21
Watson estaba dormido cuando Holmes entró en la estancia. Sus heridas estaban limpias y vendadas, y parecía casi en paz. Holmes sintió que se le encogía un poco el corazón. Esperaba que Watson estuviera despierto para poder estar al fin verdaderamente juntos. Eso tendría que esperar un poco más. Con mucho cuidado, procurando no despertarlo, Holmes se inclinó y le apartó suavemente el pelo de los ojos. Watson dio un levísimo respingo, pero no despertó.
Holmes se sentó en la silla que estaba junto a la cama. Esperaba que Watson despertara antes de que los médicos lo hicieran salir. No quería que estuviera solo cuando abriera los ojos. Holmes se dispuso a tomar su mano, pero recordó cómo lo sobresaltaba el contacto físico.
"¿Por qué reacciona así? —se preguntó—. ¿Le duele que lo toquen o cree que sigue estando prisionero de Wilson?"
Otra teoría se coló en su mente (¿qué más le habría hecho Wilson a Watson?), pero le repugnó tanto que intentó bloquearla en el acto.
Observó dormir a Watson durante un rato, intentando pensar en lo que iba a decirle a su amigo cuando finalmente despertara. ¿Le preguntaría por los detalles de su cautiverio? ¿Habría algo que lo obsesionara? Wilson ya estaba muerto. Aun así, puede que Watson necesitara hablar de ello. Por otro lado, si lo que Holmes estaba sospechando era cierto (¿y cómo podría preguntarle a Watson tal cosa?), puede que Watson deseara no hablar nunca de ello.
"Pero quizá necesite hacerlo, por el bien de su cordura —razonó Holmes, y sus pensamientos siguieron dando vueltas en esa dirección—. ¿De qué otro modo sabrá Watson que estoy dispuesto a escucharlo si no saco el tema? ¿Tal vez sea más feliz si se limita a escribirlo en sus diarios?"
Aún estaba intentando decidir qué decirle cuando un ligero ruido proveniente de la cama atrajo su atención hacia Watson.
Watson gemía suavemente, retorciendo las sábanas con las manos. En el momento en que Holmes se disponía a extender un brazo, Watson abrió los ojos de golpe. Con suma debilidad, miró a su alrededor hasta que sus ojos se detuvieron en Holmes. El detective contuvo la respiración, y cuando el reconocimiento se instaló en la mirada de Watson, dejó escapar un enorme suspiro de alivio.
—Holmes —dijo Watson con voz ronca—. E-está herido.
Holmes miró el cabestrillo que sujetaba su brazo y esbozó una débil sonrisa.
—Sólo un rasguño, mi querido amigo. Usted está mucho peor que yo.
Los labios de Watson se curvaron ligeramente ante aquel afectuoso término.
—Parece cansado —susurró—. Necesita dormir.
Parecía que sólo pudiera pronunciar dos palabras cada vez antes de que el esfuerzo lo agotara.
—Lo haré, Watson. No se preocupe —lo tranquilizó Holmes, sin saber si ahogar una risa o un sollozo. Después de todo lo que Watson había pasado, su primera preocupación había sido el bienestar de Holmes. Tragó saliva—. Usted también necesita descansar —dijo al fin.
Un levísimo destello de alarma brilló en los opacos ojos de Watson.
—N-no —tartamudeó.
—Todo está bien, Watson —dijo Holmes con dulzura—. Ya está a salvo. Ambos lo estamos. Puede dormir sin temor.
—¿Estará usted…? —comenzó a preguntar Watson, empezando ya a cerrar los ojos a pesar de sí mismo.
—Me quedaré todo el tiempo que los médicos me lo permitan —prometió Holmes.
Pero Watson ya había vuelto a quedarse dormido.
Holmes se recostó en la silla, sintiendo un escozor en los ojos.
"Watson está bien, y yo estoy cansado."
Agradeció en silencio a Lestrade que lo hubiera convencido para dejarse atender. Si Watson lo hubiera visto cubierto de sangre, se habría alterado muchísimo.
—Lo siento, pero tiene que irse ya.
La voz que llegó desde el umbral de la puerta sobresaltó a Holmes, interrumpiendo sus pensamientos. Sintió la tentación de negarse y presentar batalla. Pero prevaleció el sentido común. Enfrentarse al personal del hospital no ayudaría a Watson en absoluto. Muy a su pesar, Holmes abandonó la habitación.
—Puede volver mañana —oyó decir a la enfermera.
Holmes asintió. Sí, eso haría.
Lestrade y Gregson seguían sentados donde los había dejado. Mencionó que Watson había abierto los ojos brevemente, pero no entró en detalles.
—Se pondrá bien —le aseguró Lestrade.
Gregson asintió, secundándolo.
—Si hace que se sienta mejor, uno de nosotros puede quedarse aquí por si vuelve a despertar —propuso—. Le enviaremos un telegrama.
—Gracias —murmuró Holmes.
Tras una breve discusión, Lestrade fue el elegido para quedarse en el hospital mientras Gregson acompañaba a Holmes hasta su casa.
—A la señora Hudson la aliviará saber que ambos están bien —dijo Lestrade.
"Conociendo a la señora Hudson, lo más probable es que no esté tranquila hasta que nos vea entrar a Watson y a mí en el 221-B por nuestro propio pie", pensó Holmes.
Comparado con los anteriores trayectos que había realizado en el transcurso de aquella pesadilla, el viaje a casa le pareció misericordiosamente breve.
En el momento en que traspuso el umbral, la señora Hudson se le acercó y lo abrazó con gran ternura. Al principio, Holmes se quedó demasiado sorprendido para reaccionar, pero luego le dio una palmadita en el hombro justo antes de que ella se apartara.
—Ya he empezado a preparar la cena, señor Holmes, y espero que se la coma—dijo con dulzura.
A Holmes le sorprendió descubrir que se sentía un poco hambriento. Sonrió y asintió.
—Y después quiero que se acueste a descansar —continuó la señora Hudson mientras se alejaba—. Ha pasado por una prueba muy dura y tendrá que tomarse las cosas con calma para que pueda recuperarse.
—Cloqueando como mamá gallina —murmuró Holmes, tumbándose en el sofá.
Pero ¿podría dormir? Recordó lo que le había dicho a Watson.
"Watson ya está a salvo. Ambos lo estamos."
La verdadera pesadilla había terminado. Holmes sólo tenía que seguir repitiéndoselo. Ahora, tan sólo quedaban los fantasmas.
"Watson tendrá preguntas —pensó—. Y yo tendré que responderlas cuando se encuentre más fuerte."
Aún no sabía qué iba a decirle a Watson, ni qué preguntarle. Tal vez, si dormía un poco, se le ocurriera algo. Puede que todo lo que necesitara fuera una cabeza despejada; de ese modo, las respuestas acudirían a él.
Cuando la señora Hudson volvió a entrar, encontró a Sherlock Holmes profundamente dormido en el sofá. Sonriendo, dejó sobre la mesa la bandeja que traía. Fue a su habitación y cogió una manta de la cama. Regresó a la sala de estar y lo cubrió tiernamente con ella.
X X X
La mañana trajo una lluvia fría. Holmes procuró abrigarse bien antes de salir para evitar volver a ser víctima del instinto maternal de la señora Hudson. No quería quedarse en el apartamento todo el día, y menos cuando Watson se encontraba finalmente a salvo en el hospital. El desayuno que le sirvió bastó para mantenerlo caliente durante la mayor parte del trayecto al hospital.
Durante el desayuno, Holmes había estado ensayando las respuestas que daría a las preguntas de Watson. Por desgracia, ni el sueño ni el ensayo sirvieron de mucho. Sólo tenía una vaga idea de lo que iba a decirle y de qué modo lo haría.
Watson parecía algo más repuesto que la noche anterior. Al menos, parecía estar más lúcido. Holmes sabía que pasaría mucho tiempo hasta que su amigo se recuperase por completo de su experiencia, tanto física como mentalmente. Tenía que admitir que las secuelas psicológicas lo asustaban más que las físicas.
—Holmes —lo saludo Watson, sonriente.
Holmes le devolvió una inquieta sonrisa.
—¿Cómo se encuentra, amigo mío? —Tuvo que emplear cada onza de su autocontrol para que no le temblara la voz.
—Cansado, muy cansado. Pero también aliviado.
Holmes asintió. Entendía lo que decía Watson.
Watson pareció titubear un instante.
—Holmes —dijo al fin.
—¿Sí? ¿Qué pasa, Watson?
Watson tiró de un hilo que sobresalía en su manta.
—Me estaba preguntando… —Su voz se apagó.
—Adelante, si tiene alguna pregunta haré lo que pueda por responderla —prometió Holmes, y al instante se preguntó si había cometido un error.
—Es sólo que lo último que recuerdo… antes de ser capturado… —Escupió esas cuatro palabras tan deprisa que casi parecían formar una sola—, es haber estado hablando con Thurston. Habíamos estado jugando al billar, y luego… él estaba muy alterado por… algo. Me pidió ayuda, y luego… —Watson empezó a temblar.
Holmes le tomó la mano con cautela. Esa vez Watson no respingó.
—¿Qué le ocurrió, Holmes? Todavía no consigo recordarlo, por mucho que lo intente. —Watson miró a Holmes a los ojos—. ¿Lo sabe usted? Ese animal que me secuestro, ¿le hizo daño a Thurston?
Holmes no supo qué responder. ¿Debería contarle a Watson la verdad? ¿Que ese hombre por el que estaba tan preocupado lo había traicionado? ¿Que lo había vendido al diablo por dinero y que luego se quitó la vida debido a los remordimientos? ¿Podía Holmes contarle eso?
Podía mentirle a Watson… Las únicas personas que estaban al tanto de la traición de Thurston eran Thurston y Wilson, y ambos estaban muertos.
"Pero si Watson recupera la memoria…, ¿cómo se sentirá al saber que le he mentido una vez más?"
Watson se quedó mirándolo con ojos llenos de confianza. Holmes respiró hondo.
—Thurston… se suicidó —dijo al fin.
"Al menos no es mentira."
—Sí —dijo, anticipándose a la siguiente pregunta de Watson—. Fue suicidio, sin lugar a dudas. La puerta y las ventanas estaban cerradas por dentro, y Thurston sujetaba firmemente el arma del delito… Lo siento mucho, Watson.
—Suicidio… —murmuró Watson—. ¿Por qué?
—Se culpaba por su secuestro —dijo Holmes.
"Con toda la razón", agregó mentalmente.
—¿Consiguió escapar de ellos, entonces? ¿Acudió a usted?
"Watson, tonto confiado", pensó Holmes con una mezcla de frustración y afecto.
—Sí, escapó, y no, no contactó conmigo. Tuve que acudir yo a él.
¿Aún había simpatía en los ojos de Watson? ¿Ni siquiera la más mínima sospecha de traición?
"Watson, ¿es que no entiende lo que intento decirle?"
Sí, aún estaba debilitado por la experiencia, pero aun así…
—El pobre diablo estaba tan aterrorizado cuando hablé con él… —dijo Watson con voz queda—. Eso es lo que mejor recuerdo, su terror.
Holmes se mordió la lengua para no soltarle toda la verdad.
"¡Thurston no merece su piedad, Watson!"
Watson cerró los ojos. Holmes pensó que se había quedado dormido. Entonces, Watson volvió a hablar.
—Pero ¿quién me capturó? ¿La misma persona a la que Thurston le debía dinero?
—¿Recuerda a un criador de canarios del East End? Usted lo conoció durante mi… desaparición.
Watson asintió con una expresión ligeramente perpleja.
—Scotland Yard no vio nada sospechoso en él. Acabé pensando que tenían razón y que mis conclusiones carecían de fundamento.
Empezó a toser. Holmes apoyó una mano en su hombro, estabilizándolo.
—Tranquilo, Watson. Creo que deberíamos continuar esta conversación en otro momento. Ya lo he cansado bastante.
—No, por favor, Holmes, cuénteme más —suplicó Watson.
—De acuerdo, pero sólo si guarda silencio.
—¿Mis sospechas sobre él eran correctas, después de todo?
—Ya le he dicho que se calle —lo regañó Holmes con afecto. Luego, volvió a ponerse serio—. Sí, usted tuvo razón todo el tiempo.
La expresión de Watson mostró una mezcla de sorpresa y miedo.
—Yo tenía razón… —repitió.
—Sin duda, Lestrade y Gregson estarán desesperados por venir a suplicar que los perdone por no haberlo escuchado —dijo Holmes, medio en broma.
Watson lo miró fijamente durante un momento, y Holmes leyó la pregunta en sus ojos.
—Wilson está muerto, Watson. Se ha extirpado una pústula del East End de Londres.
Watson esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Ésa es una buena frase. Tendré que recordarla.
Volvió a cerrar los ojos.
—Pensando ya en su próxima historia, ¿eh? Creía que el siguiente caso que planeaba publicar sería el de Baskerville—lo provocó Holmes, aunque se preguntó si Watson realmente querría hacer público este caso, dado lo personal que era.
Watson no respondió, y su respiración acompasada le dijo a Holmes que había vuelto a quedarse dormido.
—Duerma bien, amigo mío.
