El sábado después de comer, cuando Natsu y Jellal se marcharon, Lucy le comentó a Ona la supuesta fiesta en casa del tal O'Brien. La anciana, sorprendida por el interés que las muchachas demostraban por ir, habló con Doug quién amablemente se ofreció a acercarlas al lugar.
Sobre las siete de la tarde, ataviadas con los mejores vaqueros que tenían, Lucy y Erza se subían al coche de Doug, mientras la muchacha rezagada las miraba.
—Wendy —llamó Erza—. ¿Quieres venir?
—No me han invitado.
—No me extraña —se mofó Lucy—. Con la pinta que tiene quién la iba a invitar.
—¡Cállate, bruja! —regañó Erza, mientras Lucy se miraba en el espejo del coche y se repasaba los labios con el perfilador.
La realidad de Wendy en cuanto a su aspecto físico era nefasta. Nada en ella la hacía resaltar. Su forma de vestir era desastrosa, sus modales vulgares y su apariencia siniestra. La sensación que la gente tenía de ella era de un animalillo retraído y asustado.
—Venga, mujer, anímate —sonrió Erza abriéndole la puerta del coche—. Vente. Seguro que nos lo pasaremos bien.
—Ve, tontuela —animó Ona con una sonrisa—. Más tarde iré yo, seguro que lo pasas estupendamente.
Ona sabía que Wendy era retraída y poco comunicativa. Pero se había fijado que desde que aquellas muchachas habían llegado, algo en Wendy estaba cambiando.
La había pillado un par de veces mirándose en el espejo, algo raro en ella y aunque nadie se percatara del cambio, Ona se había fijado en que su descontrolado pelo, ahora estaba incluso un poco más peinado.
—¡Por Dios, Erza! —se quejó Lucy en español—. No me digas que al final viene con nosotras la niña del exorcista.
—Lu, ¿por qué no te bajas del coche y te vas volando en tu escoba?
Al final arrancaron y el coche se perdió entre caminos agrestes llenos de barro. Cuando llegaron a la casa de los O'Brien, Loke, el médico, se sorprendió. Estaba convencido de que no aparecerían, en especial por la actitud de Natsu.
Loke, encantado con su presencia, les presentó a Mary y Jonas O'Brien, los dichosos padres de Curt, un gordito bebé de cinco meses.
—¡Qué monada! —sonrió Erza mirándole—. Es precioso, cuchicuchi.
—Y comilón —señaló Mary tomando al bebé en brazos—. No para de comer.
—Se le ve gordo —puntualizó Lucy sin mucha emoción.
—¿Quieres cogerlo? —le preguntó Mary.
—Oh, no… no… —se disculpó algo incómoda—. No me gusta coger bebes tan pequeños.
—Yo sí quiero cogerlo —a Erza le encantaban—. ¿Puedo?
—Claro que sí. —Mary se lo pasó con cuidado—. Es muy bueno, ya lo verás.
—Voy por algo de beber —indicó Loke—. ¿Qué os traigo?
—Cerveza —pidió Erza embobada con el bebé—. Cucú tras, cucú tras…
—Voy contigo. —Lucy prefirió alejarse de aquel lugar. No soportaba a los bebes y menos cuando los adultos comenzaban a gorgotear tonterías como su hermana.
La casa de los O'Brien estaba a las afueras de Inverinate. Era una casa heredada de padres a hijos y contaba con el privilegio de estar junto al lago Duich.
—Qué lugar más bonito, ¿verdad? —indicó Loke señalando las aguas tranquilas del lago.
—Buff… —asintió Lucy—. No está mal.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Qué hacéis tu hermana y tú trabajando en la granja de Makarov?
—Uff… —sonrió al escucharlo—. Para acortar todo el rollo que te podría contar, digamos que lo hacemos por negocios. Pero Loke ¿tan raro es ver gente extraña por estos alrededores? —preguntó Lucy, que se había sentido el centro de atención desde que llegó.
—Si te soy sincero, no es normal ver a mujeres como vosotras arreglando cercados —sonrió cuando empezaron a sonar las primeras gaitas.
—En eso te doy la razón —asintió Lucy—. Eso… no es normal.
Dos horas después, Erza y Lucy bailaban con Loke y un amigo a los sones de las canciones de aquella tierra, cuando de pronto Erza, tocó el brazo de su hermana, y habló.
—Oh… oh… —dijo señalando mientras se reía—. Creo que llega la caballería.
Al seguir la mirada de su hermana vio a Natsu, a Ona y a Jellal bajar de la furgoneta azul, y a Wendy corriendo hacia ellos. Jonás O'Brien, al verlos entrar, les estrechó la mano con cariño y beso a Ona. Pocos segundos después la mirada divertida de Lucy, se encontró con la de Natsu, que la miró ceñudo.
—¿Natsu es tu novio? —preguntó Loke al ver aquel cruce de intenciones.
«Qué guapo está» había pensado Lucy al verlo llegar vestido con un vaquero oscuro, una camisa blanca, y un tres cuartos de piel en color camel. Le gustara reconocerlo o no, aquel tipo tenía estilo; palabras que nunca iban a salir de su boca.
—¡Ja! —le contestó a Loke apartando la mirada del cromañón—. Ya quisiera ese paleto.
—¿Paleto? —repitió Loke divertido.
Si algo tenía claro Loke era que Natsu no tenía nada de paleto. Su enemistad se había ocasionado años atrás a causa de una mujer. La mujer de Jellal. Desde entonces la rivalidad entre ambos era patente. No se soportaban, aunque intentaban respetarse, y aun siendo familia procuraban no cruzarse en sus caminos. Pero el día que Loke había visitado a Makarov y supo que había dos muchachas extranjeras allí alojadas, la curiosidad le pudo, y a pesar de la rivalidad existente, Ona le hizo partícipe del secreto de Natsu, algo que no compartía, pero que por honor a la familia, debía guardar.
—Oh… —murmuró Lucy con despecho—, es el tipo más irritante que he conocido en m i vida. Entre tú y yo. No veo el momento de perderlo de vista. Es arrogante, estúpido, y un prepotente al que hace falta que le bajen los humos.
—Cada vez entiendo menos —sonrió Loke consciente de que pensaba como él.
—No intentes entenderlo —sonrió Lucy—. ¡Es imposible!
La pieza de música acabó, y detrás comenzó otra más rápida. Lucy y Erza intentaron descansar, pero aquellos bulliciosos escoceses no se lo permitieron.
—Buenas noches, Natsu —saludó Loke acercándose hasta él.
—¿Qué quieres? —preguntó apretando los puños.
—Tranquilizarte…, aunque ella me ha dicho que está libre.
Natsu, al escucharlo, se volvió hacia él, momento que aprovechó Jellal para interponerse entre ellos.
—¿Podemos tener la fiesta en paz? —y señalando a Loke con gesto duro indicó—. Haz el favor de no tocar las narices, si no quieres que te las toquen a ti. ¿Vale? —después se volvió hacia Natsu—. Y tú cambia ese gesto hosco porque aquí nadie pertenece a nadie ¿vale?
—Voy a por otra cerveza —contestó Natsu alejándose.
Natsu en ningún momento se acercó a Lucy, aunque se sorprendió al ver que todos conocían el secreto que debían guardar. Se dedicó a bromear con algunas de las muchachas que revoloteaban delante de él, mientras con disimulo observaba a Lucy que parecía divertirse con Loke y sus cultivados amigos ingleses. Sabía que aquella quejicosa pero interesante malcriada no era mujer para él. Había demasiadas cosas de ella que lo desquiciaban, pero sentía una atracción hacia ella que no llegaba a comprender.
Lucy disfrutaba hablando con Loke, pero un extraño nerviosismo le hacía buscar con la mirada a Natsu más veces de las que ella quisiera. Tenía que reconocer que era un hombre atractivo, e intuía que las mujeres pensaban lo mismo, y más cuando vio cómo una de aquellas jóvenes se tiraba parcialmente encima de él, algo que la molestó.
A media noche, las más ancianas entre las que estaba Ona, iniciaron un rito exclusivamente familiar, emparejar a los jóvenes solteros para bailar una antigua pieza celta. Aquel rito se repetía cada vez que se celebraba la llegada de una nueva vida. Las ancianas observaban a las parejas bailar y una vez concluida la pieza elegían a la que, según ellas, tendría un feliz futuro juntos. Con picardía las ancianas comandadas por Ona emparejaron a Natsu con Lucy, y a Jellal con Erza.
—Ona, no quiero bailar con él —protestó Lucy.
—Pues tienes que hacerlo, hija mía —le contestó la anciana, divertida.
—Sabes que yo no creo en estas cosas. —Natsu intentaba mantenerse al margen de aquello.
—No me importa, tesoro —dijo sin más Ona—. Pero recuerda que tu abuelo y yo, sí.
Después la música comenzó.
Natsu tuvo que ponerle las manos en la cintura a Lucy, que resopló contrariada al apoyar sus manos en aquellos hombros anchos. Sin dirigirse la palabra ni mirarse, comenzaron a moverse al compás de la música. Poco a poco y gracias a la dulzura de la pieza que sonaba, la rigidez se fue alejando, y sus cuerpos, atraídos cómo por un imán, se acercaron. Sin entender por qué, Lucy subió lentamente sus manos hasta rodearle el cuello, momento en que Natsu la pegó más a él, estrechándola por la cintura.
Los nervios que comenzaron a florecer en el estómago de Lucy al sentir el cálido aliento de Natsu contra su cuello, le hicieron cerrar los ojos y apoyar la frente sobre los hombros de aquel grandullón. Natsu, por su parte, al sentir cómo la suave respiración de Lucy le cosquilleaba a través de la camisa, notó cómo el vello de su cuerpo se erizaba, y olvidando donde se encontraban comenzó a acariciarle con suavidad la espalda.
Lucy, que disfrutaba de aquel mágico momento, involuntariamente soltó un gemido que hizo sonreír a Natsu.
—Tranquila, princesa —le susurró al oído—. Nadie te ha escuchado.
—Ehh —tosió, confundida por aquella sensual voz—. No sé a qué te refieres.
—No importa —endureció la voz separándose de ella—. Gracias a Dios acabó este maldito baile.
Pero no fue así. Aquello fue el principio de una dulce tortura. Las ancianas, por unanimidad, decidieron que la mejor pareja eran ellos, por lo que tuvieron que continuar con el ritual.
—¿Qué tengo que hacer ahora? —gritó Lucy al escuchar a la anciana.
—Abuela —protestó Natsu—. No pienso continuar con esta tontería.
Erza y Jellal, no pudieron remediar reír a carcajadas cuando Ona, con una picara sonrisa, les guiñó el ojo y entregó a Natsu una pequeña cajita azul.
—Escuchadme un momento muchachos —en aquella sociedad, los designios de la abuela eran casi sagrados—. Ahora tú —dijo señalando a Natsu— tienes que regalarle algo en señal de tu buena voluntad, y por supuesto tú —miró a Lucy —, lo tienes que aceptar.
—¡Esto es ridículo! —masculló Lucy intentando alejarse—. Nunca me han gustado estás chorradas.
—Venga, Lu —se mofó Erza—. Deja de gruñir y disfruta el momento.
—Así es la tradición —animó la anciana—. Ahora id a refrescar un poco vuestras gargantas. Cuando llegue el momento os avisaré.
—¡Vaya con Ona! —se mofó Jellal al ver a su primo tan abrumado—. Nunca la había visto tan bruja —y acercándose a Natsu le susurró—. Debe ser que todo se pega.
Tomando una cerveza del cubo con hielo, Natsu la abrió con un golpe seco. Le gustara o no, tenía que reconocer que la fiereza que ella mostraba se convertía en dulzura y sensualidad cuando estaba entre sus brazos, y que prefería ser él quien la abrazara y no el idiota de Loke o algunos de sus amigos.
Media hora más tarde las ancianas reunieron a todos ante la fogata. El segundo paso del ritual, como marcaba la costumbre, se debía de cumplir. Por lo que Lucy y Natsu, más contrariados que otra cosa, se plantaron ante todos sin saber qué decir. La situación era tan ridícula que al final fue Natsu quien habló.
—Princesita, sígueme el juego.
—Eh… —susurró Lucy confundida.
—Bueno amigos, gracias a mi adorada abuela y sus compinches —señaló Natsu, haciendo reír a las ancianas— voy a tener que hacer esto me guste o no — y volviéndose hacia Lucy, que horrorizada no sabía a dónde mirar, dijo tomándole la mano—. Cumpliendo una tradición familiar, te entrego este regalo en señal de mi maravillosa voluntad. Ábrelo y dame lo que en su interior hay.
—¿Ahora? —preguntó Lucy avergonzada.
—Si quieres que esto acabe —siseó Natsu—. Cuanto antes lo abras, mejor.
Tras mirar a Erza, que disfrutaba emocionada de aquella absurdez, Lucy abrió la pequeña cajita azul y desconcertada sacó dos argollas procedentes de las latas de Coca-Cola. Con cuidado, como si fuera algo muy frágil, se las entregó.
—Lucy —dijo tomándole la mano—. Prometes ante todos que nunca — recalcó aquella palabra— te casarás conmigo.
«Antes muerta, creído» pensó Lucy enarcando las cejas, mientras las ancianas, y en especial Ona, les miraba con el ceño fruncido.
—Sí. Lo prometo —respondió con gesto de contrariedad.
Ahora le tocaba a Lucy coger la argolla que Natsu con amabilidad le ofrecía.
—Cromañón —sonrió cogiéndole la mano—. Promete ante todos que nunca te casarás conmigo.
—Por supuesto —se carcajeó al responder—. Sí que lo prometo.
Ona, incrédula por la jugada de aquellos dos, protestó. —¡Eso no vale!
—Ona —sonrió Natsu—. Tú dijiste que yo debería regalarle algo a Lucy en prueba de mi buena voluntad y ella debía aceptarlo. ¿Qué parte no hemos cumplido?
—El beso —retó la anciana con la m irada—. Aún falta el beso. Pero no un beso cualquiera. Queremos un beso en condiciones.
—¡De tornillo! —gritó Jellal aplaudiendo.
—Si… sí… de película —le siguió Erza.
Con resignación, Lucy, para sorpresa de todos, cogió a Natsu por el cuello y deseando terminar con aquello, le besó en los labios con rapidez.
—¡Ea! —gritó tras aquello—. Ya está el rito cumplido.
Pero Natsu con un brillo especial en los ojos que hizo aplaudir a Ona, miró a Lucy. Sus labios mostraban una sonrisa peligrosa, que se acentuó al darse cuenta de que Loke no sonreía. Después la sujetó para que no se marchara, y poniéndole la carne de gallina le susurró al oído.
—Lady Dóberman, tú me has besado como se besa en España. Ahora, si me lo permites, te besaré yo como se besa en Escocia, y como manda la tradición —y atrayéndola hacia él, la besó dulcemente en la boca sin que Lucy pudiera poner resistencia, mientras todos a su alrededor chillaban y aplaudían.
—Más sabe el zorro por viejo que por zorro —se carcajeó Jellal al ver cómo su abuela, encantada, aplaudía.
—¿Estás seguro de que Ona no es española? —comentó Erza divertida.
Tras el beso, que duró más de lo que debía, los dos se separaron. No se volvieron a dirigir la palabra el resto de la noche, pero ambos fueron conscientes de que aquella pieza de música celta y lo que sintieron con el beso sería difícil de olvidar.
El lunes llovía a mares y el trabajo volvió a ser criminal. Trabajar en el campo, junto a infinidad de animales y en especial de bichos, era algo para lo que Lucy no había nacido.
El miércoles tenía tan mala cara que Ona le indicó que debía quedarse en la cama. Tenía fiebre, pero no quería darle el gusto a Natsu, por lo que se vistió y bajó a la cocina.
—¡Por todos los santos, muchacha! —dijo la anciana—. ¿Qué haces aquí?
—¡Lu! —Erza se mostró tajante—. Te hemos dicho que te quedes en la cama.
—Estoy mejor —dijo con voz tomada—, no os preocupéis.
—Pero por Dios, pero si respiras igual que Darth Vader —se mofó Jellal.
—Sí, claro, y tú eres Chewaka —a pesar de lo mal que se sentía, Lucy tenía el cargador lleno.
—Pero Lu. Si estás más caliente que la parrilla del McDonald un domingo —gritó Erza al ponerle la mano en la frente.
—Qué graciosos estáis hoy —puntualizó la enferma.
—Tómate esta leche calentita —Ona le entregó un vaso humeante—, y sube a la cama a dormir.
—Muchacha —sonrió Makarov por aquellos comentarios—, creo que lo más acertado es que te metas en la cama y sudes. Si no te cuidas puedes empeorar.
—Basta ya —apenas tenía fuerzas para imponerse—. He dicho que estoy mejor y punto.
Natsu, que hasta el momento había intentado no hacer ningún comentario, pensó lo mismo que todos. Lucy no tenía buena cara. Sus ojos estaban vidriosos, y por las ojeras que mostraba, se veía que no había pasado una buena noche.
—Lucy —la llamó.
—¡Oh, por Dios! —grito volviéndose hacia él—. No iras tú a darme el sermón también.
—No. Yo directamente te voy a llevar a la cama —y sin darle tiempo a reaccionar se la echó al hombro.
—¡Suéltame! —gritó, enfadada—. ¡Suéltame ahora mismo!
—Muy bien, Sky walker —rió Jellal—. Lleva a la princesita a su trono.
Al salir de la cocina Lucy sintió deseos de llorar. ¿Por qué todos la trataban como si fuera una idiota? Pero sin fuerzas para luchar contra ello y humillada se dejó llevar.
Al entrar en la habitación, Natsu, con cuidado de no recibir un golpe, la soltó.
—Eres un energúmeno —gritó Lucy molesta—. ¿Por qué has hecho esto?
—Porque estás enferma. Hoy llueve, y en tu estado no serías de mucha utilidad.
—¡Maldita sea! —gritó, pero el arranque de furia le hizo toser.
—Deja de hacerte la valiente y métete en la cama de una vez —le indicó Natsu.
—No me da la gana —estaba caprichosa, y se plantó cruzando los brazos.
—Esa cabezonería tuya es odiosa —dijo Natsu acercándose a ella—. Tienes cinco minutos para quitarte esa ropa, ponerte el pijama y meterte en la cama.
—¿O qué? —retó ella echando fuego por los ojos.
—Si no lo haces, me veré obligado a desnudarte yo mismo.
Al escucharlo y ver su mirada, y en especial su sonrisa, se quedó sin aliento.
—No lo harías ¿verdad? —susurró en un hilo de voz.
Natsu, deseoso de tomarla en sus brazos, se acercó más a ella, y tras rozar con su calloso dedo la vena del cuello, dijo erizándole la piel.
—Sí, princesita. Me temo que sí lo haría —su voz no dejaba lugar a dudas.
Con un rápido movimiento Lucy se separó de él. Debía hacerlo mientras le quedara algo de cordura. Volver a besarlo era lo que más le apetecía, pero era lo que menos le convenía.
—De verdad —dijo sacando el pijama de debajo de la almohada— a veces me da la sensación de estar en el salvaje oeste.
—¿Por qué?
—Por tus modales.
—Creo que no eres la más apropiada para hablar de modales —dijo acercándose de nuevo a ella, momento en que ésta le notó a su espalda y cerró los ojos.
—No sé qué pretendes, Natsu —suspiró dándose la vuelta para mirarlo de frente— pero no estoy dispuesta a que sigas comportándote conmigo como lo haces. Soy una mujer del siglo veintiuno, que toma sus propias decisiones, no una virgen del siglo pasado a la que tienen que cuidar como si fuera de porcelana.
—Para mí eres todo lo que tú quieras, menos una virgen, te lo aseguro.
Al escucharle apretó los puños y cerró los ojos, e intentó contener su gran apetencia de plantarle un derechazo en toda la cara.
Natsu, divertido por cómo ella pasaba por todos los colores del arco iris, dio un pequeño paso hacia adelante, acercándose más, tanto que lo dejó literalmente encima.
—Lucy.
—Sí.
—Abre los ojos y mírame.
Haciéndole caso, Lucy abrió los ojos. Al verlo tan cerca y sentir cómo una de sus manos se deslizaba con suavidad por la espalda, soltó un suspiro.
Estaba aterrorizada por la reacción física que su cuerpo sentía.
—¿Te asusta estar a solas conmigo?
—No —mintió mientras observaba aquellos carnosos labios, tan deseables.
—¿Estás segura?
—Por supuesto que sí —nada iba a dejar que perdiera su porte altivo—. Ahora, si eres tan amable, sal de la habitación, para que pueda desnudarme y meterme en la cama.
—M —se separó apenas un paso de ella—, sería una pena no ver ese delicioso momento. ¿Te importa si me quedo? Quiero ver si realmente eres Darth Vader.
—Pero ¡habrase visto semejante bestia! —gritó acercándose a él—. Sal ahora mismo de la habitación. ¡Pervertido!
—Un poquito de sentido del humor como el de tu hermana te vendría muy bien, princesa —al final abrió la puerta para marcharse a trabajar—. Métete en la cama, y suda ese constipado o si no te perderás el viernes tu fiesta.
—¿Qué fiesta?
—La noche de brujas —respondió riéndose—. Una buena bruja como tú no se la puede perder. ¿No crees?
Incrédula por lo que le había oído, tiró un cojín contra la puerta, pero Natsu sonriendo, cerró antes de que le diera. Sin poder evitar una sonrisa, Lucy se desnudó. Todo era tan absurdo a veces, que tenía que sonreír, pensó antes de quedar profundamente dormida.
