IN FRAGANTI

Por: Tita Calderón

CAPITULO XX

Una ráfaga de viento se introdujo en la biblioteca e hizo que la piel de Candy se pusiera como de gallina. Las lágrimas emergían a borbotones por sus ojos; todo había pasado tan rápido que parecía estar en medio de una pesadilla; en un momento Albert estaba parado frente a ella y al siguiente se había ido.

Y para variar, todo se había complicado, teniendo ella, gran parte de culpa.

La impotencia, la ira y la desolación hicieron que corriera tras Albert en un inútil intento por alcanzarle. Pero al llegar a la puerta y tomar la manija para abrirla, una voz que hasta ese momento había preferido permanecer al margen, le habló desde la sombras como si fuera su conciencia, haciendo que su corazón se detuviera unos segundos por la sorpresa.

-No estaría bien que la señora de la casa saliera a estas horas.

Candy se giró levemente y vio a Walter parado algo incomodo en las penumbras, mientras en las afueras se escuchaba como un auto se alejaba con rapidez.

-El señor seguramente no tardará en regresar - dijo en tono suave y sin acercarse demasiado para no incomodarla.

Tenía que hacer algo para convencerla, si la señora salía, no sólo ella estaría en problemas, sino todos los de la casa.

Candy se secó las lágrimas tratando inútilmente de ocultarlas antes de girarse completamente. Las palabras de la tía abuela sonaron en su mente y esto la obligó a recomponer sus facciones.

"…

-En un matrimonio siempre hay desavenencias – había empezado diciendo.

Candy había sonreído para sus adentros porque estaba segura que nunca ellos las tendrían, nunca antes las habían tenido y seguramente de casados jamás las tendrían. Pero a pesar de su seguridad, había seguido escuchando con atención a la anciana.

-Nadie. Escúchame bien, Candice – insistió con firmeza - Nadie, aparte de ustedes dos, deben estar involucrados y debes hacer todo lo posible para que sus discusiones o desacuerdos queden detrás de la puerta de su dormitorio.

-Nosotros no discutiremos – aseguró Candy sin dudarlo.

La anciana la miró con una mezcla de escepticismo, comprensión y sabiduría.

-Si alguna vez lo hacen, nadie más debe enterarse, asegúrate de eso - su voz no permitía discusión - Los Andrew nos caracterizamos por la prudencia, recuérdalo siempre…"

Cuánta razón tenía la tía abuela y cuan equivocada había estado ella. ¿Pero qué podía hacer? Sus lágrimas eran demasiado evidentes como para tratar de ocultarlas a Walter.

-¿A…alguien más está despierto? – preguntó conscientemente avergonzada sabiendo que era imposible tratar de tapar el sol con un dedo, en este caso lágrimas y voz temblorosa.

-No señora – contestó Walter con sinceridad.

Él había visto la cara de su amo cuando llegó y supo que algo no andaba bien, así que se encaminó hacia la cocina donde estaba Eunice esperando para ir a ayudar a la señora a cambiarse, para decirle que se fuera a dormir.

Cuando escuchó el portazo en la biblioteca y luego vio a la señora bajar las gradas dio una vuelta por toda la casa asegurándose que nadie más rondara en las cercanías, incluso subió a las habitaciones de arriba.

Encontró a la señorita Margarita saliendo de su habitación.

-Me pareció haber escuchado un portazo o algo así.

-Fui yo señorita, disculpe si la desperté – contestó Walter decidido a que nadie más se percatara de las desavenencias de los señores.

-¿Los señores ya llegaron? – preguntó con interés, en especial por su jefe.

-Si señorita, deben estar durmiendo. – ni se inmutó al contestar, si daba un paso hacia el pasillo, él mismo se aseguraría de cargarla y meterla en la habitación nuevamente.

Margarita hizo un leve asentimiento de cabeza antes de cerrar la puerta.

Walter bajó con sigilo; a sus oídos llegaron ásperos murmullos que provenían de la biblioteca, no pudo distinguir lo que decían, o mejor dicho no quiso entender lo que decían, no era de su incumbencia, había sido muy bien entrenado.

-Me voy a mi habitación – dijo Candy tratando de mostrarse serena, sus lágrimas habían cesado.

-Que descanse, señora. - contestó aliviado.

Walter esperó a que la señora subiera y se sentó a lo lejos; esperaría a que el señor volviera para ir a descansar, esa era su función. Le apenaba mucho que ellos discutieran, se veían tan enamorados.

Candy entró a su habitación como una zombi, cerró la puerta y se quedó un momento allí sin saber qué hacer, sintiendo como la nada se adueñaba de ella; agitó la cabeza antes de lanzarse a la cama.

Llorar era poco, quería gritar, así que ahogó sus lastimeros lamentos hundiéndose en las almohadas; se sentía tan vacía, tan sola, tan triste…tan tonta, tan humillada…

Si, humillada, porque Albert se había ido dejándole ahí parada como si no le importara sus razones, sus argumentos, sus lágrimas.

Claro, ella nunca le había importado, tal vez cuando era una niña, pero ahora no. Lloró más fuerte.

Odiaba como había cambiado su vida, hubiera preferido seguir siendo Candy White en lugar de la señora Andrew, de que le servía si había perdido a su Albert en ese camino.

"Su Albert" ahora ya no era tan suyo…

Lloró con más sentimiento…

Recordó su vida, siempre fue tan fuerte, más fuerte que Annie, que Patty…y ahora se sentía tan frágil…tan perdida, como un barco a la deriva.

No tenía a nadie a quien contarle sus cosas, sus miedos, siempre había sido Albert su eterno confidente, pero ahora se había abierto un abismo entre los dos. Lloró con más dolor.

De que servía haberse casado con él, si lo había perdido el momento que había dicho "si quiero". Lloró sin consuelo…

Y lo peor de todo era que él prefería a todos en lugar de ella….para muestra la Margara esa… ¡Ay como la odiaba! Lloró con ira.

Abrió los ojos en medio de la oscuridad y sintió levemente la tela del abrigo en su mano…recordó la ternura de Albert cuando le dio la caja…todo era tan diferente y lejano, ahora parecía que los separaba un abismo.

Abismo que ella misma se había encargado de hacerlo más profundo. Lloró con culpa.

¿Por qué simplemente no cerró su bocota? Por tonta, tenía que ir tras de él y empeorarlo todo...

Recordó que cuando entró al teatro se había jurado ser el remanso de paz para él y en lugar de eso se había convertido en su peor pesadilla.

Tenía que hacer algo… ¿Pero qué? Si todo lo que hacía parecía empeorar las cosas; tal vez lo mejor era desaparecer…si eso era, se iría, regresaría a Chicago, así Albert podría trabajar con tranquilidad con su estúpida secretaria…

Las entrañas le corroyeron con dolor ante la sola idea de dejarlo solo y sobre todo con ella…pero antes ya había vivido sin él, y estaba segura que podría hacerlo de nuevo, además, de amor nadie se moría, ¿no? Ella sería la primera.

Ni siquiera regresaría a Chicago, se iría al Hogar de Pony, allí podría pensar con claridad, subida en la rama más alta del padre árbol…él era su confidente.

Ojalá tuviera una mamá…alguien que le dijera si estaba bien o mal lo que pensaba hacer…pero ella no tenía a nadie. La tía abuela seguramente sólo vería por el ilustre apellido Andrew…que suerte tenía Annie al tener una mamá, que suerte la de Patty al tener a la abuela Martha. ¿Por qué a ella todo le fue negado?…todo…

Sonrió tristemente en medio de las lágrimas, ni ella se reconocía ahora; estaba siendo demasiado melodramática, lo sabía, pero era el momento justo para serlo... Agitó la cabeza con dureza, lo mejor era actuar rápido y olvidarse de sentimentalismos tontos.

Estiró la mano tanteando en la oscuridad hasta encontrar la lamparita de noche para encenderla. Se secó las lágrimas con el dorso de las manos y se sorbió la nariz como si fuera una niña.

Al levantarse se sintió ligeramente mareada, buscó su bolso en el closet, lo abrió en cuanto se sentó en la cama con rapidez, allí estaban sus papeles junto con el dinero que Albert le había dado cuando llegaron a Nueva York para que se comprara lo que quisiera…pero no había sabido que comprarse…ahora sabía lo que quería: un pasaje de regreso.

Se levantó y fue en busca de una maleta, sólo llevaría un par de vestidos, los más sencillos, no necesitaba vestir con lujos en el hogar de Pony…recorrió el closet con los ojos de izquierda a derecha y de regreso; ninguno de sus vestidos entraban en la categoría de sencillos. Suspiró resignada mientras tomaba dos vestidos al azar. Los guardó en la maleta que había puesto sobre la cama.

Se iría a primera hora en la mañana, seguramente Albert no vendría a dormir y si regresaba dudaba mucho que fuera a su dormitorio, estaba muy molesto cuando salió. Pero igual no le importaba, ella estaba más molesta que él, y para asegurarse, pondría seguro en la puerta antes de acostarse. Una sonrisa maquiavélica cruzó por su cara.

Tal vez debería irse por la ventana justo cuando terminara de hacer la maleta, pensó mientras se llevaba el índice a la mejilla; enseguida lo negó con la cabeza. Ahora que era una señora, no podía darse el lujo de fugarse por la ventana y más cuando no pensaba volver nunca más. Se iría por la puerta grande y con la frente en alto. Le diría a Walter que bajara su maleta en cuanto Albert saliera a su "junta", pediría que un chofer la llevara a la estación y allí tomaría el primer tren. Así nadie podría quejarse de su comportamiento. Su plan era simplemente perfecto.

Cerró la maleta, le pareció escuchar pisadas en el pasillo, se detuvo, esperó un momento pero no escuchó nada. Tal vez era Walter rondando la casa. Cerró la maleta. Listo no había marcha atrás. Este pensamiento hizo que se le apretara el corazón de forma dolorosa. Pero la decisión ya había sido tomada, nada, ni nadie la detendrían.

Tomó la maleta para esconderla nuevamente en el closet, por si acaso, no quería alertar a nadie antes de hora y cuando la tomó con firmeza la puerta se abrió de repente, sorprendiéndola en "In Fraganti".

Candy casi pegó un grito ante la visión de Albert en el umbral de la puerta. Su leva abierta, su corbata colgando en el cuello y tres botones de la parte superior de la camisa desabrochados. Su mirada triste y a la vez sorprendida, su rostro levemente desencajado pero incluso así, se veía guapo a morir. Quiso cortarse las venas ante esta visión.

Albert, se sorprendió al verla despierta; había asumido que ella estaba durmiendo, aunque cuando llegó al pasillo y vio el tenue resplandor que salía por debajo de la puerta se detuvo esperando escuchar algún sonido, como no escuchó nada continuó hasta abrir la puerta, pensando que Candy se había dormido con la luz encendida. Que equivocado estaba.

Allí estaba Candy, con el rostro demacrado y lloroso, y empuñando con fuerza, ¿una maleta?

¿Qué demonios hacia Candy con una maleta?

El rostro se le descompuso en un respiro al darse cuenta que ella la sostenía con firmeza.

Recorrió la habitación con rapidez, el closet de Candy estaba abierto, algunos vestidos colgaban allí, pero era obvio que algunos ya no estaban, por los espacios que quedaban. Miró hacia a la cama y vio el bolso de Candy medio abierto…como si lo hubiera estado revisando.

-¿Qué estás haciendo? – preguntó lentamente sin querer hacer falsas suposiciones.

Candy pensó seriamente en botar la maleta de sus manos y patearla dentro de la cama, pero al ver que los ojos de Albert iban de su rostro a sus manos era imposible. Se maldijo por no haber puesto seguro en la puerta cuando lo pensó.

¡Diantres!

-Na…nada - contestó sopesando la posibilidad se caerse muerta en ese mismo instante.

-¿Nada? - no era posible que hubiera recorrido la ciudad a todo lo que daba el velocímetro para calmarse y Candy le sacara de sus cabales en un solo segundo.

Candy tragó seco, él aún estaba enojado, aunque su mirada le decía que estaba desesperado, angustiado... Qué bueno, porque ella se sentía igual.

-Me…me voy – trastabilló con la lengua - En la mañana - completó al ver la furia relampaguear por los ojos de Albert.

-¿Qué? – Albert sintió que le iba a dar un paro cardiaco. Esta mujer iba a terminar con su cordura.

-Lo...lo que escuchaste - esquivó la mirada - Mañana a primera hora regreso a…a…casa… - se giró para poner la maleta cerca del closet, ya no valía la pena ocultarla.

-¡Esta es tu casa!

-No – aseguró mientras negaba con la cabeza para dar más realce a su respuesta – Esta no es "mi casa" – los ojos se le cristalizaron – Es "tu casa"

-Candy, todo lo mío es tuyo – respondió dolido.

-Yo no tengo nada…nunca he tenido nada...el único lugar que puedo llamar mío, es el Hogar de Pony.

Un par de gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, se apuró a secarlas con el dorso de la mano.

-No empecemos de nuevo Candy, por favor. - casi suplicó.

Había salido de la casa para dar un respiro a una discusión que de pronto no tenía ni pies, ni cabeza.

Mientras manejaba a todo lo que daba el acelerador, las palabras de Candy le habían no sólo perforado el alma, sino que le habían abierto los ojos sobre todo lo que ella sentía. El hecho de celarlo con Margarita o con la "Margara esa" como la había llamado, sólo había confirmado que lo amaba, aunque también le había hecho ver con claridad los sentimientos de su secretaria, algo que él sospechaba pero que no había querido admitir...tenía que poner un alto a esta situación, estaba decidido...siempre sería Candy su primera prioridad.

Había regresado dispuesto a arreglar las cosas con ella, pero en lugar de mejorar, se ponía peor...

-No voy a empezar nada - contestó Candy con énfasis mientras se giraba hacia él.

Ella tampoco quería seguir discutiendo, le dolía en el alma que Albert estuviera enojado con ella y más aún, marcharse enojada.

-Simplemente quiero terminar con esto - tomó aire - No fue buena idea acompañarte en este viaje, nos llevábamos mejor cuando yo me quedaba y tu viajabas – claro su corazón se iba con él.

Albert sintió como si le lanzaran miles de cuchillos en el corazón. Se quedó sin aire en los pulmones y por primera vez, sin pensamientos.

¿Cómo una sola persona podía tener tanto poder para destruirlo con unas cuantas palabras?

Candy pudo ver como el rostro de él se desencajaba y estaba segura que sólo era un reflejo de lo que a ella le pasaba.

-Era mucho mejor cuando sólo éramos amigos – continuó ella, con el corazón en la boca y sintiendo como se desangraba por dentro.

Pero estaba decidida, no quería ser una carga, mejor dicho un dolor de cabeza, si alguien tendría que sufrir, sería ella.

-No digas eso – Albert dio un paso hacia ella…y ella retrocedió uno al mismo tiempo.

Candy se volvió a limpiar las lágrimas, ¿por qué diantres seguía llorando?

-Lo único que he hecho desde que llegamos, es hacerte la vida de cuadritos. Tú necesitas estar tranquilo para velar por los intereses de la familia….de varias familias que dependen de ti...

-No es cierto.

-Sabes que es cierto.

Candy se giró un poco para no estar tan cerca de él, su cercanía le dolía. Cuanto lo amaba y lo estaba perdiendo…pero ¿cómo se puede perder algo que nunca había sido suyo?

Sabía que se marcharía muriendo…pero que mas daba. Sólo le quedaba una última cosa por hacer...

-Yo...yo no te quise ocultar lo de Terry...sólo...que no supe cómo decírtelo... - terminó diciendo al fin

Albert quería creerle.

-¿Desde cuándo ya no confías en mi, Candy? - preguntó dolido.

-No, no fue por eso - se apuró a contestar - Era que...tenia miedo que no comprendieras que ese encuentro sólo sirvió para alejarnos definitivamente. - confesó.

Albert la miró esperanzado.

-¿Era por eso que querías deshacerte de Terry y no por celos?

Candy lo miró con los ojos como platos.

-¿Te diste cuenta que quería que se marchara?

-Era demasiado obvio- Albert curvó levemente la comisura en un intento de una sonrisa.

Candy lo miró dubitativa unos segundos. Que inteligente era.

-Me quería deshacer de Terry, porque no quería que te enteraras por él, de ese encuentro...y la verdad no sabía cómo iba a contártelo...te lo quise decir en la tarde, pero te estaban esperando y luego ya no encontré el momento...- hablaba a borbotones - Lo siento...

Albert vio todo con claridad y en cada palabra que ella pronunciaba había amor. Respiró aliviado. Ahora sabía que era su turno, cada palabra que Candy le había dicho en la biblioteca se había grabado con fuego en su mente...y entre otras cosas lo que le había dicho de Margarita. Algo a lo que pondría fin a primera hora en la mañana.

-Soy yo el que debería decir lo siento.

-¿Tú?

-Escucha Candy – dijo Albert con su voz ligeramente temblorosa – Se que te he tenido muy abandonada, pero eso no volverá a suceder, nadie me importa más que tú – si era posible imploraría, pero no la dejaría marchar.

Candy negaba con la cabeza.

Albert dio un paso hacia ella. Y ella se alejó otro paso. Odiaba que se alejara de su alcance.

-Siento mucho que la venida de Margarita te haya incomodado tanto, pero lo solucionaré…

-No, discúlpame lo que dije de ella. Estaba exaltada…pero si lo ponemos en una balanza, ella es muy importante para la empresa…y yo...pues sólo te traigo problemas...

-No digas eso – en un par de zancadas Albert estuvo frente a ella y le tomó de los hombros, no permitiría que se volviera alejar de él.

Candy esquivó el rostro como último recurso para enfrentarlo. Su solo tacto hacia que se olvidara de lo que estaba hablando y que quisiera lanzarse a sus brazos.

-Mucha gente depende de ti…por eso es importante que estés tranquilo… - Candy suspiró con dolor.

Ella también dependía de él, incluso más que todas esas personas juntas.

-Es...es mejor que regrese…- Candy sintió que los ojos se le nublaban con más fuerza.

Albert nunca había temido a nada, pero el solo pensamiento que ella se fuera le dejaba tan vulnerable como un niño.

-Y yo dependo de ti…- contestó en un murmullo mientras quitaba las manos de los hombros de Candy - No quiero que te vayas, no quiero perderte, no puedo...

-¿Qué? – un latido seco acompañó a su pregunta mientras lo miraba con demasiada atención.

Estaba segura que había escuchado mal, o seguramente estaba enloqueciendo...

-Yo no tengo nada si tú no estás a mi lado. – murmuró con temor, nunca antes había confesado a nadie sus sentimientos...

-No es cierto – fue el turno de Candy para negar todo lo que escuchaba

-Lo es... - respiró hondo antes de volver a hablar - ¿Es que acaso no te has dado cuenta de cuanto "te amo"? – enfocó sus ojos azules en los agrandados ojos de ella.

Candy no se cayó porque se había quedado catatónica.

-No sé cuando, no sé cómo, pero sé que "te amo" y mi vida no será vida sino estas junto a mí - confesó al fin.

Y claro que la amaba, con sus celos, con sus caprichos, con sus dudas, así la amaba…

Candy se llevó la mano a la boca tratando de que el corazón no se le saliera por allí. Era lo que había soñado escuchar y ahora no sabía si era verdad o se había vuelto simplemente loca.

-Creo que ya lo sabías ¿No? - preguntó él sabiendo que su amor por ella era demasiado obvio.

Candy negó con la cabeza, imposibilitada de hablar o de pensar coherentemente por el resto de su vida.

-Ahora ya lo sabes... - añadió suavemente

Tomó la temblorosa mano de Candy que tapaba su boca para entrelazarla con la suya y ponerla a la altura del pecho, mientras con la otra mano le levantaba el mentón. Se inclinó levemente para poder admirar mejor su rostro, el labio inferior de Candy temblaba levemente y varias lágrimas corrían por sus mejillas. Le acarició suavemente los labios con el pulgar y luego los besó.

Al principio fue un beso de confesión, un tanto tímido pero poco a poco se fue convirtiendo en apremiante, lleno de necesidad, de posesión y de amor. Nada más importaba, sólo que al fin se lo había confesado...

Candy había perdido toda voluntad, lo único que sabía era que él la amaba y que la besaba como un loco. Ella también lo amaba y se lo diría en cuanto pudiera pronunciar algo...su boca estaba llena de la boca de él...su lengua estaba ocupada acariciando a la de él...y no había nada en este mundo que la separara del placer que esto le producía.

Nada aparte que de pronto se sintió horizontal. O se había caído o Albert la había tumbado sobre la cama. No importaba. Sus manos se soltaron y ella automáticamente las hundió en el pelo de él. No quería separarse de él.

-Te amo, te amo... - se escuchó decir a si misma cuando Albert abandonó su boca para besar su mentón.

Él se detuvo ante la inminente confesión, buscando sus ojos para confirmar lo que sus labios decían.

-¿Eso quiere decir que te quedarás? - bromeó él, sabiendo que ella no se iría.

Candy sólo se limitó hacer unos firmes asentimientos con la cabeza. Sus neuronas al parecer habían desaparecido, y habían sido reemplazadas por sus hormonas, que ardían en deseo por él.

Albert quiso decir algo más pero ella ya lo había atrapado entre sus labios...y él ya no tenía voluntad para resistirse, sólo sabía que la amaba y que necesitaba hacerla suya, completamente suya.

Sus besos fueron descendiendo hasta llegar a la nívea piel de su cuello, descendió un poco más, hasta rozar el borde del vestido, lo rodeo y a su paso fue dejando un camino húmedo...

Candy había perdido toda la voluntad y sano juicio, lo único que ansiaba es que él continuara, que no se detuviera nunca...entonces algo parecido al pánico la envolvió, siempre les interrumpían cuando estaban en lo mejor.

-¿Qué pasa? - le preguntó al sentir que ella se tensionó levemente en sus brazos.

La buscó con la mirada.

Candy se mordió los labios sin saber cómo decirle que continuara, que no se detuviera, pero al ver que él la miraba perdió todo su valor y trato de coordinar las ideas.

-Pensaba...que siempre nos interrumpen, cuando estamos...así... - su rostro se había vuelto totalmente escarlata.

-Tienes razón - sonrió - Pero juro que mataré al que se atreva a interrumpirnos en este preciso instante - juró mientras se apoderaba nuevamente de su boca con posesión.

Candy rió entre sus labios.

-¿No me crees? - preguntó interrumpiendo el beso.

-Claro que te creo - contestó sonriendo - Siempre y cuando no se trate del señor Rockefeller.

Albert la miró fingiendo sentirse mortalmente ofendido. Ella tenía razón, siempre había algo urgente que revisar con Rockefeller...

Quería hacerla suya y estaba seguro que la noche no le bastaría, pero en la mañana tenía una reunión y tendría que dejarla. ¡Maldición!

-¿Qué haces? - preguntó Candy al ver que él se levantaba y miraba la hora.

Él no le respondió, sólo la miró divertido mientras le extendía la mano para que se levantara.

Tomó la maleta de Candy, la puso junto a ella, la abrió y vio su contenido.

-Necesitarás más ropa, y no ocupes toda la maleta.

-¿Qué? ¿Por qué? - Candy no entendía que pasaba.

Albert se encaminó hacia su closet, saco unos vaqueros y camisas. Las puso encima de la cama y se dirigió a la pequeña mesa que había en la recamara, encendió otra lámpara.

-¿Qué haces? - volvió a preguntar Candy preocupada.

-Nos vamos - respondió él con determinación - Voy a escribirle una nota a George dándole algunas indicaciones y sugiriéndole que por su bien no nos busque a menos que se esté acabando el mundo.

-Pe...pero y... ¿y qué va a decir el señor Rockefeller?

-Que diga lo que quiera, estamos en nuestra luna de miel y gracias a él ha sido luna de hiel. No estoy dispuesto a más interrupciones.

-Pe...pero

-Si seguimos aquí, siempre habrá un mensaje urgente o un documento que revisar...Necesitamos tiempo para nosotros solos. No tendremos una luna de miel decente con tanta gente en esta casa.

Candy sonrió, él tenía razón.

-Yo haré la maleta - añadió decidida a todo - Tú escribe todas las notas que necesites.

-Jajaja - rió con gusto, sólo ella era capaz de volverle las ganas de reír en un instante.

Candy sonrío con ganas al escucharlo reír, amaba su risa, amaba estar con él, amaba verlo feliz.

-¿A qué hora nos vamos? - preguntó Candy al meter la última camisa de Albert en la maleta. Adoraba tocar sus cosas.

-En cuanto termine de escribir esta nota para John.

-¿A esta hora? - preguntó algo asombrada al ver que hace apenas una hora había pasado la media noche.

-Si, le daré las notas a Walter y nos vamos. Abrígate bien, que afuera hace frío.

-¿No nos vamos a cambiar de ropa? - preguntó al ver que ambos aun estaban vestidos con la ropa que llevaron a la ópera.

-No - contestó con una mirada indescifrable.

Ese vestido se encargaría el mismo de sacárselo en cuanto llegaran a su destino.

George bajó las escalinatas, inmaculadamente vestido con un traje negro, listo para empezar el día de trabajo, si todo iba bien al siguiente día regresaría a Chicago junto con Margarita.

-Buenos días señor Johnson.

-Buenos días Walter - George miró las ojeras en los ojos de Walter, parecía que no había dormido bien.

-Esta nota dejó para usted el señor - le extendió la nota - Y esta otra, pidió que se la entregara al señor Rockefeller.

-¿Qué? - se apuró a tomar las dos notas preocupado.

En ese momento Margarita acababa de bajar las escaleras, tan impecable como siempre. El hecho de desayunar con su jefe le aceleraba el corazón todas las mañanas.

-Buenos días - saludó con una sonrisa educada.

-Buenos días - contestaron ambos hombres.

-¿Pasa algo? - preguntó con curiosidad al ver la cara preocupada de George.

George leyó la nota que estaba dirigida a él con detenimiento antes de levantar los ojos. Su rostro estaba algo pálido.

-William se fue - contestó preocupado.

-¿Se fue? ¿A dónde?

-A su luna de miel. Estoy a cargo de todo...

Margarita no pudo disimular la desilusión que le produjo la noticia. Mientras George se debatía internamente.

¿Cómo iba hacer para cumplir lo que William le había pedido?

Continuará…


NOTAS DE LA AUTORA:

Como les dije, sólo necesitaban un poco de tiempo para entenderse.

El próximo capítulo me preocupa, porque soy bien rosa, así que no esperen demasiado.


Capítulo re-editado, re-masterizado y re-cargado. Si este capítulo te gustó, déjame un review.