Disclaimer: Twilight no es mío. La historia y Jasper, sí.
The Bad Guy
por MrsValensi
Parte III, Capítulo I.
«Story to tell and I am listening; open the past and the present, and the future too».
Lunes, 15 de febrero de 2010.
De alguna forma, conseguí regresar a mi apartamento y desmoronarme sobre el sofá, las lágrimas cayendo consistente e incansablemente por mis mejillas, aún sin poder comprender la situación —o sin querer hacerlo—. Allí adentro había signos de una pelea, de una clara invasión en mi apartamento. ¿Habían sido ladrones y Edward simplemente había aprovechado la oportunidad para huir? ¿Había sido aquello porque alguien había descubierto que Edward se encontraba conmigo?
No tenía idea.
No pude calmarme por un largo rato, sin poder asimilar verdaderamente la idea. Aunque mi sentido lógico me decía que era imposible, una pequeña parte de mí albergaba la esperanza de ver a Edward aparecer de la nada, como había sucedido en Concrete. Él entraría por la puerta principal y se sentaría a mi lado, en el sofá, comportándose tan sumiso como siempre. De alguna forma, yo había creído que él jamás se iría. Aunque ciertamente no había pensado en lo que haríamos con… nosotros —y el hecho de saber que habíamos quebrado unas cuantas leyes en el proceso que había terminado por unirnos—, jamás podría haberle dado aquel tipo de final.
Suspiré, poniéndome de pie. No podía llamar a la policía, ya que había demasiadas cosas que no podía ni quería explicar. Tampoco podía llamar alguno de mis amigos, porque ellos también se encontraban en la ignorancia con respecto a lo que había estado sucediendo bajo mi techo. Sólo pude dedicar gran parte de la noche a poner en su lugar aquellas cosas que servían, tirando los adornos completamente rotos y teniendo la esperanza de encontrar algo que me diera una pista de lo que había sucedido allí. Por momentos, no pude hacer más que detenerme y mirar al vacío, sin poder digerir por completo la nueva situación en la que me encontraba.
Cuando todo se hallaba más o menos decente, el reloj de mi sala daba la una y cuarenta de la mañana. Sin la más mínima intención de dirigirme a la cama, me acerqué a mí bolso y tomé la dirección que había anotado en el hospital. Con los nervios aumentando mi torpeza inevitablemente y la necesidad de hacer algo, me senté frente al ordenador. Después de lo que pareció un tiempo absurdamente largo para que el sistema se inicializara, abrí el buscador y tecleé las palabras escritas sobre el trozo de papel. En la búsqueda apareció un mapa detallado, algunos sitios de interés cercanos e incluso la misma noticia que Jacob llevaba con él antes del accidente. Los avisos comenzaron a repetirse cuando tecleé el apellido de Edward junto a la dirección, llegando también algunas noticias de la desaparición del, entonces, niño. Al parecer habían estado buscándolo por algunos meses, quedando pronto olvidado el asunto y dándolo por muerto. El detalle no era realmente algo que me sorprendiera, teniendo en cuenta que los padres de Edward habían fallecido y que él mismo me había dicho que no había ya tal familia. ¿Por qué la policía pondría empeño en buscar a un niño cuando ya no había quién estuviera esperándolo?
Sin poder seguir leyendo cosas sobre el tema, siendo imposible concentrarme en lo que hacía sin angustiarme, me alejé del ordenador. Encendí la cafetera, sabiendo que dormir esa noche sería algo imposible. ¿Cómo podía ser que veinticuatro horas antes hubiese estado en brazos de Edward, como si fuese lo más natural del mundo, pensando que todo estaría bien? ¿Por qué todo se movía tan rápido, haciéndome imposible seguir el ritmo?
Y lo peor de todo era que no podía compartirlo con nadie. No podía decir que Edward había desaparecido, porque aquellas eran noticias viejas. No podía simplemente pedir que lo buscaran, porque los policías llevaban haciéndolo desde hacía un buen tiempo. En esa oportunidad, debía valerme por mí misma.
Después de tres tazas de café y pasar por el mismo canal unas veinte veces, se me ocurrió echar una furtiva mirada al reloj, descubriendo que eran ya las cuatro y media de la mañana y no había manera que no sintiera el cansancio. Mi cuerpo exigía dormir, pero mi mente estaba empeñada en mantenerme con los ojos abiertos y con los acontecimientos del día frescos entre mis pensamientos. Me sentía tan… extraña sin Edward allí. ¿En qué momento se había vuelto una parte tan necesaria de mi vida?
Esa mañana decidí no tomar el riesgo de conducir y dejé mi casa temprano. Después de pedir un chocolate caliente en una cafetería cerca de mi apartamento —temía que el exceso de café, sumado con mi ansiedad e incertidumbre, terminara por hacerme caminar por las paredes—, me tomé un taxi hasta el hospital. El día se encontraba oscuro y ventoso, ese tipo de cielo que predice una tormenta inevitable.
Algo me decía que el cielo no era lo único al que podía atribuir aquellas condiciones.
Llegué al hospital unos cuantos minutos antes de lo usual, incluso cuando siempre arribaba temprano durante la semana. El oficial de seguridad de turno me saludo educadamente. Devolví el gesto con la cabeza, para entrar luego en la recepción, que se encontraba en completo silencio. Mis pisadas resonaron por lo corredores mientras hacía el camino hacia mi consultorio, cruzándome únicamente con Seth en el camino. Ambos compartimos una sonrisa cansada.
—Ha sido una larga noche —comenté.
Él asintió, apoyándose momentáneamente contra la pared.
—Iré a ver a Jake cuando termine mi turno —agregué—. Sé que tú sales una hora antes pero…
—Esperaré —me atajó, su sonrisa carente de aquella usual alegría contagiosa—. Nos vemos luego, Bella. Te esperaré en la cafetería, ¿vale?
Asentí, y no necesitamos más que aquello para seguir con nuestros caminos.
En mi espacio de trabajo, me senté detrás del escritorio y degusté los minutos en soledad, intentando no volver a repetir el curso de mis pensamientos una y otra vez, como había sucedido durante toda la madrugada. Mi cuerpo y mi mente sentían el cansancio, pero la incertidumbre no me dejaba tranquila ni un solo segundo. ¿Cómo seguirían las cosas a partir de aquel momento?
No podía decir cuánto tiempo había pasado hasta que los golpes en la puerta me distrajeron. Alzando la cabeza nerviosamente, exclamé un rápido «Pasa», que pronto tuvo como respuesta el ingreso de Jasper a la habitación. Con una calma que predicaba su sutileza para tratar temas complicados, se sentó frente a mi escritorio. No tuvo que decirme que sabía lo que había sucedido con Jacob, porque su expresión hablaba por sí sola.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Ha sido todo muy repentino.
—¿Saben que ha sucedido?
Suspiré, mis ojos buscando algún punto al azar dentro de la habitación. Decidí contarle a Jasper todo lo que había sucedido en el hospital, desde las palabras de los doctores hasta la aparición de Francis y lo que me había dicho sobre el caso de los Cullen. Si bien no podía revelar toda la verdad, necesitaba hablar de ello con alguien, y Jasper siempre había sido un buen oyente. Aunque quería hacerme cargo de todo por mí misma, realmente sentía que una segunda opinión podría servir. Yo había estado viéndolo todo desde adentro, junto a Edward, y mi juicio tal vez estaba comenzando a sentirse afectado por mis propios sentimientos al respecto. Quizás era todo una coincidencia, y yo estaba atando cabos que jamás habían estado destinados a ser unidos.
—Es posible que haya sido un ataque al azar, Bella, pero me preocupa que Jacob esté metiéndose en un terreno resbaladizo —explicó—, y que tú estés tan obsesionada al respecto.
Suspiré, sabiendo que tenía razón, pero sin ser capaz de ceder ante ello.
—Hay datos sobre Cullen —recordé—. No puedo simplemente pretender que no existen, Jasper. Quiero saber qué es lo que ha sucedido con él y por qué desapareció.
Suspiré, con verdadero nerviosismo. Aquella vez no mentía. El paradero de Edward era una verdadera preocupación para mí y, a diferencia de los días en los que fingía, no podía controlar mi propia incertidumbre. Y eso era decir mucho, teniendo en cuenta que había estado violando unas cuantas leyes durante las últimas semanas.
—¿No crees que sería buena idea llamar a la policía y dejar que ellos se encarguen de esto? —sugirió, aunque algo en su expresión me hizo pensar que ya sabía mi respuesta o, por lo menos, la intuía.
Negué medidamente, volviendo a mirarlo con determinación.
—Jasper, es algo que necesito. Yo… quiero hacerlo —aseguré, suspirando luego—. Buscaré un reemplazo para mí si ustedes no pueden cubrirme, pero necesito ir a Eatonville. Quiero… saber más.
Él me sostuvo la mirada por unos instantes, soltado finalmente un suspiro de rendición. Sabía que el viaje a Concrete para él había sido una total pérdida de tiempo y que, posiblemente, tenía las mismas expectativas para este, pero los dos nos encontrábamos en lugares diferentes. La información que Edward me había dado, poca pero intensa, hacía que mis convicciones se inclinaran ligeramente hacia aquella posición paranoica e inconformista. Había información que ameritaba seguir con la búsqueda… por mi cuenta. No podía ir a la policía sin decir las cosas que había estado ocultando y aquello, por supuesto, se encontraba lejos de mis opciones a considerar.
—No te preocupes, nos las apañaremos. Y no necesito repetirte que tengas cuidado, ¿cierto?
Sonreí un poco.
—Lo haré.
—Bella, por cierto, el colgante que habías encontrado… aún lo tienes tú, ¿verdad?
Me helé en mi lugar antes que saliéramos de mi consultorio. Intentando controlar mis emociones, me volví hacia Jasper con el rostro contraído en una mueca compungida. Sabiéndome superada por la situación y sin grandes habilidades para el engaño, mis ojos se clavaron en el suelo.
—No puedo encontrarlo por ningún lado —comenté.
—¿Cómo?
—Yo… no lo sé… no puedo encontrarlo —murmuré, con auténtica desesperación. Realmente sabía que en algún momento tendríamos esa charla—. Soy una idiota.
—No te preocupes, aún tengo la foto —respondió él, dándome torpes palmadas en la espalda con aquella constante necesidad de reconfortarme, incluso cuando la situación no ameritaba su compasión—. Eso bastará. Era sólo para darle otro vistazo pero… estará bien, no te preocupes.
Ese día fue terriblemente largo para mí. Cuando corrí a encontrarme con Seth, después de una sesión especial más larga de lo usual con Mike, creí que habían pasado mucho más que nueve horas desde que había llegado al hospital. El joven Clearwater se encontraba sentado en una mesa, hablando con Emmett. De alguna forma, la sorpresa inicial de verlo a él también ahí duró sólo unos segundos, ya que era casi evidente que también quisiera ver cómo se encontraba Jake.
—No te molesta que os acompañe, ¿cierto? —preguntó mientras tomaba sus cosas.
Le sonreí suavemente.
—Para nada.
Los tres nos acomodamos en el automóvil de Seth, haciendo un trayecto bastante silencioso, teniendo en cuenta que Emmett también se encontraba allí. Ninguno se esforzó demasiado por mantener una conversación más extensa que preguntas básicas sobre el camino o comentarios sobre el clima. De alguna forma, se sentía como si todos nos encontráramos preocupados por lo que podíamos llegar a encontrar en el hospital.
Billy y mi padre se hallaban allí cuando llegamos y, por su aspecto, no era muy difícil adivinar que habían dormido en la deslucida sala de espera. Minutos después nos enteramos que Rachel había corrido la misma suerte, cuando se nos acercó con una bandeja con tres vasos de café y una sonrisa cansada sobre su rostro.
—¿Han tenido novedades? —pregunté tímidamente.
—Han conseguido estabilizarlo y hay actividad cerebral —explicó mi padre suavemente—. No sabemos mucho más que eso. Los exámenes no han terminado y aún no dicen mucho más de lo que ya sabían sobre los daños internos.
Tres días pasaron de igual forma, acomodando mis horarios para el trabajo y para ir a ver a Jacob, que no había presentado mejoras notables y que seguía sin despertar. Había dedicado también unas cuantas horas a planificar mi viaje a Eatonville, considerando las opciones que tendría al llegar allí y separando la información útil dentro de mis incansables búsquedas nocturnas.
Llegado el viernes, sentía como si no hubiese dormido lo suficiente en años, incluso aunque aquella afirmación se limitaba a los últimos cuatro días.
—Tomaré un autobús, no te preocupes —comenté a Jasper la mañana del viernes—. Saldré esta noche. ¿Estás seguro que podrás manejas mis turnos?
—Bella, sólo cuídate tú y ya, ¿vale? —pidió, con su sonrisa característica que podía tranquilizar a cualquiera—. Y llámame si tienes alguna novedad.
—De acuerdo.
Sólo llevé un pequeño bolso conmigo aquella noche, sin planes de quedarme mucho más que dos o tres días, dependiendo de lo que pudiera encontrar. Me acomodé en mi lugar, con un libro entre mis manos e intentando seguir el hilo de la historia a toda costa, aunque sin poder concentrarme lo suficiente como para hacerlo. Estaba cansada y realmente dos horas de sueño podrían ser algo. Decidí aprovechar el no encontrarme al volante y, en cuanto el autobús se puso en marcha, caí rendida en un sueño ligero.
Llegué a destino prácticamente sin darme cuenta, sólo siendo advertida por el movimiento de los pasajeros a mi alrededor. No había estado nunca en Eatonville, pero no era un lugar demasiado grande ni difícil de recorrer. Casi como si estuviese de nuevo en Concrete, decidí andar hasta el hotel, que no quedaba muy lejos de la estación. Me detuve únicamente a coger algo de comida rápida por el camino, mi reloj dando las once menos cuarto de la noche y mi estómago quejándose en respuesta.
Hallé el hotel que previamente había chequeado —un lugar modesto ubicado a unas manzanas de la dirección que Jacob había obtenido—, siendo bienvenida únicamente por una recepcionista mayor con una sonrisa benévola y aspecto cansado, que parecía ir de maravilla con los desgastados paneles de madera de las paredes y las alfombras rosadas que seguramente habían visto mejores días. Después de entregarme las llaves de mi habitación, un sencillo cuarto con una cama, la señora me dio algunas pequeñas indicaciones y me dejó marcharme, deseándome una buena estadía.
Esa noche decidí relajarme y simplemente tratar de descansar un poco mi cabeza, guardando energías para el día siguiente. Después de haber dormido en el viaje, no sentía la necesidad desesperada de acostarme. Simplemente dejé mis cosas a los pies de la única cama de la pequeña habitación y encendí la televisión colgada en la esquina, quitándome el abrigo mientras las noticias acompañaban mis movimientos. Me senté en la cama y comencé a comer distraídamente, prestando atención a la información local, que no estaba exactamente plagada de novedades. Pronto me encontré cambiando de canal y entreteniéndome con un tonto programa de variedades. Realmente no estaba de humor para más sobresaltos.
La mañana siguiente me levanté bien temprano, con la claridad del cielo lluvioso golpeándome en el rostro. Aseándome rápidamente y cogiendo todas mis cosas, salí del hotel, que se encontraba casi tan tranquilo como la noche anterior. En mi bolsillo llevaba la dirección escrita en un trozo de papel, al que me aferré durante el pequeño camino que me separaba de mi destino.
Me detuve frente a la casa que coincidía con el número escrito. Era una vivienda bastante parecida al resto, con un frente bien cuidado y obvias evidencias de estar habitada. El jardín delantero era pequeño y se encontraba en buenas condiciones, siendo adornado por algunas flores y plantas sencillas. El ambiente apacible me daba tranquilidad, pero también desesperanza: aquello no parecía coincidir en absoluto con la idea de lo que había ido a buscar.
Tomando una profunda bocanada de aire, recorrí lentamente el pequeño camino hasta la entrada. Deteniéndome, con unos segundos de vacilación, me quedé disfrutando de la calma. Luego, sabiendo que el momento era impostergable, llamé a la puerta suavemente, con las uñas clavándose a la palma de mi mano.
Sólo tuve que aguardar algunos segundos antes que alguien abriera. Una mujer de unos sesenta, quizás setenta años de edad me dio una mirada amable, observándome por detrás de unas gafas de montura cuadrada. Por algunos instantes, sólo nos quedamos observándonos, esperando por que alguna diera el primer paso. Ella fue la encargada de romper el silencio, preguntando suavemente:
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita?
—¿Es usted la propietaria? —pregunté cuidadosamente. Ella asintió con lentitud—. Soy psiquiatra, y un caso me ha traído aquí…
No fue fácil hacerme entender. Por supuesto, la mujer no estuvo dispuesta a permitirme la entrada a la casa hasta que le aseguré que mis fines eran meramente profesionales y el apellido Cullen llegó a colación. El rostro de la señora pronto mostró reconocimiento ante la mención de la familia, exteriorizándolo en una expresión compungida. Aquellas fueron las palabras mágicas para que la dueña de la casa me permitiera el ingreso.
Me moví por la sala tímidamente, siendo invitada a sentarme en un raído sofá de color crema, ubicado bajo la ventana frontal. Un tenue fuego crepitaba en la habitación y un libro yacía abierto sobre la pequeña mesa de café. Era un lugar acogedor, con un extraño aroma a madera y vainilla flotando por el aire con pereza, mezclado con un ligero olor a humedad.
—¿Gustarías algo de té? —preguntó.
Negué suavemente, con una sonrisa hospitalaria sobre mis labios.
—No, muchas gracias.
Ella se sentó frente a mí en una silla, con las manos cruzadas sobre su regazo.
Introducirla brevemente dentro de la historia fue bastante complicado, especialmente porque debía cuidarme de omitir aquellas partes que sólo yo sabía o que, en todo caso, creía que no eran apropiadas para contar en una charla tan impersonal. Simplemente le expliqué sobre mi labor, sobre la fuga de Edward y los problemas que eso nos había causado en la institución. Nada de eso era mentir, claro, ya que el hospital había sufrido las consecuencias de la desaparición. Yo no estaba mucho tiempo allí últimamente, y sabía que Jasper tenía una tendencia a mantenerme tranquila, pero había visto a los policías y sabía que el caso no nos beneficiaba. Por supuesto, mis principales preocupaciones no estaban enfocadas en los problemas del Virgina Mason, pero sabía que el esclarecimiento del caso también sería bueno para la institución.
—Los Cullen… Sí, lo recuerdo, fue un incidente horrible —comentó la mujer, con verdadera congoja—. Y el niño, ¡pobrecillo!
—¿Usted conocía a Edward?
La señora, que se había presentado como Angelica Rhodes al principio de nuestra conversación, asintió vigorosamente. Su expresión era, fiel a sus palabras, la de alguien que se encuentra perdida entre recuerdos amargos.
—Sí, fue gran sorpresa para todos cuando se mudó con los Cullen —explicó—. Yo solía vivir a unas casas de aquí cuando el pequeño llegó.
Las palabras fueron difíciles de procesar para mí. Aunque la oración era sencilla, su significado parecía incomprensible.
—¿Cuándo él se mudó con ellos…? —pregunté, con inseguridad—. ¿A qué se refiere?
Ella me miró, ladeando la cabeza suavemente.
—Edward no era hijo de Esme y Carlisle.
Mis ojos se abrieron como platos, la pregunta simplemente deslizándose sin consentimiento por mis labios:
—¿Qué?
—Edward era adoptado —dijo lentamente, como un hecho que parecía insustancial—. Edward fue adoptado por los Cullen.
Playlist: Scattered - Green Day.
¡Hola! Paso a la velocidad de la luz, porque tengo que seguir haciendo cosas, pero quería actualizar. Por enésima vez, y sin miedo de sonar repetitiva, les agradezco por toda la buena onda que llega siempre a través de los reviews. Tengo menos tiempo para escribir ahora, pero siempre estoy pensando y tratando de hacerme ratitos para escribir. Gracias, en serio, porque siempre logran sacarme una sonrisa.
Para quienes siguen las actualizaciones del blog vía email, saben que estaré enviando el sumario de la nueva historia pronto. Pido un poquitito de paciencia, porque quiero avanzar un poco más con la historia antes de pensar siquiera en publicarla. Además, me gustaría adjuntar alguna imagencita también jaja.
Me pondré a responder los reviews (¡Gracias de nuevo!). Nos estamos leyendo pronto :)
Besitos.
MrsV.
