-Tienes tareas a montones, no sé cómo le harás para ponerte al corriente de aquí al lunes. -Me informa Nicky sentándose a mi lado en el sofá haciéndome entrega de una taza humeante de té.

-Gracias por mantenerme informada, la verdad no me preocupo porque es viernes, tengo sábado y domingo para hacerlos. – Dejo los apuntes que Nicky hizo sobre mis pendientes en clase para sostener la taza con ambas manos, soplar el humo de la bebida y darle un largo y sonoro sorbo. -Entonces… -retomo la conversación dejando la taza en la mesa de centro de mi sala en donde también descansa mi pierna con la férula. - ¿…mi madre habló con la decana de Antropología que, a su vez, habló con los profesores para dejarme entregar los trabajos y tareas el lunes?

-Síp, y yo me ofrecí a preguntar cuáles son tus tareas.

-Eres genial, Nicky. – Le respondo tomando las hojas con los apuntes para seguir leyendo qué tanto tengo que hacer.

-Oye, Vause…

-¿Hum?

-¿Por qué tú si puedes poner los pies sobre la mesilla y yo no? – Volteo desconcertada por la pregunta inesperada de Nichols. Parece que está haciendo berrinche con la mirada como si fuese una pequeña a quien no le dieron su paleta después de la visita con el dentista.

-Nichols, tengo la pierna encarcelada en una férula con placas de metal sujetando mi jodido hueso, ¿y tú aun así preguntas el por qué?

-Es que… Diane siempre me regaña a mí, ¿por qué a ti no?

Resoplo divertida por el caprichoso berrinche de Nicky, me causa ternura esa mirada de cachorro mojado pero a la vez me desconcierta que se comporte así por algo tan vano.

-Nichols, mi madre no está, sube los pies también si quieres. -Palabras mágicas. Cambia su expresión por una más alegre, quita sus zapatos de prisa y se acomoda para subir los pies en la mesilla. -¿Mejor?

-¡Mejor! Ahora dime, ¿qué harás por la princesa?

-¿Qué se supone que haga?

-Venga ya, Vause, ¿no intentarás verla otra vez?

-Sí, claro que sí pero…

-Pero nada, vayamos a visitarla en la torre.

-¿Qué? – Nichols se levanta, me da una palmada en la pierna mala y me alcanza las muletas que estaban a su lado.

-Toma, póntelas, vamos a hablar con ella.

Nicky, hija de puta.

-Oye, me haré vieja aquí sentada. Apúrate.

-Nichols, no creo que sea una buena idea, apenas el miércoles nos vimos y…

-A ver, o te sales de mi auto, que por cierto es nuevo y no te lo prestaré, o te saco.

Nichols me mira desde el asiento del piloto con diversión. Veo al frente la puerta principal del hospital y alterno la mirada hacia Nichols otra vez.

-¿Y qué le digo? – Me rindo, Nicky es muy persuasiva cuando se lo propone, ¿y para qué negarlo? Moría de ganas de ver a Piper otra vez.

-No sé, no soy la Doctora del Amor, bajémonos ya y ve a verla.

Con dificultad, tomando las manos de Nicky que me ayudaba a bajar, me pongo en pie, Nichols me entregó las muletas y nos encaminamos hacia la entrada. Una vez dentro, nos saltamos a la encargada de recepción, sabemos que si preguntábamos por Piper lo primero que nos diría es: "Solo familiares", así que nos dirigimos directamente al ascensor para subir al segundo piso.

Cuando salimos del ascensor, Nicky me detiene a medio pasillo observando en dirección a la habitación de Piper, fijo mi vista en la puerta cuando ésta se abre y veo a alguien salir de ahí. Nirmed, uno de los patanes amigos de Homer y compañero de mi clase, sale con la cabeza agachada, se dirige hacía nosotras y sin levantar la mirada del suelo pasa por un lado mío con un "con permiso" marcado en sus labios.

-¿Qué fue eso? – Pregunta Nicky siguiendo con la mirada el camino de Nirmed a nuestras espaldas.

-Ni idea, pero iré a ver cómo está Piper.

Retomando el camino, veo la puerta de la habitación 308 abrirse de nuevo, esta vez una mujer mayor, delgada, de cabello rubio y cara sin expresión aparente, sale de la habitación. Tras cerrar la puerta con cuidado, levanta su vista hasta encontrarse con la de Nicky a mi lado, luego la levanta un poco más hasta encontrarse con la mía, hay algo en esos ojos azulados que me parece familiar, así que me detengo a una distancia prudente de ella sosteniéndole la mirada sin decir nada. La mujer no se deja amedrentar por nuestra clara diferencia de estaturas, se posiciona con determinación frente a mí escaneando mi cuerpo sin disimulo.

-¿Tú eres Alexandra? – Su voz, aunque suave, es firme y autoritaria.

-Mucho gusto, ¿quién es usted? – Le contesto en el mismo tono dándole a entender que no me intimida en absoluto.

-Carol, la madre de Elizabeth.

-¿Piper?

-Sí. -La mujer recorre mi cuerpo con expresión de desagrado. -¿Qué haces aquí?

-Bueno, señora, aún no dan las cinco de la tarde, estoy a tiempo para hacer una visita rápida.

-Mi hija no quiere verte, ¿por qué no te vas y la dejas en paz?

-¿Por qué no se toma sus pastillas para la presión y nos deja entrar? – Nicky, que vio el intercambio de miradas matadoras entre la mujer y yo en absoluto silencio, ahora se le ocurre intervenir.

-¡Oh!, ¡qué insolencia! Llamaré a seguridad. – Carol, con una mano en el pecho sin poder creer la pregunta descarada de Nicky, se da media vuelta caminado con prisa hasta la habitación de donde salió.

Le sigo de cerca hasta quedar en el marco viéndola alterada caminado por el aposento en busca de algo dentro de su bolsa de mano, cuando me percato, veo a Piper salir de una puerta anexada que da al baño de la recámara como en todas las habitaciones del hospital que tienen un pequeño baño individual. Piper se queda parada afuera del baño mirando como su madre revuelve sus cosas dentro de la bolsa hasta sacar la mano con su teléfono móvil.

Me alegra tanto ver a Piper de pie, eso significa que está mejorando, su piel ya resplandece, su cabello está mejor arreglado que la última vez que la vi y su intensa mirada juguetona vuelve a tener vida.

-Madre, ¿qué pasa? – Pregunta Piper sin darse cuenta de mi presencia.

-Llamaré a seguridad, hay una persona indeseable queriendo…

-Hola. – Saludo sin moverme de mi posición pasando de ser desapercibida a ser un blanco fácil de un par de miradas azules por haber interrumpido la frase a la mitad.

-¡Oh! Insolente niñata, ¡sal de aquí! – Carol agita sus manos rápidamente mientras me grita, parece estar perdiendo los estribos.

-Solo quería…

-¿Qué quieres? – Ahora soy yo la interrumpida por Carol.

-Hablar. – Y es cierto, sólo quería hablar con Piper y que aclaremos un par de asuntos como por ejemplo, ¿qué hacía Nirmed aquí?

-¡De ninguna manera!

-¡Madre! – Noto que la tensión en automático se crea entre madre e hija encerrándose en una burbuja a su alrededor.

-Esa no debe estar aquí…

-Pero lo está, y necesitamos hablar.

-Hija, no creo que sea conveniente…

-Ya estoy grande para determinar qué me conviene y qué no.

-¿Segura? Porque no parece que te convino mucho confiar en ésta. – Sus palabras lanzan desprecio hacia mí acompañado de un dedo índice señalándome acusadoramente.

-Déjanos a solas, madre, por favor. -Piper suaviza su voz, me da la espalda para volver a la camilla y sentarse.

Carol, callada y reservada, sale con la vena de su frente visiblemente marcada como si así contuviera todo su enojo.

-Gracias…

-Ahórrese los agradecimientos. -Me contesta Piper desde la camilla.

Dudo por un momento mi siguiente paso, pero al final me acerco al sofá individual al lado de ella.

-¿Se va a sentar?

-¿Puedo? – Piper me mira con dureza, pero me da permiso de tomar asiento con un movimiento de cabeza.

-¿Cómo está? – Inicia la conversación con una pregunta neutra.

-Bien, pero me gustaría que dejemos las formalidades para después.

-¿Y por qué haría eso?

-Porque me lo pidió el sábado, y me gustaría seguir teniendo esa confianza con usted.

-Yo… ¿le pedí que me hablara de "tú"?

-Sí, lo hizo.

-La policía me dijo que mi auto estaba guardado en el estacionamiento de un bar, ¿estábamos juntas?

-Fue nuestra primera cita… -Mierda, no debí haber dicho eso.

-¿¡Qué!? – Sus ojos parecían estar a punto de salir de sus órbitas. - ¿¡CITA!?

-Tranquila, no se altere… - Muy tarde, ella ya estaba alterada.

-¡No lo puedo creer…!

-Escuche, el miércoles de la semana pasada, en el salón de clases, usted me dijo que si me apetecía invitarle una cerveza después de mi graduación, yo acepté pero me pareció mejor invitarla antes y quedamos de vernos el sábado en el bar del Este, luego usted se puso mal, nos fuimos y pasó lo que pasó del accidente.

_

El miércoles en el salón de clases… Sí, Alex y yo juntamos nuestras frentes, compartimos el mismo aire, ¿cómo olvidar la agradable sensación de su mano sujeta a la mía?

-¿Y qué pasó el sábado? – Pregunto más calmada, de experiencia propia sé que alterarme no ayuda de nada.

Alex respira profundamente, habló tan rápido hace unos momentos que estoy segura perdió el aire de sus pulmones.

-Yo la esperaba sentada en una mesa, usted se acercó y se sentó frente a mí. Luego pedimos unas bebidas…

-¿Qué bebidas? – Pregunto deseosa de detalles.

-Yo pedí una cerveza, usted una…

-Margarita.

-Sí, ¿cómo lo supo?, ¿está recordando? – Sus micro facciones muestran sorpresa y felicidad.

-No, siempre pido una margarita, aunque haga frío. – Me encojo de hombros quitándole la felicidad del rostro. - ¿De qué hablamos? - Sus ojos, verdes y profundos, me observan perplejos desde su lugar.

-Hablamos sobre… lo que pasó el sábado.

-Ya sé, me refiero a que de qué hablamos el sábado. -Un relajado "ah, ya…" y una sonrisa bailarina en sus labios me hacen querer recordar cada movimiento que hice aquella noche.

-Tocamos muchos puntos como por qué elegimos nuestras carreras, y me contó algunas anécdotas.

-¿Qué anécdotas? – Espero no haber confesado nada vergonzoso porque ella lo puede usar en mi contra, si me drogó, no importa con qué fin, seguro me sacó información.

-Me habló de cuando era niña y buscaba las galletas que su madre le escondía en la cocina para que no las comieras clandestinamente.

Me quedé sorprendida cuando me dijo eso, no a cualquiera le hablo sobre mi infancia, imagino que me la estaba pasando tan bien con Alex aquella noche hasta el punto de darme la confianza de abrirme de esa manera.

-¿Y por qué terminamos en medio de la carretera en el auto de la alumna Nichols?

-Nicky me prestó su auto la mañana del sábado, y terminamos volcadas porque usted aceptó una bebida que la mesera le había dado, aceptó la bebida con el pretexto de que un joven se la envió y no quería parecer descortés.

Ahí se le cayó la mentira, yo jamás aceptaría una bebida que no la haya ordenado previamente.

-No es cierto, no haría eso.

-Pero así fue, Piper, se sintió mal cuando se la tomó y me pidió que la llevara a casa…

-No es cierto. -Me niego a creer que yo acepté una bebida de un desconocido.

-Piper, pero eso pasó, ya había tomado unas cuantas margaritas antes y tal vez el efecto del alcohol le hizo aceptarla…

-¿¡Entonces es mi culpa!? – Hasta yo me sorprendí cuando esa pregunta se me escapó con más rabia de la que esperaba.

-No es su culpa, Piper, pero se me hace injusto que me pida explicaciones y luego no me crea. – Alex se defendió con esa calma y seguridad que por dos años supe identificar desde mi escritorio, pero el enojo que se estaba creando dentro de mí me hicieron ignorar su verdad.

-¿¡Cómo te voy a creer!? Si terminé en un hospital con amnesia por tu culpa. –

Y aquí se terminó todo trato de "usted". Para Alex, esa pregunta fue la gota que derramó el vaso.

-¡No es mi culpa! No sé qué mierdas te hayan dicho pero no fue, en absoluto, mi culpa. -Se levanta con brusquedad del sillón para apoyarse en las muletas que tiene consigo. – No tienes una idea de lo preocupada que estaba por ti, ¿crees que yo deseaba que algo así te sucediera? Volvería el tiempo si pudiera para jamás haberte hecho esa estúpida invitación.

-Ah, sí claro, tan preocupada que hasta ahora viniste a que habláramos. – El despecho por sus palabras refiriéndose a que se arrepiente de haberme invitado me juega una mala pasada.

-Intente venir antes, pero me corriste.

-¡Porque eres una maldita arpía que después de drogarme viene con su cara de inocente!

-… ¿Qué? – La expresión desorientada que tiene no me ablandará el corazón.

-Lo que oíste. No sé qué provecho sacarías de eso, no sé si lo hacías por conseguir dinero o porque estás loca, pero lo hiciste. – Mi corazón no se ablandó, pero sí se quebró cuando vi los ojos acuosos de Alex, estaba a punto de llorar, no sé si por rabia por mis palabras, o tristeza, o porque le descubrí en su plan, pero iba a llorar en cualquier instante.

-¡¿Cómo te atreves?! – Por rabia, sí, por eso estaba llorando. – Escúchame bien, Piper: yo jamás te haría daño, ni a ti ni a nadie y menos para mi beneficio. Deberías pensarte mejor a quién le hablas así. – Su mandíbula se cuadró tensando los músculos de la cara, sus ojos llorosos no dejaban de verme con expresión dolida detrás de sus anteojos, me partía en dos, ¿y si Alex estaba diciendo la verdad? – Eres una persona que sin quererlo, sin medirlo, se volvió importante para mí y no, no te haría daño Jamás, ¿sabes por qué? -quise responder pero sabía que era una pregunta retórica - Porque por dos años mantuve viva la esperanza de conocerte, de que me dejaras participar de manera activa en tu vida porque me atraías, por alguna estúpida e inexplicable razón te hacía preguntas en clases sin importar que ya supiera la respuesta sólo para que me dedicaras un poco de tu atención porque amo escucharte, porque amo la pasión y felicidad en tu rostro cuando hablas de la historia que tanto te gusta, porque me enamoré y me aferré a una ilusión, porque… Piper …. - Limpia sus ojos con la manga de su chaqueta y su voz parecía no dar para más, Alex estaba dejándose expuesta como jamás la había visto, me estaba abriendo su Caja de Pandora al declararse de esta manera, ella estaba siendo sincera, estaba siendo "Alex" la persona y no "la señorita Vause", la alumna.

-Alex… -Susurro su nombre involuntariamente viéndome afectada por la vulnerabilidad que desprende su cuerpo temblando por el llanto.

-Que se recupere pronto, profesora. – Su mirada aloja tristeza y noto decepción, la misma decepción que yo tuve en el momento en el que Larry me indujo a la idea de que Alex me drogó. Se va con la frente en alto, dejándome con un deseo indómito de jamás haberle acusado sin pruebas, en el fondo no creo que Alex se aprovechó o se aprovechara de mí, pero la frustración de no saber qué pasó aquella noche me deja con la duda de que a lo mejor Alex tuvo algo que ver con el alcaloide encontrado en mi sangre.

Aunque parece ser sincera y mi corazón me grita que la escuche, no puedo permitirme fiarme otra vez hasta que la investigación policiaca termine y me expliquen, con evidencia, qué pasó esa noche. Necesito una versión oficial, si no puedo traer los recuerdos a mi mente, por lo menos esperaré a que las autoridades me den un recuento de los hechos. No solo mi integridad como persona está en juego, también mi reputación profesional y mi ética (aparentemente intachable) se verán afectadas por todo ésto.