Primera Publicación: Noviembre 2012
Reedición: Agosto 2017
Estaba agotado mentalmente, las horas de guardia le habían servido para no pensar; pero, de todas formas, aquellos segundos a solas, su cruel memoria le repetía hasta el cansancio la pelea que había tenido ayer con Serena. Nunca pensó ser capaz de seguirle el juego; por lo general siempre la dejaba que hablara porque sabía que se le iba a pasar. ¿En qué momento se había convertido en un ser tan poco racional? ¿En qué momento había empezado a dejarse llevar por sus sentimientos?...
Era fácil saberlo, desde el momento que había decidido entrar en el juego de Serena y abrirle completamente su corazón. El famoso plan "Conquístame" le había traído cosas buenas como cosas malas… Pero no podía negar, que le dolía mucho que Serena no valorará sus cambios. Cambios por ella… por nadie más que ella.
Y lo peor, es que si sus sospechas eran ciertas; le esperaba el mayor desafío de su vida: ¡Aguantar a una hormonal Serena! Pero, luego recordaba a Rini y sonreía. Todo por ellas, por ellas sería capaz de soportar todo aunque estuviera a punto de desfallecer. Porque las amaba.
Estaba en su sillón moviéndose de derecha a izquierda gracias a las ruedas de éste, con la mano derecha cubriendo su mirada. ¿Qué podría hacer? La prueba de Serena estaba justa y precisa en el momento preciso. Estaba seguro que si cumplía con lo de "Gritar al mundo que me amas" todo volvería a la normalidad; después de todo… eso había desencadenado el problema. Tal vez si fuera el Darien antiguo se hubiera quedado callado, gruñido por lo bajo, acatado la orden y nada de esto hubiera pasado. Pero claro, tenía que asemejarse a Serena y hablar más de la cuenta en tonada sensible.
Resopló. Esperando que no fuera algo psicológico y que el Síndrome de Couvade se mantuviera bien lejos de él. Por el bien de todos y sobre todo de su relación.
En eso, giró rápidamente hacia su escritorio. Barrió con la mirada su escritorio, y entre hojas y portarretratos tomó el teléfono.
«¡Hola!»
—Hola Rini —la saludó—, tengo que pedirte un gran favor.
«¡Darien! Claro, dime.»
—En uno de los cajones del escritorio hay una libreta azul, que tiene el nombre de Serena.
«Ya…»
—Por nada en el mundo dejes que ella lo lea —le advirtió—. Búscala y tráemela. Te invito a almorzar, nos vemos en la cafetería del hospital en una hora.
«Esta bien, ahí nos vemos.»
—Recuerda el encargo.
—Claro.
El bendito cuaderno que había escrito en Estados Unidos para no volverse loco. Mientras sus compañeros disfrutaban de fiestas y salidas; él se dedicaba a estudiar y a escribirle a su princesa. Escribirle cosas que las que -era consciente- nunca iba a poder decir. Pero ahora, ahora necesitaba soltar todo lo que había albergado en ese cuaderno. Sobre todo esas dos partituras. Sonrió de lado. Aunque tuviera que hacer un pacto con el enemigo… pero… ¡Lograría reconquistar a Serena!
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¡Qué empiece el Desafío!
Conquístame, si puedes
Capítulo 20: "Elaborando una reconquista"
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Se reunió con Rini a la hora acordada, por suerte esta vez la pelirrosada había llegado a tiempo y con el encargo en mano.
—Espero que Serena no lo haya visto —se dijo cauteloso mientras revisaba las hojas del cuaderno.
—Bueno… —rascó nerviosamente la sien—, tú sabes, ella es muy curiosa y…
— ¡Lo vio! —exclamó sorprendido y algo frustrado, quería que fuera una sorpresa.
—Sólo las primeras hojas y una partitura —comentó la niña y los ojos del moreno se abrieron enormes—, claro que se las saqué en cuanto las vio… —tosió y cambió de tema —. ¿Escribes canciones Darien?
—No, la verdad no soy bueno para eso.
—¿Y entonces esa partitura?
—Yo hice la letra, pero la composición musical la hizo un amigo que hice en Estados Unidos.
—Genial… —murmuró la joven—. Darien…
—¿Dime? —pronunció sin quitar la vista de la libreta azul, mientras pasaba hoja por hoja.
—¿Cómo estás?
—¿Cómo? —la miró.
—Serena me contó todo —cerró los ojos y le sonrió—, de su pelea y todo eso.
—Ah… pues… Soportándolo —concedió al final—. No es muy bonito estar así. Me siento como hace años y no me gusta nada esta situación.
—No te preocupes —le tomó de las manos—. Su amor es fuerte, lograran sobrepasar todo.
—Gracias.
Tras un almuerzo tranquilo, Rini notó que algo más le pasaba al doctor.
—Bien —dijo mirándolo con la cabeza un poco ladeada—, ¿Qué le pasa Doctor Chiba? —éste la miró con una sonrisa que no llegaba a su mirada opacada—. Recuerda que soy también una Chiba, te conozco muy bien.
—Ay pequeña —susurró—, uno de mis pacientes se está muriendo. —le contó, tras suspirar. Bajó la mirada recorrió la mesa y luego volvió a mirar a su hija—. Fue mi primer paciente hace tres años. Yo estaba de pasante aquí, y el médico que la atendía tuvo que irse de urgencia, y me dijeron si podía encargarme de ella. Solo era una paciente. Congeniamos de inmediato, ella y su marido son unas personas muy sabias y tienen un matrimonio increíble —sonrió de manera ladeada—. Cuando se enteró que me dieron un puesto como médico tres meses después, se cambió conmigo. Decía que veía mucho potencial en mí. Era una señora llena de vida y muy amistosa… —hizo un silencio frunciendo los labios, la chica lo miró entrecerrando sus ojos rojos—. Hace un mes en un examen de rutina, le encontramos una anomalía. Le hicimos exámenes, tomografías, y un scanner. Le encontramos un tipo de cáncer, bastante raro. No pudimos detectarlo a simple vista, porque no era muy grande… pero ahora… —aspiró y soltó el aire por la nariz—. En solo un mes, pese a que el médico oncológico la estaba tratando, se expandió por todo el cuerpo. Se ramificó en órganos y…
No pudo terminar de hablar, Rini, se había levantado de su asiento y lo estaba abrazando.
Darien se paró y abrazó a su hija. Necesitaba después de todo un abrazo, hasta que escuchó toser tras ellos a una voz. Se separaron y encontraron con el doctor Roger quien miraba a los dos muy raros.
—¿Darien? —preguntó mirando a la muchacha—. ¿No es Serena, verdad?
—No —miró a la chica y le sonrió—, pero se llama igual.
—Ya —el profesional extendió su mano a la pelirrosada—, soy el Doctor Roger de cardiología. ¿Tú eres?
—Serena —tomó la mano—, Serena Tsukino.
—¿Es broma? —preguntó el Castaño mirando de reojo a Darien.
—No, son primas y tienen el mismo nombre —apoyó la mano derecha sobre la cabeza de Rini—. La conozco desde que tenía seis años. Nos llevamos muy bien.
—Sí —comentó la joven quitando la mano—, nos llevamos como padre e hija —comentó entre risas y Darien la miró de reojo, pero sonrió aunque no quería.
—Rara familia —susurró el otro medico.
—Dímelo a mí —comentó el príncipe poniendo la vista en blanco—. Muy peculiar.
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Luego de terminar el almuerzo, se encaminaron al cuarto de la señora Yazami para que Rini la conociera. La mujer estaba con su marido, quien cortaron la platica por la entrada de los Chiba.
—Señores Yazami, miren, les presento a Serena Tsukino, prima. —sonrió. Ambos señores se miraron y miraron a la muchacha—. Se llama igual que mi novia, pero es la prima.
—Esto es muy extraño —comentó.
—Díganmelo a mí —comentó la joven—. Siempre me confunden con Serena. Es fastidioso, por eso me dicen Rini.
—Ya, pero tienes un nombre muy bonito —le indicó Darien con una sonrisa.
—Lo sé —afirmó y se acercó a la señora—. Hola —la saludó.
—¿Estás seguro que no es pariente tuyo? —preguntó la señora, mirándola detenidamente.
—¿Por qué? —preguntó el doctor mirando a su paciente—. ¿Cree que nos parecemos?
—No es apariencia, pero… —los miró a ambos—, hay algo en las actitudes que se parecen mucho.
—¡Ay ya mi amor! —la detuvo su marido tomándole de la mano—. Tú siempre queriendo tener la razón de todo.
—Pero dime —le preguntó a su esposo—, ¿no notas algo de similitud entre ellos?
—Bueno, la verdad —comentó mientras los observaba, y a su vez estos se miraban con ojos cómplices y una sonrisa ladeada. Era seguro que si sabían la verdad, hasta ahí llegaría la buena relación con ellos. Lo creerían loco—. Si, son muy parecidos.
—Bueno —Darien tomó la palabra revisando el historial que colgaba en la parte baja de la cama—, si mi futura esposa está embarazada como creo que lo está…
—¡De verdad! —gritó Rini interrumpiéndolo. Darien le afirmó con la cabeza.
—Tiene todo los síntomas, pero ella dice que no.
—Una mujer no se equivoca, doctor —le comentó la señora Yazami con una sonrisa.
—Pues yo soy el médico aquí —dejó el reporte—. Y además, estoy seguro que voy a tener una hermosa hija —declaró con una enorme sonrisa—. Y bueno, ¿Cómo se ha sentido?
—Como cuando tenía quince —respondió entre risa.
—Ok… —desvió la mirada al marido de ésta—. Regresaré en una hora para ver como seguimos.
—Esta bien doctor.
Ambos se retiraron en silencio de la habitación pero con una sonrisa en sus labios.
—Es simpática la abuelita, ¿en verdad se está muriendo?
—Sí, aunque no lo creas. Es increíble, pese a que se nota a leve rasgos que tiene dolor, no lo demuestra. Está siempre sonriendo.
—Impresionante…
Tras despedirse de su hija, se encerró en la oficina a revisar más detenidamente el cuaderno. Releyendo aquellos escritos de hace cuatro y cinco años, le brotó un poco de nostalgia. Muchos de esos pensamientos eran reales, al menos él sentía que la amaba más que a su vida, pero si Serena no lo entendía. Algo estaba haciendo mal. Encontró las dos partituras que buscaba y las miró detenidamente.
—Si con esto no logró que Serena valoré todo lo que estoy haciendo por ella… Ya no sé que lo haga —tomó el teléfono y marcó una serie de números—. Rei, hola. Sí… ¿Puedo verte a ti y a Mina a las seis en mi casa? Sí, y lleven al trans… —apretó los ojos para no soltar lo que se le pasó por la cabeza, en cambio prefirió inventar una tos muy mal actuada—. Y si puede ir Seiya y los otros, te lo agradecería. ¿Para qué? No comas ansias. Tengo un trabajito para ustedes.
Cortó la llamada y un golpe a la puerta llamó su atención. Se levantó de su cómodo sillón y se acercó a la puerta. Era el señor Yazami.
—¿Pasó algo?
—No, pero mi señora quiere hablar con usted.
—Voy —se encaminó rápidamente al cuarto de la señora y ésta estaba con dos pelotas de lana en su regazo—. ¿Qué está haciendo?
—Voy a tejer —le informó—, así tengo más cosas para entretenerme, los hospitales son muy aburridos.
—Ya veo —se acercó y se sentó en la silla al lado de ella—. ¿Qué necesita?
—Hoy es sábado, ¿verdad? —el doctor, afirmó—. ¿No descansa usted los fines de semanas?
—Sí, pero quise estar aquí, haciéndole compañía a usted —le dijo, pero la señora lo miró de reojo—, ¿qué?
—Me alegra, pero sospecho que no soy la única causa.
—Bueno…
—Pelea… —gruñó la señora tomando los palillos—. Seguro que una pelea.
—Es que Serena dice que todo lo que yo hago esta mal. Nada de lo que hago por ella le es suficiente.
—Oh, es una niña exigente.
—No, no lo era. Ella siempre estaba contenta por el solo hecho de verme a su lado. No pedía nada.
—Ah —acercó su mano a la de Darien y se la golpeó—, claro, tú te dormiste en los laureles y ahora ella te pide algo de acción antes de casarse.
—¡No me dormí en los laureles! —le reclamó sobándose la mano—. No sé, me cuesta mucho sacar mis sentimientos.
—Si realmente la amaras no tendrías problema con ello.
—¡Pero si yo la amo!
—¿Pues entonces? Si realmente la amaras no tendrías problemas en demostrar más tus sentimientos. Los hombres son más de acción que de palabras. Pero si no hablas y no actúas como un hombre enamorado… ¿Cómo crees que se va a sentir la chica? Yo ya te hubiera dejado.
—Gracias por el ánimo —la miró de reojo y ella le sonrió.
— De nada. Pero hablando en serio, cómo médico deberías saber que si ella está embarazada realmente no tiene que alterarse.
—Lo sé.
—Y aún así discutiste con ella —Darien bajó la mirada afirmando.
—Peleamos, nos dijimos de todo.
—¡Válgame Dios! —protestó Hibari dando un aplauso—. Y yo que creía que era tan bien centrado y caballero. Ponerse a pelear como unos niños.
—Pero…
—¡Nada de peros! ¿Qué le dijiste?
Darien tomó aire y lo soltó por la boca—. Le dije que era una egoísta que sólo pensaba en ella.
—Parece que tú me vas a matar antes que el cáncer —se quejo la señora Yazami con la mano en el pecho—. Llevas por lo que me dices siete años de relación. Empezaron a salir cuando ella era una niña. Fue madurando de tu mano, te dejó ir a Estados Unidos por dos años sin siquiera decirte: ¡Quédate! Poniéndote a ti por la felicidad de ella. ¿Y no puedes con un poco de demostración que ella te pide? Querido, quizás ella esté un poco alterada por las hormonas, pero ¿egoísta? Si esa niña fuera egoísta, tú hoy no estarías aquí siendo lo que eres.
—Tiene toda la razón —concedió perdiendo las manos por sus enhebras oscuras—. Pero, ella no quiere saber nada con lo del hospital y yo…
—Estoy segura que ella ve el hospital como algo que los distancia. Y no debería ser así, tu trabajo es muy noble. Deberías acercarla, que vea lo que tú haces aquí y así pueda comprenderte. Nunca vas a poder comprender una situación si es ajena a ti. Puedes imaginarte, pero la mayor parte del tiempo, es una imaginación errónea.
—Tengo mucho que arreglar de mi vida.
—Tienes que aprender, que en esta vida no hay nada ganado ni nada seguro.
—¿Puedo retirarme?
—Claro —le afirmó tomando de nuevo su tejido—, voy a hacerle un capa tejida a tu futura hija —lo miró con una sonrisa—. Lo que te digo es para que abras los ojos, muchacho. Sé un niño bueno con la abuela Hibari. ¿Sí? —Darien la miró, afirmó y salió algo perturbado de la habitación.
« Siete años de noviazgo… ¡Siete años Darien! Y tú sigues tan frío como cuando iniciamos la relación. Tú me sigues tratando como la niña de catorce años con la que empezaste a salir y déjame que te diga algo. Tengo veintiuno. Llevó un tercio de mi vida a tu lado y parece que no valiera de nada»
Quizás… no se la merecía… pero tendría que hacer todo lo posible porque valga la pena estar juntos.
Caminó un par de pasos pero su cabeza le martillaba por dentro; le ardía por lo que decidió apoyar la frente en la fría pared del corredor. Tenía que jugársela, si para demostrarle a Serena que la amaba, tenía que hacer el ridículo. Lo haría y feliz.
Se quedó quieto en esa posición, aunque sus compañeros de trabajo le ofrecían llevarlo hasta su oficina él no quería. Era su castigo por ser tan cerrado de mente.
Suspiró y fue cuando sintió unos brazos rodeándolo, primero se tensó pero no tardó en reconocer aquel cálido contacto. No sabía si era real o se había quedado dormido parado pero rogando por que fuera real susurró
—Gracias, lo necesitaba, Serena.
—Darien —susurró, aferrándose más a su espalda—, somos dos tontos. ¿Verdad?
—Tú no más que yo —llevó sus manos a los brazos de Serena y cortó el abrazo para poder voltear y mirarla—. No puedo creer que estés aquí —tomó el rostro de la rubia entre sus manos—. Serena…
—No es que yo quisiera venir —comentó desviando la mirada para no sucumbir ante el deseo de aquel hombre—, pero Rini me contó lo de la señora Yazami, y mis pies me hicieron venir a verla.
—¿Y la viste?
—Sí, me dio la regañada de mi vida.
—A mí también —respondió con una sonrisa ladeada—. Serena… —le susurró—, mírame…
—Darien, estamos en el medio del corredor. Hay enfermeras pasando a cada rato.
—No me importa, ¡qué vean, Serena! —la hizo mirarlo, sus ojos color cielo estaban llorosos y él no pudo contra ello—. Serena —volvió a repetir secándole los ojos con sus pulgares—. Mi Serena… —apoyó la frente en la de ella—. ¡Te amo! —le dio un tierno beso en la punta de la nariz.
—No quiero pelear contigo Darien, es divertido molestarnos y todo eso. Pero peleas como la de anoche, no otra por favor.
—No te preocupes, yo tampoco la quiero —la besó suavemente, ignorando los suspiros de las enfermeras detrás y luego se separó lentamente, soltándola—. Tengo que decirte algo —la tomó de la mano y la llevó con él hasta su oficina.
—¿Qué pasó?
—Está es mi ultima semana en el hospital, cómo sabes salgo de vacaciones por lo de la boda. —le sonrió—. Por lo de la señora Yazami, no nos vamos a ver hasta el martes. Así que por favor, ¿te puedes quedar con Rini en el departamento? En el departamento tienes más a mano todo, hasta la universidad. ¡Por favor!
—Está bien —afirmó algo confundida.
—Gracias —le tomó las manos—. No estaría tranquilo con tú sola en esa enorme casa.
—Con Rini estaré bien —le afirmó, alzando las manos entrelazadas—. Tenemos que conversar Darien, sentarnos a decirnos todo.
—Aguarda hasta el martes por favor. Después de ese día. Todo será distinto.
—¿Por qué lo dices?
—Sorpresa, sorpresa —comentó con una sonrisa galante en sus labios mientras la tomaba entre brazos—. ¿No te molesta, verdad?
—¿Qué cosa?
—Estar un poquito enojada por más tiempo.
—No creo que sea difícil —se cruzó de brazos fingiendo estar ofendida—, hago un repaso por la relación. Y de inmediato, estoy enojada de nuevo.
—¡Oye no! —le reclamó—. ¡Eso no se vale!
—Ya —empezó a reírse sin parar—. Yo tengo un examen el Lunes, y la verdad estar separada de ti me va a ayudar a rendirlo bien.
—¿Qué tratas de decir?
—Si nos reconciliamos ahora —comentó risueña.
—¡Yo conozco esa mirada! —le dijo acercándose lentamente.
—No tendría tiempo para estudiar, tú sabes…
—Oh mi conejita golosa… —la arrinconó contra la pared, y cuando estaba a punto de besarla ésta se alejó con un rápido movimiento—. ¿Eh?
—Sin charlas no hay besos —respondió acercándose a la puerta.
—Serena… —gruñó.
—¡Te amo Darien! —le lanzó un beso y se perdió tras la puerta.
Darien se quedó mirando la puerta sorprendido. Era increíble lo rápido que se había arreglado todo. Sin dudas tenía a una gran mujer. ¡Y por ella haría lo que haría!
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Seis y media de la tarde, y Darien llegó a casa un poco atrasado pero los chicos estaban esperándolo en el jardín. Tras servirse algo para tomar…
—Bien Darien —comentó Rei, mirando al resto de los presentes—. ¿Para que nos necesitabas a nosotros cinco?
—Bueno, verán —buscó en su bolso las partituras y le pasó dos hojas a cada uno—. Me demoré porque fui a sacarle copias para que todos las vieran.
—¿Son canciones? —Mina estaba más que sorprendida.
—Tiene buenos compases —admitió Taiki observando detenidamente.
—Pero nada difícil —agregó Yaten.
—Están buenas —comentó Rei emocionada al leerlas.
—¡Qué bueno que les agrade! —Darien miró al que faltaba que hable de reojo—. ¿Y tú que opinas?
—Pues —Seiya miró las letras, lo miró a él y de nuevo las partituras—. ¿Esto es para bombón?
—Serena —lo corrigió entre dientes.
—Claro —corrigió mirándolo—, como digas.
—¿En qué podemos ser útiles? —volvió a preguntar la muchacha de cabello oscuro.
—Quiero interpretarle esas dos canciones a Serena, para mi prueba.
—¡¿Qué?! —Mina y Rei emocionadas se pusieron delante de Darien, quien asustado pegó la espalda al respaldo del sillón—. ¿De verdad?
—Ajá —afirmó con la cabeza—. Serena quiere que grite al mundo que la amo, pues creo que es una buena idea.
—Y ahí entramos nosotros, ¿verdad? —preguntó Seiya marcando el tono con su dedo mientras leía las partituras.
— Así es, me gustaría hacer algo sorprendente y me gustaría contar con su ayuda.
—Claro —dijeron las chicas al unísono.
—Cuenta con nosotros —habló Taiki por los tres—. Te…
—Pero —Seiya interrumpió a su hermano—, nosotros te hacemos un favor, si tú me haces uno a mí.
—¿Qué quieres?
—No sé si te acuerdas, nosotros teníamos una apuesta, si yo te ayudo tú…
—¡Rayos! —masculló para sus adentros con furia. Lo había olvidado completamente.
—Mira, nosotros cinco te ayudamos, te preparamos todo para que tú llegues y cantes. Si es que sabes hacerlo —le dijo de manera desafiante—, si tú cumples con el trato que teníamos antes. Quiero mi cita con Serena.
