esta magnitud, ella no sabía lo desesperante que esto podía llegar a ser. No acabé de pensar esto y me arrepentí al instante. Sin duda ella también debió soñar con una vida en común con el duque. Pero lamentablemente nunca pudieron realizar su sueño.
Si tan solo pudiera hacer algo por ellos.
Una idea descabellada se me cruzó como si una estrella fugaz cruzara el firmamento. Podía invitar al duque a nuestra boda y tal vez ellos pudieran tener una oportunidad de empezar nuevamente. Sabía que era una locura, pero lo intentaría.
Me encaminé al departamento para escribirle una carta al duque.
Una emoción con sabor a peligro inundó mi alma y la adrenalina corrió por mis venas. Era como apostar en una carrera de caballos. Nada era seguro. Las probabilidades, eran: una en mil.
No sabía si el duque aceptaría la invitación, y si lo hacía, en el mejor de los casos, tal vez solo se hablarían por pura cortesía y nada más. Pero tendría en mi conciencia que al menos hice algo, ¿no?
Sólo esperaba que no se le ocurriera venir con la duquesa cara de cerdo….el corazón se me oprimió un poco…pero el duque no era tan tonto, yo sabía que nunca enfrentaría a la duquesa con mi madre… si él amaba a mi madre como me lo había dicho, entonces, seguro que estaría esperando este encuentro…
Apreté los puños con esperanza.
.
Los días pasaron con relativa lentitud, pero al fin estábamos en los últimos días de las presentaciones.
En una semana más viajaríamos a Chicago. Mi sueño estaba a punto de cumplirse.
Hojeé el libreto rápidamente sin prestar atención a nada, la sola idea de que el día de no alejarme nunca más de mi pecosa se acercaba me tenía ansioso.
El golpeteo de la puerta me hizo levantar la cabeza. Esperaba que me dijeran que ya era hora de entrar en el escenario, pero al no escuchar ningún comentario busqué el reloj y vi que faltaban quince minutos para salir al escenario.
-Adelante
Esperé que la puerta se abriera sin mucha expectativa. Tal vez, era la señora de la limpieza, o tal vez Orson con algún mensaje.
-Hola
Mi corazón dio golpes secos y una sonrisa cálida mezclada con asombro se adueñó de mi rostro al descubrir aquellos rizos rubios y esos ojos verdes que iluminaban mi vida aparecer de súbito tras la puerta. Me levanté de inmediato y fui a su encuentro.
-El señor Orson me ayudó a entrar. – dijo Candy con una sonrisa mientras cerraba la puerta
Abrí los brazos automáticamente y la acuné con ternura, luego de darle un suave beso en los labios.
-Esto sí que es una grata sorpresa. – dije con sinceridad
Candy río nerviosamente mientras me abrazaba por la cintura.
-Espero no interrumpir nada – habló con disculpa
-Tú, nunca interrumpes nada. – le aclaré con cierto reproche, a estas alturas ya debería saber lo importante que era para mí.
Le acomodé unos cuantos rizos que no habían logrado sujetarse en la media cola que llevaba. Candy echó su cabeza hacia atrás y enfocó sus verdes ojos en los míos. Sus cejas estaban un poco tensas. Como si quisiera decirme algo.
No quería presionarla así que me limité a recorrer con el pulgar la fina línea de sus cejas tratando de quitar aquella tensión.
-¿Saliste temprano hoy? - pregunté
-Sip…
Me esquivó la mirada y fijó sus ojos sobre mis hombros, me tomó la mano para conducirme hasta el sillón. Puso a un lado el libreto mientras no sentábamos.
-¿Estabas estudiando?
-No
Me miró tratando de descubrir algo en mi mirada, pero al ver mi resolución sonrió.
-Afuera es un griterío. – dijo con emoción contenida
-Ufff – hice un ligero gesto de aburrimiento
-Jajajaja – río con ganas.
-¿Candy? – pregunté sin poder disimular la expectativa que tenía.
-¿Qué? – me miró con ojos inocentes.
-¿Me vas a decir que te pasa?
-A mi no me pasa nada ¿por?
La miré de hito a hito sabiendo que algo me ocultaba. Sin darle tiempo ni a pestañear tomé sus muñecas y con un poco de esfuerzo puse sus brazos sobre su cabeza mientras la empujaba ligeramente hacia atrás. Su cuello quedó libre y me fui directo a él con la punta de la nariz para hacerle cosquillas. Ella empezó a reír y a forcejear ante mi tortura.
-¿Me vas a contar? – le amenacé
-Nop – dijo entre risas, tratando de mostrarse firme ante mi tortura
No acabo de contestarme, cuando mi nariz ya se encontraba nuevamente en su cuello. Recibí unos cuantos rodillazos en las vértebras, pero no la iba a soltar tan fácilmente.
-Esta bien, esta bien…te lo diré – aseguró entre risas.
Me hice a un lado mientras le extendía las manos para ayudarla a sentarse. Se acomodó el pelo y un poco el vestido. Se pasó la mano por el cuello seguramente para quitarse la sensación de hormigueo.
Yo miraba cada movimiento con atención. ¿Cuanto la amaba? El solo hecho de tenerla cerca de mí, me hacía sentir lleno de amor. Si ella fuera consciente del poder que tenía sobre mí…
Solo ella y nada más que ella era capaz de enviarme al cielo o al infierno con una sola palabra.
-Recibí un telegrama de Chicago. – se puso seria
La primera cosa que vino a mi mente fue Albert. Pero él no sabía la dirección donde Candy estaba trabajando.
-¿Un telegrama? – pregunté
-Si. Mira – tomó su bolso, lo abrió y sacó el sobre.
Estaba rasgado de un lado. Era seguro que ella ya lo había abierto.
-¿Quién te lo envió?
-Es de parte del Bisabuelo William
Me extendió el sobre.
-Dice que quiere que vaya de urgencia a Chicago.
-¿De urgencia?
-Si, incluso hasta me envió el pasaje.
Abrí el sobre con premura.
Srta. Candy
El Sr. Andley requiere su presencia en Chicago. Urgente. Se envía pasaje.
Atentamente,
G. Johnson
Miré el pasaje y estaba con la fecha del siguiente día. Miles de preguntas cruzaron como ráfagas por mi mente. Algo no encajaba. Sentí como el entrecejo se me unía.
-¿A dónde te llegó el telegrama?
-El doctor Jackson dijo que Mary se lo dio en el hospital Saint Joseph esta mañana.
Giré el sobre y la dirección que estaba allí, efectivamente era del hospital Saint Joseph. Pero Albert sabía que ella ya no trabajaba ahí. ¿Qué raro? ¿Por qué le mandaría ahí? Podía haber enviado a mi dirección…Tal vez no quería poner en evidencia que sabía su verdadera identidad. Todo eran solo conjeturas.
-¿Vas a ir?
-Creo que si….- se mordió los labios – Debe ser muy importante para que George me envíe un telegrama.
Llevé la mano a mi mentón. Algo no me cuadraba en todo esto.
-No lo sé – medité como para mí mismo.
-Mira, si voy, podré ayudar con todos los preparativos de la boda. – sus ojos se iluminaron.
Era obvio que quería ir al Hogar de Pony, sonreí con un dejo de tristeza. Quería tenerla a mi lado, pero tampoco le podía impedir que visitara al que fuera su hogar.
-Entonces aprovecha y vas al Hogar de Pony para que descanses unos días – dije
-¿Entonces no te importa que me vaya? – dijo haciendo algo parecido a un puchero
-No es eso. Lo sabes – dije mientras tocaba la punta de su nariz – Pero ya que no tienes otra alternativa, pues mejor aprovecha el viaje. ¿Entendido?
-… - me miró sopesando mis palabras.
El golpeteo en la puerta y el inminente anuncio del comienzo de la función, nos distrajeron.
-Tengo que entrar en escena.
-Bien
-Espérame aquí.
-Si. Ve tranquilo.
-¿Tranquilo? – dije con ironía
-Si
Se acercó y me dio un beso en los labios. Sonreí.
-Muy tranquilo – le aseguré mientras salía.
-Buena suerte, Romeo. – me guiñó el ojo
-Gracias mi Julieta en liana. – sonreí antes de salir. Ella era mi amuleto de la suerte.
Cuando regresé luego de la presentación la encontré leyendo mi libreto. Sonrió con picardía, como si hubiera hecho una travesura.
-¿Que te tramas? – pregunté inquieto mientras la examinaba con la mirada
-¿Yo? Nada – dijo con inocencia.
Dejó el libreto sobre el sillón, con mucha naturalidad, mientras yo le seguía con la mirada de desconfianza. Se acercó hacia donde estaba mi ropa.
-¿Te vas a cambiar?
-Si
-¿Quieres que te ayude?
La miré con picardía, claro que quería que me ayudara pero a sacarme la ropa. Miles de pensamientos eróticos pasaron por mi mente.
-Mejor no – se respondió ella misma, mientras se ruborizaba tenuemente.
Ella conocía cada uno de mis gestos y este sin duda no le pasó desapercibido.
-Voy a buscar a Stear mientras te cambias.
-¿Estas segura? – pregunté con picardía
-S…si – su rubor se hizo más notorio.
-Stear no te necesita – aseguré acercándome a ella como si fuera un predador – Pero yo si
Candy dio unos pasos hacia atrás hasta toparse con la pared. En sus ojos había cierta incomodidad.
Apoyé los brazos en la pared sin tocarla, pero dejándola atrapada entre la pared y mi cuerpo. Incliné el rostro hacia ella; con la nariz empecé a recorrer su frente, mientras me llenaba de aroma. Sentí como se estremecía con mi contacto.
Al instante sus brazos envolvieron mi cuello, pero mis manos no dejaron de presionar la pared. Este contacto me estaba volviendo loco. Sus labios me buscaron y me encontraron, apenas me acerqué a ellos se abrieron en forma automática invitándome a explorarlos.
Este beso despertó mis instintos más primitivos. Se que no era el lugar, pero hace mucho que no la había sentido en mi piel, una urgencia dolorosa empezó a latir en mi entre pierna.
Ella se apretó a mí, amoldándose perfectamente a mi anatomía. Mis manos descendieron lentamente hasta tocar sus hombros y luego fueron recorriendo sus curvas….Dios…que curvas que tenía…..Decidí que necesitaba sentirla más. Mi pierna derecha intentó abrirse espacio entre las suyas, pero en ese momento ella se tensó. Y dejo de besarme con la pasión de hace unos segundos. Quitó sus manos de mi cuello y las llevó a mi pecho en un intento de alejarse.
-¿Qué pasa Candy? – pregunté con voz ronca de pasión
-Es…es que…
Abrí los ojos con toda la pasión quemando en ellos, sin entender porque se detenía en este preciso instante. En sus ojos había pasión, pero también había algo de incomodidad. Levanté una ceja y miré hacia el cerrojo.
-Pondré el cerrojo.
-No…no es eso.
-Alguien puede entrar. – dije confuso, sin saber porque no quería que nos aseguráramos mejor
-Es que…- dijo tratando de justificarse.
Su rechazo me dolió, sobre todo porque sabía que ella también tenía un deseo que la devoraba.
-Es que…yo…hoy estoy indispuesta - argumentó con el color al rojo vivo sobre su piel.
-¿Indispuesta? – no la entendía.
-Si…- se puso aun mas colorada que antes
-No te entiendo
-Veras….yo…mejor dicho….mi periodo…
-¿Periodo? – repetí como un retardado
Se puso más roja de lo que jamás la había visto. Entonces llegaron ante mí las clases de anatomía del padre Simón. Él nos había explicado que había cierto periodo en el mes para las mujeres en las que…no podía pensar en eso.
Sentí que los colores se me subían a mí también.
-Entiendo – dije visiblemente turbado. – Lo siento…no sabía que tu…
-No había manera que lo supieras - dijo alejándose de mi visiblemente avergonzada.
Nunca había pensado en eso. Pero esta confesión me dejó aturdido y a la vez emocionado porque esto era un paso más profundo para conocerla mejor de lo que jamás pensé que llegaría conocer a nadie.
La miré de reojo, era imposible saber que estaba pasando por aquella etapa…
-Mejor me voy a buscar a Stear. –aseguró sin mirarme
-Si…creo que…eso está bien – dije tropezándome con mis palabras
Se giró y la vi más mujer que nunca.
-Candy - le llamé
Ella se quedó quieta. Di tres pasos para alcanzarla antes que saliera. La giré levemente y la abracé, al principio estaba algo cohibida pero luego se relajó.
-Te amo – le susurré suavemente
Se mordió los labios.
-Yo también. – se alzó de puntillas y me dio un beso antes de salir.
Cuando terminé de cambiarme, salí en su búsqueda. Me dirigí directo hacia atrás del escenario. Aun estaba un poco nervioso por aquel secreto íntimo de Candy…me sentía con una alegría injustificada. Los divisé conversando muy seriamente.
-¿Todo bien? – pregunté cuando estuve cerca de ellos.
Sus rostros se volvieron hacia a mí. Stear estaba con su entrecejo casi unido.
-Pensé que a Stear también le había llegado un telegrama similar. Pero no – dijo Candy dubitativamente.
Stear confirmó con la cabeza que a él no le había llegado ninguna carta.
-Ni siquiera han respondido las cartas que envié contándoles que no fui a la guerra. – habló con un poco tristeza
-A veces las cartas se pierden – acotó Candy.
Pero Albert sabía que Stear no estaba en la guerra, yo se lo había contado en una carta que le envié. ¿Por qué entonces no le había enviado a él un telegrama? Había algo raro…pero no lograba descifrar con claridad.
Los tres nos miramos tratando de encontrar alguna respuesta a todo esto.
-Tal vez solo quiere hablar conmigo, a lo mejor tiene que ver con la boda. Como estamos tan cerca. – reflexionó Candy tratando de restarle gravedad al telegrama.
-Seguro que es eso – apoyó el Inventor.
Pero a mí no me convencía del todo sus conjeturas. Algo estaba mal. Levanté la ceja tratando de encontrar el trasfondo de todo, pero no lo logré.
.
No había mucha gente en la estación cuando llegamos. Una ligera llovizna nos acompañaba mientras nos acercábamos al tren tomados de la mano. Mi corazón estaba encogido con tristeza.
-Escríbeme en cuanto llegues – le pedí con zozobra sintiéndome vulnerable ante su partida.
-Lo haré – sus esmeraldas me enfocaron con angustia.
El silbido del tren anunció su partida. Caminamos a paso raudo entre la gente.
-Te veré en una semana – le aseguré mientras le daba la maleta.
-Candy me miró con tristeza.
-Hubiera querido estar en tu última presentación – dijo con culpa y tristeza entremezclados
-No es nada especial – dije esbozando una sonrisa que de seguro no me llegaba a los ojos
-Pero, yo quería estar ahí. – la tristeza de su aseveración me hizo estremecer.
-Lo sé. Pero no debes preocuparte, dentro de poco podrás estar en todas las presentaciones de la gira y en la de cierre de la temporada final. ¿De acuerdo?
-Si – dijo tratando de esbozar una sonrisa.
-Anda, regálame una sonrisa. Solo son unos días. Yo te alcanzaré en una semana. – volví a asegurar tratando de que no se fuera triste
-Está bien. – se mordió los labios y sus ojos se le enturbiaron ligeramente.
Hubiera querido viajar con ella pero aun tenía que terminar con unas cuantas presentaciones antes de partir.
-¿Qué te dijo el doctor Jackson de tu repentino viaje? – pregunté tratando de desviar su atención para que dejara de estar melancólica.
-Se puso un poco triste, porque Andrew ha mejorado muchísimo.
-Entiendo – dije tratando de no revelar la punzada de celos que me presionó desde adentro.
En parte me alegraba que partiera antes, para que dejara de estar cerca de ese tal Andrew. Odiaba admitirlo, pero los celos me consumían cada vez que la pensaba junto a él. No podía evitarlo, era algo que no dependía de mí, sino del amor que sentía por ella. Aunque no se lo demostraba, no quería que pensara que era celoso.
Antes de que subiera la abracé con fuerza. Era como si nunca más la fuera a volver a ver.
-Cuídate – le pedí en un susurro
-Tu también.
La miré y un estremecimiento en el corazón me dio una mala corazonada de repente.
-Te amo – me aseguró antes de soltarse de mi
-Yo también.
La seguí entre los cristales hasta ver donde se sentaba. El tren emprendió su marcha y con él se llevaba mi vida entera. Una sensación de vacío se adueño de mí cuando levanté el brazo para decirle Adiós.
Respiré hondo, tratando de no hacer mayor la angustia…algo estaba mal. Una vocecita dentro de mí, me lo decía una y otra vez y se agudizaba con cada latido.
Caminé junto con el tren mientras su rostro aun estaba a la vista y poco a poco se alejó de mí. Que duro era verla partir. Lo único que me consolaba era el hecho que solo sería por una semana. Luego estaríamos juntos para el resto de la vida.
Habían pasado dos días desde su partida y no había recibido ninguna noticia de ella. Claro las cartas se demoraban en llegar, pero pensé que me enviaría un telegrama avisándome que había llegado bien.
Pecosa desalmada, me tenía hundido en la agonía con su silencio.
-¿Ninguna noticia de Candy? – preguntó el Inventor cuando llegué al departamento luego de la última sesión de fotos para la promoción de la gira.
-No – contesté con desaliento.
Me dejé caer en el sillón.
-Terry…estuve pensando que debí haber ido con Candy
-Lo miré por un momento.
-Era imposible – dije justificándolo - Ya ves que Robert está maravillado con tus inventos. – no podía creer que hubiera alguien que le gustara estar sirviendo de conejillo de indias.
Robert, apoyaba ciegamente al Inventor a pesar que no siempre sus inventos funcionaban. Tal vez se sentía identificado con sus locuras.
Se le subieron un poco los colores al rostro.
-¿Sabes algo?, yo también estoy preocupado por Candy. – sus mejillas estaban tensas - También me preocupa que no he recibido ninguna contestación de Archie. – soltó el aire.
-Es raro – medité
-Si…- dijo con preocupación – Mañana me voy a Chicago
-¿En serio?
-Si…bueno ya me pagaron en el teatro. Y ya tengo para el pasaje – dijo con disculpa.
En ese momento entendí que Stear no había ido con Candy porque no tenía para el pasaje.
-Pero yo te hubiera prestado – dije con reclamo
-No…Terry…ya he abusado mucho de tu hospitalidad…no me has dejado pagar nada…absolutamente nada…
-Mis gastos han sido los mismos desde que tú llegaste – claro a excepción de la luz.
-Bueno, pero igual no te iba a dejar que me pagaras el pasaje
-Hubiera sido un préstamo.
-No lo creo. – dijo pensando en algo - Lo más seguro es que no regrese. Dudo mucho que la tía abuela me deje hacerlo.
-Es evidente que no te dejará alejarte por mucho tiempo
-Pero yo quiero estudiar.
-Podrás hacerlo en Chicago.
-No lo sé…quiero estar lejos de la influencia de los Andley
Entendía perfectamente su forma de pensar. Y también su rebeldía contra la forma en que querían manejar su vida. Nunca pensé que él fuera del tipo de persona que se rebela contra el sistema, pero me había llevado muchas sorpresas viviendo con él. Era una gran persona. Se notaba a leguas que corría la misma sangre noble que la de Albert.
En la mañana lo llevé a la estación. A este paso, todo el mundo me iba a conocer en aquel lugar por tanto que iba y venía.
-Stear, dile a Candy que me mande un telegrama contándome como esta. – si fuera por mí, yo mismo me hubiera encargado de recordarle a esa Pecosa lo que me había prometido cuando se fue. Pero ya tendría tiempo de reclamarle.
-Lo haré.
Estaba aliviado que el Inventor se fuera a Chicago…sabía que tendría noticias de Candy…aunque esperaba que me llegara alguna carta.
.
Hoy era la presentación final en Nueva York y el teatro estaba abarrotado de gente. Incluso en las afueras. Casi me fue imposible entrar. La gente de seguridad junto con algunos policías, tuvieron que abrirme paso por la parte de atrás. Algunos periodistas tomaron varias fotografías a mi llegada.
-Señor Grandchester… ¿podría contestar a un par de preguntas? – dijo una voz a mi espalda
Era un periodista del New York Times. Quise pasar de largo, pero el sentido común me obligó a detenerme. Mi carrera dependía también de la publicidad.
-¿Cómo se siente con la última presentación en Nueva York?
-Muy agradecido con la gente por la acogida que ha tenido la obra
-¿No cree que es su personaje el que más atrae al público?
-Yo diría que es toda la obra en conjunto
-La expectativa ha crecido enormemente esperando que usted vuelva a regalar una flor a una de las asistentes. ¿Lo hará?
-No
-¿Por qué? Todas las chicas esperan ser la elegida…se llevarán una gran decepción
Hice caso omiso de la pregunta, no iba a estar diciéndole que a la única que daría flores de ahora en adelante sería a mi esposa. Me adelanté un paso dando por terminado la entrevista
-Terruce – gritó una voz a mi costado - ¿Qué piensa de la presencia de Susana Malrow entre el público? – preguntó cuando mis ojos lo ubicaron
Me quedé perplejo ante tal pregunta. Ignoraba por completo ese detalle.
-No sabía que ella estaría entre los asistentes – dije con sinceridad
-¿Será para ella la flor de esta noche?
Sin responder a la última pregunta ingresé al teatro.
Adentro todo estaba más tranquilo que afuera, pero esta tranquilidad hizo que mi conciencia se remordiera con pena. Susana vería la obra en la que ella debería estar actuando. ¿Qué pensaría de todo esto? ¿Cómo se sentiría?
Recordé aquellos días cuando ella solía estar ensayando. Su entrega al papel de Julieta era tan apasionada que llegué a pensar que no habría mejor actriz para ese papel que ella. Si ese accidente no hubiera pasado…
Un gran suspiro de pesar me inundó al ver la puerta del que debería haber sido su camerino. En la puerta estaba el nombre de Karen Klaise. Cerré los ojos y por un segundo me volví a transportar a aquel fatídico día. El alma se me movió con remordimiento. ¿Algún día dejaría de sentir esta horrible sensación?…
Entré al camerino sintiéndome desolado, la lejanía de Candy era mala para mi conciencia.
Miré el libreto que estaba junto al espejo. No lo había tocado en los últimos días. Lo tomé tratando de aplacar la oleada de culpabilidad que se aventó con fuerza sobre mí. A pesar que yo le había pedido a Robert que descontara un porcentaje de mis ingresos para Susana, esto no me parecía suficiente para tranquilizar mi conciencia. Hubiera querido hacer algo más por ella.
Lo hojeé un poco y el libreto se abrió en una determinada página, un mechón rubio estaba aprisionado entre las hojas. Sonreí ante el hallazgo, lo tomé con sumo cuidado para que no se cayera de la cinta que lo sostenía, lo llevé directo a la nariz tan solo para que aquel perfume me trajera paz y añoranza a mi alma. Era un mechón del cabello de Candy, seguro lo cortó y lo puso ahí con premeditación. Sonreí ante el hallazgo.
Ahora sabía el porqué de la sonrisa traviesa de aquella tarde, la última vez que ella había estado en mi camerino.
Volví a colocar el mechón de pelo en el mismo lugar con mucho cuidado, entonces me di cuenta que entre mis apuntes había un corazón. Sin duda lo había hecho Candy porque yo nunca hacia corazones en mis apuntes. Las iniciales de nuestros nombres confirmaron mis sospechas.
Sonreí ante este detalle. Mi corazón latió con fuerza al confirmar que mi presente era hermoso a pesar de la culpabilidad que de cuando en cuando me apremiaba. Cerré los ojos y pude verla con claridad como si estuviera presente, hasta pude escuchar el timbre de su voz en mis oídos.
Candy había llegado a mi vida justo cuando más la necesitaba, ella me había mostrado un mundo diferente, me había hecho conocer el amor.
Había domado mi carácter por ella, había aprendido a confiar en las personas por ella.
El amor había llegado con un nombre a mi vida: CANDY.
Bendita la hora, en aquel barco cuando la conocí. Benditos aquellos días en el colegio que me permitieron conocerla. Benditos los días en Escocia que me hicieron descubrir que la amaba. Bendito aquel día en medio del Central Park cuando la volví encontrar y bendita la hora que la hice mi mujer.
Me acerqué a la ventana, para comprobar que era una hermosa noche, pero el amor de mi vida no estaba a mi lado, sentí como la tristeza me encogía con fuerza, ella estaba tan lejos pero a la vez tan cerca, la sentía en cada latido, en cada poro de mi piel.
Ella era mía y su lejanía solo servía para comprobar que la amaba con la locura de un loco. Si loco y desquiciado por la zozobra de no saber nada de ella. Algo debía haberle pasado para su silencio….algo que no me atrevía a pensar por miedo a romper la frágil esperanza que me mantenía sereno…
La presentación fue todo un éxito, tuvieron que subir tres veces el telón para recibir los aplausos del público. Solo esperaba que el telón no cayera sobre nosotros, aun tenía mis dudas sobre los inventos de Stear.
Había tanta gente, que fue casi imposible distinguir los rostros de nadie. Antes de salir al escenario pensé en ubicar a Susana, pero una vez ahí me olvidé de todo.
Luego de la presentación había un baile como era tradición. No tenía muchas ganas de asistir pero tampoco quería quedarme en el departamento hundiéndome en la agonía de la soledad, y más aun, sin el Inventor cerca.
Estaba terminando de cambiarme cuando golpearon la puerta. Era Orson que traía un telegrama.
-Esto le llegó hace unos minutos Señor Grandchester.
-Gracias, Orson.
Lo miré por unos segundos mientras cerraba la puerta, distinguí el sello de los correos. Seguro de Candy. Me volvió el alma al cuerpo y casi sonreí de alegría. Lo tomé con premura. Y cerré la puerta para leerlo con calma.
Terry
Candy te necesita, ven urgente a Chicago.
Alistear Cornwell
La razón de su silencio se materializó en este papel que sostenía con toda la fuerza de la impotencia y de las lacónicas palabras de un telegrama. Breves, concisas e imprecisas.
¿Qué le pasaba?
Maldito Inventor, ¿acaso no podía poner alguna explicación más clara? Sentí como las sienes me empezaban a latir con fuerza. Todos mis malos presentimientos cortocircuitaron mi cuerpo
Debí haber prestado atención a mis corazonadas.
¿Por qué la dejé marchar? ¡Maldición!
Miré el reloj y vi que aun tenía tiempo para avisarle a Robert sobre mi repentino viaje y tomar el último tren, aun tenía algunos asuntos pendientes con respecto a la obra.
Fui directo al camerino de Robert, esperando que aun no hubiera salido hacia la recepción.
-Robert necesito hablar contigo
-¿Ahora?
-Si
Me hizo pasar con cierta preocupación. Tal vez mi cara le reveló que era algo grave.
-Robert, tengo que viajar a Chicago esta noche
-Es imposible, mañana tenemos una entrevista.
-No puedo quedarme. Lo siento. – aseguré con determinación
-No puedes postergarlo por un par de días. En eso habíamos quedado – me reclamó con cierto tono de enojo en su voz por mi falta de palabra.
-Lo siento Robert pero acabo de recibir un telegrama. Tengo que ir – dije tratando de hacerle entender que era algo impostergable. Igual me iría si no me dejaba. Al diablo con todo. Candy me necesitaba.
-Robert – una voz femenina nos interrumpió.
Con coraje por ser interrumpidos, fijé los ojos hacia donde provenía la voz y encontré a la esposa de Robert en el umbral de la puerta, había entrado sin tocar. ¿Acaso no se daba cuenta que estaba interrumpiendo?
-Déjalo ir – le sugirió con determinación.
La miré perplejo, un segundo antes quería que desapareciera y ahora no quería que se marchara.
-Por favor cariño, te ruego que no intervengas – habló Robert con dulzura. Mirándola con firmeza - Tenemos varios asuntos que finiquitar, entrevistas y algunas presentaciones privadas…
-La esposa de Robert caminó hacia nosotros.
-¿Qué harías tú, si recibieras un telegrama mío pidiéndote que regresaras de urgencia?
-Pero no es el caso
-Es lo mismo. Seguramente tiene que ver con Candy. ¿Verdad?
-Así es señora. – dije ligeramente perplejo ¿cómo lo sabía?
Robert pasó una mano por sus cabellos seguramente poniéndose en mi lugar.
-Esta, bien. Vete muchacho.
-Gracias – sonreí.
Enfoqué los ojos en la esposa de Robert. Era un ángel caído del cielo.
-Gracias, señora Hathaway
-No hay nada que agradecer, Terruce.
-¿Disculpe, como supo que era por Candy? - pregunté antes de salir sin poder contener la curiosidad
-Porque sus ojos revelan la angustia que solo provoca el amor. – su tono era de sabiduría.
Abrí los ojos con asombro. Mujeres.
Miré agradecido a Robert y a su esposa antes de salir en picada.
Estaba cerca de la salida cuando una voz femenina me interrumpió. Conocía muy bien aquel timbre de voz. Sentí que la sangre se me helaba. Siendo cualquier otra persona me hubiera alejado haciendo caso omiso, pero a Susana, no solo le debía cortesía, sino también la vida.
-Hola Susy – dije en todo educado mientras me acercaba hasta la silla de ruedas.
La miré con cautela, llevaba un vestido de color durazno claro, sus ojos me miraban como cuando uno ve algo que nunca podrá tener. Me sentí culpable. Se la veía un poco más delgada y más frágil que antes.
-¿Ya te ibas? – no era una pregunta, más bien una aseveración.
-Si
-Por lo visto no asistirás a la reunión.
Sonreí con cautela, Susana era muy intuitiva a veces, pero no me conocía lo suficiente.
-Si, así es – confesé con cierta incomodidad
-Entiendo… - me miró dubitativamente
Alguna gente del teatro nos miraba de soslayo con curiosidad mientras caminaban cerca, empezando varias murmuraciones.
-Eres el mejor Romeo que he visto en mi vida – sus ojos me miraron con adoración otorgándole más verdad a cada palabra.
-Gracias – dije con incomodidad.
-¿Y dónde está Candy? – me sorprendió su pregunta.
-No pudo venir – vi como una chispa de ilusión saltaba en sus facciones.
-¿Mucho trabajo? – preguntó con cierta malicia en su sonrisa.
-…- incliné la cabeza hacia la derecha tratando de no darle mayor información. – Un poco
-Andrew es un chico muy atento – acotó
En ese momento recordé que ella también lo conocía, porque según lo que Candy me había contado, recibían la terapia a la misma hora. Aunque no pensé que fueran amigos.
-Es un caballero, muy educado –continuó
No entendí muy bien porque me decía todo eso. ¿Era para que sintiera celos? ¿Pero de quien? ¿Por Candy o por ella? La miré tratando de encontrar la respuesta en sus gestos.
-Cualquier mujer a su lado, se siente muy alagada – agregó-
-Me alegro por ti – dije sinceramente
Una oleada de alivio me inundó de repente. Al menos había encontrado a alguien que le gustara. Ojalá y esa amistad se profundizara.
-En realidad, no me refería a mi
-¿No? - pregunté perplejo
-No - me miró con un brillo diferente en su mirada – Me refería a Candy. – soltó.
Mi corazón se paró en seco.
-Andrew es "demasiado" atento con ella. La mira con…adoración…
Sentí como se me tensó el mentón. La miré con firmeza.
-Lleva estas flores al camerino de Karen – dijo una voz a mi costado izquierdo.
Giré hacia donde venía la voz y vi un enorme ramo de flores. En ese momento recordé todas las flores que le había comprado a Candy tratando de compensar no solo los minutos que pasé lejos de ella por culpa de mis dudas, sino también todas las flores que no le había comprado específicamente a ella. Entonces ante mi cayó aquel sutil reclamo el día que nos reconciliamos.
"…
- Susana me dijo que debía sentirme muy afortunada por tener siempre flores frescas en mi florero…"
Miré a la mujer que parecía ser tan vulnerable en la silla de ruedas. Ella, sabía sin duda cual era mi punto débil, pero lo que no sabía era que mi amor por Candy se había vuelto un escudo contra mis inseguridades. Era cierto que los celos me atacaban, pero era cierto también, que Candy me había demostrado no solo con palabras sino con hechos cuanto me amaba. Yo confiaba en ella.
-Gracias por la información. Le diré a Candy que estamos a mano en cuanto a admiradores. – sonreí de lado.
-¿Qué? – me miró como si hubiera enloquecido.
La miré con pena e ira entremezcladas, ella tenía que aprender a quererse un poco más. Tenía que haber alguien en este mundo que la amara como se merecía. Con otro retorcijón de culpa le rogué al Altísimo que la alejara de mí y de Candy para que encontrara el verdadero amor que la haría olvidarse de ese sentimiento que la hacía infeliz. Que la suerte le sonriera, pero lejos de mí.
Me acerqué despacio tomé su mano y la besé con cortesía para luego alejarme.
-Adiós Susy.
No sé que hacía Susana, pero cada vez que la veía me cambiaba el genio.
Giré, haciendo caso omiso a sus ojos suplicantes, había tomado una decisión aquel día en el hospital, había escogido el amor antes que el deber y debía ser firme por más que la culpa me atosigara cuando estaba frente a ella.
Llegué a la estación con el tiempo contado. Alcancé con las justas a comprar el pasaje y subí al tren casi al vuelo.
El sonido acompasado del tren me hubiera adormecido sino hubiera sido porque me dolía hasta la piel de tanto pensar en Candy.
Cansado de mirar el lúgubre paisaje negro detrás del cristal, decidí recargar la cabeza al respaldo del asiento tratando de encontrar sosiego a la angustia de saber que ella me necesitaba.
El miedo crecía con cada latido. Un miedo que iba más allá de la lógica. ¿Tal vez estaba herida? ¿A lo mejor un accidente? Dios… ¿Qué le pasaba?
Cerré los ojos tratando inútilmente de controlar el temor que me inundaba. ¿Y si nunca más la volvía a ver?
No.
Mi vida se terminaría ese mismo instante.
Agité la cabeza dejando de hacer conclusiones abominables que me robaban el aliento de vida.
La velocidad del tren no le bastaba a mi alma. Tal vez, si hubiera viajado en mi auto hubiera llegado más rápido. Era una estupidez pensar aquello, pero estaba tan desesperado que nada me calmaba.
El viaje se me hizo eterno, interminable. De repente otra pregunta me apremió ¿Donde la buscaría? Seguro todo el mundo conocía a los Andley. Así que tomaría un coche hasta ahí. Si no la encontraba ahí, seguro encontraría al Inventor y en el mejor de los casos a Albert.
Los destellos del sol naciente me permitieron encontrar algo de sosiego. Al menos estaba cerca. Me acomodé el pelo con las manos. Fijé los ojos en el paisaje que de a poco se empezaba a vislumbrar con más claridad.
El silbido estridente hizo que mi corazón empezara a latir con fuerza, estábamos llegando.
A penas distinguí la estación a lo lejos me puse de pie, no podía esperar más. Me encaminé sosteniéndome de los asientos hasta la puerta más cercana.
Fui el primero en bajar. Giré hacia varios lados tratando de orientarme. Tenía que buscar un coche que me llevara a la casa de los Andley.
-¡Terry! – me gritó una voz a lo lejos.
Busqué con los ojos de donde provenía aquella voz y entonces encontré al Inventor junto con el Elegante unos cuantos metros más allá.
-¡Stear! – grité con demasiada emoción.
Stear agitaba la mano para que lo viera. Me acerqué casi corriendo. Por un momento mi alma sintió un ligero alivio al verlos ahí. Busqué con la mirada por si encontraba a Candy junto a ellos y no encontrarla hizo que mi alma se hundiera en un submundo de incertidumbre peor de la que ya tenía.
-¿Cómo supiste que vendría a esta hora? – pregunté mientras me acercaba a ellos.
-Estaba seguro que tomarías el último tren de la noche y si no, sería el primero de la mañana – contestó con algo de petulancia el Inventor.
A veces este Inventor me sorprendía.
-Archie – saludé estirando la mano.
-Terry – me apretó la mano.
Este tiempo que había convivido con el Inventor, no solo me permitió conocerlo mejor, sino también, me hizo ver de un modo diferente al Elegante.
-¿Dónde está Candy? – pregunté con premura cuando me subí en la parte de atrás del coche. Era raro viajar atrás.
El Inventor y el Elegante intercambiaron una mirada de angustia que hizo que mi corazón se apretujara a si mismo. Se hicieron señas con los ojos… y a la final el Inventor se dignó en contestarme.
-La quieren casar con Neil. – confesó luego de un momento.
-¡¿QUEEEEEEEEEEEEEEE?
Mi corazón dejo de latir…estaba seguro que me iba a dar un aneurisma…
Continuará...
Notas de la autora:
Y aqui esta completamente remasterizado este capítulo. Espero lo hayan disfrutado
No sé, si percibieron, como Terry ha ido madurado en cada capítulo, ya no cae tan fácilmente en los celos. Valió la pena la agonía de los capítulos anteriores. ¿Verdad?
Gracias por leer.
Tita Calderón
