Los personajes ni la historia me pertenecen. Personajes: Stephenie Meyer, historia: Colleen McCullough.
CUATRO
1933-1938
ALEC
10
Era sorprendente lo de prisa que se recobraba la tierra; al cabo de una semana, verdes brotes de hierba asomaban ya sobre el pegajoso cenagal, y a los dos meses, los árboles quemados echaban hojas. Si la gente era dura y resistente, era porque la tierra no les permitía ser de otra manera; los débiles de corazón o los que carecían de paciente fanatismo no duraban mucho tiempo en el Gran Noroeste. Pero pasarían años antes de que se borrasen las cicatrices. Muchas capas de corteza tendrían que crecer y caer en jirones antes de que los troncos volviesen a ser blancos o rojos o grises, y algunos árboles no se regenerarían en absoluto, sino que permanecerían negros y muertos. Y, durante años, esqueletos en desintegración salpicarían la llanura, hasta que, con el paso del tiempo, quedaran gradualmente cubiertos por el polvo y enterrados por nuevas y pequeñas pezuñas. Y, cruzando Drogheda hacia el Oeste, permanecerían los profundos surcos que conocían la historia los mostrarían a otros caminantes que la ignoraban, hasta que al fin el relato quedaría incorporado al folklore de las llanuras negras.
Drogheda perdió tal vez una quinta parte de sus pastos y unos 25.000 corderos, poca cosa para una explotación que, en los recientes años buenos, había contado con unas 125.000 cabezas. De nada servía echarle la culpa a un destino cruel o a la ira de Dios, según quisieran llamar los afectados a aquel desastre natural. Lo único que podía hacerse era evitar más pérdidas y empezar de nuevo. En todo caso, no había sido ésta la primera vez, ni nadie pensaba que sería la última.
Pero ver los jardines de la mansión de Drogheda tostados y yermos en primavera, resultaba sumamente doloroso. Habrían podido sobrevivir en la sequía, gracias a los depósitos de agua de Michael Denalí; pero en un incendio no sobrevivía nada. Ni siquiera florecieron las wistarias, cuyos capullos empezaban a formarse cuando se produjo el incendio. Los rosales estaban calcinados, y los pensamientos, muertos; las plantas de mostaza tenían un color sepia pajizo; las fucsias de los rincones sombreados se habían marchitado irremediablemente; los jancitos y los olorosos guisantes estaban secos y habían perdido su aroma. El agua de los depósitos que se había gastado durante el incendio fue compensada por la fuerte lluvia subsiguiente, y todos los moradores de Drogheda dedicaron sus problemáticos ratos de ocio a ayudar al viejo Tom a replantar los jardines.
Emm decidió continuar la política de Carl de aumentar el personal en Drogheda, y contrató otros tres mozos para cuidar del ganado. Tanya Denalí había preferido no tener trabajadores fijos, aparte de los Swan, y tomar obreros eventuales para las épocas en que había que marcar los corderos, esquilarlos o cuidar de las crías; pero Carl pensaba que los hombres rendían mucho más si sabían que tenían un empleo permanente, y, a la larga, venía a ser lo mismo. La mayoría de aquellos trabajadores tenían los pies inquietos y no permanecían mucho tiempo en el mismo lugar.
Las nuevas casas, construidas más lejos del torrente, estaban habitadas por hombres casados, y el viejo Tom tenía una nueva vivienda de tres habitaciones, a la sombra de un pimentero, detrás de las caballerizas, y cloqueaba gozoso, con orgullo de propietario, cada vez que entraba en ella. Bella seguía cuidando de algunas dehesas interiores, y su madre continuaba con los libros.
Esme continuaba la tarea de Carl de comunicar con el ahora obispo Edward, y, fiel a su manera de ser, sólo le informaba de lo referente a la administración de la hacienda. Bella deseaba ardientemente ver sus cartas, leerlas con anhelo, pero Esme no le daba oportunidad de hacerlo, pues las guardaba en una caja de acero en cuánto se había enterado a fondo de su contenido. Desaparecidos Car y Jazz, no había manera de llegar hasta Esme. En cuanto a Bella, Esme olvidó la promesa que le había hecho al padre Edward, apenas éste hubo vuelto la espalda. Bella respondía a las invitaciones a bailes o fiestas con corteses excusas, y Esme, que lo advertía, nunca la reprendió ni le dijo lo que debía hacer. Liam O'Rourke aprovechaba la más mínima oportunidad para presentarse en Drogheda, y Enoch Davies, telefoneaba constantemente, lo mismo que Connor Carmichael y Alastair MacQueen. Pero Bella los despachaba siempre rápidamente, hasta el punto de que todos llegaron a desesperar de atraer su interés.
El verano fue muy lluvioso, pero sin que los aguaceros provocasen desbordamientos; sólo mantenían el suelo perpetuamente enfangado y hacían que el largo Brawon-Darling bajase muy ancho, profundo y caudaloso. Cuando llegó el invierno, siguió lloviendo esporádicamente; las nubes pardas eran de agua, no de polvo. Y la marcha de los vagabundos, provocada por la depresión, se interrumpió, porque era sumamente difícil caminar por las tierras negras en tiempo lluvioso, y el frío, añadido a la humedad, hacía que menudeasen las pulmonías entre los que no podían dormir a cubierto.
Emm estaba preocupado, y empezó a decir que, si el tiempo continuaba así, podía producirse una epidemia de glosopeda en el ganado; los merinos sometidos a una humedad excesiva del suelo eran propensos a enfermar de las pezuñas. El esquileo había sido casi imposible, pues los esquiladores no querían tocar lana mojada, y, a menos que el barro se secase antes de la época de parir las ovejas, muchos corderillos morirían a causa de la humedad y del frío.
El teléfono dio dos timbrazos largos y uno corto, que era la señal correspondiente a Drogheda; Esme contestó y se volvió.
—Emm, es de AML y F, para ti.
—Hola, Jimmy, soy Emm... Sí, muy bien... ¡Oh, bravo! ¿Buenas referencias...? Bien, que venga a verme... Si es tan bueno como dices, puedes anunciarle que probablemente tendrá el empleo; pero tengo que verle; no compro nada sin ver antes la muestra, y no me fío de las referencias... Bueno, gracias. Adiós.
Emm se sentó de nuevo.
—Va a venir un nuevo ganadero; un buen tipo, según Jimmy. Ha estado trabajando en el oeste de los llanos de Queensland, por Longreach y Charleville. Cuidando ganado. Buenas referencias y todo lo demás.
Excelente jinete, acostumbrado a desfogar caballos. Fue anteriormente esquilador, y bueno, según Jimmy, sacaba más de doscientas cincuenta al día. Pero esto me da que pensar. ¿Por qué quiere un buen esquilador trabajar por el sueldo de un conductor de ganado? No es corriente cambiar las tijeras por la silla de montar. Pero tal vez le guste la dehesa, ¿no?
En el transcurso de los años, Emm había adquirido acento australiano y arrastraba las palabras, pero lo compensaba abreviando sus frases. Rayaba ya en la treintena, y, para disgusto de Bella, no daba señales de haberse encaprichado de ninguna de las chicas casaderas que había conocido en las pocas fiestas a las que había asistido por pura cortesía. En primer lugar, era sumamente tímido, y, además, parecía entregado por completo a la tierra, la cual amaba, por lo visto, con exclusión de todo lo demás. Mike y Paul se parecían cada día más a él; en realidad, habrían podido pasar por trillizos, cuando se sentaban juntos en uno de los duros bancos de mármol, que eran los que encontraban más cómodos para relajarse en casa. Lo cierto es que preferían acampar en la dehesa, y, cuando dormían en casa, se tumbaban en el suelo de .sus habitaciones, temerosos de ablandarse en le cama. El sol, el viento y el ambiente seco, habían curtido su piel blanca y pecosa, dándole un aspecto de caoba moteada, sobre la que brillaban pálidos y tranquilos sus ojos azules, cercados de profundas arrugas que delataban su costumbre de mirar a lo lejos con los párpados entornados, sobre la hierba amarillenta y plateada. Era casi imposible adivinar la edad que tenían y quién era el más viejo o el más joven de los tres. Todos tenían la nariz romana y el rostro amable y simpático de Carl, pero su complexión era superior a la de éste, que andaba encorvado y tenía los brazos demasiado largos, después de tantos años de trabajar como esquilador. Ellos, en cambio, tenían la apostura elegante y desenvuelta de los hombres acostumbrados a montar a caballo. Pero ni las mujeres, ni las comodidades y placeres de la vida, parecían interesarles.
— ¿Es sacado el nuevo mozo? —preguntó Esme, trazando unas pulcras líneas con una regla y una pluma mojada en tinta roja.
—No lo he preguntado. Lo sabré mañana cuando venga.
— ¿Cómo llegará hasta aquí?
—Lo traerá Jimmy; éste va a ver aquellos viejos carneros de Tankstand.
—Bueno, esperemos que se quede algún tiempo. Aunque, si no está casado, supongo que se marchará dentro de unas semanas. Esos ganaderos son un desastre —comentó Esme.
Seth y Embry estudiaban en el internado de Riverview, y confiaban en que, cuando cumpliesen los catorce años reglamentarios, no permanecerían un minuto más en el colegio. Esperaban ansiosamente el día en que podrían salir a la dehesa con Emm, Mike y Paul; entonces, la familia se bastaría para cuidar de Drogheda, y los forasteros podrían llegar y marcharse cuando quisieran. La pasión familiar por la lectura no hacía que sintiesen más afición por el colegio; un libro podía llevarse también en la silla de montar o en un bolsillo de la chaqueta, y su lectura era mucho más agradable a la sombra de un winga, al mediodía, que en una clase de los padres jesuitas. El pensionado había sido para ellos un cambio muy duro. Las aulas de grandes ventanales, los espaciosos y verdes campos de juego, los espléndidos jardines y las comodidades del lugar, significaban muy poco para ellos, lo mismo que Sydney con sus museos, sus salas de conciertos y sus galerías de arte. Habían intimado con los hijos de otros ganaderos, y se pasaban las horas de ocio añorando su casa o jactándose de la extensión y del esplendor de Drogheda ante unos crédulos oídos; todo el mundo, al oeste de Burren Junction, había oído hablar de la poderosa Drogheda.
Pasaron varias semanas antes de que Bella viese al nuevo ganadero. Su nombre había sido debidamente registrado en los libros: Alec O'Neill; y ya se hablaba mucho más de él de lo que solía hablarse de sus semejantes en la casa grande. Por ejemplo, se había negado a dormir en los barracones de los mozos y se había instalado en la última casa vacía cercana al torrente. Por otra parte, se había presentado él mismo a la señora Sue y se había granjeado la simpatía de la dama, a pesar de que no solían gustarle los ganaderos. Bella sentía curiosidad por él, mucho antes de conocerle.
Como ella guardaba la yegua castaña y el capón negro en la caballeriza, y no en los corrales de los caballos de labor, y como salía por las mañanas más tarde que los hombres, pasaba mucho tiempo sin que tropezase con ninguno de los obreros contratados. Pero al fin se encontró con Alec O'Neill una tarde de verano, cuando el sol brillaba rojo sobre los árboles y las sombras avanzaban en busca del amable olvido de la noche. Ella volvía de Borehead y se dirigía al vado del torrente, mientras que él venía del Sudeste y más allá, y también se encaminaba al vado.
A él le daba el sol en los ojos, y por eso le vio ella primero; observó que montaba un bayo grande y resabiado, de crin y cola negras, con manchas blancas. Conocía bien al animal, porque una de sus funciones era distribuir los caballos de labor, y precisamente le había extrañado ver muy poco a aquel caballo en los últimos días. No le gustaba a ninguno de los hombres, y éstos evitaban montarlo siempre que podían. Por lo visto, no le ocurría lo mismo al nuevo mozo, y esto indicaba que era buen jinete, pues el animal era de cuidado y tenía la costumbre de morder al jinete en cuanto éste se apeaba.
Era difícil calcular la estatura de un hombre montado a caballo, pues los ganaderos australianos empleaban pequeñas sillas inglesas, desprovistas del alto borrén y de la perilla de las sillas americanas, y, además, montaban con las rodillas dobladas y el cuerpo muy erguido. El nuevo trabajador parecía alto, pero como, a veces, la altura residía en el tronco y las piernas eran desproporcionadamente cortas, Bella prefirió no hacer juicios prematuros. En todo caso, y a diferencia de la mayoría de los ganaderos, el hombre prefería la camisa blanca y el pantalón blanco de algodón a la camisa de franela gris y el pantalón del mismo color; un poco dandy, pensó, divertida. Mejor para él, si no le importaba lavar y planchar con frecuencia.
— ¡Buenos días, señora! —gritó él, al acercarse, quitándose el viejo y raído sombrero gris y poniéndoselo de nuevo sobre la coronilla, con aire de truhán.
Al llegar junto a Bella, sus alegres ojos verdes la miraron sin disimular su admiración.
—Bueno, ya veo que no es la señora; por consiguiente, debe de ser su hija —dijo—. Yo soy Alec O'Neill.
Bella murmuró algo, pero se resistió a mirarle de nuevo, confusa e irritada hasta el punto de no poder pensar una adecuada contestación superficial. ¡Oh, no había derecho! ¿Cómo podía alguien atreverse a tener una cara y unos ojos tan parecidos a los del padre Edward? En cambio, su manera de mirarla era distinta; había en ella diversión, pero no amor. Desde aquel primer día en que había visto al padre Edward arrodillándose en el polvo del patio de la estación de Gilly, Bella había descubierto amor en sus ojos. Y ahora miraba sus ojos, ¡y no le veía a él! Era una broma cruel, un castigo.
Ignorando los pensamientos de la joven, Alec O'Neill mantuvo su bayo junto a la mansa yegua de Bella, mientras vadeaban el torrente, que todavía bajaba caudaloso a causa de la lluvia. Desde luego, ¡la chica era una belleza! ¡Y qué cabellos! Lo que no era más que barbas de mazorca de maíz en las cabezas de los varones Swan, era un adorno precioso en este pimpollo. ¡Si al menos le dejase ver mejor su cara! Y entonces pudo verla, y su mirada, bajo las cejas juntas, tenía una expresión extraña; no precisamente de desagrado, como si tratase dé ver en él algo que no podía ver, o como si hubiese visto algo que habría preferido no ver. Vete a saber lo que sería. Pero, de todos modos, parecía inquietarla. Alec no estaba acostumbrado a verse sopesado por una mujer, y esto representó una novedad para él. Pillado naturalmente en una trampa de cabellos crepuscular y de ojos dulces, mostró un interés que no hizo más que aumentar la inquietud y el disgusto de la joven. Sin embargo, seguía observándole, ligeramente abierta la roja boca, con unas diminutas gotas de sudor sobre el labio superior y sobre la frente, pues el calor apretaba, y con las rojizas cejas arqueadas en una muda interrogación.
Él sonrió y mostró los grandes dientes blancos del padre Edward; y sin embargo, no era la sonrisa del padre Edward.
— ¿Sabe que parece usted una niña pequeña, boquiabierta y asombrada?
Ella desvió la mirada.
—Lo siento. No quena ser impertinente. Me ha recordado usted a alguien; esto es todo.
—Mire cuanto quiera. Prefiero su cara a su cabellera, por bonita que ésta sea. ¿A quién le recuerdo?
—No tiene importancia. Lo extraño es que se parece mucho y, al mismo tiempo, es completamente distinto.
— ¿Cómo se llama usted, señorita Swan?
—Bella.
—Bella... Un nombre poco digno, que no le cae nada bien. Habría preferido que se llamase Madeleine; pero, si Bella es todo lo que tiene que ofrecer, tendré que resignarme. ¿Qué significa? ¿Tal vez Belinda?
—No; Isabella.
— ¡Ah! ¡Eso está mejor! La llamaré Isabella.
—No, ¡no lo haga! —saltó ella—. ¡Detesto este nombre!
Pero él se echó a reír.
—Está usted demasiado acostumbrada a hacer su voluntad, señorita Isabella. Si quiero llamarla Eustaquia Sofronia Augusta, lo haré; conque, ¡ya lo sabe!
Habían llegado a los corrales; él se apeó de su bayo, levantó un puño amenazador ante el belfo del rocín, y éste bajó sumisamente la cabeza. Después, el hombre esperó a que ella le tendiese las manos, para ayudarla a bajar. Pero ella tocó las lijadas de la yegua con los tacones de sus botas y siguió camino adelante.
—No va a dejar a la elegante dama al cuidado de los vulgares ganaderos, ¿eh? —le gritó él.
— ¡Claro que no! —respondió ella, sin volverse.
¡Oh! ¡No había derecho! Incluso cuando estaba de pie se parecía al padre Edward; alto, ancho de hombros y estrecho de caderas, incluso con algo de su prestancia, pero empleada de un modo diferente. El padre Edward se movía como un bailarín; Alec O'Neill, como un atleta. Sus cabellos eran igualmente tupidos, cobrizos y ondulados; sus ojos, asimismo verdes; su nariz, igualmente fina y recta, y su boca, también bien dibujada. Y sin embargo, no se parecía al padre Edward más que... que un falso eucalipto a un eucalipto auténtico, ambos igualmente altos y pálidos y espléndidos.
Después de aquel encuentro casual, Bella mantuvo los oídos abiertos a los rumores y chismes sobre Alec O'Neill. Emm y los chicos estaban contentos de su trabajo y parecían llevarse bien con él; según Emm, no sabía lo que era la pereza. Incluso Esme sacó una noche su nombre a relucir, declarando que era un hombre muy guapo.
— ¿No te recuerda a alguien? —preguntó casualmente Bella, que estaba tendida sobre la alfombra, leyendo un libro.
Esme pensó un momento.
—Bueno, creo que se parece un poco al padre Cullen. La misma complexión, el mismo color de la piel. Pero no es un gran parecido; son demasiado diferentes como hombres. —Hizo una pausa y añadió—: Bella, ¿no puedes sentarte en una silla, como una señorita, para leer? El hecho de que lleves pantalones no debe hacerte olvidar del todo la modestia.
— ¡Bah! —Dijo Bella—. ¡Como si alguien se fijara!
Y así quedó la cosa. Había un parecido; pero detrás de las caras había dos hombres muy distintos, y esto fastidiaba a Bella, porque estaba enamorada de uno de ellos y sentía remordimiento de encontrar atractivo al otro. En la cocina, descubrió que era el favorito, y también descubrió la causa de que llevase camisa y pantalón blanco para ir a la dehesa; la señora Sue le lavaba y planchaba la ropa, cediendo a su natural hechizo.
— ¡Oh! ¡Es un irlandés guapísimo! —suspiró Minnie, extasiada.
—Es australiano —dijo Bella, para provocarla.
—Tal vez ha nacido aquí, señorita Bella, pero, con un apellido como O'Neill, es tan irlandés como los cerdos de Carl, dicho sea con todo el respeto para su santo padre, señorita Bella, que en gloria esté y cantando con los ángeles. ¿Y cómo no puede ser irlandés, con unos cabellos tan cobrizos y unos ojos tan verdes? En los viejos tiempos, los O'Neill eran reyes de Irlanda.
—Pensaba que eran los Connor —replicó taimadamente Bella.
Los ojillos redondos de Minnie pestañearon.
— ¡Ya! Bueno, señorita Bella, ¡Irlanda era un gran país!
— ¡Vaya! ¡Tiene aproximadamente la extensión de Drogheda! Y en todo caso, O'Neill es un apellido de Orange; no puedes engañarme.
—Aunque sea así, es un gran nombre irlandés, que ya existía mucho antes de que nadie pensara en los hombres de Orange. Es un nombre de las regiones del Ulster; por tanto, es natural que lo llevasen algunos Orange, ¿no? Pero antes estuvieron los O'Neill de Clandeboy y los O'Neill Mor, señorita Bella.
Bella se rindió; Minnie había renunciado hacía tiempo a cualquier tendencia feniano que hubiese podido tener, y podía pronunciar la palabra «Orange» sin que le diese un ataque.
Una semana más tarde, Bella volvió a tropezarse con Alec O'Neill a orilla del torrente. Sospechó que él la había estado esperando, pero no supo qué hacer, si había sido así.
—Buenas tardes, Isabella.
—Buenas tardes —contestó ella, mirando al frente, entre las orejas de la yegua castaña.
—El próximo sábado por la noche, hay un baile en Braich y Pwll ¿Quiere venir conmigo?
—Gracias por invitarme, pero no sé bailar. Sería inútil.
—Yo le enseñaré a bailar en menos que canta un gallo; eso no es ningún obstáculo. Y, ya que voy a llevar a la hermana del patrón, ¿cree que Emm me prestaría el viejo «Rolls», ya que no el nuevo?
—Ya le he dicho que no voy a ir —replicó ella, apretando los dientes.
—Usted ha dicho que no sabe bailar, y yo le he contestado que la enseñaría. No ha dicho que no iría conmigo, aunque supiese bailar, y por eso pensé que lo que la disgustaba era el baile, no yo. Bueno, ¿lo pensará mejor?
Ella le miró irritada, furiosa, pero él se echó a reír.
—Es usted una niña mimada a más no poder, pequeña Isabella; ya es hora de que dé su brazo a torcer.
— ¡No soy una niña mimada!
— ¡A otro con ese cuento! Hija única, con todos sus hermanos desviviéndose por usted, sobrada de tierras y dinero, con una casa preciosa y criadas a su servicio. Ya sé que todo es propiedad de la Iglesia católica, pero a los Swan no les falta un penique.
« ¡Esta era la gran diferencia entre ellos!», pensó triunfalmente Bella. Hasta ahora no se había dado cuenta. El padre Edward no se habría dejado nunca seducir por los oropeles externos, pero Alec carecía de su sensibilidad, no tenía unas antenas innatas que le decían lo que había debajo de la superficie. Pasaba por la vida sin tener la menor idea de su complejidad o de sus sufrimientos.
Emm, muy asombrado, tendió las llaves del nuevo «Rolls» sin murmurar siquiera; miró fijamente a Alec unos momentos, sin hablar, y después, sonrió.
—Nunca pensé que Bella iría a un baile, pero llévela en buena hora, Alec. Supongo que a ella le gustará, pues tiene pocas ocasiones de divertirse. Quizá deberíamos llevarla nosotros alguna vez, pero siempre hay algo que lo impide.
— ¿Por qué no venís también tú y Mike y Paul? —preguntó Alec, por lo visto nada reacio a tener compañía.
Emm meneó la cabeza, horrorizado.
—No, gracias. No somos buenos bailarines.
Bella se puso su vestido de color de ceniza de rosas, pues no tenía otra cosa que ponerse; no se le había ocurrido emplear parte del dinero que el padre Edward había depositado a su nombre en el Banco, para comprarse vestidos para fiestas y bailes. Hasta ahora se había librado de todas las invitaciones, pues los tipos como Enoch Davies y Alastair MacOueen eran fáciles de convencer con un rotundo no. No tenían el descaro de Alec O'Neill.
Pero, mientras se contemplaba en el espejo, pensó que podría ir a Gilly la próxima semana, cuando mamá hiciera el viaje acostumbrado, para visitar a la vieja Gert y encargarle unos cuantos vestidos nuevos.
Porque odiaba llevar este vestido; si hubiese tenido otro sólo un poquitín adecuado, se lo habría quitado en un segundo. Habían sido otros tiempos, otro hombre de cabellos cobrizos, pero diferente, y el vestido estaba tan ligado a los sueños y al amor, a las lágrimas y a la soledad, que llevarlo para un hombre como Alec O'Neill le parecía casi una profanación. Pero se había acostumbrado a disimular lo que sentía, a aparecer siempre tranquila y exterior-mente feliz. Su autodominio la envolvía en una capa más gruesa que la corteza de un árbol, y a veces, por la noche, pensaba en su madre y se echaba a temblar.
¿Terminaría como mamá, privada de todo sentimiento? ¿Había empezado así mamá, en los tiempos del padre de Jake? ¿Y qué haría mamá, qué diría, si supiese que Bella conocía la verdad sobre Jake? ¡Oh, aquella escena en la casa rectoral! Parecía que había sucedido ayer; la pelea entre Carl y Jake, y Edward agarrándola a ella con tanta fuerza que le hacía daño, y aquellas cosas horribles, pronunciadas a gritos. Todo coincidía. Bella, cuando lo supo, pensó que habría debido adivinarlo. Era ya lo bastante mayor para darse cuenta de que el hecho de tener hijos requería algo más de lo que solía pensar; alguna especie de contacto físico absolutamente prohibido a los que no estaban casados. ¡Qué vergüenza y que humillación debió sentir la pobre mamá por culpa de Jake! No era extraño que fuese como era. Si le hubiese ocurrido a ella, pensó Bella, habría querido morir. En los libros, sólo las mujeres más bajas y ruines tenían hijos fuera del matrimonio; y sin embargo, mamá no era ruin, ni podía haberlo sido nunca. Bella deseó con todo su corazón que su madre le hablara alguna vez de ello, o que ella pudiese reunir el valor suficiente para atreverse a preguntarle. Tal vez, de alguna manera, habría podido ayudarla. Pero no era fácil abordar a mamá, y ésta no daría nunca el primer paso. Bella suspiró mirándose al espejo, esperando no verse jamás en un trance semejante.
Sin embargo, era joven, y en ocasiones como ésta, mientras se contemplaba con su vestido de cenizas de rosas, deseaba sentir, deseaba que la emoción la agitase como un viento fuerte y cálido. No quería andar atareada como un autómata durante el resto de su vida; necesitaba un cambio, y vitalidad y amor. Amor, y un marido y unos hijos. ¿De qué le servía suspirar por un hombre que nunca sería suyo? Él no la quería, no la querría nunca. Decía que la amaba, pero no como la amaría un marido. Porque estaba casado con la Iglesia. ¿Eran todos los hombres capaces de amar a una cosa inanimada, más de lo que podían amar a una mujer? No; no todos los hombres podían ser así. Tal vez los difíciles, los complicados, los que se debatían en mares de dudas y objeciones y argumentos. Pero tenía que haber hombres más sencillos, hombres que pudiesen amar a una mujer más que a todo lo demás. Hombres como Alec O'Neill, por ejemplo.
-Creo que eres la chica más hermosa que jamás había visto —dijo Alec, poniendo el «Rolls» en marcha.
Bella no estaba acostumbrada a los cumplidos; le miró de reojo, sorprendida, y no replicó.
— ¿No es estupendo? —preguntó Alec, sin acusar la falta de entusiasmo de ella—. Das vuelta a una llave, aprietas un botón del tablero, y el coche se pone en marcha. Sin tener que darle a la manivela y quedar rendido antes de que el motor le dé la gana de arrancar. Esto es vida, Isabella; no cabe la menor duda.
— ¿Quieres dejarme en paz? —dijo ella.
— ¡Por Dios que no! Has venido conmigo, ¿no? Esto quiere decir que eres mía para toda la noche, y no permitiré que nadie lo discuta.
— ¿Cuántos años tienes, Alec?
—Treinta. ¿Y tú?
—Casi veintitrés.
— ¿Tantos? ¡Si pareces una niña!
—Pues no lo soy.
— ¡Ya! ¿Te has enamorado alguna vez?
—Una.
— ¿Sólo una? ¿A tus veintitrés años? ¡Señor! A tu edad, yo me había enamorado al menos una docena de veces.
—Quizá yo habría hecho lo mismo, pero en Drogheda hay muy pocos hombres de los que enamorarse. Creo que tú fuiste el primer ganadero que me dijo algo más que «hola».
—Bueno, si no querías ir a los bailes, porque no sabes bailar, estabas fuera de órbita. Pero eso lo arreglaremos en un periquete. Antes de que termine la velada, sabrás bailar, y, dentro de unas semanas, tendremos una campeona. —Le echó una rápida mirada—. Pero no me digas que ninguno de los hacendados de por ahí te invitó nunca a un baile. Comprendo lo de los ovejeros, porque tú estás por encima de sus inclinaciones, pero algún joven patrono debe haberte mirado con ojos tiernos.
—Si estoy por encima de los ovejeros, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque tengo la cara más dura del mundo —rió él—. Bueno, no cambies de tema. Más de un patán de Gilly te lo habrá pedido, ¿eh?
—Alguno —confesó ella—. Pero, en realidad, nunca tuve ganas de ir. Tú casi me has obligado.
—Entonces, los demás son idiotas perdidos —dijo él—. Yo aprecio las cosas buenas al primer vistazo.
No estaba segura de que le gustase demasiado el tono de Alec, pero lo malo era que nunca daba su brazo a torcer.
En el baile, había gente de toda clase, desde hijos e hijas de los hacendados hasta peones con sus mujeres, los que las tenían; criadas y amas de llaves, y habitantes del pueblo, de ambos sexos y de todas las edades. Las maestras de escuela, por ejemplo, aprovechaban estas oportunidades para confraternizar con los aprendices de ganaderos, los empleados de Banco y los verdaderos hombres de la dehesa.
El lujo reservado a otras fiestas más formales brillaba en éstas por su ausencia. El viejo Mickey O'Brien venía de Gilly para tocar el violín, y siempre había algunos mozos dispuestos a tocar el acordeón, turnándose en el acompañamiento de Mickey, mientras el viejo violinista permanecía horas enteras sentado en un barril o en una paca de lana, tocando sin descanso y babeando del colgante labio inferior, porque tenía pereza de tragar la saliva, cosa que tal vez le habría hecho perder el ritmo.
Tampoco eran los bailes que había visto en la fiesta de cumpleaños de Tanya Denalí. Éstos eran más enérgicos: bailes en corro, gigas, polcas, cuadrillas, contradanzas, mazurcas, Sir Roger de Coverleys, en que sólo se tocaban ligeramente las manos de la pareja o se giraba vertiginosamente. Faltaba el sentido de intimidad, de ensoñación. Todo el mundo parecía considerar aquellos bailes como un simple medio de evasión de sus frustraciones; las intrigas románticas se desarrollaban mejor al aire libre, lejos del ruido y del jaleo.
Bella tardo poco en descubrir que era muy envidiada a causa de su arrogante pareja. El era blanco de tantas miradas lánguidas y seductoras como lo había sido antaño el padre Edward, sólo que éstas eran más descaradas. Como lo había sido antaño el padre Edward. Como lo había sido... ¡Qué terrible, tener que pensar en él empleando el más remoto de los tiempos del verbo!
Fiel a su palabra, Alec sólo la dejó una vez, el tiempo preciso para ir al lavabo. Enoch Davies y Liam O'Rourke estaban también allí, ansiosos por remplazarle junto a Bella. Pero él no les dio la menor oportunidad de hacerlo, y la propia Bella parecía demasiado aturrullada para saber que tenía perfecto derecho a aceptar invitaciones a bailar por parte de personas distintas de su acompañante. Ella no oyó los comentarios; Alec sí que los oyó, y se rió para sus adentros. ¡Qué desfachatez la de aquel tipo! Un simple ovejero, ¡y les birlaba la chica ante sus propias narices! Pero las censuras no significaban nada para Alec. Ellos habían tenido su oportunidad; si la habían desperdiciado, ¡tanto peor para ellos!
El último baile era un vals. Alec asió a Bella de la mano, ciñó su cintura con el otro brazo y la atrajo hacia sí. Era un excelente bailarín. Y ella descubrió para su sorpresa, que no tenía que hacer nada, salvo dejarse llevar. Por otra parte, el hecho de ser abrazada por un hombre, de sentir los músculos de su pecho y de sus muslos, de absorber su calor corporal, le producía una sensación extraordinaria. Sus breves contactos con el padre Edwardh habían sido tan efímeros que no había tenido tiempo de percibir pequeñas cosas, y había pensado sinceramente que lo que sentía en sus brazos no volvería a sentirlo en los de nadie más. Pero lo de ahora, aunque completamente distinto, era excitante; su pulso se había acelerado, y ella comprendió que él lo había advertido, pues la estrechó de pronto con más fuerza y apoyó la mejilla en sus cabellos.
Mientras volvían a casa en el «Rolls», iluminando el accidentado camino y lo que a veces ni siquiera era camino, hablaron muy poco. Braich y Pwll estaba a más de cien kilómetros de Drogheda, y todo eran dehesas, sin casas ni luces a la vista, sin rastro de humanidad. La elevación que cruzaba Drogheda sólo era unos treinta metros más alta que la llanura, pero, en aquellas tierras negras, subir a la cresta era como alcanzar la cima de un monte en Suiza. Alec detuvo el coche, se apeó y fue a abrir la portezuela del lado de Bella. Ésta se apeó a su vez, temblando un poco. ¿Iba a estropearlo todo, tratando de besarla? ¡Era un lugar tan tranquilo, tan apartado del mundo!
Había una valla medio podrida a un lado, y sosteniendo delicadamente a Bella de un codo, para que no tropezase con sus frívolos zapatos, Alec la condujo por el desigual terreno, lleno de madrigueras de conejos. Bella se asió con fuerza a la valla, contempló la llanura y perdió el habla; primero, de miedo, y después, de asombro, al ver que él no hacía ningún movimiento para tocarla.
Casi tan claramente cómo habría podido hacerlo el sol, la pálida luz de la luna descubría inmensas extensiones, donde la hierba, plateada, blanca y gris, rielaba y oscilaba como un suspiro inquieto. Las hojas de los árboles brillaban súbitamente como chispas de fuego al agitar el viento las frondosas copas, y grandes golfos de sombra se abrían misteriosamente al pie de los troncos como bocas del mundo subterráneo. Ella levantó la cabeza, quiso contar las estrellas y no pudo; delicados como gotas de rocío en una tela de araña, los luceros parecían encenderse y apagarse, en un ritmo tan eterno como Dios. Parecían suspendidos sobre ella como una red, bellos, silenciosos, como observando y escrutando el alma, como ojos de insectos que brillaran bajo la luz de un faro, ciegos por su expresión, infinitos por su poder visual. Los únicos sonidos eran el susurro del viento sobre la hierba o entre los árboles, algún chasquido del «Rolls» al enfriarse y la queja de algún pájaro adormilado y enojado al ver interrumpido su descanso, y el único olor, el fragante e indefinible aroma de la dehesa.
Alec volvió la espalda a la noche, sacó una bolsa de tabaco y un librito de papel de fumar, y empezó a liar un cigarrillo.
— ¿Naciste aquí, Bella? —preguntó, frotando perezosamente las hebras de tabaco sobre la palma de la mano.
—No; nací en Nueva Zelanda. Vinimos a Drogheda hace trece años.
Él puso el tabaco sobre la hoja de papel, enrolló hábilmente ésta entre el índice y el pulgar, pasó la lengua por la goma, cerrando acto seguido el pequeño cilindro. Después apretó las puntas con una cerilla, frotó ésta y encendió el cigarrillo.
—Esta noche te has divertido, ¿no?
— ¡Oh, sí!
—Me gustaría llevarte a todos los bailes.
—Gracias.
Él volvió a guardar silencio, fumando despacio y mirando, por encima del «Rolls», hacia el bosquecillo donde el irritado pájaro seguía piando furiosamente. Cuando el cigarrillo quedó reducido a una colilla entre sus dedos manchados, la dejó caer al suelo y la aplastó repetidas veces con el tacón de la bota, hasta tener la seguridad de que se había apagado. Nadie tiene tanto cuidado en apagar un cigarrillo como un ganadero australiano.
Bella suspiró y apartó la vista de la luna, y él la condujo al coche. Era demasiado prudente para intentar besarla tan pronto, ya que lo que pretendía era casarse con ella; tenía que esperar a que ella desease que la besara.
Pero hubo otros bailes, mientras el verano desgranaba su furioso y polvoriento esplendor; gradualmente, la gente de la casa se acostumbró al hecho de que Bella había encontrado un guapo acompañante. Sus hermanos se abstuvieron de gastarle bromas, porque la querían y apreciaban también bastante a aquel hombre. Alec O'Neill era el mejor trabajador que habían tenido, y ésta era la mejor recomendación. Como, en el fondo, tenían más de obreros que de patronos, nunca se les ocurrió juzgarle por carecer de bienes. Esme, que habría debido pesarle en una balanza más selectiva, no tenía ganas de hacerlo. En todo caso, la tranquila presunción de Alec de que era diferente de los ganaderos corrientes dio su fruto, y, por esta causa, fue tratado por los de la casa como uno de ellos.
Tomó por costumbre visitar la casa grande cuando no tenía que pernoctar en la dehesa, y, al cabo de un tiempo, Emm declaró que era una tontería que comiese solo cuando había comida de sobra en la mesa de los Swan, y entonces empezó a comer con ellos. Después de lo cual, pareció bastante injusto enviarle a dormir a más de un kilómetro de allí, cuando él era tan amable de quedarse a charlar con Bella hasta bien avanzada la noche; en vista de lo cual, le invitaron a trasladarse a una de las casitas destinadas a los invitados y que se hallaba detrás de la casa grande.
Por aquel entonces, Bella había empezado ya a pensar mucho en él, y menos desdeñosamente que al principio, cuando no hacía más que compararle con el padre Edward. La vieja herida estaba cicatrizando. Al cabo de un tiempo, olvidó que el padre Edward sonreía de otra manera con su boca igual a la de Alec, y que los vividos ojos verdes del padre Edward estaban llenos de serenidad, mientras que los de Alec brillaban de inquieta pasión. Ella era joven, y nunca había saboreado plenamente el amor, sino que sólo lo había probado fugazmente en un par de momentos. Deseaba paladearlo bien, llenarse los pulmones de su aroma, sentir su vértigo en su cerebro. El padre Edward se había convertido en el obispo Edward; nunca, nunca volvería a ella. La había vendido por trece millones de monedas de plata, y esto dolía. Si él no hubiese empleado esta frase aquella noche, junto al manantial, ella no le habría dado vueltas al asunto; pero la había empleado, y, desde entonces, ella había yacido despierta muchas noches, preguntándose lo que habría querido decir.
Cuando bailaba con Alec, sentía inquietas las manos sobre la espalda de él; su contacto y su fuerte vitalidad le producían una fuerte excitación. Cierto que no sentía por él aquel fuego oscuro y líquido en la médula de sus huesos, y no pensaba que, si dejase de verle, se marchitaría hasta morir, ni se estremecía y temblaba por una mirada de él. Pero, al llevarla Alec a las fiestas del distrito, había conocido mejor a Enoch Davies, a Liam O'Rourke y a Alastair MacQueen, y ninguno de ellos la emocionaba como Alec O'Neill. Si eran lo bastante altos para obligarle a levantar la cabeza para mirarles, no tenían, en cambio, los ojos de Alec, y, si alguno tenía la misma clase de ojos, no tenía los cabellos como él. Siempre carecían de algo que no faltaba en Alec, aunque ella no sabía lo que realmente poseía Alec. Es decir, aparte de que le recordaba al padre Edward, aunque se negaba a admitir que sólo la atrajese por esto.
Hablaban mucho, pero siempre de temas generales: el esquileo, la tierra, los corderos, o lo que él buscaba en la vida, o tal vez de lugares que había visitado o de algún acontecimiento político. Alec leía algún libro de vez en cuando, pero no era un lector inveterado como Bella, y ésta, por más que se esforzase, no conseguían nunca hacerle leer un libro por el mero hecho de que ella lo había encontrado interesante. Tampoco llevaba nunca la conversación hacia profundidades intelectuales; y lo más curioso e irritante era que no mostraba el menor interés por la vida de ella, ni le preguntaba lo que pretendía obtener de ésta. A veces, ella deseaba hablar de materias más relacionadas con su corazón que los corderos o la lluvia, pero, si apuntaba algo en este sentido, él era experto en desviar la conversación por cauces más impersonales.
Alec O'Neill era listo, vanidoso, muy trabajador y con un gran afán de hacerse rico. Había nacido en una mísera cabaña, exactamente sobre el trópico de Capricornio, en las afueras de la ciudad de Longreach, en Queensland occidental. Su padre era la oveja negra de una familia irlandesa acomodada, pero incapaz de perdonar, y su madre era hija de un alemán, carnicero de Wiston; cuando se empeñó en casarse con el padre de Alec, fue también desheredada. Había diez niños en aquella choza, y ninguno de ellos tenía unos zapatos que ponerse, aunque esto importaba poco en la tórrida Longreach. Alec, padre, que se ganaba la vida esquilando corderos cuando le apetecía (por lo general, le apetecía más beber ron OP), murió en un incendio de la taberna de Blackall, cuando el joven Alec tenía doce años. Por consiguiente, éste se largó en cuanto pudo para trabajar de ayudante de esquilador, encargado de embadurnar las heridas de las reses con pez fundido, cuando a un esquilador se le escapaba la mano y cortaba carne además de lana.
Había una cosa que nunca espantó a Alec, y era el trabajo duro; lo deseaba tanto como otros deseaban lo contrario, aunque nadie se había preocupado de averiguar si esto se debía a que su padre había sido un borrachín y el hazmerreír del pueblo, o a que había heredado el amor al trabajo de su madre.
Al hacerse mayor ascendió en el oficio y pasó a ser mozo de establo, en cuya condición corría arriba y abajo recogiendo los grandes vellones grises que volaban de una pieza, hinchados como cometas, para llevarlos a la mesa para ser descadillado. Allí aprendió a descadillar, limpiando la lana de pajillas y otras cosas, y pasándola a unos recipientes para ser examinada por el clasificador, que era el aristócrata del esquiladero, el hombre que, como el catador de vinos, no puede aprender el oficio a menos que tenga una predisposición instintiva para él. Y Alec no tenía instinto de catador; si quería ganar dinero, como era el caso, tenía que dedicarse a la prensa o al esquileo. Tenía fuerza para manejar la prensa, para formar macizas balas con los vellones clasificados, pero un buen esquilador podía ganar más dinero.
Como era muy conocido en Queensland occidental como buen trabajador, no tuvo dificultad para conseguir un puesto de aprendiz. Con habilidad, coordinación, fuerza y resistencia, cualidades que afortunadamente poseía Alec, un hombre podía convertirse en esquilador de primera. Pronto esquiló Alec doscientas y pico ovejas al día, seis días a la semana, y una libra cada cien; y esto con las finas tijeras llamadas boggi, por su semejanza con los lagartos de esta clase. Las grandes herramientas de Nueva Zelanda, de peines y hojas anchas y toscas, eran ilegales en Australia, a pesar de que, con ellas, un esquilador podía doblar su producción.
Era un trabajo muy pesado; tenía que estar siempre encorvado, con un cordero apretado entre las piernas, pasando su boggi a lo largo del cuerpo del animal para cortar la lana de una pieza y dejar la menor cantidad posible para un segundo corte, y haciéndolo al rape para complacer al jefe de la explotación, siempre dispuesto a echarle una bronca al esquilador que no atendiese sus rigurosas instrucciones. No le importaban el calor ni el sudor ni la sed, que le obligaban a beber más de tres galones de agua al día, y ni siquiera las irritantes hordas de moscas, pues había nacido en un país de moscas. Tampoco le importaba las muchas variedades de corderos, pesadilla de los esquiladores, ni que todos ellos fuesen merinos, lo cual quería decir que tenían lana desde el morro hasta las pezuñas y cuya piel era frágil y móvil como un papel resbaladizo.
No; el trabajo no importaba a Alec, porque, cuanto más duro trabajaba, mejor se sentía; lo que le irritaba era el ruido, el encierro, el hedor. Ningún lugar del mundo era tan infernal como un esquiladero. Por esto decidió convertirse en capataz, en el hombre que recorría las filas de encorvados esquiladores y observaba cómo cortaban los vellones con sus suaves y perfectos movimientos.
Y al fondo de la era, en su sillón de mimbre, Se sienta el capataz que mira a todas partes.
Así decía la vieja canción de los esquiladores, y esto era lo que Alec O'Neill había resuelto ser. El gallardo capataz, el jefe, el ganadero, el colono. Hl perpetuo encorvamiento, los brazos alargados del esquilador, no se habían hecho para él; prefería trabajar al aire libre, mientras entraba el dinero en sus bolsillos. Sólo la perspectiva de ser un esquilador de primerísima categoría, uno de esos raros hombres capaces de esquilar más de trescientos merinos al día, según las normas y empleando boggis, habría mantenido a Alec dentro de los corrales. Aquéllos ganaban, además, mucho dinero con las apuestas. Pero, desgraciadamente, él era demasiado alto, y los segundos que perdía encorvándose y estirándose, le impedían alcanzar aquella cima a pesar de ser un buen esquilador.
Entonces, dentro de sus limitaciones, pensó en otra manera de lograr lo que anhelaba; al llegar a este momento de su vida, descubrió que las mujeres lo encontraban muy atractivo. Había realizado su primer intento cuando trabajaba cuidando ganado en Gnarlunga, la heredera de cuya hacienda era una mujer muy joven y muy bonita. Pero quiso su mala suerte que ella prefiriese a un mozo cuyas chocantes hazañas se estaban haciendo legendarias en la región. Desde Gnarlunga pasó a Bingelly, donde obtuvo un empleo de desbravador de caballos, pero sin perder de vista la casa solariega, donde la ya entrada en años y nada atractiva heredera vivía en compañía de su padre viudo. Había estado a punto de conquistar a la pobre Dot, pero ésta había acabado sometiéndose a los deseos de su padre y casándose con el astuto sexagenario que poseía la hacienda vecina.
Estos dos ensayos le hicieron perder más de tres años de su vida, y decidió que veinte meses por heredera era demasiado tiempo y resultaba muy aburrido. Le convenía más viajar durante una temporada, cambiando con frecuencia de sitio, hasta que sus correrías le permitiesen descubrir otras perspectivas adecuadas. Divirtiéndose enormemente, empezó a recorrer los caminos ganaderos de Queensland, bajando hasta el Cooper y la Diamantina, el Barcoo y el Bulloo Overflow, en el rincón más alejado de la Nueva Gales del Sur Occidental. Tenía treinta años, y ya era hora de que encontrase la gallina que pusiese al menos algunos huevos de oro.
Todo el mundo había oído hablar de Drogheda, pero Alec aguzó los oídos cuando se enteró de que había allí una hija única. No podía esperar que ésta heredase, pero tal vez estarían dispuestos a dotarla con unos modestos 100.000 acres de terreno alrededor de Kynuna o de Wiston. Había buenas tierras en los alrededores de Gilly, pero aquello era demasiado selvático y boscoso para él. Alec ansiaba la enormidad del lejano oeste de Queensland, donde la hierba se extendía hasta el infinito y los árboles eran, sobre todo, algo que el hombre recordaba como vagamente existente hacia el Este. Sólo un herbazal continuo, sin principio ni fin, donde era afortunado el hombre que apacentaba un cordero por cada diez acres que poseía. Porque a veces no había hierba, sino sólo un desierto de suelo negro, resquebrajado y jadeante. La hierba, el sol, el calor y las moscas; cada hombre tiene su cielo, y éste era el de Alec O'Neill.
Se había enterado del resto de la historia de Drogheda por Jimmy Strong, el agente de ganado de «AMI & F» que le había llevado el primer día, y había sido un rudo golpe para él el descubrir que la Iglesia católica era la propietaria de Drogheda. Sin embargo, sabía por experiencia que las herederas de propiedades escaseaban mucho, y, por consiguiente, cuando Jimmy Strong siguió diciendo que aquella hija única tenía una buena suma de dinero propio y muchos hermanos que la adoraban, decidió llevar adelante sus planes.
Pues, aunque hacía tiempo que Alec había decidido que el objetivo de su vida era 100.000 acres de tierra en los alrededores de Kynuna o de Wiston, y había perseguido tercamente este fin, lo cierto era que, en el fondo, prefería el dinero efectivo a los medios que eventualmente podían proporcionárselo; más que la posesión de tierras y el poder inherente a ella, le atraía la perspectiva de largas hileras de cifras en una cuenta bancaria a su nombre. No había sido Gnarlunga ni Bingelly lo que había ambicionado desesperadamente, sino su valor en dinero efectivo. Un hombre que hubiese querido de verdad ser el amo de un lugar no le habría echado el ojo a Bella Swan, que no poseía tierra alguna. Ni habría amado tanto el duro trabajo físico como lo amaba Alec O'Neill.
