Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling
-Guest: Evidentemente que Harry iba a escuchar. Si sus amigos no vienen, es normal que vaya a buscarlos y que, de casualidad, escuché la conversación que estaban teniendo. Además es una buena manera para que Harry vea los miedos y preocupaciones de Ron sin pensar que su mejor amigo simplemente lo ha abandonado.
-Guest 2: Para que luego digan que Adivinación no sirve para nada, XD
-x29: Intento que los personajes se acerquen a los del canon hecho por Rowling, pero dándoles mi toque. Y sí, el hecho de estar leyendo la historia de los libros, les han hecho crecer de una manera un poco distinta a la de los libros. Hermione con guantes de boxeo... sería muy interesante de ver, pero no los tendrá. Al fin y al cabo, en esa sala se encuentra el arma más poderosa del mundo.
-Victoria13: Desde que empecé a publicar esta parte, habían personas que me preguntaban como actuaría Ron al saber que el nombre de Harry había salido en el cáliz, así que este capítulo ha servido para disipar esas dudas. Además, siempre he pensado que en los libros Ron sabía desde el principio que Harry no había puesto el nombre en el cáliz, pero que los celos que había ido acumulando a lo largo de los años finalmente estallaron y acusó a Harry de haber hecho trampas. Después, aunque quería disculparse, su orgullo y testarudez no le dejaron hacerlo hasta la primera prueba, dónde, después de ver a su mejor amigo enfrentarse a un dragón, decidió dejar esos sentimientos atrás y disculparse con Harry.
Después de que Harry, Ron y Hermione se reuniesen con el resto en la mesa y terminasen de cenar, se dirigieron de nuevo a sus lugares y Will tomó el libro para seguir con la lectura.
Pero antes de que pudiese empezar a leer, Lily lo interrumpió.
—Harry, ¿estás bien? —preguntó con una nota de preocupación en su voz.
Harry, recordando su reacción al descubrir que su nombre había salido en el Cáliz de Fuego, se sonrojo. Entendía que la gente estaba preocupada por él.
—Sí —asintió—. Es solamente que no me esperaba eso, ya que yo no he metido, ni meteré, mi nombre en el cáliz. —Lo último lo dijo en un tono de voz fuerte, como si tratase de convencer a alguien que él no haría eso. Pero no sabía si era a los demás o ha si mismo.
—Tranquilízate, Potter. Todos en esta sala hemos leído lo bastante sobre ti para saber que no harías ese tipo de cosas —dijo la mayor de los Greengrass—. Aunque bueno, eso es solamente aquí. No puedo asegurar que en el libro sea igual. No, lo más seguro es que en el libro la mayoría crea que has hecho trampas para entrar.
Harry suspiró y asintió. No esperaba menos.
—Bueno —dijo en ese momento Will—, si os parece bien, voy empezando a leer ¿entendido? Los cuatro campeones.
Harry permaneció sentado, consciente de que todos cuantos estaban en el Gran Comedor lo miraban.
—Tu nombre acaba de salir en un objeto del cuál, por teoría, no debería haber salido... no entiendo porque todos te miran —dijo Tonks.
Se sentía aturdido, atontado. Debía de estar soñando. O no había oído bien.
—Lo repetí como tres veces, así que si has oído bien —dijo Emily.
Nadie aplaudía.
—La sorpresa es grande —dijo Regulus.
—Yo lo estoy y ni siquiera estoy allí —dijo Holly.
Un zumbido como de abejas enfurecidas comenzaba a llenar el salón. Algunos alumnos se levantaban para ver mejor a Harry, que seguía inmóvil, sentado en su sitio.
En la mesa de los profesores, la profesora McGonagall se levantó y se acercó a Dumbledore, con el que cuchicheó impetuosamente. El profesor Dumbledore inclinaba hacia ella la cabeza, frunciendo un poco el entrecejo.
—Con un poco de suerte no le llamarán o pensarán que ha sido un error —susurró Lily, levemente esperanzada—. Incluso es posible que Dumbledore se haya equivocado al leer el pergamino.
—Mi querida Lily, aunque reconozco que mi vista ya no es tan buena como en el pasado, estoy bastante seguro de que he leído el nombre de Harry correctamente —dijo Dumbledore—. Y me temo que las dos primera posibilidades no podrán llevarse acabo.
Lily miró al director, inexpresivamente.
—¿Usted ha hecho un curso para joderle las esperanzas a la gente o qué? —preguntó.
A pesar de la tensión que había por lo que ocurría en el libro, varios soltaron una carcajada ante la pregunta de Lily, Dumbledore incluido.
Harry se volvió hacia Ron y Hermione. Más allá de ellos, vio que todos los demás ocupantes de la larga mesa de Gryffindor lo miraban con la boca abierta.
—Yo no puse mi nombre —dijo Harry, totalmente confuso—. Vosotros lo sabéis.
—Lo sabemos —dijeron sus dos amigos rápidamente.
Uno y otro le devolvieron la misma mirada de aturdimiento.
En la mesa de los profesores, Dumbledore se irguió e hizo un gesto afirmativo a la profesora McGonagall.
—¡Harry Potter! —llamó—. ¡Harry! ¡Levántate y ven aquí, por favor!
—Vamos —le susurró Hermione, dándole a Harry un leve empujón.
—Gracias por mandarme a mi muerte, amiga querida —dijo Harry sarcásticamente.
—A mí no me eches la culpa, que el que no se movía eres tú —se defendió Hermione—. Además, ni si quiera sabes si vas a participar o no. Con un poco de suerte te sacarán del torneo por solamente tener catorce años.
—Hermione, ya hemos hablado de eso —dijo Harry.
—Lo sé, lo sé. Solo ten un poco de confianza en los profesores y miembros de ministerio, ¿vale?
—Cómo digas —suspiró Harry.
Harry se puso en pie, se pisó el dobladillo de la túnica y se tambaleó un poco.
—Genial, ahora no solamente me verán como el idiota de catorce años que ha entrado ilegalmente en un torneo, sino que además me verán como el idiota de catorce años que ha entrado ilegalmente en un torneo y que se tropieza con su propia túnica —dijo Harry.
Avanzó por el hueco que había entre las mesas de Gryffindor y Hufflepuff. Le pareció un camino larguísimo. La mesa de los profesores no parecía hallarse más cerca aunque él caminara hacia ella, y notaba la mirada de cientos y cientos de ojos, como si cada uno de ellos fuera un reflector. El zumbido se hacía cada vez más fuerte. Después de lo que le pareció una hora, se halló delante de Dumbledore y notó las miradas de todos los profesores.
—Bueno... cruza la puerta, Harry —dijo Dumbledore, sin sonreír.
Cómo para sonreír en esa situación pensó Dumbledore.
Harry pasó por la mesa de profesores. Hagrid, sentado justo en un extremo, no le guiñó un ojo, ni levantó la mano, ni hizo ninguna de sus habituales señas de saludo. Parecía completamente aturdido y, al pasar Harry, lo miró como hacían todos los demás.
Harry se estremeció. Que hasta Hagrid lo mirase así...
Harry salió del Gran Comedor y se encontró en una sala más pequeña, decorada con retratos de brujos y brujas.
Delante de él, en la chimenea, crepitaba un fuego acogedor. Cuando entró, las caras de los retratados se volvieron hacia él. Vio que una bruja con el rostro lleno de arrugas salía precipitadamente de los límites de su marco y se iba al cuadro vecino, que era el retrato de un mago con bigotes de foca. La bruja del rostro arrugado empezó a susurrarle algo al oído.
—Oh, creo que esa es amiga de la Señora Gorda. Se llamaba Violeta, Victoria o algo así —dijo Charlie.
Viktor Krum, Cedric Diggory y Fleur Delacour estaban junto a la chimenea. Con sus siluetas recortadas contra las llamas, tenían un aspecto curiosamente imponente. Krum, cabizbajo y siniestro, se apoyaba en la repisa de la chimenea, ligeramente separado de los otros dos. Cedric, de pie con las manos a la espalda, observaba el fuego. Fleur Delacour lo miró cuando entró y volvió a echarse para atrás su largo pelo plateado.
—¿Qué pasa? —preguntó, creyendo que había entrado para transmitirles algún mensaje—. ¿«Quieguen» que volvamos al «comedog»?
—Eso sería lo más lógico para pensar —reconoció Sally.
Harry no sabía cómo explicar lo que acababa de suceder.
—Aunque lo expliques, resultaría muy difícil de creer —dijo Cedric.
Se quedó allí quieto, mirando a los tres campeones, sorprendido de lo altos que parecían.
—Cualquiera comparado contigo es más alto —dijo Ron. Harry le mandó una mirada fulminante.
Oyó detrás un ruido de pasos apresurados. Era Ludo, que entraba en la sala. Cogió del brazo a Harry y lo llevó hacia delante.
—¡Extraordinario!
—Yo no diría eso exactamente —dijo Molly con el ceño fruncido.
—Ludo es así. —El señor Weasley se encogió de hombros—. No me extrañaría que encontrase toda esa situación divertida y emocionante.
—¡Pues no debería! —espetó su esposa.
—susurró, apretándole el brazo—. ¡Absolutamente extraordinario! Caballeros...
—¿Disculpe? —dijo Fleur.
señorita
—Mejor.
—añadió, acercándose al fuego y dirigiéndose a los otros tres—. ¿Puedo presentarles, por increíble que parezca, al cuarto campeón del Torneo de los tres magos?
Viktor Krum se enderezó. Su hosca cara se ensombreció al examinar a Harry. Cedric parecía desconcertado: pasó la vista de Bagman a Harry y de Harry a Bagman como si estuviera convencido de que había oído mal.
—Una parte de mí sigue confiado en que ha escuchado mal —murmuró Cedric para él.
Fleur Delacour, sin embargo, se sacudió el pelo y dijo con una sonrisa:
—¡Oh, un chiste muy «divegtido», «señog» Bagman!
—La reacción normal que tendría cualquiera —reconoció Daphne.
—¿Un chiste? —repitió Bagman, desconcertado—. ¡No, no, en absoluto! ¡El nombre de Harry acaba de salir del cáliz de fuego!
Krum contrajo levemente sus espesas cejas negras. Cedric seguía teniendo el mismo aspecto de cortés desconcierto. Fleur frunció el entrecejo.
—«Pego» es evidente que ha habido un «egog» —le dijo a Bagman con desdén—. Él no puede «competig». Es demasiado joven.
—Bueno... esto ha sido muy extraño —reconoció Bagman, frotándose la barbilla impecablemente afeitada y mirando sonriente a Harry—. Pero, como sabéis, la restricción es una novedad de este año, impuesta sólo como medida extra de seguridad. Y como su nombre ha salido del cáliz de fuego... Quiero decir que no creo que ahora haya ninguna posibilidad de hacer algo para impedirlo.
Harry soltó un suspiro, derrotado. Ya sabía que tendría que participar sí o sí. Igualmente eso no le hacía sentirse mejor.
Son las reglas, Harry, y no tienes más remedio que concursar. Tendrás que hacerlo lo mejor que puedas...
Detrás de ellos, la puerta volvió a abrirse para dar paso a un grupo numeroso de gente: el profesor Dumbledore, seguido de cerca por el señor Crouch, el profesor Karkarov, Madame Maxime, la profesora McGonagall y el profesor Snape.
—¿Qué narices hace Que...
—James.
—... Snape allí? —preguntó James—. Puedo entender que Dumbledore, Karkarov y Maxime estén allí, son los directores. Crouch es uno de los organizadores del torneo, así que es normal que también este allí. Y McGonagall es la subdirectora y, aparte, la jefa de Gryffindor... El único que no tiene motivos para estar allí es Snape.
—Bueno, él es el jefe de Slytherin... —dijo Remus, intentando buscar una respuesta lógica a las acciones de Snape.
—¿Y? Cornamenta tiene razón, Lunático. Quejicus no pinta nada allí —replicó Sirius.
—¡Sirius!
Sirius ignoró la protesta de Sally y continuó hablando:
—Sí es porque es el jefe de una de las casas, ¿entonces por qué no están ni Flitwick ni Sprout? Sobre todo Sprout, teniendo en cuenta de que uno de los miembros de su casa está allí como participante. No Remus, ese tipo solamente esta allí para intentar joder a Harry de alguna manera. Ya lo verás.
Antes de que la profesora McGonagall cerrara la puerta, Harry oyó el rumor de los cientos de estudiantes que estaban al otro lado del muro.
—¡Madame Maxime! —dijo Fleur de inmediato, caminando con decisión hacia la directora de su academia—. ¡Dicen que este niño también va a «competig»!
En medio de su aturdimiento e incredulidad, Harry sintió una punzada de ira: «¿Niño?»
—No creo que ese sea el momento ni el lugar para irritarte, simplemente porque te llaman niño —dijo Ginny.
Madame Maxime se había erguido completamente hasta alcanzar toda su considerable altura. La parte superior de la cabeza rozó en la araña llena de velas, y el pecho gigantesco, cubierto de satén negro, pareció inflarse.
—¿Qué significa todo esto, «Dumbledog»? —preguntó imperiosamente.
—Mucho me temo que no sé de que va todo este asunto —dijo Dumbledore con tranquilidad.
—Es lo mismo que quisiera saber yo, Dumbledore —dijo el profesor Karkarov. Mostraba una tensa sonrisa, y sus azules ojos parecían pedazos de hielo—. ¿Dos campeones de Hogwarts? No recuerdo que nadie me explicara que el colegio anfitrión tuviera derecho a dos campeones. ¿O es que no he leído las normas con el suficiente cuidado?
Soltó una risa breve y desagradable.
—C'est impossible! —exclamó Madame Maxime, apoyando su enorme mano llena de soberbias cuentas de ópalo sobre el hombro de Fleur—. «Hogwag» no puede «teneg» dos campeones. Es absolutamente injusto.
—Creíamos que tu raya de edad rechazaría a los aspirantes más jóvenes, Dumbledore —añadió Karkarov, sin perder su sonrisa, aunque tenía los ojos más fríos que nunca—. De no ser así, habríamos traído una más amplia selección de candidatos de nuestros colegios.
—No es culpa de nadie más que de Potter, Karkarov
—Diez galeones a que es Snape —susurró Fred a George.
—Diez galeones a que es Severus —replicó George.
Ambos se dieron la mano.
—intervino Snape con voz melosa.
—¡Gané! —exclamaron los gemelos Weasley, sorprendiendo al resto.
—¿Qué?
—¡Te dije que había sido Snape/Severus! —exclamaron ambos, ignorando al resto—. ¡Me debes diez galeones!
Percy suspiró.
—Vamos a ver. Primero, ambos habéis apostado por la misma persona. Segundo, no tenéis diez galeones.
Fred y George se miraron.
—¿Me prestas diez galeones, Percy? —preguntó Fred.
—Déjame diez galeones, por favor —pidió George.
—¡Ni hablar! —exclamó Percy.
—¡Aguafiestas!
—Señores Weasley, ¿podemos seguir con la lectura? —pidió McGonagall con seriedad.
—Lo lamento, profesora —se disculpó Percy.
—Todo por no darme los diez galeones, Percy.
—Es culpa tuya, hermano.
—¡Seréis...!
La malicia daba un brillo especial a sus negros ojos—. No hay que culpar a Dumbledore del empeño de Potter en quebrantar las normas. Desde que llegó aquí no ha hecho otra cosa que traspasar límites...
—¡Por supuesto! ¡Para lo único que esta allí es para meter mierda! —exclamó James.
—Gracias, Severus —dijo con firmeza Dumbledore, y Snape se calló, aunque sus ojos siguieron lanzando destellos malévolos entre la cortina de grasiento pelo negro.
El profesor Dumbledore miró a Harry, y éste le devolvió la mirada, intentando descifrar la expresión de los ojos tras las gafas de media luna.
—¿Echaste tu nombre en el cáliz de fuego, Harry? —le preguntó Dumbledore con tono calmado.
—Suerte que es Dumbledore y suele estar tranquilo —dijo Sally.
—¿Os imagináis que Dumbledore hubiese empezado a gritar a Harry y a zarandearlo de lado a lado? —preguntó Sirius, causando algunas risas. Desde luego Dumbledore sería incapaz de eso.
—No —contestó Harry, muy consciente de que todos lo observaban con gran atención. Semioculto en la sombra, Snape profirió una suave exclamación de incredulidad.
—Nadie ha pedido tu opinión, Severus —susurró Lily.
—¿Le pediste a algún alumno mayor que echara tu nombre en el cáliz de fuego? —inquirió el director, sin hacer caso a Snape.
—No —respondió Harry con vehemencia.
—¡Ah, «pog» supuesto está mintiendo! —gritó Madame Maxime.
—¡Si ni siquiera me conoce! ¡¿Qué sabrá ella?! —exclamó Harry ligeramente irritado.
—Bueno, es normal que piense de esa forma, ¿no? —replicó Fleur en defensa de su directora.
Snape agitaba la cabeza de un lado a otro, con un rictus en los labios.
—Él no pudo cruzar la raya de edad —dijo severamente la profesora McGonagall—. Supongo que todos estamos de acuerdo en ese punto...
—«Dumbledog» pudo «habeg» cometido algún «egog» —replicó Madame Maxime, encogiéndose de hombros.
—Es posible —reconoció Dumbledore.
—Por supuesto que no has cometido ningún error, Dumbledore —replicó McGonagall con enfado—. Solamente quieren desprestigiarte y lo sabes.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Fleur, defendiendo a Madame Maxime.
Viktor no dijo nada, consciente de que su director iba a buscar cualquier excusa para hacer quedar mal a Albus Dumbledore.
—Por supuesto, eso es posible —admitió Dumbledore por cortesía.
—¡Sabes perfectamente que no has cometido error alguno, Dumbledore! —repuso airada la profesora McGonagall—. ¡Por Dios, qué absurdo! ¡Harry no pudo traspasar por sí mismo la raya! Y, puesto que el profesor Dumbledore está seguro de que Harry no convenció a ningún alumno mayor para que lo hiciera por él, mi parecer es que eso debería bastarnos a los demás.
Sirius silbó.
—Te ha llamado dos veces Harry, cachorro. Se nota que le preocupas mucho.
—Evidentemente que sí. Es estudiante de mi casa —dijo Minerva.
Y le dirigió al profesor Snape una mirada encolerizada.
—Señor Crouch... señor Bagman —dijo Karkarov, de nuevo con voz afectada—, ustedes son nuestros jueces imparciales. Supongo que estarán de acuerdo en que esto es completamente irregular.
Bagman se pasó un pañuelo por la cara, redonda e infantil, y miró al señor Crouch, que estaba fuera del círculo iluminado por el fuego de la chimenea y tenía el rostro medio oculto en la sombra. Su aspecto era vagamente misterioso, y la semioscuridad lo hacia parecer mucho más viejo, dándole una apariencia casi de calavera. Pero, al hablar, su voz fue tan cortante como siempre:
—Hay que seguir las reglas, y las reglas establecen claramente que aquellas personas cuyos nombres salgan del cáliz de fuego estarán obligadas a competir en el Torneo.
—Bien, Barty conoce el reglamento de cabo a rabo —dijo Bagman, sonriendo y volviéndose hacia Karkarov y Madame Maxime, como si el asunto estuviera cerrado.
—Dudo que se resuelva tan rápido —dijo Bill.
—Insisto en que se vuelva a proponer a consideración el nombre del resto de mis alumnos —dijo Karkarov. La sonrisa y el tono afectado habían desaparecido. De hecho, la expresión de su rostro no era nada agradable—. Vuelve a sacar el cáliz de fuego, y continuaremos añadiendo nombres hasta que cada colegio cuente con dos campeones.
—El cáliz ni siquiera funciona así —señaló Remus.
No pido más que lo justo, Dumbledore.
—Pero, Karkarov, no es así como funciona el cáliz de fuego —objetó Bagman—. El cáliz acaba de apagarse y no volverá a arder hasta el comienzo del próximo Torneo.
—Ahora que Bagman lo menciona... ¿cómo se enciende la llama del Cáliz de Fuego? —preguntó Hermione.
—Hacen falta que tres personas se reúnan y realicen un hechizo al mismo tiempo para encenderlo —explicó Dumbledore.
—¡En el que, desde luego, Durmstrang no participará! —estalló Karkarov—. ¡Después de todos nuestros encuentros, negociaciones y compromisos, no esperaba que ocurriera algo de esta naturaleza! ¡Estoy tentado de irme ahora mismo!
—Aunque ya no puede hacerlo —dijo Bill—. Una vez que el cáliz escogió a Krum, ya no puede hacer nada de nada para rechazarlo.
—Ésa es una falsa amenaza, Karkarov —gruñó una voz, junto a la puerta—. Ahora no puedes retirar a tu campeón. Está obligado a competir. Como dijo Dumbledore, ha firmado un contrato mágico vinculante. Te conviene, ¿eh?
—¿Qué le conviene? —preguntó Astoria, confusa.
Moody acababa de entrar en la sala. Se acercó al fuego cojeando, y, a cada paso que daba, retumbaba la pata de palo.
—¿Que si me conviene? —repitió Karkarov—. Me temo que no te comprendo, Moody.
A Harry le pareció que Karkarov intentaba adoptar un tono de desdén, como si ni siquiera mereciera la pena escuchar lo que Moody decía, pero las manos traicionaban sus sentimientos. Estaban apretadas en sendos puños.
—¿No me entiendes? —dijo Moody en voz baja—. Pues es muy sencillo, Karkarov. Tan sencillo como que alguien eche el nombre de Potter en ese cáliz sabiendo que si sale se verá forzado a participar.
—¡Evidentemente, alguien tenía mucho empeño en que «Hogwag tuviega» el doble de «opogtunidades»! —declaró Madame Maxime.
—Eso ni siquiera tiene sentido —dijo Tonks—. Si hubiesen querido que Hogwarts tuviese el doble de oportunidades, habrían hecho que el segundo campeón fuese alguien de séptimo, no un crío de catorce años que apenas va por su cuarto curso de educación mágica.
Harry, aunque molesto por el comentario de "crío", tenía que reconocer que Tonks llevaba la razón.
—Estoy completamente de acuerdo, Madame Máxime —asintió Karkarov, haciendo ante ella una leve reverencia—. Voy a presentar mi queja ante el Ministerio de Magia y la Confederación Internacional de Magos...
—Si alguien tiene motivos para quejarse es Potter —gruñó Moody—, y, sin embargo, es curioso... No le oigo decir ni medio...
—Pues bien que antes ha soltado una bonita ristra de insultos —señaló Regulus.
—¿Y «pog» qué «tendgía» que «quejagse»? —estalló Fleur Delacour,
—¿Quizás por qué me están obligando a participar en un torneo mortal contra mi voluntad? —preguntó Harry sarcásticamente.
dando una patada en el suelo—. Va a «podeg pagticipag», ¿no? ¡Todos hemos soñado «dugante» semanas y semanas con «seg» elegidos! Mil galeones en metálico... ¡es una «opogtunidad pog» la que muchos «moguiguían»!
—Bueno, a ver, no sé de que va el asunto y ni siquiera lo conozco. Digo que es normal que me queje, ¿no? —dijo Fleur, un poco cohibida por las miradas que andaba recibiendo.
—Tal vez alguien espera que Potter muera por ella —replicó Moody, con un levísimo matiz de exasperación en la voz.
La sala se quedó en silencio.
—Eso... eso es un poco exagerado, ¿no? —dijo Emily al final. Aunque, por su tono, parecía estar bastante convencida por la suposición de Moody. Suponía que tenía algo que ver con el hecho de que Harry halla estado a punto de morir en varias ocasiones en el pasado.
A estas palabras les siguió un silencio extremadamente tenso.
Ludo Bagman, que parecía muy nervioso, se alzaba sobre las puntas de los pies y volvía apoyarse sobre las plantas.
—Pero hombre, Moody... ¡vaya cosas dices! —protestó.
—Como todo el mundo sabe, el profesor Moody da la mañana por perdida si no ha descubierto antes de la comida media docena de intentos de asesinato —dijo en voz alta Karkarov
—. Por lo que parece, ahora les está enseñando a sus alumnos a hacer lo mismo. Una rara cualidad en un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Dumbledore, pero no dudo que tenías tus motivos para contratarlo.
—¡ALERTA PERMANENTE! Es lo único que diré —dijo Moody.
—Y gritara —gruñó Will para él.
—Conque imagino cosas, ¿eh? —gruñó Moody—. Con que veo cosas, ¿eh? Fue una bruja o un mago competente el que echó el nombre del muchacho en el cáliz.
—Dicho así parece que este insinuando que no soy competente —suspiró Harry.
—Al menos le esta buscando una explicación lógica al hecho de que tu nombre haya salido en el cáliz —le consoló Ginny.
—¡Ah!, ¿qué prueba hay de eso? —preguntó Madame Maxime, alzando sus enormes manos.
—¡Que consiguió engañar a un objeto mágico extraordinario! —replicó Moody—. Para hacerle olvidar al cáliz de fuego que sólo compiten tres colegios tuvo que usarse un encantamiento confundidor excepcionalmente fuerte...
—Cosa que un estudiante de cuarto curso no podría realizar —asintió Dumbledore.
—Hasta la señorita Granger, siendo la estudiante más talentosa de cuarto curso, le sería imposible —añadió McGonagall.
Hermione se sonrojo.
—Profesora, yo no...
—¿Para que intentas negarlo? Todos en esta habitación ya sabemos que eres la mejor estudiante de nuestro curso —dijo Ron.
Por que creo estar en lo cierto al suponer que propuso el nombre de Potter como representante de un cuarto colegio, para asegurarse de que era el único en su grupo...
—Parece que has pensado mucho en ello, Moody —apuntó Karkarov con frialdad—, y la verdades que te ha quedado una teoría muy ingeniosa... aunque he oído que recientemente se te metió en la cabeza que uno de tus regalos de cumpleaños contenía un huevo de basilisco astutamente disimulado, y lo hiciste trizas antes de darte cuenta de que era un reloj de mesa.
—Las cosas serían de otra manera si se envolviese más claramente los regalos —gruñó Moody—. O mejor que no se envolviesen directamente...
—Hombre, digo yo que eso estropearía el significado de un regalo, ¿no? —susurró Eli a sus amigos.
Así que nos disculparás si no te tomamos demasiado en serio...
—Hay gente que puede aprovecharse de las situaciones más inocentes —contestó Moody con voz amenazante—. Mi trabajo consiste en pensar cómo obran los magos tenebrosos, Karkarov, como deberías recordar.
—¡Alastor! —dijo Dumbledore en tono de advertencia.
Por un momento, Harry se preguntó a quién se estaba dirigiendo, pero luego comprendió que Ojoloco no podía ser el verdadero nombre de Moody.
—¿De verdad te pensabas que el nombre de Moody era Ojoloco? —preguntó Alan, divertido.
Harry se encogió de hombros.
Éste se calló, aunque siguió mirando con satisfacción a Karkarov, que tenía el rostro encendido de cólera.
—No sabemos cómo se ha originado esta situación —continuó Dumbledore dirigiéndose a todos los reunidos en la sala—. Pero me parece que no nos queda más remedio que aceptar las cosas tal como están. Tanto Cedric como Harry han sido seleccionados para competir en el Torneo. Y eso es lo que tendrán que hacer.
—Ah, «pego, Dumbledog»...
—¿Para que seguir insistiendo? Ya ha quedado claro que no se puede hacer nada.
—Mi querida Madame Maxime, si se le ha ocurrido a usted una alternativa, estaré encantado de escucharla.
Dumbledore aguardó, pero Madame Maxime no dijo nada; se limitó a mirarlo duramente. Y no era la única: Snape parecía furioso, Karkarov estaba lívido. Bagman, en cambio, parecía bastante entusiasmado.
—Al menos hay alguien que disfruta todo eso —murmuró Harry.
—Bueno, ¿nos ponemos a ello, entonces? —dijo frotándose las manos y sonriendo a todo el mundo—. Tenemos que darles las instrucciones a nuestros campeones, ¿no? Barty, ¿quieres hacer el honor?
El señor Crouch pareció salir de un profundo ensueño.
—Sí —respondió—, las instrucciones. Sí... la primera prueba...
Fue hacia la zona iluminada por el fuego. De cerca, a Harry le pareció que se encontraba enfermo. Se lo veía ojeroso, y la piel, arrugada y reseca, mostraba un aspecto que no era el que tenía durante los Mundiales de quidditch.
Percy parecía preocupado por la condición de su jefe. Aunque suponía que tenía algo que ver con el estrés de organizar el Torneo de los tres magos.
—La primera prueba está pensada para medir vuestro coraje —les explicó a Harry, Cedric, Fleur y Krum—, así que no os vamos a decir en qué consiste. El coraje para afrontar lo desconocido es una cualidad muy importante en un mago, muy importante... La primera prueba se llevará a cabo el veinticuatro de noviembre, ante los demás estudiantes y el tribunal. A los campeones no les está permitido solicitar ni aceptar ayuda de ningún tipo por parte de sus profesores para llevar a cabo las pruebas del Torneo.
—Es decir, que mientras la ayuda no provenga de ningún profesor, no hay problema —murmuró Reg. Eso podría ayudar en algo al joven Potter, sobre todo teniendo en cuenta de quién era amigo.
Harán frente al primero de los retos armados sólo con su varita. Cuando la primera prueba haya dado fin, recibirán información sobre la segunda. Debido a que el Torneo exige una gran dedicación a los campeones, éstos quedarán exentos de los exámenes de fin de año.
—Mira, lo único bueno que le veo al puñetero torneo —murmuró Harry, recibiendo un codazo de parte de Ginny.
El señor Crouch se volvió hacia Dumbledore.
—Eso es todo, ¿no, Albus?
—Creo que sí —respondió Dumbledore, que observaba al señor Crouch con algo de preocupación—. ¿Estás seguro de que no quieres pasar la noche en Hogwarts, Barty?
—Leyendo como se ve físicamente, creo que sería lo mejor —murmuró Dumbledore, pensativamente—. Quizás debería hablar con Poppy, para que este atenta a Barty mientras este en la escuela...
—No, Dumbledore, tengo que volver al Ministerio—contestó el señor Crouch—. Es un momento muy difícil, tenemos mucho trabajo. He dejado a cargo al joven Weatherby...
Los hermanos Weasley, menos Percy, sofocaron una risa ante el nombre del tercer hermano Weasley.
Es muy entusiasta; a decir verdad, quizá sea demasiado entusiasta...
—Quizás deberías tomarte las cosas con más calma, hijo —dijo Arthur.
—No puedo, papá —replicó Percy—. El señor Crouch necesitará toda la ayuda posible. Sobre todo viendo como estará en el futuro.
—Al menos tomarás algo de beber antes de irte... —insistió Dumbledore.
—Vamos, Barty. ¡Yo me voy a quedar! —dijo Bagman muy animado—. Ahora es en Hogwarts donde ocurren las cosas, ya lo sabes. ¡Es mucho más emocionante que la oficina!
—Es agradable ver como uno se lo pasa bien —murmuró Harry.
—Ya colega. Ya lo has dicho antes —dijo Ron.
—Creo que no, Ludo —contestó Crouch, con algo de su sempiterna impaciencia.
—Profesor Karkarov, Madame Maxime, ¿una bebida antes de que nos retiremos a descansar? —ofreció Dumbledore.
—Dudo que acepten después de lo que ha ocurrido —dijo Lily.
Pero Madame Maxime ya le había pasado a Fleur un brazo por los hombros y la sacaba rápidamente de la sala. Harry las oyó hablar muy rápido en francés al salir al Gran Comedor.
—Supongo que estaremos hablando acerca de lo que ha pasado —dijo Fleur, encogiéndose de hombros.
Karkarov le hizo a Krum una seña, y ellos también salieron, aunque en silencio.
—Harry, Cedric, os recomiendo que subáis a los dormitorios —les dijo Dumbledore, sonriéndoles—. Estoy seguro de que las casas de Hufflepuff y Gryffindor os aguardan para celebrarlo con vosotros, y no estaría bien privarlas de esta excelente excusa para armar jaleo.
—¡Fiesta! —gritaron los gemelos Weasley.
—Ahora que Percy no esta, podremos beber alcohol —añadió Fred.
—¡Fred! ¡George! ¡Ni se os ocurra! —chilló la señora Weasley con furia.
—Que era una broma, mamá —se defendió George—. Ron y Ginny estarán allí, así que no podemos darles mal ejemplo.
—¿Desde cuando os ha importado ser buen ejemplo de los dos enanos? —preguntó Bill, divertido.
—¡Eh! —exclamaron los dos enanos Weasley... perdón, los dos jóvenes Weasley.
—Desde que somos los mayores de Hogwarts —respondió Fred.
Harry miró a Cedric, que asintió con la cabeza, y salieron juntos.
El Gran Comedor se hallaba desierto. Las velas, casi consumidas ya, conferían a las dentadas sonrisas de las calabazas un aspecto misterioso y titilante.
—O sea —comentó Cedric con una sutil sonrisa— ¡que volvemos a jugar el uno contra el otro!
—Eso parece —dijo Harry—. Aunque preferiría que fuese en el terreno de quidditch, y no aquí.
—Bueno, yo todavía voy a sexto, así que aún me queda un año —repuso Cedric—. Ya nos enfrentaremos el curso siguiente.
—Sí —respondió Harry con una sonrisa desafiante—. Y, en esta ocasión, no pienso perder.
—Bueno, ya veremos —replicó Cedric con la misma sonrisa desafiante.
—Eso parece —repuso Harry. No se le ocurría nada que decir. En su cabeza reinaba una confusión total, como si le hubieran robado el cerebro.
—Bueno, cuéntame —le dijo Cedric cuando entraban en el vestíbulo, pálidamente iluminado por las antorchas—. ¿Cómo hiciste para dejar tu nombre?
—No lo hice —le contestó Harry levantando la mirada hacia él—. Yo no lo puse. He dicho la verdad.
—Ah... vale —respondió Cedric. Era evidente que no le creía
—Bueno, tampoco es que la situación haya quedado muy clara, ¿no? —se defendió Cedric—. Además de que apenas conozco a Harry, más allá del quidditch.
—Entonces, ¿ahora crees que Harry ha puesto su nombre en el cáliz? —preguntó Sirius.
—Hombre, ahora no —respondió Cedric—. He visto lo suficientemente de Harry en los libros como para saber que él no haría algo así.
—. Bueno... hasta mañana, pues.
En vez de continuar por la escalinata de mármol, Cedric se metió por una puerta que quedaba a su derecha.
—La sala común de Hufflepuff se encuentra en los sótanos —dijo Cedric.
—Mira, como la de Slytherin —comentó Ron.
—Más o menos. La de Slytherin se encuentra en las mazmorras y no en el sótano —respondió Hermione.
—Pero ambas se encuentras bajo tierra —dijo Luna—. Mientras que las de Gryffindor y las de Ravenclaw se hayan en torres.
Harry lo oyó bajar por la escalera de piedra y luego, despacio, comenzó él mismo a subir por la de mármol.
¿Iba a creerle alguien aparte de Ron y Hermione, o pensarían todos que él mismo se había apuntado para el Torneo?
Ron, recordando sus preocupaciones de antes, se removió algo incómodo en su sitio. Hermione, sintiendo eso, tomó la mano de Ron entre las suyas.
Pero ¿cómo podía creer eso nadie, cuando iba a enfrentarse a tres competidores que habían recibido tres años más de educación mágica que él, cuando tendría que enfrentarse a unas pruebas que no sólo serían muy peligrosas, sino que debían ser realizadas ante cientos de personas?
—¿Y? A eso la gente no le importa —dijo Charlie.
Sí, es verdad que había pensad o en ser campeón: había dejado volar la imaginación. Pero había sido una locura, realmente, una especie de sueño. En ningún momento había considerado seriamente la posibilidad de entrar...
—¡Es cierto! —exclamó Harry al ver que recibía varias miradas de incredulidad. Resopló molesto. ¿Tanto les costaba entender que a Harry le gustaba la tranquilidad?
Pero había alguien que sí lo había considerado, alguien que quería que participara en el Torneo, y se había asegurado de que entraba. ¿Por qué? ¿Para darle un gusto?
—Ni hablar —dijeron varios.
No sabía por qué, pero le parecía que no. ¿Para verlo hacer el ridículo?
—Mucho trabajo.
Bueno, seguramente quedaría complacido. ¿O lo había hecho para que muriera? ¿Moody había estado simplemente dando sus habituales muestras de paranoia? ¿No podía haber puesto alguien su nombre en el cáliz de fuego para hacerle una gracia, como parte de un juego? ¿De verdad había alguien que deseaba que muriera?
—Bueno, si Voldemort —dijo Harry—. Pero ¿cómo podría haberse colado él en el castillo y poner mi nombre en el cáliz? —preguntó.
—No necesariamente debería haber sido Voldemort, Harry —dijo James—. Podría ser alguien que trabajase por él.
—Eso es —asintió Sirius—. Por ejemplo: Karkarov. Fue un antiguo mortífago. ¿Quién dice que no podría seguir bajo las ordenes de Voldemort?
—O Snape —añadió James—. Seguramente que no debe de ser más que un espía que...
—¡James! —le advirtió Lily, mientras miraba el semblante sombrío de Jake.
—James, Sirius. Os aseguro que Severus cuenta con mi más absoluta confianza —dijo Dumbledore en ese momento—. En cuanto a Igor, dudo que este muy dispuesto a volver al lado de lord Voldemort, sobre todo teniendo en cuenta de que vendió a varios de los suyos para librarse de su deuda en Azkaban.
—Además, no necesariamente tiene que ser un adulto —dijo en ese momento Reg—. Un alumno de séptimo fácilmente podría haberlo hecho.
—¿Insinúas que alguien de séptimo podría ser un mortífago? —preguntó Emily a su tío.
—Yo diría más bien que estaría recibiendo ordenes de uno —respondió Reg—. Pero no sería tan raro que el Se... que él usase a estudiantes de Hogwarts para infiltrarse. La gente no suele dudar de ellos.
A Harry no le costó responderse esa última pregunta. Sí, había alguien que deseaba que muriera, había alguien que quería matarlo desde antes de que cumpliera un año: lord Voldemort. Pero ¿cómo podía Voldemort haber echado el nombre de Harry en el cáliz de fuego? Se suponía que es taba muy lejos, en algún país distante, solo, oculto, débil e impotente...
—Acabamos de hablar de ello hace treinta segundos o así —dijo Frank.
Pero, en aquel sueño que había tenido justo antes de despertarse con el dolor en la cicatriz, Voldemort no se hallaba solo: hablaba con Colagusano, tramaba con él el asesinato de Harry...
—Cierto —murmuró Lily con un hilo de voz. Ahora que lo mencionaba, le parecía bastante obvia la participación de Harry en el torneo. ¿Voldemort buscaba matar a su hijo haciéndolo pasar por un accidente o algo así?
Harry se llevó una sorpresa al encontrarse de pronto delante de la Señora Gorda, porque apenas se había percatado de adónde lo llevaban los pies. Fue también sorprendente ver que la Señora Gorda no estaba sola dentro de su marco: la bruja del rostro arrugado
—Ya dije que eran amigas —dijo Charlie.
—Pues hasta ahora no las había visto juntas —dijo Harry.
—Casualidad.
—Yo creo haberla visto un par de veces, rondando los cuadros del séptimo piso —recordó Neville.
—la que se había metido en el cuadro de su vecino cuando él había entrado en la sala donde aguardaban los campeones— se hallaba en aquel momento sentada, muy orgullosa, al lado de la Señora Gorda. Tenía que haber pasado a toda prisa de cuadro en cuadro a través de siete tramos de escalera para llegar allí antes que él.
—Bueno, no estoy segura, pero posiblemente un retrato se pueda mover más rápidamente entre cuadros, ¿no? —señaló Alice.
Tanto ella como la Señora Gorda lo miraban con el más vivo interés.
—Bien, bien —dijo la Señora Gorda—, Violeta acaba de contármelo todo. ¿A quién han escogido al final como campeón?
—«Tonterías» —repuso Harry desanimado.
—¡Cómo que son tonterías! —exclamó indignada la bruja del rostro arrugado.
—Sabía que la contraseña daría problemas al final —murmuró Hermione. También le parecía un poco raro que, estando casi en noviembre, la contraseña siguiese siendo la misma. Daba casi la sensación de que la habían dejado tanto tiempo para hacer ese chiste.
—No, no, Violeta, ésa es la contraseña —dijo en tono apaciguador la Señora Gorda, girando sobre sus goznes para dejarlo pasar a la sala común.
El jaleo que estalló ante Harry al abrirse el retrato casi lo hace retroceder.
—¿Te esperabas que no hubiese una fiesta o qué? —preguntó Bill, divertido.
—Claro que me esperaba una fiesta. Pero igualmente sorprende no estar escuchando nada y que de repente se oiga tal jaleo, que tienes dudas sobre si es una fiesta o ha empezado una batalla campal en la sala común.
Al segundo siguiente se vio arrastrado dentro de la sala común por doce pares de manos y rodeado por todos los integrantes de la casa de Gryffindor, que gritaban, aplaudían y silbaban.
—¡Tendrías que habernos dicho que ibas a participar! —gritó Fred. Parecía en parte enfadado y en parte impresionado.
—Me ha pillado de sorpresa —replicó Harry.
—¿Cómo te las arreglaste para que no te saliera barba? ¡Increíble! —gritó George.
—Aunque te hubiese salido barba, no habría sido tan impresionante como la nuestra —añadió George.
—No lo hice —respondió Harry—. No sé cómo...
Pero Angelina se abalanzaba en aquel momento hacia él.
—¡Ah, ya que no soy yo, me alegro de que por lo menos sea alguien de Gryffindor...!
—¡Ahora podrás tomarte la revancha contra Diggory por lo del último partido de quidditch, Harry! —le dijo chillando Katie Bell, otra de las cazadoras del equipo de Gryffindor.
—Tengo la impresión de que ven esto más como una revancha entre Gryffindor y Hufflepuff que como es en realidad —dijo Holly.
—Tenemos algo de comida, Harry. Ven a tomar algo...
—No tengo hambre. Ya comí bastante en el banquete.
Pero nadie quería escuchar que no tenía hambre, nadie quería escuchar que él no había puesto su nombre en el cáliz de fuego, nadie en absoluto se daba cuenta de que no estaba de humor para celebraciones...
Al menos los miembros de la casa Gryffindor que en ese momento estaban en Hogwarts, a excepción de Harry, parecían avergonzados por su comportamiento.
Lee Jordan había sacado de algún lado un estandarte de Gryffindor y se empeñó en ponérselo a Harry a modo de capa.
—Ah, que buenos recuerdos me trae eso —dijo James con cierta nostalgia. La de veces que le habían tratado de poner uno de esos cuando ganaban un partido de quidditch y era él el que marcaba más tantos.
Harry no pudo zafarse. Cada vez que intentaba escabullirse por la escalera hacia los dormitorios, sus compañeros cerraban filas obligándolo a tomar otra cerveza de mantequilla y llenándole las manos de patatas fritas y cacahuetes. Todos querían averiguar cómo lo había hecho, cómo había burlado la raya de edad de Dumbledore y logrado meter el nombre en el cáliz de fuego.
—No lo hice —repetía una y otra vez—. No sé cómo ha ocurrido.
Pero, para el caso que le hacían, lo mismo le hubiera dado no abrir la boca.
—Por lo menos no están resentidos contigo ni nada similar —dijo Emily.
—¡Estoy cansado! —gritó al fin, después de casi media hora —. No, George, en serio... Me voy a la cama.
Lo que quería por encima de todo era encontrar a Ron y Hermione para comentar las cosas con algo de sensatez, pero ninguno de ellos parecía hallarse en la sala común.
—Supongo que sabríamos que no estarías para celebraciones —dijo Hermione.
Insistiendo en que necesitaba dormir, y casi pasando por encima de los pequeños hermanos Creevey, que intentaron detenerlo al pie de la escalera, Harry consiguió desprenderse de todo el mundo y subir al dormitorio tan rápido como pudo.
Para su alivio, vio a Ron tendido en su cama, completamente vestido; no había nadie más en el dormitorio. Miró a Harry cuando éste cerró la puerta tras él.
—¿Dónde has estado? —le preguntó Harry.
—Ah, hola —contestó Ron.
—No me gusta como va esto...
—Tranquilízate, Ron, que solamente ha sido un saludo —susurró Hermione.
—Tú prepárate para darme la hostia, anda —le pidió.
—Hecho —respondió Hermione con un libro en las manos.
Ron tragó saliva.
—¿Eso es Historia de Hogwarts? —preguntó con un susurro. Efectivamente se trataba del mismo libro que Sirius tenía que leer por haber perdido una apuesta con Remus durante el transcurso del primer libro—. ¡Qué me vas a descalabrar con eso, animal!
—No seas quejica, Ronald.
Mientras...
—Esto, ¿por qué Hermione tiene un libro en las manos y Ron parece tan asustado? —preguntó Neville en voz baja.
—Déjales —respondió Ginny—. Debe de ser algún fetiche sexual raro entre ellos o algo así.
Le sonreía, pero era una sonrisa muy rara, muy tensa.
Ron le dirigió una mirada a Hermione que parecía decir "¿Lo ves?"
De pronto Harry se dio cuenta de que todavía llevaba el estandarte de Gryffindor que le había puesto Lee Jordan.
Ahora era Hermione quien miraba a Ron de esa forma.
Se apresuró a quitárselo, pero lo tenía muy bien atado. Ron permaneció quieto en la cama, observando los forcejeos de Harry para aflojar los nudos.
—Gracias por la ayuda —gruñó Harry.
Ron se sonrojo.
—Bueno —dijo, cuando por fin Harry se desprendió el estandarte y lo tiró a un rincón—, enhorabuena.
—¿Enhorabuena? —repitió Ginny. Vale, algo raro le pasaba a su hermano.
—¿Qué quieres decir con eso de «enhorabuena»? —preguntó Harry, mirando a Ron. Decididamente había algo raro en la manera en que sonreía su amigo. Era más bien una mueca.
—Bueno... eres el único que logró cruzar la raya de edad —repuso Ron—. Ni siquiera lo lograron Fred y George. ¿Qué usaste, la capa invisible?
—Espera, ¿de verdad crees que Harry puso su nombre en el Cáliz de fuego? —preguntó Ginny con incredulidad.
—¡Claro que no! —replicó Ron—. Pero bueno, imagino que mi yo del libro solamente quiere asegurarse. Es normal, ¿no? —lo último lo dijo como si no creyese en sus propias palabras.
—La capa invisible no me hubiera permitido cruzar la línea —respondió Harry.
—Ah, bien. Pensé que, si había sido con la capa, podrías habérmelo dicho... porque podría habernos tapado a los dos, ¿no? Pero encontraste otra manera, ¿verdad?
—Ron...
—Ya lo he dicho, mamá. Seguramente mi yo del libro no crea que Harry haya puesto el nombre en el cáliz. Se querrá asegurar por si las moscas...
—Escucha —dijo Harry—. Yo no eché mi nombre en el cáliz de fuego. Ha tenido que hacerlo alguien, no sé quién.
Ron alzó las cejas.
—¿Y por qué se supone que lo ha hecho?
Bueno, ahora Harry me dirá sus sospechas y todo quedará claro pensó Ron con algo de alivio.
—No lo sé —dijo Harry. Le pareció que sonaría demasiado melodramático contestar «para verme muerto».
—¡PERO DÍMELAS! —gritó Ron a Harry.
—¡Hala! ¡¿Pero qué demonios ha sido eso?! —exclamó Harry.
Ron levantó las cejas tanto que casi quedan ocultas bajo el flequillo.
—Vale, bien. A mí puedes decirme la verdad —repuso—. Si no quieres que lo sepa nadie más, estupendo, pero no entiendo por qué te molestas en mentirme a mí. No te vas a ver envuelto en ningún lío por decirme la verdad.
Ron empezaba a sentir como estaba recibiendo malas miradas por parte de bastante miembros de la sala. Hermione se apoyó ligeramente en él.
Esa amiga de la Señora Gorda, esa tal Violeta, nos ha contado a todos que Dumbledore te ha permitido entrar. Un premio de mil galeones, ¿eh? Y te vas a librar de los exámenes finales...
—¡No eché mi nombre en el cáliz! —exclamó Harry, comenzando a enfadarse.
—Vale, tío —contestó Ron, empleando exactamente el mismo tono escéptico de Cedric—. Pero esta mañana dijiste que lo habrías hecho de noche, para que nadie te viera... No soy tan tonto, ¿sabes?
—Pues nadie lo diría.
—Harry, eso no ha estado bien —le regañó Hermione—. Lo mismo va por ti Ronald.
—¿Sí? —Del rostro de Ron se borró todo asomo de sonrisa, ya fuera forzada o de otro tipo—. Supongo que querrás acostarte ya, Harry. Mañana tendrás que levantarte temprano para alguna sesión de fotos o algo así.
Tiró de las colgaduras del dosel de su cama para cerrarlas, dejando a Harry allí, de pie junto a la puerta, mirando las cortinas de terciopelo rojo que en aquel momento ocultaban a una de las pocas personas de las que nunca habría pensado que no le creería.
—Fin del capítulo. Vaya, ha estado intenso el final —comentó Will.
Se escuchó un fuerte golpe. Todos miraron de dónde había procedido, encontrándose a Ron tumbado en el suelo, inconsciente, y a Hermione con Historia de Hogwarts en sus manos.
—¿Qué? Él me dijo que le golpease si en el libro no creía a Harry —se defendió Hermione al sentir varias miradas de reproche.
—¿Pero hacía falta golearlo con Historia de Hogwarts? —preguntó Ginny con una mueca—. ¡Qué eso es un arma letal, Hermione!
—No seas exagerada, anda —replicó Hermione.
Mientras Harry se había arrodillado junto a su amigo, para ver si estaba bien (y sobre todo para ver si tenía pulso).
—Parece que esta fuera de peligro —informó.
—No seas exagerado —suspiró Hermione.
—Quién ha golpeado a Ron con el arma más letal del mundo has sido tu Hermione, no yo.
—¡Qué es un maldito libro!
—Bueno, como sea. —Harry miró al resto de la sala, que observaban la situación con una mezcla entre diversión y exasperación—. ¿Podríais... podríais no decirle nada a Ron acerca de lo que ha ocurrido en el libro?
—Pero, Harry... —trató de decir Molly. Pero Harry la cortó antes.
—Francamente, señora Weasley, pero este es un problema que solamente nos concierne a Ron y a mí —señaló Harry—. Además, estoy seguro que esta discusión ha sido más que nada por el calor del momento. Seguramente lo resolvamos al día siguiente o así.
—Bueno, si estás seguro de eso —dijo Lily, tras unos segundos.
—Lo estoy —aseguró Harry, antes de darle un vistazo a Ron—. Y bueno, ¿qué hacemos con él? ¿Esperamos a que despierte o...?
—Déjanos esto a nosotros, joven Potter —dijo Fred.
—Lo tenemos todo solucionado —añadió George con una sonrisa maliciosa.
Harry, al ver la sonrisa de los gemelos, solamente pudo pensar:
Ron, te llevaré siempre en mi corazón, mi buen amigo.
Hola gente.
Y este ha sido el capítulo vigésimo primero. Vaya, ya ha sido más de un año desde que empecé a publicar esta parte.
Bueno, imagino que varios esperabais ver como la gente acusaba a Ron por no creer a Harry, ¿verdad? Aunque me hubiese gustado ponerlo en el fic lamentablemente no me gustaba el resultado, así que al final lo he cambiado por eso. Hermione dejando inconsciente a Ron con el arma más letal del mundo y Harry pidiendo al resto que no digan nada a Ron, que ambos ya lo solucionarán por su cuenta.
Espero que os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki.
