CAPÍTULO 21:
Preocupaciones
Faltaban dos semanas para la boda y ya estaba casi todo preparado.
A los vestidos les faltaban apenas un par de pruebas, ya se habían repartido las invitaciones y hasta se había contratado a los camareros y una orquesta. Effie había insistido en traer a alguien del Capitolio que se encargara de la comida, pero Peeta se había negado en redondo, así que él, junto con unas cuantas personas de la ciudad, se encargaría de preparar la comida, que consistiría en un tentempié variado. La gente podría comer, beber y bailar, todo al mismo tiempo.
Effie estaba contenta de que Lizzy se hubiera tomado con tanta normalidad que Haymitch fuera su padre. La verdad es que no tenía ningún reproche que hacer al comportamiento del hombre con su hija. Se la llevaba todas las mañanas, mientras Effie trabajaba, y volvían a la hora de comer. Lizzy siempre tenía aventuras que narrar. A veces, los demás se unían a ellos. A pesar de que Katniss lo negara, Effie sospechaba que la chica había intentado enseñarle a tirar con arco. Lo había descubierto cuando volvieron y la niña lloraba porque decía que no quería matar a nadie. Johanna, Haymitch y Katniss se habían puesto de acuerdo para hacerse los locos y habían desaparecido de repente, argumentando que tenían algo que hacer. Se habría enfadado más si no hubieran sido todos unos pésimos mentirosos.
Una mañana, Effie y Vera se habían tomado un descanso y estaban tomando un café con Delia y Annie cuando Haymitch apareció con los niños. Lizzy cargaba con un libro en sus pequeñas manos, los ojos grises brillando de ilusión. Finn, sin embargo, estaba al borde de las lágrimas. Llevaba la rodilla ensangrentada. Annie se levantó de golpe.
―¡Finn! ¿Estás bien? ―La chica se arrodilló delante de su hijo y lo cogió por los brazos, inspeccionándolo. Empezaba a ponerse histérica. Había mejorado mucho en los últimos años, pero de vez en cuando se la podía ver con la mirada perdida. Otras veces, miraba a su alrededor, sin saber dónde estaba. Solo la presencia de su hijo la calmaba, al igual que había hecho la presencia de Finnick, cuando aún seguía vivo.
―Lo siento, ha tropezado con una piedra y no he llegado a tiempo a cogerlo…―Haymitch se disculpó. Parecía realmente disgustado.
Delia se levantó rápidamente y apoyó una mano en el hombro de Annie.
―No pasa nada ―dijo en tono tranquilizador. Miró a Finn―. Ven conmigo, cariño, vamos a limpiarte eso.
Cogió al niño de la mano y se lo llevó al baño a curarle la herida.
―Mira, mamá, ¡papá me ha llevado a la biblioteca y me ha comprado un libro! ―Lizzy daba saltitos mientras le enseñaba a Effie el libro que llevaba en las manos.
Effie lo cogió. En la tapa aparecía un niño con el pelo negro y gafas redondas montado en una escoba. Desde que había caído el gobierno de Snow, se habían abierto nuevas bibliotecas y se habían legalizado libros prohibidos hasta entonces. El nuevo gobierno creía en la libertad de expresión. En la libertad, en general. Se quedó pensando un momento y cayó en la cuenta de algo. Entrecerró los ojos, mirando a Haymitch.
―¿Desde cuándo se compran libros en una biblioteca? –preguntó, cruzándose de brazos.
―Bueno ―Haymitch se rascó la cabeza―, digamos que lo he cogido prestado… indefinidamente ―añadió en tono muy bajo, sonriendo indolentemente.
Effie fue a replicar, pero en ese momento sonó el teléfono. Todos se quedaron desconcertados: nadie esperaba ninguna llamada. Como no estaban ni su hija ni su futuro yerno en casa, le tocó a la madre de Katniss responder. La mujer se levantó y abandonó la cocina rápidamente. Cuando volvió, sus ojos delataban cierta perplejidad y preocupación por partes iguales.
―Es para ti, Effie.
Effie frunció el ceño levemente. No sabía quién podía ser. Plutarch le había asegurado que podía ausentarse del trabajo tanto como necesitara, y ya había avisado a sus amigos de que estaría ilocalizable durante unas semanas. No había creído oportuno informar a nadie de a dónde iba y, sobre todo, para qué. Aún había gente que consideraba a los Trágicos Amantes del Distrito 12 una celebridad. Lo que menos deseaba nadie eran visitas indeseadas de unos fans el día de la boda.
En el salón, cogió el teléfono y se lo llevó a la oreja.
―Soy Effie Trinket, ¿quién es?
Haymitch no pudo evitar preocuparse cuando Effie volvió a la cocina. Se sentó en una silla de la cocina y se quedó con la mirada ausente. Las manos, cerradas en puños muy apretados, descansaban encima de la mesa. Cuando Haymitch se acercó y le puso una mano encima del hombro, la mujer pegó un salto, asustada.
―Effie, ¿estás bien? ―preguntó él. ¿Qué le habían dicho por teléfono, que la había afectado tanto?
Aquello pareció devolverla a la realidad. Se puso en pie de repente y alisó unas arrugas invisibles de los pantalones ceñidos de color rosa palo que llevaba aquel día. Los combinaba con una blusa llena de volantes de color blanco y unos (altísimos, como siempre) tacones multicolor. Estaba muy guapa, pero aquel no era el momento idóneo para fijarse en esas cosas, se recriminó Haymitch.
―Vera, ¿podrías llevar a Lizzy a cambiarse? Se ha manchado los pantalones mientras jugaba. ―Si la hubiera conocido menos, Haymitch hubiera sido incapaz de distinguir el tono preocupado que se ocultaba detrás de una voz que aparentaba tranquilidad.
―¡Pero si no me he manchado! ―protestó la niña, cruzando los brazos y frunciendo el ceño. Haymitch sonrió para sus adentros. La niña era una copia más joven de Effie: tenía los mismos movimientos, los mismos gestos. Mejor no decirle a Effie lo de ‹‹más joven››, tomó nota mentalmente.
Su madre le dedicó una mirada significativa. Haymitch la había visto utilizar esa misma mirada con los tributos que no se ajustaban a su idea de "buenos modales".
―Elizabeth ―dijo en un tono que no admitía discusión posible. Lizzy resopló y se dirigió con gran dignidad hacia las escaleras, seguida por Vera. Effie miró a Annie―. Será mejor que Finn... ―La chica pilló la indirecta rápidamente. Cogió a su hijo y salió por la puerta de la cocina al jardín.
Solo cuando oyeron la puerta de la habitación cerrarse, Effie se atrevió a hablar. Volvió a sentarse en la silla, suspirando con cansancio.
―Mi padre ha muerto ―anunció sin rodeos.
Haymitch se quedó sorprendido. No es que en su breve pero desagradable encuentro le hubiera caído bien aquel capullo. Ni lo más mínimo, si tenía que ser sincero. Pero no lo había visto mal de salud. Era un hombre que llegaría ya a los sesenta, pero tenía una complexión fuerte y vigorosa. Y aunque no fuera así, Haymitch estaba seguro de que tendría diez médicos diferentes a su servicio, cada cual más caro.
Delia se llevó una mano al pecho.
―Lo siento...
―Sí, bueno, yo también... Supongo. ―Effie no parecía excesivamente afectada. Por lo visto, la relación con su padre no había mejorado en los últimos años.
―¿Cómo ha sucedido? ―Haymitch acercó una silla a la mujer y se sentó. Cogió una mano de Effie con suavidad. Por primera vez en seis años, estaban en contacto piel con piel. Por primera vez desde que había llegado, Effie no rehuyó su cercanía. Haymitch no pudo evitar torcer el gesto al pensar que era así porque estaba afectada por la muerte de su padre. Dudaba mucho que hubiera reaccionado así en circunstancias normales.
―A su nueva esposa le pareció que esperar a que muriera de forma natural era esperar demasiado para recibir la herencia, así que lo envenenó. Pensó que nadie sospecharía de ella si se mostraba desolada, pero la policía empezó a investigar. Al final, encontraron restos del veneno que había utilizado en su ropa. La muy idiota había derramado un poco encima de un vestido carísimo y no se le ocurrió que fuera buena idea limpiarlo inmediatamente. El líquido se adhirió a la tela y allí lo encontraron cuando analizaron la ropa.
Cielo santo, qué principiante, pensó Haymitch. Había visto a tributos asesinar de una forma mucho más sutil que esa en la arena. Mucho bottox y poco cerebro.
―Ya sabía yo que al final alguna intentaría hacerse con su dinero ―dijo Effie. No lo dijo con suficiencia ni burla. Simplemente era una afirmación―. Pero Alexander Trinket tenía demasiada afición a las mujeres más jóvenes que él.
―Los placeres violentos poseen finales violentos... ―La frase le había venido a Haymitch a la cabeza de repente. La había leído en algún sitio, pero ¿dónde?
―Y tienen en su triunfo su propia muerte. ―Effie terminó la frase por él―. Qué acertado. ―Se llevó una mano a la frente y volvió a suspirar. No era el final de la historia―. Al final, resulta que todos los esfuerzos de la señora Trinket Número Siete fueron inútiles. La herencia no estaba a su nombre... Sino al mío. ―Haymitch levantó las cejas. Por lo que sabía, el padre de Effie había sido rico. Inmensamente rico―. El abogado me ha pedido que vuelva a la ciudad para la lectura del testamento y testificar ante el juez.
―Vaya ―dijo la madre de Katniss, sentándose en otra silla. ‹‹Vaya›› era una palabra bastante acertada para la inverosímil historia que Effie acababa de contar.
Effie miró a Haymitch con gesto preocupado. Se mordió el labio antes de hablar.
―No puedo llevarme a Lizzy conmigo ―admitió.
―No te preocupes ― intervino Delia rápidamente―. Nosotros cuidaremos de ella.
―Sí ―respondió Haymitch. Apreciaba enormemente la confianza que Effie estaba depositando en él. Sabía que aquella mirada preocupada con que lo había mirado antes era porque estaba sopesando si podía dejar a su hija con él. Había ganado el sí―. Aunque no te prometo que cuando vuelvas siga conservando esos modales tan refinados ―añadió, sonriendo de manera pícara. Aquello hizo que Effie pusiera los ojos en blanco.
La mañana siguiente, todos fueron a despedir a Effie a la estación.
―Ahora estás al cargo ―le dijo a Vera.
La muchacha tragó saliva con dificultad. Haymitch la comparaba siempre con un cervatillo asustado. Por suerte, Katniss los cazaba cuando ya eran adultos, sino la comparación hubiera sido horrible. Además, de un cervatillo apenas se puede sacar carne. Eran todo músculo, hueso y cartílagos. Justo como aquella chica, tan alta y delgada.
Después de las correspondientes despedidas, Effie abrazó con fuerza a su hija. Parecía que aquella era la primera vez que madre e hija se separaban durante tanto tiempo.
―Prométeme que te portarás bien ―dijo Effie, sujetando a la niña por los hombros.
―Siempre me porto bien, mamá ―respondió la niña con inocencia.
Effie miró más allá, hasta donde estaba Haymitch.
―¿Por qué tengo la sensación de que eso cambiará muy pronto? ―dijo con resignación.
La abrazó una vez más antes de subir al tren. Lizzy corrió hacia Haymitch y se cogió de su mano. Cada vez que hacía eso, Haymitch sentía que el mundo era un lugar un poco mejor.
Cuando el tren se hubo marchado, todos volvieron a sus respectivas casas. Pasó un día, y Effie llamó para decir que tendría que quedarse un par de días más. Cuando pasaron ese par de días, llamó para avisar que se retrasaría un poco más. Todos empezaban a ponerse nerviosos. Excepto Johanna, por supuesto. Podría anunciarse el fin del mundo y Johanna Mason se limitaría a reír y advertir que primero tendrían que pasar por encima de su cadáver.
Haymitch echaba de menos la presencia de Effie. Las pocas semanas que había pasado allí habían bastado para acostumbrarse al ajetreo que traía siempre con ella allá donde iba. Elizabeth también la echaba de menos, pero se entretenía con facilidad. Todos se ocupaban de los niños por turnos. Iban de excursión al bosque con Katniss y Johanna, se comían los dulces que Peeta preparaba, iban a comprar con Delia...
El quinto día después de que Effie se marchara, Haymitch bajó las escaleras de su casa para encontrarse con su hija sentada en la mesa de la cocina, pintando, como siempre. La niña le dedicó apenas una mirada antes de decir:
―Esos pantalones no combinan con esa camisa.
Haymitch se quedó con la boca abierta. Miró hacia abajo: llevaba pantalones verde oscuro con una camisa azul. ¿Qué problema había con esos colores? Miró a su hija, ocupada en elegir con qué color pintaría luego. Demonios, Effie la tenía más adiestrada de lo que él creía. ¡Mundo de la moda, tiembla!
―Pues a mí me gusta ―se justificó él. ¿En serio estaba teniendo esa discusión con su hija de cinco años?
―A mamá no le gustaría ―respondió la niña, mirándolo con sus grandes ojos grises.
―Maldita sea ―masculló mientras volvía a su habitación y se cambiaba de pantalones―. Tengo que hablar con Effie sobre esto.
Bajó a la cocina, esta vez con unos pantalones grises.
―¿Mejor? ―preguntó, haciendo una floritura con la mano mientras se inclinaba en una reverencia.
Sonrió cuando escuchó la risita de su hija. Le recordó a Effie. Su risa (la auténtica, la que ofrecía solo a las personas que quería) era como un rayo de sol en un día nublado. Como un beso suave cuando estás a medio camino entre el sueño y la realidad. Por un segundo, el corazón de Haymitch se hacía más ligero y los problemas parecían ser cosa del pasado. La sensación no duraba mucho, pero era maravillosa.
Se sentó en una silla y acarició la melena rubia de la niña. Si se parecía aunque fuera un poco a su madre (y nadie podría negar que se parecía), cuando fuera mayor sería toda una belleza. Y si ya era inteligente, no podía imaginarse lo lejos que llegaría cuando creciera. Llevaría a más de un chico de cabeza. No tenía del todo claro si le gustaba la idea de tener a unos cuantos adolescentes con las hormonas descontroladas rondando alrededor de su hija en unos años.
Eso le llevaba al pensamiento que más le preocupaba: ¿tenían ese ‹‹unos años›› en realidad? Haymitch llevaba días (semanas en realidad) dándole vueltas a la idea de qué pasaría cuando la boda se acabara. Entonces, nada retendría a Effie. Tendrían que volver al Capitolio... ¿Dónde encajaba él en aquella ecuación? Movió la cabeza con resolución para deshacerse de los pensamientos tan nefastos y centró la atención en el dibujo de su hija.
Lizzy estaba pintando a una mujer rubia con un vestido largo, de un color rojo intenso. Muchos niños de esa edad apenas aprendían a pintar sin salirse de las líneas, y su hija ya dibujaba paisajes y personas con relativa similitud con la realidad. Se veía al a legua cuánto Lizzy adoraba a su madre. No era para menos: había sido la única figura materna (y paterna) que había tenido. Cada vez que se daba cuenta de lo fuerte que era Effie, se arrepentía de haberse comportado como un cobarde seis años atrás.
El peso más difícil de cargar sobre los hombros era el de lo que pudo haber sido y no fue.
Miró a su hija. Fruncía el ceño, intentando conseguir la mezcla idónea de tonos, pero sin lograrlo como ella quería.
―Un día serás una gran artista ―dijo, más para él mismo que esperando una respuesta.
La niña negó con la cabeza sin levantar la mirada del papel.
―Ah, ¿no? ―preguntó Haymitch, levantando las cejas―. ¿Y qué quieres ser de mayor, entonces? ―Sentía verdadera curiosidad.
―Médico ―respondió la niña con sencillez. Esta vez sí miró a Haymitch directamente.
―¿Por qué?
- Para ayudar a mamá ―dijo. Haymitch frunció ligeramente el ceño. ¿Ayudar con qué? ¿Acaso estaba enferma? ¿Había algo que Effie no le había contado? Las preguntas empezaban a arremolinarse en su cabeza―. A veces parece triste ―añadió la niña en tono preocupado―. Si me hago médico sabré por qué está triste y podré ayudarla.
Haymitch pensó que tenía razón. Effie no tenía la misma vivacidad que cuando la había conocido.
―Buena chica ―se limitó a decir, acariciando la mejilla de la niña. Ella le respondió con una sonrisa y volvió a su dibujo.
Effie volvió al sexto día de su marcha.
Ahora era la propietaria de la mayor empresa textil de Panem. Tenía en sus manos el poder de hacer y deshacer a placer en el mundo de la moda. Seguía abrumada por tanta responsabilidad. De momento, había hablado con los directores principales de cada fábrica, revista y tienda que su padre le había legado. Habían acordado una serie de reuniones para cuando Effie volviera del Distrito 12. Effie había ganado algo de tiempo.
En el juicio, había dicho la verdad. Se dejó de sentimentalismos baratos y falsos y fue directamente al grano. No se llevaba bien con su padre, llevaban años sin relacionarse, pero no le deseaba ningún mal. No llegó a ver a la séptima versión más joven de su madre, ni tampoco tuvo ningún deseo de hacerlo. Solo quería terminar con aquello lo más pronto posible y volver al 12. Tenía muchas ganas de ver a su hija de nuevo, nunca se había separado tanto tiempo de ella. También echaba de menos a los demás.
Sí, también a Haymitch, aunque no quisiera reconocerlo.
Las horas que duró el viaje de vuelta al 12 se le hizo eterno. No paró de removerse en su asiento, levantarse, pasear por el vagón, volver a sentarse, y vuelta a empezar.
Apenas se había parado el vagón cuando Effie abrió la puerta del tren y se bajó. En la estación solo estaban Haymitch y su hija para recibirla, pero a Effie le bastaba. Effie se agachó y su hija se echó en sus brazos. Effie hundió la nariz en el pelo de su hija y la embargó el familiar aroma a limpio y flores de la niña.
Haymitch le sonreía con las manos en los bolsillos. Se acercó a ella y le plantó un beso en la mejilla.
―Bienvenida a casa.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Effie. No se había dado cuenta hasta ese momento de cuánta verdad ocultaban esas palabras.
Sí se sentía como en casa allí.
Y tenía la sensación de que no debía sentirse así, pero al mismo tiempo era uno de los mejores sentimientos del mundo.
Pero, de momento, no debía preocuparse por eso. Aún no.
Así que cogió a su hija de la mano, mientras Haymitch cogía a la niña de la otra, y salieron de la estación, camino a casa.
