Capítulo 20

Se había dejado caer en la cama, llorando sin parar. Después de unos minutos, se puso de pie con dificultad. Necesitaba ir al baño y vomitarlo todo: la comida y la decepción.

En ese momento se abrió la puerta suavemente y Sam irrumpió en la habitación. Sin decir nada, la estrechó entre sus brazos, consolándola en silencio.

Las lágrimas mojaron sus hombros mientras él le acariciaba el cabello y mantuvo su otra mano posada en la espalda. Sentía su respiración cálida en la mejilla y le causaba cierto alivio.

-No lo entiendo...- murmuró finalmente.- ¿Por qué no pide ayuda? ¿Por qué se fue de nuevo? ¿Por qué le importo tan poco?

-No es fácil, nena.- susurró él con ternura.- Y estoy seguro de que le importas… pero es más fuerte que él. No se puede controlar.- ella dejó escapar un fuerte sollozo.- Sh... tranquila. Todo está bien. Tranquila.

Se alejó de él, recordando que no deseaba que su novio la viera así. No quería ser frágil frente a él. No nuevamente.

Se sentó en la cama y bajó la mirada, tratando de controlar el llanto. Entonces el rubio se sentó a su lado, apoyándose en el respaldo y la atrajo hacia él.

Volvió a estrecharla entre sus brazos y no pudo resistirse: se sentía bien allí.

-No te preocupes, las cosas se arreglaran muy pronto.- murmuró y ella se limitó a asentir con la cabeza.

Había creído que su padre la amaba lo suficiente para hacer el sacrificio de dejar su adicción, de mejorar. Se había permitido a sí misma fantasear sobre una nueva vida, feliz, libre... normal. Donde nada arruinaba sus sueños.

Era evidente que se había equivocado con él. Lo que más le importaba era tomarse esa porquería y olvidarse del mundo. Ella quedaba relegada al segundo lugar, o quizás al tercero.

¿Y por qué de pronto todo había cambiado? Hacía unos meses atrás, cada uno se ocupaba de sus asuntos y no intervenía en lo del otro. Él no intervenía en su dieta y ella no se metía con su adicción. ¿Por qué las cosas eran distintas?

Supuso que era ella la que había cambiado. Cambió impulsada por el deseo de poder esperar algo más para su futuro. No quería conformarse con una casa desastrosa y un padre desencantado de la vida. Quería más. Quería que, cuando alcanzara la perfección, el resto de los aspectos de su vida también la alcanzaran.

¿Estaba siendo egoísta? ¿Estaba pensando sólo en lo que ella esperaba, deseaba? ¿Había olvidado los anhelos de Russell? Pero... ¿qué anhelos? ¿Qué era lo que él quería? En ningún momento había dado señales de buscar algo más, de tratar de cumplir sus metas, si es que estas existían. Simplemente se había rendido. Y ella había seguido luchando por los dos.

Sin embargo, ya no podía más. No podía seguir así. No podía cuidar de él, porque a veces no era capaz de cuidar de sí misma. La presencia de Sam allí lo demostraba: lo había necesitado en varias ocasiones para seguir adelante. Si no hubiese sido por él, quizás estaría tirada en un callejón, olvidada por el resto del mundo.

Su mano descansaba sobre el pecho de su novio y entonces notó que su respiración se había vuelto más pausada. Levantó la cabeza y vio que se había quedado dormido. Esbozó una pequeña sonrisa, a pesar de que no se sentía con ánimos de hacerlo. Se veía atractivo aún cuando dormía.

La necesidad se apoderó de ella con un doloroso espasmo. Tenía que vomitar y expulsar de su cuerpo los pecados cometidos ese día. Y la furia, la impotencia y la decepción que había sentido cuando su padre la dejó...

Quería sentirse mejor. Esa era la única manera que conocía.

Muy despacio, se alejó de su novio, tratando de no despertarlo. Él apenas movió la cabeza unos centímetros, dejándola caer hacia el otro lado y aflojó la presión de su mano en el hombro.

Se puso de pie y salió de la habitación sigilosamente. Se deslizó hacia el baño, cerró la puerta y abrió los grifos, tanto de la bañera como del lavabo, en caso de que despertara. No deseaba que oyera las arcadas y se preocupara, el sonido del agua amortiguaría todo lo demás.

Se recogió el cabello para que no entorpeciera su tarea, se quitó algo de la ropa que llevaba para estar más cómoda, dejándose solo el jean y una blusa de tirantes, y se inclinó junto al retrete. Suspiró y llevó dos dedos hasta el fondo de la garganta.

Enseguida el estómago empezó a contraerse. Vomitó todo lo que había comido y también todo aquello que no había podido expresar en llanto. Esa era la forma que tenía de descargar sus penas, no necesitaba lágrimas: podía sentirse mejor y bajar de peso al mismo tiempo.

Cuando se miró al espejo, sus ojos estaban rojos e hinchados. La garganta le ardía terriblemente y le temblaban todos y cada uno de los centímetros del cuerpo.

Se lavó la cara y los dientes con ganas. Luego volvió a mirarse.

Aún no se sentía del todo bien. Supuso que el asunto de su padre realmente la había afectado.

Salió del baño y fue hacia la sala, donde todavía podía aspirar el terrible olor a cerveza. Abrió la puerta del balcón para ventilar y el viento helado le golpeó el rostro. Quizás un poco de aire lograría calmarla.

Abrazándose a sí misma, sin siquiera pensar en ir en busca de un abrigo, salió. Se acercó al borde y miró hacia abajo. La calle estaba calmada y tenuemente iluminada.

Entonces notó la presencia de su vieja cinta de caminar. Le sonrió al aparato. Sí, tal vez un poco de ejercicio le ayudaría a aflojar las tensiones.

Sin dudarlo ni un segundo, se subió y empezó a correr, impulsando fuertemente la cinta bajo los pies.

Requería de mucha fuerza y le hacía doler los músculos de las piernas al instante. Pero no importaba el dolor. Había dolores más fuertes.

Mientras corría su mente parecía despejarse. La paz volvía a ella y se sentía mucho mejor. Eso la impulsó a correr más y más. No tenía noción del tiempo, ni del mundo que le rodeaba. Estando allí, sentía que purificaba su alma al mismo tiempo que purgaba las penas.

El frío de la noche, helado y cruel, la rodeaba en su totalidad. Las manos le temblaban sobre el caño del que se sostenía.

-Solo un rato más y luego me daré una ducha bien caliente.- se dijo a sí misma, como si fuera un consuelo.- Un poco más y me sentiré bien.

-¿Qué estás haciendo?- preguntó una voz a sus espaldas, alarmada. Miró sobre el hombro, deteniéndose y, entonces, se desplomó, exhausta y congelada.

Sam corrió hacia ella y la tomó en brazos. La llevó dentro y la recostó en el sillón. Sus ojos recorrieron con preocupación sus brazos que eran puros huesos, sus costillas que se marcaban debajo de la tela de la blusa... sus labios que habían adquirido un tono azulado por el frío.

-¡Mírate, estás blanca como la nieve!- exclamó, desesperado. Vio en su expresión que no había que hacer. Quinn comenzó a tiritar.

-Tengo mucho, mucho frío...- logró decir, temblando incontrolablemente.

Ni siquiera se creía capaz de ponerse de pie. Había llegado al límite.

-La ducha, Sam...- farfulló, esperando que reaccionara.

La tomó nuevamente en brazos y corrió al baño. Dejándola dentro de la bañera y mirándola un segundo.

Luego abrió los grifos.

El agua que caía sobre ella no parecía aliviarla para nada. Al ver que seguía temblando, abrió más el agua caliente.

-¿Más caliente?- preguntó dubitativo. El vapor subía denso a su alrededor, pero sus labios seguían violáceos.

Asintió rápidamente. No sentía calor. No sentía nada más que frío.

Le apartó las manos de los grifos al ver que su piel se ponía colorada al ser tocada por el agua casi hirviendo. Él se limitó a mirarla azorado mientras ella iba recuperando poco a poco el color.

Buscó unas toallas cuando vio que ya estaba mejor. Ella cerró el agua y Sam la envolvió con ellas y la apretó contra él, intentando desesperadamente que recuperara el calor.

-¡Eres una tonta! ¿Qué pretendías, saliendo al balcón sin abrigo, en plena noche y con este frío?- la reprendió, tomándole el rostro entre las manos y obligándola a mirarlo.

-Lo siento... yo...- pero no sabía qué decir. No había modo de explicarle que, de esa forma, se sentía mejor.

-No hay nada, escúchame bien, nada por lo que valga la pena morir, Quinn.- dijo con determinación y sus ojos verdes muy brillantes.- Ni por tu padre ni por nada más en este mundo.

-No voy a morirme, Sam...- repuso débilmente. Se sentía asustada, no sólo por su reacción, si no también por lo que acaba de suceder. Empezó a llorar quedamente y él ablandó su expresión.

-Ya, quédate tranquila.- le besó la cabeza y la meció un poco. Se había mojado al sentarse a su lado en la bañera húmeda. La ayudó a ponerse de pie.- Ven, vamos a buscarte ropa seca.

Salieron del baño y fueron juntos a la habitación. Buscó algo de ropa para ella y algo de la que su papá había dejado para él, que regresó al baño para cambiarse.

Se quedó sola y se sentó en la cama. Se secó las lágrimas con la toalla y luego se cambió.

Lamentaba haberlo asustado de esa manera.

Cuando volvió del baño, se quedó parado en el hueco de la puerta, contemplándola. Ninguno de los dos dijo nada, sólo intercambiaron una rápida mirada y él entendió.

Se sentó a su lado en la cama. Ella se durmió muy pronto, porque lo que acababa de pasar la había agotado. Solo entonces Sam se puso de pie y, tras apagar la luz, se fue de allí.


Samuel no pudo dormir en toda la noche. Aún se sentía extraño después de lo que había sucedido.

Cuando la había visto corriendo en el balcón... se había quedado sin aliento. Jamás la había visto con tan poca ropa y por primera vez pudo apreciar la extrema delgadez de su cuerpo. Sus brazos eran puro hueso, al igual que su espalda, su pecho y sus hombros. Y las costillas... no. No quería pensar en eso.

Se le había detenido el corazón cuando la vio palidecer y desplomarse. Estaba congelada, se moría de frío...

Y dentro de esa bañera comprobó que la situación había llegado demasiado lejos. No iba a dejar que la enfermedad le ganara. El agua caliente casi le había quemado las manos... pero para ella no había sido suficiente. No se había puesto mejor hasta que el ardiente líquido le dejó marcas coloradas en su delicada piel.

Samuel quería esperar hasta que se hiciera una hora razonable para hablar con Emma. La necesitaba. Pero no pudo. Cuando el reloj marcaba las tres de la madrugada, marcó el número de su celular y aguardó a oír la dulce voz de su amiga, quien por esa noche había decidido no quedarse ahí.

-¿Hola?- dijo, somnolienta.

-Hola, Emma, soy yo.- respondió, con tono cansado.

-¿Sam? ¿Pasa algo? ¿Todo está bien?- preguntó de inmediato. Era obvio que creía que si su amigo la llamaba en mitad de la noche era porque algo malo había sucedido.

-Yo estoy bien. Pero ella no, Emma.- repuso con tristeza.- Ella no.

Enseguida la pelirroja le pidió que le contara lo que había pasado. Sam se desahogó, sabiendo que nadie lo entendería como ella, quien a fin de cuentas era como su mejor amiga.

-No sé qué decirte, cariño.- susurró ella finalmente, con ternura.- No será fácil que reciba ayuda. No querrá recibirla.

-Aún así, no puedo quedarme de brazos cruzados. Soy el único que hará algo, el único que se da cuenta.- replicó abatido.- El único que ve esos brazos raquíticos y esos labios azules de frío. El único que sabe que va a morir.

-Quizás deberías hablar con un médico. Llévala y que la hagan entrar en razón.- sugirió.

-No. No funcionará.- negó con la cabeza.

-Se espantará en cuanto te oiga decir la palabra "anorexia".- farfulló la chica, suavemente.- No creo que...

-Tiene que salir bien.- interrumpió, tratando de convencerla.- Sé que puedo hacerlo. Sólo... necesito tiempo.

-¿Tiempo? ¿Quieres decir que vas a quedarte en Ohio en éstas vacaciones?- inquirió ella, incrédula, sabía que cada primavera él se regresaba a Francia con su abuelo.

-No lo sé.

-Sam, es una de las pocas ocasiones del año en que tu familia puede estar contigo. Sé que quieres ayudarla, sé que quieres hacer algo bueno y me siento orgullosa de ti... pero no te olvides que tú también tienes una familia en Francia.- dijo Emma, firmemente.

-No lo olvido, descuida.

El sol asomaba sobre la ciudad cuando Sam finalmente cortó la comunicación. El desasosiego lo invadió de inmediato al dejar el teléfono nuevamente en su lugar.


Despertó cerca de las nueve de la mañana y casi esperó ver a Sam durmiendo a su lado. Le sorprendió la desilusión que sintió al ver que no era así.

Se levantó de la cama lentamente y fue directo a la sala. Tampoco estaba allí, ni en la cocina preparándole el desayuno después de la fatídica noche que habían pasado. Estaba sola.

Se asomó al balcón y revivió en su mente lo sucedido. Volvió a ver el terror en el rostro de Sam, al sentir sus brazos alrededor suyo, llevándola apresuradamente a la bañera, salvándola como siempre lo hacía...

La puerta se abrió de repente y ella se volvió.

-Rachel.- dijo al ver a su amiga entrar.- ¿Qué haces aquí tan... temprano?

La castaña la contempló un momento, Quinn se veía peor que antes.

-Eh venido...- se acercó hacia ella con la mirada baja.- Porque tu novio me ha contado lo que pasó con tu padre.

-¿Sam? ¿Cuándo?

-Emm... no te enojes con él, Quinn. Sólo quiere ayudarte pero está... asustado.- en este punto se le quebró la voz, la rubia se acercó a abrazarla.

Rachel se sintió horrorizada al sentir por primera vez a Quinn. Ese cuerpo esquelético, los huesos de su columna saltándose... Samuel le había llamado contándole la verdad. Necesitaba ayuda, solo no sabía cómo manejar la situación.

-¡Oh, Quinn!- soltó un sollozo.

-Está bien, amiga. Estoy bien. Digo, sí me duele lo de mi padre pero, ¡hey! Lo superé una vez, puedo volver a hacerlo.- se separó del cuerpo de la castaña, quien estaba toda bañada de lágrimas y con los lentes movidos. Quinn se los quitó para que se limpiara los ojos.

-Es...- tragó saliva y se mojó los labios antes de hablar.- Quinn hay que salir.- hizo un intento por no quebrarse nuevamente ante la idea de perderla, con todo el esfuerzo que requería sonrió, gesto que su amiga le devolvió de la misma manera.

-Bueno, pero tienes que esperar a que me bañe, ¿ok?- Rachel asintió.

-Te ayudaré a limpiar éste chiquero.- dijo, mirando a su alrededor. Quinn sólo se rió y fue hasta su cuarto, dispuesta a asearse.

Rachel se puso a recoger todas las botellas, latas y restos de comida en una gran bolsa negra de basura. Luego apiló todos los trastes en el fregadero, pero antes de lavarlos se puso a sacudir la sala, los sillones, la televisión, las mesas... para cuando terminó, Quinn ya se estaba vistiendo. Luego fue a la cocina a seguir con lo que dejó pendiente.

Les llevó poco más de media hora a cada una hacer lo que estaban haciendo, por no decir que la castaña en realidad no terminó.

-Tenía ganas de verte.- dijo Quinn, apoyándose en una pared de la cocina mientras veía a su amiga terminar.

-También yo. Quiero que nos divirtamos un poco, ¿qué dices?- le guiñó un ojo.

-Por supuesto.

Salieron de casa, Rachel llevaba el carro de sus papás. Condujo tranquilamente hasta llegar al centro de la ciudad.

-¿A dónde vamos?- preguntó Quinn, al ver que su amiga entraba al estacionamiento de un McDonald's, deseó profundamente que no fueran allá.

-A comer algo.- respondió como si fuera la cosa más obvia. Quinn sólo esbozó una sonrisa torcida.

Entraron al bullicioso restaurante.

-¿Y bien? ¿Qué quieres comer?

-Yo... eh...- miró el panel que mostraba las distintas clases de ensaladas, con la cabeza algo aturdida.

-Ah, no, no. Nada de ensaladas.- dijo ella, siguiendo la dirección de su vista.- Vamos, piensa.

La verdad era que se moría de hambre y el ataque de anoche le había abierto todavía más el apetito. No lo pensó ni un segundo.

-Un cuarto de libra con queso.- murmuró.- Y papas y gaseosa grande.

Quería comer. Quería tapar con comida esa horrible sensación de angustia que amenazaba con invadirla.

Rachel pidió lo mismo para ella y se sentaron en una mesa cerca de una ventana.

Varias personas las miraban de reojo, pero ellas parecían no notarlo.

Comieron enfrascadas en una amena charla... o más bien en un ameno monólogo. Era Rachel quien hablaba mientras Quinn engullía cada miga de su hamburguesa, cada papa frita embadurnada en mayonesa y cada sorbo de gaseosa.

Pronto sintió como si el estómago fuera una gran bola y tuvo la necesidad de expulsarlo todo. Pero no podía hacerlo allí, con su amiga tan cerca y el lugar repleto de gente. La descubrirían.

No tuvo más remedio que aguantar hasta llegar a casa. Y de todos modos, no dejaba de comer. Era más fuerte que ella. Al cuarto de libra le siguió un helado de vainilla y un café con mucha azúcar.

-Creí que tomabas con edulcorante.- comentó la castaña, que no había desviado su atención de Quinn en toda la comida.

-Así es... pero no me gusta el que ponen en McDonald's.- contestó, sólo porque no se le ocurría una excusa más creíble.

Luego pensó que quizás estaba diciéndole que debía tomar con edulcorante. Quizás estaba insinuándole que debía hacer dieta. Que estaba gorda. ¡Dios, Rachel pensaba que estaba gorda! Si los cubiertos de ese maldito restaurante no hubiesen sido de plástico, se hubiese clavado un cuchillo en las entrañas.

Una vez que ambas terminaron, subieron de nuevo al auto y regresaron a casa de la rubia. Por mera cortesía, invitó a Rachel a entrar, sabiendo que contestaría que debía irse a su casa.

Sin embargo, se equivocó.

-Claro.- aceptó de buen humor.- ¿Vemos una película?

Quinn quería que se fuera. No porque no le agradara su presencia, la cual disfrutaba como nada, sino porque quería vomitar y la intimidaba. Tenía que irse.

Pero no pudo echarla.

-De acuerdo.- le sonrió. Caminaron hacia la sala y Rachel se dejó caer en el sillón y se apoderó del control remoto. Una voz dentro de Quinn le ordenaba que corriera al baño. Tenía que hacerlo, no aguantaba más.- Ahora… ahora vengo. Voy al baño.

-Bien. Veré si hay algo interesante en la tele, mientras tanto.- le dedicó una preciosa sonrisa y después fijó sus ojos en la pantalla de la televisión.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no correr. Tenía que conducirse con cuidado o se daría cuenta de que había algo extraño.

Cerró la puerta y miró alrededor. El sonido del televisor le llegaba desde la continua sala, pero no le parecía suficiente. Abrió los grifos del lavabo y se inclinó junto al retrete.

En cuanto acercó los dedos a la boca, se olvidó de todo lo demás. Vomitar le hacía bien, le devolvía la paz y nada podía estar mal cuando lo hacía. Era su bienestar.

Los llevó hasta el fondo de su garganta, rozándose los nudillos con los dientes como siempre y causándole un poco de dolor. Las arcadas aparecieron muy pronto y el estómago empezó a contraerse.

Hubiese sonreído de satisfacción de no tener casi la mitad de su mano en la boca.

Toda la porquería que había ingerido empezó a salir con la misma rapidez con la que había entrado. Trataba de controlar la tos, pero era más que obvio que no podía. Las lágrimas saltaban de sus ojos por la fuerza y las piernas le temblaban levemente, por lo que estaba casi recostada en el suelo, con la cabeza prácticamente dentro del retrete.

En ese momento, la puerta se abrió y Rachel contempló la escena con estupor. El horror de darse cuenta de su presencia le subía por la garganta como sí también fuera a vomitarlo. Sin embargo, no era capaz de detenerse. Las arcadas, el acto en sí se había apoderado de ella por completo y no podría dejarlo hasta haberse vaciado por completo.

-¡Tonta!- gritó, desesperada, dejándose caer a su lado y sosteniéndola. Le puso una mano en la frente para ayudarla y su tacto la mató de dolor. ¿Qué pensaría de ella?

La extenuación cuando acabó fue tal que solamente se dejó caer en brazos de su amiga, con la cabeza hacia atrás, como si estuviera muerta. A medida que pasaba el tiempo, seguir vomitando le costaba muchísimo, su cuerpo ya no lo toleraba... pero no podía abandonar ese hábito. Constituía su única salida.

-¡Quinn!- exclamó con preocupación.- ¿Estás bien?

La rubia se obligó a mirarla y sonreír.

-Creo... creo que algo no me cayó bien.- susurró. Se apartó de ella suavemente y se puso de pie con dificultad.

Enseguida se acercó al lavabo para lavarse los dientes. Por el espejo, podía ver a Rachel, contemplándola con un brillo en los ojos que no podía discernir a qué se debía.

-Ya basta.- espetó entonces, como si escupiera las palabras. Quinn detuvo el movimiento del cepillo y lo miró a través del reflejo, incrédula.

-¿Qué...?- comenzó a decir, pero ella la interrumpió. La hizo girar y tomándola por los hombros la enfrentó.

-¿A dónde quieres llegar, Quinn?- preguntó con un tono de voz bastante alto.- ¿Hasta cuando vas a seguir con toda esta basura?

-¿De qué estás hablando?- inquirió, impresionada por su reacción.

-¡Tienes que abrir los ojos y darte cuenta que estás enferma!- bramó consternada.

Parpadeó, confundida.

-Rachel...- se había preocupado por ella. Había creído que estaba enferma. Le acarició una mejilla, conmovida.- Rachel, cariño, no estoy enferma. No tienes que ponerte así...

-Voy a abrirte los ojos, Quinn. Yo tendré que hacerlo porque tú jamás lo aceptarás.- cortó con brusquedad.- Dios mío, aún debemos estar a tiempo...

-¿A tiempo? ¡Por favor, Rachel, escúchate y escúchame! Te estoy diciendo que no estoy enferma.- le sonrió para que confiara en ella. Estaba perfectamente.- Jamás me he sentido mejor. Solo me excedí un poco con la comida, eso es todo.

-Claro que te excediste. Comiste con la desesperación de alguien que no pone comida en su boca desde hace mucho tiempo.- respondió, meneando la cabeza con reprobación.- Amiga, yo solo quiero ayudarte, como siempre he hecho desde que nos conocimos. Como siempre he hecho desde que sé que tienes anorexia y no he sabido cómo...

-¿Anorexia?- repetitió abriendo los ojos, asombrada. ¿De qué rayos estaba hablando?- Rachel, yo no tengo anorexia.

-Por supuesto que vas a negarlo.- volvió a tomarla por los hombros, para que la escuchara con atención.- Es parte de la enfer...

-¡Si vuelves a mencionar que estoy enferma voy a golpearte!- advirtió, harta. No le gustaba la dirección que estaba tomando el asunto. Rachel la estaba controlando.

-Haz lo que quieras, no me importa. Pero no voy a dejar que te mueras por una idiotez.- su mirada se clavó en sus ojos, duramente. Sin embargo, Quinn no iba a dejarse amedrentar.

-¿Crees que voy a morirme? ¿Acaso me ves agonizando? ¿Tengo cáncer, sida, tuberculosis?- espetó de mala manera, haciendo que retrocediera unos pasos.- ¡Estoy bien!

-Dime que comes normalmente y te dejaré en paz. Dime que tienes al menos dos comidas diarias y no volveré a mencionar que estás enferma. Haré de cuenta que el médico nunca le dijo la palabra "anorexia" a Sam.- la enfrentó nuevamente y ella enmudeció. Por mucho que quisiera, no era capaz de mentirle a Rachel.

Sentía que le faltaban las palabras, como si no pudiese hablar, como si aún no la hubiesen enseñado a hacerlo.

-Sólo... sólo estoy haciendo dieta. Eso es todo, amiga. Es muy importante que me mantenga en forma.- explicó con calma.

-¿Dieta? No me digas.- la miró con ironía.- ¿Sabes lo que es una dieta, Quinn? Es comer sano, es comer en menor cantidad, en cantidad necesaria. Es lo que hace una persona que tiene sobrepeso o que quiere mantener un peso adecuado. ¡Lo que tú estás haciendo es no comer una basura y si comes, lo vomitas!

-¡No te atrevas a controlarme, Rachel! ¿Esto era lo que querías cuando apareciste en la mañana? ¿Controlarme, fastidiarme?- repuso furiosa.- ¡Yo soy la única que sabe lo que es mejor para mí! ¡Y no por eso soy una anoréxica!

-¿Cuánto pesas?- dijo de pronto, tomándola por sorpresa.- ¿Cuánto, Fabray? Porque por lo que sé... querías llegar a los treinta kilos.

-No te importa lo que...

-¡Dime cuánto!- gritó, haciendo temblar las paredes.

-Cuarenta y cinco.- mintió.

Sus ojos la recorrieron lentamente.

-Quiero la verdad. La verdad, Quinn.

Suspiró.

-Bien. Cuarenta.

No parecía quedarse conforme.

-¿Cuarenta? ¡No me digas! ¿Por qué mientes si no estás haciendo nada malo?- Quinn apartó la mirada, pero ella le hizo mirarla, tomándola por la barbilla.- Vamos, dímelo. O, si no quieres hacerlo, puedo subirte a la balanza.- señaló su balanza, que estaba justo junto al retrete.- Lo haremos por las buenas o por las malas. Así que más te vale que me digas lo que...

-¡Treinta y tres!- gritó, sin poder aguantarlo más.

Cerró la boca de repente. Asintió con lentitud, mirándola dolida.

-Tienes que aceptarlo, Quinn... estás enferma. Pesas treinta kilos menos de los que deberías...

-Vete de aquí, Rachel.- interrumpió con brusquedad.

-Quinn...

-¡Quiero que te vayas!- gritó, histérica.- ¡Vete! Y hazme el favor de no volver. No vas a controlar mi vida. No vas a evitar que sea perfecta.

-¡Quinn, por Dios, date cuenta! ¡No existe la perfección! ¡Vas matarte por conseguir algo que es imposible!- bramó exasperada.

-¡Entonces moriré por ello! ¿Para qué quiero vivir siendo como soy? ¡Me doy asco, Rachel, asco!- la empujó fuera del baño, camino a la salida.- ¡Y no estoy enferma! ¡Soy perfectamente sana y no dependo de la comida para vivir!

-¡Eres una estúpida!- dijo, ya enojándose.

-¡Déjame en paz! Quiero que te vayas ahora mismo.- abrió la puerta y la hizo salir a empujones.- Déjame vivir, Rachel. Ve con Finn y déjame vivir.

-Te dejaría vivir en paz si supiera que tienes esperanzas de vida, Quinn. Pero te estás muriendo y no quieres aceptarlo. Estás demasiado encerrada en ese mundo que te construiste para ti misma.- meneó la cabeza, tristemente.- Yo puedo ayudarte.

-No. No quiero volver a verte.- y con un golpe violento cerró la puerta, haciendo un ruido ensordecedor que resonó en sus oídos.

Escrutó sigilosamente por la ventana. Rachel se alejaba hacia su auto a grandes pasos, hecha una furia. Sólo cuando dejó de oír el motor a la distancia se apartó de la ventana y cayó al suelo inconsciente, superada por la debilidad que la devoraba por dentro.


Tengo un fuerte crush en Sam Evans (L)...

Bueno éste es el penúltimo capítulo antes del epílogo, ya tengo todo listo. Al fin luego de casi cuatro días de tortura en que Fanfiction no me dejaba actualizar pude hacerlo! :D yeiii... así que creo que merezco reviews para que compense todos los días que no recibí T_T jajajaja...