[20/06/19]


Tus manos son muy pequeñas; no puedo darte lo que soy.


Existen personas cuya sola presencia parece alterar el curso del universo. Sentado en el balcón, fumando un cigarrillo viejo, piensa en lo infinitamente minúsculo que es, lo patéticamente irrelevante que es en el gran esquema de las cosas y lo poco probable que parece que las pequeñas acciones cambien el mundo. Piensa en sostener el universo en la palma de sus manos, un viaje de mil días y mil noches para ver el mundo entero, su universo finito suspendido en medio de la nada por la gracia de Uno cuyo diseño perfecto es incomprensible. Yamato nunca se ha considerado a sí mismo un Existencialista pero, hombre, fumar le hace cosas.

Tomó la decisión de irse, mucho antes de decirle. La verdad más simple es que recuerda mejor a Natsuko como se miraba el día que se fue y su padre, el vestido blanco con flores que usaba y como no podía evitar pensar que era apropiado para la muerte de algo. Mimi no está usando blanco y no está usando flores. Su abrigo color lavanda es simple y delicado, dando un toque infantil a su marco. Piensa en la primera vez que le dijo que la amaba; se veía hermosa en ese momento, también. Siempre será así y sabe que eso, al menos, no lo olvidará.

La manera en la que ella lo mira es casi suficiente para que busque otro cigarrillo. Casi, pero no lo suficiente.

Mimi lo sorprende al no llorar, sosteniendo en vez su taza de porcelana y dando un largo sorbo. Esto es lo que lo confunde, lo que hace que le sacuda los nervios. El silencio crece entre ellos, feo y opresivo y quiere sacudirla, decirle, me voy y no puedes detenerme. Pero sabe la respuesta en sus ojos color miel; ella entiende, no va a levantar un dedo para detenerlo. Por supuesto que no, debería esperarlo. ¿Qué sabe ella de los misterios del universo? ¿Qué podría ella desear, con su vida perfecta, de lo desconocido? Irracionalmente molesto, Yamato se pone de pie y tira un par de billetes en la mesa; se va antes de decidir quedarse.

Cuando regresa a casa, tarde esa noche, el apartamento está vacío. No se había dado cuenta de cuánto espacio ocupa Mimi en su vida hasta el momento en que ve, sorprendido, lo vacío y poco amigable que es su apartamento sin ella. Pero la decisión está tomada y la cama, al menos, le pertenece. Duerme profundamente después de un par de tragos y es incapaz, de alguna forma, de deshacerse del aroma que permanece a su alrededor.

Tarda meses en comprender lo importante que es el tacto para los humanos.

Vuelve después de tres años de haberse ido a JAXA, un hombre completamente distinto que para todos los propósitos pertinentes, permanece igual. Su apartamento ha sido rentado a unos chicos de universidad y su hermano no vive en la ciudad. No ha visto a Natsuko desde antes de irse y puede imaginar sus ojos azules llenándose de lágrimas; decide quedarse en un hotel, al menos mientras encuentra un nuevo apartamento. No tardará mucho; el programa espacial, por lo menos, paga tremendamente bien. Ya han pasado dos semanas desde su regreso y se sigue ajustando a la vida lejos de la estación, cuando la ve.

Está usando un vestido ajustado y su color verde esmeralda resalta el dorado de sus ojos y mucho más en él. Por un momento no puede dejar de verla, de pensar y no puede moverse. Se da la vuelta, sus ojos pasan sobre él sin una pizca de reconocimiento y respira pero entonces están de nuevo sobre él y se queda sin aliento.

—¿Yamato? —le llama, dubitativa, pero se mueve hacia él y cuando se encuentran de frente, le duele que se ha detenido antes de abrazarlo. Esto, más que nada, lo conmociona, como duele que no lo ha tocado aún.

—Volviste—le dice, y su labio tiembla.

En su sueño, aquí es donde la besa. Ahí, en medio de la calle, con personas moviéndose a su alrededor sin atreverse a tocarlos e interrumpirlos. En este sueño Mimi está triste, llora pero se aferra desesperadamente a a su cuello y tiene el perdón en los labios y él limpia la amargura y la terrible soledad de los últimos tres años en sus mejillas.

Esto no es su sueño.

En este escenario, Mimi está feliz de verlo, realmente, pero no ha llorado. Ni siquiera lo abraza, aunque sostiene su brazo por un momento y lo presiona con afecto. Aquí, es una empresaria exitosa, el lujoso restaurante al final de la calle es suyo (¿Lo puedes creer?), y ha hecho tantas cosas desde que se fue. Ha viajado por el mundo, siguiendo su sueño, encontró el amor de su vida. Está en el restaurante, también y (Tienes que conocerlo. Ah, ¡no puedo creer que estás en casa!). Yamato no tiene que escuchar que es un famoso jugador de fútbol para saber que va a odiarlo. Pero Mimi, en uno de esos raros momentos de claridad, deja de hablar. Se sonroja, hermosa y sonríe con algo de pena y es como si los últimos tres años no han pasado.

Toca su mejilla y le da un dulce beso.

—Bienvenido a casa —le dice y él responde gracias, porque en sus manos está la verdad, su felicidad atrapada en ese anillo de oro y la certeza de que podría haberle dado todo, si tan solo hubiese sabido. Pero su Mimi nunca ha sido la clase de persona que espera y él debería haberlo sabido desde el inicio. Una serie de posibilidades minúsculas e infinitas siguen apareciendo en lo más profundo de su mente, aplacadas por la certeza de que ya no es suya y que en este mundo, ya ha sido negado.