Capítulo XXI
-¿Cómo está? –Preguntó una voz masculina a su espalda.
-Mejor. La herida en la pierna está sanando muy bien, y parece que los antibióticos y los antipiréticos, al fin hicieron efecto. –Respondió Candy, quedamente.
-Bien. Porque Emily te está esperando en el pasillo. Quiere hablarte un momento.
Candy miró preocupada a Albert. Él vio aquel brillo de preocupación en su mirada, y se acercó lentamente hacia ella.
-Creo que es el momento, Candy… Debes decirle…
-Pero… ¿Qué le digo? Si ni siquiera estamos seguros de que…
-Sólo dile la verdad ¿sí? Tranquila… Ven aquí… -Albert, tomando tiernamente la mano de Candy, la jaló hacia él, envolviéndola en un tierno abrazo. Ella se aferró a él con fuerza, y sintió como unas lágrimas desbordaban sus verdes ojos. El estar allí, encerrada bajo esos fuertes y cálidos brazos, era tan confortador… Se sentía tan segura…
Habían pasado varios días desde que aquel vagabundo se había desmayado en la entrada del pueblo. Las primeras noches habían sido, realmente, muy agotadoras. La fiebre no bajaba, y todo momento era crítico. Pero luego, gracias a los intensos cuidados de parte de los médicos y las enfermeras, aquel desconocido se estaba recuperando exitosamente.
Candy, en un primer momento, quiso contarle todo lo sucedido a su madre. Pero luego, al verla tan frágil, decidió permanecer en silencio, al menos hasta estar segura de la identidad del misterioso hombre.
Albert, al sentir a Candy entre sus brazos, no deseaba separarse más, pero sabía que aquel no era el momento adecuado para aquellos pensamientos.
Lentamente, fueron separándose, quedándose frente a frente, mirándose fijamente. Con suavidad, él comenzó a acariciar las mejillas de ella, secando a aquellas intrusas lágrimas que humedecían su rostro.
-Tranquila… Todo irá bien… Recuerda, yo estoy aquí para compartir tus penas… -La confortó, mientras continuaba acariciándola. Ninguno de los dos quería separarse, pero ambos sabían que debían hacerlo.
-Está bien. –Dijo Candy, separándose finalmente de él, y caminando lentamente hacia la puerta.
Antes de tocar el picaporte, se dio media vuelta y preguntó. -¿Te quedas un minuto con él?
-Sí Candy, ve tranquila. No te preocupes… Recuerda que yo también sé un poco de medicina. –Dijo Albert guiñándole un ojo, tratando así de tranquilizarla.
-Claro, claro… Aún no despierta, pero según el médico, no debe tardar… Cualquier cosa, me avisas ¿sí?
-Sí Candy. Tranquila. –Albert se acercó a ella, para abrirle la puerta de la pequeña habitación, y suavemente la empujó hacia el pasillo. –Ve… -Repitió, guiñándole un ojo.
Una vez fuera, Candy se encontró con su madre y las tres damas, que la esperaban impacientemente.
-¡Hola Candy! –Saludaron amablemente al unísono.
-Perdón hija por molestarte en tu trabajo… -Continuó Emily, mientras la abrazaba tiernamente.
-Pero, no es ninguna molestia, al contrario… Me encanta verlas. –Respondió Candy, con una sonrisa.
-¡Ay, bueno! Yo ya te digo el motivo de nuestra visita, porque no me aguanto más. –Exclamó emocionada Ashley. –Verás, vinimos para…
-¡Para invitarte a tu cumpleaños! –Se le adelantó Caroline, pícaramente, con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Pero Caroline! ¡Eso estaba por decirlo yo! ¡No es justo! Siempre me ganas… -Ashley se cruzó de brazos e hizo una mueca, que casi se parecía a un pequeño puchero. Aquella reacción hizo mucha gracia a Candy. Indudablemente, a pesar de la edad, aquellas damas no eran más que unas niñas.
-¡Chicas, por favor, compórtense! Dios… Siempre lo mismo con ustedes. –Las reprendió Viviane.
-Ay, pero mira quién habla… ¡Jajaja! –Se reían Ashley y Caroline.
-¡Niñas, basta! Recuerden que estamos en una clínica. –Les dijo Emily, aparentando estar enojada, mirándolas seriamente.
-No sé si escuché bien… ¿vinieron a invitarme a mi cumpleaños? –Las interrumpió Candy.
-¡Claro Candy! ¿Acaso no lo recuerdas? Mañana es 15 de febrero… Tu cumpleaños… -Respondió sonriendo Emily.
-¡Cierto, mi cumpleaños! Lo había olvidado completamente…
-Verás… Resulta que todo el pueblo está entusiasmado. A todos encantó la idea de festejarlo en la plazoleta principal, y ya están pensando en seguir hasta la noche, organizando un baile alrededor de un fogón. –Contó Emily, sin que la sonrisa se le borrara del rostro ni por un segundo.
Candy la miró por unos instantes, y luego desvió su mirada hacia las damas; las tres estaban igual. Todas con una sonrisa inmensa, totalmente expectantes por la reacción de Candy. Hasta parecían unas niñas esperando por abrir su más preciado regalo.
Sin embargo, Candy, aunque deseara con todas sus ansias festejar su primer cumpleaños junto a su madre, en la verdadera fecha que había nacido, no podía dejar de sentir aquella tristeza por lo que se avecinaba. Debía comunicarle a Emily los últimos acontecimientos. ¿Pero, cómo hacerlo? ¿Cómo empezar a hablar? Cielos… ¿Cómo iba a contar algo, de lo que ni ella estaba cien por ciento segura?
-Candy, Candy… ¿Te encuentras bien? Estás muy pálida, querida… ¿Comiste algo? –Preguntó preocupada su madre, al ver su rostro más blanco que el papel.
-Madre… -Y con esta palabra, ella comenzó el relato. Respirando profundamente, comenzó a contar muy pausadamente todos los últimos acontecimientos, con lujos y detalles. Desde que encontraron la fotografía, hasta que habían logrado estabilizar a aquel misterioso hombre. Candy, a medida que avanzaba en su relato, veía como la sonrisa tanto de Emily como de las demás damas, comenzaba a esfumarse, y en su lugar aparecían ojos abiertos de par en par, miradas llenas de sorpresa, temor y dolor.
-Quiero verlo. –Dijo de pronto Emily, con voz temblorosa.
-Pero, madre… él aún está dormido…
-Quiero verlo… ¡Necesito verlo! –Gritó Emily, pasando al lado de su hija y entrando desesperadamente a la habitación. Una vez dentro, vio a Albert parado al lado de una cama ocupada por un hombre barbudo, y muy delgado, que parecía estar profundamente dormido.
Lentamente, y con pasos inseguros, Emily se fue acercando. Despacio, muy despacio, comenzó a acariciar las manos del vagabundo, los brazos, hasta llegar al rostro, arrugado y barbudo. Dios… Estaba irreconocible, pero era él… Debía ser él… Sino ¿quién más podía ser?
-¿Dónde está la fotografía? –Preguntó de pronto, interrumpiendo el silencio.
-Aquí. –Contestó Albert.
Emily tomó entre sus manos, aquel pedazo de papel, y cuando la vio, no pudo evitar derramar un par de lágrimas. Sorprendida, ahogó un grito de esperanza, tapándose la boca. Dios… La última vez que había visto esa fotografía, había sido hacía mucho, mucho tiempo… Nuevamente, volvió a mirar al pobre hombre que descansaba en la cama. Era increíble, todo aquello era tan irreal… Pero, milagrosamente, estaba sucediendo…
Sin hacer el menor ruido, se acercó aún más, y suavemente, comenzó acariciar aquellas ásperas mejillas.
-¿Eres tú? –Susurró. -¿En verdad, eres tú?
Y casi, como si la hubiese escuchado, como si hubiese presentido desde lo más íntimo de su ser, que su eterna alma gemela lo estaba llamando, unos cansados ojos celestes comenzaron a abrirse. Emily, ya no sentía su cuerpo, sólo escuchaba a su corazón latir, casi sintiendo que se le salía del pecho. Todos en la habitación ni siquiera respiraban. Tanto las damas, como Candy y hasta Albert, permanecían expectantes.
Luego de un momento, que pareció eterno, aquellos misteriosos ojos azules, se abrieron completamente, clavando su mirada en la delgada dama que se encontraba enfrente.
-Emily… -Se escuchó decir, casi en susurros, por aquella arrugada y seca boca.
-¿Joseph? –Musitó ella, mientras sus ojos se le aguaban. -¡Oh, por Dios! ¡Joseph! –Volvió a decir, ahogando un pequeño grito, pero rompiendo inmediatamente en llanto.
Emily, cubierta en lágrimas, abrazaba fuertemente al hombre que reposaba sobre la cama. Todos los presentes lloraban. Nadie podía creer lo que estaba sucediendo.
Y sin que nadie pudiera predecirlo, Emily llamó a Candy, agarrándola fuertemente de la mano y acercándola hacia la cama. Candy no opuso resistencia. Emily, sin soltarla, y sin soltarse del abrazo de Joseph, temblorosamente, con la voz gruesa por las lágrimas, dijo. -Candy, te presento a tu padre...
Los ojos celestes de Joseph, se abrieron aún más. Él también estaba llorando, aunque totalmente en silencio y sin levantarse de la cama. Su condición era aún muy delicada, y eso se notaba en la palidez de su rostro que, aunque sus ojos brillaran de emoción y felicidad, no podían ocultar todo el sufrimiento vivido en los últimos años.
Madre, padre e hija, terminaron en un abrazo fuerte y cálido, eterno... Albert y las tres damas, sólo los observaban en silencio. No querían interrumpir aquella hermosa escena.
Luego de un momento, dejaron a solas a la familia recién reunida, saliendo en silencio de la habitación.
En el pasillo, tanto las tres damas como Albert se miraron entre sí, estallando finalmente en carcajadas. Les daba gracia ver, que los cuatro estaban de la misma manera, con el rostro enrojecido, cubierto de lágrimas, y los ojos desbordantes de felicidad.
Al cabo de un momento, se escuchó girar el picaporte. Era Candy, quien salía con una amplia sonrisa.
-Debo buscar unas mantas y algo de ropa para mi… Para mi papá… -Dijo, sin poder ocultar la emoción. Dios… Había encontrado a su padre… Pero qué increíble… ¡Al fin tenía un padre! Y no sólo un padre ¡Sino también una madre! ¡Al fin tenía padres! ¡Padres! ¡Mamá y papá! Oh Dios… Aquello era algo tan maravilloso, tan mágico, tan, tan… Ya ni siquiera se le ocurría una palabra que describiera a aquel bello momento… Definitivamente, era algo que ni en sus sueños más locos, se había atrevido a imaginar, pero que increíblemente estaba sucediendo…
Albert vio aquel brillo especial en su mirada, y quedó maravillado. Nunca, jamás, había visto tan feliz a su pequeña. Y eso, también le emocionaba hasta las lágrimas.
-Te acompaño. –Dijo sin dudar, mientras emprendía la marcha al lado de su bella pecosa.
Candy no paraba de sonreír. Su caminata, en el recorrido desde la clínica hasta la casa de su madre, de a poco, se comenzó a alterar, y cada tanto pegaba algún saltito, mientras tarareaba alguna extraña melodía.
-¿Estás cantando? –Preguntó divertido Albert.
-¿Eh? No, no… -Contestó sonriendo.
-Sí, a mí no me engañas. Estás cantando. Y no sólo eso, sino que también estás bailando. Pero no te preocupes, yo te acompaño. –Dijo Albert, mientras se detenía en mitad de la calle, extendiendo su mano hacia Candy.
La tarde, aunque era fría, parecía que quería acompañar el momento, decorando al pueblo con el blanco de la nieve, e iluminándolo tenuemente con los rayos del sol. El paisaje era digno de una postal, y la compañía digna de un cuento de hadas.
Candy se sonrojó al darse cuenta de aquellos pensamientos. Pero, haciendo hasta lo imposible por evitar la vergüenza, tomó sin oponer resistencia, la cálida mano de Albert.
-¿Qué haces? –Preguntó sorprendida.
-Te acompaño… -Contestó sonriendo el rubio de ojos celestes, mientras comenzaba a cantar. –Paraparará… Parará… Pararará…
Candy no pudo evitar sonreír, al escuchar a Albert tarareando, pero inmediatamente sintió a su corazón dando un salto, al ver como él suavemente la tomaba entre sus brazos, para comenzar a bailar.
-Parará… Parará… Parará… -Cantaba suavemente, mientras que con delicados y elegantes movimientos, bailaba con Candy algún vals imaginario.
Ambos, al cabo de un momento, se habían olvidado que se encontraban en la mitad de la calle de aquel pequeño pueblo. Nuevamente, sin saber cómo, habían caído en aquel mágico trance, donde todo alrededor desaparecía, quedando solamente ellos dos y nadie más. Candy, cerrando los ojos, sólo se dejaba llevar por los suaves movimientos de Albert, y él sólo la estrechaba más contra su cuerpo, sintiendo como sus anatomías se amoldaban perfectamente.
En un momento dado, se detuvieron, perdiéndose mutuamente en sus miradas. Un inconfundible aroma a rosas, llegó a Albert, obligándolo a inspirar profundamente. Mientras que Candy, por su parte, ya estaba perdida en aquel encantador perfume de maderas y menta, que siempre sentía cuando lo tenía cerca.
Lentamente, Albert comenzó a acariciar las mejillas de Candy, mientras ella comenzó a hacer lo mismo con su espalda. Ambos estaban increíblemente juntos, sintiéndose mutuamente, perdiéndose en el brillo de sus miradas, y el latir de sus corazones. Albert, fue acercando su rostro lentamente, para terminar posando sus labios sobre los de ella. Sin saber cómo, ni cuándo, ni mucho menos por qué, ambos comenzaron a mover sus labios, acariciándose mutuamente. La humedad de sus alientos, calentaban sus frías mejillas, mientras que pequeños mordiscos comenzaron a aparecer, dando inicio a aquel mágico juego de enamorados...
Continuará...
s-s-s
¡Hola chicas! ¿cómo están?
Gracias Elena, Trastuspies, Pauli, Anahis, Mily, Claudia Aleman, RVM85 por los comentarios. Perdón por no contestarles como siempre, pero lo que pasa es que ya estoy viajando para mis vacaciones XD
Y también gracias a los que me leen en silencio.
Espero que este capítulo también haya sido de su agrado, y perdón si se me escapa algún error :)
El próximo, recién va a estar para despues de año nuevo ;)
Les mando un fuerte abrazo, y FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!
Nos vemos en el próximo capítulo, y por este mismo canal! ;)
Abrazooooooooooote! :)
