Los ancianos de Jeju
Tatsumi enderezó los hombros y frunció el ceño, como siempre que debía enfrentarse a una tarea ingrata. Durante sus años de servicio al señor Mitsumasa Kido, las tareas ingratas fueron abundantes, al punto que el joven que estaba por enfrentar no le conocía otra expresión al mayordomo-guadaespaldas-administrador. Pero si algo movía a Tatsumi Tokumaru en ese mundo de trampas y desengaños era su firmísimo sentido del deber y el honor.
Era descendiente de samuráis y se regía por la misma filosofía que ellos: ante todo, debía servir a su amo. Por eso no le era agradable lo que tenía que hacer ese día, ya que muchos pensarían mal del difunto señor Kido cuando se esparciera la noticia, pero ahora era servidor de la señorita Saori y eso traía consigo una responsabilidad hacia los jóvenes guerreros que también la servían.
Además, Jabu era de los pocos que habían sido obedientes hacia ella incluso antes de saber que era la reencarnación de la diosa Atenea.
Lo encontró (¿cómo no?) en el mismo lugar de la mansión en el que se encontraban los demás Caballeros de Bronce. Por supuesto, era demasiado pedirle a la vida poder encontrarlo a solas para tratar el asunto de forma más discreta. Seguro que sus amigos más cercanos querrían enterarse de todo al mismo tiempo.
-¡Jabu! –lo llamó con su tono más autoritario desde cierta distancia.
Fue una satisfacción mínima el ver que los diez chicos (Ikki incluido) se enderezaban de pronto con solo escuchar su voz. Todavía no perdía el toque, aunque cada uno de los diez era más que capaz de dejarlo inconsciente (o algo peor) de un solo golpe. Esa satisfacción seguro que no duraría, así que se preparó para ser recibido de forma grosera y…
-¿Sí, Tatsumi?
Definitivamente, no había esperado el tono amable con el que respondió el muchacho y eso lo hizo titubear al responder.
-Acompáñame.
Dio media vuelta y empezó a caminar, sin comprobar si lo seguía o no. No lo admitiría nunca, pero fue un alivio escuchar sus pasos detrás de él.
-Oye, un momento –por supuesto, tenía que intervenir Ikki para echarlo todo a perder-. ¿Vas a ir así como así, solo porque este tipejo te llama?
-Se le ha dado una orden, lo lógico es que obedezca –replicó, mordiendo las palabras y sin dignarse mirar al insolente (que ahora era más alto que él).
-Además, sería una muestra de mala educación el negarle un favor a un representante de la tercera edad. Nada me cuesta ir a ver qué quiere… Bien sabes que no me llamaría aparte si quisiera intentar darme otra paliza, ¿no crees? Su especialidad siempre fue hacerlas lo más públicas posible.
Por lo visto, Jabu había descubierto en algún momento desde la última Guerra Sagrada las bondades de insultar a alguien sin dejar de sonar amable.
-Por mí, dejaría este asunto como está –respondió, tratando de dominar un principio de enojo, aquello había estado demasiado cerca de la verdad para su gusto-, pero mi conciencia demanda que recibas lo que es tuyo.
Siguió caminando. Respiró cuando oyó (unos cinco segundos después) que Jabu caminaba de nuevo. Contuvo la respiración cuando escuchó la voz de Geki.
-Nosotros también vamos. No me gustó cómo sonó eso.
Murmullos de asentimiento por parte de los demás Caballeros de Bronce. Tatsumi apretó los labios otra vez y frunció todavía más el ceño. Sí, era pedirle demasiado a la vida tratar aquello de forma discreta.
Los guio hasta una de las salas de archivo, donde se guardaban documentos de la Fundación Graude que debían ser conservados por al menos diez años más. Sobre una larga mesa de reuniones esperaban, pulcramente ordenados, sobres y paquetes pequeños y medianos en cantidad respetable.
Fue entonces cuando se dignó mirar a Jabu de nuevo. El muchacho no parecía insolente, solo intrigado.
-Esto te pertenece –dijo, señalando la mesa.
-¿Qué es? ¿Correo de sus fans? –preguntó Seiya, burlón.
-No estoy hablando contigo –replicó Tatsumi, antes de centrar de nuevo su atención en Jabu-. Estaba ordenando correspondencia del señor Mitsumasa Kido que encontré aparte de todo lo demás entre sus papeles. Esos documentos eran… -ahora venía lo difícil- cartas de tus padres.
-¿Mis padres? –repitió Jabu, como un eco-. Oh… ¿el señor Kido los conoció cuando todavía vivían? –su rostro se iluminó con una sonrisa-. ¡Me encantará leer esas cartas, aunque estén dirigidas al señor Kido, yo…!
-¡Cállate! –interrumpió Tatsumi, que ya no podía con la incomodidad que le provocaba el darse cuenta de que Jabu estaba a punto de darle las gracias por lo que creía que era una acción generosa y no un pesado cargo de conciencia-. La señorita Saori tendrá que decidir si te deja leer esas cartas! ¡Estas son tuyas! –tuvo que interrumpirse para respirar hondo y obligarse a bajar el tono-. Tus padres te escribieron durante años. Los paquetes, me imagino, serán regalos.
-¿Eh…?
- Como dije, te pertenece esto. Ignoro por qué no se te entregó antes, pero ahora estoy corrigiendo ese despropósito. No abrí nada. Solo me guie por los matasellos para ordenarlos cronológicamente.
Dicho eso, abandonó la sala, antes de que Jabu se diera cuenta de que la carta más reciente era de hacía dos semanas.
Seiya se asomó a la habitación de Jabu. Al igual que todas las veces anteriores en la última semana, lo encontró sentado en el suelo, leyendo.
Cada vez que se asomaba, el montón de cartas por leer había disminuido un poco. Por otro lado, algo que aumentaba cada vez eran los regalos, pulcramente ordenados. Empezaron con juguetes para luego seguir con libros y cosas más apropiadas para un adolescente. Un detalle que sorprendió un poco a Seiya era que ninguno de los juguetes parecía seguir las modas que recordaba de su infancia: los primeros eran leones y unicornios de trapo, obviamente elaborados a mano, con mucho arte y cuidado, nada que fuera posible encontrar en tienda alguna. Lo mismo pasaba con los juguetes de madera que aparecieron en los paquetes que seguían: cada uno era una pequeña obra de arte.
Los libros… algunos estaban en griego y otros en coreano. Jabu no sabía ni una palabra en coreano. De hecho, ninguno de los Caballeros de Bronce sabía nada en ese idioma, así que solo podían conjeturar el contenido de esos libros por las ilustraciones. Al igual que los libros en griego, unos parecían abarcar grandes obras de la literatura universal, otros parecían ser mitología o historia de Corea, con lo cual equilibraban los de mitología e historia de Grecia.
-¿Cómo te va? –preguntó, cuidadosamente.
Jabu levantó la mirada. Otra vez tenía los ojos enrojecidos.
-Mira –señaló hacia su mesa de noche-. Mi regalo de cumpleaños del año pasado.
Un unicornio de bronce. Seiya se quedó boquiabierto por un instante y no le quedó más remedio que acercarse para examinarlo mejor. Esa escultura era todavía mejor que las figuras de madera y además tenía perlas que parecían de muy buena calidad adornando la crin y la melena.
-Mis padres me vieron en el Torneo Galáctico –dijo Jabu, con un hilo de voz-. Me escribieron justo después de que Ban y yo combatimos. Ellos… dicen que están orgullosos de mí, que es un consuelo para ellos saber que logré convertirme en Caballero de Bronce, pero… pero… -el hilo de voz empezó a temblar, como si Jabu estuviera a punto de llorar- no entendieron el propósito del Torneo Galáctico, les pareció terrible que la señorita Saori hiciera combatir entre sí a miembros de la Orden de Atenea. Me pidieron que fuera prudente, que recordara que mi primer deber es servir a Atenea y proteger a los indefensos… y… y… que procurara lastimar lo menos posible a mis hermanos de armas si no tenía más remedio que luchar contra ellos.
Seiya se mordió el labio inferior. Cuando empezó a leer las cartas, Jabu hablaba de sus padres en pasado. Desde hacía unos días, lo hacía en presente. No era para menos, las últimas cartas eran preocupantemente recientes y "Bampá" y "Appa" (como firmaban en cada carta) se habían vuelto algo muy real, no solo para Jabu sino también para el resto de los Caballeros de Bronce y para Saori.
-Tatsumi dice que no sabe por qué el viejo te escondió todo esto.
Jabu sacudió la cabeza.
-Habrá pensado que abandonaría el intento por ser Caballero de haber sabido que no soy huérfano. O algo así. No sirve de nada especular sobre lo que pasaba por su mente.
-Qué curioso, Saori dijo algo parecido.
-Las grandes mentes piensan en forma paralela.
-¿Has podido averiguar algo con las cartas?
-Pues… Bampá definitivamente es griego y no parece tener mucha escolaridad. Escribe la mayoría de las cartas, pero su caligrafía y ortografía me resultan difíciles de descifrar a ratos. Me parece que tiende a mezclar los géneros. Como "bampá" es "papá" en griego, creo que "appa" debe ser "mamá" en coreano. Ella tiene una letra mucho más legible, pero me doy cuenta de que el griego definitivamente no es su lengua materna. Las primeras cartas tenían muchos párrafos en coreano, luego solo escriben en griego los dos. Mencionan que el señor Kido les dijo que ya estaba con mi Maestro y que entonces asumieron que se esperaría de mí que diera énfasis al griego más que al coreano. Creo… que quizá cuando era muy pequeño fui bilingüe en algún momento. Ahora no recuerdo nada de coreano, solo sé griego, japonés y árabe.
-Yo no diría que eso es saber poco, lees y escribes en los tres idiomas, yo seguramente soy peor que Bampá en griego.
Bueno, finalmente había logrado sacarle una sonrisa.
-Te tengo una buena noticia: Saori terminó de revisar las otras cartas, las que iban dirigidas al viejo. No pudo averiguar los nombres de tus padres, parece ser que Kido estuvo a punto de quemarlas o algo así y quedaron muy dañadas, pero al menos logró hacerse una idea de dónde pueden estar: una isla de Corea llamada Jeju.
-Jeju… no me suena ese nombre.
-Tiene un volcán llamado Halla.
-Tampoco me suena.
Seiya señaló el unicornio de bronce.
-Y es muy conocida por sus perlas, que los nativos pescan en forma artesanal.
-…Oh.
-Saori dice que partiremos hacia allá en cuanto hayas hecho la maleta.
Jabu dobló cuidadosamente la carta y la guardó en el sobre correspondiente.
-Estaré listo en diez minutos o menos… Lo que no entiendo es por qué vienes tú.
-Alguien tiene que asegurarse de que Tatsumi se porte bien y tú vas a estar muy ocupado conociendo de nuevo a tu familia.
-Ah, claro.
-¿Pudiste averiguar algo más con los documentos del señor Kido?
Saori sonrió levemente. No había sido nada fácil para Jabu abandonar el "señorita" y empezar a tutearla.
-Sus notas no son muy claras. Estoy casi segura de que se refería a tus padres como "los ancianos de Jeju", pero puedo equivocarme en eso, también podrían ser vecinos o parientes de esos ancianos.
Jabu miró interrogante a Tatsumi y este se removió, incómodo.
-El señor Kido estaba investigando por aquel entonces el Misopheta-Menos –explicó, a regañadientes, cuando Saori también se quedó mirándolo-. Dohko se negaba a hablar con él al respecto y, en el curso de sus investigaciones sobre el Santuario y la Orden de Atenea, desarrolló la teoría de que los ancianos de Jeju también recibieron el Misopheta-Menos por las mismas fechas que Dohko.
-¿Ellos… pertenecen a la Orden? –preguntó Jabu, sorprendido.
-No lo sé. El señor Kido fue particularmente poco comunicativo durante esa investigación, lo hizo todo por su cuenta y no me permitió acompañarlo la única vez que visitó Jeju –Tatsumi vaciló unos segundos antes de añadir-. Volvió contigo, Jabu, y me prohibió hacer preguntas. Solo me dijo tu nombre, que tenías año y medio y que debía inscribirte como japonés en los registros de la Fundación. Siempre me llamó la atención porque de japonés tienes muy poco. O nada. Pero, antes de que te precipites a asumir que tus padres tal vez sean un Caballero y una Amazona que participaron en la guerra sagrada del siglo XVIII, ten en cuenta que bien podría ser que la única relación fuera que te encontró en Jeju mientras investigaba el Misopheta-Menos.
-Tiene razón –admitió Jabu.
-Mi abuelo buscaba algo que no iba a encontrar –intervino Saori-. Es cierto que otros Caballeros recibieron el Misopheta-Menos antes que Dohko, pero todos ellos habían muerto antes del siglo XVIII y él fue el último en recibirlo. Para los humanos, la inmortalidad no es un don sino una carga muy pesada y no pido a nadie soportar esa terrible prueba a menos que no me quede otra opción.
Jabu miró con interés a su alrededor.
-Es un lugar… bastante verde –fue lo primero que se le ocurrió decir.
Su entrenamiento (y la mayor parte de su vida) transcurrió en Argelia, el país más grande de África, concretamente en la parte norte del Sahara, que ocupa la zona central del país. Estaba acostumbrado al paisaje de dunas y montañas esculpidas por un viento seco, donde la lluvia es escasa. Jeju, por su parte, contaba con abundancia de agua y una temperatura media mucho más baja que la de su lugar de crianza. Tenía la sensación de que el suéter que portaba en ese momento (y que no tenía la menor intención de quitarse para exponerse a unos 15°C) era como un cartel que delataba su condición de extranjero.
"Aunque quizá nací aquí" pensó, preocupado.
Por más que se esforzaba, no conseguía recordar nada anterior a su vida en la Fundación Graude. Las voces a su alrededor no contenían ningún sonido familiar y el paisaje, aunque hermoso, no le comunicaba nada.
-¿Ves algo que te resulte conocido? –preguntó Seiya, al tiempo que rodeaba los hombros de Jabu con un brazo.
Normalmente, se habría soltado de él con brusquedad y un par de insultos, pero en ese momento solo le dirigió una mirada de desamparo.
-Nada.
-Uh.
Los dos siguieron a Saori y Tatsumi, que conversaban animadamente con un traductor al que había contratado por medio de las Empresas Kido.
Armados con el traductor y con el remitente de las catas (escrito en coreano, por lo que resultaba un misterio para los cuatro), se las habían arreglado para averiguar que los padres de Jabu vivían en alguna parte del Parque Nacional Hallasan, donde se encuentra el Monte Halla, la mayor altura de Corea.
-No se supone que viva gente en un parque nacional –murmuró Jabu mientras seguían caminando hacia el centro de atención a visitantes del parque.
-Hace solo unos pocos años que lo es –replicó Seiya de inmediato, con su tono más irritantemente optimista-. A lo mejor estaban aquí desde antes y el gobierno de Corea no los hizo salir. Si la suya es una casa antigua, un patrimonio cultural o algo así, tendría sentido que se les permitiera quedarse. También si viven de algún cultivo tradicional o alguna artesanía única de la zona… O podría ser tan simple como que son guardaparques y por eso viven en el parque.
-Eso suena… verosímil –aceptó Jabu.
Pero no eran guardaparques. El que los atendió se fue poniendo más y más serio a medida que hablaba el traductor, para luego negar enfáticamente que hubiera una pareja viviendo en la zona protegida.
-No sería legal. Hallasan es una de las razones por las que Jeju fue escogida como una de las Siete Maravillas Naturales –concluyó el traductor-. Temo que es un callejón sin salida, señorita Kido.
Jabu no estaba tan convencido; algo en la actitud del guardaparques lo convenció de que ocultaba algo.
Se soltó de Seiya y se acercó al guardaparques luego de tomar el sobre para mostrarle el remitente una vez más.
-Por favor –suplicó-. Ellos son mis padres. Busco a mis padres.
El guardaparques lo miró con cara de sorpresa una vez que el traductor explicó las palabras del muchacho y habló de nuevo.
-Pregunta si tu nombre es Jabu –dijo el traductor, con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Sí! ¡Ese es mi nombre!
El guardaparques titubeó un poco más, tomó un mapa de los que estaban en el mostrador y trazó con bolígrafo un camino que no aparecía impreso, hasta señalar un lugar cercano al lago Baengnokdam, que ocupa el cráter dormido desde hace cinco mil años.
El traductor tardó un poco en explicarles lo que decía al hacer eso, como si encontrara el asunto un poco extraño.
-Los ancianos viven en el templo antiguo… pero creo que no se refiere al templo budista que fue reconstruido en 1908. Dice que solo la gente de Jeju sabe sobre sobre esos ancianos y sobre el templo, y me parece que se está refiriendo al templo budista como "el templo nuevo", aunque data del siglo XI. Hum. Dice que son sus vidas lo que arriesgan si suben ahí, porque la diosa quiere paz en su templo.
-¿De qué diosa habla? –preguntó Saori.
-La llama "la diosa extranjera" –dijo el traductor-. Parece ser que los locales evitan nombrarla, no quieren que se enfade.
-¿Quién podrá ser? –dijo Seiya, ahora verdaderamente curioso.
-Se dice que el agua del lago Baengnokdam es uno de los ingredientes del elíxir para la vida eterna. Puede que se trate de algún dragón o algo así, encargado de proteger el lago. Los ancianos quizá son los encargados de presentarle ofrendas –sugirió el traductor.
Todo aquello era pura conjetura y Jabu sentía que perdían demasiado tiempo, fue un verdadero alivio cuando se despidieron del traductor y empezaron a caminar por el sendero secreto (que nunca habrían encontrado sin el mapa) y se encaminaron a la cumbre del monte.
-Debe ser por aquí –dijo Saori cuando el lago se hizo visible.
-¿Por ahí? –Seiya señaló una construcción cercana que… extrañamente… ninguno de ellos notó antes aunque debería haber sido visible desde una gran distancia.
-Admito mi completa ignorancia sobre arquitectura coreana, pero, a menos que alguien demuestre lo contrario, me atrevería a jurar que [i]eso[/i] es un templo griego –dijo Tatsumi.
-Es un templo griego –confirmó Saori.
-¿Qué hace aquí un templo griego? –preguntó Seiya.
-Habitualmente, lo que hace es permanecer en su sitio, no es común que haga nada más aparte de eso –intervino una voz desconocida en un tono francamente sarcástico.
Todos miraron en la misma dirección.
Un hombre de unos treinta años se acercaba a ellos a paso vivo. Vestía ropa tradicional coreana que lo habría identificado (siglos atrás) como alguien de alto rango, y se movía con la seguridad de quien se considera dueño del suelo que pisa.
-Los escuché hablar en griego, me figuro que serán turistas, solo por eso no voy a llamar a la policía. Quizá no les explicaron que no se permiten visitantes aquí –advirtió-. Estamos cerca de unas cuantas fumarolas que emiten gases tóxicos ocasionalmente, no resulta seguro.
-Perdone –interrumpió Jabu-. Estoy buscando a mis padres. Tengo razones para creer que viven aquí, o cerca de aquí.
Los ojos del hombre (de un azul muy oscuro, similar al color del lago) se agrandaron con sorpresa.
-No… ¿Jabu?... ¿Eres Jabu?
-Sí, ese mi nombre, yo…
Lo siguiente que supo fue que el hombre lo estaba abrazando con una fuerza inesperada.
-No creí… no imaginé… Después de tantos años, no me atrevía a mantener la esperanza de que te permitieran volver y cuando te vi, creí que los ojos me estaban engañando.
-¡Eh! ¡Un momento, por favor!
-Perdona, perdona…
El hombre lo soltó y Jabu pudo mirarlo con más atención. Había un cierto parecido entre ellos. Sus ojos, especialmente, eran del mismo tono de azul. Jabu sonrió, dejándose llevar por la esperanza repentina de que aquel fuera un hermano mayor.
-¿Quién eres? –preguntó.
-Tu padre, por supuesto.
-¿Es en serio?... Pareces muy joven.
El hombre rio, divertido.
-Oh, eso es culpa de la diosa, ya te lo explicaré. Hum… veo que has traído a uno de tus hermanos de armas y… oh…
La sonrisa fue reemplazada por una expresión seria y formal cuando el hombre se arrodilló frente a Saori.
-Princesa Atenea. Han pasado más de doscientos años desde la última vez que estuve en su presencia… En aquel entonces, se llamaba Sasha.
-¿"Sasha"?... Oh… cielos… ¡Eres Yato!
Saori tomó sus manos, instándolo a ponerse de pie.
-¡Yato! ¡Mi querido, valiente Yato! ¡Jabu, tu padre también fue mi Caballero de Bronce del Unicornio! ¿Pero cómo llegaste aquí? [i]¿Por qué[/i] estás aquí?
-¿Y todavía vivo? –completó Yato, sonriendo de nuevo-. Vamos al templo. Es una historia larga y ahí estaremos más cómodos.
Curiosamente, lo primero resultó familiar para Jabu desde su llegada Jeju fue el sabor del té y el ritmo calmado de la voz de su padre mientras relataba para ellos el destino de los Caballeros de Bronce y Plata al final la guerra sagrada del siglo XVIII.
-Queríamos seguirla hasta el final, pero Sasha decidió que solo ella y Tenma enfrentarían a Hades, y nos transportó a todos hasta Jamir. Allí descubrimos que ninguno de nosotros, sin importar el rango, era capaz de reactivar su cosmos. Nuestras armaduras desaparecieron por sí solas, probablemente para esperar a nuestros sucesores, y fue como si jamás hubiéramos sido guerreros sagrados.
Yato guardó silencio unos instantes y luego miró a Saori.
-Durante alrededor de veinte años, me negué a aceptarlo y luchaba cada día por volver a encender mi cosmos.
-Sasha estaba convencida de que eso era lo mejor para todos –dijo Saori.
-Eso es lo que Yuzuriha me decía a diario, pero yo entonces no estaba listo todavía para comprenderlo ni aceptarlo.
"En fin, fueron unas dos década muy frustrantes, pero cuando por fin llegué a resignarme y acepté mi nueva vida como pastor de ovejas en Jamir… entonces apareció la diosa.
-¿Cuál diosa? –preguntó Saori, con gesto preocupado.
-Gea.
-Oh. Justo lo que temía.
-¿Por qué? –preguntó Jabu.
-Gea no es en este momento… ni lo ha sido por varios millones de años... muy estable que digamos.
-De eso puedo dar fe –dijo Yato, mortalmente serio-. La noble Gea me informó que, desde la antigüedad más remota, ha tenido oráculos sagrados en volcanes como el Halla.
-Sí, el Oráculo de Delfos era suyo antes de que lo tomara Apolo y es un buen ejemplo de sus lugares sagrados: grietas y cuevas conectadas a la sangre de la tierra. Ni siquiera es necesario un templo.
-Es correcto. Ella me informó que el puesto de guardián de este Oráculo estaba vacante desde hacía… oh… unos dos mil años.
-Seguramente había olvidado que existía.
-Muy probable.
-¿Y te seleccionó como nuevo guardián?
-Así es.
-¿Y no aceptó un "no" por respuesta?
-Exacto.
-Sí, esa es Gea.
-Brindo por ella –dijo Yato, levantando su té con gesto irónico-. El templo lo encontré en ruinas, pero la diosa me dijo que tendría todo el tiempo del mundo para reconstruirlo.
-Eso explica tu longevidad.
-Sí –Yato puso cara de resignación-. Su poder me mantiene con vida y congelado en la edad que tenía cuando me trajo aquí, con la condición de que no abandone la isla. Si llego a salir, correré el destino de Urashima.
-Y… hum… ¿Aquí conociste a Appá? –preguntó Jabu, intrigado.
-¿Cómo dices?
-Appá, es mamá, ¿verdad?
-Er…
-Cuando empecé a leer sus cartas, pensé que tú eras griego y ella coreana, pero veo que tu eres cuando menos mitad coreano, aunque tienes algo de europeo, ¿no?
-Soy hijo de un coreano y de una inglesa.
-¿Y Appá es griega?
-Hijo, "Appá" soy yo.
-…¿Cómo?
-"Appá" es "papá" en coreano. Fue tu tercera palabra. La primera fue "¡no!" y la segunda fue "Bampá".
-Pero… -Jabu no sabía qué cara poner. Por su parte, Seiya estaba riendo a mandíbula batiente-. ¿Me estás diciendo que ustedes firmaban sus cartas como "papá y papá"?
Yato sonrió lentamente y los demás descubrieron en ese instante que la sonrisa burlona que tan bien le conocían a Jabu era una reproducción casi exacta de la de su progenitor.
-Veo que olvidaste tu lengua "paterna". En coreano, "mamá" se dice "eomma".
-Uh…
-Créeme que me hubiera encantado que le dijeras así a tu otro padre, pero a él no le hizo ninguna gracia cuando traté de enseñarte a decir "eomma". Tal vez por eso tu primera palabra fue "¡no!", con toda la rotundidad del caso.
Saori no pudo evitar sumarse con una risa a las carcajadas de Seiya. Sin apartar la mirada de Yato, Jabu le dio un manotazo por la cabeza al Caballero Pegaso. Tatusmi (que también reía a carcajadas) estaba demasiado lejos como para aplicarle el mismo tratamiento.
-Bueno, pero igual me queda la duda –dijo Jabu, con toda la dignidad que logró reunir en cuatro segundos-. ¿Bampá es griego?
-Creo que ni él está muy seguro, pero yo diría que parece griego…
Un segundo hombre, de una edad similar a la de Yato, entró como una tromba.
-¡Yato, creo que hay gente en los alrededores…! Oh, veo que ya los encontraste.
-Y aquí tienes a Bampá –dijo Yato, señalando al recién llegado-. Regulus, antiguo Caballero de Oro de Leo. ¡Mira, Regulus, nuestro hijo ha vuelto!
Por segunda vez en el día, Jabu se encontró estrujado entre los brazos de alguien.
Saori salió silenciosamente del templo antes del amanecer y miró hacia el cielo. Ahí las estrellas se veían tan grandes y claras como en Star Hill.
Y, tal y como lo esperaba, Regulus y Yato estaban ahí. Saludó a ambos con una inclinación de cabeza y se sentó cerca de ellos.
-Tienes preguntas que no querías hacer delante de Jabu –dijo Regulus, de buenas a primeras.
-Veo que sigues igual de directo.
El antiguo Caballero de Oro de Leo se encogió de hombros con una sonrisa.
-Yato lleva dos siglos tratando de enseñarme modales, por más que le digo que es tiempo perdido.
-Yo no diría tanto como eso. Ya conseguí que te quites los zapatos antes de entrar al templo –Yato sonrió solo por un momento antes de dirigirse a Saori con seriedad-. Pero este cabeza hueca está en lo cierto, ¿no es así? Tienes preguntas sin formular.
-Es verdad. Regulus, tú… Gea no te trajo aquí de la misma manera que a Yato, ¿verdad? Sasha supo que habías dejado de existir luego de tu duelo con Radamanthys…
-Tampoco estaba muerto. Siempre he tenido, al igual que mi padre, esta… habilidad… me fundí con la naturaleza. Es cierto que mi cuerpo se desintegró en ese momento, pero no lo necesitaba para existir, y seguí existiendo.
-Creemos que eso llamó la atención de Gea –apuntó Yato.
-Sí, porque llegué hasta aquí desde el Inframundo, precisamente por las grietas sagradas sobre las cuales está construido este templo… quizá un poco como las visiones que solían tener las videntes aquí. Gea me fabricó un cuerpo nuevo y me dijo que permanecería aquí para honrarla. Y… eventualmente se dio cuenta de que yo no estaba en condiciones óptimas, y me dijo que traería a alguien para cuidarnos a mí y al templo. Al día siguiente llegó Yato. No estaba muy contento.
-No, para nada –admitió el otro, con un gesto melodramático-, pero con el paso de los siglos he llegado a resignarme a mi suerte.
-Ya veo... Me ha quedado claro que no querían separarse de Jabu –Saori respiró hondo-. No me sorprenderé si me dicen que mi abuelo adoptivo, Mitsumasa Kido, se lo llevó por la fuerza.
-De nada hubiera servido que intentáramos rescatarlo –respondió Regulus, melancólico-. Habríamos muerto al momento de abandonar la isla.
-Sí… pero la pregunta va por otro lado, ¿no? –dijo Yato.
-¿Por qué vino Mitsumasa Kido aquí?
-Quería ser inmortal –dijo Regulus, con sencillez-. Supo de nuestra existencia y pensó que podríamos ayudarlo con eso. Se desilusionó bastante cuando le explicamos que recibimos la inmortalidad muy en contra de nuestra voluntad y que no podíamos ayudarlo. Pareció resignarse y de pronto… simplemente se fue y se llevó a Jabu consigo.
-Y esa es otra cosa que no entiendo. ¿Por qué?
-Esa misma pregunta nos hicimos nosotros unas cuantas veces –Yato miró pensativo hacia el lago, donde se reflejaban las estrellas-. Creo que tomó literal las cosas cuando le dijimos que Jabu fue un regalo de Gea. Pienso que creyó que un niño "creado" por una diosa primigenia para un par de sujetos inmortales tendría algún don especial. Quizá debimos explicarle más claramente que Gea un día simplemente nos visitó y nos entregó a un bebé que había encontrado abandonado. A ella le llamó la atención su semejanza con nosotros, por eso nos lo trajo.
-Por eso y porque le pareció que estábamos muy solos.
-Jabu tiene dones muy especiales –dijo Saori.
-No lo dudo –la sonrisa de Yato se hizo suave, en una forma que Saori no recordaba haber visto en los recuerdos de Sasha-. Unicornio es una armadura altamente quisquillosa, no habría permitido que la vistiera si no lo considera digno.
-Yo… podría tratar de convencer a Gea… -empezó Saori, luego de un rato de silencio.
-Puedes intentarlo –dijo Regulus-. No te negaremos eso. Si consigues que nos permita salir de la isla, envejecer y morir como corresponde… eso sería estupendo.
Saori se mordió el labio inferior, preocupada. El gesto no pasó desapercibido.
-Pero si no lo consigues, también estará bien –apuntó Yato-. La Orden ha perdido la totalidad de sus Caballeros de Oro, solo quedan dos Amazonas de Plata y una decena de jóvenes de Bronce. Vas a necesitar a todos los viejos gruñones que puedas conseguir para entrenar a los aprendices que encuentres a partir de ahora.
-Es cierto –admitió Saori.
-Puedes contar con nosotros. Como siempre.
Saori asintió. Ciertamente, hablaría con Gea (en el hipotético caso de que su bisabuela estuviera lo bastante coherente como para concederle audiencia), y haría todo lo posible para que la anciana deidad comprendiera que retirar la inmortalidad de ellos no necesariamente implicaría acelerar su envejecimiento. Y, si Gea no aceptaba liberarlos, tendría que echar mano de toda su diplomacia para convencerla de que les permitiera aceptar aprendices y entrenarlos en Jeju.
De todos modos, aquello era una luz de esperanza para la continuidad de la Orden. Un nuevo enfoque, incluso, porque la siguiente generación de Caballeros crecería como una familia, algo que no había sido posible en sus vidas anteriores.
Se dio cuenta entonces de que Regulus y Yato estaban tomados de la mano mientras contemplaban las estrellas, y sonrió, feliz como no se había sentido en mucho tiempo.
Era maravilloso comprobar una vez más que la esperanza llegaba hasta sus Caballeros, en las formas más impredecibles y en los momentos más inesperados.
fin
Notas
"Appa": "papá" en coreano.
"Bampá": "papá" en griego.
La observación que hace Tatsumi sobre que Jabu tiene muy poco (o nada) de japonés, pues… según me han contado, hay muy poco mestizaje en Japón, por lo que una persona mestiza o de otra parte de Asia destaca con facilidad por sus rasgos. En este pequeño universo, con Jabu siendo parte coreano y parte europeo, le resultaría difícil ser confundido con un japonés de pura cepa.
Hallasan: el nombre del volcán hace referencia a que es lo bastante alto como para tirar del universo. Parece ser que, de acuerdo con el folclor local, subir a la montaña y ver desde ahí las estrellas es una manera de obtener salud y longevidad.
Baengnokdam: el nombre del lago en el Monte Halla significa "Lago del venado blanco", la leyenda local afirma que unos seres divinos bajaban del cielo para jugar con el venado blanco que simboliza la buena fortuna de la isla.
Urashima: protagonista de un cuento japonés. Urashima era un pescador del que se enamoró la hija del rey dragón. Se casaron y vivieron por un año en el palacio submarino de los dragones, pero un día Urashima quiso visitar su aldea natal. Su esposa no pudo convencerlo de no ir y le dio una cajita con la advertencia de que no la abriera. Cuado Urashima regresó a su aldea, ya no quedaba nadie que lo conociera: habían pasado trescientos años, porque el tiempo en los lugares mágicos transcurre de forma diferente. Desesperado, abrió la cajita y de esta salió un vendaval que lo hizo alcanzar la edad que tendría en realidad (¿320 años?) y el pescador se convirtió en un montoncito de polvo.
