–Maldita sea, no fue eso. Haces que suene como si… –dijo Charlie y se pasó una mano por el pelo–. Tan sólo quería lo mejor para ti. Pensé que Edward cuidaría de ti. Parecía el hombre perfecto.
–Puedo cuidarme yo sola. No necesito que ningún hombre lo haga. Quiero un hombre que me quiera por cómo soy, no porque mi padre quiere hacer negocios con él.
–Oh, cariño –dijo Renne, acercándose para abrazar a Bella–. Lo siento mucho.
Bella cerró los ojos, disfrutando del amor y el reconocimiento que Edward le había negado.
–¿Y qué me dices de tu embarazo? ¿Cuándo lo has sabido?
–Fui al médico esta mañana. Después fui a ver a Edward.
–Bella, ¿estás segura? –preguntó Charlie–. No me creo que Edward no sienta nada por ti. ¿De verdad quieres tirarlo todo por la borda por la manera en que os conocisteis? Entiendo que estés enfadada y asumo toda la culpabilidad. Edward nunca quiso engañarte. Fue idea mía desde el principio.
Bella tuvo que tomarse unos segundos para contener las lágrimas.
–No le gusta cómo soy. Piensa que soy caprichosa, irresponsable, impulsiva y demasiado confiada. Quiere que cambie en todo. ¿Cómo puedes pensar que es el hombre con el que quiero estar? ¿De veras crees que quiero seguir casada con él? ¿Qué lección estaría enseñándole a mi hijo si me quedo junto a un hombre que no me valora?
–No puedo creer que hayas hecho esto, Charlie –dijo su madre, rodeándola por los hombros y mirando furiosa a su marido.
–Bella, no te enfades conmigo por favor. Eres mi única hija y quería asegurar tu futuro. Pensé que Edward y tú haríais una buena pareja. Me equivoqué y no sabes cuánto lo siento.
–No vas a romper este acuerdo –dijo Bella–. No castigarás a Edward porque no me ame. Si piensas que es la mejor opción para los negocios, entonces déjame a un lado. Me gustaría poder tomar mis propias decisiones en el futuro sin ser manipulada.
–Te quiero, pequeña. Por favor, créeme. No pretendía hacerte daño. Edward trató de hacerme entrar en razón, pero no lo escuché. Quería que te lo contara todo, no quería ocultarte nada, pero lo até de pies y manos y lo lamento –dijo Charlie y con los brazos abiertos, se acercó a su hija para abrazarla–. Sabes que puedes contar con tu madre y conmigo para lo que necesites y que te ayudaremos con el bebé.
–Lo sé. Yo también te quiero, papá, pero de ahora en adelante deja que sea yo la que cometa mis propios errores. Me he enamorado de un hombre al que no le gusta mi verdadero yo.
–¿Quieres que mande a alguien a recoger tus cosas? Sabes que puedes quedarte aquí el tiempo que haga falta.
Sacudió la cabeza.
–Voy a quedarme con Rose hasta que decida lo que voy a hacer. Necesito encontrar un trabajo mejor. Ahora tengo un hijo en el que pensar. Ha llegado la hora de que baje de las nubes y madure.
¿Cuánto tiempo iba a seguir ignorándolo? Edward no dejaba de pasear por su despacho. No había podido trabajar en los tres días que hacía que Bella lo había dejado. Tampoco había conseguido dormir.
Quería que regresara, que volviera a tener sus cosas repartidas por el apartamento y ser capaz de percibir su olor nada más entrar en una habitación. Quería hacerla sonreír y que volviera a ser feliz.
Si al menos contestara el teléfono o alguno de los mensajes de texto que le había enviado. Quería saber que estaba bien. La preocupación lo estaba devorando. Estaba embarazada. ¿Y si volvía a tener uno de aquellos dolores de cabeza? ¿Quién la cuidaría?
Si al menos le hablara, le diera la oportunidad de decirle que la quería… Le había aportado alegría a su vida y no se había dado cuenta hasta que se había ido.
El teléfono sonó y estuvo a punto de tirarlo al tratar de ver si era Bella quien llamaba. Se llevó una desilusión al ver que era Sam.
–¡Ha sido una niña! –exclamó–. Una preciosa niña que ha nacido hace una hora.
Edward cerró los ojos.
–Me alegro mucho. ¿Cómo está Leah?
–Está muy bien. Estoy muy orgulloso de ella. Se ha portado muy bien en el parto. Es mucho más fuerte que yo. Estaba a punto de desmayarme cuando la pequeña ha salido. Es tan guapa como su madre.
–Dale saludos de mi parte. Me alegro mucho por vosotros.
–¿Va todo bien, Edward? No pareces contento.
Edward se quedó pensativo. No quería estropearle aquel momento de felicidad a su amigo.
–No. Bella está embarazada y me ha dejado.
–Pensé que estaba locamente enamorada de ti. ¿Qué ha pasado? ¿De cuánto está?
–No tengo ni idea. No sé nada. Vino hace tres días a verme a mi despacho, me dijo que estaba embarazada y que se iba.
–No sabes cuánto lo siento. ¿Hay algo que pueda hacer?
–Sí –dijo Edward, dejándose caer en su sillón–. Dame algún consejo, necesito que vuelva.
–Muy bien, primera pregunta: ¿la quieres? ¿No pensarás que por estar embarazada debéis seguir estando casados?
–La amo. Hice algunas cosas mal, pero la amo. No sé si alguna vez conseguiré que me crea.
–Vas a tener que hacer algo grande que no deje lugar a dudas. Vas a tener que ponerte de rodillas y suplicar.
–Si me perdona, no me importará –murmuró Edward–. Bueno, ¿no tienes una hija de la que ocuparte?
–Está durmiendo con su madre, pero sí, voy a volver con ellas. Es una sensación única, Edward. Así que ponte en marcha y soluciona las cosas.
–Lo haré, gracias amigo.
–De nada. Cuenta conmigo para lo que quieras.
Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para convencer a Bella de que le diera otra oportunidad.
Bella se sentó en el sofá de Rosalie y se cobijó bajo la manta, mientras tomaba té y veía nevar. Llevaba dos días nevando y la ciudad estaba cubierta por un manto blanco. Echaba de menos su apartamento y más aún el de Edward, a pesar de que nunca lo había considerado su hogar. En noches como aquella, se habrían acomodado frente a la chimenea a ver una película.
–¿Cómo te sientes? –preguntó Rosalie, sentándose a su lado–. ¿Sigues con náuseas?
Quizá fueran las hormonas, pero desde que estaba ahí, se emocionaba cada vez que su amiga se ponía protectora con ella.
–Sí y no. Ya no sé si es el embarazo o lo triste que estoy. Nada me apetece.
–Estoy segura de que son las dos cosas –dijo Rose–. ¿Has hablado ya con Edward?
Bella dejó la taza y suspiró.
–No, soy una cobarde.
–No, no lo eres. Hacía falta agallas para ir a su despacho y plantarle cara. Estoy muy orgullosa de ti.
A Bella volvieron a humedecérsele los ojos.
–Dios mío, tengo que poner fin a esto. Rosalie, lo tienes todo: eres lista, cocinas muy bien, eres guapa y eres la mejor amiga que se puede tener.
–Y sorprendentemente sigo soltera.
–Eso es porque eres muy quisquillosa, como debe ser. Debería aprender de ti.
El timbre de la puerta sonó y Rosalie hizo una mueca.
–Como sea otro vendedor… Ya van dos esta semana.
–¿Esperas algo? Quizá sea el pedido del supermercado.
–No, estoy segura de que lo encargué para mañana, pero quizá tengas razón. Enseguida vuelvo.
–Siéntate –dijo Bella–. No has parado en toda la mañana y yo no he hecho nada más que descansar y quejarme.
Rose puso los ojos en blanco y se sentó, mientras Bella se dirigió a la puerta. Al abrirla, se sorprendió al ver quien estaba allí, bajo los copos de nieve que caían. Parecía llevar una semana sin dormir.
–Hola, Bella.
DISCULPEN LA TARDANZA CHICAS, ESTUVE SIN INTERNET
