Capítulo XXI
Inquietud
Se veía a sí misma arrastrada hacía la salida de la cueva en la que había sido mancillada, el modo en que InuYasha la poseyó estaba lejos de cualquier animo romántico, lejos de la calidez, que sus maneras anteriores habían parecido prometer, aquella noche en que la luna había iluminado su amor… la noche en que ella le entregó su alma.
La luz de las antorchas encendidas tanto como el animo de los habitantes de la tribu al recibir como un regalo permisivo la consumación de los esponsales, la desequilibró aún más. Medio desnuda recordaba como los ojos de los youkais se posaban lujuriosos sobre su cuerpo, una sensación poderosa de "traición" se alojó en su alma, y de pronto se vio en el piso, sobre la hierba… vestida como las sacerdotisas antiguas, con el blanco, antes inmaculado de su ropa, manchado de sangre. Una esfera de un brillante color rosa se le escapaba de entre los dedos cuando un pie con fuertes garras blancas le pisoteaba dolorosamente la muñeca. Como pudo alzó la mirada nublada por el padecimiento y distinguió los dorados ojos de InuYasha. Sintió como el alma se le desgarraba… el odio se apoderaba de ella un poco más con cada carcajada de su agresor, del maldito hanyou que la había engañado.
Kagome se incorporó con violencia en el futón que era su cama. La luz de algunas farolas iluminaban la estancia, unas perladas gotas de sudor se dejaron vislumbrar en su frente y una bocanada de aire se introdujo en sus pulmones, otra vez ese sueño, ese sueño angustiosamente real, venía apareciendo cada noche desde hacía cuatro días, el tiempo que llevaba unida al señor de estas tierras. Suspiró cansada y se dejó caer atrás en el futón sin dejar de pensar en las imágenes que poblaban su mente, el sueño fresco aún, en ese momento preciso del despertar en que aún recordamos los detalles y las sensaciones, llevó una mano hasta su hombro izquierdo percibiendo el dolor de una herida abierta y sangrante, el calor emanando de ella, el calor de su vida que la abandonaba, sus oídos llenos de las carcajadas de… de… de InuYasha… los ojos se le humedecieron por las lágrimas. La voz que había escuchado despiadada en su sueño, era tan exacta a la que el hanyou usara con ella la última vez que le habló, ahí frente a todos los youkais que la admiraban como una especie de trofeo… "¿ahora seré suficiente para una sacerdotisa?"… la mano que antes sostuviera el recuerdo de una herida en el hombro, ahora se había alojado en su pecho intentando cubrir la herida de su alma, ¿cómo se había transformado tanto amor en esto?... ¿cómo había podido un sentimiento que se le antojaba precioso convertirse en odio?... ¿cómo?...
-La perla… - fue todo lo que logró articular en un leve susurro, casi como una sentencia, y aquello la llevó inevitablemente a recordar el motivo real de su venida a este sitio.
Secó las lagrimas de su rostro con una mano, tragó el llanto en su garganta y respiró todo lo profundo que su cuerpo entristecido le permitió. Se levantó temiendo al dolor que su cuerpo había experimentado los días anteriores, pero apenas algún musculo se resintió, sabía que el modo casi cruel con que InuYasha la había poseído tenía mucho que ver con el padecimiento de su cuerpo los días anteriores, rozó con la yema de sus dedos las tres marcas leves que había en su pecho, hechas por las garras de él, respiró profundamente e intentó mirar a su alrededor algo de ropa para salir de aquel cubil en el que la habían mantenido. Mientras urgaba entre las telas que había en un rincón, recordaba el modo en que el hanyou la había arrojado al que había sido su lecho luego de exponerla de un modo tan insensible ante la muchedumbre, la luz en la cueva no había sido mucho mayor que la que llegaba hasta ella ahora, pero recordaba el brillo casi feroz de aquellos ojos dorados cargados de ira… ni una sola palabra había salido de su boca, ni una sola, y desde entonces, hacía ya cuatro días que no había vuelto a aparecer.
Una voz tras de ella la distrajo.
-Mi niña…- la voz de Rasme le pareció tan dulce en ese momento, se sintió realmente como una niña desamparada y sola, no la había visto desde antes de la boda.
Miró los ojos compasivos de la mujer que la había acompañado en esta travesía de locos, podía leer en ellos la pesadumbre por todo lo acontecido, y aunque tuvo que tragar la tristeza que le producía, notando como sus emociones luchaban por salir, le sonrió. Tras de ella vislumbró la figura pequeña de un hombre, se aventuró hacía ellos unos pasos y la claridad de la entrada le permitió mirar un poco mejor a ese nuevo visitante, que parecía incapaz de sostener la mirada de sus ojos marrones.
-¿Usted es?... – preguntó Kagome inclinándose un poco con sútil deferencia, vestida con la túnica blanca de dormir que eran ropajes de su templo. Los ojos claros del hombre se aventuraron en ella.
-Myoga mi señora…- contestó con un poco más de seguridad, probablemente infundida por la gentileza de la sacerdotisa.
Kagome pudo notar, por los surcos que se marcaban en su rostro como muestras claras de una avanzada edad, que era un anciano y también que aquellas huellas del tiempo se suavizaban en un intento de sonrisa. Percibió además que, aunque su apariencia era bastante humana, la energía youkai que emanaba de él le identificaba con claridad como tal.
-Vengo como mensajero del amo InuYasha – se atrevió a continuar el hombre.
Kagome retuvo el aliento por un segundo, cuando el anciano mencionó el nombre del hanyou que estaba grabado a fuego en su piel y en su corazón, era dificil de interpretar un sentimiento de ese tipo, desear odio y no poder tenerlo. Asintió con la cabeza para que Myoga continuara con su misión de mensajero.
-El amo dice que la señora tiene a su disposición una de las Maritú, accesible al templo y al árbol mayor – la reverencia con que se refería el hombre a InuYasha no pasó inadvertida para Kagome, de seguro este era uno de sus servidores más fieles, por tanto alguien en quién ella no podría confiar. – Rin vendrá a ayudarle también.
-Gracias anciano Myoga – respondió con suavidad casi sonriendo, bajando por un segundo la mirada en muestra de respeto, para ver luego el asombro por recibir dicha amabilidad en los ojos del mensajero.
El hombre respondió a la gentileza del mismo modo y se retiró, dejando a Rasme como única compañía para Kagome, que se quedó mirando a la mujer entregándole sus pensamientos.
-Hemos recorrido un largo camino para llegar aquí Rasme… - dijo Kagome, enfrentando la mirada cálida de su doncella – ya es hora de comenzar con la tarea que me reclama.
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La Maritú que le había nombrado Myoga antes, era una habitación con muchas ventanas que dejaban entrar una grata luz, similar en extensión a la que tuvo Kagome cuando llegó. No pudo evitar pensar en el por qué de este cambio, después de que se había sentido casí confinada en aquella cueva, pensó que InuYasha no la sacaría jamás de ahí. Aunque no es que ahora tuviera demasiada libertad, sabía bien que vigilando la entrada se encontraba un guardia, y aunque solo fuera uno, la fuerza de un youkai no era algo que se pudiera despreciar.
Rin había llegado minutos antes, y al ver como Kagome cepillaba su cabello, se ofreció a hacerlo por ella. La sacerdotisa que llevaba dentro le dijo que podía confiar en la muchacha, cuyos ojos eran limpios como su alma. Y sin embargo había algo en ella que no podía comprender:
-¿Cómo es que una humana vive en medio de los youkais?...- preguntó con suavidad Kagome, mientras le cedía el cepillo a Rin, que tomaba uno de los mechones de oscuro cabello, para comenzar con su labor. La muchacha sonrió ante la pregunta.
-Contrario a lo que puedas pensar mi señora, esta tribu respeta la vida … - dijo la chica, casi con gratitud – cosa que no se puede decir de todas las razas.
Kagome pensó entonces en que Rin tenía razón, ya había escuchado muchas veces de la crueldad con que algunos asesinaban.
-Lo comprendo – agregó Kagome.
Ambas mujeres se quedaron en silencio, en tanto Rasme continuaba organizando las vestimentas de la sacerdotisa, extendiéndolas dentro de un baúl que parecía el trozo de un tronco ahuecado y acondicionado para tal uso.
Rin pareció meditar si continuar con la conversación. Kagome por su parte sabía que había que respetar al alma de quienes te rodeaban, abriendo una puerta a la comprensión, sin forzar el cruce de ella.
-El señor Sesshomaru me rescató … - dijo Rin, con una inflexión tan serena en su voz que a Kagome no dejo de sorprenderla – él me arrancó con sus garras de las garras de un youkai lobo … me salvó de la matanza que acabó con mi aldea.
Kagome se quedó en silencio, recordando la especial crueldad de los youkais lobo, su salvajismo, y las historias que su amiga Sango le contaba sobre ellos. Notó cómo Rasme elevaba la mirada, para fijarla en la joven muchacha que cepillaba el cabello de su niña.
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No muy lejos de ahí, un medio youkai se paseaba como si se tratara de un animal enjaulado, dentro de su propia maritú.
-La señora ya esta apostada – se escuchó la voz de Myoga a entrar.
-Ya lo sé … - casi rugió InuYasha. Y luego, después de un breve silencio, susurró inquieto - Puedo olerla desde aquí.
-Es una mujer muy hermosa y amable – se atrevió a agregar el anciano, recibiendo como respuesta un gruñido bajo, acompañado de una mirada que parecía querer fulminarlo –. Lo siento – dijo finalmente, inclinándose ante su señor, para salir presuroso -. Pero la voz de InuYasha lo detuvo.
-¿Cómo estaba?...- intentaba saber, la inquietud en su interior no se aplacaba al paso de los días como él pensó. Cuando comprendió que Kagome iba a desposarse con Sesshomaru la ira cubrió por completo su ser.
No había podido quitar de sus recuerdos, la mirada que ella le lanzó, cuando expuesta del modo que la ley youkai exigía, él le sostenía el brazo con fuerza. Aún no lograba borrar de su memoria la sensación de "traición" que se apoderó de él cuando levantó el velo que le cubría el rostro. ¿Es que ella no era conciente de lo que la esperaba si hubiera sido su hermano quien se casara con ella?. La voz de Myoga interrumpió sus pensamientos.
-Se veía algo cansada, si a eso se refiere, amo InuYasha – respondió el youkai.
-Cansada…- repitió el hanyou, más para sí mismo, que para su acompañante.
-Pero es una mujer fuerte… - intentó continuar el anciano.
"Fuerte", se repitió InuYasha en su mente. Eso ya lo sabía, lo había podido comprobar durante el tiempo que estuvieron juntos, una de las cosas que más admiraba de ella era aquella fuerza… solo lamentaba que todo hubiera terminado de esta manera. El cumpliendo con un deber que su hermano le había impuesto meses atrás, cuando le informó que la unión entre los youkais y los sacerdotes era algo que los beneficiaría, más ahora que los exterminadores se habían dividido entre ellos, y vuelto muy peligrosos. Los youkais ya no eran tan poderosos como diez siglos atrás y el poder espiritual de los sacerdotes los beneficiaría. InuYasha entonces no quiso aceptar su destino, se rebeló ante la idea de tener que ser una marioneta de Sesshomaru y le dejó a él la responsabilidad de esa unión … pero luego de todo lo sucedido con Kagome, ya no le importaba. Había conocido el amor… y este le resultó demasiado amargo.
Y a pesar de todo, el destino parecía empecinado en unirlos. No entendía por qué su alma parecía decirle a gritos que se pertenecían. Y súbitamente lo invadió la imagen de una sacerdotisa antigua disparando sus flechas hacia hordas de youkais de oscurecidos espíritus.. Había en aquella imagen evocada de un poder dolorosamente mortífero, algo que parecía advertirle de un mal que les acechaba, a él y a la hermosa sacerdotisa, a la que ayudaba, y que se había apoderado de su alma y de su voluntad
-Amo… los comerciantes estan entrando en nuestras tierras - escuchó nuevamente a Myoga, como si le hablara desde un tiempo que no era su presente, trayéndolo de vuelta. Se dio un segundo para reaccionar, ante la mirada interrogativa de su fiel servidor. Pero la sensación de aquel mal acechando, le caló los huesos. Y se quedó dentro de él.
-Veamos qué traen – dijo avanzando hacía la salida con un golpe suave en el hombro del anciano, algo que a éste le arrancó un gesto de satisfacción. Era la mayor muestra de afecto que InuYasha le daba, pero ya lo conocía demasiado, y sabía bien que aquello era bastante.
El hanyou se giró y miró al youkai.
-Sí Kagome quiere salir de su maritú, permíteselo…- dijo al tiempo en que se disponía a partir, pero antes de cruzar el umbral se volvió hacia el anciano y agregó – pero que esté vigilada en todo momento, no me fio de los chantares.
Caminó por los puentes colgantes que había entre una copa y otra de los árboles, escuchando la callada, pero inquieta expectación de los habitantes de la tribu, para los que la venida de chantares o comerciantes no dejaba de ser una novedad, a pesar de la turbación que les provocaba.
Observó las construcciones a su derecha, y luego bajó su mirada hacia las de la izquierda. Parecía como si el aire al completo estuviera impregnado del aroma de su hembra, de Kagome. Maldijo las esencias que la habían ocultado tan efícazmente de su olfato unos días atrás. Y de pronto la vió. Apoyada en el balcón de madera de su maritú, buscando con la mirada la razón de la impaciencia de la tribu, y haciendo un gesto hacia quienes la acompañaban dentro.
Sin esperarlo se quedó ahí, como petrificado, cuando ella, como si hubiera adivinado su presencia se giró con rápidez observando en su dirección. Le pareció la visión más hermosa que podía imaginar, tan hermosa como le pareció en aquel lago, cuando solo la conocía de días, tan hermosa como aquella noche de luna llena, en que había sido suya de un modo tan diferente, aquella noche en que se llenó la boca con la dulzura de su sangre. Tan hermosa como la primera vez que la había marcado, de pronto todo su cuerpo pareció helarse, al comprender que no se refería a este tiempo… sino a muchos siglos antes, ¿y si Miroku en sus absurdas ideas tenía razón?, ¿y si las almas se reencontraban?... Sacudió la cabeza intentando eliminar aquel pensamiento que venía inquietándolo, y saltó desde el sitio en el que estaba, usando los troncos de los árboles como apoyo para bajar hacia los comerciantes que comenzaban a desplegar sus mercancías.
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Kagome había escuchado atenta a Rin contar el modo en que Sesshomaru, siendo un youkai feroz, la había salvado de lo que habría sido una muerte segura. A medida que la muchacha relataba, su voz iba mostrado cada vez más la adoración que sentía por su señor, y Kagome, a pesar de la forma en que las cosas se iban desarrollando con InuYasha, se alegró de no haberse unido con el ser que le resultaba claramente el objeto del afecto de Rin. De pronto el sonido de un tumulto fuera, las voces de los youkais de la tribu, que parecían exaltados por algo, obligó a las mujeres a detener su conversación. Kagome elevó la larga túnica que llevaba para no pisarla, y avanzó hacía el balcón que había en su habitación, si fueran otras las circunstancias de su estadía en ese sitio, habría podido deleitarse con la hermosura de aquellas construcciones, y las vistas que le entregaban.
Salió y vió a los youkais bajando de los árboles, sigilosos, del mismo modo que se desplazaban los guardias el día que llegó, aferrándose de los troncos sin necesidad de escaleras o cuerdas. La sorprendió la inquietud, la forma en que madres con sus hijos colgados de sus espaldas bajaban igualmente por los troncos. El ambiente parecía enrarecido y Kagome no pudo evitar sentir la intranquilidad que se gestaba. Los árboles parecían susurrar entre ellos, o al menos era lo que ella como sacerdotisa podía percibir, y la visión de las ramas afianzándose para proteger a los youkais la sorprendió.
-Vengan a ver esto…- se apresuró a llamar a sus compañeras, Rin que ya avanzaba tras ella, aún con el cepillo en la mano y Rasme, que hasta ahora, continuaba poniendo las ropas de Kagome en el baúl, cuidando de separar las vestimentas de sacerdotisa, de las transparentes telas que le dijeron debía vestir Kagome en la tribu.
-Son chantares …- dijo Rin, sin mucha emoción, lo que Kagome no pudo pasar por alto, dado el talante de alegría que solía rodear a la muchacha.
-¿Chantares?... – consultó intentando leer en el espíritu su acompañante.
-Sí … comerciantes …- respondió la chica, con la misma calma – viene cada tres ciclos lunares, y traen consigo telas, semillas que no producimos … cualquier cosa con lo que se pueda comerciar.
Kagome pudo percibir que había en aquella explicación un desagrado evidente. Pero de pronto, todo pareció perder importancia. Sintió como si alguien la estuviera quemando con la mirada. Se volteó y fijó sus ojos, casí instintivamente en la figura que se alzaba varios metros sobre ella, en uno de los puentes que comunicaban las copas de los enormes árboles.
-InuYasha …- susurró de forma prácticamente imperceptible. El sentimiento en su alma era algo que no podía confesar. Verlo ahí apoyado en las sogas que conformaban la estructura … Los ojos dorados parecían querer consumirla, y tuvo que respirar profundamente ante la presión que él estaba ejerciendo en ella.
Sentía como si ningún poder espiritual que poseyera fuera capaz de protegerla del innegable amor que le tenía, y se preguntaba cómo podía aún amarlo. Y recordó sus ojos dorados llenos de ira, cuatro días atrás, cuando la expuso a toda la tribu y le habló como si la odiara. Y recordó la fuerza con que se había enfrentado al youkai lobo por ella, cuando apenas se conocían. Recordó también la manera en que la había protegido a costa de su propia vida, durante las innumerables batallas que habían compartido siglos atrás.
Se llevó una mano al pecho, asustada por estas sensaciones que le hablaban, cada vez más, de la posibilidad de que este fuera un "reencuentro". ¿Podía confiar en él?, ¿podía hacerlo participe de la misión que tenía?. Lo vió saltar y avanzar hacía la aglomeración de youkais, y comprendió que él también estaba asustado. Pero, ¿había podido el temor con su amor antes?, ¿antes de esta vida?. La pregunta se gestó en su mente, casi como una certeza y una pulsación la sacudió por dentro. Miró en dirección al oeste y como si algo la hubiera llamado desde la distancia, supo que encontraría las respuestas, y entonces decidió acudir a ella.
-Rasme… - dijo girándose hacía la mujer – debo salir.
"Cuando soñaba contigo, todo te lo daba,
eras el infinito prendido de mis dedos,
y ante la imagen fascinante de tu amor,
yo me desvanecía… y volvía a ser.
Le diste a mi alma la certeza de lo eterno,
y ahora … ante el espejo de mis temores,
me pregunto si seremos realmente inmortales."
Continuará…
Ufff… esto si que parece un parto… puchas que me cuesta para cumplir con los capitulos, pero van saliendo, claro, que se me enfría el horno antes de sacar el siguiente… jejeje… pero en fin.
Espero que este cap. les haya gustado, se va intensificando la sensación de vidas anteriores, al menos espero que se comprenda bien esa idea, que en el fondo es la esencia de la historia, el "reencuentro", las cosas comenzaran a ponerse complejitas a partir de ahora, así que a afirmarse y esperar, que esta escritora medio lenta, no las dejará abandonadas.
Infinitas gracias por la fidelidad y la compañía, por leer y seguir esperando por mis historias ... y recuerden …
Siempre en amor.
Anyara
P.D.: Gracias, además, por las sugerencias de canciones para inspirarme…
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