Traducido por Nikky Valencia, FFAD.
Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD
Las semanas pasaron en un torbellino de contradicciones. Era como si estuviera viendo mi vida desde lejos, la rutina diaria convirtiéndose en una norma poco a poco, pero también tomando una posesión que nunca había vivido antes. El patrón se estaba convirtiendo en algo sólido. James, una presencia esporádica pero constante. Edward, una relación tentativa llena de caricias y momentos difíciles. Carlisle y su prescripción fallida seguida de otra seguida de progresos vagos. Incluso Charlie, otra relación que consiste en breves momentos de comodidad, pero sobre todo de cuidadosa interacción. Los tres hombres de mi vida seguían consecutivamente el día, con mayor frecuencia de inicio y fin en el modelo respectivo.
Había días cuando James o Edward se quedaban hasta tarde, o Edward y James se quedaban hasta tarde. Charlie no parecía que se preocupara mucho de James —al menos, eso es lo que parecía—. Edward, por otro lado, era todo lo contrario. Plazos estrictos de tiempo y lugares, no citas lejos de la casa (sin contar el que Edward me llevaba a casa después de la escuela cada día). Realmente no podía culparlo. Quiero decir, Edward era más grande y por eso era más intimidante para Charlie. Por no mencionar que las peleas entre nosotros cada vez los tomaban en posiciones precarias.
Pero en general mi relación con Edward ni siquiera podría ser llamada como tal. Era más bien un acuerdo. El acuerdo contenía un entendimiento. Fue tácito, pero ambos lo entendíamos.
'No se follen uno al otro'.
Por eso me sorprendió increíblemente cuando Edward, avanzó hacia mí con su carismático paso habitual al final de clases, me paró en frente de su coche y me pidió que fuera su novia.
—Así que estaba pensando. Tal vez ¿quisieras salir alguna vez? O, quiero decir, siempre salimos de tu casa así que, estaba pensando… ¿quieres ser mi novia?
Sólo así.
—Um —tuve que responder.
—No tienes por qué —me había cortado abruptamente—. Quiero decir, sé que los títulos siempre lo arruinan todo, pero estaba pensando que tal vez…
—Seguro, creo. —Tuve que detener su discurso.
Era muy romántico. Especialmente cuando la van de Tyler Crowley se derrapó en un poco de hielo y se estampó contra el parachoques de Edward. Por supuesto, eso ocasiono que Edward gritara maldiciendo a Tyler, quien aceleró en dirección a la carretera. Él pasó sus dedos a lo largo del tajo rojo oscuro en su precioso Volvo (una vez más, un bufido, un Volvo) y murmuró insultos en voz baja. Su rostro se había encendido por la ira, sus rojas mejillas igualaba casi exactamente al color de la pintura en la abolladura. Él me miró después de su discurso. Avergonzado.
Sólo porque Edward y yo estábamos oficialmente en una relación no significaba que el pronóstico para Forks fueran constantemente rayos de sol y arcoíris.
De hecho, era todo lo contrario.
Edward y yo peleábamos. Demasiado.
Peleábamos por el hecho de que estaba pronunciado mal "Nochebuena". Peleábamos por el hecho de que él pensaba que Russell debía de ganar "Survivor" mientras yo pensaba que Natalie era la mejor. Peleábamos por el hecho de que Edward conducía un Volvo, por amor de Dios, y no me dejaba usar nada sucio cuando me sentaba en el asiento del pasajero. Pero siempre lo hacíamos. Queríamos resolverlos (aunque el compromiso de ambos nos puso incómodos, siendo dos personas testarudas) y luego nos acariciábamos y nos tentábamos con un beso. Había líneas cruzadas, nuevas líneas dibujadas. Sin embargo, había una correlación interesante y peculiar.
Y estaba James.
James debía tener un radar "Edward y Bella están peleando" interno, porque cada vez que estábamos peleando, James se acercaba más a mí, pasaba más tiempo conmigo. Pero, cada vez que no estábamos peleando, James desaparecía. A veces era por horas, a veces por días. Semanas. Hubo un tiempo en Febrero que James desapareció por catorce días. Dejé la ventana abierta para él cada noche, pero él nunca apareció. La muñeca sin cabeza fue dejada en un montón desordenado, en mi piso acumulando polvo en su ausencia. Olvidada.
Veinte preguntas estaban empezando a parecerse como la pesadilla de mi existencia. Era, literalmente, el peor juego jamás inventado. Claro, era grande cuando se conoce a alguien por primera vez, supongo. Preguntas como 'cuál es tu color favorito' o 'cuál era el nombre de tu primera mascota' nunca hería a nadie. Pero preguntas como 'piensas qué fue tu culpa que tu madre te dejara' y 'el progreso es algo que de verdad te interesa o piensas qué te estoy forzando a esto' herían a alguien. Y ese alguien era yo, maldición.
Sabía que Carlisle tenía un doctorado para todo. Quiero decir, él era Doctor Cullen. Doctor blah, blah, blah. Bueno, no estaba tratando de desacreditar el hecho de que Carlisle tuviera un Doctorado, porque, coño, esas son demasiadas clases. ¿Pero las veinte preguntas poco? Por favor. Era como si él escogiera el primer libro de "cómo ser un psiquiatra" que pudiera encontrar, y leyera la primera técnica debajo del capítulo "Adolescente". No lo entendía.
No entendía el punto de que Carlisle decidiera que sería una buena idea pasar un balón de un lado a otro. Era un balón pequeño de basketball que Carlisle robó de la habitación de Edward (o eso admitió en una de las preguntas que le hice). Mira, veinte preguntas eran geniales cuando tenías el igual de preguntas para formular. Pero tenía que preguntarle a Carlisle cosas estúpidas como su color favor, mientras él me golpeaba con unas enormes. Hubo un punto donde estaba tan enojada que termine aventando el balón de basketball a la pared en vez de a las manos de Carlisle.
Entonces él anoto algo en su bloc.
Pobre hombre.
— ¿Fue suficiente? —preguntó en una enfermiza y dulce voz. Gracias a Dios, en lugar de verme obligada a responder a su pregunta vacía, Edward llamó a la puerta. Era temprano. No me quejaba.
Carlisle, sin embargo, sí. Él resopló con fastidio. Edward estaba impidiendo nuestras sesiones más y más en los últimos tiempos —la elección para pasar el resto de la hora asignada lejos de los ojos de Charlie y en su lugar escondidos en su dormitorio. Dormitorio oscuro y húmedo—. Gracias a Dios, en vez de protestar verbalmente, Carlisle permitió mi salida inmediata. Yo sabía que me estaba convirtiendo en una ingrata. Después de todo, Carlisle ni siquiera me hacía pagar por las sesiones. Pero todavía no me atrevía a tirar todo mi ser a su esfuerzo. Sentí la intensa necesidad de quedarme. Tuve que mantener lo más posible bajo llave; otra cosa que seguramente se vendría abajo.
Abrí la puerta para encontrar a Edward parado cerca, con una sonrisa atrevida en su rostro.
— ¿Qué? —Le dije en silencio, sólo para que él negara con la cabeza en respuesta y cerró la puerta detrás de mí. Me tomó la mano y me llevó a su habitación, apenas dándose cuenta del desconcierto de Esme como todos, pero pasó volando. Su habitación estaba más oscura que de costumbre. Ahora estaba cumpliendo una hora más tarde con Carlisle, gastando las últimas horas de luz de primavera encerrada en su estudio. Después de todo, Edward y yo nos quedamos con el comienzo de la noche, los últimos rayos de sol furtivamente mostrándose a lo lejos en el horizonte.
El presionó sus labios con los míos, lo cual fue seguido por un leve golpe mientras mi espalda golpeaba la puerta. Sus dedos se enrollaron alrededor de mi cintura mientras yo enredaba los míos a través de su cabello. Era espeso y enmarañado, necesitaba un ajuste. Sin embargo, me encantó la forma en que se sentía, a lo largo de la piel de mis dedos, bloqueado en los nudillos y devanando. Cuando nos separamos para respirar vi mi extenso abuso en su cabello, los bloqueos de color marrón rojizo enriquecidos de esta manera y así, ignorantes de las leyes de la gravedad. Me sonrió y rozó mis labios suavemente contra los suyos. No es un beso, solo un suspiro, apenas un susurro, solo…
—Te amo.
Oí mi brusca inhalación después de las palabras de Edward, pero yo no lo sentía. Edward hizo una pausa, con los dientes clavados en una esquina de su labio inferior, el rosa transformando poco a poco en blanco. Después de tres exhalaciones, vi algunos gestos de Edward tomar forma. Sacó una mano de mi cintura y la pasó por el pelo. Luego tragó saliva —su manzana de Adán subiendo y bajando, subiendo y bajando—. Tres parpadeos a la derecha sólo para mirar al suelo, todavía no hay palabras. Sus ojos se encontraron con los míos otra vez.
—Se suponía que no tenía que salir de esa forma. —Sus palabras fueron abruptas, cortadas.
—Oh —fue todo lo que pude decir. Oh.
—No se suponía que… mierda. Tú no dirás que… también lo sientes… entonces.
Edward casi nunca tartamudeaba. Tomó pausas medidas. Pausas medidas antes de cada palabra. Contemplando.
—No sé cómo se siente el amor —finalmente confesé—. No lo sé. Al menos, yo creo que no lo sé... aunque yo estaba enamorada de ti. ¿Cómo lo sabes?
La última pregunta que le lancé, le hizo detenerse. Tomó aliento, habló.
—Lo sé por la manera en que me haces sentir. Es decir, me haces sentir como si estuviera entero, completo o algo así. Eres una distracción. Bueno, espera, distracción no es la palabra correcta. Pero eres una buena distracción. ¿Eso tiene sentido? —Hizo una pausa, pero solo brevemente—. Y cada vez que estas lejos de mí, quisiera que estuvieras conmigo. No te quiero en ningún lugar que no sea junto a mí. Creo o al menos, estoy muy seguro que eso es amor —respiró profundamente después de su discurso, su pecho se movía pesadamente como si hubiera corrido una maratón, cansado y gastado pero complacido.
—Estuve esperando, creo, por lo que dicen en las películas, o en las novelas de romance. Eso hace que suene por todo lo que abarca, de manera increíble, tan inmediato e inolvidable —no podía recordar la última vez que yo había hablado tan elocuente.
—No hay ningún soundtrack para la vida, Bella. —Normalmente, si alguien decía esas palabras iban a ser muy duras y poco sinceras. Sin embargo, cuando Edward las dijo, con tanta reverencia y paciencia, se dejó en claro que él también pensó en el concepto. Contemplándonos, juntos. Contemplando lo que sentía, como si debiera haber contemplado lo que sentía. Yo sabía que me sentía extraña, diferente, nueva. Yo sabía que estaba sintiendo necesidad y cariño, pero no era capaz de hacerlo coincidir con lo que había llegado a entender acerca de cómo el amor se sentía.
Quería a Edward. Necesitaba a Edward. Él era… él era Edward. Pero, ¿Edward era mi amor? ¿Él era incluso mío para reclamar en una forma imperdonable?
— ¿Esperarías por mí? —pregunté. Tenía que hacerle saber que necesitaba tiempo. Podría decir por su expresión —una de esperanza, no de dolor—, que él había entendido el sentimiento.
Asintió en consentimiento.
Y entonces asentí para mí misma.
Él besó la punta de mi nariz y mis mejillas, pasó sus labios, un poco agrietados por el cambio en el tiempo, a lo largo de mi mandíbula. Gemí y me presionó contra él, todo él al ras contra mi pecho mientras caminábamos hacia su cama. Sabía que sólo tenía una cantidad limitada de tiempo, y yo sabía que nada grave iba a suceder entre nosotros esta noche, pero también sabía que el cambio en nuestra relación era palpable. A pesar de que éramos jóvenes, relativamente, yo estaba completamente segura de que Edward sabía lo que sentía. Me hubiera gustado ser su igual, su socia y parte de mí sabía que tenía que sanar antes de que eso suceda completamente. La otra parte de mí sabía que él estaba conmigo ahora y de alguna manera tenía que sostenerlo.
Sus dedos pasearon como chispas de fuego debajo de mi camisa, levantándola más con cada pasada. Chupaba la sensible piel de mi cuello, le permití que alcanzara el punto donde él tomó mis pechos, suavemente amasándolos. Me apegué más a él. Mis nervios estaban encantados y fue intencional. Yo no me entregué a él por completo. Me mantuve a raya. Sabía que me iba a parar, y cuando comenzó a empujar la tela ligeramente acolchada de mi sujetador, agarré sus muñecas para mantenerlas con él. Le tomó tres grandes respiros para regresar su mente hacia mí, pero vi la claridad en sus ojos cuando lo logré. Su toque disminuyo a sólo un viento por el aleteo de manos, arrastrando el algodón de la camisa sobre la sensible piel de mi estómago.
—Tengo que volver a casa ahora, ¿no? —Su voz fue ahogada por la lujuria, a la par con mi pelo cuando sus labios se presionaron. Sentí llevarlos a un circuito más largo de mi cuello antes de que me llevara a la puerta de su habitación. Claramente despeinado, nos escapamos por poco de las cejas sugerentes de sus padres cuando nos dirigíamos a su auto. Me alise la tela de mis pantalones vaqueros y la camisa cuando nos sentamos. Encendió las luces y su silueta se iluminó inmediatamente con un resplandor amarillo lechoso.
Yo nunca había admirado los movimientos simples de sus músculos, como lo había hecho esa noche. La forma en que sus bíceps se flexionaban mientras empujaba el carro en reversa y manejaba, o la forma de los tendones de la muñeca se hacía más prominente cuando giró el volante. De vez en cuando echaba una mirada para encontrarse con mi mirada, lanzando una sonrisa caprichosa en mi dirección. Miré el espejo por encima de mi asiento sólo para encontrar un moretón sangriento muestra para que todos lo vieran en mi cuello. El amor mordió mi cuello.
Cubriendo tanto de él como fuera posible con mi pelo, miré en silencio mientras la lluvia golpeaba el parabrisas cuando llegamos.
Edward se inclinó sobre la palanca de cambios y levantó mi barbilla para mirar mis labios, sus labios contra los míos, sólo una breve reunión. Me puso mala cara ante lo obvio, sin brillo.
—Tu papá está en la ventana —sonrió, apretando su dedo rápidamente en la punta de mi nariz.
—Oh —suspiré, arrugando la nariz en decepción.
—Pero te veré mañana, ¿no?
—Sí.
Hubo una pausa. La pausa celebró una frase que faltaba. La frase no podía ser dicha hasta que de verdad lo sintiera.
—Buenas noches, Bella —dijo en cambio. Salté del coche, esquivando la lluvia como balas que caían del cielo. Charlie abrió la puerta para mí, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba en agradecimiento por ser Edward el que me trajera. Vi a Edward al final de la calzada desde mi lugar en el porche, viendo cómo, en la oscuridad, no podía ver su cara, no más.
Carlisle le habló a Charlie.
¡Gracias, Jesús!
Estaba oficialmente autorizada a entrar a la casa de Edward sin la presencia de Charlie, aunque, por supuesto, Carlisle tenía que estar ahí. Sinceramente, eso me hizo preguntarme qué obligaba a Carlisle a hacerlo, considerando especialmente el hecho de que habíamos tenido como que un nulo progreso en las últimas dos semanas. Me sentía mal por eso, en serio que sí, pero era como si la mera idea de Edward estando al otro lado de la puerta me volviera completamente distraída, tanto que no podía concentrarme ni un poco. Tal vez era eso. Tal vez Carlisle solo quería que folláramos y que lo superáramos, para que así mis hormonas no estuvieran corriendo libremente hacia mi cerebro otra vez.
O tal vez era lo que yo pensaba deseosamente.
Edward me había llevado a una 'cita'. Era tan malditamente cursi, lo juro por Dios. Fuimos a su casa, cierto; estaba usando un vestido, cierto, y partió de ahí. Y, sí, me bañé. En serio. De verdad. De cualquier forma, Edward incluso contrató a Esme. Quiero decir, fue lindo, pero juro por Dios que eso fue tan jodidamente cursi. Ya sabes, como en La Dama y el Vagabundo (1), cuando el vagabundo está todo cachondo e invita a la Dama a comer pasta en algún tipo de burdo callejón. Seh, eso fue lo que Edward organizó. Excepto que no estábamos en un burdo callejón, sino en su comedor.
—¿Vino, Bella? —preguntó, y yo asentí. Entonces, sirvió jugo de uva en una copa de vino. Qué decepción.
Incluso si es algo realmente y jodidamente cursi, Edward en un esmoquin es algo absolutamente para morir. Afeitado y aseado, se puso el traje blanco y negro de pingüino para la ocasión. Inclusive tenía una pequeña corbata de moño en lugar de una corbata, y estuvo jugueteando con ella durante la comida. Para el final de la cena, ya estaba completamente de lado. Oh, y por cierto, no hay absolutamente nada de atractivo en comer espagueti. Es imposible. Hasta en La Dama y el Vagabundo eso era un fiasco. Bueno, supongo que ellos eran perros, pero de todas formas. Era difícil.
Después de un viaje rápido al baño después de la comida (¡tenía que asegurarme de que mis dientes no estuvieran amarillos, ¡por Dios!), regresé para encontrar que la mesa ya había sido recogida, excepto por una pequeña caja rectangular sobre el mantel a cuadros. Cautelosamente, regresé lentamente a mi asiento, buscando por una vía de escape antes de darme cuenta de que tenía que enfrentar esta situación, absolutamente. Mi corazón golpeaba contra mi pecho, y empalidecí cuando Edward sonrió. Alzó una ceja y aparté los ojos, terminando nuestra silenciosa conversación. Cuando miré de vuelta, Edward estaba arrodillado enfrente de mí, con una pequeña caja rectangular en su mano.
—¿Qué estás…? —me quedé a medias.
—Tengo que preguntarte algo —dijo, con sus ojos amplios y sinceros. Mierda. Mierda. Cabrón. Mierda. Las pelotas.
—¿Uhm? —chillé.
En lugar de contestar, abrió la caja. Lentamente, dolorosamente lento, la abrió. Dentro había un pequeño trozo de papel con una caligrafía tan pequeña que tuve que levantarlo para leerlo.
'¿A la Graduación conmigo?' decía.
Me detuve.
—¿Y bien? —preguntó.
Graduación.
La palabra con G.
Parpadeé. Tres veces.
—Sí, de acuerdo —respondí. Sonrió, enrollando sus brazos alrededor de mi cintura y jalándome a un abrazo. Se había puesto demasiada colonia. Pero aun así, diablos, no pude decir que no. Después de todo, había organizado la noche entera. La cena estilo La Dama y el Vagabundo y todo eso. Esme era nuestra mesera, por Dios Santo. Para resumir, no era el tipo de chica que iba a graduaciones. Preferiría vivir en una colonia nudista a sufrir en una graduación. Bueno, espera, tal vez tengan graduaciones en las colonias nudistas, y, oh, guácala. Olvídalo. Pero, en serio, preferiría hacer cualquier cosa que ir a la graduación.
Pero Edward… se veía tan feliz. Así que iba a ir a la Graduación.
Mierda. Mierda. Cabrón. Mierda. Bolas.
Afortunadamente, todavía quedaban por lo menos dos meses. ¿Cierto?
—Será genial, lo prometo. Conseguiré las entradas mañana —dijo Edward, después de ponerme de vuelta sobre mis pies. En mi vida, nunca había visto a un chico tan emocionado por una graduación. Pensé que solo era una cosa de chicas. Da igual.
—¿De verdad ya están vendiendo las entradas tan pronto? —pregunté, ligeramente distraída por el aroma de su loción para afeitar.
—¿Tan pronto? Bella, la Graduación es en dos semanas —se rió—. ¿Te has perdido los carteles? Están en cada pared —y entonces resopló. Bastardo.
—Oye —fruncí el ceño, golpeándolo en el brazo—. No me fijo realmente en ese tipo de cosas. De todas formas, no puedo bailar, de hecho.
—Nadie más puede. Solamente nos tocamos mutuamente y nos mecemos torpemente, ¡lo cual no sabres porque no has estado en un solo baile!
—¡Mentira! Fui al Baile de Bienvenida.
Edward se encogió.
—Ese no cuenta. Aquí, te mostraré cuán fácil es —me jaló de la mano hacia el último cuarto de su casa, aquella que daba al bosque invasor del patio trasero. Recordé casi inmediatamente que éste solía ser mi cuarto favorito. Dentro había solo una lámpara, y el pequeño gran piano. Aparentemente, Esme había comprado el piano junto con la casa. Los antiguos dueños fueron demasiado flojos como para moverlo, así que Carlisle dio un pago adicional a la casa, simplemente para conservarlo. Esme puso a Edward al día con lecciones de eso, pero después la reacción violenta de Edward, con rabietas salvajes después de cada sesión, le permitió desistir. A pesar de eso, este cuarto era el favorito de los dos. Inclusive tallamos nuestros nombres debajo del sucio banquillo de madera.
Edward se sentó en la dichosa banca, con sus dedos alargándose sobre las teclas. Me moví para sentarme junto a él, pero me detuvo.
—No. Yo toco, tú bailas.
Entonces, empezó a tocar chopsticks. ¿Qué carajos?
—De acuerdo, nadie puede bailar chopsticks —me quejé.
—Seh, lo sé, pero hasta ahí llegué en las lecciones de piano. Además, nadie puede bailar de todas formas. Básicamente, esto solo es practicar para obtener el nivel óptimo de un mal baile.
Me quedé parada ahí. Él seguía tocando.
—¿Vas a bailar en algún momento? —preguntó finalmente, con dos dedos bailoteando sin sentido por encima de las teclas color marfil. Suspiré y empecé a dar saltitos, meneando mis brazos como una víctima que se ahoga. Después, me detuve abruptamente, rodando los ojos—. ¡Fantástico! —gritó, sonriendo de oreja a oreja. La 'música' se detuvo, y él se acercó a mí, con cierta maldad en su mirada—. Sabía que podías hacerlo —dijo, mientras deslizaba sus brazos alrededor de mi cintura. Mis dedos tiraron de su cabello, descansando en el inicio de su cuello—. Sabes —susurró, con su aliento en mi aliento—, tu papá ha apuntado su pistola hacia mí dos veces hasta ahora.
Hice una mueca.
—Voy a trabajar en eso. Lo prometo —sus labios tocaron los míos. Gentilmente.
—No quiero perder la cabeza. Es todo —su labio inferior recorrió suavemente por el mío, presionando brevemente contra mi mejilla, antes de seguir su camino por mi mandíbula hasta mi oreja.
—Entiendo —derritiendo. Me estaba derritiendo.
El sonido del golpe de mil teclas al mismo tiempo penetró la habitación. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba sentada sobre ellas, con mi vestido levantado hasta mis muslos debido al paso de los dedos de Edward. Sus labios trazaron un sendero por mi cuello y a través de mi clavícula, y durante los escasos momentos que sus manos dejaban mis piernas, las sentía empujar un poco más las dos tiras para mantener mi vestido en alto. Mis piernas se enredaron de manera instintiva alrededor de sus caderas, causando que quedara más cerca de mí. Sus manos, ligeramente más grandes para mis senos, presionaron desesperadamente contra mi pecho. Respondí empujándome a mí misma un poco más cerca, más cerca, todavía más cerca.
—¡Oh!
Nos congelamos, encadenados juntos como piezas de rompecabezas en un tornado. Esme estaba parada en el marco de la puerta, con sus ojos abiertos e inquietante inocencia.
—Escuché que estabas tocando el piano. Me iré —se giró sobre sus talones, pero el momento estaba arruinado.
Bloqueo de polla. Por Esme. Era tan jodidamente cliché que era casi doloroso.
Jalé los tirantes de mi vestido de vuelta sobre mis omóplatos, desenganchando torpemente mis piernas de la cintura de Edward. Él se movió incómodamente, con sus ojos en el piso, mientras yo alisaba la tela de mi vestido. Traté de hacer el menor ruido posible cuando me bajé del piano. Fallé. Nos quedamos de pie uno junto al otro, a centímetros, pero al mismo tiempo a millas de distancia. Nuestras mentes divagaban; estábamos completamente separados pero en las mismas condiciones, con nuestro aliento como único sonido de fondo en el cuarto ahora en silencio.
—Te llevaré a casa —dijo Edward, guiándome por el cuarto con su mano colocada en la parte baja de mi espalda. Ni siquiera tuve el corazón de decirle que su corbata estaba oficialmente al revés de como empezó. Tomó sus llaves de la encimera. La noche estaba fría. El aire estaba frío. El silencio en el auto era sofocante, y para cuando llegamos a mi casa, los dos estábamos bajo una presión insoportable—. Te acompañaría hasta la puerta, pero, uh, tu papá, la pistola…
—Entiendo —silencio, por dos minutos.
—Pero te veré pronto, ¿verdad?
—Cierto —silencio, por dos minutos.
—¿Bella, qué va mal? Jesucristo —me giré abruptamente por el tono exasperado de su voz. Palmeó su cara, arrastrando una mano callosa sobre su expresión, convirtiéndolo en una representación de El Grito (2).
—¿Qué? Nada —contesté, sorprendida de su reacción tan rápida. Consideré taparme la boca, asustada del vómito verbal.
—Mentirosa. Solo dime, por favor —maldición, los ojitos suplicantes.
—No lo sé. ¿Hice algo malo? Quiero decir: ella entró, nos detuvimos, y no sé sobre la Graduación —la última parte se me salió. Sospecho del vómito verbal. Maldición. ¿Por qué alguien no me da una bolsa de vómito de una buena vez?
—Espera, ¿qué? ¿Te refieres a cuando entró mi mamá? —preguntó, con su rostro fruncido por la confusión. Asentí, deseando que entendiera la emoción que golpeaba pesadamente sobre mí. Sintiéndome indeseada—. Oh, no, no, Bella. Es solo que no sé cuán lejos puedo llegar contigo, es todo. Me dejé llevar. Eso es todo —acunó mi rostro en sus manos, con la emoción brotando con una fuerza que nunca había visto antes en él. La fachada se había roto, y estaba completamente segura, cien por ciento segura, de que en ese momento mi Edward estaba de vuelta. Total y completamente—. Y sobre la Graduación, no te preocupes por eso. Me haré cargo de ti. Lo prometo.
—Lamento que esté tan jodida —exhalé. Él se puso rígido inmediatamente.
—No hables así. Solo, ugh, solo no lo hagas. No amaría a una chica jodida, de todas formas —su voz se volvió fuerte, confiada y certera, hasta que se rompió en un susurro vacilante. Le di la mejor sonrisa que pude conseguir, antes de iniciar un ligero y casto beso. Jaló de mi labio inferior hacia su boca, con su lengua líquida creando fuego y chispas. Me agarré de su mandíbula, negándome a apartarnos hasta que él lo hiciera. Eventualmente, se hizo para atrás, a pesar de que su cabello estaba perfectamente despeinado y sus ropas re-arrugadas—. Te veré mañana, Bella.
—Adiós, Edward —justo antes de que me bajara del auto, deslizó un pedazo de papel a mi mano. Era el pequeño y rectangular pedazo que decía '¿A la Graduación conmigo?'. Una vez que llegué a mi cuarto, lo destrocé y metí los pedacitos de papel debajo de mi cama. Ahí, se unieron a la nota que me había escrito, y a cada cosa importante que no dejaba que nadie leyera. Estaba segura que un día, cerca de mi inevitable partida de mi hogar de la infancia, alguien iba a mover la cama o a mirar debajo de ella. Sin embargo, todo lo que verían serían pequeños trozos de papel, imposibles de leer, ilegibles, y míos para siempre. Piezas de mi corazón.
Al día siguiente, después de la escuela, Charlie y yo tuvimos una charla en la mesa del comedor. Empezó bastante simple, yo haciendo enchiladas con los ingredientes que él había comprado en la tienda después del trabajo. Ni siquiera mencioné cuán doméstica y sofocada me hacía sentir esa actividad. En lugar de eso, me enfoqué en lo que necesitaba conseguir. Traer a Edward había sido fácil, pero conversar sobre él era virtualmente un territorio desconocido. Tomó un par de forzados y neutros minutos antes que Charlie empezar a abrirse, y me permitió persuadirlo para que al menos bajara la pistola cuando él estuviera aquí. Puedo decir que entendió sus fallas, y sabía que había sobreactuado. Y aceptó, aunque un poco a regañadientes, a darnos un poco más de espacio. No me había ganado su confianza, pero en serio lo apreciaba.
Lo aprecié, así como Edward apreció la noticia de que tenía permitido ir a mi casa sin recibir un disparo por ello. Diablos, era algo importante para nosotros. Por supuesto, todo esto en medio de la ausencia de James. Aún era extraño, comer sin él. Nutella o puré de manzana, mi excéntrico almuerzo de mantequilla de maní se sentía solo sin él, y junto a la normalidad alienígena de Edward. Pasarían tres días antes de verlo de nuevo. Tres largos, aburridos y tediosos días. Pero tres días al fin y al cabo.
Era casi medianoche, cuando lo encontré en mi cama, ese viernes. Venía de regreso a casa después de una sesión con Carlisle, y entonces, por supuesto, una breve 'sesión' con Edward, también. Era todo normal, en realidad. Excepto por el hecho de que James seguía sentado en mi cama a medianoche. La ventana estaba parcialmente rota. Asumo que la cerró una vez que llegó.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, ni siquiera estaba sorprendida de encontrarlo en lugares extraños. Lo encontraba un poco atractivo.
—Estaba aburrido, supongo. Pequeña B, ya no te veo más. ¿Por qué él sigue acaparando tu tiempo? Vamos, sabes que tienes otros amigos también —el rostro de James tenía una pequeña mezcla entre enojo y soledad, y podía decir que estaba balanceándose por el borde. Me puse mis pijamas y me senté a su lado, cansada pero lista para apaciguarlo.
—Es mi novio ahora, James. Lo sabrías si te molestaras en presentarte en la escuela de vez en cuando —le dije tiernamente, pero actuando acusatoriamente.
—Y una mierda. Mi mamá se fue, ¿de acuerdo? No me siento con ganas de ir a la escuela nunca más. Jódete. Oh, y cada vez que traté de ser tu novio, me diste de largo. ¿Qué carajos con el doble estándar, Pequeña B? ¿Eh? —estaba furioso. Realmente furioso. Coloqué mi mano protectoramente sobre la suya, decidiendo ahí y en ese momento que nunca más hablaría con él sobre Edward.
—¿Qué pasó con tu mamá? —pregunté, sintiendo el dolor familiar en mi corazón que venía cuando mencionaba a la madre de cualquier persona. Aún era doloroso, pero era más sencillo cuando lo ignoraba.
—Solo dejó todo y se fue, ¿de acuerdo? No me importa una mierda. No me importa —sus manos se curvearon hasta volverse puños. Apretados, apretados puños.
—Entiendo —porque lo hacía. Real, realmente lo hacía.
—A la mierda con ella, de todas formas. Probablemente estaba engañando a mi papá. No me importa. Ya no la quiero nunca más —gruñó, pero era una amenaza vacía.
—Seguro que lo haces —le dije tristemente—. Tú siempre la querrás.
Y con eso, James se puso furioso. Se puso de pie, se paseó de un lado a otro un par de veces, y después me miró. Su espalda estaba arqueada como un gato asustado, con picos de pelo y flamas.
—¿Sabes qué? A la mierda con esto. Me largo de aquí —tan pronto como comprendí lo que había dicho, él ya estaba fuera de la ventana. Corrí hacia allá, sacando mi cabeza hacia la fría noche. Pero no estaba preparada para lo que vi: nada. Mis ojos escanearon la espesa línea de árboles, mezclándose profundamente con la noche oscura. Todo era una mancha sin sentido, sin embargo grité. En vano.
—¡Regresa! —grité—. ¡Te extraño!
Mi voz me devolvió el eco.
