Una luna plateada asomó de pronto entre las nubes, y el viento azotó los parapetos, anunciando una tormenta estival. Los perros aullaron en su encierro, y los caballos se movieron inquietos en el establo. Charioce se paseaba frente al hogar, y la única verla que ardía sobre la mesa, a pocos pasos, proyectaba su sombra sobre las paredes. Aún faltaban tres gorras para el alba, y durante esas horas debía adoptar una decisión.

—¿Mi señor?

Charioce se volvió hacia la cama. Nina no había corrido las cortinas, y él la vio acurrucada en el lecho, los ojos agrandados por el miedo.

—Nina, no quería molestarte. Duérmete.

El sonido de los pasos de Charioce la había despertado. Un hombre corpulento no podía guardar silencio al moverse.

—Tengo muchas cosas en qué pensar —dijo Charioce con un suspiro de fatiga—. Esto no te concierne.

Nina permaneció acostada, observándole en silencio, y después dijo:

—Mi señor, si me explicas tus problemas, quizá no parezcan tan terribles.

Los ojos de Charioce se clavaron en Nina, y él movió la cabeza con impaciencia. ¡Qué propio de una mujer creer que había una solución fácil para todo!

Nina se mostraba pesarosa. Un marido debía confiar en su esposa.

—No hay nada que un hombre no pueda decir a su mujer, a menos que él no confíe…

—Muy bien —la interrumpió Charioce, a quien irritaba la insistencia de Nina—. Si deseas oír hablar de la guerra y la muerte, te lo explicaré. Mañana muchos de mis hombres pueden morir, pues ya no encuentro un modo que me permita ocupar Wroth sin atacar. Las conversaciones sobre la paz se rompieron hace mucho. —Se sentó y comenzó a explicar los detalles—. Las murallas son gruesas, y el túnel cuya construcción nos llevó tanto tiempo ha vuelto a derrumbarse. Según parece, están bien abastecidos, pues se burlan de nosotros desde las murallas y juran que pueden resistir todo lo que deseen. Mis hombres están desanimados y sienten impaciencia por entrar en combate; y a decir verdad, no veo otro modo de resolver el problema.

—¿Has lanzado las máquinas de guerra contra las murallas? —preguntó Nina.

—Me apoderé así de Kenil, y ahora las reparaciones están costándome más que mi ejército. Nina, no estoy haciendo la guerra a un enemigo. Sólo trato de recuperar lo que es mío. No deseo tomar ese dominio destruyéndolo.

—¿No es posible escalar los muros? —preguntó Nina, sintiéndose tonta porque formulaba preguntas ingeniosas. Pero parecía que no se había equivocado demasiado.

—No me queda otra alternativa. Aún debo conquistar otras tres fortificaciones, y sus ocupantes están desesperándose porque se encuentran situados desde hace mucho tiempo. Uno de estos días quizás abran las puertas y traten de huir. Si lo hacen, comprobarán que fueron engañados, porque frente a ellos no hay más que un puñado de hombres, no un ejército entero, que es lo que parece cuando se mira desde lo alto de la muralla.

—¿Eso es lo has hecho? —exclamó Nina.

Charioce frunció el ceño.

—Vine con sólo doscientos hombres. Incorporé algunos soldados del ejército real, pero eso no alcanza si tengo que repartirlos entre siete lugares. Cada uno de los fuertes creyó que era el primero al que atacaba. Y en cada uno, los defensores pensaron que era suficiente que resistiesen y esperasen, y que les llegaría ayuda de sus aliados. Me las ingenié de modo que en cada caso viesen a todo mi ejército, y así pensarán que les convenía evitar el combate abierto hasta que les llegase ayuda. Después, continúe moviendo a mis hombres alrededor de las murallas, para reforzar esa impresión. Pero si uno de los fuertes todavía no ocupados descubriese la treta, sus defensores se irritarían tanto que todos mis hombres acampados allí serían masacrados.

Nina se impresionó.

—¿Tú mismo tendrás que combatir en el ataque a Wroth?

Charioce la miró hostil.

—No envío a mis hombres donde yo no intervengo. Encabezo todos los ataques, siempre lo he hecho.

—¿Has escalado las murallas de muchos fuertes?

La cara de Charioce mostró una expresión distante.

—He luchado contra muchos hombres… incluso contra tu rey, que ahora también es mi rey. Combatí donde tuve que hacerlo, y como fue necesario. Pero sólo en los últimos tiempos, y en este esfuerzo para recuperar lo que es mío, he demostrado tanta moderación. Mi método es terminar cuanto antes una operación, pero ahora he intentado destruir lo menos posible ese fuerte.

—Pero dices que tienes que atacar Wroth.

—Debo afrontar el riesgo, y es posible que pierda algunos hombres, pero no puedo dedicar más tiempo al sitio de Wroth.

—Entonces, déjalo —sugirió Nina con absoluta seriedad—. Dedícate al fuerte siguiente, y regresa después a Wroth.

—¿Y que mis hombres crean que me retiro? Ya te he dicho que están encolerizados a causa de las burlas con que les ofenden desde la muralla. Me piden que inicie el ataque.

—¿Cuántos de esos mismos hombres morirían antes de que llegues a romper las defensas y comience el combate? ¿Cuántos se partirían el cuello porque desde los muros arrojan al suelo las escaleras? ¿Y cuántos perecerán a causa del aceite hirviendo y la arena?

Charioce elevó los ojos al cielo.

—¿Por qué hablo de la guerra con una mujer? —preguntó exasperado.

—Mi señor, ¿no puedes darme una respuesta?

—Todos conocemos los riesgos —replicó Charioce con voz dura—. La guerra no es un juego.

—Ah —se burló ella—. Tengo mis dudas acerca de eso, mi señor, ¡pues tus hombres seguramente aman la guerra tanto como los niños sus juegos infantiles!

Él la miró con el ceño fruncido.

—Esposa mía, la guerra no te concierne, a menos que se acerque a tus propias puertas. Duérmete de una vez. No estás ayudándome.

Ella lo dejó en paz unos instantes, y después continuó:

—¿El riesgo sería menor si fuese más reducido el número de hombres que defienden las murallas de Wroth? —preguntó.

Temió que él no condescendiera a ofrecerle una respuesta, pues le había vuelto la espalda. Nina pensó: Es un hombre obstinado. Pero él dijo al fin:

—Wroth está siempre preparada. No han debilitado a la vigilancia, y el vigilante y ocupa ese lugar no es tonto. Lástima que no pueda ganarlo para mi bando.

La voz de Charioce expresaba auténtico pesar.

—Pero, ¿qué sucedería si hubiese pocos hombres en condiciones de arrojar las escaleras?

—Señora, ésa es una pregunta tonta —replicó secamente Charioce—. Por supuesto, el riesgo sería menor.

—¿Es posible que un hombre entre a Wroth sin que le descubran?

—Hemos completado esa posibilidad pero se necesitaría más de un hombre para abrir las puertas, y sería probable que…

—Mi señor, no para abrir las puertas, sino para llegar al depósito de agua.

Charioce se volvió bruscamente, la cara deformada por el asombro.

—¿Estás dispuesta a envenenarlos a todos? ¡Incluso a los criados! ¡Maldición, no creí que fueses tan cruel!

—¡No pienso envenenarlos! —replicó ella con indignación—. ¿Estás dispuesto a condenarme? Sugiero que agregues al agua zumo de avellano. Es un purgante. No matara a nadie.

Charioce comenzó a reír, y la suya se convirtió en una sonora carcajada.

—Comenzarán a pelearse para llegar primero a los retretes.

—Y los que no puedan aliviarse quedarán paralizados por los calambres y los vómitos, y vigilarán con mucho menos celo las murallas —agregó Nina.

—¡Maldición! Jamás habría imaginado una treta tan perversa —dijo asombrado Charioce.

—Mi señor, no es perversa, si de ese modo se salvan vidas —observó ella con aspereza.

—De acuerdo. ¿Dónde puedo conseguir ese brebaje?

—Yo… tengo un poco en mi canasta de medicinas, pero no es bastante.

—¿Tienes un canasto de medicinas? —Él pareció realmente asombrado—. ¿De veras has aprendido las artes de la curación?

Su tono sugería que había oído hablar del asunto, pero sin creerlo demasiado.

—Mi señor, en mí hay muchas cosas que tú no conoces —contestó Nina con expresión sincera.

Charioce asintió, pero no se apartó del tema.

—¿Cómo podemos preparar eso?

—Es necesario usar el jugo de cinco a siete horas en una bebida, pero el resultado no es un purgante suave, de modo que podemos arreglarnos con menos. De todos modos, necesitarás muchas plantas; estoy segura de que podemos hallarlas en el bosque. Yo misma lo he hecho a menudo. Otro modo consiste en sumergir las hojas y las raíces en vino. Será igualmente eficaz, pues si un hombre puede llegar al depósito de agua, probablemente también pueda llegar a los cántaros de vino para contaminarlos. Sería más seguro verter el zumo de avellano tanto en el vino como en el agua.

—¿Cuánto tiempo llevarán los preparativos?

—No es un proceso fácil.

—Dispones de todo el día de mañana, y puedes utilizar a la totalidad de los criados de la casa, si es necesario. ¿Te alcanzará?

El estilo autoritario de Charioce irritaba a Nina, y la joven se limitó a asentir sin hablar.

Charioce se aproximó a la cama y tomó la mano de Nina.

—Nina, si esto da resultado, quedaré en deuda contigo. —Sonrió—. Después de todos los problemas que me acarreaste antes, me alegra que estés de mi lado. No eres un enemigo fácil.

En el instante mismo en que ella había comenzado a mirarle con cierto afecto, él evocaba el pasado. De todos modos, ésta era la oportunidad que se ofrecía a Nina de explicarle todo, y sabía que era necesario aprovecharla. Pero su actitud de superioridad la indujo a retraerse nuevamente, y decidió que era mejor abandonar el tema. Ya habría tiempo más tarde para explicar la situación.