Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Capítulo 21 - Quiero

Esa misma tarde, el príncipe Emmett se dirigía hacia el campo de tiro para probar su suerte con el arco, cuando divisó a lo lejos la figura de Rosalie, quien caminaba a paso firme hacia la capilla del palacio.

La curiosidad lo asaltó al instante. ¿Qué hacía la doncella un día de semana entrando al pequeño templo? No era su labor encargarse del cuidado de esa área del castillo.

Se detuvo en sus pasos para que ella no se percatara de su presencia, y en cuanto la vio ingresar al santuario desvió su ruta y la siguió sin hacer el menor ruido. No tardó mucho en llegar a las puertas, y allí se quedó, oculto tras una de las gruesas columnas que adornaban la entrada.

Observando a escondidas, vio cómo Rosalie se acercaba a uno de los reclinatorios más alejados del altar, aquellos reservados a los sirvientes. La joven se apoyó sobre el delicado pasamanos de nogal y, llevándose una mano al estómago, se tomó un momento para respirar. Su semblante no era el mejor. Estaba pálida, y sus ojos vislumbraban cansancio.

La criada dejó pasar un instante más y luego procedió a arrodillarse en el almohadón. Se persignó de acuerdo a las costumbres y unió sus manos al frente, sobre el apoyabrazos de madera.

El príncipe frunció el ceño, más confundido aún que antes.

—Señor mío, Santísimo Creador, estoy aquí a tus pies, como tu humilde servidora —habló ella en voz muy baja, mirando fijamente a la exquisita figura de mármol blanco que parecía observarlo todo desde la cima del altar—. Vengo hoy arrepentida por mis pecados, rogando tu perdón y pidiendo me concedas la gracia de tu inconmensurable bondad. Por favor, Mi Señor, tú que eres grande y misericordioso… Ayúdame.

Emmett sintió un nudo en la garganta al ver cómo su amada bajaba la cabeza y, sin poder contenerse, se quebraba en llanto. Rosalie jamás lloraba con semejante amargura enfrente de nadie, ni siquiera de él mismo. Pensó en salir de las sombras y correr a abrazarla, a ofrecerle su contención y compartir con ella la carga de su sufrimiento, cualquiera que este fuera. Pero no podía, no debía. Ni siquiera debía estar ahí, presenciando la conversación privada de Rosalie con su Dios. No era correcto, y si ella supiera que él estaba allí, se enfadaría y mucho.

La rubia doncella se secó las lágrimas como pudo con la manga de su delantal y volvió a alzar la mirada, sus ojos llorosos buscando desesperadamente consuelo y protección en el Cristo de mármol.

—Ayúdame por favor, Mi Señor. Mi corazón está deshecho, lleno de temor. No sé qué es lo que debo hacer. Mi fe es grande, Dios mío, y confío en que ha de haber una razón por la que me has enviado esta prueba. He aceptado con entereza todo lo que has deparado para mi vida. Me esfuerzo cada día por seguir adelante, cuidando de Benjamin e intentando enorgullecer a nuestra madre, que sé que ha de estar junto a ti, gozando de la compañía de los ángeles. Pero me siento tan débil, Señor. Siento que me fallan las fuerzas. Me has puesto en una encrucijada, y no sé cuál es el camino que debo elegir. Paso las noches en vela preguntándome si apruebas la solución que se me presenta, si sería correcto tomarla, o si debo aceptar el problema como pago por mis pecados. Dudo incluso sobre la naturaleza de esta dificultad, si es esto un castigo que merezco, o si es en verdad una bendición que no comprendo. —Rosalie volvió a secar sus mejillas húmedas y exhaló un hondo suspiro—. Necesito tu ayuda, Mi Señor, hoy más que nunca. Si tomo la decisión incorrecta, temo que el dolor y arrepentimiento serán demasiados, y no me siento fuerte para enfrentarlos. Por favor, Dios Santísimo, concédeme un poco de tu inmensa sabiduría para comprender lo que debo hacer y decidir lo correcto. Nada más pido, Mi Señor. Me encomiendo a tus manos como tu servidora, y te seré siempre fiel. Amén.

Rosalie volvió a persignarse y se incorporó, estirando su delantal para quitarle las arrugas y respirando hondo una vez más. Temiendo ser visto, Emmett se dispuso a marchar, pero en el apuro derribó el candelabro que se encontraba sobre una de las pequeñas mesas de la entrada. Si bien las velas estaban apagadas y el accidente no causó mayores problemas, el sonido que provocó la caída fue suficiente como para advertir a Rosalie sobre la presencia de alguien más en el santuario.

La doncella se dio vuelta al instante, sobresaltada, y encontrar la mirada avergonzada del príncipe no la tranquilizó.

—¿Emmett? —lo llamó, ahogando un quejido, y rápidamente caminó hacia él—. ¿Qué haces aquí?

El heredero de Aguamarina tragó saliva y sintió que las manos le sudaban. Al ver que no respondía, la sirvienta volvió a preguntar:

—¿Has venido a orar?

—Yo…

—No debes mentir en la morada de Dios —le recordó Rosalie, notando que dudaba.

Emmett agachó la cabeza un instante y la volvió a levantar, asintiendo.

—Tienes razón… No, no he venido a orar. Te vi caminar hacia aquí y te seguí. Lo siento, no quería incomodarte.

Rosalie se llevó una mano a la mejilla y lo miró con ojos espantados.

—¿Has estado aquí, oyendo mis plegarias?

Él tragó saliva una vez más y volvió a asentir, avergonzado.

—Lo lamento, no fue mi intención.

—Pero lo hiciste.

—No pude evitarlo —confesó, y por un impulso de su corazón tomó la mano de su enamorada y la aferró con fuerza—. ¿Qué es lo que ocurre, Rosalie? ¿Cuál es esa prueba que Dios ha puesto en tu camino?

La joven se sintió con el corazón en la garganta, pero mantuvo su postura firme y la mirada fija en él.

—Emmett, no debes inmiscuirte en mi diálogo privado con Dios. Los asuntos de mi fe no te conciernen.

—Todo lo tuyo me concierne, Rosalie —le aseguró él, y sus ojos azules dejaron ver la transparencia de sus palabras—. ¿Cuándo entenderás que eres el sol alrededor del cual gira mi mundo? Tus tristezas son las mías, tus problemas son míos también.

Rosalie agachó la cabeza. No podía resistir que él la mirara así, que la derritiera con sus palabras. No era el momento para dejar que su mente se nublara, ni que esas dulces frases de amor le impidieran pensar con cautela.

—Tengo que irme, Emmett, debo continuar con mis labores— balbuceó, y dio la vuelta para marcharse.

Emmett no se lo permitió. La atrapó por la muñeca y la obligó a girar nuevamente para encontrar su mirada. El movimiento brusco provocó en la joven embarazada un pequeño mareo que se reflejó en su rostro.

—Rosalie… —la llamó él, notando la repentina palidez de sus mejillas y el modo en que su mirada se paseaba por el suelo, perdida e intentando volver a hacer foco—. Rose, preciosa mía, ¿te encuentras bien?

La doncella se agarró de su fuerte brazo y se tomó un segundo para recuperarse, antes de afirmar levemente con la cabeza.

—Sí, estoy bien. Fue sólo un pequeño mareo.

El príncipe frunció el ceño.

—¿Un mareo? Debe verte el médico.

—Por supuesto que no, ya estoy bien —se apresuró a disentir ella.

—No es normal que sufras un mareo.

—Sólo estoy cansada, eso es todo.

—¿Por qué eres tan orgullosa? Permite que te vea el médico de la Corte, así tendrás la certeza de que todo está b…

—¡Te he dicho que no, Emmett!

La voz de Rose retumbó en las níveas paredes de la capilla, haciendo eco en los oídos de Emmett. El muchacho la miró desconcertado, sus ojos en blanco llenos de confusión y dolor ante el frío rechazo. Estaba acostumbrado al carácter fuerte de la doncella, pero no a que utilizara ese tono con él.

Rosalie se quedó perpleja ante su propia reacción, el corazón palpitándole con furia en el pecho. Sintió al instante la culpa de haberle gritado de esa manera, y como muestra de ello se mordió el labio inferior, lamentándose. Emmett sólo quería ayudarla, y ella respondía a su cariño de la peor manera posible.

—Lo siento —murmuró el robusto joven con la mirada de un niño arrepentido—. No puedo evitar preocuparme por ti.

—Lo sé —asintió ella en voz baja, sus ojos no menos tristes que los de él—. Perdona mi atrevimiento, no es correcto que te trate así.

La doncella frunció el ceño imperceptiblemente, insatisfecha con su propio pedido de disculpas. Emmett tenía razón, era demasiado orgullosa. Tanto que, aún estando frente al único hombre que la hacía sentir vulnerable y enamorada, le costaba abrir su pecho y decir con precisión lo que en verdad sentía. Quería pedirle perdón por lastimarlo, porque lo amaba con locura y le dolía verlo sufrir por ella, y sin embargo lo único que había hecho era pedir perdón por su atrevimiento, como si lo único que le importara fuera no ofender al príncipe por su título nobiliario.

—No, no pidas perdón —se apresuró él, sacándola de su reproche interno—. No voy a negar que me duele que rechaces mi ayuda, pero me alegra que sientas la libertad de tratarme como a un igual. No quiero que te contengas de decir lo que piensas sólo porque soy el príncipe. No soy tu dueño, Rose, soy tu amado.

Ella se perdió un segundo en sus ojos de mar, deseando poder ser honesta y decirle lo que en verdad estaba sucediendo. Pero no podía. No podía comprometer la felicidad y el futuro del príncipe sólo porque el de ella ya estaba acabado. No había nada que él pudiera hacer, y saberlo sólo le traería más desgracias. Haría el sacrificio y lidiaría sola con su problema. Y si Emmett había de enterarse, eso ocurriría cuando el vientre de Rosalie estuviera demasiado abultado como para ocultarlo, eso si ella aceptaba el desafío de continuar con su embarazo.

—Entonces, si no eres mi dueño, acepta por favor que mis silencios son míos, Emmett, y mi deseo ahora es callarlos.

Un profundo silencio invadió la capilla. La respuesta de Rose, firme y concisa, no dejaba lugar a réplica.

Sintiéndose derrotado, el príncipe asintió ligeramente y soltó su muñeca, liberándola. Si no era su dueño, tenía que aceptar no sólo su deseo de callar, sino también su deseo de marcharse.

Un pequeño brillo bailó en los ojos violáceos de Rose, ese día más grises que nunca, y la criada se dio el lujo de esbozar una diminuta sonrisa de agradecimiento por el gesto comprensivo de su amado. Él la conocía más que nadie, y sabía perfectamente cuando era necesario dar un paso atrás y permitirle un tiempo para estar a solas.

—Gracias —susurró ella.

—Lo que sea por verte bien, preciosa mía —murmuró él, y precisó de toda su entereza para no exhalar un amargo suspiro.

Rosalie se paró en puntas de pie y depositó un tenue beso sobre la comisura de sus labios a modo de despedida. Entonces dio media vuelta y se marchó presurosa por los verdes campos, dejando al príncipe acongojado, y peor aún, con el corazón repleto de incertidumbre.

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El descanso de Edward se prolongó mucho más de lo esperado, y el príncipe no despertó sino hasta las 6 de la tarde, con los últimos rayos de sol desapareciendo por el Occidente. Cuando abrió los ojos, su esposa estaba a su lado como siempre.

A pesar de estar completamente recuperada, Isabella apenas se había levantado de la cama desde el día del accidente. Ansiaba volver a respirar el aire fresco, pero le faltaba su compañero de aventuras. No era lo mismo sin Edward.

El príncipe debía mantener un estricto reposo, descansando día y noche en su lecho, y la princesa de Calcedonia pasaba las horas a su lado, platicando o leyéndole algún libro interesante. Él, aunque disfrutando y mucho de su compañía, la alentaba a dar paseos por el jardín y disfrutar de los últimos días soleados, puesto que el otoño ya había arribado y pronto el frío y la lluvia continua truncarían sus planes al aire libre. Isabella le daba el gusto y caminaba un rato bajo el cielo aún celeste, pero pronto volvía al lado de su marido, impulsada no sólo por la culpa de dejarlo solo, sino por el deseo de estar con él. ¿Para qué buscar el sol afuera cuando lo tenía en su propia alcoba, en su propio lecho, iluminándolo todo con una cálida sonrisa?

Eso mismo se encontraba pensando ella, aún abrumada después de horas de hermosa revelación, cuando él despertó y sus ojos jade encontraron los suyos. A Edward le pareció ver un brillo diferente en la mirada de su mujer, y estaba a punto de preguntarle a qué se debía cuando llegaron Alice y Angela con la cena para la joven pareja.

Otra solicitud que Bella había hecho a su doncella: debían llevarle las comidas a su alcoba como lo hacían con las de Edward. Sólo una vez había bajado al comedor a pedido de su marido, pero había decidido no volver a hacerlo hasta que el príncipe no se recuperara y pudiera acompañarla. A pesar de sentirse muy a gusto con sus suegros y su entretenido cuñado, su mente se ausentaba de las conversaciones para pensar en Edward, y las preguntas y reflexiones de María acerca del estado de salud de su esposo no ayudaban en absoluto.

Las doncellas se retiraron y la cena transcurrió en un extraño silencio, mitad ameno, mitad incómodo, con una curiosidad que palpitaba en el aire como el aletear de un colibrí. Mientras Bella mordía un trozo de pan y buscaba el modo de abordar el tema del amor, Edward se llenaba la boca de sopa e intentaba adivinar qué inusuales pensamientos habían invadido la mente de su esposa durante su largo descanso. Estaba seguro de que algo había pasado entre las horas de la siesta, y se enojó consigo mismo por haberse quedado dormido en ese preciso momento.

Tras intercambiar con Isabella comentarios sin importancia sobre el clima y la comida, el príncipe recordó la carta de Jacob Black. Supuso de inmediato que tal vez el cambio en el semblante de su mujer tendría que ver con ello, y se decidió a averiguarlo.

—¿Has leído la carta que te envió Jacob?— preguntó con disimulo, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta y apartando la bandeja de plata, una vez terminada la cena.

La castaña mujer bebió el último sorbo de vino y dejó también la charola casi vacía sobre su mesa de noche.

—Oh, sí —asintió ella, sonriente—. Me ha dado una muy buena nueva, Edward.

El joven entrecerró los ojos con suspicacia y descansó su cabeza en la mullida almohada.

—Por supuesto, ése siempre cuenta con alguna noticia o gracia para lograr tu atención.

En otra ocasión, Isabella le hubiera propinado un codazo correctivo y hubiera rodado los ojos, reprendiéndolo por sus injustificados celos. Esta vez, en cambio, Edward la oyó reír por lo bajo y la vio sacudir levemente la cabeza, al tiempo que sus mejillas se sonrosaban. Definitivamente algo extraño estaba sucediendo.

—Suenas molesto, esposo— murmuró ella simpáticamente.

—No creo estarlo— mintió él, y mintió en vano, porque sabía que ella estaba perfectamente al tanto de sus incontrolables celos—. ¿Cuál es la buena nueva? ¿Será desterrado a un reino lejano donde no hay posibilidad de mantener correspondencia con las esposas de otros príncipes?

—Ay, Edward, no seas así —Bella volvió a reír, y esta vez no pudo evitar rodar los ojos—. Es mi amigo.

—De acuerdo, lo siento. ¿Cuál es la noticia?

Una sonrisa rozagante se asomó en el rostro de la princesa, quien se incorporó para darle formalidad a su anuncio.

—Jacob y Leah serán padres. El médico de la Corte finalmente se los ha confirmado.

Edward tragó saliva, intentando digerir la confusa sensación que se instaló en su garganta. Algo se dividía en su interior, y no encontraba explicación para ello. Una parte suya se alegraba por él, eso era claro. A pesar de considerar a Jacob como el entrometido que de a ratos le robaba la atención de Isabella, conocía al muchacho de pequeño y sabía que era un buen hombre. Merecía esa bendición.

Incluso observando la situación desde el lado más egoísta, Edward notaba que las nuevas circunstancias le convenían. Ocupado con los preparativos para la llegada de su primer hijo, Black no tendría tanto tiempo para dedicarle a su amistad con Isabella. Pero entonces, si la noticia era tan feliz y conveniente para todos, ¿por qué el príncipe de Aguamarina sentía que su alegría no era completamente genuina? ¿Por qué un rincón de su corazón se había empañado de una ligera angustia ni bien oír el anuncio?

Buscando disimular esas sensaciones que no podía describir, Edward hizo su mayor esfuerzo por imitar la radiante sonrisa de su esposa.

—Vaya… Enhorabuena para ellos… Es lo que ansiaban, ¿verdad? Han de estar felices.

Conociéndolo como lo conocía, Isabella percibió algo extraño en el tono de su voz, pero lo dejó pasar, confundiéndolo con el poco interés que su marido solía mostrar por el príncipe Black.

—Oh, sí, Jacob está que no cabe de dicha. A pesar de su primera reticencia hacia el matrimonio, se ha enamorado profundamente de su esposa, y ahora tendrán un niño. ¿No es maravilloso, Edward? En verdad se aman.

Las palabras de Isabella estaban cargadas de cálida insinuación. Todo lo que quería era que Edward se sincerara con ella, que le confirmara lo que ella, casi sin querer, acababa de descubrir: que él también se había enamorado profundamente de su esposa, aunque aún la tratara como una amiga. Bella sentía el mismo amor que le quemaba en el pecho, pero necesitaba oírlo de labios de su esposo antes de confesarse ella. Después de todo, él era el hombre, el caballero, el futuro Rey de Calcedonia que algún día reinaría junto a ella cuando al Rey Charles le llegara la hora de partir. De los dos, él debía dar el primer paso.

Isabella hablaba con soltura y entusiasmo, creyendo que, con el ejemplo de Jacob, Edward advertiría que él no era el único hombre al que le había sucedido, y se animaría a ir en busca de la misma felicidad que Jacob y Leah habían conseguido, aceptando que es posible transformar una amistad en amor, y una unión por conveniencia en un verdadero matrimonio. Sin embargo, el resultado que consiguió no fue el esperado.

El comentario de Bella, aunque colmado de ilusión y buenas intenciones, fue un puñal para Edward, porque le hizo descubrir qué era exactamente lo que estaba sintiendo en realidad, eso que empañaba su alegría por la felicidad ajena.

Celos. Esa angustia en su corazón eran celos. Pero ya no celos de la cercanía de Jacob con Isabella, sino de la cercanía de Jacob con Leah. Celos de su matrimonio, de su felicidad, de su amor consumado. Lo tenía todo, todo lo que Edward deseaba tener con Bella. Tenía el amor de su esposa, y un hijo en camino.

Edward también quería eso. Quería dejar de amar a Bella a la distancia, dejar de caminar tembloroso por esa cuerda floja que colgaba entre la amistad y el amor. Quería que ella le permitiera amarla como un hombre a una mujer, que se entregara a él sin reservas. Dormir junto a ella ya no le alcanzaba. Quería dormir con ella, en ella, unido a ella. Quería perderse dentro de ella, y reencontrarse dentro de ella. Quería ser uno con ella, y que ella lo viviera y sintiera del mismo modo que él. Quería ser su mejor amigo, su ansiado amante, y su único amor. El esposo de sus sueños, y el de su realidad. Y quería ser, también él, quien la hiciera madre, concibiendo con ella el milagro de la vida. Quería un hijo suyo, muchos hijos suyos. Enviarle una carta a Jacob comunicándole el embarazo de su esposa, diciéndole entre líneas: "Tú no eres el único, nosotros también somos felices juntos."

El príncipe tragó saliva amargamente y esquivó la mirada de su esposa.

—Sí, maravilloso… Bien por él— comentó en voz baja, simulando un total desinterés.

No dijo nada más, y Bella omitió un suspiro de resignación. Evidentemente, seguir hablando de Jacob y Leah no conduciría a nada. Tendría que buscar otra manera de despertar en su esposo la necesidad de sincerarse.

Volteó hacia su mesa de noche y tomó en manos un libro que había encontrado en la espléndida biblioteca del Rey Carlisle. Tal vez leer un poco le ayudaría a despejar la mente y pensar con mayor claridad.

Edward no se llevaba bien con los silencios incómodos, mucho menos cuando le seguían a diálogos aún más incómodos y mal terminados como el que acababa de tener con su esposa. Mirándola de reojo, notó el grueso volumen en sus manos e intentó entablar una nueva conversación. Mejor hablar de nimiedades que dejar crecer esa indeseable distancia entre ellos.

—¿Qué lees, esposa mía?— inquirió como al pasar.

La princesa estuvo a punto de contestar con la verdad, pero se detuvo antes de decir palabra. La pregunta, tan simple y trivial, despertó en su mente una buena idea, y la joven se animó a llevarla a cabo. Sonrió para sus adentros y, apelando a toda su capacidad de inventiva, ingenió la respuesta más conveniente.

—Oh, es un romance épico encantador, Edward. Lo he estado leyendo desde ayer y es realmente cautivante.

Con la curiosidad a flor de piel, el príncipe se incorporó un poco y descansó su peso sobre su brazo sano.

—Suena interesante. ¿De qué trata?

La princesa dio vuelta a las páginas con total disimulo, ocultando el rostro tras el libro para que su consorte no notara su sonrisa traviesa.

—Es la historia de un joven príncipe de nombre... —¿Edward? Muy evidente, pensó. ¿Carlisle? ¿Charles?— C-Carles…

Isabella tragó saliva y se abofeteó mentalmente por su falta de creatividad. Siempre había sido mala con los nombres, y esta vez no había sido la excepción. Lo único que se le había ocurrido había sido unir el nombre de su padre con el de su suegro.

—¿Y qué le sucede a ese príncipe? —preguntó interesado Edward, sin percatarse de nada.

—Pues… Resulta que sus padres lo obligan a contraer matrimonio con una princesa… Una princesa de nombre… Re… Renée… Renée Esme.

—¿Renée Esme? ¿Cómo tu madre y la mía?

A Isabella se le incendiaron las mejillas de la vergüenza. Su padre tenía razón cuando le decía que era una pésima mentirosa. Ocultó el sonrosado rostro tras las páginas una vez más y se corrigió, intentando sonar convincente.

—No, no, Rene-esmee, Renesmee.

—¿Renesmee?

—Sí, Renesmee. Es difícil de pronunciar.

—¡Es difícil hasta de concebir! —rió Edward.

—Es que… es una princesa de un reino lejano…, exótico… Allí los nombres son un tanto peculiares.

—Evidentemente —asintió el joven—. Entonces, ¿qué es eso tan interesante que sucede con ellos?

Isabella exhaló por lo bajo, aliviada de haber sorteado el obstáculo, y se decidió a continuar con ese relato ficticio tan inspirado en hechos de su vida real.

—Sucede que Edward… Es decir… Sucede, Edward, que este príncipe Carles y esta princesa… Renesmee… se conocían desde pequeños, y habían mantenido una tierna amistad hasta el momento de casarse.

—Como nosotros— apuntó el príncipe, mostrándose atraído por la curiosa similitud entre ficción y realidad. A veces podía ser bastante crédulo.

Isabella reprimió una pícara sonrisa y, alzando las cejas, se llevó una mano al mentón, como analizando metódicamente la observación de su marido.

—Vaya, no lo había notado. Pero ahora que lo mencionas, así es. Carles y Renesmee tienen un lazo de amistad similar al nuestro. ¡Vaya coincidencia!

—Es sorprendente lo mucho que algunos relatos de la fantasía se asemejan a la realidad. Como sueños robados por dramaturgos que los plasman en el papel sin pedir permiso.

—Coincido, esposo. Tal vez por eso me encuentre tan embelesada con este libro.

—Posiblemente— sonrió Edward—. Pero cuéntame, esposa mía, ¿cómo continúa la historia? Tanto interés tuyo por esta obra ha despertado mi curiosidad.

Isabella sonrió y su vista se paseó por las páginas cubiertas de palabras que no leyó, y que tampoco mencionaban nada parecido a lo que ella estaba contando a su marido. Ordenó los eventos del pasado mes, distorsionándolos sólo un poco, y se los relató a Edward como si fueran parte de la narración.

—Bueno, sucede que ellos contraen matrimonio contra su voluntad, para complacer a sus padres, pero tras la boda continúan comportándose como buenos amigos. Así van transcurriendo los días, y Carles y Renesmee se ven llevados a pasar mucho tiempo juntos, por cuestiones que conciernen a… celebraciones Reales y demás agasajos… Hasta que un buen día…

La heredera de Calcedonia hizo una pequeña pausa, segura de que su marido la instaría a continuar a la brevedad. No se equivocó.

—¿Qué? ¿Hasta que un buen día qué, Bella?

—Hasta que un buen día… él se percata de que… de que ha comenzado a querer a Renesmee de manera diferente.

Repentinamente, Edward sintió su corazón acelerarse dentro de su pecho. Esa historia le sonaba familiar.

—¿De manera diferente?

—En efecto.

—¿Diferente en qué modo, esposa mía?

—Diferente de un modo apasionado. Con intenciones de romance, Edward.

Durante un breve instante, los verdes ojos del príncipe se encontraron con los de su mujer y se abrieron más de la cuenta, para luego bajar hasta perder la mirada entre los pliegues de las sábanas de seda.

—¿Se enamora de ella?

—Sí, se enamora de Renesmee. Curiosamente, porque con anterioridad jamás había manifestado ese tipo de sentimientos hacia ella— comentó la princesa, y aplacó el realismo de su discurso con otra pequeña mentira—: Al menos aquí el texto no lo menciona.

Edward tragó saliva, su pecho inflado de aire y ansiedad.

—¿Y ella… ella lo sabe?

Isabella vio una clara oportunidad de dejar entrever sus inquietudes, y no la desaprovechó.

—Oh, no, lo ignora completamente. De hecho, es por eso que el libro está tan interesante. Estoy exactamente en la parte en que él, cobardemente, calla su amor y la mantiene en la ignorancia, mientras ella cree que su cariño es sólo de amigos.

El príncipe no pudo evitar el modo en que su entrecejo se llenó de finas líneas en protesta silenciosa por el comentario de su mujer. Evidentemente ella no comprendía el sufrimiento del pobre príncipe Carles.

—No creo que tu apreciación sea lo suficientemente imparcial —masculló, esquivando su mirada.

Ella asomó el rostro por sobre el libro, sus cejas levemente arqueadas.

—¿Disculpa? —inquirió, simulando no haberlo oído bien.

—Que no estás siendo ecuánime con los protagonistas, esposa mía —repitió Edward, esta vez en voz más elevada y mirándola a los ojos—. Comprendo que por ser una dama te identificarás mejor con el personaje femenino, pero, si me permites decirlo, creo que estás en un error al juzgar a Carles de esa manera.

—¿De qué manera?

—Lo has tratado de cobarde.

—Bueno, sí, esposo, pero no creo equivocarme con esa apreciación. Carles no es particularmente valiente a la hora de expresar sus sentimientos.

—Pero esa es la naturaleza de un caballero, Bella. No es sino con mucha dificultad que los hombres nos permitimos expresar nuestra sensibilidad. Es un área en la que ustedes, mujeres, nos aventajan, debo admitir.

—Aún así, ¿acaso no es deber de un caballero declarar su amor a una dama?

—Lo es, pero Carles ha de tener sus motivos para mantenerlo en secreto.

Isabella bajó el libro hasta su falda y clavó sus grandes ojos marrones en los de su esposo.

—No veo qué clase de motivos podrían llevarlo a callar sus verdaderos sentimientos.

—Precaución, tal vez. Deseos de proteger su amistad.

—¿Proteger su amistad?

—No ha de ser una situación fácil para él, Bella. ¿No has dicho acaso que se trata de dos buenos amigos?

—Así es, muy buenos amigos —corroboró la princesa—. Amigos que han compartido muchos momentos juntos, gratos y dolorosos, y han permanecido el uno al lado del otro, acompañándose y consolándose con gran afecto.

La mirada de la princesa se llenó de luz. Había hablado ya no desde su imaginación, sino desde la pura realidad de su corazón, que latía con fuerza dentro de su pecho. Eso había sido Edward para ella todos esos años, y eso continuaba siendo, aún como la máscara que ocultaba un verdadero amor.

El príncipe lo sintió de tal manera que no pudo bajar la mirada como antes, y en cambio se enfrentó a su esposa de corazón a corazón.

—¿Y no piensas en lo mucho que esa amistad pesa para él?

—¿Y no piensas tú en lo mucho que pesa para ella?

—Por supuesto que lo pienso, y seguramente también el tal Carles lo ha considerado. Por eso calla, para que esa amistad no se derrumbe.

Bella frunció el ceño, sumida en la confusión, y sacudió la cabeza levemente.

—¿Por qué habría esa amistad de derrumbarse?— preguntó a su esposo, quien bajó tanto la mirada como la voz.

—Porque tal vez ella no lo ama— balbuceó, su tono ahogado por la congoja—. Siempre han sido amigos, ¿no es así? Que él se haya enamorado de ella no quiere decir que ella pueda corresponder esos sentimientos. Y si ella lo rechaza… ¿qué quedará de su amistad? Se enfriará como la nieve, y luego se derretirá en el lodo hasta desaparecer.

—Lo mismo que sucederá si él continúa mintiéndole.

—Él no le miente, Bella— afirmó Edward, animándose una vez más a fijar su mirada cristalina en la de ella. Era claro que esto ya no se trataba de un libro, sino de la cruda realidad, y el príncipe ya no hablaba por el falso Carles, sino por sí mismo.

—Oculta sus sentimientos. ¿Qué diferencia puede haber en ello?

—Ocultar no es mentir.

—Lo es si finge algo que no siente, Edward— insistió ella, su voz elevándose por la desesperación de no obtener la revelación de su esposo—. Él la está engañando, le está haciendo creer que sólo pretende su amistad, cuando en verdad anhela mucho más. ¿No es eso una mentira? ¿No está traicionando su confianza, mintiendo descaradamente sobre sus sentimientos?

—¿Y qué debe hacer, Bella? Dime, ¿qué debe hacer? ¿Arriesgar su amistad toda y perder la vida entera en una confesión?

Las palabras de Edward fueron un estallido de emociones, mezcla de temor, ansiedad y desesperación. Seguramente así habrían de sentirse las liebres cuando se veían acorraladas por los cazadores, segundos antes de morir. Y Edward iba a morir en ese preciso momento, presa de una mujer por la que daría la vida, y que con un simple 'no' lo arrastraría a la miseria, dejándolo devastado y muerto en vida.

—Sí, Edward, eso debe hacer. Porque tal vez ella sienta lo mismo, y esté esperando a que él se lo diga.

Un profundo silencio siguió a las palabras serenas de Isabella, que ahora lo miraba a los ojos con anhelo inmenso, necesitando oír la verdad de sus labios antes de caer en la locura. Como dos lados de un mismo espejo, sus miradas se iluminaron a un tiempo, y sus corazones temblaron al compás.

Fue Edward quien finalmente rompió el silencio, temeroso de soltar lo que quedaba de su amada amistad, pero necesitado de liberarse de esas gruesas cadenas de una buena vez.

—¿Ella… lo ama?— le preguntó en un susurro, su rostro a pocos centímetros del de su esposa.

Isabella respiró hondo y se obligó a mantenerse inmutable a pesar de su enorme deseo de asentir y arrojarse a sus brazos.

—Puede que sí, puede que no. El libro no menciona nada aún acerca de sus sentimientos— respondió, también susurrando—. Tendremos que esperar a que él se lo diga para saber qué es lo que ella responde.

Bañados por el silencio y la luz de las velas, prolongaron un último instante de duda. Entonces Edward ladeó la cabeza, derrotado por esos ojos profundos que demandaban saberlo todo, y perdido en ellos fue que sonrió, y con el corazón en la garganta le habló con la verdad.

—Él ya se lo ha dicho, Bella— musitó, tan bajo que sólo ella lo hubiera podido oír, y sin embargo sus palabras fueron seguras, firmes como rocas—. Yo ya te lo he dicho, Bella.

Ella frunció el ceño, sus ojos cargándose de lágrimas. Por un segundo volvía a ser esa niña que peleaba con su mejor amigo por ver quién tenía la razón.

—Jamás me lo has dicho, Edward.

El príncipe sonrió tímidamente, y comprendiendo que ya no había vuelta atrás, dejó que el dorso de sus dedos alcanzara la mejilla de su esposa y la acariciara con suavidad. No le quedaba más que ser sincero.

—Lo he hecho, sólo que no he podido hacerlo con palabras. Pero tú lo has descubierto, ¿no es así? Es lo que Emmett me advirtió. —Su sonrisa se iluminó con el recuerdo de la vieja plática con su hermano—. El amor no se puede callar. Nunca lo has escuchado de mis labios, Bella, pero te lo he dicho de mil formas. Te lo dicen mis brazos cuando te aferran a mí, cuando te amarran y no te sueltan porque no quiero dejarte ir. Te lo dicen mis manos cuando te acarician mientras duermes. Te lo he dicho cada vez que sonrío por el gusto de tenerte conmigo para siempre, como mi eterna compañera. Y saben los ángeles, Bella, cuánto te lo han gritado mis ojos cada mañana cuando te veo despertar, cada noche cuando te acuestas a mi lado y espero que te acerques a mí, y que algún día te sientas tan mía como yo me siento tuyo. Lo siento, en verdad siento no haber podido decírtelo a viva voz, pero eres lo más hermoso que tengo, y he tenido demasiado miedo de perderte como para intentar ganarte.

Una lágrima cargada de emoción escapó del ojo derecho de Isabella, y rodó por su mejilla hasta rozar la mano de Edward, que aún no conseguía dejar de acariciar su tersa piel de durazno. Bella sonrió, recordando una curiosidad que su madre le había contado siendo ella aún una niña: cuando la primera lágrima cae del ojo izquierdo, es de dolor, pero cuando cae del ojo derecho, es de felicidad. Y sí que estaba feliz esa noche.

La princesa quiso responder, pero no pudo. Los latidos de su corazón ahogaban sus palabras, y Edward aún tenía algo más que decir.

—Bella…, esposa mía…, yo no voy a forzarte a que me ames, eso lo sabes. Te respeto demasiado… Te amo demasiado… como para causarte el disgusto de tener que actuar contra tu voluntad. Yo…— el príncipe se interrumpió a sí mismo, bajando la mirada un instante y mordiéndose el labio inferior, para luego volver a ubicar la mirada en su morada favorita: los ojos de su amada esposa—. Muchas veces he imaginado este momento... He pensado cientos de veces en el día en que finalmente te lo diría, y en las cosas que deseaba decirte. Me has tomado de improviso y poco recuerdo de las frases de amor que ansiaba expresarte, pero… ¿Sabes? Hay algo que consideraba sumamente importante pedirte. Me dije que, dijera lo que dijera, me quisieras tú o no, te rogaría que no me niegues tu amistad. Te he amado como amiga por años. Tú lo has dicho, hemos compartido incontables momentos, muchos felices, muchos otros tristes. Y tú has sido una luz para mí en cada uno de ellos. Guardo tu amistad en mi corazón como el tesoro más preciado que conservo de mi niñez, y no quería perderlo. Pero ahora… creo que acabo de comprender que ya no tiene sentido que te pida esto. Acabo de caer en la cuenta de que ya no tengo lugar donde guardar tu amistad, Bella. Peor aún, ya no tengo lugar donde guardar nada, porque ya no tengo mi corazón. Se ha escapado. Ya no lo poseo, no soy dueño de él.

Las palabras de Edward hubieran parecido tristes, pero la sonrisa calma en el rostro del joven les restó toda angustia. De hecho, el príncipe llenaba ahora sus pulmones de un aire que se le figuró cargado de paz, e incluso alegría. Para bien o para mal, ya no había secretos entre ellos. Su conciencia y su alma podían descansar tranquilas.

—Creo que hace ya un tiempo que he perdido todo poder sobre mi corazón. No me responde, ¿quieres creer?— rió, y su mujer así lo hizo también, su espléndida sonrisa brillando entre lágrimas—. Lo he tenido encadenado y aún así se ha zafado y se ha ido contigo. Hasta hoy he creído que tal vez podría retenerlo, pero ahora veo que ya no cuento con esa posibilidad. Sé que aunque lo llame a gritos me ignorará y se quedará contigo. Me disculpo por ello, entiendo que no has dado autorización para que mi corazón viva junto al tuyo, pero si te sirve de consuelo tampoco yo le he dado autorización para que se marche, y aún así ha hecho lo que se le ha antojado. No hay caso con él, es testarudo como él solo, y eres el hogar que ha elegido. Pero no tienes que mostrarte cariñosa si no lo deseas, puedes incluso ignorarlo si te incomoda. Sólo te pido que le permitas quedarse contigo, porque si lo echas sé que volverá a mí en pedazos, y entonces ya no me servirá de nada.

Edward vio cómo su esposa continuaba sonriendo con las mejillas húmedas de llanto, y secó sus lágrimas con sus largos dedos de pianista. La princesa bajó la mirada tímidamente, sin perder la sonrisa, y cuando las manos de Edward dejaron su rostro para caer sobre su regazo, las tomó entre las suyas y las envolvió con su calor.

—Sabes, Edward, creo que tenemos un problema.

El joven respiró profundo y su sonrisa se desvaneció, temiendo verse rechazado por la princesa que tanto amaba. Pero los blancos dedos de su esposa lo acariciaron con demasiada dulzura, y su sonrisa lo tranquilizó.

—Por lo que tengo entendido— prosiguió, y sus ojos se llenaron de picardía—, las leyes de la naturaleza sólo permiten la presencia de un corazón por persona. Mi cuerpo no tiene la capacidad para albergar dos corazones, así que lamentablemente no podré guardar el tuyo y el mío a la vez. Tendrás que quedarte con alguno de los dos. Y ya que tu corazón está decidido a vivir conmigo, creo que tendremos que hacer un trueque —rió, y sus ojos chocolate bailaron con el brillo de un inmenso amor, al tiempo que su voz se convertía en un dulce susurro —. ¿Te molestaría si te entrego mi corazón para que lo cuides mientras yo cuido del tuyo?

El príncipe se quedó paralizado un momento, intentando convencerse de lo que acababa de oír. ¿Estaba insinuando lo que él creía que estaba insinuando?

—¿Q…Quieres… Quieres decir que…?

—Quiero decir que el príncipe Carles ha ocultado su amor en vano, porque Renesmee se ha enamorado de él con toda el alma— susurró en su oído, y se echó atrás sonriendo.

Edward se quedó mirándola, sorprendido, e iluminó la habitación con una amplia sonrisa. Aquello, más que la más bella de las realidades, parecía un sueño. Uno que jamás creyó posible, pero que ahora era real, y era suyo.

—O sea que tú…, tú a mí…, tú también…

—Yo también te amo, tonto— rió Isabella.

La sonrisa de Edward se magnificó, henchida por la felicidad más grande que había conocido en su vida. Amaba a su esposa, y su esposa lo amaba a él. Y por si fuera poco, tenían una vida juntos por delante para demostrarse su inmenso amor.

Las más felices noticias producen las más hermosas reacciones, y la reacción de Edward no fue la excepción. Ya había perdido demasiado tiempo, y su espíritu se adelantó a su mente y decidió no malgastar un solo segundo más. Con el único brazo que le respondía plenamente, rodeó la cintura de Isabella y la atrajo hacia sí de un tirón, y con desesperada dulzura presionó sus labios contra los suyos y le robó el más tierno de los besos.

Por un segundo, Bella no reaccionó. Edward no le había dado tiempo siquiera. Pero cuando sintió el calor de esa boca cubriendo la suya, de esos labios que se entreabrían y rogaban enredarse con los suyos, cayó en la cuenta de que aquello estaba sucediendo en realidad. Semanas de interrogantes y cuestionamientos internos encontraban ahora respuesta en esos labios, en ese abrazo, en ese corazón que palpitaba junto al suyo, contra el suyo, en lugar del suyo. La respuesta era él, Edward, su amigo que siempre sería su amigo, pero ahora también amado y amante. Podían serlo todo a la vez, podían tenerlo todo sin perder nada. Porque al fin y al cabo, siempre los había unido el amor, sólo que ese amor había cambiado. Había comenzado como amor de amigos, y había viajado libremente por las nubes. Y cuando llegó el momento, dio una vuelta en el aire y regresó distinto, cambiado, decidiendo que Edward y Bella estaban ahora hechos para amarse como esposos. Era tal y como lo había dicho el buen Rey Carlisle a su hijo menor: «El amor necesita tiempo para madurar y florecer, pero cuando eso suceda, puedo asegurarte que no conocerás frutos más dulces ni flores más bellas.»

Satisfecha, feliz como él de haber encontrado la solución al enigma, Isabella rió contra sus labios y pudo por fin responder con ardor ese abrazo y esos besos, aferrándose a su pecho, sus brazos enredados en su cuello. Ya no lo dejaría ir nunca, y tampoco él a ella.

—¿Entonces me amas? —insistió él sonriendo entre besos.

—Con todo mi ser.

—¿No te enojarás si te beso?

—¡Me enojaré si no lo haces! —rió Isabella, y selló sus labios con los de ella.

—Tendrás que acostumbrarte a que te llame 'amor mío' —le advirtió Edward.

—Me agradará sobremanera acostumbrarme a eso.

—Y a que te halague cuando te vea bonita. O sea todos los días.

—¿Todos los días?

—Todos.

—Eso me incomoda un poco.

—Pero al final también a eso te acostumbrarás —le aseguró él, y con otro beso borró la mueca en el rostro de su esposa— ¿Me dejarás mirar por debajo de tu falda cuando trepes los árboles?

—No, eso no —Bella volvió a reír, sacudiendo la cabeza, y su nariz rozó la de él de modo travieso.

Edward frunció el ceño, entrecerrando los ojos.

—Eres malvada, esposa mía.

—No es maldad, es cortesía.

—Pero soy tu esposo.

—Pero eres un caballero bien educado. No puedes estar mirando por debajo de mi falda en público —le reprochó, aunque estaba tan feliz que no podía dejar de sonreír.

—¿Puedo hacerlo en privado?

La princesa se sonrojó hasta la raíz del cabello, pero aceptó el nuevo rumbo de la conversación. Era algo que estaba pendiente, y que ahora ya no sólo debían hacer, sino que también ansiaban.

—Tendrás que hacerlo en algún momento si quieres que nuestro matrimonio sea uno real —susurró con la cabeza gacha, mirando sus manos para que sus mejillas no siguieran enrojeciendo al mirarlo a los ojos.

También los pómulos del joven príncipe adquirieron una tonalidad más rosada, pero la timidez quedó a un lado en el mismo instante en que se decidió a tomar las manos de su mujer y besarlas con fervor.

—Quiero. Lo deseo más que ninguna otra cosa —le dijo en voz baja. Viendo que Isabella no se animaba a alzar la mirada, su mano varonil se deslizó hasta el mentón de su amada y lo atrajo hacia sí, hasta que sus finos labios volvieron a encontrarse—. ¿Y tú? ¿Quieres ser mi esposa, realmente mi esposa? ¿Quieres ser… mía?

Ella sonrió sin dejar de sonrojarse, y mirando en sus verdes ojos asintió.

—Quiero, Edward.

La mano del joven se deslizó una vez más por su suave piel y se escurrió por debajo de su oreja hasta alcanzar la parte posterior de su cuello. Sus largos dedos se enterraron en el nacimiento de la castaña melena y, una vez más, la atrajeron hacia sí. Sus labios volvían a encenderse con el deseo de encontrarse, y así lo hicieron, esta vez con renovada y más intensa pasión. Su amistad quedaba a un costado, y daba paso ahora al ardor de dos amantes que se necesitaban demasiado.

—Te amo —murmuró ella contra sus labios húmedos, sus delicados brazos contorneando el cuello de su enamorado. Sus bocas danzaron al compás, al principio con reservas, casi con temor de que todo fuera una fantasía a punto de romperse, pero luego sin restricciones, convenciéndose de que todo era muy real, y merecía ser vivido con total entrega. Sus labios se acariciaron con fervor, con apetito incluso, y se recorrieron una y mil veces, sus lenguas rozándose con timidez.

—Te amo, Bella. Te amo —repitió él entre suaves besos.

—Y yo a ti.

De pronto, el ruido de la puerta les anunció la llegada de alguien. Eran Angela y Alice, que venían a llevarse las sobras de la comida.

La pareja se separó tímidamente, pero la mano del brazo sano de Edward continuó sosteniendo la de su esposa. Isabella simuló una pequeña tos y, llevándose la otra mano al rostro, secó con el pulgar la humedad de sus labios enrojecidos.

—¿Cómo estuvo la cena, Sus Altezas? —preguntó Angela.

Alice no habló, pero mientras retiraba la bandeja de la princesa, entrecerró los ojos y miró a su ama con suspicacia. Se respiraba un aire diferente en esa habitación.

—Muy bien, muchas gracias —respondió Edward con la voz un poco ronca, y se aclaró la garganta—. Todo ha estado delicioso —agregó, y miró a su mujer con una media sonrisa traviesa —. Sumamente delicioso.

Alice alzó las cejas y continuó mirando a Isabella, pero la princesa esquivó su mirada adrede.

—Nos alegra mucho que hayan disfrutado tanto de su velada —la pequeña doncella dijo con su voz de soprano, intentando mantener sus sonrisa bajo control—. ¿Sus Altezas desean alguna otra cosa?

Bella abrió la boca para contestar que no, pero Edward habló antes de que ella pudiera emitir sonido.

—A mí me agradaría tomar un baño —respondió el príncipe, atragantándose nuevamente, pero fingió indiferencia ante sus propios nervios.

—Muy bien, Alteza. Traeremos la tina y agua caliente para su baño.

—Gracias. Pueden retirarse.

La pareja esperó que las doncellas salieran de la habitación y volvió a mirarse.

—¿Edward?

—¿Mmm? —se limitó a murmurar él, perdiéndose en los ojos castaños de su esposa.

—¿Crees que se hayan dado cuenta?

Edward dejó escapar una pequeña risa y, sin previo aviso, volvió a presionar sus labios contra los de ella.

—Pues por el modo sospechoso en que Alice te miraba, yo diría que de algo se percataron —adivinó con una sonrisa.

—Era de esperarse, soy pésima mentirosa.

Edward volvió a reír, asintiendo. Sus ojos bajaron hasta sus manos entrelazadas, y respiró hondamente antes de hacerle un pedido muy especial.

—¿Amor mío? —la llamó en voz baja, y el corazón de Isabella dio un vuelco. Realmente sonaba maravilloso.

—¿Sí, esposo?

—¿Quieres… Quieres acompañarme?

—¿A dónde, esposo?

—Con el baño, quiero decir. ¿Quieres compartir el baño conmigo? La tina es bastante grande.

La princesa sintió su corazón palpitar con fuerza y resonar en su garganta, en sus oídos. Estaba muy nerviosa, pero… ¿quería?

No necesitaba ni pensar la respuesta. Sí, quería. Claro que quería. Era el primer paso para ser su mujer, y nada quería más que eso.

—Me gustaría, sí —dijo tímidamente, y haciéndose a la idea su sonrisa se volvió más y más amplia—. Me encantaría, Edward.

La espléndida sonrisa se reflejó en el rostro de su esposo, y sin poder evitarlo el príncipe volvió a rodearla con un brazo y la estrechó contra su cuerpo, hundiendo el rostro en su fino cuello.

—Así será entonces —le susurró al oído con ternura, embelesado con el latir de su corazón contra el suyo—. Amor mío, hoy serás mi mujer.

Y plantando un pequeño beso en su cuello, firmó sus palabras en carácter de promesa.


¡Hola chicas! ¿Cómo andan después de tanto tiempo? Sé que me voy a pasar el resto de los capítulos pidiendo perdón por la tardanza de las actualizaciones, pero bueno, afortunadamente ustedes entienden que no es fácil escribir y ocuparse de los estudios a la vez, y uno hace siempre lo mejor que puede ;) Agradezco de todo corazón a keytani, TatyPattz, Berlice, ALI-LU CULLEN, BarbyBells, Mon de Cullen, crematlv19, Sully YM, Romy92, CecyPrincesaLokaCullenBlack, PameHaleMcCarthyCullen, MarieAliceIsabella, Chriz, gleidys, Christina Becker, yesenia beltran yess cullen (gracias por compartir un pedacito de tu inspiración), ori-cullen-swan, marcecullenswan, ariadna, PerlhaHale y Ara Cullen por todos los comentarios, no esperaba tan linda recepción para el capítulo anterior y me llena de alegría que haya sido así. ¡Y ánimos a todas las que están escribiendo sus historias! :)

¿Les gustó el capi? Personalmente disfruté mucho escribirlo, espero que también ustedes se hayan emocionado con los problemas de Rose y Emmett y con la declaración de amor de Edward. Como se darán cuenta, el final del cap da pie para un nuevo capítulo especial, así que paso a mi acostumbrada ADVERTENCIA: así como tuvimos un especial M de Rose y Emmett, el próximo va a ser un capítulo especial M de Edward y Bella. Ya conocen la dinámica, es un capítulo de contenido sexual explícito que ustedes pueden elegir leer o no, porque no contiene ningún tipo de información extra sobre la historia. O sea, pueden salteárselo tranquilamente y seguir con el capítulo siguiente sin perder el hilo de la historia. Así que a quienes quieran ver cómo hace Edward para estar con Bella y arreglárselas con un hombro dislocado a la vez, las veo en la próxima actualización, y a quienes no, nos leemos en la otra ;)

Que tengan muy felices Pascuas y muchas gracias por todo el apoyo, realmente me hacen muy feliz. ¡Nos leemos pronto!

Lulu