Cuestión de supervivencia

Estela estaba rodeada de gente, sobre las gradas del tribunal del Ministerio de Magia. Habían trasladado a todos los nomagos que actuarían como testigos hasta allí, y por lo que ella sabía, nunca se había hecho nada semejante en toda la historia del mundo mágico. La auror de cabello violeta la había acompañado personalmente, y se había sentado a su lado para asegurarse de que ningún posible traidor oculto entre el jurado atentara contra su vida cuando le tocara salir a declarar.

Los juicios en el mundo muggle duraban una eternidad, pero allí las cosas se estaban haciendo de forma mucho más rápida. El ingente número de acusados y la urgencia por trasladarlos a la prisión antes de que sus familiares intentaran liberarlos era uno de los motivos de peso para hacer las cosas de aquella manera. Muchos de los acusados habían tomado pociones que les impedían mentir, lo que había acelerado mucho el proceso. Pero en algunos casos especiales, como el del señor Cayado, sería necesario un poco más de tiempo. La balanza en su caso se inclinaba en distintas direcciones debido a los atenuantes y aún estaba en el aire la condena más apropiada.

En cuanto a los nomagos que se habían alzado contra sus amos, llegando a asesinar a algunos de ellos y a sus hijos, se había decidido por amplia mayoría que se los juzgara según las leyes no mágicas y en un tribunal corriente. Podrían haber huido, pero en lugar de eso, habían decidido vengarse y, en consecuencia, también debían pagar por lo que habían hecho.

Los primeros en ser juzgados fueron algunos miembros de la Unión a los que Estela no conocía. Tras la caída del Señor Oscuro, en Inglaterra, los dirigentes del movimiento en España habían sido descabezados por la resistencia, pero todavía quedaban muchos mortífagos que habían tomado parte en los secuestros, los asesinatos en masa de hombres, mujeres y niños, la venta de esclavos y por último, la propagación de la gripe mágica.

A estos los siguieron numerosos licántropos, vampiros y otras criaturas que también habían apoyado a la Unión y habían perpetrado violaciones, torturas, y crímenes de distinta índole.

Después del primer descanso, llegó la hora de la verdad.

—…y ahora el señor Cornelius Cayado y su esposa, padres del también acusado Cristian Cayado.

Un hombre y una mujer de unos setenta años fueron conducidos por un grupo de aurores hasta el centro de la sala. Tomaron asiento sobre dos sillas de hierro y, ante la atenta mirada de los magos que los habían escoltado hasta allí, aguardaron a que el juez continuara. Pese a todo, su dignidad impresionó a Estela.

Cornelius Cayado se parecía mucho a su hijo. O su hijo se parecía a él, más bien. Llevaba el cabello blanco a la altura de los hombros, y parecía una versión cuarenta años mayor de Cristian. Unas arrugas severas se habían extendido por su semblante, pero estaba en buena forma, a pesar de su edad. Su mujer, Aurora, tenía franjas de cabello oscuro y franjas blancas y llevaba un recogido muy elegante. Estaba un poco entrada en carnes, y vestía con una túnica azul marino muy clásica, que le confería un porte bastante majestuoso. Tenía un rostro un poco más amable que el de su marido, y Estela estaba convencida de que Cristian había heredado la forma de la nariz y la barbilla de la familia de su madre.

Estela los había conocido en la sala de visitas que habían habilitado los miembros del Escuadrón mágico, y aunque no se habían mostrado cercanos en absoluto, al menos habían guardado las formas. No aprobaban la decisión de su hijo y no tenían intención de fingir lo contrario. Tal y como estaban las cosas, Estela se conformaba con que sus relaciones fueran simplemente cordiales, aunque fuera por el bien de Daniel. Al menos, se habían mordido la lengua y no la habían insultado directamente, aunque estaba segura de que menos bonita, querían decirle de todo.

—Se los acusa de sufragar con capital privado numerosas iniciativas de la Unión, tales como la compra de inmuebles para el ocultamiento y reunión de sus miembros, la compra de armas y objetos mágicos, y de aportar capital destinado a la investigación y experimentación de sanadores de la Unión. Por último, también se les acusa de utilizar su propio hospital como base de operaciones para la creación de la gripe —terminó. El juez hizo una pausa, revisó algunos documentos que tenía sobre una mesita, y prosiguió—. Han accedido a declararse culpables, y a facilitar los nombres de otros partidarios de la Unión a cambio de la reducción de la condena. ¿Es correcto?

—Es correcto —contestó Cornelius Cayado, como si cada palabra le provocara un ardor indescriptible en la garganta.

Aurora alzó la vista y cruzó una mirada con Estela. Era la viva imagen de la resignación. Saber que su hijo dependía de ella para su defensa no debía resultarle nada tranquilizador.

Mientras su marido aportaba nombres, fechas y datos, ella se mantuvo en un respetuoso silencio.

—Y también, como fui yo quien tomó la decisión de apoyar a la Unión, deseo que a mi mujer se la juzgue por separado. Ella se limitó a obedecer, porque soy su marido y era su deber apoyarme, pero no participó de forma activa…cumpliré yo con su parte de condena, si es lo que quieren.

Aurora estalló en un sollozo y su marido la tomó de la mano.

—Cornelius, no…

—Serénate, por lo que más quieras.

Aquella escena pareció ablandar a buena parte del jurado, y se propuso una votación.

Finalmente, Cornelius fue condenado a tres años de prisión y a pagar una generosa indemnización a las víctimas de los experimentos. Su mujer cumpliría seis meses de condena y después sería liberada, pero solo podría reunirse con sus nietos por mediación de Estela.

Cuando se los llevaron, trajeron a varios miembros del equipo de sanadores de Cristian Cayado, quienes afirmaron haber tenido distintos niveles de implicación en la propagación de la gripe. Uno de ellos era el señor Noriega, que también intentó que lo juzgaran por separado, pero su esposa también era sanadora y trabajaban juntos, por lo que no pudo recurrir a la misma estratagema que Cornelius. En el caso de los sanadores el juez fue mucho más inflexible, y se decretó la ejecución o la cadena perpetua. Algunos propusieron incluso, que se los entregara a los dementores, pero el código legal mixto impedía aquella práctica.

De no ser por el testimonio de Fermín, los Noriega-Casado habrían sido ejecutados, pero, aunque el esclavismo era otro crimen que se podía añadir a la lista, él insistió en que también se habían visto obligados a actuar de aquella manera debido a amenazas de los miembros de la Unión. No haber maltratado a sus esclavos también había ayudado bastante. Al final fueron condenados a veinte años, con posibilidad de conmutar los últimos cinco por servicios a la comunidad, ayudando a los muggles afectados y a combatientes de la resistencia, que habían recibido ataques mágicos y que habían quedado incapacitados.

Los siguientes en aparecer fueron Luciano Calanegra, Tobías, Eusebio Avalos y Medea. A estos se los iba a juzgar de forma grupal, ya que habían formado un equipo durante la guerra y todo el mundo sabía que eran íntimos.

Estela tuvo que hablarles del suicidio de Rosita después de su reunión con Tobías, y de las conversaciones que los miembros de la Unión habían mantenido con Cristian, así como de lo ocurrido durante el asesinato de Tulipán. Había sido difícil, pero ni la mitad de duro de lo que le esperaba. Una vez consiguió poner sus ideas en orden, las palabras surgieron casi solas.

Luciano intentó atraer su atención varias veces, pero ella no se dio la vuelta.

—¿Cristian sí y yo no? ¿Qué ha hecho él por ti para que lo defiendas de esa forma? No es mejor que ninguno de nosotros, aunque te haya dejado preñada. Solo se ha casado contigo para guardar las apariencias… ¿Crees acaso que le importas? Es un cobarde y un traidor…

Estela sabía lo que pretendía Luciano. Si él iba a prisión, se aseguraría de que Cristian siguiera sus pasos.

Sin embargo, cuando se enteró de que lo iban a condenar a cuarenta años, su actitud se transformó. La valentía le había durado solo media hora.

—¿Mantener una relación sentimental con un nomago es un atenuante? Pues en mi caso, diría que…

—Señor Calanegra, todos sabemos que usted trató a la señorita Escudero con delicadeza porque desconocía su verdadera identidad. El caso de Cristian es radicalmente diferente, él sabía que ella era muggle, y no puede pretender…

—Pues precisamente por eso deberían tenerlo en cuenta. No lo hice por interés, eso por descontado.

Una cascada de risas sacudió las gradas. Menuda manera de darle la vuelta a la tortilla.

—Vamos, Estela, guapa, no seas tan dura conmigo…lo que dije el otro día no iba en serio…fui bueno contigo ¿no tienes nada que decir en mi favor?

Al final ella se dio media vuelta y se lo quedó mirando durante un rato. Se lo veía francamente desmejorado, pero si pensaba que aquel comportamiento le iba a salvar, estaba muy equivocado.

—Qué poca dignidad…—dijo, sin más, después ascendió las gradas para sentarse de nuevo, a la espera de su próxima intervención. Luciano volvió a explotar en una riada de improperios.

Medea y Tobías, puesto que eran los más sádicos y habían asesinado personalmente a decenas, si no cientos de muggles, serían ejecutados, mientras que Eusebio y Luciano pasarían casi un lustro encerrados entre cuatro paredes. Tras lo cual, serían sometidos a una vigilancia estricta, prácticamente de por vida y deberían mantenerse alejados de Estela y su familia.

—Bien, por último, juzgaremos a Cristian Cayado. Su caso es bastante más complejo, y les ruego que tengan paciencia.

Estela tragó saliva. Tenía el corazón en un puño. Todos se habían girado un poco para mirarla y ella se inclinó un poco hacia adelante cuando vio aparecer a Cristian.

Le habían permitido verle el día anterior y él le había confesado que no había conseguido encontrar a nadie que estuviera dispuesto a representarlo durante el juicio.

Al menos le habían permitido vestirse con cierta elegancia para la ocasión, y ya no llevaba puesto aquel mono color naranja butano. Llevaba puesta una de sus túnicas de trabajo, de color negro, y le habían curado las heridas del rostro. En la prisión sus compañeros no lo dejaban tranquilo y Estela sabía que lo estaba pasando mal. Nunca había sido un hombre violento y el encierro le estaba pasando factura.

—Señor Cristian Cayado ¿tiene alguna petición que hacer a este tribunal antes del comienzo del juicio?

—No, señoría —dijo. Acto seguido, buscó a Estela con la mirada y le sonrió con calidez—. Tengo todo lo que necesito.

Una riada de murmullos siguió a aquella intervención y a Estela le dio un vuelco el corazón. De nuevo se había convertido en el foco de las miradas del jurado.

Ese hombre iba a acabar con ella.

—Bien, señor Cayado, se le acusa de haber participado en la creación de la gripe mágica, al menos en sus fases iniciales, de haber apoyado a la Unión, de haber esclavizado a cuatro muggles, de haber provocado el suicidio de una de ellas, de nombre Rosita y de haber matado a otra, Tulipán. También de delitos menores, como el maltrato reiterado a dichas esclavas, y de haberlas coaccionado para que mantuvieran relaciones sexuales con usted. En concreto a Cisne, cuya verdadera identidad es Amelia García, y a Esmeralda González. Por otro lado, existen pruebas evidentes de su apoyo a la Resistencia, del envío de suministros desde su hospital, el traspaso de información sobre las actividades de la Unión, y…los recientes acontecimientos, en concreto su matrimonio con una de sus antiguas esclavas, la aquí presente Estela Escudero, a quien también ha dejado encinta, hacen que nos replanteemos nuestra decisión inicial de condenarlo a muerte. —El juez hizo otra pausa y miró a Estela—. Señorita Escudero, ¿sería tan amable de salir al estrado de nuevo?

Estela asintió y se tambaleó ligeramente. Sabía que se había quedado pálida, y la auror que se encontraba junto a ella la ayudó a bajar los escalones.

—Gracias —susurró ella, antes de caminar hacia el centro del círculo. Cristian estaba tan cerca que podría haberle tocado con la mano si hubiera querido.

Lo miró durante un breve instante, con evidente nerviosismo, antes de enfrentarse al jurado. Él la animó con un gesto sutil.

—Señorita Escudero, haga el favor de relatarnos los hechos desde que Cristian la compró en el mercado hasta la actualidad. No omita nada que crea que pueda ayudarnos a esclarecer los hechos.

Ella tomó aire. Aquello le iba a llevar un buen rato.

Cristian también le explicó al juez que había decidido comprarlas porque sabía cómo estaban las cosas fuera del mundo mágico. Sabía lo del canibalismo y los asesinatos, y creía que mantenerlas en su casa era más piadoso que dejarlas encerradas en jaulas o solas en medio de aquel panorama.

Algunos miembros del jurado interrumpieron a Estela cuando llegó a ciertas partes del relato. En concreto, una bruja de frondoso cabello castaño.

—¿Y la azotó?

—…sí, señora. Pero, como ya le dije, en aquel momento todavía no nos conocíamos, y él creía que aquello era necesario para reforzar su farsa. Solo me azotó de nuevo cuando Medea lo sometió con un filtro de amor. Les aseguro que se mostró muy arrepentido y que no disfrutaba con aquello.

Ella la contempló con cierta incredulidad. O como si creyera que era tonta de remate. Estela odiaba que la juzgaran tan a la ligera y entendía su escepticismo, pero sabía que Cristian lo lamentaba más que nadie.

Esmeralda y Cisne también salieron al estrado para relatar su versión de los hechos. Y no se ahorraron los detalles.

Cisne se echó a llorar en más de una ocasión y Esmeralda se mostró muy inflexible. La muerte de Tulipán y de Rosita las había afectado profundamente.

Pero al final quedó bastante claro que Cristian no las había forzado directamente, y ellas habían actuado más por miedo que por coacción pura y dura.

—…. y ¿dicen que los miembros de la Unión le forzaron a acabar con la vida de Tulipán?

—Sí, señoría —contestó Estela con aplomo.

—¿Trató de negarse?

—De forma sutil, pero en reiteradas ocasiones. Entenderán que, en su caso, su actuación fue…cuestión de supervivencia —terminó Estela.

Ni Cisne ni Esmeralda dijeron nada. Sabían que aquello era cierto. Habían estado presentes durante aquella conversación.

—…cuestión de supervivencia…—musitó el juez. Aquella respuesta parecía haberle convencido—. Señor Cayado…voy a hacerle una pregunta. Y espero que conteste con sinceridad. Ya sabemos que la señorita Escudero y usted se han enamorado, y que su relación, por extraña que sea, es real. Pero dígame. Antes de conocer a la señorita Escudero… ¿qué fue lo que le empujó a apoyar a la Resistencia? Todos sus amigos y parientes eran partidarios de la Unión.

Un silencio abrumador se extendió por la sala.

Él se aclaró la garganta y miró a Estela un segundo.

—Un hombre sabio dijo una vez que el mundo era un lugar repleto de maldad y de oscuridad y que solo existían dos formas de lidiar con ellas. Aceptarlo y formar parte de ese mundo…o luchar y ayudar a aquellos que quieren hacer de él un lugar mejor, aun a riesgo de fracasar. Durante mucho tiempo fui parte de ese mundo, pero…—dijo, y alargó una mano para estrechar la de Estela. El auror más cercano iba a detenerlo, pero se lo pensó mejor y le dejó hablar—. Ver a jóvenes encerrados en jaulas, como si fueran animales, a personas que eran inocentes sufrir por el capricho de unos cuantos asesinos… ¿cómo podía ser mejor un mundo así? Los miembros de la Unión hablaban de libertad…. de alzarnos con el poder, porque los magos eran mejores…y debían dominar a los demás por el bien mayor. Pero ¿mejores en qué? En lugar de utilizar la magia para hacer del mundo un lugar mejor, se limitaban a utilizarla para provocar más dolor, más temor, más odio, más ignorancia y más muerte. Nadie que albergue un mínimo de sentido común puede creer que eso está bien. Ni si quiera la venganza lo justifica… ¿cómo vas a vengarte de alguien que ni si quiera sabe que existes y que no te ha hecho absolutamente nada? Hace siglos una actitud así podría haber sido hasta comprensible, pero…a estas alturas ya no tiene sentido. Y no quería seguir formando parte de todo aquello. Soy un sanador, no un asesino. He tomado muchas decisiones equivocadas y he pagado por ellas…Nadie es perfecto. Siento no haber podido hacer más. No soy un héroe, solo un padre de familia que hizo lo que estuvo en su mano para proteger a aquellos a quienes quería.

El juez guardó silencio y después dijo, en voz alta:

—A la vista de las pruebas, y los testimonios, me es imposible dejarle en libertad, pese a que considero que sus actos fueron cuestión de supervivencia. Aun así…propongo una condena de seis años para el señor Cayado. El último año, será conmutado por servicios a la comunidad, y ayudará a los demás sanadores a cuidar de los muggles y miembros de la resistencia que han quedado incapacitados debido a ataques mágicos. ¿A favor de la condena?

La propuesta fue aprobada por una amplia mayoría.

A Estela le temblaban las piernas y Cristian la sujetó antes de que le fallaran del todo.

Estela se echó a llorar y él la abrazó con fuerza, ante la atenta mirada de los allí presentes. En circunstancias normales, se habría muerto de vergüenza, pero quería demasiado a ese hombre como para que le importase lo que pensaran de ella.

—Cálmate, mi vida…podría haber sido peor. Muchísimo peor. Solo serán seis años…

—Es mucho tiempo, Cristian. Esto no tendría que haber acabado así…—Sollozó ella y enterró la cara en su pecho—. Solo podrás ver a tus hijos durante las visitas…

—Has hecho lo que has podido, Estela. Tienes que ser valiente…por mí y por los niños —le dijo, y le acarició la tripa con una mano.

Ella intentó controlarse, pero no podía. Le necesitaba a su lado. Se sentía desfallecida, triste, sola y asustada.

—Esto no va a ser fácil para ninguno de los dos —continuó Cristian, y le dio un beso en los labios—. Pero confío en ti, Estela. Eres la mujer más fuerte que conozco. Y te quiero. Pronto volveremos a estar juntos, no te preocupes. Todo irá bien.

Ella se secó las lágrimas con la manga de la camiseta.

—Señor Cayado, por favor…tenemos que irnos —le dijo el auror. Parecía un poco disgustado con la tarea que le habían encomendado, pero una orden era una orden.

Estela se despidió de Cristian y se quedó sola, en medio de aquel círculo. Se sentía como si le hubieran arrancado en pedazo de su alma.

Seis años…eso era el doble de tiempo del que llevaban juntos.

La auror de cabello violeta la tomó de la mano y la obligó a regresar a la realidad.

—Vamos, acompáñeme, señorita Escudero. La llevaré a casa. Debe descansar.

Las cosas no habían salido como esperaba…pero tampoco tan mal como podrían haber acabado. Si ella no hubiera hablado en su favor, probablemente la condena habría sido mucho más elevada.

Cristian tenía razón.

Tenía que ser fuerte. No le quedaba más remedio.