Capitulo XIX: Descendiendo al abismo

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Porque este mundo ya no es como el de antes

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Gingka aun no respondía, de hecho, ni lo iba hacer, la mezcla explosiva de tristeza y enojo peleaban por salir a la luz. Mientras que el pelirrojo era casi ahorcado por Kyoya y por la ventisca azotadora, Tsokuro y su grupito admiraban la linda escena de violencia entre los buenos. Para ellos, era algo por la cual valía la pena destruir almas, por eso aun no partían de allí.

—Qué decadente situación para esos. Ya pasaron a un estado en el cual la intimidación da una respuesta —Tsokuro, la cabeza la tropa, solo le faltaba dos escalones para abordar el helicóptero, aunque antes disfrutaría el panorama con dulzura un rato más.

—¿¡Qué?! —Jonathan apenas si logró escuchar la burla pues la nada generosa presencia del transporte le conseguía una audición mala— ¿¡Ya nos vamos?! ¡Tengo hambre, quiero comerme una ballena!

El peliplateado no pudo evitar rodear los ojos pero de todas formas tenía que dar la orden debido a su apariencia; su cabello largo se estaba alborotando mucho.

—¡Suban, rápido! ¡Esta cosa se alquila por hora!

Una vez gritada esa decisión, el chico de gorra subió a lo que el mayor lo hizo pero faltaba alguien más, Dareki, la única femenina de ese trío. Ella había captado el alarido de Tsokuro, solo que no quería irse todavía, continuaba hipnotizada con aquella escena tan a su parecer.

Apreciar a su enemigo como una miserable cucaracha que era agredida se veía único, inexpresable, reconfortante... Hermoso. Si quedaba esa palabra al escenario: Hermoso. Mucho desde la perspectiva de la pelinegra, por ello, se complacía al ver.

Gingka del contrario, tenía tantas ganas de soltar lágrimas, miles y miles de ellas, ya no sabía qué hacer. Kyoya enojado, sus compañeros angustiados y derrotados, los villanos escapando, y Pegasus en pedazos, al igual que su corazón. Todavía no tocaba el suelo ya que Kyoya proseguía con los rugidos; no obstante, el blader de bufanda parecía no oír nada, ni siquiera las plegarias que daban Yuki y Kenta ante el peliverde para que lo liberara, aunque nada, era inútil.

De pronto, a Gingka le dio por voltear, hacia el helicóptero, quizás para ver otra cosa aparte del rostro enfadado de Kyoya y la cara exaltada de sus amigos. Sea como sea, no haría nada si le apuñalaran de nuevo. Allí fue cuando la notó, a Dareki devolviéndole una mirada pacifica y conservadora, inclusive inocente, tal vez cubriendo su alegría a punto de estallar. Él aun no podía quitarse de la cabeza su engaño previo. ¿Quién se esperaría algo así de un amigo del alma?

—Narra Gingka—

No puede ser, ¿Cuándo fue que terminamos de ese modo? Todos los momentos asombrosos que pasamos juntos, no entiendo cómo eso me afectó tanto si he logrado superar tantas cosas. No lo sé, es confuso. Y también lo es el hecho de que estaba soportando los regaños de Kyoya, no hice nada malo, solo que nadie merece morir... Ni siquiera ella.

Y entre toda esa conmoción, me sonrió, ella me dio una sonrisa, no entiendo cómo pudo hacerlo en un momento así. Aunque sus intenciones eran calmarme —según lo percibí— no lo hice. Me dio un mini-paro cardiaco.

Dareki me quiso engañar, fue más que seguro, después de todo era una de los malos, y esos deben ser derrotados. Pero en algo tiene razón, sin Pegasus no era nadie, no lograría detenerlos.

—¿Qué me está sucediendo?... ¿Por qué... Actúo de esta forma? ¿Acaso me rendí?... Trabajé tanto... Yo... —Me pregunté cuando noté que ella interrumpió su gesto para subir al helicóptero tomándose un largo tiempo.

—¡Gingka, Gingka! —Una voz penetró en mis pensamientos al momento en el que percibí que ya era hora de hacer algo. Era Kyoya, a punto de lanzarme al suelo por una de sus rabietas— ¡Gingka! ¿¡Me estás escuchando?! ¡Contesta, desgraciado! —Su apretón en mi camiseta daba a entender que no me soltaría, hasta que hiciera algo productivo. Así que le contesté.

—¡Kyoya, ya bájame! —Firmemente, me enganché a su dos muñecas dándole una fuerte presión para conseguir mi libertad, de verdad me esforcé pero él no se inmutó.

—¡¿Con qué ahora me escuchas, eh!? —Cuestionó sin dejar atrás la mirada corta-todo que traía— Todo esto es tú culpa. No logré darles porque pones tus estúpidos sentimientos al frente. ¡Ellos son villanos, entiéndelo!

Pensé que me iba a matar en ese momento, lo que decía era cierto, fue mi culpa; sin embargo, no dejaría que Dareki se escapara, antes le haría pagar un poco por Pegasus. Por ello fruncí el ceño casi llegando a tomar el mismo rostro de Kyoya.

—Tienes razón, Kyoya, son los malos... Pero nadie merece morir. ¡Tampoco se merecen que se escapen así! —Luego de agarrar un buen impulso, le mordí fuertemente la mano, permitiéndome escapar de su agarre, aunque terminé en el suelo de nuevo. Me dolió.

—¡Gingka! ¿Estás bien? —Preguntó Madoka brindándome su mano para levantarme.

No necesité ayuda, tenía que aprovechar aquel segundo ya que después Kyoya me tiraría por un acantilado. Debió de entenderlo, no me quedó de otra. Pero no lo hizo, se frustró aun más.

—¡Gingka, de esta no te salvas!

Él también estaba en el suelo y se mantuvo allí gracias a Johannes, que le saltó encima cual gato en busca de un ratón dejándome libre el paso.

—¡Vamos, amigo Gingka! ¡El destino depende de ti! —Vociferó Johannes ahogando los chillidos de Kyoya con las mangas de su suéter. Juro que casi muero de la risa.

—¡Gingka-san, están escapando! —Yuki envió mi atención directo a Tsokuro, quien lo veía carcajear con las estupideces de Johannes.

¡Aun así! ¡No tenía tiempo para reírme yo también! ¡Debía de detener al helicóptero!

Alcancé a escuchar varios de mis compañeros gritarme que era peligroso y que me detuviera. Obvio no cedí. No me rendiría así de fácil. Es lo bueno de ser terco.

Corrí llegando al máximo, saltando por el estadio y por un pilar, de allí tuve que trepar y empuñarme a la piedra cincelada hasta poder alcanzar la parte final del muro del templo. El viento del helicóptero era muerte en mi rostro, y su ruido, era peor, una pesadilla, tenía que entrecerrar los ojos. Cielos, no sé como conseguí llegar a la parte de arriba del muro aunque lo logré.

Narrador Omnisciente—

Jonathan no pudo evitar llevar su mirada a Gingka que técnicamente estaba arriba de la muralla del santuario, teniendo bonitas intenciones de ir por ellos.

—Eh... Tsokuro. ¿Deberíamos preocuparnos por él?

El peliplateado fijó sus ojos sobre el blader que posaba justamente al frente de helicóptero. Luego dio un gruñido aunque en realidad no se preocupó. Sin bey, no haría nada importante. O eso pensaba por culpa de su alta confianza.

—¡Gingka-san! ¡No intente una locura! ¡Deje que le ayudemos! —Gritó el pequeño Yuki intentando robar la atención de su compañero a través del ruido de la ráfaga. Fue inútil el llamado, el viento y la actitud necia de Gingka fueron más fuertes.

—¡¿Sabías que te puedes caer de allí?! ¿¡Me estás escuchando?! —Añadió Madoka poniéndose roja debido al enfado producido por la falta de atención que le prestaban.

—Cinco pastelitos a que se cae en un rato —Bromeó Johannes—. No es por nada pero con este viento probablemente se... —Su felina curiosidad fue dirigida a Kyoya, quien trataba de escalar en un pilar, buscando a Leone en medio del gran hoyo que produjo él solo, a mitad del muro— ¿Ahora todos se creen gatos?

—¡Ah! ¿¡Tu también, Kyoya?! —Exclamó Kenta apunto de tirársele encima al otro peliverde para abajarlo.

Al parecer todos ya se habían puesto tan desesperados que hasta la locura ya les logró consumir, excepto por Nile y Demure. La situación era tensa aunque ellos parecían haber estado ideando un pequeño plan.

—Demure, ayúdame a subir. Si Gingka va a hacer lo que creo que hará, entonces necesitará ayuda —Su compañero asintió sin poner dudas.

Por otro lado con el extravagante pelirrojo:

Gingka comenzó a calcular la trayectoria desde donde se encontraba hasta la escalera del helicóptero, teniendo unas lindas intenciones de saltar para capturar a uno del trío siquiera. La idea era loca. Y lo era también dejar que aquellos jóvenes se escaparan. Por lo tanto, el blader de bufanda decidió proseguir con el descabellado concepto que iba a ejecutar.

Quizás el estar mucho tiempo en el sol lo hizo perder un poco la conciencia, o tal vez era la adrenalina de la confesión de Dareki, o haber perdido a su bey. Quizás todas a la vez. Aunque, fuese cual fuese la respuesta, no se quedaría como tonto.

—Dareki... No voy a permitirte irte así de fácil. Pagarás por lo de Pegasus...

—¡Dareki, sube ya! ¡No creo que esté tan desquiciado para saltar! —Replicó Tsokuro hacia la pelinegra quien aun no alcanzaba a subir otro escalón de tan corta escalera.

Ella deseaba ver que trataba de enseñar Gingka. Ya que el yacía parado arriba del muro del templo, siendo golpeado múltiples veces por el tormentoso viento que emanaba del helicóptero, desde su cabello puntiagudo hasta su decorativa bufanda. Obvio que tramaba brincar. Y Dareki ansiaba verlo.

—¡Hay que quedarnos! —Gritó ella, sin dejar que el ruido y la brisa fuesen enemigas.

—¡¿Qué?! ¡No, para nada! ¡Ya nos expusimos mucho!

—¡Jovencito Tsokuro! —De pronto el piloto intervino.

El citado volteó para nada contento, pero ya sabía que el llamado eran malas noticias.

—¡Jonathan, encárgate! ¡Dile que suba! —Mandó al chico de gorra. Luego fue rápidamente con el conductor teniendo cuidado de no tropezarse— ¿¡Y ahora qué ocurre?!

—¡Tenemos treinta minutos de gasolina! —El piloto no dejó de ver el panel a un lado de él con una mirada de preocupación.

Eso fue un balazo para Tsokuro que de inmediato tomó manos en el asunto antes de algo peor.

—¡¿Y qué espera?! ¡Vámonos, ya!

De pronto a punto de tomar vuelo, en el helicóptero se sintió como si se hubiese ido a un lado por momentos. No mucho, a pesar de lo poco, en realidad sí que fue aterrador.

—¡So-so! ¡Tenemos problemas!

Se pudo escuchar la irritante voz de Jonathan desde la puerta del transporte. Se notaba súper alterado. Su líder, fue a donde él estaba solo para observar a Gingka sosteniéndole las piernas a Dareki.

Eso ya era el colmo, no tenían gasolina y ya el pelirrojo decidió hacer su dramática entrada.

—¡Jonathan, ayúdame! —Suplicó la pelinegra intentado subir completamente la escalera, pero el peso extra de Gingka no la dejaba continuar.

Mientras tanto a Tsokuro casi le explota la cabeza de la rabia. Apenas si contenía la ira que le causaba esos "idiotas".

—¡¿Te quieres morir, Gingka?! —Bramó nuevamente la femenina aferrándose a las ganas de escapar.

—¡No voy a dejar que se escapen! ¡Pagarás por lo de Pegasus! —Contestó el pelirrojo de la misma forma, determinado a hacer caer el helicóptero si fuese necesario. Esto era por su bey.

Llenándose de fuerzas, trató de trepar desde donde se encontraba, enganchándose a Dareki, como si ella fuese la escalera, algo extraño pero resultaba de manera irracional.

Jonathan y Tsokuro quisieron apuntarle al blader de bufanda con sus bey aunque la femenina se agitaba demasiado, y además, el estrés los consumía al igual que el hambre, provocando que apenas si vieran en donde debían lanzar.

—¡No puedo darle, se mueven mucho!

—¡Dareki, no te sacudas tanto! —Demandó Jonathan deseando tirarle su lanzador a Gingka a pesar de que lo perdiera.

—¡¿Crees que es fácil cuando hay un tonto usándome de escalera?! —Dareki más furiosa que ellos, contestó de mala gana con gritos. Con el rubor más notable del universo.

Sin previo aviso, el helicóptero comenzó a tumbarse a un lado. La gravedad tenía la finalidad de hacer caer a los pasajeros.

—Narra Gingka—

Todo pasó tan rápido. De todas formas, me dolió.

Apenas noté que ya estaba en el suelo —de nuevo— con un peso extra encima cuando abrí los ojos, veía una luz blanca, muy brillante, molesta, llena de calor, semejante al sol... Luego me di cuenta de que era el sol.

Al estar tan atontado de esa manera, con suerte conseguía percibir las voces de mis amigos gritando mi nombre, pidiendo que me levantara. No lo hice, me lastimé mucho la espalda, además me sentía pesado porque Dareki yacía encima de mi estomago. No sé cómo fue que el almuerzo siguió allí dentro después de la caída.

—¡Gingka! —Escuché gritar a un chico.

—¡Ya voy por ti!

Era Nile, que había saltado por el muro —con ayuda de Demure— y llegando a la parte trasera del templo, donde yo estaba literalmente muerto junto a otra muerta. La cual despertó de la caída velozmente cuando percibió la presencia de Nile cerca de nosotros.

Como una hábil ratoncita, literalmente saltó y retrocedió hasta la punta de un risco detrás de ella. Parecía muy exaltada, por eso no tardó en alzar a su bey justo a mí. ¿Por qué yo? Kenta es importante también, Madoka, Kyoya. No solo a mí.

Al mismo tiempo del brinco de Dareki, Nile y Demure se posaron en ambos lados donde estaba derrumbado, gritaron un par de veces para que me levantara hasta que lo hice. Con movimientos lentos, me coloqué de pie y gruñí irritado con ella, no soportaba otra de sus mentiras o de su maldad.

—¿Gingka, estás bi-?

—Sí, lo estoy —Interrumpí algo indiferente. Acaricié varias veces detrás de mi cabeza antes de fijar los ojos a Dareki realmente molesto.

Ella continuaba apuntando sin temer a estar rodeada.

Kyoya, Demure y Johannes le hacían frente al igual con sus bey, atentos a el mínimo movimiento que haría la chica. A ese grado solo lograba respirar, no había escape, solo la muerte de una caída a unos dos pasos detrás. Obvio que no se mataría, no es tonta.

—No tienes a donde ir. Ríndete o juro que te haré volar —Kyoya le aventó el primer insulto en todo el rato condenado con silencio.

—¿Qué no tienes una amenaza más fuerte, Yo-yo? —Dareki se mantenía fuerte y decidida, sin quitarme aquellos ojos morados de encima.

—¡Nadie me llama así!

Ese apodo, puesto por Yu, fue un detonante muy gracioso.

—Kyoya, mantente tranquilo. Atacaremos cuando yo diga. O cuando el helicóptero regrese —Nile amortiguó levemente a Kyoya.

Kenta y Yuki quedaron en el lado contrario del muralla, ayudando a Madoka a subir —lo cual nunca lograron— podía escuchar los quejidos molestos de ella y los forcejeos de ambos chicos.

Raro, el helicóptero, después de la caída, se desvaneció. Pensé que la crueldad de Tsokuro era bastante fuerte como para dejar a una compañera atrás. Cobarde.

Dareki aun me observaba, fijamente, no intimidándose con los otros, tal vez me trató de comunicar algo, hasta hoy en día, no entendía el lenguaje. Pero sentí un sentimiento que me transmitía con ello; me odiaba, demasiado. Me repudiaba, no sé. Me producía escalofríos, y eso sin mentir, asustaba mucho. ¿Yo que había hecho? ¿Alguna broma de mal gusto?

Todavía me pesaba la duda, ansiaba saber las razones de tal vil plan. Por alguna extraña razón, mi ser fue comida para la rabia, tanto tiempo juntos. Combatimos, reímos, hablamos, lloramos. Y más tarde de eso, nos engañó. Y nos destruyó.

—¿Acaso te piensas quedar allí hasta que lleguen a salvarte? —Dije firmemente, apretando ambos puños.

—¿Y tú esperas a que ellos te protejan? —Dareki frunció ligeramente las cejas.

Sabía las palabras correctas para hacerme enojar, no puse límites cuando apreté también los dientes y gruñí. Los chicos notaron eso.

—Gingka, no dejes que te haga sentir así. Podemos derrotarla —Recalcó Nile.

La furia se avivó más.

—Derrotarla no es suficiente... —Contesté y avancé un paso sin desconfianza— ¡Tiene que pagar! ¡Tsokuro y Jonathan igual! —Mi voz demostraba la ira que llevaba acumulada. Creo que eso alertó a los chicos.

—¡Amigo Gingka! No pierdas la cabeza... —Johannes desvió los ojos.

—¡¿Es enserio?! ¿¡Después de lo que hizo!? ¡Destrozó a Pegasus, nos engañó, secuestró a Dynamis y quiere revivir al dios de la destrucción!... ¿¡Y quieren tomárselo a la ligera?!

—No lo culpen. Acaba de perder a su juguete. Ahora quiere hacer un capricho e ir con el inútil de su padre a llorarle al hombro —Bromeó ella esbozando una pequeña sonrisa.

Eso fue lo que colmó el vaso. Di otro paso, agitando mi respiración.

—¡No des otro paso, puede atacarte! —Demure habló.

No escuché la advertencia. Nunca pensé que me volvería a molestar de esa manera tan horripilante desde que Ryuga insultaba sin pudor a mi padre —el cual pensé muerto esa vez—.

Pero... Dareki lo logró. Me aventó más palabrotas, ofensas, y cosas que en verdad, me hacían arder la sangre.

Ese momento, fue tener la mente en automático, y corrí a ella, como siempre, llevándome por delante las cosas. Avancé tan rápido como un caballo, intenté lanzármele encima para atraparla por fin.

Antes de que yo llegara a tocarla. La muy astuta, se movió a un lado. Dándole un paso directo a la muerte del acantilado. Lo último que logré a escuchar, fue a los chicos exclamar mi nombre, como si ya nunca me volverían a ver. Y luego, comenzó el descenso.