Capitulo 21: El olor del infierno.

- Por mi culpa… - No podía, no era capaz de afrontar la realidad a la Alice acababa de someterme - Edward es…es…"La nada"…

- ¡Bella tranquilízate! ¡En tu estado no debes alterarte! – Alice me abrazó – Bella, es solo invisible, no se ha ido, seguro que hay alguna explicación para que no sienta su energía. Quizás regresó unos minutos al inframundo o tal vez se encuentre demasiado lejos que no soy capaz de sentirlo. Pero no es tú culpa, tú no has hecho nada malo…

- ¡Te equivocas! – Grité, asustando a la pequeña Alice.

- Bella…tranquila, ¿Por qué no me cuentas que es lo que sucede?...Vamos, te escucho pequeña…

Tardé varios minutos en calmarme mientras era acunada entre los finos brazos de Alice. La miré. Realmente no sabía muy bien como comenzar mi historia con Edward; pero decidí que lo mejor era empezar por nuestra primera discusión tras el juicio. A fin de cuentas, contara como contase la historia, Alice acabaría odiándome al finalizar mi relato.

Intentando elegir las mejores palabras, comencé a hablar, le conté como habíamos discutido noches antes a la muerte de mi padre, lo mal que lo pasé cuando se marchó, cuando creí que nunca regresaría…Aunque ahora había descubierto que Edward siempre estuvo a mi lado. Tras varios minutos, el momento que contarle lo sucedido con James llegó…

El rostro de Alice, palidecía a medida que mi relato comenzaba a sucederse. Su boca, se entreabría intentando murmurar palabras que morían en su garganta antes de llegar a mí. Intentaba sonreír, reprimir las lágrimas y no dejar de sostener mis manos; pero no pasó mucho tiempo que su pequeño cuerpo no pudo resistir un instante más y cayó al suelo, recogiéndose en un pequeño ovillo y estallando en el más profundo de los llantos. Unos llantos, que al poco se vieron coreados por los míos propios, pues a medida que lo relataba fui consciente de la energía que Edward había consumido para salvarme…de por qué parecía tan triste y desesperado por escapar de mi habitación esa misma noche…Hasta el último instante de "vida" a mi lado no había querido preocuparme…

Ahora lo entendía, al fin podía ver con claridad por qué Edward estaba tan enfadado cuando comencé a hacerle preguntas, cuando volví a dudar de su amor por mí. A fin de cuentas, su enfrentamiento con James era la mayor prueba de amor que podía ofrecerme. No porque luchase para protegerme – que también – sino por qué Edward, había renunciado a su todo, a su existencia…por mí.

Pasaron varios minutos hasta que las respiraciones de Alice y mías lograron al fin ser "algo" normales. Le tendí mi mano desde la camilla para ayudarla a incorporarse y aunque temí que no la aceptara, Alice se agarró a mí y tomó asiento a mi lado.

- Alice… - murmuré. Aunque ella no pareció haberme escuchado. O quizás, no deseaba escucharme… - Yo, lo siento, de verdad no sabía nada.

- No te culpo, Bella. Así que estate tranquila. – Suspiró y se quedó durante unos segundos mirando las luces del techo – Edward decidió sacrificarse por ti. Tú no tienes la culpa de que James te atacara anoche, como tampoco la tienes de que Edward consumiese tanta energía. Él lo hizo por ti, Bella, así que ahora…ahora… - Alice volvió a romper en llanto y yo apenas pude hacer más que abrazarla e intentar con todas mis fuerzas no ser yo quien volviese a llorar – Me hubiese gustado tanto…decirle que estaba bien…darle las gracias por haberme salvado aquel día…

Alice seguía murmurando palabras de disculpa hacia su hermano. Lamentaciones por no haber llegado a tiempo, gratitudes por haberla cuidado y promesas de que algún día le encontraría en aquel lugar y volverían a estar juntos. Mordí con fuerza mi labio inferior, hasta que el sabor a hierro y óxido, acompañado por el dolor de la pequeña herida que acaba de abrir en mi labio me hicieron darme cuenta de que aún…estaba vida.

Cerré los ojos intentando tramar un plan en mi cabeza ante mi reciente descubrimiento. Alice, no podía saber nada, puesto que si se diese cuenta de ello, querría ayudarme a toda costa y este era un asunto del que solo yo podía ocuparme. Tomé aire, una, dos y hasta 10 veces y fue entonces, cuando decidí ponerlo todo en marcha.

- ¡Arg! – Grité mientras me encogía bruscamente. Cabe citar que demasiado, pues incluso llegué a hacerme algo de daño.

- ¡Bella! ¡¿Qué te ocurre?! – Preguntó Alice mientras comenzaba a acariciar mi espalda.

- A-ayúdame… - Murmuré casi en llanto – Me duele mucho el pecho…ne-necesito…Carlisle…

- ¡Bella aguanta! ¡Voy a buscar a mi padre! ¡Prometo que no tardaré! ¡Por favor aguanta!

Alice dio un pequeño brinco desde mi camilla y salió corriendo dando un fuerte portazo al salir. Sentía mentirle, preocuparla; pero era la única forma de poder escapar. Sin dudarlo un solo segundo más, arranqué la vía del gotero de mi brazo, tiré la pequeña bolsita de suero y me dispuse a usar el portagoteros como bastón. No sabía cuánto de lejos quedaba el almacén; pero no podía arriesgarme a intentar salir de este y encontrarme a todos los médicos de frente. "Bella piensa…" Miré a ambos lados del lugar, y entonces, unas enormes cajas captaron mi atención, por suerte sería lo bastante grandes para ocultarme.

Con la mayor agilidad que mi cuerpo me lo permitió, logré al fin ponerme en píe. Mis piernas estaban demasiado débiles y el peso de mi cuerpo casi se hacía insoportable. Di un pequeño paso, dos, y al tercero, caí de rodillas al suelo. Juraría que escuché como algo se rompía en mis piernas; pero el dolor no me iba a impedir continuar, pues la imagen de Edward en mi cabeza era la que me daba la fuerza necesaria para seguir adelante.

Blanca, diría que incluso suave. Ese fue el tacto de lo que había en el interior de la caja cuando al fin logré meterme en su interior. Una vez dentro, tiré el portagoteros lo más lejos que pude para evitar que nadie sospechase de mi escondite y me agazapé esperando que todo trascurriese con rapidez. Pues, para mi desgracia, el reloj del campanario indicaban las 11 pm y apenas me quedaban 3 horas.

- ¡Por aquí rápido! – La voz de Alice al fin se escuchó a lo lejos.

- ¡¿Pero qué hacíais aquí Bella y tú?! – Esa era la inconfundible voz de Carlisle.

- ¡No hay tiempo para explicaciones papá! ¡Juro que os lo explicaré todo cuando llegue el momento; pero por favor ayuda…la…

La voz de Alice se entrecortó al final. Deduje, acaba de darse cuanta de que había desaparecido.

- Aquí no hay nadie Alice… - murmuró Carlisle.

- Papá te juro que estaba aquí, ella estaba asustada, gritaba y tosía… ¡estaba aquí! Su voz sonaba rota y por unos instantes sentí la necesidad de salir de mi escondite y consolarla; pero no lo hice, a fin de cuentas, lo verdaderamente importante era Edward.

- Alice, escúchame, debiste despertar del coma asustada. Esta habitación, antes de convertirse en almacén debido a la humedad que tiene, había sido la tuya. Así que probablemente viniste hasta aquí guiada por tus recuerdos y la somnolencia. Te debiste dejar de caer en esa cama y escuchar el alboroto que hay mientras buscamos a Bella. Y fue entonces, cuando tu mente imaginó el resto… - Pude escuchar como el señor Cullen abrazaba a su hija – Alice realmente necesitas descansar pequeña…

- Pero…pero yo…supongo que tienes razón papá…

- Vayamos a descansar, Alice. Para nosotros es una bendición que estés despierta…tú madre estaba tan preocupada…

- ¿Y qué pasará con Bella?

- También estamos muy preocupados por ella, Rose ha ido incluso a su casa a buscarla y aquí en el hospital todos están buscándola. Creemos que puede haber sufrido una crisis como consecuencia del miedo a la muerte tras haber estado en el funeral de su padre y haber huido…

- ¿Y el cementerio? – Preguntó Alice – Quizás intente llegar allí para estar con su padre.

- No había sopesado esa posibilidad; pero mandaré a Emmett allí. Ahora, Alice, es preciso que te examinemos y descanses ¿Está bien?

- Si, papá…

Lentamente, escuché como sus pasos se iban alejando. ¿Realmente Alice se había creído que todo había sido una fantasía? Lo dudo, a fin de cuentas, había sido ella quien me había traído a ese lugar. Supuse, no habría sido capaz de explicar de otra forma lo allí acontecido o quizás, había deducido mis intenciones y decidió ayudarme de alguna manera. Fuera como fuese, gracias Alice.

Con cuidado, salí de la caja y conseguí mantenerme en pie apoyándome en ésta. Ahora, debía trazar un plan para salir del hospital. Tal y como había escuchado decir a Carlisle, todos me estaban buscando y escapar de allí, en mi estado y sin un bastón como ayuda, sería imposible. Suspiré e intenté retener las lágrimas que amenazaban con escapar de mis ojos. Había conseguido completar parte de mi plan y ahora mi maldito cuerpo consumido no era capaz de completar el resto. Cerré los ojos, y mi mente proyectó la imagen de Edward. Aún era pronto para rendirse. Hacía apenas unos minutos lo daba todo por perdido; pero el estar viva era la única prueba que tenía para creer que Edward aún podía seguir manteniendo nuestro pacto. A fin de cuentas, según había dicho Alice, si el pacto se rompía al quedarse Edward sin energía, mi vida pasaría a depender únicamente del cáncer y si este estaba muy avanzado, posiblemente moriría de inmediato. Sin embargo, yo aún vivía… Es cierto que podía caber también la posibilidad, de que mi cuerpo fuese lo suficientemente fuerte como para seguir luchando; pero ante la más mínima duda iría a "ese lugar" y rogaría porque Edward estuviese esperando allí a que el tiempo pasase antes de romper definitivamente nuestro pacto.

Aunque para llegar a dicho lugar, primero debería escapar de allí ¿Pero cómo?...

Abrí los ojos que aún mantenía cerrados y fue entonces cuando lo vi. En el interior de aquella caja, había ropas – supuse eran donativos – zapatos e incluso algunos pañuelos y seguro que podría pasar desapercibida vistiendo cualquiera de aquellas ropas. Sonreí, al fin la suerte parecía estar de mi parte, aunque aún me faltaba encontrar un bastón. Con cuidado, retiré varias cajas más y fue entonces cuando lo vi. Detrás de una vieja estantería había un viejo paraguas. Al tomarlo, pude ver que estaba en perfectas condiciones y que en el mango tenía una pegatina con el nombre de Sra…. Y un pequeño borrón. Deduje debía haberlo perdido algún paciente y mientras su dueño aparecía decidieron guardarlo con las ropas de donaciones.

Sonreí, ya tenía un "bastón" y ropa para camuflarme, ahora, simplemente tocaba la parte de colocarme el disfraz. Con cuidado y bastante lentitud me quité el vestido negro que aún traía puesto desde el funeral y lo cambié por una falsa de gasa blanca y larga – con el fin que nadie notase la característica delgadez de mis piernas - una blusa de tirantas negra con el borde del cuello con un precioso dibujo de flores realizado en encaje. Finalmente, situé la trenza sobre mi hombro izquierdo y coloqué un pañuelo sobre mi cabeza terminando de recogerlo alrededor de mi cuello intentando cubrir mi boca.

Al fin estaba lista aunque no tenía claro cuánto tiempo habría consumido en realizar mi disfraz. Aún así, hubiese pasado el tiempo que hubiese pasado, el reloj del campanario aún no había sonado, por lo que aún no debían ser las 12 de la noche. Con cautela, me apoyé en el paraguas y comencé a caminar. A cada paso que daba mis piernas gritaban que me detuviese. A cada paso que daba mi cuerpo se desgarraba. Y a cada paso que daba, mi corazón latía más y más fuerte en busca de Edward.

Deambulé por los pasillos de aquel tétrico hospital. Podía ver a las enfermeras y enfermeros del lugar buscarme por todos lados; pero por fortuna, nadie se percató de mi presencia. Finalmente, pude divisar la puerta de salida y, casi arrastrando mis piernas, logré cruzarla.

- Al fin libre… - Murmuré – Aunque ahora… ¿Cómo consigo llegar a "ese" lugar? Quizás debería coger un taxi… - Proseguí pensando en voz alta – Pero no tengo dinero… - Una señora pasó a mi lado – Perdone… - Llamé su atención – ¿Podría decirme qué hora es?

- Claro que sí, señorita. – La señora miró su reloj – Son las doce y cuarto. Deberías regresar a casa, joven. A estas horas hay mucho desalmado suelto.

- Gracias, y también por el consejo.

Mientras la señora se marchaba, hice ligeras cuentas sobre el tiempo que aún me quedaba. 1 horas 45 minutos. Maldición, había tardado demasiado tiempo en recorrer el hospital y, para colmo, no había escuchado el reloj del campanario marcar las 12. Pensé, que en circunstancias normales apenas tardaría 1 hora en llegar allí; pero teniendo en cuenta el estado de mis piernas, no tenía claro si sería capaz de llegar a tiempo…

Suspiré y me incliné un poco para masajear mis doloridos tobillos. Debía encontrar a Edward antes de que el tiempo del pacto concluyese. Pues de ser así, y si es que él aún seguía entre nosotros, no dudaría en romperlo – y podría al tratarse de un semi-pacto – sin tan siquiera mirarme a los ojos. No iba a permitírselo, no podía permitírselo. No podía dejar que se marchara sin que supiese cuanto lo sentía, cuánto lo amaba y cuánto necesitaba que permaneciese a mi lado y no me dejase sola. Debía encontrarlo, y juntos encontrar una solución antes de que el reloj del campanario sonara de nuevo.

- Por favor, Edward…No te marches aún…Aguanta…

Apoyé el paraguas en el suelo con mucha seguridad, iba a lograrlo, costase lo que costase lo lograría, por Edward y por mí. Caminé lo suficiente como para llegar al parking del hospital; pero no tardé ni dos segundos más, en tropezar y caer al de nuevo al suelo. Mi cuerpo, estaba agotado de la huida y el seguir caminando se estaba convirtiendo en un camino hacia mi propio final. No lo lograría…no a tiempo…

El calor de las lágrimas recorrió mis mejillas mientras, aún en el suelo, volvía a masajear mis esqueléticas piernas. El verlas, ya resultaba bastante desagradable y su tacto, donde podía incluso sentir el tamaño de mis huesos, comenzaba a resultarme incluso vomitivo. Respiré profundamente, y cubrí las piernas con la falda intentando levantarme apoyándome en el viejo paraguas. "No voy a rendirme, Edward…No voy a rendirme" Me repetí aquellas palabras una y otra vez. Estaba a punto de lograr incorporarme cuando de pronto:

*PIIIIIIIIIIII* Los focos de un coche me cegaron por completo.

- ¡¿Estás bien?! ¡Perdóname no te había visto! – Una señora, cuyo rostro me resultaba familiar salió de coche y me ayudó a ponerme en pie. Al verla de cerca, pude reconocer que se trataba de la mujer que antes me había dicho la hora. - ¡Vaya, eres tú! – Sonrió - ¿Te encuentras bien? ¿Te he hecho algo? Podemos entrar al hospital y…

- Tranquila, estoy bien. Había tropezado con una pequeña piedra del asfalto y me caí. La culpa es mía, salí de la nada. – Sonreí intentando tranquilizarla. No podía dejar que siguiese insistiendo en entrar en el hospital.

- Me alegro que no te haya pasado nada – Me devolvió la sonrisa y suspiró – ¿Crees que podrás coger el coche ahora? – Me preguntó. Al principio, sus palabras me confundieron; pero cuando recordé que estaba en el parking supuse que ella había creído que yo había venido a por mi coche.

- La verdad, es que vengo andando, cogí por aquí para atajar algo de camino.

- ¡¿Has venido andando hasta aquí?!

- La verdad es que pensé que volvería antes del anochecer pero el familiar al que visité estaba dormido y me quise quedar con él hasta que despertase. – Esperé sonar convincente y que no se percatase de cómo estaba inventando todo sobre la marcha.

- Ya veo... – La señora se quedó algo pensativa y al poco tiempo añadió - ¿Qué te parece si para compensarte por lo ocurrido te acerco hasta tu casa? Es muy tarde para andar sola por estos lugares y más después de que ese violador escapara de prisión hace unos días – Supuse hablaba de James.

- ¿De verdad? – Pregunté emocionada - ¡Muchísimas gracias, no imagina el gran favor que me hace…esto…señorita…

- Anna, me llamo Anna. – Sonrió y me abrió la puerta de su coche.

- Yo soy Isabella, aunque todos me llaman Bella. – Me monté en el coche y cerré la puerta.

- Un nombre muy bonito – Sonrió tomando asiento a mi lado y comenzando a arrancar el coche – Y bueno, ¿Dónde te dejo, Bella?

Le indiqué a Anna que me dejase cerca del sendero del bosque. Ella parecía preocupada a la vez que extrañada; pero le dije que me estaba quedando en casa de una amiga cuya casa está en el bosque y a la que no se puede acceder en coche. No sé si me explicación resultó muy convincente; pero Anna no quiso insistir más. Lo que más me relajó del paseo en aquel vehículo, no solo fueron las hermosas baladas que Anna tenía puesta en su coche, sino el hecho de que había un pequeño reloj digital. Las 00:30 am apenas quedan 1 hora 30 minutos. Espera, Edward, espera.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que llegamos al sendero, pues debido a la suave forma de conducir de Anna y a que apenas había descansado en varios días, me quedé dormida apoyada en la puerta del copiloto. Me desperté, cuando suavemente Anna me zarandeó y me indicó que ya habíamos llegado. Tras agradecerle e intercambiar nuestros números de teléfono con el fin de mantener alguna futura amistad – obviamente Anna estaba ajena al hecho de que moriría en apenas unas horas – me despedí de ella con una enorme sonrisa y miré mis piernas.

- Vamos chicas, debemos hacer un último esfuerzo, ya casi hemos llegado.

Apoyé mi paragua en unas pequeñas piedras que había en el sendero, por fortuna, la luna llena dotaba de algo de luminosidad a aquel lugar. Hacía mucho tiempo que no iba allí; concretamente desde que me detectaron el cáncer; pero esperaba ser aún capaz de recordar el atajo que había a través del bosque y de que los rumores fueran ciertos y aquel lugar se encontrase totalmente desértico.

Comencé a caminar con ayuda de mi fiel paraguas aferrándome además a algunas pequeñas ramas que me permitían aferrarme cuando mi cuerpo estaba a punto de desfallecer. Dolor. Este era cada vez más intenso; pero más intensas era mi necesidad de salvar a Edward. Al poco tiempo de caminar, el sendero desapareció y cuando quise apoyar el paraguas en el suelo, este, se hundió en la tierra y provocó mi caída.

- ¡Maldición! – Grité sobre todo al ver como mi falda se oscurecía mezcla del barro del suelo y de la sangre de una pequeña herida que se acababa de abrir en el gemelo. - ¡¿Primero me das suerte para llegar aquí y ahora vuelves a poner el mundo en contra?! ¡¿Se puede saber qué demonios te hice?! – Grité al cielo; pero apenas conseguí asustar a un par de pajarillos que salieron volando del lugar.

Suspiré, no podía seguir perdiendo el tiempo, no ahora que había llegado tan lejos. *Clan* En la distancia, escuché como el campanario volvía a sonar. "Ya solo queda una hora…" Con cuidado, llevé la tela de la falda a mi boca e intenté cortar un pedazo te dela que me permitirá cubrir la herida. Por desgracia, esas cosas solo funcionan en las películas. Tomé aire, una, dos y tres veces y decidí que si no podía depender desde ese momento en adelante del paraguas, no me quedaría más remedio que continuar agarrada a los arbole. Y así lo hice.

El camino comenzaba a hacerse cada vez más difícil, mis piernas pesaban y mis manos empezaban a rasgarse al agarrarme a los árboles. Decidí, intentar de nuevo usar el paraguas para caminar; pero al contacto con la tierra volví a hundirse. Mordí con fuerza mi labio inferior, ya debería estar cerca.

Sentí el calor en mis mejillas a causa de las lágrimas de dolor que ya me era imposible contener, y sentí el calor de la sangre por mis piernas y brazos que presentaban pequeños cortes causados por las ramitas. Di un paso más; pero pisé el cordón de las zapatillas y no pude hacer nada para evitar caer desplomada sobre el suelo.

- ¡Maldición! ¡Maldición! – Grité, mientras me quitaba los zapatos y los lanzaba lejos estrellándolos contra un árbol cercano. - ¿Por qué no logro llegar…?

La tierra y el suelo embarrado mancharon mi rostro, y aunque intenté limpiarlo con la camiseta, al estar esta también sucia, continué con algunos restos marrones en mis mejillas y frente que sentía que ni las lágrimas podrían limpiar. Miré al cielo. La luna estaba comenzando a ser devorada por un puñado de nubes negras y si no me daba prisa, creo que comenzaría a llover. Al bajar la mirada del cielo, a lo lejos, pude ver el campanario. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando por el bosque pero tendría que dar mi último aliento en continuar antes de que las campanas volviesen a sonar…

Retomé mi camino, un paso más, dos y cuando sentí que iba a volver a caer de nuevo. Lo vi. Al fin había llegado y estaba pudiendo comprobar que los rumores eran ciertos. Apoyé al fin el paraguas en un terreno firme y sentí el asfalto arañar mis pies descalzos. El edificio que hacía tiempo había estado tan lleno de vida, ahora estaba completamente abandonado. Sus paredes presentaban grafitis de nombres extraños y desconchados en la pared que ahora tenía un tono verdusco a causa del musgo.

- ¡Edwaaaaaaaard! – Grite. Pero la única respuesta que obtuve fue el sonido de mi propio eco. - ¡Edwaaaaaaaard! - Volví a insistir; pero nada…

De pronto, escuché un ruido a mis espaldas y no dudé en girarme. Por desgracia, era un pequeño ratón que había considerado divertido asustarme mientras trepaba por uno de los árboles. Decidí, que quizás Edward se encontraba dentro de aquel lugar, por lo que confiando en mi paraguas, me apoyé en él y comencé a caminar hacia el interior.

Cuantos recuerdos me traían aquellas paredes en las que aún se podían observar viejos carteles de película. Era una lástima, que este lugar cerrase cuando el nuevo se inauguró cerca del centro. Al fin, pude ver el cartel de "Sala 8". Empujé la puerta, está también estaba algo pintarrajeada y el sonido que hizo al abrirse distaba mucho de ser acogedor. Sonreí, aunque por fuera todo estaba destrozado, la sala de cine se encontraba casi en perfecto estado. Aunque faltaban algunos sillones que deduje, habrían robado.

- Número 21…número 21… ¡Aquí esta! – Con cuidado, me senté en aquella butaca de cine en la fila 7 y miré hacia mi derecha. Cerré los ojos durante unos segundos y pensé en aquella película, en aquel día y en el ocupante de aquella butaca - Ahora entiendo, por qué Alice me dijo que desde un principio quizás ya sabías que ibas a anular el pacto… - Miré hacia el techo de la sala y sonreí a medias - Ya nos conocíamos ¿Verdad? Creo que al principio, dudabas si la chica del cine era realmente yo; pero deduzco que no tardaste en darte cuenta. Yo, sin embargo, ni tan siquiera cuando escuché la historia de Alice pensé que yo fuera la chica que había estado sentada a tu lado ese día en el cine… ¿Sabes? – Sonreí – Yo también quedé impresionada al ver tus ojos; pero estaba tan oscuro y sentía tanta vergüenza, que ni tan siquiera me atreví a volver a mirarte y memorizar cada hermosa fracción de rostro. Ahora me pregunto, cómo fui capaz de olvidar tus ojos, cuando en aquel momento hubiese matado por ser ahogada en ellos… - Expiré suavemente y cerré los ojos dejando que el tiempo comenzara a transcurrir – Y ahora…ya no estás aquí… ¿Verdad? – Un par de lágrimas fugaces recorrieron mi rostro estrellándose en mi regazo – Alice tenía razón…has gastado toda tu energía y ahora… ¡Soy estúpida! – Grité – Creí…tenía tanta fe en que estuvieses aquí…en que siguieras conmigo… - Lloré, no podía contener un segundo más la rabia, el miedo y la frustración que se apoderaban de mí – Pero ya es tarde… ¿Verdad? Ya es tarde para arrepentirme de haberte alejado de mi vida. Ya es tarde para que escuches mis palabras…Ahora mismo, ni tan siquiera recordaras que hubo alguien a quién amaste con toda tu alma… - Me abracé a mi misma y escondí la cabeza entre las rodillas intentando ahogar mis lagrimas.

Lloré y durante varios minutos fui incapaz de aguantar todo el dolor que sentía y que había estado reprimiendo. Mis dedos se clavaban en mi piel intentando sustituir el dolor interno del corazón por un simple dolor físico; pero nada lograba calmar mi culpa, ya era tarde…muy tarde. "Aun no…" Esa voz…esa voz que había sonado en mi cabeza distaba de ser la mía propia. Era una voz grave, dulce y cariñosa que me arropaba a la vez que alentaba, esa voz…era la voz de mi viejo padre. Rápidamente, saqué la cabeza de entre las piernas y miré a ambos lados del lugar. Y como siempre, estaba sola. Medité durante unos segundos si esa realmente había sido la voz de mi padre; pero al recordar de nuevo sus palabras caí en la cuenta de que no podía desperdiciar mi tiempo pensando que Edward ya se había marchado. Había llegado tan lejos buscándole con la esperanza de que aún estuviera aquí y si no se encontraba en aquella sala, no significa que estuviese en el limbo. Quizás se encontraba en mi casa o en cualquier otro lugar que fuese su favorito…Limpié mis lagrimas con el brazo y apoyada en el paraguas me levanté. Siempre que hubiese una mínima oportunidad debía creer y aferrarme a ella, siempre que el reloj aún no marcasen las 2:00 am Edward podría seguir conmigo…Edward podría *Clan…Clan…*

Y entonces…el reloj del campanario…sonó.

- ¡Edwaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaard! – Grité mientras el sonido de la última campana aún retumbaba en mis oídos. – No…no puede…

Me levanté intentando llegar hacia la salida del cine para ver de lejos el reloj del campanario; pero ni mi cabeza era capaz de racionalizar las órdenes, ni mi cuerpo capaz de ejecutarlas. Con torpeza, pisé mal unos de los escalones que separaban las butacas y rodé escalares abajo. Intenté gritar; pero los gritos murieron ahogados en mi garganta. Sabía que de la caída debía tener varios huesos fracturados y que muy posiblemente moriría en aquel lugar antes de que nadie llegase a encontrarme.

Morir…Ahora que lo había perdido todo esa idea resultaba la más atrayente de todas. Al fin había llegado mi hora, me reuniría en el cielo con mis padres y quizás allí, lograse algún día olvidar a Edward. Reí sin humo. Sabía que olvidarlo sería imposible.

Tosí, el pecho me dolía y el polvo del suelo no favorecía para nada mi respiración. Pensé, que si iba a morir ojala pudiese ir al mismo lugar que Edward. Buscarle entre todas aquellas almas y hacer que me recordarse. Y en caso de que no pudiera recordar, crearíamos nuevos recuerdos, una nueva vida, donde pudiéramos volver a jugar a enamorarnos…Pero tenía claro, que mi alma no acabaría en el limbo… Tosí de nuevo y al hacerlo, destapé algunos cristales de botellas rotas que debían estar cubiertos por capas de polvo. Fue entonces, cuando lo vi todo claro. Cuando sentí que el brillo de ese cristal era la solución a todos mis problemas. Había una forma, una forma de llegar al limbo, a Edward. Y esa, era arrebatándome mi propia vida. El suicidio.

Como pude, arrastré mi cuerpo por el suelo y estiré mi brazo hasta alcanzar aquel pedazo punzante de cristal. Titubeé e hice un poco de presión en mi muñeca viendo como comenzaba a teñirse el cristal con un pequeño hilito de sangre. Sonreí al ver que era lo suficientemente afilado y lo coloqué en la posición correcta. A fin de cuentas, de algo tendrían que servir la cantidad de películas policiacas que había visto desde que ingresé en el hospital. Suspiré y sin poder retener las lágrimas pedí perdón a mis padres y rogué porque mi muerte fuese rápida. También pedí perdón a los Cullen, a Rosalie. Y a Edward por ser tan débil y negarme a una existencia sin él…Finalmente hice un poco de presión mientras un grito feroz escapaba de mis entrañas. Sentí que la vista se me nublaba y que estaba a punto de perder el conocimiento; pero no podía dejar que eso sucediese, debía acabar con mi vida…

- ¡Bella! – Apenas podía ver a la persona que me estaba llamando; pero su voz y su tacto cuando arrebató el cristal de mis manos y taponó mi herida me resultaron terriblemente familiares… - ¡¿Se puede saber que estás haciendo?! – Parpadeé, sentía urgencia por ver su rostro, pues esa voz…esa voz era…

- Edward… - Y allí estaba él. Con sus hermosos ojos verdes clavados en los míos y cubriendo la herida con uno de sus pañuelos bordados. Al fin…al fin había logrado llegar hasta él… - Pensé que en el limbo…las heridas no duelen… - Murmuré.

- ¿El limbo? ¿De qué estás hablando, Bella? – Vi como de nuevo Edward hacía aparecer una pequeña llamita e iba a proceder a colocarla sobre mis heridas.

- ¡No! – como pude retiré mi brazo – Alice, ella me lo contó todo. Sobre los semi-pacto. La energía. Me dijo que si te quedabas sin energía te convertirías en la nada…Si tú estás aquí esto ha de ser limbo…

- ¿Alice? – Exclamó a lo que yo simplemente asentí. Aún había muchas cosas que explicar; pero cuando gimoteé ante el dolor él decidió obviar todo y centrarse únicamente en mí - Bella, déjame sanar al menos tus heridas más graves… - rogó mientras volví a tomar mi brazo - No has pensado, ¿qué quizás estoy aquí por nuestro pacto? – Sentí como las pequeñas llamas sanaban mi piel mientras Edward me tomaba en sus brazos como si fuese una princesa.

- Pero…ya han pasado…las 48 horas…el reloj del campanario…

- ¿El reloj del campanario? Bella ese reloj es viejo, no puedes fiarte de él. A veces se ralentiza y otras se adelanta. Mira… - Edward me depositó con suavidad en el suelo, sin soltar mi cintura y me mostró su reloj de muñeca 01:55 am. Aún quedan 10 minutos. – Sonrió.

- Pero…entonces… ¿Por qué Alice dejó de sentirte? ¿Qué haces aquí?... Yo…pensé que te había perdido para siempre. – Apoyé mis manos y mi cabeza en su pecho dejando que el latir de su muerto corazón me devolviese a la vida. El estaba ahí, a mi lado, y yo sentía que lo amaba más que nunca.

- Mi Bella… - Edward retiró el pañuelo que aún cubría un poco mi cabeza y acarició mi rostro – Es cierto, que cuando salí de tú habitación incluso yo temí por mi propia vida; pero de pronto llegué al infierno. Supongo que por eso…Alice… - Dudó en la última palabra; pero continuó – Dejó de sentir mi presencia. Allí, todos me acusaron de alta traición. Y mi cuerpo estaba tan débil que cualquiera de ellos hubiese podido acabar conmigo; pero entonces…James gritó. Yo había condenado su alma al infierno y eso significaba que había "asesinado" a otro mortal. La fuerza de un diablo radica en la de sus víctimas y James, restauró en mí gran parte del poder que creí perdido. Tardé en regresar, por qué aún debía solucionar algunas cosas allá abajo. – No quiso hablar más del tema y yo tampoco quise preguntar – Cuando regresé, me teletransporté a este lugar, si estás aquí, supongo que ya sabes el por qué. – Sonrió y comenzó a juguetear con mi pelo hasta lograr desbaratar la trenza que Rosalie me había recogido – Fue entonces cuando te vi. No entendía nada, tampoco tenía tiempo para pensar, corrí hacia ti y simplemente te protegí… - enredó sus dedos en mi cabello y apartó una pequeña hojita que tenía enredada – Así, estás mucho más hermosa…

- Edward…No lo hagas…no rompas nuestro pacto…llévame contigo, a donde quiera que sea. – Rogué ocultando mis lágrimas en su pecho. Edward tomó mi mentó y posó fijamente sus ojos en los míos.

- Te amo, Bella. Te amo lo suficiente como para no condenarte a ese lugar…

- ¡No me importa el lugar que sea! ¡Quiero estar contigo!

- Bella, no soy bueno para ti, ese lugar tampoco lo es. Deberías odiarme, olvidarme. Ni tan siquiera fui al panteón familiar a despedir a tu padre…

- Fuiste tú… - Murmuré mientras aferraba con fuerza su camiseta y le miraba – No podías saber, que mi padre fue enterrado en el panteón familiar. A fin de cuentas, ni tan siquiera yo lo sabía…tú viniste…estabas cuidando de mí. Acariciaste mi espalda…

- … - Edward apartó la mirada, había caído en su propia trampa.

- Pero… ¿Por qué? ¿Por qué fingiste abandonarme? – Sus manos, cálidas y suaves limpiaron rápidamente mi rostro de lágrimas mientras depositaba un suave beso en mi frente.

- Tenía miedo. Miedo a que descubrieras la verdad y quisieras hacer…una estupidez como la de ahora. Quería que dejaras de amarme…

- ¡No puedes obligarme a que no te ame! – Grité. A lo que Edward solo apartó su mirada.

- Prométeme que no harás ninguna locura… - Ahora fui yo quien apartó la mirada; pero Edward tomó mi mentón e hizo que le mirase fijamente. – Bella, no sé cuánto tiempo me lleve espirar mis pecados en el limbo; pero algún día, lograré salir de ese lugar e iré al cielo a buscarte. Dónde quiera que estés, juro que te encontraré…Hasta entonces ¿Prometes esperar junto a tus padres? – Durante unos segundos, medité cada una de sus palabras. Pensé, que si yo también iba al limbo nuestros pecados eran diferentes y a fin de cuentas, uno acabaría abandonando ese lugar antes que el otro…

- Te lo prometo… - Murmuré.

- Siento no haber podido, ser el príncipe de tus sueños. No haberte dado una familia… - Edward apoyó su cabeza en mi hombro y aspiró mi aroma.

- Me has dado tú amor, Edward. Soy feliz con eso…

De pronto, el suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies mientras el reloj de Edward hacía un molesto sonidito indicando que nuestra hora había llegado. Ojala, hubiese tenido tiempo de trazar un plan que nos hubiera permitido disfrutar de una vida terrenal juntos. Sentía no haberme podido despedir de Alice y que Edward no la hubiese podido ver despierta.

Mientras el círculo de fuego se dibujaba a nuestros pies, Edward me estrechó entre sus brazos y me murmuró que me amaba. Iba a echarlo tanto de menos, durante tanto tiempo, que solo rogaba porque no se olvidara de mí. Correspondí su abrazo y le repetí una y mil veces cuanto le amaba. De pronto, la fuerza de su agarre comenzó a disminuir, su mano acarició mi cabello y al mirarle, le vi sonreír.

- Ha llegado el momento. Voy a acabar con este maldito pacto. – Asentí, mientras deseaba haber sido capaz de entregarle todo a Edward antes de que los siglos nos mantuviesen separados. Sonreí, había algo que aún podía darle…

- Edward…

- ¿Pasa algo? – Preguntó alarmado a lo que yo simplemente negué con la cabeza.

- Solamente, que te amo. – Haciendo uso de mis pequeñas fuerzas. Rodeé su cuello con mis brazos poniéndome de puntillas y uní sin pensarlo ni un segundo más mis labios con los suyos. Edward rodeó mi cintura mientras con su otra mano jugaba con mis cabellos. No solo había amor en ese beso, también había necesidad y un amargo sabor a despedida. O no… - Pacto… - Murmuré al alejarme de sus labios provocando que el circulo llameante a nuestro pies pareciera cobrar vida. No sabía muy bien que estaba haciendo; pero si había una mínima posibilidad de estar juntos, no pensaba desperdiciarla.

- ¡Bella que…! – Pero no le dejé continuar.

- Yo Isabella Marie Swan, solicito a las tinieblas un doble pacto. En el cual, entregaré no solo mi alma al infierno, sino también mis recuerdos. Me convertiré en la nada y seré alimento para este diablo. A cambio, solicito su protección hasta que envejezca y el tiempo, y no el cáncer, dictaminen sentencia en mí. Este es mi ruego, esta es mi petición, este es… ¡MI PACTO CON EL DIABLO!

De pronto, el fuego intenso nos rodeo por completo mientras Edward no paraba de gritar mi nombre. Durante unos segundos sentí miedo, demasiado; pero cuando el fuego comenzó a sanar mis heridas, respiré aliviada. Al parecer, había funcionado. Cerré los ojos y me dejé envolver por las llamas mientras la magia se creaba en mí. Sentí como mis piernas comenzaban a recuperar su corpulencia natural, como las heridas de mis brazos sanaban y el color volvía a apoderarse de mis mejillas. Me sentía…sana.

El fuego comenzó a apagarse y cuando mis pies volvieron a tocar el suelo, Edward corrió hacia mí y me abrazó. Durante un segundo temí que me gritase, que me llamase idiota o que me interrogase con mil y una preguntas. En su lugar, simplemente me reconfortó en sus brazos y ocultó su rostro en mi cabello.

- ¿Qué es lo que has hecho, Bella? – Murmuró como un niño pequeño que acaba de ver destrozado su tren favorito.

- Cuando estudiaba sobre el limbo, leí algo sobre los dobles pactos.

- ¿Dobles pactos? – Al parecer, no sabía que de le estaba hablando. – Nunca había escuchado nada sobre ellos.

- No son muy común. Principalmente, porque ningún mortal está dispuesto a sacrificar algo más que su alma. En un doble pacto, debes doblar y superar lo que das en un pacto inicial. Si lo haces, el inframundo "valora" tu oferta y si la consideran interesante, el doble pacto queda firmado.

- Tu añadiste tus recuerdos…añadiste ser la nada y no hay nada más valioso que un corazón enamorado… – Una mueca de enojo se formó en su rostro – Espero que tengas un plan para cuando tu tiempo terrenal llegue a su fin.

- Aún no – Sonreí – pero tengo unos 80 años para que juntos, podamos buscar una solución. En caso de que no se nos ocurra nada, esta vez te dejaré romper nuestro pacto. Te lo prometo. – Le abracé, no podía ocultar mi felicidad.

- Después de acabar de romper tu promesa, no sé muy bien si fiarme de tú palabra… - Me tomó del mentón para que le mirase e intentó fingir una mirada de enojo que no le salió muy convincente.

- Te equivocas, prometí que te esperaría junto a mis padres; pero no te prometí que sería ahora. – Edward intentó replicar; pero no le quedó más remedio que resignarse y dedicarme la más hermosa de sus sonrisas.

- Eres incorregible pequeño demonio – Entre risas, me levantó del suelo en volandas haciendo que algunos mechones de mi cabello acariciaran su rostro – Te amo, Bella.

- Te amo…

Sonreí y me revolví entre sus brazos exigiendo que me acercara a su boca… Edward lo entendió, pues no tardó en fundir sus labios con los míos haciéndome sentir que al fin, todo, podría salir bien.

- Espera un segundo… - Edward se separó y me miró de arriba abajo. - ¿Cómo vas a explicar esto?

- ¿Esto? Me estás mirando entera – Le fulminé con la mirada sin entender.

- Ja, ja, ja, ja, Bella, hace minutos estabas moribunda y ahora, mírate eres pura vida.

- … … ¡No había pensado en eso! – Exclamé – Supongo que… - Miré mi falda larga – Creo que tengo una idea.

Después de varias horas de caminata, aunque para mí el tiempo al lado de Edward se me pasó volando. Divisamos a lo lejos el hospital. Al verlo, se agazapó para que subiera a su espalda y me indicó que intentase estar lo más quieta posible. Asentí y deposité un ligero beso en su nuca que le hizo temblar. No pude evitar reír al ver que había conseguido hacerle sonrojar. Cuando al fin me acomodó sobre su espalda, retomó su camino y al atravesar las puertas del hospital nuestro show dio comienzo.

Edward llamó a todas las enfermeras diciendo que me había encontrada agazapada cerca de un sendero al cementerio. Como aún estaba cubierta de barro y con las ropas sucias, la mentira supuse sonó bastante creíble. Yo seguí fingiendo estar dormida; pero escuché la voz de Rose que vino hacia nosotros con la garganta cerrada e intentando contener las ganas de llorar. Carlisle, Esme y Emmett no tardaron en llegar. Respecto a Alice, supuse que le estarían haciendo algunas pruebas después de haber despertado. Carlisle, dio orden a Edward de que me llevara a mi habitación y seguidamente mandó a varias enfermeras para que, junto a él, me acomodaran en la habitación y colocaran el gotero.

Mientras Edward me cargaba en su espalda hacia la habitación, podía escuchar como Rose hablaba con las enfermeras y Edward para que la dejaran a solas conmigo y así poder cambiarme la ropa sucia. Durante unos segundos temí que Rosalie descubriese mi secreto; pero después de lo ocurrido y habiéndola preocupado tanto, pensé que lo justo, era contarle la verdad. Podía confiar en ella y sabía que nunca se lo contaría nadie. Además, necesitaba otra aliada en mi teatrillo, junto con Alice y Edward, si quería que todo saliese a pedir de boca.

Finalmente, Edward me dejó en mi habitación y tras colocarme el gotero, las enfermeras y él abandonaron el lugar.

- Espero que no te molestes por cambiarte… - Murmuró, supuse me estaba pidiendo permiso aún creyendo que yo estaba dormida. Sonreí y supuse que ella se percató de eso - ¿Bella?

- Hola, Rose…

- ¡Bella! – Rosalie no dudó en lanzarse a mis brazos mientras gritaba una y otra vez cuando es que se alegraba de verme.

- Rose, yo…tengo que contarte algo.

- Lo sé – Sonrió.

- No, Rose, de veras que no sabes nada.

- Yo también se leer, Bella. Desde un principio todo me resultó bastante confuso. Yo había visto morir a Edward y Carlisle siempre nos hablaba de tu estado crítico. Al principio intenté creer lo que se nos decía pero poco a poco, y en función de los extraños libros que me pediste. Acabé llegando a la conclusión de que de una forma u otra, Edward y tú teníais un pacto demoníaco. Realmente, hay muchas cosas que aún no comprendo pero el motivo de haber sido yo quien quería cambiarte, radicaba en que desde el momento que te vi aparecer a espaldas de Edward supe que estabas curada.

Sonreí, Rose era mucho más inteligente de lo que jamás habría imaginado. Aunque aún había cosas que de seguro, estaba ansiosa por comprender. Decidí empezar por el momento que en conocí a Edward aquella noche en el hospital. Hablé durante varios minutos, a fin de cuentas la historia era larga…Al concluir, Rose mostraba una expresión entre sorpresa por lo que acababa de oír, alivio al verme bien y ver a Edward y quizás algo de miedo por el futuro lejano que algún día nos aguardaría.

Continuamos hablando durante largo tiempo; pero en esta ocasión, para pedirle ayuda con el teatro que deberíamos montar de ahora en adelante para que pudiese sonar "creíble" una recuperación. Tal y como esperaba Rosalie aceptó y me dijo que hablaría con Alice para ser ellas las únicas encargadas en asuntos que pudiesen conllevar ver mis piernas. Al cabo de un rato llamaron a la puerta. Rose tuvo que pedir que esperaran pues entre una cosa y otra yo aún seguía con la ropa sucia.

- Pasen – ordené.

- ¿Ya estás lista, Bella? – Edward entró cargando un hermoso ramo de flores que acomodó en mi mesita de noches – Sé que es apenas un detalle; pero espero que te gusten. – Me besó en la frente y dirigió su radiante sonrisa a Rose – Gracias por haberla cuidado, Rose. Eres la mejor cuñada del mundo. – Edward no dudó en abrazarla.

- ¡Edward! Si me abrazas tan fuerte tendrás que pagar mis costillas rotas.

Reí y el estruendo de mi voz pareció contagiarlos, pues no tardaron en unirse a mí. A los pocos segundos, Edward tomó asiento en la camilla a mi lado permitiéndome apoyar mi cabeza en su pecho mientras Rosalie gritaba que alguien le trajese su inyección de insulina.

- Parece que se lo están pasando muy bien, chicos. – Esme entró cargando una pequeña cesta en al que parecían haber dulces y acompañada de un feliz Carlisle.

- Espero que no te estén molestando mucho, Bella. Necesitas descansar – Agregó Carlisle en su rol de doctor – Aunque parece que el regreso de Edward te halla devuelto la vida…

- No sabes cuánto, Carlisle. – El sonrió.

- Al fin, nuestra familia está completa – Murmuró Esme mientras limpiaba una pequeña lagrimita que caía por su bello rostro.

- ¡Rose, por qué no nos dijiste que ya habías acabado de cambiar a Bella! Esa pequeña rebelde se las verá conmigo por escaparse – Rió Emmett que aún seguía en la puerta – Y tú Edward, no solo tendrás que explicar a tu hermanito dónde demonios te metiste, sino que tendrás que vértelas con alguien aún más terrible…je, je…

- ¿Más terrible? – Preguntó confuso.

- ¡Soy pequeña pero no invisible! – La pequeña voz de Alice que salió de detrás de su hermano pareció una inyección de vida para la sonrisa de Edward.

- Alice…

- Alice, aún deberías estar descansando. Le dije a Jasper que te vigilara – Refunfuño Carlisle.

- L-lo siento señor Cullen, ha sido imposible decirle que no. Estaba ansiosa por ver a Edward. – Jasper parecía aterrorizado antes la mirada de Carlisle, aunque a este, no le quedó más remedio que aceptar que no habría persona en el mundo capaz de retener a Alice.

- Entiendo… - murmuró mientras sonreía.

- ¿Edward? – Preguntó Alice que había llegado a nuestro lado y miraba a su paralizado hermano.

- Alice… ¡Alice! – Edward se levantó de mi lado y tomó a su pequeña hermana en brazos mientras daba vueltas por la habitación – No puedo creerme lo que estoy viendo. Hace apenas meses creí que estabas muerta y ahora…Alice… - La abrazó y juraría que pude escuchar un leve sollozo escapar de entre sus labios – Perdóname…por no haber podido defenderte aquella noche…perdóname por no haber estado a la altura, por permitir que aquello pasara. Te quiero, hermanita…espero que algún día. Seas capaz de perdonarme…

- No hay nada que perdonar Edward. – Alice, besó la mejilla de su hermano y lo abrazó – Gracias a ti esos tipos no me mataron y has logrado hacer justicia. Aquella noche estaba asustada, muy asustada; pero sabía que mientras tú estuvieras allí, no permitirías que nadie acabase conmigo. ¡Te quiero mucho Eddy! – Alice comenzó a remover el cabello de su hermano para acto seguido salir corriendo por la habitación y ocultarse detrás de mí.

- ¡Te dije mil veces que no me llames Eddy! – Gritó Edward entre risas.

- ¡Eddy! ¡Eddy! ¡Eddy! – Canturreo Alice.

- ¡Alice no te escondas detrás de mí! – La regañé uniéndome a las risas.

- Se siente me debes una, así que haz de escudo muajaja – Su pequeña risa malévola provocó que todos los presentes estallaran en risas. Y mentalmente rogué…que esos momentos duraran para siempre.

Al fin pasaron los meses, dos concretamente, donde al concluir pensé que a Alice, Rose, Edward y a mí debieron darnos un Oscar por nuestra actuación. Durante esos meses, Rosalie, trabajó en el hospital cuidando de mí y redactando esplendidos informes sobre como mejoraba físicamente día a día. Las pruebas del cáncer que me hacían desde que ingresé, siempre dieron resultado positivos de desaparición total del cáncer; pero en esta ocasión Carlisle insistió en estudiarme temeroso de que, tal y como había sucedido la otra vez, el cáncer volviera a aparecer mucho peor de cómo se fue. Pero todo fue perfecto y sobre ruedas y por fin, me dieron el alta.

Cuando abandoné el hospital todas las enfermeras vinieron a despedirme, a la salida, me esperaban los Cullen con el coche de Emmett y el de Carlisle dispuestos a llevarme a mi nueva casa, a su casa, pues después de mucho tiempo de insistencia decidí mudarme a vivir con ellos. Una nueva vida estaba a punto de comenzar para mí, una nueva familia y sobre todo un nuevo y único amor…

- Espera, Alice, Rose… - Miré a mis dos acompañantes que cargaban algunas bolsas con mi ropa - ¿Dónde está Edward?

- Ni idea, no lo vemos desde que se despidió de ti esta mañana mientras terminabas de recoger – Añadió Alice que comenzó a depositar las bolsas en el coche de Carlisle. - ¿Sabes algo Jaspi? – Preguntó a su ya oficial novio mientras se lanzaba, literalmente, a sus brazos.

- ¿No es aquel de allí?

A lo lejos, vi llegar a Edward. Su cabello estaba alborotado y algo mojado por el sudor, su camisa coja de un par de botones y cargando un pequeño paquete entre sus manos. Definitivamente, venía hecho un autentico desastre y no pude evitar reírme al verle aparecer.

- ¿De dónde vienes con esas pintas? – Reí intentando peinar su cabello con mis dedos y depositando un fugaz beso en sus labios.

- Apenas pude dormir en toda la noche a causa de esto – Edward tendió en paquete hacia mí y sonrió – Ten, espero que te guste.

Con cuidado levanté la tapa de aquel pequeño paquete que tan alegremente sostenía entre sus manos. Al hacerlo, una pequeña bolita de pelo negra con una manchita blanca en su patita izquierda dirigió sus pequeños ojitos amarillentos hacia mí mientras emitía un sonidito que aún era demasiado pequeño para ser considerado maullido.

- ¡Es un gatito! – Con cuidado tomé al pequeño animalito entre mis manos y comencé a acariciar su suave pelaje - ¡Edward es tan hermoso! ¡Muchas gracias! – Sonreí y volví a besarle.

- Un pequeño animalito como este estaba contigo la noche que te conocí. Dicen que los gatos, pueden ver cosas que los humanos somos incapaces de percibir. Me ayudará a cuidarte. – Sonrió y acarició al pequeño animal – ¿Y? ¿Se te ocurrió ya un nombre para el pequeñín?

- Perdón…emmm… - Miré a Edward y rápidamente volví a mirar al pequeño gatito – ¡Lucifer!

- ¿Has llamado al gatito con el nombre del demonio? – Edward rió.

- ¡Bella un gato debería llamarse bigotitos o calcetines! – Me reprochó Alice mientras ella, Rose y Esme se acercaban a juguetear con el pequeño animal.

- Me gusta Lucifer. Digamos qué…es algo especial. – Miré a Edward y este tomó mi mano con una hermosa sonrisa mientras se inclinaba hacia mi oído.

- Espero que no pactes también con ese pequeño diablo – Susurró antes de depositar un fugaz beso en mis labios y abrirme la puerta del coche – Ahora princesa, ¿Lista para ir a su castillo?

- Estoy deseándolo…

Me monté en el coche, aún cargando el pequeño animal, y Edward, tomó asiento a mi lado. Me apoyé en su hombro. En pocos minutos, una nueva vida comenzaría para mí, para los dos. *Miau* Maulló el pequeño Lucifer. Para los tres…Una vida donde al fin podríamos amarnos, ser felices, y en la que los pactos con el diablo no serían más que simples historias del cine de Hollywood. Hundí mi cabecita en su cuello y respiré profundamente su aroma a fuego. Muchas cosas habían cambiado y posiblemente, muchas más cosas cambiarían; pero, por fortuna, aunque todo a mí alrededor se encontrase en un continuo cambio, Edward no dejaría de ser nunca mi diablo y de oler a las mismísimas llamas del infierno.

FIN


N/A: Y al fin, aquí está el tan esperado final. Quizás en unos meses esté un epilogo sobre Alice y Jasper, y que sucedió trascurrido un tiempo; pero no puedo hacer promesas puesto que la universidad me roba demasiado tiempo. Por el momento simplemente espero que os halla gustado este final y estoy ansiosa por conocer vuestras opiniones. Durante mucho tiempo he estado dudando sobre un final trágico o un final como el que he decidido otorgarle; pero pensé que ya demasiado había sufrido Bella con su padre como para encima perder a Edward y su propia vida. De todos modos y tal y como dije con anterioridad estaré deseando conocer que os pareció a todos vosotros.

Finalmente pedir perdón de nuevo por la tardanza y dar las gracias a todos aquellos que durante este tiempo me han seguido, tanto aquí, como por las redes sociales o el correo electrónico. Lo siento y gracias por vuestra paciencia eterna.

¡Espero vuestro reviews! (Y no muchas cartas de muerte :S)

Un beso vampírico para todo y a disfrutarlo ;[

Att: SthelaCullen.