Durante
cinco minutos enteros pensó en la posibilidad de hacer aquella
pregunta que tanto lo inquietaba. ¿Cómo había
llegado ella ahí¿Por qué? David la había
visto observando el lugar exacto en donde había estado aquel
ciervo plateado, en los bordes del bosque... pero¿era ese
motivo para que se internase en el Bosque Prohibido?
Pensó
que lo mejor era guardar silencio, así que continuó
caminando. Por los pasos que daban, a David le pareció que no
se dirigían en línea recta hacia el castillo, sino que
estaban caminando en forma de semicírculo, como si su
profesora temiera toparse con algo o alguien. Claro, Rodolphus aún
debía de estar en el bosque esperando a David.
Aprovechó
el retraso para elaborar una buena explicación que, sin duda,
le exigiría su directora. Al fin de cuentas, había
hecho algo bueno... al final.
Por fin salieron de aquel mar de oscuridad y se dirigieron a la gran puerta. Mirtha miraba nerviosamente hacia todos lados (incluso hacia atrás). Tenía su mano apretada fuertemente sobre el hombro derecho de David (ahora ella caminaba tras él), y eso le servía al chico para adivinar su estado emotivo. En cuanto se encontraron a pocos metros de la puerta la tensión se aflojó radicalmente, y supo que su profesora se había tranquilizado.
Entraron a un castillo totalmente
desierto. No había nadie en el Gran Vestíbulo. Mirtha
condujo a su alumno hasta la oficina del director. Los retratos que
adornaban las paredes de los pasillos, frías en la noche, los
miraban con atención; algunos fruncían el
entrecejo.
La profesora pronunció la clave secreta, no sin
antes tapar los oídos de su alumno, y la gárgola de la
entrada les permitió el paso. Posaron sus pies sobre el tercer
escalón que surgió desde el suelo, y la escalera de
caracol los dejó frente a la oficina de la directora en
cuestión de segundos.
La directora se abalanzó sobre
ellos en cuanto entraron, con sus ojos bien abiertos. Su respiración
era entrecortada, y las palabras que intentaba enhebrar se veían
interrumpidas por prolongadas inspiraciones y exhalaciones cada dos o
tres sílabas. Se dirigió a David.
― Tú...
loco... castigo... dormir... ¡ahora!
Los retratos de los ex
directores murmuraban lo suficientemente alto para que David los
oiga; palabras de reprobación y desconformidad llenaban la
habitación. Phineas Nigellus contaba con lujo de detalles, a
todo aquel que quisiera oírlo, cuáles serían los
métodos de tortura que hubiese utilizado él antes de
expulsar a David del colegio. Intimidado, el chico buscó el
retrato del hombre barbudo casi instintivamente.
El anciano lo
miraba por sobre los anteojos de medialuna, pero no parecía
disgustado. David llegó a pensar que la situación le
resultaba divertida. Dumbledore le guiñó un ojo, y
luego se sobresaltó como todos los presentes (retratos
incluidos) cuando el grito inundó la habitación.
―
¡AHORA!
La directora, con su centenar de años a
cuestas, no podría haber emitido un rugido más violento
y potente.
Acató la orden sin siquiera atreverse a dudar.
Bajó rápidamente la escalera de caracol, pasó
junto a la gárgola y se topó con Harry.
― ¿Donde está
Frederic?
Lo dijo casi inconscientemente. Recordó que
tenía la varita de su amigo en el bolsillo de la túnica,
y que a la vez le debía una buena disculpa.
― En la
enfermería... Una noche de buenos cuidados y quedará
como nuevo... al menos eso dijo la enfermera.
David se
tranquilizó, y escuchó a Harry, que pensaba en voz
alta.
― Si fuese Madame Pomfrey lo dejaría allí
hasta que cumpliese un par de siglos
―
¿Qué?
― ¿Ah? Nada, nada... Bueno, voy a
explicarle a McGonagall lo que pasó realmente, a ver si te
disminuyen un poco el castigo -Harry se rió entre dientes pero
a David no pareció hacerle ninguna gracia, por lo que agregó
al instante-. Ese tal Rupert está bien vigilado, así
que seguramente querrán interrogarlo más tarde. Tengo
entendido que enviaron una lechuza al Ministerio, y el ministro viene
en camino... Yo recién vengo de enviar un lechuza a mi
familia.
Se alejó lentamente y giró su cabeza.
―
¡Gracias!
Sus padres le habían enseñado muy
bien que la respuesta correcta a esa palabra era De nada,
pero hizo una excepción a la regla.
― ¿Por qué
me dejaste la capa?
― Eh... ¡Después te
explico!
Se alejó casi al trote y David vio como subía
por la escalera de caracol. Él, por su parte, decidió
que lo mejor era irse a dormir, a ver si conseguía olvidar
todo lo sucedido en las últimas cuarenta y ocho
horas.
Caminó, subió una escalera, luego otra;
esperó que la siguiente volviera a su posición original
y también la recorrió.
Por fin llegó al
retrato de la Dama Gorda, que se molestó por haber sido
despertada a esa hora de la madrugada.
― Espada de Godric.
―
Si vuelves a llegar a esta hora, la usaré para rebanarte la
cabeza.
El retrato se corrió y David pudo entrar en la
Sala Común; como esperaba, estaba desierta. Se sintió
tentado a tomar asiento en uno de los cómodos sillones, junto
al inextinguible fuego, pero comprendió que el día
siguiente sería bastante agitado.
Subió las
escaleras y entró al dormitorio de los chicos. Se desvistió
y se metió en las sábanas. Charlie dio un gran ronquido
y Frank se revolvió entre sueños. David sonrió,
giró sobre si mismo y se durmió, mientras un hilo de
baba caía sobre su almohada.
Una hora después
después, mientras David dormía apaciblemente (a pesar
de la sinfonía compuesta por su mejor amigo) había
mucha gente reunida en una pequeña sala del
castillo.
Efectivamente, el ministro había venido a ver
que sucedía. Saludó a Harry con alegría y guardó
silencio. En el corazón de la sala había una persona
atada mágicamente a una silla, pero aún así
forcejeaba. Rupert era consciente que estaba captando la mirada de
todos los presentes, y eso no le gustaba nada. Posiblemente porque
sabía lo que le esperaba: una linda, decorada y cómoda
celda en Azkaban.
― ¿No vas a decir nada?
McGonagall
intentaba mostrarse diplomática. Sabía que era la única
forma de tratar con alguien así.
― No.
― Colaborar
te ayudaría a reducir la pena. Estoy seguro que no vas a estar
muy a gusto en Azka...
― No es asunto suyo, vieja arpía.
El
comentario hirió claramente el orgullo de la profesora, quien
retrocedió con un fuerte bufido.
― Traigan el
Veritaserum.
El celador buscó la pequeña botella
que había en una mesa detrás de los presentes. La tomó
con ambas manos y, con precaución, la depositó en las
de la directora.
McGonagall dio un golpecito con la varita en la
tapa de la botella, que salió despedida. Se acercó a
Rupert e intentó hacer que tragara unas gotas. No le fue
fácil, pues él se defendía con toda la fuerza
que sus mandíbulas se lo permitían. Después de
una ardua lucha consiguió morder a la directora, que gritó
de dolor.
― ¡Petrificus Totalus!
El profesor Johanson
no tardó en reaccionar. La directora retiró el dedo
machucado, y vio que los labios de Rupert estaban lo suficientemente
separados como para hacerle tragar la poción.
Con cuidado
introdujo una cantidad considerable de Veritaserum, y luego le
quitaron el maleficio. Rupert intentó escupir el líquido
de la verdad, pero tenía demasiado en la boca, así que
lo tragó involuntariamente. Demostró un aspecto de
somnolencia durante unos segundos, antes de enderezarse y que sus
ojos tomaran una expresión de ausencia.
Así, la
directora comenzó el interrogatorio.
― ¿Nombre?
―
Rupert.
― Nombre y apellido...
― Rupert McFly.
Algunos
de los presentes se revolvieron y susurraron. Conocían poco a
Mirtha... Ella no les había mencionado ningún hermano,
pero el apellido daba qué pensar.
― ¿Es usted
responsable del secuestro de Harry Potter?
― Sí.
―
¿Puedo...?
Harry también estaba en la habitación.
Dio un paso al frente y se dirigió a la directora.
―
¿Puedo preguntar algo yo?
― Adelante -confirmó
McGonagall.
― ¿Está rota mi varita?
―
Sí.
― ¿Dónde están los trozos que
quedaron de ella?
― Los tengo yo.
Harry estaba seguro de
que aquella persona no tenía su varita, pero sin embargo se
acercó y lo palpó. Para su sorpresa, sintió el
tacto de dos trozos de algo que parecía una vara. Metió
su mano en el bolsillo y los retiró. En efecto, estaba partida
por la mitad.
― Podrías llevarla de Ollivander y...
―
No será necesario, continúe directora.
Harry sacó
la Varita de Saúco y con ella reparó su varita de pluma
de fénix, como ya lo había hecho en una ocasión.
Dejó la legendaria varita sobre la mesa mientras examinaba con
cariño la otra.
― ¿Para qué lo
secuestraron?
― Para encontrar la Piedra de la
Resurrección.
Otros susurros y roces entre los
presentes.
― ¿Para qué querías la piedra
de resurrección?
― Yo no quería la piedra de
resurrección. Rodolphus la quería.
― ¿Rodolphus¿Rodolphus Lestrange? -la pregunta no sólo la hizo la
directora, sino la mayoría de los presentes.
― Sí.
―
Me olvidé de ese detalle... -se disculpó Harry.
―
¿Donde está él?
― No lo sé.
―
¿Para qué quería Rodolphus la Piedra de la
Resurrección¿Para traer a Vol...?
― No, para
traer a su esposa.
― ¿Bellatrix¿Sabe Rodolphus
que la Piedra no revive a los muertos, sino que crea un simple eco de
ellos?
― Sí, pero quería explicarle. Él
quería que ella entendiera, aunque ya sabía que
entendería. Quería escuchar su opinión y la
felicitación de su esposa. Sólo funciona con una
persona.
― ¿Qué es lo qué funciona
con una persona?
Una fuerte explosión dentro del castillo
ahogó la respuesta de Rupert y la expectativa de todos los
demás.
Los presentes se retiraron, alarmados y con su
varita en alto.
La pequeña
sala quedó desierta. Tan sólo aquel hombre atado a la
silla la habitaba, aunque su expresión era de una ausencia
total.
Pero otra persona entró. Una lágrima caía
de su ojo izquierda, y otra se dejaba ver en el derecho. Con paso
rápido tomó la varita que había en la mesa. La
reconoció al instante, y se amargó por no poder
llevársela.
― Sé que entenderías...
¿Entenderías?
Por algún extraño
motivo, Rupert no respondió. Quizá en el fondo sabía
lo que pasaría a continuación.
― Los siento, de
verdad lo siento... Sé que hubieses hecho lo mismo. Avada
Kedavra.
La luz verde inundó la habitación y desde
aquel momento los ojos de Rupert conservarían esa expresión
para siempre.
― ¿Suicidio¿Cómo suicidio¡Le di Veritaserum como para un
par de horas!
― Tranquilízate, Minerva. Lo hecho, hecho
está. El último hechizo lanzado con esta varita
-levantó la Varita de Saúco, aunque seguramente sin
reconocerla-, fue la maldición asesina. Mira, el cuerpo de
Rupert sale de ella.
― Si pudo atraer la varita, lo cual dudo
mucho pues estoy segura de haberle dado demasiado Veritaserum¿por
qué no la utilizó para liberarse?
Nadie pudo
responder esa pregunta, aunque algunos susurraron por lo bajo:
"Estaba loco".
― Supongo que es culpa mía...
La historia sobre esta varita es verdadera... Tan sólo unas
semanas fuera de su lugar y ya causa problemas.
Los demás
lo miraron incrédulos.
― ¿A qué se
refiere?
― No importa, no importa, olvídenlo. Voy a
devolverla a su lugar original.
― Un momento...
McGonagall
se acercó a Harry con aire de incredulidad. Colocó sus
ojos a escasos centímetros de la varita y la analizó
por unos segundos.
― Estoy seguro de haber visto esta varita
antes.
― No le quepa la menor duda -contestó Harry.
―
Voy a tener que consultar mi pensadero... En todo caso, ya no
importa... Perdimos un testimonio que quizá...
Kinglsey la
interrumpió, haciendo fama a su condición de
tranquilizador:
― De todas formas, no era un testimonio muy
importante¿no? Lestrange quería la piedra para
decirle algo a su difunta esposa. Supongo que también está
un poco loco.
― Sí, era muy importante -replicó
Harry.
Se retiró, cerrando la puerta tras él, y
luego continuó para sí mismo:
― Aclararía
muchas cosas.
