Capítulo 20
Deyanira entreabrió los labios y dejó escapar un suspiro tembloroso. A su derecha y con una mano en el pecho, Trevas respiraba entrecortadamente. De reojo ella pudo ver que no era un gesto de dolor, sino que en realidad, estaba sujetando una pieza de oro del tamaño de una manzana contra la camiseta que llevaba debajo de la armadura, manteniéndola unida al resto del peto de Escorpio. Se sintió irremediablemente culpable, pues estaba segura de que ella era la responsable. No sabía cómo sería recibido su gesto pero, de todas formas, alzó una mano y la posó con suavidad en la hombrera izquierda del escorpión; tampoco tenía demasiado sentido tomarse un tiempo para meditar en ello cuando dos dioses estaban de pie frente a ellos, y lo que era peor, frente a la diosa a la que se suponía que debían proteger.
A ambos lados, Aitor y Phoebe se erguían en toda su estatura, estoicos e inflexibles. Deyanira cuadró los hombros y procuró esbozar una expresión entre firme y neutral, inexpresiva, pero sentía que su corazón estaba hecho pedazos. Primero Dharma, y entonces Kairos... La peor parte era que sabía que de verla así se habrían llevado una decepción y ese pensamiento sólo lograba destrozarla un poco más a cada segundo.
Y si hablaba de segundos, habría podido jurar que aquellos eran los más densos que había vivido a lo largo de toda su vida. Tenía la fuerte sensación de que en realidad estaba soñando, y sentía también la misma desesperación por escapar que cuando atravesaba alguna pesadilla particularmente horrible o angustiante. Se notaba a sí misma como una mosca atrapada en un mar de miel, agitándose aún sabiendo que era imposible escapar. Sin embargo, incluso dándoles la espalda, Athena parecía serena. Tal vez le resultara más fácil al ser una diosa. Pero fuera como fuera, Deyanira decidió que por más que le costara horrores, permanecería a su lado. El dolor en su pecho menguó a medida que se acercaba a la joven de cabello lila, retrocedió con cada paso que la acercaba a ella. Y finalmente, desapareció.
Sophia le sostuvo la mirada a Cástor durante largos minutos. Él no pronunció palabra alguna, pero luego de un agónico rato en el cual el silencio se extendió por el cementerio con pesadez, susurró unas pocas palabras directamente en la mente de la joven.
Astrea y los demás le envían sus respetos.
Y entonces Ganímedes rozó el hombro de su compañero. Y entonces ambos cuerpos mutaron hasta quedar compuestos únicamente por polvo negro y brillante. Y entonces, una cascada de arena oscura se estrelló contra la tierra, los pequeños granos desperdigados por todo el lugar. La poca luz que aún brindaba el sol, ya oculto, desapareció cuando el cielo quedó cubierto de nubes de un momento a otro, dando lugar a que un trueno hiciera vibrar el suelo y un relámpago diera inicio a una tormenta en toda la regla. Deyanira obligó a Sophia a plegarse contra su armadura y extendió su capa sobre ella para cubrirla parcialmente de la lluvia torrencial que se había desatado sobre ellos, conduciendo a la joven hasta sus compañeros, quienes se ofrecieron a cargarla en sus brazos hasta la Sala Patriarcal. Pero Sophia meneó la cabeza con energía, rechazándolos.
―No podemos irnos aún ―les dijo, doblegando la voluntad de sus santos con la propia. Anclando los pies en la tierra húmeda, aquella que probablemente en unos pocos minutos se haría barro, les lanzó una mirada decidida al tiempo que les indicaba con un gesto de la mano que la acompañaran hasta la tumba de Xenia de Géminis otra vez―. Es necesario que...
―Athena. ―La voz ronca de Trevas la interrumpió, hecho que en otras circunstancias el Patriarca habría encontrado totalmente fuera de lugar―. ¿Quiénes eran esos tipos?
Sophia desvió el rostro hacia la zona que había quedado cubierta de pequeñísimas piedras negras. Polvo cósmico, de donde venían... hacia donde se dirigían.
―Creí que tanto Cástor como Ganímedes no eran más que estrellas, constelaciones... ―terció Phoebe, cruzándose de brazos con una expresión contrariada en el rostro. Sus ojos buscaron los de Sophia, quien le sostuvo la mirada―. ¿Por qué estaban aquí, quiénes son en realidad?
―Géminis y Acuario ―susurró Deyanira, quien aún sostenía su capa en alto para aislar a su diosa de la lluvia.
―No. Son más que eso.
Cuatro rostros desconcertados se dirigieron hacia ella, y Sophia suspiró. La piel de sus brazos se había erizado por el frío, y un par de mechones se le habían adherido a las sienes y la frente por la humedad.
―Es cierto que tanto Cástor como Ganímedes fueron elevados al firmamento por obra de los dioses cuando murieron, pero desde el mismo instante en el que se convirtieron en estrellas o constelaciones... podría decirse que nacieron de nuevo. Con una nueva identidad. ―Sophia retrocedió sobre sus pasos y se detuvo a una distancia prudencial del hoyo que era la tumba de Xenia, con sus santos pisándole los talones―. Al poseer cada uno una porción del cielo y al vivir en el corazón del mismísimo universo, me atrevería a decir que son incluso más poderosos que la mayoría de los dioses que conocemos.
―Pero entonces ―cuestionó Phoebe, frunciendo el ceño―, ¿por qué jamás habíamos oído hablar sobre ellos?
―Porque hasta ahora no eran más que un mito ―respondió Aitor, como si la respuesta fuera obvia y logrando que la Amazona de Sagitario le lanzara una mirada entre irritada y asombrada―. Por eso les ha dado la bienvenida, ¿cierto, señorita Athena? Es la primera vez que pisan la Tierra...
―Y es la primera que se dejan ver ―confirmó ella, asintiendo―. Son menos que dioses pero más que ellos. Responden al nombre de quienes fueron elevados al cielo en primer lugar, pero tampoco son ellos; lo que ocurre es que, en este caso, Cástor y Ganímedes son los nombres que más se aproximan a la verdad. Son más que un concepto, incluso, pero podría resumirse en que ellos eran Géminis y Acuario.
Todos callaron ante esa declaración, y el silencio fue interrumpido constantemente sólo por el repiqueteo de las gotas de agua golpeando contra la tierra y las armaduras. Otro trueno retumbó y un segundo relámpago tiñó todo de un blanco espectral y cegador durante un segundo. Imposible decir durante cuánto tiempo se quedaron inmóviles frente a la tumba destruida, esperando algo que sólo Sophia sabía qué era. Por suerte no había viento. La lluvia caía con violencia pero perpendicular al suelo, de modo que no se mojó demasiado. Tampoco le importaba demasiado, en realidad.
En un determinado momento, captaron un movimiento en el lugar que llevaban largos minutos observando. Pequeños grumos de tierra rodaron hasta el borde del foso y se perdieron de vista, y luego..., luego, una mano llena de polvo y rastros de sangre surgió del hueco y se aferró al único trozo de mármol que quedaba en pie. Sophia percibió que a su alrededor los cuatro se tensaban y elevaban su cosmos, pero ella sólo sonrió. El antebrazo siguió a la mano, y pronto vieron una melena azul revuelta. Xenia de Géminis se abrió paso hasta la superficie, con la ropa hecha jirones, la piel herida, sucia y con una expresión de cansancio en el rostro; pero sus ojos verde esmeralda relucían en la oscuridad y pese a la tormenta, con un brillo de vida incuestionable. Trevas, Deyanira, Aitor y Phoebe retuvieron la respiración durante unos cuantos segundos, pero finalmente se quitaron los cascos de sus armaduras en señal de respeto cuando la Amazona de Géminis hincó una rodilla en la tierra para impulsar a la otra pierna a salir del hoyo. Sin embargo, uno de sus brazos seguía echado hacia atrás, y tenso; Sophia abrió mucho los ojos cuando comprendió que...
Xenia gruñó por lo bajo y tiró de lo que fuera que estaba sujetando. Una mano pálida, un brazo cubierto de manchas de barro y rasguños; la cabeza echada hacia delante, el cabello turquesa enmarañado... Kairos de Acuario, sin su armadura, pero al igual que su compañera, incuestionablemente viva. Eso fue lo que entendió Trevas cuando la joven finlandesa soltó el agarre de Xenia y se empujó a sí misma hacia arriba para terminar de salir. Las amazonas se pusieron de pie lentamente, irguiéndose vértebra por vértebra, y finamente clavaron sus ojos en ellos. Sophia abandonó la protección que le ofrecía la capa de Deyanira y se acercó a ellas con una sonrisa llena de calidez, extendiendo las manos hacia ellas. Unió la izquierda de Xenia y la derecha de Kairos entre sus palmas, donde depositó un casto beso.
―Me hace feliz tenerlas conmigo otra vez.
Ellas se inclinaron en una reverencia, y al incorporarse, una levísima sonrisa tiraba de los labios de Xenia. Sin embargo, los ojos de Kairos viajaron más allá de su diosa. Sophia volteó a tiempo para ver al Caballero de Escorpio darles la espalda y encaminarse hacia las doce Casas. Con una mano en el hombro de la acuariana, le dio el permiso que necesitaba y, en respuesta, ella corrió hacia el escorpión.
Y es que Trevas agradecía a todos los dioses habidos y por haber que su compañera del onceavo templo estuviera viva en ese momento, pero no era tan fácil olvidar que minutos antes había estado muerta. Y tampoco era fácil ni posible perdonarse por haber sido él quien le arrebató la vida. Si otra persona la hubiera asesinado, no le habría otorgado el perdón ni en un millón de años; ¿por qué debería ser indulgente consigo mismo? Sería una hipocresía, y él odiaba las hipocresías.
Inmerso en su pesimismo y su dolor, estuvo a punto de mandar a quién sabe donde a la persona que lo sujetó del codo, instándolo a detener su caminata. Volteó, más furioso consigo mismo que otra cosa pero dispuesto a descargarlo todo en un tercero; sin embargo, las palabras se marchitaron en su garganta cuando vio los claros ojos grises de Kairos mirándolo con una chispa de vida en ellos. Esa que todos tenían, pero que ella solía ocultar tras una capa de hielo. Quiso apartarse, intentó soltarse de su agarre y salir corriendo, alejarse de ese lugar lo más pronto posible, pero la Amazona de Acuario no se lo permitió. Antes de que pudiera hacer el más mínimo movimiento en dirección a la Casa de Escorpio, Kairos se lanzó contra él. ¿Un ataque? ¿Una venganza por haberla asesinado?
No; un abrazo.
Desde su altura ―le llevaba casi una cabeza y media―, todo en lo que pudo pensar Trevas fue en lo pequeña que se veía sin su armadura. Llevaba una camiseta blanca de tirantes gruesos, esa que solía llevar bajo el peto de Acuario, por lo cual los brazos que lo rodeaban a la altura de la mitad de la espalda estaban descubiertos. Vio infinidad de cortes en su piel, vio costras de barro resecas y tierra, vio restos de la misma sangre que teñía la tela blanca de rojo. De nuevo la punzada de culpabilidad; intentó apartarla...
Kairos se aferró a él con una fuerza sorprendente, sin llegar a hacerle daño pero con la presión suficiente como para que no pudiera separarse.
―Kairos ―gruñó Trevas―, suéltame. Yo no... ¡Fui yo el que...!
Ella alzó el rostro hacia él y se limitó a observarlo fijamente. Su mirada era clara y el escorpión, desarmado, por más que buscó no halló ni la más mínima pizca de enfado, tristeza, dolor u otra emoción negativa que lo señalara como asesino. Kairos rompió el contacto visual y bajó la cabeza con cuidado, hasta acomodarla en el peto de Escorpio. Pegó su mejilla al oro y siguió rodeándolo con los brazos, en silencio. Trevas tragó grueso. ¿Merecía devolverle el abrazo?
A unos veinte metros de distancia, Sophia sonrió.
―Athena. ―Xenia llamó su atención carraspeando, y ella volteó para mirarla. La Amazona de Géminis parecía agotada, y su interlocutora se preguntó si todo ese tiempo que la habían dado por muerta había descansado en paz. No lo parecía―. Necesito ver al Caballero de Virgo.
― ¿Al Caballero de Virgo? ―repitió, ladeando la cabeza―. ¿O a Dharma?
Xenia suspiró y miró a su alrededor. La lluvia seguía cayendo sobre el cementerio sin tregua, pero no parecía incómoda; contrariamente, Sophia presentía que si seguía expuesta de esa manera terminaría en cama con un resfriado nada propio de una diosa.
―A Dharma.
―Xenia ―intervino Phoebe, quien aún no se había puesto el casco luego de habérselo quitado para saludarla―. Necesito que me acompañes a la Casa de Virgo.
Sophia reprimió un escalofrío. Aitor, interpretando correctamente el pequeño espasmo, se quitó la capa y la cubrió con ella, gesto que fue agradecido con una sonrisa. Xenia, en cambio, la miró con el ceño fruncido.
― ¿Qué ocurre? ¿Está Dharma...?
―No, no lo está ―la cortó Sophia―. Hace días que entró en una especie de coma y todo intento de despertarlo ha sido inútil. Tiene el sello de Hypnos en su inconsciente.
Xenia pareció recuperar las energías. Sin esperar más explicaciones dio media vuelta y salió disparada hacia las doce Casas, casi como si corriera por su propia vida.
―Deberíamos regresar ―dijo Trevas. Había llegado junto a ellos cargando con Kairos en brazos, quien dormía contra su armadura como si fuera una niña pequeña que no ha soportado el cansancio. Ante las miradas inquisitivas y ciertamente alarmadas, agregó―: Perdió mucha sangre, pero estará bien. Ni siquiera está desmayada ―aclaró―, sólo tenía sueño.
―Vamos, entonces. ―Phoebe extendió sus propios brazos y Sophia hizo una mueca, sin querer herirla pero no dispuesta a que alguno de ellos la cargara. En respuesta a su vacilación, la Amazona de Sagitario simplemente se encogió de hombros y la alzó de todas formas, con delicadeza pero sin darle tiempo a la otra a zafarse. Aitor la miró con reprobación y ella le sonrió de lado―. No me vayas a sermonear. Ambos sabemos que sólo estás celoso porque tenías pensado llevar tú a la señorita Athena hasta la Sala Patriarcal, pero te he ganado de mano.
El Caballero de Capricornio le lanzó una mirada tan cortante como su espada y abrió la marcha hacia las doce Casas en silencio.
...
Para cuando llegaron al templo de la virgen, era evidente que Xenia ya estaba dentro. El bloque de hielo que Kairos había colocado en la entrada estaba hecho pedazos y eso, además de ser un claro indicio de que con la Amazona de Géminis no se jugaba, era toda la evidencia que necesitaban. Decidieron entrar y esperarla en la sala principal, aquella por la que pasaba cada persona que atravesaba las doce Casas y en la cual, seguramente, se habían dado más batallas de las que podían contar con los dedos de la mano. Por otro lado, Sophia ya había perdido la cuenta de cuántas veces le había preguntado Deyanira si estaba segura de no querer volver a la Sala Patriarcal. Pero no, ella no quería enfrentarse al Patriarca y a sus sermones. Ella quería quedarse con sus santos y, con suerte, aliviar el daño que había provocado cinco años atrás. Aunque fuera sólo en parte y no pudiera revertirse. Sentada en el suelo y con el vestido sucio abierto en abanico a su alrededor, Sophia esperó. A su lado, cruzado de piernas al estilo hindú y recargado contra una columna, Trevas hacía las veces de sofá para Kairos, quien seguía profundamente dormida. La capa del escorpión la cubría hasta la barbilla a modo de sábana. Deyanira hablaba en voz baja con él, y Sophia vio que en cierto momento señalaba una de sus mejillas; al reparar en la marca rosada que tenía en la piel, se preguntó quién lo habría golpeado con tanta precisión. Un poco más allá, en la entrada del templo y dándoles la espalda, Aitor y Phoebe parecían discutir.
Sophia acomodó sobre sus hombros la capa que Aitor le había ofrecido, intentando entrar en calor pese a que sus pies y manos estaban irremediablemente congelados y sentía que la garganta le ardía. Sintió que dos cosmos renacían poco a poco, aumentando de tamaño y poder, y de reojo vio que los cuatro que aguardaban con ella centraban su atención en la puerta que daba al ala privada.
―No se preocupen ―les dijo, poniéndose de pie y alisando la falda de su vestido como si de verdad tuviera arreglo―. No hay necesidad de alarmarse; está todo bajo control.
Aunque no era seguro, pero ella confiaba en que todo saliera bien. Sintió varios cosmos acercándose a la Casa de Virgo a gran velocidad, y comprendió que el resto de los santos seguramente querían saber qué ocurría. Y lo que es más, asegurarse de que todo estuviera bien. Argia fue la primera en aparecer, sonriendo con efusividad a su hermana y palmeando a Aitor en la espalda. Sophia reprimió una sonrisa al ver el gesto malhumorado con el cual él recibió las atenciones de la recién llegada. Luego Lievin, quien prácticamente se colgó del cuello del Caballero de Capricornio, probablemente con el único objetivo de molestarlo; cuando éste se deshizo de su agarre, tanto el Caballero de Cáncer como la Amazona de Libra se acercaron a Sophia y la reverenciaron. Estaban por preguntar qué ocurría cuando Dakini de Aries, Alen de Piscis y Said de Tauro penetraron en el templo y se dirigieron hacia ella para presentarle sus respetos y saludarla.
―Hemos sentido... ―comenzó Said, pero Sophia alzó una mano pidiendo silencio.
Los cosmos que había notado parecieron fundirse y formar uno solo, que fue extinguiéndose gradualmente hasta desaparecer. Sophia contuvo la respiración y los dorados callaron. Los minutos pasaron y la Casa de Virgo seguía sumida en un silencio tenso como la cuerda de un violín, a punto de romperse...
Y fue un conjunto de sonidos los que rompieron el mutismo: pasos.
A su alrededor, nueve cosmos se encendieron e iluminaron el recinto con suavidad. Todos en guardia, dispuestos a atacar si fuera necesario. Sophia estrujó la capa entre sus manos y sintió las uñas clavándose en su palma aún con la tela de por medio.
Finalmente, la puerta que daba al ala privada se abrió y dos figuras emergieron de las sombras: una Xenia aún cubierta de tierra y sangre, con la ropa destrozada; y a su lado Dharma, portando a Virgo y con los ojos abiertos. Muchos mostraron un obvio desconcierto al ver a la Amazona de Géminis, pero la emoción que predominó fue alegría de ver santo del sexto templo despierto. Sin embargo, fue Sophia quien se adelantó hasta ellos y lo saludó con una sonrisa, a lo que Dharma respondió inclinando la cabeza y mirándola fijamente. Sus ojos dispares, uno verde como el musgo más brillante y el otro azul cielo, brillaron con intensidad cuando su diosa susurró:
―Bienvenido de vuelta, Dharma de Virgo.
…
Al final, Xenia pidió hablar con el Patriarca y la dejaron ir, pidiéndole que escoltara a Athena hasta la Sala Patriarcal ya que se dirigía hacia allí. Ella pareció encantada con el pedido, o al menos eso fue lo que percibió Dharma, quien la conocía mejor que nadie. Sobre todo en ese momento, cuando al despertar y luego de un par de minutos en los que todo fue bastante confuso, logró recordarla. Xenia llamó a Géminis y acompañó a Sophia fuera de la Casa de Virgo, donde el resto de los santos se quedaron conversando. Dharma se acercó a Trevas y se arrodilló a su altura, pasando el dorso de la mano por la mejilla de Kairos.
―Xenia me contó lo que ocurrió ―dijo, y el escorpión lo miró con desconfianza. ¿Cómo podía saber lo que había pasado si en ese momento estaba más muerta que su propia madre?―. No te culpes a ti mismo. Estoy seguro de que ella no lo hace.
Trevas presionó los labios juntos pero no contestó, y el Caballero de Virgo volvió a ponerse de pie para luego alejarse hacia donde Aitor y Phoebe seguían hablando. Parecía que habían dejado de discutir. El escorpión suspiró y apartó un par de mechones del rostro de Kairos. Seguía dormida y él podría jurar que no despertaría hasta muchas horas después, de modo que se acomodó contra la columna, dispuesto a pasar la noche en vela otra vez. Pero en ese momento, el cosmos del Patriarca lo llamó. Frunciendo el ceño pero sin atreverse a cuestionarlo, resopló y le hizo una seña a Dharma, quien se acercó de nueva cuenta a él. Al Caballero de Escorpio le parecía casi antinatural que mantuviera los ojos abiertos, pero no comentó nada.
―Me ha llamado el Patriarca. ¿Podrías...?
―No necesitas preguntarlo ―replicó él, agachándose y pasando los brazos por debajo del cuerpo de Kairos para alzarla en el aire. Se incorporó y se alejó en dirección al ala privada de la Casa de Virgo cargando con ella como si no pesara más que una pluma, sin dirigirle ni una palabra más, y Trevas salió del templo en silencio.
Le resultó extraño pasar por las últimas seis Casas y que todas estuvieran vacías. No es que le molestara, al contrario; más bien le aliviaba no tener que estar pidiendo permiso cada cinco minutos para pasar por un lugar para dirigirse a otro lugar desde el cual lo habían llamado luego de haberlo obligado a abandonar el lugar en el que estaba.
Meneó la cabeza. Sí, estaba pensando incoherencias otra vez y, lo que era peor, tenía que enfrentar al Patriarca.
Las puertas dobles de la Sala Patriarcal se abrieron cuando él llegó. No había rastros ni de Xenia ni de Athena, lo que lo llevó a suponer que la amazona la había acompañado hasta sus aposentos, probablemente para ayudarla y cuidar de ella luego de la jornada que habían tenido. El Sumo Pontífice lo esperaba sentado en el trono, y Trevas apoyó una rodilla en el suelo y se quitó el casco.
―Trevas de Escorpio ―anunció, por puro protocolo―. Estoy a su disposición. ¿Me ha llamado?
―En efecto. Como supongo que habrás notado, por alguna razón que desconocemos Xenia de Géminis ha vuelto a la vida. ―El escorpión alzó la cabeza y lo miró, intentando adivinar a qué quería llegar―. Ella estuvo en el Tártaro. ―Y frunció el ceño, impresionado―. Ahora, el problema es lo que ella vio. Dijo que estuvo en presencia de Nyx, la diosa de la Noche. Como tal vez sabrás, es una de las diosas primigenias y de las más poderosas, junto con Gaia, Caos y Urano. Esos cuatro dioses llevan eras enteras durmiendo, pues su poder es tal que de estar plenamente conscientes, la Tierra quedaría destruida o como mínimo, inevitablemente sometida. ―El Caballero de Escorpio pasó saliva, esperando a que continuara el relato con un nuedo en la garganta―. Esa es la razón por la cual permanezcan inconscientes, o como vulgarmente solemos decir, dormidos. El problema es que el comportamiento de Nyx que presenció Xenia es anormal. No sigue el patrón de conducta habitual. Lo cual significa que...
―Está despertando ―finalizó Trevas, comenzando a comprender.
―Cierto. Necesito que uno de ustedes visite el lugar en el que estuvo Xenia, a orillas del Flegetonte, en el punto en el que dicho río se transforma en cascada y cae por el abismo que es el Tártaro.
―Yo iré. ―Trevas se puso de pie sin siquiera pensarlo, enfrentó al hombre en el trono―. ¿Cómo llego hasta allí?
―Xenia y Dharma te guiarán.
― ¿Dharma...? ―Podía entender lo de Xenia porque ella había estado allí, pero ¿el Caballero de Virgo?―. De acuerdo.
Dio media vuelta y estaba por bajar a su templo para prepararse cuando la voz del Patriarca lo detuvo. Era como un susurro ronco y se sorprendió al detectar cierta tristeza en el tono.
―Suerte.
…
Amanecía y los primeros rayos del sol eran bien recibidos por los santos que, persuadidos por la tormenta y un Dharma de inusual buen humor, habían pasado la noche en la Casa de Virgo. Habían llegado a la conclusión de que jamás, absolutamente jamás pasaron tiempo todos juntos. Al menos no desde que portaban sus respectivas armaduras. Les pareció una buena idea, entonces, cenar en grupo para conocerse un poco más; y es que, tal como había hecho notar un Lievin socarrón, pronto estallaría la guerra contra Hades y deberían morir todos juntos... y probablemente, a duras penas sabrían sus nombres.
Dharma veía el amanecer recargado contra una de las columnas de su templo cuando Kairos, visiblemente agotada aunque con mejor aspecto que el día anterior, se acercó a él.
― ¿Cómo te encuentras?
―Como si me hubiera pisado una manada de elefantes, todos a la vez.
El Caballero de Virgo asintió.
―Era previsible. Lo que viviste no es algo que pase todos los días.
―Dharma. ―Él volteó y ella frunció el ceño levemente―. ¿Dónde está Trevas?
La punzada.
―Se fue.
Kairos acentuó el ceño y se cruzó de brazos, impertérrita.
― ¿Cómo que se fue?
―El Patriarca le encomendó una misión, Kairos. No es necesario que pienses en los mil y un modos de congelarnos en un ataúd de hielo ―respondió el, con calma.
―Nadie dijo que...
―Te conozco.
En ese momento, Xenia apareció subiendo las escaleras que conducían de Virgo a Leo y a la inversa, portando su armadura y con una expresión seria que, Kairos pudo notar, Dharma reconocía. La inquietaba el hecho de que Trevas hubiera desaparecido de la noche a la mañana, pero al menos, de ese lado se había hecho justicia. De alguna forma inexplicable, su amigo había recordado. En los ojos de Xenia ya no había señal alguna del constante dolor que había notado en un principio, cuando regresó, y Dharma ya no parecía perdido. Al contrario, estaba centrado y más firme que nunca.
Kairos dio gracias al cielo de que fuera así, pues estaba completamente segura de que en cualquier momento pasaría algo grande, muy grande. Y ellos deberían estar preparados.
