GLORY DAYS

-¿Y bien?-

-¿Cómo que "y bien"?- replicó, con aire extrañado, Kaneda.

-Oh, vamos.- habló Shin, con sorna, quitándole importancia al asunto -Ahora me dirás que no te has dado cuenta.- el algonquino negó, levemente con la cabeza. -¿No?- Se escandalizó su maestro. -¿No?- Repitió, incrédulo, mientras se llevaba las manos a la sien- Pero cómo, pero por qué...-

-Lo... lo siento, colega- trató de disculparse el joven de largo pelo color azabache, apenas logrando contener una sonrisa ante la enésima demostración de falta de cordura que su maestro había mostrado, día tras día, en aquel año de arduos entrenamientos. –Es que aún no sé lo que pretendes que vea en mi espada-

La katana de Kaneda, la estrella rugiente, Aranck. Una zampakutoh que bien hubiera podido empuñar cualquiera de los afamados héroes de antaño pero que, sin embargo, portaban las jóvenes e inexpertas manos de alguien que ni siquiera era shinigami aún.

Preguntándose de nuevo lo que su maestro decía haber mejorado en su espada de modo tan convencido, el algonquino la alzó a contraluz y examinó, uno por uno, los detalles de aquel arma que conocía tan bien. Era, sin duda, una katana del todo normal, por lo menos en el aspecto que ofrecía cuando no se había consumado la liberación.

El filo, plateado a la sombra, le devolvió un guiño iridiscente a su dueño cuando éste trató de enfrentar el acero a la cálida luz del sol. "Está afilada" pensó Kaneda "como siempre, de hecho", sentenció para sí, mientras sus ojos recorrían la hoja desnuda de su zampakutoh. De allí saltaron a la guarda, labrada en madera, una auténtica obra de artesanía que algún cíclope debía de haber tallado en la fragua de un antiguo dios. El detalle de los surcos era tan impresionante que el algonquino pasó varios minutos enfrascado en los relieves que nacían en la guarda y se extendían por toda la empuñadura y el pomo de la espada. A medida que los reseguía con la mirada, todos parecían confluir en un torrente mágico, en un dibujo arcaico y oscilante en que los grabados de la madera se confundían unos con otros para emerger nuevamente en el otro extremo del mango. Y sin embargo, seguía sin distinguir el sustancial arreglo que el maestro Shin afirmaba haber implementado en Aranck.

Finalmente, un par de segundos después, Kaneda sonrió.

-La cinta- adivinó, risueño. –Has cambiado la cinta por una nueva, ¿No es así?- El desaliñado nipón alzó el pulgar, muy serio, y asintió.

-Ahora tu espada se ha convertido en una verdadera máquina de matar.-

-Ya- aseveró Kaneda -¿Es una especie de cinta mágica de la sangre o algo?-

-No- negó, largamente, Shin. –Es azul, ¿No la ves?- Kaneda asintió, descolocado.

-Colega- empezó, sintiéndose necesitado de un par de claras explicaciones- ¿No me estarás diciendo que has cogido la cinta que había en mi espada...- Shin asintió.-... la has cambiado por otra más nueva y de colores más brillantes...- Su maestro sonrió, sintiéndose reconocido-... y la has atado en el mismo sitio que ocupaba la otra?-

-Veo que no se te escapa una- fue la réplica del japonés –No creas que me fue fácil encontrar una cinta tan buena. En un principio quería comprarte una roja, que mola más, y daría una pinta cojonuda en tu shikai, pero al final me tuve que conformar con una de otro color, así que me agencié una azul, como la que tú ya tenías.-

-Vaya... gracias- fue la entrecortada respuesta del algonquino

-Oh, no hay de qué- le disculpó su maestro.- Qué, ¿Te la vas a probar?- Kaneda se lo miró, entre extrañado y asustado. Había visto muchas veces lo que hacía su maestro con su cinta de color verde azulada en los combates y, sinceramente, eso era algo que él no quería tener que aprender.

-Pues...- trató de excusarse, pero Shin ya había tomado la iniciativa.

-Y con ella, vas a lograr un aspecto temible en el combate, como yo- empezó, desanudando la cinta que portaba su katana y atándosela a la frente -¿Qué te parece?- le indicó, señalando su propia cabeza. –Tu otra cinta era una piltrafa y estaba medio apolillada, pero esta tan molona que te he comprado, aún no siendo roja, causará un efecto inmediato en tus enemigos.-

"La risa, sin duda" se atrevió a pensar Kaneda, mientras tardaba cuanto tiempo estaba en sus manos para desanudar la flamante cinta azulada de Aranck ante los emocionados ojos de su maestro.

Finalmente, y ante la necesidad de tomar una decisión, el joven algonquino tuvo una revelación que sabía que iba a agradecer el resto de los días de su existencia.

Con lentitud pero con firmeza, en vez de llevar la cinta azul marino a su frente, la envolvió alrededor de su antebrazo izquierdo y la ató con fuerza. Entonces, tragando saliva y temiéndose lo peor, alzó la mirada hacia su maestro y le vio sonreír. Lo peor había pasado, pensó. Parecía que, después de todo, quizás no tuviera que pasearse por todo el Seireitei con aquella cinta en la frente en plan Rambo.

-¿Qué opinas, colega?- le preguntó, haciéndose el despistado, tratando que su acción evasiva pasara inadvertida ante los ojos de su sensei. Éste, nuevamente, sonrió.

-Parece que, al fin y al cabo, tú y yo no somos tan distintos- Afirmó. Con una cinta verde ondeando en su cabeza despeinada, Kaneda no supo si tomarse aquello como un cumplido o como una amenaza.

-¿A qué te refieres?- inquirió, al fin, con un hilo de voz, temeroso de la posible contestación.

-La cinta en el antebrazo- le señaló su maestro- Hace ya muchos años yo también la solía llevar así.- Kaneda, largamente abatido, suspiró.

-¿Con eso quieres decir que yo terminaré también por llevarla atada a la frente?-

-¿Quién sabe?- fue la trascendente respuesta de Shin –Eso solo depende de ti.-

Abrumado por aquella contestación pero reconfortado en parte por el hecho de saber que su maestro no se disgustaría si no emulaba su peculiar estilismo en combate, el joven algonquino envainó su zampakutoh ante él por última vez, le hizo una cortés reverencia y cargó con el fardo que reposaba, pesado, a sus pies.

-Gracias por todo, maestro... colega.- se despidió, con una leve sonrisa en los labios. Shin, por su parte, ajeno por completo a cualquiera que fuera la emoción del momento, se rascó la cabeza, luego la nariz y se quedó mirando a su alumno con el gesto impasible y severo.

-No deberías irte, ¿Lo sabes, no?- le respondió finalmente, en voz baja, mientras veía al algonquino alejarse por el mismo camino que los había unido por vez primera, pero Kaneda estaba ya demasiado lejos para contestarle. En vez de eso alzó la siniestra, de espaldas, mostrando con inesperado orgullo la cinta azulada que él mismo había anudado a su antebrazo. Ante la fuerza del vínculo que representaba aquel gesto, Shin no pudo evitar sonreír.

- Por esta senda, y andando,
vas a mi encuentro, cantando.
Firme la espada, tu suerte.
Oscuro dios de la muerte
.-

Tarareó, suavemente, mientras sus pasos se alejaban de los de su joven pupilo. "Al fin y al cabo" pensó "Le he dicho cuanto necesitaba. De cualquier modo sigue tratándose de su elección". Y su mente viajó al pasado, por un solo instante, retrocediendo hacia el preciso momento en que él mismo, Shinryu Shin, había tenido la opción de ingresar en el cuerpo de shinigamis del Seireitei.

X X X X X

-¿Rechazas mi proposición?- clamó, incrédulo, el anciano de barba canosa ante la contundente negativa que acababa de recibir.

Su desaliñado interlocutor le sonrió.

-Vine buscando respuestas- comentó, encogiéndose de hombros- Y la verdad es que ahora que sé como funciona esta idea que estáis vendiendo te puedo asegurar que no me interesa, la verdad.-

-Pero los shinigami...- trató de hacerle entrar en razón, aunque el japonés le interrumpió, sacudiendo una vez más la cabeza mientras se acariciaba el mentón.

-Me estáis exigiendo unas normas- empezó, adornando cada palabra con la correspondiente gesticulación.- unas obligaciones- continuó –una disciplina. Y yo me hallo aquí, en el limbo de los justos, ¿y se supone que tengo que seguir combatiendo sin más?-

En ese preciso momento, alzó la vista hacia el cielo y vio nubes, centenares, miles de nubes, blancas, en la celeste bóveda, ensombreciendo la cálida cara del sol. Tranquilamente, se llevó la mano hacia el rostro, se rascó la barbita y suspiró.

Pasados unos instantes, tras un momento de pausa, negó lentamente con la cabeza, dio media vuelta y se marchó, tierra adentro, en dirección contraria a la puerta de aquella blanca ciudad.

-Después de una vida de sufrimiento, no está bien que se fuerce a las personas a elegir, nuevamente, el camino de las armas- rezó, de espaldas a aquel hombre vestido de negro, que se lo miraba en silencio. -Lo sé. Cada uno es como es- prosiguió, mientras seguía andando hacia el lindar del bosque exterior. –en la muerte y en la vida- continuó- pero yo, hace ya mucho tiempo, decidí que aquí encontraría mi propio rincón de paz- indicó, mientras volvía la mirada hacia atrás- mi cielo azul y radiante, mi reducto de felicidad.- sonrió- Lo siento- comentó, al fin, mientras su silueta se perdía en el bosque- no deseo sombras en mi paraíso, no quiero nubes sobre el Nirvana.-

X X X X X

Tras unos segundos de duda, una feliz carcajada asomó en su rostro y en su corazón.

-No, no me equivoqué en absoluto- sentenció, mientras echaba la vista hacia el cielo. –Desde luego que no.-