El noticiero de la BBC de la tarde, The Six O'Clock News, presentó a sus conmocionados televidentes muggles -que en Londres oían el paso de rápidas sirenas de policía-, imágenes de bosques que ardían, huida de pobladores y carros de bomberos tratando de apagar edificios en llamas.
―Buenas tardes -saludó Peter Sissons-, éstos son los titulares de la seis en punto de la tarde. Caos en localidades del Reino Unido. Incendios devastadores atribuidos oficialmente a malas condiciones de cuidado y factores climáticos, azotan Norte y Suroeste de Inglaterra. Debido a extraños, pero naturales mecanismos de supervivencia, la fauna ha abandonado cada bosque incendiado, formando enormes manadas. Se espera en las siguientes horas un desmentido sobre rumores acerca de una serie de enfrentamientos en poblaciones cercanas a los incendios forestales, que han generado columnas de desplazados que tratan de alejarse de las zonas de conflicto. El Ejército Republicano Irlandés, en su más reciente comunicado, se ha deslindado de tales acciones. La reunión de emergencia convocada por el Parlamento…
La actitud del gobierno del Reino Unido, en coordinación con el Ministro Scrigemour, era desviar la atención hacia causas naturales e investigaciones en curso, lo que podría tener éxito si los ataques Slytherin cesaban en el corto plazo, o la situación se volvería incontrolable.
Mirando de pie, desde una cima de roca, el incendio nocturno en Little Whinging, en los mismos suburbios de Londres, con sus flamas en danza de destrucción, y oyendo las sirenas de bomberos en las calles, Morthred pensaba que estaba en sus manos arrasarlo todo.
No había entrado a Londres para atacar en su totalidad. Esta noche, Little Whinging tenía casi mil Slytherin en escobas sobrevolando invisiblemente al Norte del río Támesis. El enfrentamiento se había llevado a cabo usando barreras de invisibilidad, que los muggles detectaron como aquellos incendios oficialmente espontáneos. Y en esta zona terminaba el alcance del Archivo que le revelara Ludapolamérica. Ir más allá era ir a una zona fuera de la observación del Departamento de Seguridad Mágica.
Aunque sí incursionaron. Había acudido con Ludapolamérica y Pansy Parkinson. Ésta no le gustaba desde su época de meterse con Granger y que finalizó por una mirada de ira de Morthred, que la hizo dar media vuelta para no volver a burlarse de Hermione. Pansy tampoco le gustaba por haber sido una eficaz inquisidora. Le estaba dando oportunidad porque ella consiguió la lista de nombres del Ejército de Dumbledore que después sirvió en la Rebelión. Y estaba pensando darle algún mando para meterla en situaciones de alta dificultad y que mostrara si tenía como fuente de valor, algo más que pensar en sangres limpias y sucias.
The Daily Prophet no tenía cobertura amplia en áreas londinenses, no como los periódicos muggles The Daily Telegraph y The Guardian, de Londres.
La capital era un auténtico caos. Al salir a Drury Lane los cruzó el aullido y luces móviles de decenas de sirenas de la policía.
Caminando rápido por el barrio Covent Garden, entre su población de artistas que estaban hechos un océano de agitación, Pansy Parkinson seguía a Morthred como niña buena. Protegidos por Ludapolamérica -sin poder evitar lo que era y yendo con los consejos de Chloë Norbert-, al salir a la calle Drury Lane emergieron a un mar de gente dividida en civiles que protestaban y policías con cascos, protecciones y escudos, empujando y golpeando con macanas a los manifestantes.
The Telegraph
Gobierno sofoca manifestaciones en Covent Garden
Los ecos del desastre al Norte del Támesis, que ennegrecen el cielo con humaredas de fuegos, toman forma de graves protestas ciudadanas para conocer la verdad de lo que sucede a la orilla del Gran Londres.
La incursión de los tres en el Teatro Drury Lane, construido tres años antes de los sucesos que llevaron a la promulgación del Estatuto 666, reveló la existencia de una vacía prisión clandestina. Trelawney, que apareció un momento en su nueva personalidad y al parecer mayores poderes, le confirmó que el profesor Snape estuvo ahí. Pero no solo Morthred tenía problemas al lograr su objetivo, oyendo las sirenas de policía y ambulancias ululando sin parar. El Ministerio estaba colapsado. Los nuevos ingresos de más Slytherin en el transcurso de esos días habían hecho ascender la Rebelión a diez mil. Dejando a dos mil apostados en Hogwarts, el resto no solamente luchaba en poblaciones en disputa o cuidaban lo conquistado de ocasionales contraataques de los mortífagos, sino que en escobas surcaban caminos e identificaban los puntos intermedios a donde se dirigían los mortífagos y sus auxiliares muggles en sus retiradas. Los aurores eran asignados a proteger a los civiles. El Ministerio era orillado a prácticamente romper la regla de oro de no permitir el uso de magia en zonas muggles. Se sostenía frente a la crisis porque los Slytherin no habían dado el paso decisivo de entrar a Londres.
Sombrío, esa medianoche Morthred acudió a Little Hangleton, donde todavía se combatía, para hacer explotar, personalmente, la casa de los Riddle.
Mirando las llamas que consumían aquel lugar, Morthred con los puños en la cintura, iracundo por la frustración, pensó en la posibilidad de también arrasar lo que quedaba del Valle de Godric porque ahí nació el fundador de Gryffindor, y también Mould-on-the-Wold sólo porque ahí vivían los Dumbledore, e incluso demoler la Mansión Malfoy junto con Dankworth Manor, para zafarse, los Slytherin de hoy, de esa herencia nefasta. De entrada, no tendría consideraciones con sus propios padres, cuya captura en Devon le notificaron esa tarde.
Los Lestrange también habían sido aniquilados, éstos por Slytherin adultos. Un extraño acuerdo en su mente les hizo concluir que los familiares de Bellatrix eran sangre sucia a su manera. Sangre sucia eran todos esos que trabajaban para hacer a la Casa de Slytherin arrodillarse ante un loco y advenedizo.
Morthred estaba furioso, y comenzaba a pensar en extender la búsqueda de profesor Snape, sin pruebas, atacando al azar.
Voldemort no estaba inactivo. La resistencia de los mortífagos y sus amigos muggles continuaba. En medio de eso Morthred debía seguir buscando al profesor Snape. Haber visto los giratiempos le hizo pensar si el Maestro no estaría atrapado en el pasado, que se le hubiera dejado allá. De ser así, existiría hoy alguna señal. Morthred tenía destacados a dos mil Slytherin en Hogwarts para que buscaran toda señal como escrito o mensajes aparecidos en el castillo que fueran del profesor.
Era indudable que el profesor Snape había estado en Ottery. La misma Sybilla Trelawney se lo dijo cuando por fin pudo hablar. Ella permaneció raptada por razones relacionadas con la cacería que hizo el profesor de Pociones, de aquel metamorfo con aspecto de Dumbledore, la noche del duelo en el aula. Mas aquello había sido una aventura de Potter.
Voldemort había retenido a Trelawney, mientras pensaba qué uso darle, hasta que por recibir el ataque en Ottery abandonó a la profesora y huyó, dejando a sus esclavos enfrentar la situación. Pero ella había visto al profesor Snape en la mazmorra. El Maestro estaba inconsciente y eso, en la impresión de Trelawney, fue motivado por la influencia en el Señor Tenebroso, de las continuas dudas de Bellatrix sobre Snape. Ella tuvo la intuición de que se le interrogaba manteniéndolo inconsciente. Era la mejor forma de salir de dudas. Que se lograra a la fuerza, había sido un pequeño capricho de la difunta Bellatrix Lestrange.
Morthred, junto con Ravenscroft, había comprobado en Hogwarts que la profesora McGonagall no sabía nada de nada. Movida a confesar pensando en el bien de sus alumnos, manifestó que su actitud con Morthred se debía sencillamente a que desconfiaba en él.
―De hecho, lo considero un enemigo de Hogwarts, señor Dankworth -opinó ella, serenamente- Creo que debe estar en Azkabán.
―Suerte con eso -le sonrió.
Recelo, ira y preocupación la condujeron a negarse a hablar aquella vez con Dankworth, lo cual dio la impresión de saber más de lo que sabía, esto es, como dijo Finkelstein, sólo que el Señor Tenebroso había requerido la presencia de Snape. Al no volver el profesor a la hora que indicó, ella reportó su desaparición. Por supuesto que el Ministerio asignó a sus mejores aurores a la búsqueda. El error cometido por ellos fue intentar dejar fuera del asunto, por la misma desconfianza que les generaba, al Aprendiz de Snape.
Aquello era un cruce de decisiones e intereses barridos por la intervención de la Casa de Slytherin. Creer que todos los Slytherin eran Lestrange en potencia o peor aún, Crabbes, era una completa ingenuidad. Nadie fuera de los Slytherin había tomado en cuenta ese factor. Que el Mastín de Snape saldría en rescate de su Maestro removiéndolo todo. Que los Slytherin, movidos por las declaraciones de Morthred en el Tribunal, empezarían con protestas ante la autoridad y que hallarían en ello, razón para empujarlos a la guerra, haciendo saltar por los aires el equilibrio de poder de una forma que sólo ellos podían llevar a cabo. Sólo Slytherin podía llevar conjuros y fuego contra Voldemort y los magos cómplices por decisión, tibieza o incapacidad.
El Ministro Scrigemour estaba convirtiéndose en figura de ornato. El asunto entero estaba a un tris de dejar de ser problema del mundo mágico. La Rebelión gravitaba naturalmente, a expandirse hacia el mundo muggle.
Si extendía su búsqueda a Londres, Morthred sería capaz de llegar a donde fuera, incluso al Palacio de Buckingham, la residencia del monarca británico, o atacar el Parlamento. Y eso sería declaración de guerra absoluta. Aun con los Slytherin vencidos, las otras casas serían atacadas por las autoridades muggles. Los ecos repercutirían. Colegios en otros países serían perseguidos por los gobiernos muggles, entendiendo que los magos eran una amenaza. Y amenazados, el daño causado por los magos sería mayor que el de sus enemigos. Nadie se rendiría. Sería, estrictamente,una Tercera Guerra Mundial.
Morthred se dirigió a Hogwarts.
En lo alto del campanario diestro, Morthred, de brazos cruzados, veía a través del gran ventanal, con el enorme bronce varios metros más arriba.
―Dankworth -subió un inquisidor.
―Dime.
―Es Granger.
―Hazla pasar, por favor.
No volteó. Se colocó las manos en puños, en la cintura, al oír sus pasos, mirando por el ventanal. Los estudiantes que cuidaban la puerta bajaron por la escalera de piedra, anexa al pozo central.
Hermione, que se había duchado y cambiado con ropaque dejó en el colegio desde los días de ser rehenes, no hizo preámbulo. Simplemente, indicó:
―Vengo a pedirte que te detengas.
Él rio como de buena gana.
―Seguro que sí.
―¿No te parece que has hecho suficiente?
―Por supuesto que no.
―¿Piensas eso porque no has encontrado a Snape?
―¿Por qué otra razón?
―¿No ves lo que has generado? Se ha hecho un caos. En el camino a Hogwarts he visto escenas increíbles. Estamos en un ambiente de guerra.
―Yo respondí a lo que existía.
―Varios alumnos han cambiado muchísimo, parece que los has vuelto Slytherin.
―O sea, malos.
―No quise decir eso.
―Ellos encontraron un camino.
―Es más que eso, Morthred. ¿Te das cuenta en lo que convertiste a Neville? ¡Nadie lo creería! He hablado con él en estas horas. Se ha vuelto oscuro. Longbottom, por Merlín, Longbottom. Su expresión noble está cruzada por una mirada fija y llena de odio. Has vuelto oscuros a muchos de otras casas. Los tienes atrapados en lo que llamas ese Batallón Cedric. Es el nombre de tu cárcel. Son unos fanáticos. Hablan de libertad como quien desea imponer una tiranía. Si alguien te conoce en tu faceta oscura los transformas, las conviertes a tinieblas extrañas, sacas lo peor de ellos. Parece ser más grave entre más te quieren. Morthred, ¿qué haces, qué eres?
No habló de alguien que la había impresionado más que Neville, ésta, casi con espanto: la profesora Sybilla Trelawney. Aquella mujer insegura, errática, llena de nerviosismo, que poco más y movía a compasión, había cambiado hasta ser irreconocible. Desde que la rescataran los Slytherin, y colocándose de su lado, había perdido todo aire de inquietud. Usaba unos anteojos de montura negra, aguda, como de ojos de gato. Y el aumento había desaparecido. Llevaba el cabello más corto y peinado perfectamente. Se le veía más concentrada, enigmática, hablaba con voz pausada, seria, acariciante; había cambiado sus ropas estilo tienda de campaña por un traje negro que le entallaba… Era sorprendente la buena figura que tenía. Semejaba una auténtica bruja cautivadora con aquel vestido que le sentaba de maravilla. Los ojos de varios alumnos la seguían en flashazos. Incluso alguien tan formal como Corvus D'Uberville se notaba a veces afectado por el magnetismo de la profesora. Ella parecía estar tratando de hacerse más amiga de Ludapolamérica, ante la ira furiosa de Norbert. Y por el aire que irradiaba, bello, cruel, nadie dudaría que la nueva Sybilla sería capaz de lo que fuera para alcanzar el propósito que tuviera. ¿A qué se debía? ¿El poder de Slytherin estaba creciendo? ¿Estos días equivaldrían al ascenso en el cielo de una Luna verde espectral? ¿Quién lo estaba desencadenando?
―Quizá se deba a mis padres mortífagos -opinó Morthred.
La castaña se enteró en ese momento del tema. Estupefacta, comentó con aire sereno:
―Oímos rumores de que fueron enviados a Azkabán.
Él asintió, mirando a lo lejos. Una larga nube cruzaba la noche más allá del ventanal.
―Me enteré cuando dejé de verte. Me enviaron a Hogwarts pensando que me convertiría en mortífago antes de sexto grado.
―Hablando así me haces pensar en Krum. Nunca me lo dijo, pero creo que algo grave le hiciste. Me pregunto si has dañado a otro que te haya hecho sentir celos por acercárseme.
―Ya veo cuánto lo quieres. ¿Quién dice que no estoy haciendo lo que ellos me ordenaron? ¿Quién dice que no he engañado a todos, empezando por Snape? ¿O a ti, para parecer normal, y mi misión era crear esto?
―No lo creo.
―Ilústrame.
―¿Por qué me diste la poción para las manos de Harry? Tú lo detestas.
―Fue para dar una lección a ustedes, Gryffindor.
―Se la diste porque sabes que quiero a Harry. Lo hiciste por mí, para que estuviera tranquila, por eso me dijiste que no te importaba si él usaba la pócima.
―Si eso te hace sentir bien.
―¿Y por qué me llevaste con los rehenes?
―Para vigilarte de cerca. Eres peligrosa, dejaste escapar a Potter por el pasadizo de Runas. Debí suponer que eras la única en Hogwarts que podía anticipar un movimiento mío.
―Y si lo puedo anticipar, ¿por qué me liberaste? Es porque sabes que Harry me necesitaba y yo quería ir a ayudarlo. También lo hiciste por mí.
―Falso.
―No me engañas. Nos conocemos. En estos días he podido pensar mucho. Estoy cierta de que no estabas seguro que pudieras conservar Hogwarts. Tampoco confías en los elfos que liberaste. La forma en que acabaron en Little Hangleton con mortífagos a los que sus familias habían servido, te disuadió de seguirlos llevando. Por eso nunca dejaste que se me acercaran demasiado. En Ottery me di cuenta que tenían miedo de apuntarme con sus armas. Con la profesora Minerva y los demás se contenían de atacarlos. Conmigo temían tu ira si me lastimaban. Y si se hacía otra batalla campal en el colegio tenías en mente que yo correría peligro de dejarme aquí. En resumen: me llevaste como rehén para cuidarme, Morthred.
―Todo fue para que no me estorbaras.
―Morthred, no quieras actuar como si no te conociera. Has planificado tantas cosas y a mí quieres hablarme de esa forma irónica, pero boba, porque no tienes una mentira para decirme.
―No entiendo a qué te refieres. Dilo o te haré prisionera de nuevo.
―¿Y lo que tengo en la mano?
―Eso, qué.
La luz de la noche bañaba a Hermione.
―Ya veo que te resistes a voltear. ¿Tienes miedo de mirarme? Te lo diré yo: llevo en la mano alzada, una pluma pequeña. Tú sabes cuál es. Desde que me la pediste hace años fue para quedártela, porque querías tener algo mío para cuando estuvieras solo en Dankworth Manor. ¿Pensaste que no me di cuenta? Tal vez creíste que te saliste con la tuya, pero no me molestó, más bien fue halagador. Y hace poco me enteré que la cargabas contigo. ¿Sabes dónde?
Morthred no respondió.
―Fui al árbol -siguió ella-, ahí estaba la pluma, al pie del árbol donde tallaste el corazón.
―¿Era un corazón? -preguntó sin pensar.
―Gracias por confesarlo -asintió ella, sonriendo-. No sabes que la figura original representa un corazón, por eso dibujaste un círculo. Eres un Slytherin, Morthred, muchos temas del mundo muggle te son incomprensibles aunque los analices. Como el corazón real no tiene esa forma, no lo entendiste y dibujaste algo que te pareció igual. ¿Sabes cuándo creo que tallaste nuestras iniciales?
―Ilústrame.
―La noche del vals, cuando ya no pudiste callar que estás enamorado de mí.
―Fue cuando el profesor Snape me admitió como su Aprendiz.
―Pero tú no sabías que él lo haría. Por eso huiste a preguntarle, para que yo no te hiciera dudar. Huiste de mí y tallaste el corazón para decir que me seguías amando.
―No me arrepiento de ser Aprendiz del profesor Snape.
―No. Pero también me amas. Por eso tu encrucijada.
Morthred miró un momento hacia arriba y volvió al frente.
―Más todavía, Morthred -insistió ella-. Pese a lo que tengas, a eso en que te estás convirtiendo en tu búsqueda del profesor Snape, sigue habiendo nobleza en ti. Para ser un Slytherin eres bastante amable, aunque en la parte oscura sobrepases al promedio. Te he dicho todo esto para recordarte quién eres. ¡Detén lo que estás haciendo, Morthred! El motivo de Slytherin es bueno, llevado raramente para los demás, pero ustedes son así. Han sacado a Voldemort y a los mortífagos de sus posiciones. En el caos que han generado obligaron a desplazarse a muchas personas y con ellos el orden de las cosas. Eso nos ha ayudado a Harry y a mí a hallar horrocruxes que no teníamos idea de dónde buscar.
―¿De qué te quejas, entonces?
Hermione se le acercó casi hasta tocar su espalda.
―¡Morthred, lo haces por buscar a tu Maestro Snape y por considerar que mucho del mundo mágico está mal! ¡Eso puede ser correcto, no obstante, se les está yendo de las manos! Terminarás por romper el equilibrio entre el mundo muggle y el mundo mágico! ¡Acabarás siendo peor que Voldemort, Morthred, terminarás actuando por ira y arrastrarás a tus amigos, a Ravenscroft, a la que estimas, a Montague, que es como tu hermano menor!¡Hay carreteras con desplazados! ¡Hay incendios en bosques! ¡Si mueres, dejarás un caos del que tardaremos en reponernos!
―¿Y qué hago? -preguntó, atormentado- ¿Lo detengo? Estam...
―¡Sí, Morthred, detenlo! ¡Al final nos devorará! ¿Crees que Snape estaría de acuerdo contigo? ¿En verdad crees que tu Maestro aprobaría lo que haces?
―Me hablaría de ser moderado. He tratado de serlo, pero tuve que hacer la guerra. Ni siquiera sé si está vivo -se frotó las sienes con una mano―. Es… todos me ven sereno, pero por dentro me corroe la angustia. Y luego estás tú… ¿por qué no te vas?
―¿Quieres que me vaya?
―Sigue con Potter buscando lo que están buscando.
―Hemos destruido casi todos los horrocruxes que faltaban. Quiero pedirte que me dejes entrar a la sala de Menesteres. Después de eso, sólo resta uno.
―¿Piensas que yo lo tengo?
―No, Morthred. El último no requiere ser buscado… Más que eso, he venido a pedirte que pares. Tú no eres esto. Tú eres el que conocí, en este castillo, el que dibujó su inicial y la mía en un árbol porque estuve ahí. ¿Sabes? Una vez fui al mismo árbol con Harry para espiar a unos del Ministerio afuera de casa de Hagrid, y todo ese rato tuve en la mente la duda de si quería estar con Harry buscando pistas, o si en realidad preferiría estar contigo y hablar de lo que fuera. Mi semblante fue porque yo pensaba en ti; deseé tanto que fueras tú quien estuviera conmigo.
Dankworth no se movía, como si no supiera qué decir.
―¿Por qué no me miras? -susurró ella.
De cara al horizonte azul marino se movía la corriente de nubes, la Luna por encima, la línea de árboles quietos por debajo. Morthred dijo, con cierta necedad ingenua:
―Porque no quiero, así de fácil.
―¿Y por qué no quieres, así de fácil?
―No me interesa.
―Está bien -ella asintió dejaré libre, no volveré. En cuanto me vaya, tú sufrirás más que yo.
Dio vuelta, andando hacia la escalera; tuvo la esperanza que Morthred la detendría, pero fue peor cuando lo oyó reír:
―Salúdame a San Potter -y a los de la escalera-: condúzcanla a la Sala de Menesteres, después puede marcharse. Si necesita algún objeto, puede llevárselo.
Hermione tomó, no la escalera del pozo, sino las gradas de piedra que bajaban independientemente. Otro Slytherin, más abajo, la vio y yendo un poco por delante, le dijo:
―Sea lo que haya sido, lo siento, Granger.
―Gracias. No te preocupes -siguió su camino, adusta.
En el campanario, Morthred se apartó del ventanal y, caminando con duda, se apoyó en un muro, de cara al pozo, y alzando la cara, respiró agitado viendo hacia las sombras de la enorme campana, aferrado a la pared, obligándose a adherirse al muro, mientras Hermione bajaba por la otra escalera.
Cuando recobró el respirar pausado, pensó un segundo. Hizo un pase con la varita.
Apareció el Ministro Scrigemour.
―Señor Dankworth.
―Ministro Scrigemour.
Morthred solo necesitaba decir unas palabras para iniciar el camino de destrucción sin retorno. Bastaba con decir: "Entraremos a Londres", para que todo saltara por los aires. Afirmó:
―La Casa de Slytherin ha decidido... no entrar a Londres. Iniciaremos pasos para manejar esta crisis por otras vías. Mantendremos nuestro control de terreno y la presión sobre nuestros oponentes. Nos retiraremos de Little Whinging, pero deben asegurarnos que buscarán al profesor Severus Snape.
―Señor Dankworth, apoyo la moción -la cara dura del Ministro dejó traslucir un alivio incalculable; también debía influir que aquello significaba su supervivencia política.
Moción. Qué gracioso.
―Las autoridades Slytherin en los poblados que controlamos deben ser reconocidas por el Ministerio de Magia, esta noche. Sólo así podremos garantizar la seguridad.
Se despidieron y Morthred cerró la ventana. Haciendo un círculo con la varita abrió otra, donde apareció Ravenscroft:
―Dankworth -respondió ella.
―Aeryn, ¿quién está en el colegio? Son Malfoy, Montague y la chica que ascendimos por lo de Ottery y el Valle, ¿verdad?
―En efecto, Falconia Fairfax.
―¿Puedes llamarlos?
―Claro, dame unos momentos.
Al poco, en la ventana circular, estaban los cuatro. Dankworth les explicó que no podían llevar la guerra más allá sin generar un cataclismo. Que no era interés de la Casa, ni estaba en sus objetivos. No podían atacar Londres. Eso los llevaría a una escalada que se convertiría en la aniquilación de todos los bandos.
―Debemos tener una reunión con los lugartenientes -añadió Morthred-. Buscar formas de continuar, pero bajo la directiva de cesar los ataques. De entrada, no parar la búsqueda del profesor Snape. Nos tendremos que preparar para soltar la iniciativa por unos días para no llevar esto a sus últimas consecuencias. Los lugartenientes que tomaron poblados hoy se convertirán en jefes de gobierno. Moonlight en Cokeworth, localidad que no opuso resistencia. Ravenscroft, quiero que tú estés en el Valle. Nombra directora a la profesora Trelawney, con Fairfax como la jefa estudiantil. Debemos hacernos fuertes donde estamos, no dudo que de todos modos estemos a las puertas de un contraataque de Voldemort. Debemos parar los incendios, terminar de apoderarnos de lo que está en disputa, pero abandonar Little Whinging, no tocar nada estrictamente muggle y llenarnos de reservas de alimentos y agua. ¿Están de acuerdo?
―Sí -asintió Aeryn, los cuatro asintieron-. Es lo más inteligente.
―Comuníquenlo a los demás, ex alumnos y adultos. Ellos ya saben que no necesitan oírlo de mí si lo avalan los que me siguen en la línea.
Él cerró el hechizo y, lentamente, recibiendo la luz del alto ventanal, se colocó frente a la orilla del pozo cuadrado, en descenso de escalones.
En el amplio espacio, vagaba el espíritu de viejos ecos.
―Una vez me preguntaste si había aprendido a vivir sin ti -susurró Morthred, al cabo de un rato, viendo resignado a la bajada de la escalera, sus tonalidades sepia, aire, luz, sombra, eterno abandono cruzando por columnas de luz nocturna, sitio siempre poco visitado, casi siempre silencioso-. ¡Qué pregunta! -sonrió él, desconcertado- ¿Cómo podría aprender a vivir sin ti? ¡No me imagino viviendo sin pensar en ti!
Se apoyó las manos en la cintura, viendo a la campana.
―No es que no quiera verte -suspiró-. Es que no puedo. Finjo que no me interesas, porque tus facciones continúan siendo la llave que abre mis puertas. No tengo un conjuro que lo impida. Y hoy, estando lejos de ti, te amo y te sufro porque no te tengo, y cuando estoy cerca de ti, te amo y te sufro porque debemos separarnos. Te evito, porque basta con que te vea, aunque no me veas, para que dude de todo lo demás. Por eso quiero que estés lejos y a la vez me mata pensar que me olvidaras… Por eso mientras busco al Maestro sé que no te tengo y muero cada día -miró al pozo-. Pero, ¿a quién le importa un corazón roto? Pienso en ir tras de ti para pedirte que abandonemos y huyamos, pero los que tú amas y el que yo respeto son igualmente importantes. Y eso nos separa, una y otra vez. Y en ese laberinto solitario veo sin remedio que las estrellas me llaman y no puedo volar a ellas, porque tú eres mis estrellas.
Por el ventanal, la luna brillaba en esplendor.
―Lo que significas en mi vida siempre me dicta a dónde deseo ir -se dijo Morthred-. Me pasaba desde que en las aulas, en las lecciones, tu gesto era para mí la llamada de un mundo que deseaba conocer, un paisaje que necesitaba respirar, un campo donde dejar mis rosas azules. ¡Cuántas veces estuve seguro que tú misma no veías lo maravillosa que eras! Por eso, siempre agradecí cada momento que estábamos juntos. Y toda la alegría de mi vida cerca de ti, hoy me hace sufrir, me acosa, cruel, y aquella dicha hoy son cuchilladas en el corazón.
Miró de nuevo al pozo, asintiendo.
―¿Quieres que me detenga?¿Crees que es lo mejor? Está bien, Hermione Granger, lo he hecho ya, me has hecho decidir. Incluso viniste a decírmelo, ésa eres tú, generosa... De acuerdo -frunció el ceño-, buscaré otras formas de encontrar al Maestro -se tomó de la baranda-, lo haré, porque no podría vivir siendo indigno del amor que me tuviste, aunque no lo sepas…. Aunque no lo sepas lo hago en recuerdo de esa tarde de la mano cuando te juré… cuando te juré y tú no lo sabías… está hecho, tú… tú ganas… tú ganas, Hermione, sólo…¡sólo vete …! -susurró, y se aferró más al barandal- sólo vete… por favor -suplicó-, sólo vete, Hermione... no puedo verte y saber que te pierdo… me voy a volver loco, me volveré loco de verte alejar, me volveré loco de sentir que te he perdido, no soporto un día más el dolor de que olvides, no soporto un día más de esto, por eso, por favor, sólo vete, sólo vete, amor mío… vete, amor mío, sólo vete, sólo vete…
Se cubrió los ojos con una palma y unleve sollozo lo sacudió, arrancando ecos, doblándose un poco sobre el pozo, como si recibiera una puñalada. Era demasiado. No la había olvidado ni un momento. Había deseado voltear a ella y abrazarla. Y en la noche, un viento mágico llegado de lo profundo de su corazón, movió la campana.
La campana tañó a rebato. Morthred se sujetó de la baranda como si viera al fondo del pozo. Nunca le había gustado llorar. Lo había evitado en casa, lo había evitado en sus angustias por su Maestro Snape, había evitado llorar de tristeza o de ira. Pero ahora no podía evitarlo, no podía evitar llorar por Hermione Granger, porque más allá de la guerra, más allá de la magia, esa chica de cabellos castaños era el amor de su vida.
Sobre él, hacia el cielo azul brilloso de nubes y de luna, la campana dobló en bronce de amor y despedida. En tañidos de pérdida y de añoranza, de magia herida, campanadas de abrazos que no se dan, campanadas de palabras de amor que cabalgan en el viento sin llegar a la persona amada, campanadas de amores que sólo son anhelos. Redoble de campanas por el amor fugitivo, sea cual sea su nombre y fueren cuales fueren los magos y las hechiceras conjurados por esa maldición de silencio.
Se liberó de aquella carga. Brotaron lágrimas contenidas que le nacían por Hermione, lo que le había dolido hacerse el indiferente, lo que le había dolido lastimarla, su pena por hacerla marchar y el no perdonarse nada de eso. No tendría la carga, pero tampoco a ella; se habría arrodillado para pedirle perdón y no poder hacerlo le partía el alma. Y seguro deque aquello lo perseguiría sin piedad, se prometió que al encontrar al profesor, él, Dankworth, moriría. Él mismo se quitaría la vida en un arrebato de hartazgo y dolor.
Las campanas callaron, dejando el eco, el viento, a Morthred tratando de calmarse, forzándose a respirar, cada vez más relajado, secándose los ojos, y se enderezó para ponerse a pensar qué seguiría, cómo proceder, dónde buscar… ¿Tal vez si en…?
―¡Parece que te duelo…! -dijo una suave voz sorprendida, a su espalda.
Morthred giró rápido, casi asustado, apoyando las dos manos en la baranda y la vio de frente a él. La Luna Llena lanzaba su luz en medio de las nubes, cayendo en ellos en columna inclinada.
La castaña lo miraba, también con lágrimas en los ojos. Antes de la mitad de descenso, dio vuelta con enojo y dolor. Su única idea fue dejarle la pluma en la mano y marcharse sin decir más. Entró cuando asomaba por el pozo de la otra escalera. Pero al dar su despedida descubrió que no habían ido a ninguna parte. Lo había escuchado. Por eso ella le sonreía. No dejaba de mirarlo. Estaban en el sitio de siempre. El sitio de ellos dos. Creado con el lazo forjado en miles de días de colegio y sellado con pensamientos y caricias, con ternuras y secretos de amor entre los dos.
Ella sabía que podía llegar a él. Que él podía recapacitar y reconocer. Por esas cosas lo amaba. También, para qué negarlo, porque era un condenado Slytherin inteligente y malvado. Y porque él tenía corazón, aunque no supiera dibujarlo. Hermione, vuelta a ser una Gryffindor, acababa de hacerlo regresar.
Dankworth miró arriba, tomando aire y exhalando, con un atisbo de cejas contrariadas, como si estuviera entendiendo una broma bastante complicada. De algún modo se las arreglaba para que los ojos se le secaran. Muy posiblemente era porque sabía tragarse las lágrimas, aunque no la tristeza.
Atrapado, al final Dankworth exhaló, sonriendo con los labios apretados, y denegó con la cabeza.
―¡Morthred! -sonrió ella, con los ojos brillosos- ¡Hace mucho no te veía hacer ese gesto!
―¿Te perdiste un poco de lo que dije? -rio él, viendo al suelo.
Les llegaron voces de afuera, de alerta desde abajo.
Salieron corriendo. Al tiempo entraron los que cuidaban la escalera de roca, viendo todos al cielo, que latía con destellos.
Las nubes se arremolinaban, creando una figura con su brillo lechoso.
―¡La Marca Tenebrosa! -anunció uno de los estudiantes-. La Marca Tenebrosa y algo más que sale de sus ojos, viene bajando.
En efecto, de las cuencas negras de nubes brotaron nubes largas a manera de serpientes enormes, que se dirigían arremolinándose hacia ellos.
―Ustedes, bajen las escaleras rápido, corriendo -Morthred los señaló, abriendo el ventanal, por donde entró el aire frío, mientras aquellas sierpes descendían-, por favor Hermione, tú también.
―Me quedo -afirmó ella, viendo al cielo y tomando su varita.
Dankworth iba a insistir, pero no había tiempo. Las serpientes bajaban. Nubes de ese tamaño en descenso eran impresionantes.
De las sierpes nubosas brotaron dos destellos. De inmediato supieron que era un ataque.
Morthred dirigió la varita el cielo, enfrentando las nubes; gritó algo que Hermione no comprendió debido a otros sonidos, semejantes al tueno. En ese momento los envolvió un destello.
Abajo, cuando primero oyeron los tañidos, nadie quiso ir a ver. Dankworth era capaz de haberse enojado y ahora trataba de arrancar la campana.
No obstante, la Marca en el cielo los hizo montar las escobas y subir, pero mientras lo hacían, aquel destello reventó.
Al llegar, temieron lo peor, pero se sorprendieron. Flotando en las escobas se dieron cuenta que ni Morthred, ni Hermione estaban ahí. Estaban los inquisidores, igualmente estupefactos, que a la mitad de la bajada a la carrera, se miraron y regresaron escaleras arriba para no dejarlos solos.
Cuando llegaron, todo acababa de pasar. En las nubes, nada. Draco preguntaba una y otra vez y repetían lo sucedido. Fairfax bajó en escoba por la escalera del pozo.
―Nada -dijo al regresar.
―¿Cómo que nada? -rumió Montague- ¡No pudieron irse así como así!
―Nada -confirmó Draco, que venía de revisar por el otro lado.
Quedaron flotando, oyéndose voces abajo, al tiempo que otros iban en grupo a buscar al pie del campanario y por el colegio.
―¡Con una…! -despotricó Ravenscroft, montada en la escoba y viendo a todos lados- Pero, ¿qué le hace esa tipa? ¡Debimos refundirla en el calabozo!
